Part 12
A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado aquel sistema de categorías y de subordinaciones. Realmente, el catolicismo ha resuelto la vida a su modo, disciplinándola y encerrándola en estrechas casillas; esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes el carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres como el español, que viven en la estrechez y en la incuria, se crean rodeados de placeres sardanapálicos.
En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a la vida un poco de picante.
La construcción, en tramos, de Pamplona, tenía también su parte útil.
Cierto que a mí me parecía un poco absurda y mezquina; pero no le parecía, seguramente, lo mismo al nacido en el pueblo.
La verdad es que todo el aparato enfático y teatral del aristocratismo, que pretende imponer el ánimo por su esplendor, se convierte en una mueca cómica cuando no va acompañado de la fortuna o del poder.
No es fácil encontrar nada tan imponente como esas damas inglesas, hijas de algún almacenista de cacao, de un prestamista o de un fabricante de sebo casadas con algún lord. ¡Qué orgullo! ¡Qué majestad! ¡Qué admirable desprecio por los demás mortales!
Estas alianzas del dinero con los títulos dan buenos resultados; en cambio, en los sitios donde las familias nobles no pueden abonar sus campos o sus cuarteles con dinero plebeyo, los aristócratas degeneran.
Se nota en Francia, como en España, en las ciudades de provincia, que el pequeño aristócrata, el hidalgo, el «hobereau», es mucho más feo y menos inteligente que el hombre de la clase media y del pueblo. Esto depende, seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la misma casta, de la endogamia, que decimos los antropólogos.
En Pamplona, como en casi todas las capitales españolas, me parecieron los pequeños aristócratas muy cómicos. ¡Qué gente! Unas bocas desdeñosas, unos gestos de orgullo, unas mujeres feas y con bigote, unos tipos morenos y escurridos que parecían micos; muy chatos o con narices de loro; con escrófulas o con herpes.
Este prestigio de la aristocracia no es cosa que a mí me preocupe; no tengo la aspiración de saludar al conde ni al marqués, ni siquiera de estrechar la mano de un Pérez de Cascante o de un Sánchez de Peralta. A un vagabundo, como yo, no le pueden importar gran cosa las superioridades locales ni las cuestiones de etiqueta; tampoco sé si estos condes y marqueses de aquí proceden de las Cruzadas (como todos los aristócratas de los folletines franceses); supongo que serán tan antiguos como puedan serlo los de Inglaterra; pero no hay más remedio que reconocer que son más pobres. Y, la verdad: la aristocracia, con casas sucias y destartaladas y unos majuelos por toda propiedad; el aristócrata, con un sombrero seboso y un pantalón con rodilleras, no llega a imponer respeto ni a causar gran sensación. Es decir, a mí no me la producía, porque a mi patrona, doña Saturnina, le producía grande. Verdad que ella veía los conceptos más que los accesorios y las formas. Doña Saturnina era un poco platoniana.
Tras de la aristocracia pamplonesa, venía la clase media, formada por leguleyos y comerciantes, y después, el pueblo.
Desde arriba a abajo; desde lo alto de la pirámide hasta la base; desde el primer tramo hasta el último, Pamplona era un pueblo intoxicado por la clericalina. La clericalina rebosaba por todas partes; una clericalina activísima; pues no había apenas un pamplonés que no tuviera depósitos de este alcaloide entre la píamadre y la aracnoides. Era una clericalina que producía un estado de estupor incurable.
Una gota en la conjuntiva de un individuo lo envenenaba para siempre.
Todas las aguas del Arga reunidas, no bastaban para disolver la clericalina, la cleritoxina y el ácido clerigálico que producía la ciudad.
VII
PHILONOUS
SOLÍA yo andar con mucha frecuencia por la Taconera, y daba casi todas las tardes un paseo por las afueras de la muralla, lo que llaman en el pueblo la Vuelta del Castillo. Un día vi que un perrucho me seguía. Era un perro feo y poco estético, que tenía cara de persona, lanas rojizas y unas barbuchas lacias de filósofo cínico.
--Bueno, bueno--le dije--. Márchate, que aquí no haces nada.
Seguí mi camino, e iba pensando en la realidad que podían tener las cosas, cuando vi a mi lado de nuevo al perro feo.
--Este can me sigue--murmuré--. A ver si es un demonio como el perro de aguas que acompaña al doctor Fausto a su laboratorio.
Continué mi paseo, y siguió el perro feo junto a mí.
--Bueno; que haga lo que quiera--dije--. Si el destino ha dispuesto que este canis familiaris sea mi amigo, no me opongo.
Pensé que si venía hasta mi casa y se unía a mí, tendría que darle un nombre, y decidí llamarle Philonous.
Efectivamente: entró en mi casa, le di de comer y le adopté. Unos meses después, al llegar a Tafalla, Philonous riñó con otro perro con gran valor; el otro perro le mordió en una pata y tuvo una llaga que le duró mucho tiempo.
Entonces, como tributo a su valor y como recuerdo a un héroe griego, que padeció también una úlcera en una pierna, añadí a su nombre el de Philotectes, y así se llamó mi perro en su vida terrena, que no es poca cosa para un perro.
Philonous era profundo y sentimental. En las circunstancias difíciles se crecía. A veces era un poco cínico; estaba en su derecho, siendo perro y perro de pobre; a veces me parecía un caballero «sans peur et sans reproche», como Bayardo.
Yo siempre le encontré un aire socrático.
Me parecía que el mejor día iba a salir Minerva de su cabeza.
VIII
LOS REALISTAS FRANCESES
UN día pararon en la casa de doña Saturnina unos franceses realistas.
Estos franceses, supe, cuando se marcharon, que habían ido a reunirse con la partida absolutista de un tal Salaverri, que merodeaba por la ribera de Navarra.
Los tales franceses me fueron poco simpáticos. Tenían un criterio pequeño y estrecho. Elogiaban lo peor de Francia y de España. Para ellos la crueldad empleada con los liberales era un gran mérito; el talento militar consistía en hacer todas las barbaridades posibles en perjuicio del enemigo.
Así un vendeano cualquiera era un militar más ilustre que Napoleón.
Nunca jamás he visto una gente más vanidosa, más necia ni más incomprensiva. Tenían unas ideas extrañas. Según ellos, puesto que los revolucionarios franceses habían guillotinado a Luis XVI, a su mujer y a su hijo, ellos podían, con un derecho natural de represalia, matar a todos los hombres, mujeres y niños del Universo.
La carreta en donde habían ido a la guillotina estos Borbones debía ser como el célebre carro de Jaggernath, del Indostán, que va aplastando a todo el mundo.
Así como nosotros, que hemos nacido mil ochocientos años después de Cristo, tenemos la culpa de su muerte, según los místicos, y estamos deshonrados por la mayor o menor bellaquería que hicieron unos supuestos Adán y Eva en el paraíso, así también todos, franceses y no franceses, tenemos la responsabilidad de la muerte de Luis XVI y de su familia.
¡Qué fanatismo el de aquella gente! Seguramente hubiera sido difícil encontrar en personas de otro país un producto así de amaneramiento, de afectación y de petulancia.
Si no hubiera sido porque tenían modales de señores, se les hubiera tomado a aquellos franceses por unos brutos feroces y fanáticos que no buscaban mas que el exterminio de todo el que no pensara como ellos.
Después de conocerles, los absolutistas de Pamplona me fueron casi simpáticos.
Al menos el reaccionarismo español es más natural: es la incompresión y la brutalidad simple; el reaccionarismo francés es la incompresión adornada; el uno es una construcción de espíritus toscos, el otro es un gótico pestilente de confitería.
IX
CONSPIRACIONES
NO me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en Pamplona, ni estaba enterado de sus cuestiones políticas, cuando el capitán Iriarte y un francés emigrado por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me llevaron un día a una velada masónica que se daba en el billar de un café.
Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en Madrid el 7 de julio.
Mientras esperábamos que comenzase la reunión, Pontecoulant, que tenía bonita voz, cantó _La Marsellesa_, y después, la canción de _Los Girondinos_, con mucho fuego y gran énfasis:
_Par la voix du canon d'alarmes la France appelle ses enfants._
Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos.
Cuando se reunieron los masones, que casi todos eran militares, se comenzó a hablar de la conspiración realista que se había tramado en Navarra y tenía su centro en Pamplona. Yo entonces me enteré de los manejos de los absolutistas.
Los primeros conspiradores de Navarra habían sido el cura de Barasoaín; el canónigo Lacarra; un tal Uriz, de un pueblo llamado Sada, y los militares Eraso, Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón de Cegama.
Estos tres últimos eran antiguos guerrilleros del general Espoz y Mina en la guerra de la Independencia. Mina consideraba a Eraso como absolutista de corazón, pero no a Ladrón ni a Juanito; a Ladrón le tenía por hombre de ideas liberales; respecto a Juanito el de la Rochapea, lo miraba como a hombre desleal y traidor.
Juanito el de la Rochapea, Juan Villanueva, había sido capitán del primer regimiento de la división Navarra, mandada por Mina.
Cuando la tentativa liberal de éste sobre Pamplona, en 1814, Juanito fué el que comprometió con su impaciencia al coronel Górriz, y pasándose luego a los realistas contribuyó a su fusilamiento.
Villanueva odiaba a Mina y le tenía miedo. Al entrar éste en Pamplona en triunfo con la bandera constitucional, en 1820, Juanito se escapó e hizo preguntar a su antiguo jefe si tenía que temer algo de él. Mina le contestó que no. Juanito creyó que todo se había olvidado entre los dos y se presentó al general, quien le miró de arriba a abajo, con desprecio.
Respecto a Ladrón de Cegama se había lanzado al campo por despecho y por rivalidad con los militares que se pronunciaron por la Constitución.
Reunidos los contrarrevolucionarios realistas, Eraso, Juanito y los demás dispusieron una estratagema para armarse. Eraso era alcalde de Garinoaín, pueblo del valle de Orba. Eraso mandó reunir las cendeas del valle e hizo que oficialmente se pidieran a la Diputación provincial trescientos fusiles y sus municiones correspondientes con destino a los milicianos nacionales. La Diputación los proporcionó, y los trescientos fusiles sirvieron para formar la primera expedición realista.
La política de los católicos siempre ha sido igual. Ellos harán una deslealtad o una infamia; pero eso sí, la harán con reservas mentales; luego oirán su misa con devoción, se confesarán, tendrán propósito de enmienda, se darán unos golpes de pecho, y limpios para hacer otra canallada.
Los fusiles del Gobierno sirvieron para preparar unas compañías absolutistas bien armadas y equipadas.
El general Eguía, presidente de la Junta realista, y don Vicente Quesada, comandante general de las tropas del rey absoluto, nombraron jefes a Guergué, a Ladrón y a Juanito el de la Rochapea, que salieron al campo y comenzaron a operar.
El capitán general de Navarra ordenó a las compañías del regimiento de Toledo y a las partidas de milicianos guardasen los pasos de la frontera, por si los realistas entraban por Francia.
Se vigiló Vera, Zugarramurdi, Maya, el Irati y el Roncal.
Los absolutistas tenían protectores por todas partes y no se les encontraba; en cambio, se capturó en el Irati a ocho soldados franceses desertores y a su capitán, llamado Adolfo, que intentaban entrar en España con proclamas republicanas.
El capitán Adolfo se escapó, gracias a la protección masónica del comandante español; los otros soldados franceses, presos por los milicianos nacionales de Salazar, fueron traídos a Pamplona. La gente creía que los iban a fusilar, y les parecía muy lógico a los buenos católicos que se les fusilase, por ser republicanos; pero el capitán general mandó incorporarlos en las filas del ejército.
Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo del general Berton, y que este general, que por entonces era el jefe de los revolucionarios y con quien más se contaba para la revolución en Francia, había estado en San Sebastián.
El capitán Adolfo vivió oculto en un caserío de la frontera; pero los realistas de Ochagavia lo denunciaron y fué preso.
La hostilidad entre el ejército y los milicianos, la conspiración permanente de los absolutistas, los rumores que corrían de que los exaltados de Madrid intentaban establecer la República, todo esto hacía que la provincia de Navarra viviese en perpetua agitación. Los realistas pamploneses se escapaban al campo con armas, y algunos se descolgaban de noche por las murallas. Yo hubiera estado tranquilo en Pamplona si hubiese tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de disecación se acababan y era indispensable levantar el vuelo. Así que puse mis papeles en regla, gracias al capitán Iriarte y a sus amigos, y preparé mi viaje.
X
EL CALOR
SALÍ de Pamplona a mediados de julio. Hacía un tiempo bochornoso; el cielo estaba blanquecino del vaho y del polvo, los campos de trigo segados, los montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato resguardándome en las sombras de los árboles y bebiendo en las fuentes; Philonous hacía lo mismo.
En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las cosas que se me ocurrió fué el hacer un esfuerzo en dominar las impresiones desagradables y ver si podía llegar a contemplar el paisaje con el máximo de ecuanimidad. Me pareció que con ese sistema se encontraría belleza e interés en todo. El primer ensayo del procedimiento lo hice mirando en el valle de Orba una nube de polvo sofocante iluminada por el sol.
¿Se puede llegar en esta contemplación a suprimir el dolor o la molestia física? Es lo que me preguntaba varias veces en el camino.
No cabe duda que el carácter de la contemplación es una más o menos aparente generosidad; ¿pero es real o no este carácter?
¿No habrá en el fondo de nuestras efusiones estéticas una raíz utilitaria?
Cuando ve uno un campo verde y se regocija, ¿no será esto el resultado de que nuestros antepasados, al ver los campos verdes, han supuesto que en ellos había algo que comer?
El segundo punto que intenté dilucidar en el camino fué si la contemplación desinteresada es buena o no, y saqué en consecuencia que si es cierto que arrastra a la pereza y al aislamiento, le lleva a uno también a bastarse a sí mismo en momentos penosos, lo cual no es poco.
El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las Campanas, donde tomé unos huevos cocidos y pan, y por la tarde seguí hasta llegar a Barasoaín, rendido de cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante mal en una posada y me levanté al amanecer a continuar mi ruta.
El día prometía ser tan ardoroso como el anterior.
Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al puente sobre el Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. Dos o tres hombres se desperezaban extendiendo los brazos, una mujer hacía fuego con unas ramas y unos chicos dormían al sol, medio desnudos.
El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba lumbre; los montones de gavillas parecían rebaños de oro sobre un campo ceniciento.
A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que con la fuerza de la luz del sol me parecían nevados. Las mujeres, montadas en los trillos, daban vuelta a las eras.
Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué a Tafalla y entré en una posada. El posadero era hombre amable que nos recibió bien a Philonous y a mí.
Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura. Tiene una campiña fértil y de aspecto monótono, formada por viñedos, trigales y huertas.
Este pueblo se me figuró una granja colocada en medio de sus tierras de labor.
Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un Baco huraño y violento. Se veía vino en las barricas, en los toneles, en las palanganas.
Pasé la tarde y la noche en Tafalla en una taberna.
La gente me pareció agresiva y malhumorada. Únicamente estos ribereños se humanizaban hablando del vino, por el cual tenían una verdadera adoración.
Allí el vino es un dios, un dios que hace a los hombres irritables y violentos.
En toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre.
El carácter de los ribereños es de una petulancia que desconocen los vascos de la montaña. Al llegar a Castilla esta petulancia se transforma en una serenidad arrogante, a veces un poco teatral, pero que da cierta idea de nobleza.
Uno de los rasgos simpáticos que encontré en estos navarros, rasgos que quizá es común a todos los pueblos un poco primitivos, fué el tener cierto desdén por el dinero.
El amo de la posada de un pueblo considera mucho más al compadre suyo que al forastero rico.
Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen que el dinero no es apenas de uno; solamente son de uno los instintos y las pasiones, las enfermedades y los deseos.
Salí de Tafalla de noche, antes de que apuntara la mañana, y comencé a marchar.
Entreví en Olite al amanecer las torres amarillentas de su castillo y seguí por la orilla del Cidacos. Comenzó el día muy temprano. Persistía el horrible bochorno; tuve que ir quitándome ropa, y llevándola al brazo. Mi primera entrevista con la tierra llana española era poco grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tenía la cara roja, los ojos inyectados, las manos abultadas por la sangre. El maldito bochorno no desaparecía. El cielo seguía gris y el aire caliginoso.
Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete, y tuvimos que detenernos en un pueblo requemado y polvoriento, con unas cuevas agujereadas en una tierra blanca y arenosa y una gente áspera y desabrida.
Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice notar al posadero y éste me dijo, riendo, que a aquellos navarricos no los bautizaban con agua, sino con vino.
Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso y desafiador y siente deseos de golpear o de herir.
En este pueblo, donde me detuve, me contaba un mozo con satisfacción que todos los sábados había allí trabucazos. No se podían tener faroles en las calles porque al día siguiente estaban hechos añicos.
Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo, que en su pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas y que había habido un cura que tenía que ir a decir misa con el trabuco debajo del manteo, porque si no se burlaban de él. Esto me entristeció.
--En el fondo, la gente no tiene la culpa--dije--. Es la geografía en connivencia con las instituciones la que produce tales efectos.
Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris, abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco más lejano de la cultura de Europa.
Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me producía serios conflictos, y yo, como Pedro, tenía que negarle más de tres veces.
Hacía barbaridades; un día entraba en la cocina de una venta, tiraba la olla y se la comía; otro salió de una tahona con todo el hocico lleno de harina, perseguido por el tahonero; también se comía los pollos que podía, pero sólo cuando estaba muy hambriento.
Muchas veces no le veía en todo el día, pero luego, por la noche, se me acercaba y me daba con la pata, como diciendo: Aquí estoy, amigo.
XI
LAS MOSCAS
TANTO o más que el calor me molestaban en mi viaje las moscas. Había en las calles de estos pueblos una cantidad inconcebible de moscas, pesadas, pegajosas, repugnantes.
--Mientras haya moscas en el mundo no habrá civilización--me decía yo con tristeza.
Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca de ellas, en lo perniciosas que debían ser y en la poca ciencia que demuestra la Naturaleza, que se deja llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes de una manera lamentable.
Recordé que Luciano de Samosata, el célebre satírico griego, había hecho un elogio de la mosca, y de aquí obtuve una casi luminosa consecuencia.
Muchos suponen que este escritor fué cristiano, a pesar de que en la historia de Peregrinus llama a Cristo un sofista crucificado.
Este dato parece dar a entender que Luciano no fué cristiano; pero el elogio de la mosca para mí es definitivo. Da el diagnóstico del escritor greco-sirio.
Era cristiano. ¿Hay algo más cristiano que la mosca? La mosca es constante, persistente, zumbona.
A la mosca le gusta andar en las llagas, en el pus, en las basuras, como a los verdaderos cristianos.
Alguno dirá que a los obispos y a los papas les agrada más el dinero, la opulencia, el fausto; pero esto no demuestra más sino que las moscas son mucho más cristianas que los obispos y que los papas.
La mosca crece en razón directa del sol, de la suciedad, de los establos y de las cuadras, y en razón inversa de la limpieza, del agua corriente y de la gente razonable. Lo mismo les pasa a los frailes.
Sorprendido por tales semejanzas obtuve la ecuación de la cultura en la forma que expongo aquí.
El índice de la cultura se expresa sumando la cantidad de vino, el número de moscas y el número de clérigos, y partiendo el total por el número de árboles.
Vino + Moscas + Clérigos _X_ (índice de la cultura) = -------------------------- Arboles
Las profundas consecuencias que se desprenden de mi descubrimiento las entrego a la Humanidad futura. Ella sabrá plantar más árboles y exterminar las moscas.
XII
EN LAS BÁRDENAS
ESTANDO yo en Caparroso se presentó una partida de milicianos nacionales, mandada por un capitán que iba de vanguardia de la columna de un jefe llamado Iribarren. Saludé al capitán, a quien conocía de Pamplona por ser amigo de Iriarte, y hablamos.
Me dijo que se había quedado la partida sin cirujano, porque a este le habían muerto, y me preguntó si yo podría sustituírlo por lo menos un día.
--Yo no soy cirujano--le dije.
--¡Bah! Para lo que hay que hacer, lo hará usted mejor que cualquier otro. Mañana vamos a atacar a la gente de Salaberrí, que campea por ahí, por las Bárdenas. Necesitamos de alguien que sea capaz de poner una venda.
--¿Y el cirujano de este pueblo?
--Es uno de los facciosos y anda por el monte.
No tuve más remedio que aceptar; pero puse la condición de no seguir después a la partida; pasada la acción, yo me marcharía por donde quisiera.
--Bueno. Bueno. Muy bien.
El capitán señaló un cabo y ocho hombres para que quedasen a mis órdenes. Sacamos el botiquín del cirujano y vimos lo que había.
Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo; pero por la noche, al tenderme en el pajar, me vino la idea de que cuando el otro cirujano había muerto, el cargo era peligroso. Luego, la imaginación se puso en movimiento y fué pintándome con una realidad desagradable las perspectivas que me esperaban.
Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a uno porque llevase el carácter de cirujano o de médico me parecía una ilusión.
Pensé en lo que me pasaría si quedaba herido al cuidado de un barbero en un rincón sucio, con aquella temperatura al rojo blanco.
Se me pintaron todos los horrores posibles. Comencé a agitarme de la derecha a la izquierda, sin poder dormir.
Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogió el sueño, y poco después me llamaron. Estaba tan fuertemente dormido, que tuvieron que empujarme de un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso en marcha. Yo iba a retaguardia con las camillas, unas mulas y un carro. Caminamos durante un par de horas hasta llegar a las Bárdenas. El sitio era solitario y pobre, de una monotonía, de una tristeza y de una fealdad desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La tierra, cenicienta, se extendía como un mar, y delante se nos presentaba unas colinas roídas por las lluvias.
Estaba yo pensando que los realistas rehuían el encuentro cuando sonaron los primeros tiros. Se hallaban los facciosos parapetados en unas lomas blanquecinas.