La Ruta del Aventurero

Part 14

Chapter 144,223 wordsPublic domain

III

SALIDA DE MADRID

EL ambiente de Madrid, de broma y de vida picaresca, me cogió a mí de lleno. Vi que no se trabajaba apenas en el taller del Museo y que nadie tomaba aquello en serio, e hice como los demás: ir cada vez más tarde, y acabar por no aparecer. Algunos amigos masones me dijeron que mientras ellos siguieran en el mando disfrutaría del sueldo con seguridad; pero que cuando salieran del Poder no duraría mi empleo más que una semana a lo sumo.

Escribí a Will Tick diciéndole lo que había hecho en mi viaje, y me contestó una larga carta; me contaba que le habían nombrado secretario de una sociedad de filohelenos de Londres, y que él, a su vez, me había nombrado agente de esta sociedad en España. Añadía que para junio me girarían una cantidad a Sevilla con el objeto de que comprara armas y las llevara a Gibraltar, y me indicaba que si yo conocía algunas personas simpatizadoras del movimiento libertador de Grecia iniciara una suscripción y me quedase con los cuartos. Pensé que si no encontraba otro recurso acudiría a éste, preparándome de antemano alguna máxima jesuítica y una gruesa de reservas mentales.

Mientrastanto, ya sin ocuparme de mi destino mas que para cobrar, comenzaba a tomarle gusto a Madrid: formaba corrillos con los liberales y los serviles, oía las letanías de los ciegos e iba a la vuelta de los toros a ver las manolas en los calesines y a los picadores con los monosabios en las ancas de los caballos.

Una persona con quien solía reunirme casi todos los días era un tal Patricio Moore, ex fraile español, de origen irlandés, exaltado y afiliado al carbonarismo.

Con él andaban dos italianos de aire muy misterioso, con los bigotes erizados, y un cómico, hombre de ciertas condiciones geniales en su oficio, pero que abusaba del alcohol e iba enronqueciendo por momentos.

Todos ellos eran republicanos y vivían en una exaltación perpetua, hablando y perorando constantemente. Yo me encontraba con ellos casi siempre en desacuerdo y me parecían proyectos utópicos los que ellos consideraban realizables, y al contrario. Una de las cosas que se discutía a todas horas entre ellos era si debía haber una o dos Cámaras representativas. Parecía imposible que una cuestión así pudiera apasionar a la gente. Claro que al pueblo esto le tenía sin cuidado; pero ellos suponían que el pueblo era una entidad que habían inventado y que servía para realizar las más estúpidas de las utopías.

No comprendían estos reformadores que se encontraban en España en una minoría insignificante, porque no sólo en el campo, en donde todos eran realistas, sino en Madrid mismo, no estaban los liberales con relación a los serviles en proporción de uno a diez.

Patricio Moore y sus amigos me tachaban de poco afecto al nuevo régimen y de que miraba las cosas serias con indiferencia. Yo no podía entusiasmarme en el mismo grado que ellos ni llegar a la pasión ardiente por una cuestión de palabras.

Cuando los soldados del duque de Angulema se presentaron en la frontera, la expectación pública se hizo enorme: algunos creían que si entraban los franceses volvería una época como la de la Independencia; pero la mayoría de la gente veía que los momentos eran distintos.

En la tertulia de Deogracias, el sillero de la calle de la Encomienda, explicó un criado del conde de Montijo cómo su amo estaba trabajando por el partido que llamaban de los anilleros o moderados, y cómo estaban de acuerdo los generales O'Donnell, Ballesteros, Morillo y los amigos de Martínez Rosa en intentar el cambio de la Constitución.

Este mismo criado de Montijo, liberal acérrimo, nos contó una escena que ocurrió en el palacio del conde, en la plazuela del Angel, entre Montijo y el Empecinado.

Montijo había convidado a comer a D. Juan Martín y a su ayudante Aviraneta y les esperó en compañía de una muchacha, querida suya. Se sentaron los cuatro a la mesa y hablaron de cosas indiferentes. Cuando acabaron de tomar el café, Montijo invitó al Empecinado a pasar a su gabinete. El ayudante quedó solo con la muchacha y comenzó a galantearla; ella se reía. En esto se oyó un estrépito de voces; la muchacha llamó al criado, se forzó la puerta del gabinete y se vió al conde de Montijo debajo de una mesa gritando y al Empecinado amenazándole con el bastón en la mano. La muchacha empezó a chillar; pero el conde le tapó la boca, y el Empecinado y su ayudante se fueron. Uno de los criados había visto y oído lo ocurrido. El conde había tratado de convencer al Empecinado de que era necesario cambiar de Gobierno y acabar con la Constitución; después le había intentado sobornar, y en vista de la frialdad del guerrillero le dijo con cólera: «Es usted un bruto, incapaz de sacramentos». Entonces el Empecinado, enfurecido, le dió tal bofetón al conde que le tiró al suelo, y enarbolando el bastón intentó pegarle.

El criado que nos contó esto nos dió tantos detalles, que no nos dejó duda alguna de que la escena era cierta.

Al entrar los franceses en España, la cólera de unos y el desaliento de los otros se acentuó.

Por esta época hubo un cambio de ministerio y me dijeron en el Museo que habían suprimido mi plaza y que estaba de más.

Tenía guardado algún dinero, y como no me convenía esperar, me decidí a marcharme a Sevilla sin tardanza. Hice mi maleta, y con mis documentos en regla y una recomendación eficaz para la logia masónica del Oriente Escocés, dispuse el viaje.

Me despedí del señor Fernández de la Encina y familia, que me dijeron que me quedara con ellos hasta encontrar trabajo, y tomé la diligencia.

Quise llevar conmigo a Philonous, pero el perro se opuso. Al subir yo al coche se me quedó mirando como diciendo; Esto no es lo pactado entre nosotros; y dando una vuelta, se fué.

Le dediqué un recuerdo sentimental y seguí adelante.

En el camino tuvimos un ligero tropiezo con una partida de realistas que mandaba un sacristán, lugarteniente de Palillos.

Entre Andújar y Carmona se habló constantemente, en la diligencia, del peligro de encontrar partidas de bandoleros; pero no las encontramos, y llegamos con toda felicidad a Sevilla.

IV

DE SEVILLA A LA CÁRCEL DE SANLÚCAR

LLEGUÉ a Sevilla con bastante dinero para esperar un mes. Era ya verano; hacía un calor respetable.

Acudí a la logia masónica, donde trabé algunos conocimientos, y estuve en casa de un banquero representante de Beltrán de Lis, el cual me dijo que en seguida que recibiera el aviso de los filohelenos de Londres me pagaría.

Este banquero me presentó a varias personas, entre ellas a una inglesa viuda, la señora Landon, y a su sobrina Mercedes.

El tiempo que estuve en Sevilla lo pasé bien. A pesar de las trifulcas políticas, la vida era allí alegre. Se bailaba en todas partes; y yo, siguiendo el ejemplo de otros señores, fuí a una academia de baile que dirigía un hidalgo apellidado Alvarez de Acuña. Alvarez de Acuña era una de las personas más serias de la Península. Pocos hombres ponen tan buena fe en su sacerdocio. El daba a la ciencia del baile todo lo necesario, y cada pirueta suya tenía la estabilidad de un axioma y la transcendencia de un dogma.

Alvarez de Acuña era un hombrecito pequeño y canoso, con una cara tan movible que parecía de goma. Exageraba la gesticulación de tal modo, que yo me figuraba si haría gimnasia con la cara. Vestía con una pulcritud excesiva y tenía la costumbre de taparse la boca con la mano derecha, como considerando cínico el mostrar una mella de su dentadura.

En la academia de Alvarez de Acuña conocí a mucha gente joven; se supuso, no sé por qué, que yo era hombre rico, y aunque afirmé repetidas veces que no, no se me creyó.

Mientras yo me divertía, los asuntos de España iban de mal en peor; los franceses ocuparon Madrid, y presencié su entrada en Sevilla y el alboroto que armaron la gente de Triana y los gitanos en contra de los liberales y a favor de Fernando VII.

Una día de agosto recibí una carta de Will Tick en la que me decía que fuese a Cádiz y esperara allí un brick-barca que vendría con un cargamento de fusiles para Missolonghi.

Todo el mundo me dijo que por tierra sería muy difícil llegar a Cádiz, y que me prenderían.

Tomé en Triana un barquito de vapor que se llamaba el _Guadalquivir_, y bajando el río llegué hasta Bonanza. Desembarqué y fuí a hospedarme a un fonducho lleno de oficiales franceses.

Iba a salir inmediatamente, cuando el dueño de la fonda me recomendó no saliera.

--Pues ¿qué pasa?--pregunté.

--Pasa, que la playa de Sanlúcar está llena de ladrones y bandidos y al extranjero que lo pescan lo cosen a puñaladas.

--¿No hay vigilancia?

--Sí; andan rondando patrullas francesas de caballería, infantería y gendarmes.

--Pues yo necesito trasladarme a Sanlúcar para ir a Cádiz.

--Le será a usted imposible.

--¿Por qué?

--Porque todos los barcos de estos puertos y los vapores del Guadalquivir están embargados por las autoridades francesas para llevar municiones al Puerto de Santa María.

--¿Y qué se dice de la guerra?

--La gente dice que Cádiz resistirá ya muy poco.

Me acosté sin resolver el plan de viaje. Dormí profundamente, y a la mañana siguiente me encontré sorprendido al ver que entraban en mi cuarto un sargento y cuatro soldados realistas. Venían a prenderme.

--¡Esto es una equivocación!--exclamé yo--. Yo soy una persona pacífica.

--Sí, será cierto--me replicó el sargento--; pero tenemos la orden de conducirle a usted preso a Sanlúcar de Barrameda.

Pensé si me habría denunciado el fondista; aunque éste me juró que no había hablado a nadie de mi presencia allí.

Pagué la fonda, tomé un calesín para preservarme del sol de fuego que caía, y al paso, y escoltado por los cuatro soldados, salimos de Bonanza.

El sargento de realistas subió conmigo en el calesín y fuimos hablando. Me contó que era bodeguero y cachicán de un rico propietario de Sanlúcar que estaba en Cádiz con los liberales, y que él había tomado el partido de inscribirse en la Milicia realista para defender los intereses de su amo contra la barbarie de los absolutistas, que estaban fanatizados por algunos frailes y clérigos furibundos.

Llegamos al pueblo de Sanlúcar, y entre grupos de campesinos y de soldados franceses nos acercamos a casa del comandante de voluntarios realistas.

Entramos en una sala de estas de los pueblos españoles, llenas de cortinas, que tienen aire de capillitas, y me llevaron a la presencia del comandante, que estaba en compañía de un cura.

El comandante era un hombre rechoncho, de unos cincuenta años, con los ojos chiquitos y negros, la cara muy carnosa y roja y una levita entallada. Le saludé y comenzó a interrogarme.

Conferenciaron después el clérigo y el comandante y me dijeron que tenía que ir a la cárcel pública.

Protesté, pero fué inútil.

Salí en compañía del sargento; tomamos de nuevo el calesín y bajamos delante de la cárcel, en una plaza cuadrada. El sargento dió dos aldabonazos, abrió un soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un corredor hasta otra puerta. Se volvió a llamar: se descorrieron varios cerrojos; giró un postigo, y un hombre viejo y seco, con una gorrilla en la cabeza, me hizo pasar a una cuadra grande, donde había unos cien hombres; unos sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando.

Saludé a derecha e izquierda, sonriendo amablemente, y me retiré a un rincón.

--Es un francés--decían unos.

--No; es un inglés.

En esto dos hombres ennegrecidos y malencarados se abanlanzaron a mí, y cogiéndome uno de ellos de la barbilla me dijo:

--Oiga uzté, inglé. Ya zabe la obligasión de loz novatoz.

--No sé nada. ¿Qué obligación es?

--Apoquine uzté aquí la mitá del dinero que yeva y haga cuenta que noz ha entendío.

--¿Yo? ¡Ca!--exclamé.

--Vamoz, cabayero, zuelte uzté el dinero--dijo el otro con sorna--, que en nuestraz manoz eztará máz zeguro, porque aquí hay mucha gente perdía y ze lo podrían robar.

Volví yo a agitar la cabeza con energía en señal de negación, y uno de los matones, metiéndome la mano en el bolsillo, me sacó el pañuelo.

Le agarré yo inmediatamente de la chaqueta, y como le tenía sujeto y él quería escaparse, se desgarró la chaqueta hasta el hombro. El matón, al ver la prenda de vestir rota, dijo que la estimaba más que a su propia piel y que aquella ofensa no se podía lavar mas que con sangre. Efectivamente, abrió la navaja; pero yo, con una rapidez extraordinaria, le agarré de la muñeca y se la estrujé con tal fuerza que tuvo que soltar el arma, dando unos chillidos que creí que le había roto el brazo.

El otro matón se me acercó de lado, con la navaja escondida en la manga; pero acerté a darle una patada tan definitiva en la parte más redonda de su individuo, que le dejé en potencia propincua para hacer, a estilo de Fielding, una luminosa disertación acerca de los puntapiés en el trasero.

Después de la batalla recogí la navaja del primer matón, que era una navaja realista, pues en la hoja, a un lado, ponía: «Muero por mi rey», y, en el otro: «Peleo a gusto matando negros».

La riña mía había producido un tremendo estrépito entre los presos; unos estaban a mi favor, otros en contra. Se gritaba y se chillaba con exageraciones y frases cómicas que se lanzaban unos a otros.

--Que traigan el zanto óleo para ezte zeñó, porque lo voy a matar--decía uno.

--Encomiéndeze uzté a Dioz--gritaba otro.

En esto entraron los calaboceros repartiendo estacazos a diestro y siniestro, seguidos del alcaide. El alcaide prendió a los dos matones y me interrogó. Era un hombre tuerto, alto, seco, membrudo y malencarado.

Le conté lo que había ocurrido y decidió sacarme de aquella cuadra y llevarme a la alcaidía.

V

NIEVES LA ALCAIDESA

EN compañía del tuerto salí de la cuadra, recorrí un largo pasillo, subimos una escalera de madera y entramos en una hermosa casa. Era la alcaidía. En una salita, cosiendo, había una mujer. El tuerto me dijo que era su señora. Se llamaba Nieves.

Era la Nieves una mujer soberbia, de unos treinta años, morena, de tipo árabe, los ojos negros, rasgados, el pelo de ébano, los dientes deslumbrantes y la boca pequeña. Había nacido en Ceuta.

Explicó el tuerto a su mujer lo que me había pasado. Nos sentamos. Luego el tuerto habló largo rato. Era un aventurero. Había sido sargento de artillería en Orán y vivido mucho tiempo entre los moros.

El alcaide, después de contarme largas historias muy interesantes, dijo a su mujer que me arreglara dos comidas al día, me pusiera una cama y me llevara lo que bien le pareciera. Dicho esto, el hombre se marchó y nos quedamos la alcaidesa y yo solos.

Me preguntó quién era y por qué me habían metido en la cárcel, y se lo conté. Estuvimos charlando amablemente largo rato.

Por la noche, antes de la hora de cenar, vino el tuerto y me dijo que el comandante de los voluntarios realistas, el amo del pueblo en aquel momento, había sabido mi riña en la cárcel con los matones, lo que le hizo mucha gracia, y añadió que podía estar yo en la alcaidía con tranquilidad hasta que se enviara la remesa de presos a Sevilla, y que me autorizaba para salir a pasear por la ciudad con una persona de confianza.

--Bueno; entonses zaldrá conmigo--dijo la Nieves--. ¿Eh, qué parese inglé?

--Yo encantado. Si su marido lo permite.

--Nada, nada; aquí mando yo.

Se marchó el tuerto y quedé solo con la alcaidesa y la criada.

Pusieron la mesa y dos cubiertos.

--¿Su marido de usted no come con nosotros?--pregunté.

--No; él come zolo y yo también.

Me sirvió la sopa, un puchero con garbanzos y jamón, y un buen trozo de carne, un plato de verdura, luego una perdiz asada, después pescado frito, aceitunas en abundancia, todo esto regado con vino de Manzanilla de Sanlúcar y tinto de Rota.

Yo comí como un bárbaro, y algo arrepentido le dije a la alcaidesa:

--He comido como un príncipe, como un príncipe hambriento; pero temo no poder estar aquí mucho tiempo, porque esto debe costar mucho.

--Te yevaré trez pezetaz al día--dijo la Nieves, que se había empeñado en hablarme de tú.

--¿Tres pesetas?

--Zí.

--¡Pero se va usted a arruinar!

--Ezo a ti no te importa. Ahora me voy a veztir y noz vamoz al café.

Esperé un momento, y poco después se presentó la Nieves muy peinada, con grandes rizos, vestida de negro, con mantilla de casco y una rosa roja en la mata negra del pelo.

--¿Eztoy bien azí?--me dijo.

--Como la mismísima diosa Venus.

--Bueno, bueno; pocaz bromaz, que tengo mal genio.

--Pues no sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio, patrona--le dije yo.

--Vamoz, sosón, ¡zangre gorda! Arréglate.

La alcaidesa me miró, me arregló la corbata y se echó a reír.

Cruzamos unas calles, salimos a la plaza de la Constitución, que ya era de la ex Constitución, y entramos en un café lleno de gente.

La Nieves y yo llamamos la atención de todos los espectadores; las mujeres hablaban de mí; aseguraban que era un inglés millonario y liberal; los franceses se entusiasmaban con la gracia y el garbo de la Nieves.

--¡Oh, quelle belle fille!--se les oía decir--. ¡C'est un vrai tipe d'andalouse! Voilà una véritable manola.

Salimos del café y estuvimos paseando por la plaza.

Había muchas chicas bonitas, de ojos negros y vivos, en el paseo. Este cantar que oí por entonces me pareció muy legitimado:

Para alcarrazas, Chiclana; para trigo, Trebujena, y para niñas bonitas, Sanlúcar de Barrameda.

A las once de la noche mi patrona se cansó de pasear y nos volvimos a la cárcel.

VI

LAS RECOMENDACIONES

AQUELLA noche me acosté en una hermosa cama y dormí hasta las ocho. Poco después la Nieves abrió la ventana y me trajo un vaso de leche azucarada, con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y que no me levantase hasta las diez.

--Señora--le dije--: me trata usted demasiado bien; yo debo ser quien tenga el honor de servir a usted.

--A mí no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé.

--Sí; pero soy un tonto bien cuidado.

Me levanté de la cama y me vestí.

--Ahora vamoz a zalir--dijo ella.

--Bueno.

Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.

--Le advierto a usted que soy protestante--le dije, para ver qué contestaba.

--¿Qué me cuentaz con ezo?--exclamó ella con desgarro--. ¿Que erez hereje? Pues hijo mío, dilo en alta vo y te llevarán al palo.

Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo tiene derecho a profesar sus ideas religiosas; pero no me hizo caso y fué necesario oír misa, tomar agua bendita y hasta darse golpes de pecho como un verdadero papista.

Al salir de la iglesia me dijo:

--Ahora vamoz a ve a mi comadre, que ez prima del comandante de voluntarioz realiztaz, a ver si hase algo por ti.

--Vamos donde usted quiera.

La comadre era una mujerona morenaza y atrevida.

--¿De dónde haz zacado a ezte inglezote?--le dijo a mi patrona, al verme.

La Nieves le contó lo que me había pasado; dijo que yo era un inocente completo y que quería que ella hablase al comandante de realistas para que no hicieran una charranada conmigo.

La comadre dijo que haría lo que pudiese; pero que la Nieves debía hablar también al primo de una amiga del ama del cura que era consejero del comandante.

Por la conversación resultaba que no se hacía absolutamente nada en el pueblo mas que por recomendaciones.

Esta red de influencias y de manejos maquiavélicos lo tenía todo minado.

Era imposible que hubiese así la más ligera sombra de justicia en el pueblo.

Después de la visita a la comadre de la Nieves volvimos a la cárcel.

Estuve seis días en la alcaidía. Para no quedar torpe con la inmovilidad y la buena alimentación me dedicaba a hacer gimnasia; luego hablaba con mi patrona.

La Nieves llevaba y traía a su marido como a un cordero; ella vestía los pantalones en la casa, y, según las malas lenguas, empleaba de cuando en cuando y con gran eficacia una vara de fresno, con la cual devolvía la razón a su marido, que la perdía en la taberna, por lo menos una vez por semana.

Por lo que me dijeron, esta costumbre la inauguró una noche que el tuerto, de mal humor, quiso emplear con su mujer el mismo procedimiento que empleaba con los presos; es decir, el del garrote; pero ella se lo quitó a tiempo y le supo administrar tal paliza que el tuerto quedó convencido para siempre de la superioridad de su mujer.

VII

EN EL CAMINO

A los seis días de vivir en casa de la Nieves la comadre suya me avisó que a la mañana siguiente iban a trasladar a los presos a Sevilla; yo iría a caballo con el sargento.

Efectivamente; antes de la siete se presentó la escolta a la puerta de la cárcel. Sacaron de ella unos ochenta presos, cincuenta milicianos y soldados prisioneros del Trocadero, y el resto, de delitos comunes.

El comandante de realistas y la comadre de la alcaidesa vinieron a saludarme, y la Nieves me abrazó casi llorando.

Subí a mi caballo, y al lado del sargento, que montaba una linda jaca cordobesa, salimos del pueblo.

Llegamos a las tres horas a una venta del camino entre Sanlúcar y Trebujena y se detuvo nuestra comitiva. A los presos de delitos comunes se les metió en un corral, debajo de un cobertizo; a los políticos se les llevó a una cuadra, y nosotros, el sargento y yo, quedamos en el ventorro.

Entramos en la cocina, que era enorme, y hablamos con la ventera. Nos dijo que si no queríamos esperar podía darnos al momento una sopa, un puchero, una cazuela de arroz con conejo, un plato de callos y ensalada.

--¿Qué le parece a usted?--me preguntó el sargento.

--Que luego es tarde, como decía mi patrona.

Nos sentamos en una mesita pequeña, dispuestos a comer, cuando estalló un gran escándalo en el zaguán; salimos a ver qué pasaba y vimos a un grupo de oficiales franceses acompañados por una pequeña escolta.

Hablaban de una manera tan despótica y tan desagradable, que para cortar las explicaciones salí yo al portal y me ofrecí a servirles de intérprete y de amistoso componedor.

Los franceses querían habitaciones para dos jefes; el ventero se las pudo proporcionar.

Arreglada la cosa comimos el sargento y yo en paz en un rincón de la cocina.

Habíamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido y del arroz con conejo, e íbamos a comenzar con los callos cuando me acordé de los presos liberales que venían con nosotros, y dije:

--¿Habrá comido esa pobre gente?

--Sí, algo tendrán.

--¿Quiénes son estos presos políticos?

--Son catalanes--me dijo el sargento--que estaban en el ejército de Cádiz. Parece que hicieron una salida de la isla a los pinares de Chiclana y se vieron rodeados por los franceses. Quisieron resistir, pero la mitad de ellos murieron, y los demás quedaron prisioneros con el teniente.

--Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les compraré unos panes y unas botellas de vino.--Lo hice así; entramos en una tejavana, y hablé yo con el teniente catalán, quien me confesó que tenía un hambre que se le nublaba la vista, y que nuestra aparición en el corral con la fuente de callos y los panes le había parecido más sublime que todas las apariciones celestes.

A las dos horas de llegar a la venta el sargento dió la orden de marcha y nos formamos todos.

Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmería real, estaba en el balcón de la posada.

--¿Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados de la Fe?--me preguntó en francés, de una manera incisiva y seca.

--Esta canalla se ha formado gracias a la protección y a los cuidados de ustedes los franceses--le dije, inclinándome.

--Ya lo sé. Es una vergüenza para la Francia. ¿En calidad de qué va usted con esa tropa?

--Voy como prisionero a que me identifiquen en Sevilla.

El comandante me dió su nombre y sus señas, ofreciéndose por si me podía ser útil en algo, y echamos a andar.

--¿Qué le ha dicho a usted ese franchute?--me preguntó el sargento.

--Me ha preguntado por qué iba en la comitiva.

--¡Qué gente! Se tienen que meter en todo; ya se creen otra vez los amos de España.

Al salir del camino de Trebujena y desembocar en la carretera que va de Jerez de la Frontera a Lebrija, se acercó a nosotros un escuadrón de caballería española. Iban diez o doce jefes, entre ellos un edecán francés, escoltando a un general.