Part 13
Mandé yo a mis hombres con la mayor serenidad posible que abriesen el botiquín e hicieran sus preparativos.
Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron a disparar y a avanzar.
Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo volvía la cabeza a un lado y a otro violentamente. Uno de los nuestros cayó. Me entró un sudor frío; me acerqué a él; le tomé el pulso. Estaba muerto.
De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos habían vuelto a ocupar otras posiciones y seguían tiroteando. Los nuestros fueron avanzando de una manera irregular y consiguieron que la partida absolutista se disolviera.
El capitán tuvo que esperar largo rato a que se reunieran sus fuerzas, que se habían desperdigado; y mientrastanto, los sanitarios improvisados y yo comenzamos a vendar a varios heridos; y yo sangré a uno que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que recobró el sentido.
Cuando se reunió la fuerza, el capitán ordenó la retirada y nos pusimos en marcha. Los heridos venían a mi cargo en las caballerías y en el carro. Contemplábamos a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas de un castillo antiguo.
Ibamos tranquilos internándonos en un soto de álamos blancos que llaman la Lobera cuando unos realistas apostados hicieron una descarga que produjo el desorden en nuestra partida. Se desordenó la columna, comenzó el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado de mi gente y en medio del soto en compañía de Philonous.
Cuando cesaron los tiros comencé a avanzar despacio. Iba marchando con las mayores precauciones cuando topé con el cuerpo de un realista herido o muerto. Me paré para ver si vivía; llevaba un pañuelo atado a la cintura lleno de sangre. Se lo corté con el cuchillo; y viendo que pesaba me encontré que llevaba dos onzas de oro, cuatro centenes y varias monedas de plata, que me apropié porque el hombre estaba muerto. Salí del soto y me acerqué a la carretera. Estaba rendido de cansancio y de hambre. Debía ser media tarde. Eché a andar por la carretera en dirección contraria a Caparroso cuando se acercó un coche viejo y desvencijado.
En el coche iban un hombre, que dirigía, y un cura.
Se paró el coche un momento, y yo le pregunté al cochero si podía llevarme al pueblo próximo.
--Si el señor cura quiere, a mí no me importa--me dijo, con tosco acento.
--Por mí, que suba--dijo el cura.
Subí y me senté. El cura era un hombre flaco, desmayado, las cejas como dos acentos circunflejos; los párpados, apenas abiertos, como dos líneas, y un lente en la mano.
Llegamos a Valtierra a media tarde; fuí a una posada-taberna, y lo primero que hice fué pedir que me pusieran de comer.
El pueblo me pareció grande, triste, polvoriento y abrasado.
En la taberna, a la moza que me servía le pregunté si hacía mucho calor.
--¿Aquí?--exclamó un hombre interrumpiendo--. Aquí en invierno se hiela la Virgen y en verano se deshace el palio.
Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y con cualquier motivo en su conversación los artefactos religiosos.
Dormí en el corral, y de noche salí para Tudela.
XIII
REVELACION DE LA ESPAÑA CLÁSICA
A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche de Valtierra, llegamos a Tudela, rendidos por el calor, a media mañana.
Entré yo en una posada, pedí un cuarto y me tumbé en el suelo, porque no podía aguantar el sofoco del jergón. Tendido y sudando estuve varias horas oyendo el retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro, hasta que el hambre me indicó que era hora de levantarme. Pregunté a qué hora se cenaba, y me dijeron que a las nueve. Cuando empezó a caer la tarde salí con Philonous a la orilla del Ebro, a respirar. No se movía una partícula de viento. El cielo estaba blanquecino por el calor; el tío, muy ancho, parecía arder, con un color rojo de escarlata, sombreado por los bosquecillos de las riberas; el horizonte se encendía con los relámpagos de los montes lejanos; por el puente, de arcos desiguales, pasaban algunos carromatos.
Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empezó a obscurecer. Su superficie roja palideció y la sombra de los bosquecillos quedó muy negra.
Volví a la posada y estuve hablando con el patrón, que era herrador, un viejo canoso con unas antiparras y aire de sabio. Todavía faltaban tres cuartos de hora para la cena.
Salí de nuevo; había visto al llegar una parte del pueblo moderna, insignificante. Tiré ahora por el lado contrario; seguí una callejuela; luego otra; después pasé un arco. En aquellos callejones estrechos había carros grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las puertas de las casas la gente salía a respirar el aire ardoroso, seco y lleno de polvo; y algunos campesinos medio desnudos pasaban montados en un borrico o en una mula.
Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una hornacina y la puerta de una iglesia. La obscuridad y el piso desigual me hacían ir tropezando por las calles.
Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra desde un balcón.
Intenté volver a casa del herrador, pero me perdí, y durante algún tiempo anduve dando vueltas por los mismos sitios y rincones.
En esto oí una campanilla, y vi poco después, delante de un portal estrecho, una fila de hombres con cirios en la mano que, sin duda, acompañaban al Viático. Tenían la cabeza para abajo, iluminada por el resplandor de los cirios. ¡Qué caras! ¡Qué aires de cansancio y de resignación! ¡Qué miradas de abatimiento! ¡Qué español! ¿Qué terriblemente español era aquello!
Sin fijarme en la dirección eché a andar, salí a una plaza y de allí encontré fácilmente la posada.
El herrador y otros dos huéspedes me esperaban a cenar.
Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres era un campesino de un pueblo próximo, hombre de unos cincuenta años, de ojos azules y pelo rubio; el otro, un tipo de judío tan característico, que me chocó.
El labrador tenía una idea de Tudela como de un foco de comodidades y de placeres. Yo le dije que el campo por donde había cruzado me pareció árido y seco; pero él me aseguró que era fertilísimo, y es posible que tuviera razón.
El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo, saludador, medio brujo y medio médico; hacía conjuros para que no enfermaran las caballerías y para quitar el mal de ojo a los niños, y creía que tenía procedimientos especiales para alargar la vida.
Le dije que viéndole en otra parte le hubiera tomado por un judío de casta sacerdotal, lo cual no le molestó; por el contrario, me dijo que su padre y su familia procedían de la judería de Tudela, y que no sería raro que él fuese de raza hebrea.
Después de cenar se apagó el candil, me fuí yo a la cama, y tuve que acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente, a media noche comenzó una tormenta con truenos y relámpagos, cayó un copioso chaparrón y refrescó el ambiente.
Dormí unas horas y salí por la mañana.
El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí hacia la catedral. Me reconcilié con el pueblo.
A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo, eran hermosas; algunas, verdaderos palacios con grandes puertas, balcones espaciados y una galería alta con arcadas en el segundo piso. Empotrados en las paredes ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca, y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los primores del Renacimiento incrustadas en el ladrillo.
Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me expliqué que en España la gente de inclinaciones estéticas no sea muy entusiasta del progreso; lo viejo tiene aquí su hermosura y su nobleza; en cambio, lo nuevo es de una mezquindad que asombra por su sentido de economía, por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo rato por Tudela, al amanecer; ¡qué nombres los de las calles! Calle de la Vida, calle de la Muerte, calle del Juicio...; luego las calles de los oficios: de las Chapinerías, de las Herrerías, de los Caldereros...
Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo los labradores para sus faenas; luego comenzaron a pasar mujeres, muchachitas y viejas con su mantilla, camino de la iglesia, y empezó a tocar una campana.
Di varias vueltas a la catedral hasta encontrar una puerta abierta. Entré y estuve sentado contemplando la majestuosa nave; luego pasé a una capilla a mirar un admirable retablo. Estaba apoyado en un confesonario, por el lado de la reja por donde se confiesan las mujeres. De pronto apareció por la ventanilla una cabeza gruesa de un cura, y, sin hablarme, me hizo con la mano un gesto de que me acercara. Quedé paralizado, horrorizado. Quizá había cometido yo un sacrilegio. Quizá me esperaba la Inquisición.
Retrocedí de prisa, salí de la capilla y me dirigí hacia la puerta. No me seguía nadie; pero, por si acaso, me marché fuera.
Comenzaba a hacer calor, pasaban muchos curas por las callejuelas. Llegué a la plaza y me senté. Había mercado, puestos de verduras, de cacharros, de instrumentos de labranza....
En las mujeres que correteaban por allí, me pareció ver más claramente que en los hombres dos tipos distintos: unas, morenas de óvalo alargado, ojos negros, melancólicos, de aire un tanto judaico, y otras, con un tipo germano, rubias, con ojos azules o claros, la cara cuadrada y la mirada enérgica y dura.
Fuí a mi posada. Acababan de llenar de paja el patio, y los montones dorados de gavillas lo inundaban todo.
Los mozos que habían trabajado, sudando a chorros, estaban bebiendo vino.
Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de simplicidad, este contraste de la pobreza de los callejones del pueblo con la pompa de la catedral me dió la revelación de la España clásica, emborrachada con su sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia.
XIV
EL SANTERO
EL saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta Agreda y fuí con él en el carro de un ordinario. En Cintruénigo se nos reunieron un santero y un muchacho vizcaíno que iba a Madrid a buscar una _conveniensia_, como decía él.
El santero era un hombre flaco y denegrido, con los ojos muy brillantes y el pelo rizado. Parecía un cuervo; llevaba una sotana raída, unas polainas y un sombrero ancho colocado encima de un pañuelo negro que le apretaba la cabeza.
El vizcaíno era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa, ojos abultados y expresión parada. Se llamaba Belausteguigoitia, y tenía un segundo apellido más largo que éste.
Belausteguigoitia creía que los Belausteguigoitias eran la flor de su pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor de España, y España, la flor del mundo. Los Belausteguigoitias eran las delicias del género humano, y se podía considerar como un verdadero honor el que este exquisito molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo más Belausteguigoitias y esparciéndolos por el mundo, para ejemplo de los demás y gloria suya.
La sociedad entera debía estar interesada en el acrecentamiento y en la propagación de los Belausteguigoitias y de sus narices.
Este vizcaíno habló de las grandezas de su pueblo y de su familia de una manera tan exagerada, que provocó la réplica irónica del saludador, quien le dijo que no comprendía cómo estando tan bien en su casa podía dirigirse a Madrid, a pie, en busca de una _conveniensia_.
El vizcaíno dijo orgullosamente que el saludador era un ignorante y un plebeyo, y el saludador le contestó que había conocido mucha gente fantasmona y vanidosa entre los vizcaínos; pero que nunca había encontrado uno tan vanidoso y tan fantasmón como él.
Belausteguigoitia se dió por ofendido y no nos dirigió la palabra.
Discutimos después el santero, el saludador y yo de varias cosas; los dos creían en el diablo como en un personaje que anduviera todos los días cruzándose en su camino, algo como un perro que se metiera entre las piernas.
--Si yo creyera tanto como ustedes en el diablo y en Dios--les dije--, dejaría al diablo que se explicara alguna vez, no fuera a tener razón.
El santero dijo que no había oído nunca absurdo mayor; el saludador murmuró que quizá estaba yo en lo cierto.
En Agreda quedó el saludador; y el vizcaíno de la _conveniensia_, el santero y yo seguimos en otro carro, camino de Almazán.
El santero tenía que ir a Barahona a cobrar una parte de herencia. Nos invitó a ir con él, y fuimos el vizcaíno y yo. Yo estuve a ver, de lejos, el campo de las Brujas y un pueblo en ruinas que se llama Los Hoyos, en donde no quedaba mas que una casa en pie y al lado una horca.
Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo con el santero, y no sé por que me dió a mí la ocurrencia de decir que no era católico.
--¿No es usted católico?
--No.
--Tenemos un hereje en casa--murmuró el cura, dirigiéndose al ama.
A la mujer le entró un temblor tal, que creí se le iban a caer los platos de la mano. No hacía mas que mirarme con gran curiosidad, para ver, sin duda, si se me veían los cuernos.
Interrumpí la cena con un pretexto, y me marché a la posada, y por la noche vinieron el alcalde y el alguacil a buscarme. Estuvo el alcalde vacilando en prenderme; pero se decidió por mandarme salir del pueblo a la mañana siguiente.
Desde entonces no volví a decir, ni en broma, que era protestante.
Seguimos el vizcaíno de la _conveniensia_ y yo, a pie, nuestra marcha por Paredes y la Venta de Río Frío a entrar en Castilla la Nueva.
Hacía mucho calor; pero estábamos en la segunda mitad de agosto, y por la noche refrescaba y se podía dormir.
De vez en cuando encontrábamos arboledas, en las que solíamos descansar. En estos países donde el árbol escasea, toma tal valor, que un bosquecillo de chopos o de álamos parece un paraíso, una maravilla de la Naturaleza, algo divino y admirable.
En Jadraque encontramos un carretero, con quien nos hicimos amigos, y en el carro de éste llegamos a Alcalá.
Aquí me pareció lo mejor tomar la diligencia, y en la diligencia entré en Madrid.
TERCERA PARTE
DE MADRID A SEVILLA
I
LA CASA DE HUÉSPEDES
LA llegada a las proximidades de Madrid en un día de verano, de sol, con la tierra desnuda, sin color por la claridad y el polvo, me pareció un tanto trágica y sombría. La puerta de Alcalá mitigó algo la triste impresión del paisaje que había recibido. Nos detuvimos a la entrada de la villa, y después subimos al galope por la calle de Alcalá y llegamos a la de las Huertas, hasta una administración de coches.
Una chusma policíaca, cínica y desvergonzada, revolvió mi pequeño equipaje, y uno de ellos me dijo que tenía que tomar carta de seguridad.
Fuí a cumplir este requisito y me instalé en una fonda muy mala de la calle de la Gorguera.
La primera impresión de Madrid fué para mí confusa.
Afortunadamente, como venía de pueblos abandonados, no me dió la sensación de pequeñez y de miseria que daba a otros extranjeros.
Mi primer cuidado fué buscar un modo de vivir, pues no tenía mas que unas monedas de cobre por todo capital.
Fuí al café de La Fontana de Oro, tomé un refresco y pregunté al mozo por el Gran Oriente Escocés. Me dió la dirección y me presenté en la logia masónica. Salió a recibirme un hermano con aspecto frailuno; me preguntó lo que sabía hacer, expuse yo mis conocimientos y dejé las señas de mi posada. Al día siguiente me enviaron una esquelita diciéndome que fuera al Museo de Historia Natural, en la calle de Alcalá, y que preguntara por el director.
Fuí, efectivamente, y el director me dijo que podía tener trabajo durante algún tiempo, y que me pagarían cincuenta duros al mes. Me marché satisfecho y comencé a acudir todos los días al Museo. Pronto vi que allí no trabajaba nadie. El director tenía por costumbre no ir a la oficina, y los demás empleados hacían lo mismo.
Después pude comprobar que esta era una costumbre de casi todos los centros oficiales de España.
Como se veía en la precisión de pasar el mes entero sin cobrar un céntimo, fuí de nuevo a la logia y me hicieron un anticipo de veinte duros, que devolví puntualmente cuando me pagaron.
En seguida que me encontré dueño de algún dinero, pagué la fonda y busqué una casa de huéspedes. Un empleado del Museo me recomendó a un oficinista amigo, que tomaba algunas personas en familia. Vivía este ciudadano en los barrios bajos, en la calle de la Encomienda, entre la de Embajadores y la de Mesón de Paredes; se llamaba don Nemesio Fernández de la Encina, y era escribiente en la Contaduría general de Valores, con poco sueldo. Su mujer, doña Mencía, patroneaba sus huéspedes, y con esto se ayudaba un poco.
Don Nemesio y doña Mencía me mostraron un cuarto claro y bastante ancho, que me cederían; me explicaron con detalles lo que se comía en la casa, y me dijeron que me llevarían diez reales.
Al principio se negaron a aceptar a Philonous; pero como yo dije que no quería desprenderme del perro, lo aceptaron, a condición de que lo llevara siempre conmigo y no lo tuviera en el cuarto mas que de noche.
La casa del señor Fernández de la Encina era una casa vieja, a la que por una casualidad le daba el sol; tenía muchos cuartos, con un piso de baldosas rojas que se deshacían.
No había en aquella casa ni una arista aplomada, ni un ángulo recto; todo parecía andar bailando, y muchas veces se me figuraba que los techos y las paredes iban a venirse al suelo.
Al principio, la vida en casa del señor Fernández de la Encina me pareció un tanto monótona; pero me fuí acostumbrando hasta encontrarla bien.
El señor Fernández era un poco petulante, y hablaba de su familia y de sus posesiones de Extremadura como un hidalgo venido a menos.
Su mujer, doña Mencía, una señora de cara pálida y agria, se lamentaba siempre de la carestía de la vida, y tenía que explicarme lo que costaban cuantos manjares ponía en la mesa.
--Ya ve usted, don Juan--me decía--, este escabeche que está usted comiendo me ha costado dos reales. No sabe usted cómo está la plaza.
Doña Mencía hablaba el castellano como un libro, con unos giros tan académicos y una cantidad tal de palabras, que me sorprendía.
Los otros huéspedes de la casa eran un matrimonio que había venido de un pueblo de Andalucía.
Los dos, muy viejecillos, tenían cierta gracia, por lo amartelados que estaban.
De las hijas del señor de la Encina, la mayor era una solterona ya marchita y de mal genio, que hacía labores. La segunda, muy decidida, iba y venía y estaba siempre en la calle; y la pequeña, la Paquita, tenía afición a las cosas de la casa, administraba los caudales familiares e impulsaba a moverse a la criada, una asturiana que se dormía de pie, se olvidaba de todo y tiraba las salsas encima de los comensales.
El hijo, el más joven de todos, era un diablo; estaba constantemente haciendo ruido, pegando a los gatos, y aspiraba a ser miliciano nacional.
La madre y las niñas se pasaban la mitad de la vida cosiendo en el balcón, debajo de una cortina de lona. Tenían allí algunos tiestos con geranios y claveles, y para ellas el balconcito éste era un Versalles.
Enfrente, en la vecindad, vivían unos muchachos, y solían pasarse los vecinos cestitas con caramelos y con cartas.
La hija menor, la Paquita, solía bromear conmigo y me preguntaba si tenía novia en Inglaterra. Yo le contestaba contándole mentiras, y ella me decía:
--¡Ay, don Juan, don Juan! Es usted un pillo.
En el piso bajo de la casa trabajaba un sillero, picado de viruelas, que se llamaba Deogracias y que tocaba la guitarra; en su tenducho se reunía una tertulia de milicianos.
Allí solía oír contar lo que ocurría en Madrid.
Los sábados, el Deogracias y su hijo salían al portal, el uno con la guitarra y el otro con la bandurria, y tocaban ellos y bailaban las chicas de la vecindad.
La Paquita, la niña pequeña de doña Mencía, bailaba con mucha gracia el bolero.
--Es muy bonita mi niña; ¿no es verdad, señor inglés?--me decía su madre.
--Ya lo creo.
Todos los muchachos de la vecindad andaban tras ella, y los domingos, después de misa mayor, aparecían en la calle tres o cuatro lechuguinos con aire de Tenorio.
II
DIGRESIONES SOBRE EL PAÍS
EN la sillería de Deogracias, como en el taller del Museo de Historia Natural, como en la mesa de La Fontana de Oro, adonde solía ir de cuando en cuando por la noche, no se hacía mas que discutir de política. Quizá no se razonaba gran cosa; pero se ponía en las discusiones mucho fuego y apasionamiento.
El presenciar estos altercados me dió la idea de que España perdía por completo su antigua homogeneidad. El país no podía transformarse en bloque y se escindía violentamente. El Gobierno revolucionario había dado una carrera en una senda obscura y estaba ya perdido, sin poder orientarse. Su empujón había desgarrado más el espíritu del país y no era posible ya un zurcido. La clase pobre en Madrid seguía su vida a la antigua, en sus callejuelas estrechas y sórdidas, y tenía sus majos y sus majas, sus manolas, sus toreros, sus bravucones, sus menestrales, que empeñaban el colchón para ir a los toros; sus maestros zapateros y herreros, que trabajaban en un portalillo o en la calle; sus aguadores, sus rateros, sus mozas de partido, sus ciegos que tocaban la guitarra en los rincones...
La clase directora quería transformar esto rápidamente, y como no podía, se quejaba del pueblo.
Les pasaba lo que a algunos extranjeros que habían venido a España creyendo que la Revolución iba a cambiar el país en un momento.
--Esto no es Europa--solían decir, y hablaban de París, de Londres, de Bruselas.
Los tales franceses e ingleses suponían que no hay mas que un figurín para vestir a los pueblos y un modo, uno e indivisible, de hacer su dicha.
Esto, por lo menos, no está probado. Yo, por mi parte, creo que cada cual debe buscar la felicidad a su manera; cada cual bebe en la fuente de la vida cuando puede y como puede.
Mucha gente cree que no hay mas que una felicidad para el individuo: ser rico, respetable, etc., etc.; pero hay hombres que son felices contemplando un paisaje, otros interviniendo en una intriga, otros pensando exclusivamente en las mujeres, otros trabajando en un laboratorio, otros mirando un campo verde. La vida de cada uno tiene sus directrices. El poder seguirlas lo más exactamente posible es el sentirse bien, y lo mismo pasa en los pueblos. Claro que esto no se puede conseguir fácilmente; pero, ¿por qué hemos de creer que no hay para el hombre mas que una clase de felicidad? ¿Por qué hay que pensar que únicamente el voto y el sistema parlamentario y lo que llaman la democracia es la felicidad y el progreso de los pueblos?
Algunos dicen que para saber si las cosas son buenas no hay mas que confrontarlas con la realidad. ¿Pero cuál es la realidad?
Hay mucha gente que cree que la realidad es sólo lo tangible, como si el tacto fuera un sentido de exactitud matemática. Tan realidad es una piedra como una nube; no hay más diferencia que a la piedra se le siente con el tacto y con los ojos, y a la nube sólo con los ojos. En la Naturaleza misma no es fácil distinguir la realidad. Y si en la Naturaleza no es fácil distinguir la realidad, ¿cómo se va a distinguir en los hechos sociales?
Cuando yo discutía con mis amigos de Madrid de política y de filosofía me tenían por un perturbador.
--Nuestras conclusiones están demostradas; son definitivas--afirmaban ellos.
Es notable el afán de los políticos de concluír, de no dejar nada que hacer a los que vengan detrás.
Esto es lo definitivo, lo verdadero, lo inatacable--dicen los de los ojos miopes, y lo creen cándidamente.
¿Qué sabemos nosotros qué es lo definitivo y lo que no lo es? ¿No va rodando la verdad por el mundo y cambiando de aspecto de época en época? Más definitivo que la democracia y el parlamentarismo pareció en su tiempo Júpiter con su cortejo de dioses, y se vino abajo; más definitivo ha parecido Jehová, y ya se retira entre bastidores con su cortejo de profetas de barba negra y de nariz de loro; tan verdadero como el sistema de Copérnico se creyó el de Hiparco, corregido por Ptolomeo...
¡Qué imprudencia más ridícula hablar de lo definitivo! ¡Qué ganas de cerrar puertas que han de abrir los que vengan detrás!
Por eso yo le suelo decir constantemente a Philonous:
--Amigo can. Dejemos las conclusiones para los imbéciles.