La Ruta del Aventurero

Part 11

Chapter 114,185 wordsPublic domain

Preguntaba unos días después a los campesinos en Vera por qué hacían así las carretas, al menos por qué no daban sebo a los ejes, y uno me dijo que con aquel chirrido áspero se divertían los bueyes, y otro, que así no había que avisar a nadie del paso de la carreta, porque el chirrido de las ruedas avisaba solo.

Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se veían varios caseríos, cuando me encontré con un viejo que marchaba seguido de su perro. Era un hombre afeitado, encorvado, con un perfil de cuervo.

Entablé conversación con él y, después de someterme a un interrogatorio, me dijo que andaba buscando minas.

En el interrogatorio tuve que decir quién era y a qué venía a España, y eché mano del mito Cox y de la herencia, y expliqué mis planes.

El mismo individuo me preguntó qué pensaba hacer en Vera; le dije que pasaría allí un día nada más y seguiría adelante.

--¿Tiene usted posada?

--No.

--Pues yo le llevaré a casa de un paisano amigo mío, que le hospedará barato.

Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer. En lo hondo de un valle se veían unas cuantas casas viejas en fila, envueltas en la niebla; el humo salía de las chimeneas en ligeras columnas azules.

El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por cerca de la iglesia y salimos a la carretera, a orilla del Bidasoa, y en una casa con una tienda nos detuvimos.

A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con un herrador de una fragua próxima. El panadero, un hombre bajo, cuadrado, picado de viruelas, de cara fosca y ceñuda, explicaba algo al herrador, hombre grueso, panzudo, con una sonrisa llena de malicia.

El panadero nos recibió ásperamente, al viejo y a mí, y a una muchacha que estaba en la tienda le dijo que me llevara a una habitación.

Crucé la tienda, subí a un cuarto pintado de verde, me lavé y eché un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente y un tanto hostil al extranjero; aunque se le hable en español, si le ven a uno extraño, le miran con desconfianza y con suspicacia. La gente a quien pregunté algo, en vez de responderme dándome los datos que les pedía, me contestaban preguntándome a qué venía y qué pensaba hacer.

Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un lazo al hacerles la pregunta más sencilla.

Pensé que no estaría muchas horas en el pueblo.

A la hora de cenar volví a mi posada de casa del panadero, y me hicieron pasar a un comedor, en donde se hallaban el buscador de minas, que había encontrado en el monte, Erlaiz y un militar.

El panadero, mi patrón, cambiado por completo de aspecto, se mostraba sonriente y amable. Me indicaron mi sitio en la mesa, y nos pusimos a cenar.

El viaje me había abierto el apetito, y di un ataque formidable a los platos, al pan y al vino. Los demás no se quedaron atrás. Después de cenar trajeron café y licores, y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no he visto compadres más alegres que aquéllos.

El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia, contó sus hechos de armas, y el panadero habló de sus aventuras en tierra de Castilla.

Los dos estuvieron a cuál más exagerados.

Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un tanto fanfarrones, como los escoceses de Walter Scott, o como los gascones. Al oírles a ellos, cualquier encuentro de cincuenta hombres contra otros cincuenta es una batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas, una Florencia y un granero con una torre es el Louvre o el Kremlin.

Después de las hazañas del militar y del panadero, el viejo buscador de minas, que se llamaba Bidarraín, nos dió lecciones de botánica y de mineralogía popular, mezcladas con algunas supersticiones.

A las doce y media, rendido de sueño, me fuí a la cama, dormí de un tirón hasta las diez, y, al despertar, pensé si la cena de la noche habría sido una realidad o una fantasía.

Me vestí, bajé a la tienda de Erlaiz y me lo encontré displicente y malhumorado.

--Ahí ha venido ese viejo Bidarraín a preguntar por usted--me dijo--. En la huerta debe estar.

Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de Erlaiz, salí a la huerta y encontré al viejo buscador de minas.

Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que sí y echamos a andar. Bidarraín me mostró varias muestras de mineral, y hablamos de mineralogía y de botánica. Luego le pregunté qué clase de hombre era Erlaiz, el panadero, pues me parecía de genio mudable.

--Es buena persona--me dijo--, pero muy violento y muy terco. Cuando se le pone una cosa en la cabeza no hay quien le pueda convencer de lo contrario. Le hemos querido persuadir el teniente Leguía y yo de que es una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para los salmones en época de veda; pues los pone, y aunque viniese el obispo y se lo pidiera de rodillas, los seguiría poniendo.

Bidarraín contó otros detalles de la barbarie del panadero. Llegamos a mi posada; el buscador de minas se marchó y yo entré en la tienda. Pasé a la tahona, y vi a dos viejas que amasaban los panes en una artesa, mientras Erlaiz trabajaba con la pala en el horno.

Murgui, la sobrina del panadero, me sirvió la comida; entablé conversación con esta muchacha, y le pregunté qué clase de hombre era Bidarraín. Me dijo que pasaba por hombre rico; que tenía minas de plata y de oro.

También le pregunté a Murgui acerca del teniente Leguía, y, por lo que contó, deduje que a éste le consideraban como el enemigo del pueblo.

Por la tarde volvió a presentarse Bidarraín y me llevó a una huertecilla contigua al cementerio, donde se hallaban enterrados dos oficiales ingleses, muertos en el pueblo al pasar los aliados el Bidasoa, en 1813.

Después fuimos hasta Lesaca, villa donde tuvo lord Wéllington su cuartel general.

Bidarraín debió hablar al panadero de mis conocimientos mineralógicos, porque Erlaiz, por la noche, me preguntó si era ingeniero. Le dije que no, y él pareció no creerme. Me preguntó también si tendría algún inconveniente en ver unas minas algo lejanas. Le contesté que ninguno. Dispusimos hacer la expedición al día siguiente. El panadero, contento, trajo la guitarra y estuvo cantando. Cantaba de una manera bárbara y graciosa. Cuando terminó, me fuí a mi cuarto y estuve un rato en la ventana mirando las estrellas, oyendo el rumor del río y el canto de un sapo (bufo músicus), que entretenía su soledad con sus notas.

III

EL PARADOR DE SUMBILLA

BIDARRAÍN y Erlaiz me llevaron varias veces a ver sus minas. Estaban empeñados los dos en que yo entendía mucho de minería; pero que, por razones especiales, no lo quería confesar.

Erlaiz y Bidarraín me pidieron que les escribiera varias cartas en francés y en inglés, y cuando yo indiqué al panadero me hiciera la cuenta, me dijo que no le debía nada.

El teniente Leguía pensaba marchar a Elizondo con unos cuantos hombres de su partida, y yo quedé en acompañarle y seguir después a Pamplona.

Con este motivo se decidió obsequiarnos a los dos con una cena de despedida en las Ventas de Yanci.

Eramos los comensales, además del panadero, Leguía, Bidarraín y yo; dos milicianos nacionales, sargento y cabo de la partida de Leguía, y un liberal de Vera, que gastaba antiparras de plata, a quien llamaban Laubeguicua (el de los cuatro ojos).

Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que distan una legua y media de Vera; nos sentamos a beber sidra, y se llamó al ventero y a la ventera y se les sometió a un grave interrogatorio.

Erlaiz, Bidarraín y el sargento de milicianos dieron a la consulta una importancia sacerdotal.

--Vamos a ver, ¿qué podemos comer?--preguntó Erlaiz.

--Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos--dijo la ventera, cantando al hablar.

--Bueno, un cordero. ¿Que más?

--Ya tenemos también buenas truchas.

--¿Truchas? No está mal. ¿Que más?

--Pollos también ya tenemos.

--¿Pollos? Bueno. ¿Qué más?

--Jamón bueno ya pondremos.

Así siguió la ventera explicando las provisiones que tenía, siempre empleando esta fórmula de ya tenemos o ya pondremos. Este _ya_, de aire germánico, me chocaba verlo empleado a todo pasto.

Después de consultarse con la mirada Bidarraín, Erlaiz y el sargento de nacionales, decidieron, de común acuerdo, que pusieran todo lo que hubiese para no engañarse.

Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos dijeron que la mesa estaba puesta.

Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre piriforme, se le encandilaron los ojos, y frotándose las manos de gusto exclamó:

--¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me gusta. Puen cordero, puenas truchas, puen pollo y puen vino. ¡A comerr! ¡A comerr!

Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados, lo que me dió una idea bastante pobre de la sobriedad de los vascos; se habló con entusiasmo de Mina, Riego y el Empecinado; con rabia, de las correrías que hacían por Navarra Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón, y se cantó el _Himno de Riego_, a pesar de que el ventero y su mujer suplicaron que callásemos, porque les comprometíamos.

Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los de Vera se marcharon a su pueblo, y Leguía, con sus dos milicianos y yo, seguimos hasta Sumbilla.

Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento del vientre piriforme me dijo ingenuamente que con el paseo se le había abierto el apetito, y que iba a mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le miré con asombro y me fuí a acostar.

Al despertarme por la mañana supe que Leguía había partido con sus milicianos camino da Santesteban, dejándome una carta para un amigo suyo de Pamplona.

Como no tenía prisa y hacía calor, dejé la marcha hasta que cayera el sol. Estaba en el portal del parador de San Tiburcio cuando se acercó un carro grande, tirado por siete mulas.

El arriero fué soltando sus animales, llamándolos uno a uno y llevándolos a la cuadra. La Morena, la Montesina, la Capitana, la Coronela, la Bonita, el Vigilante y la Leona fueron despacio al pesebre, donde primero se les dió de beber.

El posadero me preguntó:

--¿No va usted a Pamplona?

--Sí.

--Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero.

--¿No hay inconveniente?...

--Ninguno.

El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre de unos treinta y cinco a cuarenta años, rubio, con unos ojos que parecían de cristal azul.

Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la mañana siguiente; le dije que tendría mucho gusto en marchar en su compañía, y le convidé a un vaso de vino. Quedamos de acuerdo; yo me fuí a acostar, y al amanecer me llamaron.

La mañana estaba fresca; había una niebla espesa que prometía un día de calor. Mandashay sacó sus mulas y echamos a andar camino de Almandoz.

--Cuando se canse usted puede tenderse en la galera--me dijo Mandashay.

--No, no me canso tan fácilmente.

La galera española es un carro grande, de cuatro ruedas, tirado por una larga recua de mulas. En Navarra y en Castilla la Vieja se ven con frecuencia estas galeras; en Castilla la Nueva abunda más el carromato, que también llaman carro catalán.

El viaje a pie detrás de un carro tiene sus encantos. El que aproximó de un modo ideológico la galera carro a la galera barco, dándole el mismo nombre, no estaba equivocado. El parecido de estos dos medios de comunicación salta a la vista. El barco es una casa que flota, como el carro es una casa que rueda. El carretero tiene algo de marino: es un hombre que pasa y no se detiene, que lleva una ruta, que vive en un mundo de soledad.

Mandashay era un hombre muy interesante y ameno. Cada rincón del camino le recordaba una historia. Aquí habían salido a robar a un rico unos enmascarados; allá había vivido una muchacha de cabeza loca que trajo revueltos a todos los jóvenes de los contornos.

En algunos momentos Mandashay se agarraba a la galga, y en otros tiraba de la brida del macho de varas, gritando: ¡Eup! ¡Eup! o ¡ueschqué! ¡ueschqué!

Charlando llegamos a Almandoz y seguimos subiendo una cuesta hasta el alto de Velate. El cielo estaba azul y el sol calentaba de firme. No hacía mucho calor porque íbamos ya a bastante altura y corría aire fresco.

A media tarde cruzamos un bosque, que me pareció debía servir para los misterios de los druidas, y fuimos a parar a las Ventas Quemadas, en lo más alto del puerto.

IV

PAMPLONA

SALIMOS de Ventas Quemadas por la mañana, y emprendimos la marcha hacia la vertiente del Ebro.

El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se mostraba más azul; el campo, más seco; en los altos corrían pequeños caballos de grandes colas y triscaban las cabras y los corderos; abajo resplandecían los campos de trigo y alguno que otro viñedo.

Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, me pareció que empezaba España; todo tomaba a mis ojos un carácter más triste y más serio: veía pueblos taciturnos, casas de paredes grises, árboles cubiertos de polvo.

Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos, y fuimos bajando hacia el llano. En los trigales brillaban las amapolas como gotas de sangre y los grillos nos ensordecían con sus chirridos.

Dormimos en Villaba, y al día siguiente entraba yo en Pamplona. Me despedí de Mandashay y fuí a parar a una posada de la calle de la Curia. Saqué la carta del teniente Leguía; era para un capitán de ejército llamado Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y me invitó a comer.

Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo esperaba recoger una pequeña fortuna. En tanto, le dije, me hallaba dispuesto a trabajar en lo que se me presentase.

--Y usted, ¿qué sabe hacer?--me preguntó Iriarte.

--Sé francés y, naturalmente, inglés.

--Sí; quizá esto le pueda servir de algo.

--También tengo nociones de botánica.

--¿Botánica? No creo que haya aquí nadie que se ocupe de eso. A no ser algún herbolario.

--Pues éstos son mis conocimientos. También sé disecar animales--añadí con resignación.

--¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquí hay un profesor que todos los pajarracos y alimañas que le dan los envía a Francia a disecarlos, lo que le cuesta mucho dinero.

--Voy a verle.

--Sí, iremos juntos.

Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me comprometí a restaurarle algunos animales y a disecarle de nuevo otros, por el sueldo de seis pesetas al día, mientras durara el trabajo.

Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un cisne y varios otros bicharracos.

El capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes de la plaza del Castillo y me trasladé a ella.

Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fué muy agradable. Por la mañana y por la tarde trabajaba, y al anochecer paseaba por los alrededores, y cuando no tenía tiempo de sobra iba a la Taconera.

Allí se reunían los aristócratas y los burgueses, los militares, las señoritas, los chicos y los curas, y algunos días de fiesta, por la noche, se ponían unos farolillos de papel colgados de los árboles.

Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un sitio bonito, desde donde se ven los pueblos de la cuenca de Pamplona.

Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conocía la Ciudadela y los baluartes: el de la Reina, el de Redín, el de Labrit, el de los Canónigos, el de Gonzaga; las cinco puertas y la poterna de la Tejería.

Tenía algunos amigos, porque el capitán Iriarte me presentó a varios de sus compañeros, militares liberales.

Por entonces, entre los militares y los milicianos de Pamplona, había gran hostilidad; los militares se manifestaban anticlericales, partidarios de la Constitución; en cambio, los milicianos eran fervientes católicos y monárquicos, y armaban trifulcas gritando: «¡Viva Dios!» No parecía sino que tenían miedo de que lo mandasen matar los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi opinión acerca de estas cuestiones.

En la casa de huéspedes donde fuí por recomendación de Iriarte, eran todos perfectamente reaccionarios, comenzado por la dueña, doña Saturnina, señora vieja, nariguda y charlatana.

Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades levíticas; tenía la adoración por el aristócrata, por el cura, por el Don Juan provinciano; hablaba con ternura de los mozos calaveras alborotadores, que iban a los toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse con aire hipócrita y santurrón al confesonario del cura que pasaba por más severo, que generalmente era el penitenciario de la catedral.

Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí que se podría bromear con las costumbres del pueblo, e hice algunos chistes acerca de ese cartel que se pone en ciertos días en las iglesias de España: «Hoy se sacan ánimas del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona las bromas de este género tenían sus peligros.

Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron y hasta me siguieron un domingo para ver si iba a misa. En vista de que no frecuentaba la iglesia, doña Saturnina me interpeló con valor:

--Dígame usted, ¿usted no es católico?--me dijo.

--No, señora--le contesté.

--¿Pues qué es usted? ¿Protestante?

--Sí; soy de una clase de secta que se llama de los agnósticos, que supone que no se sabe nada de nada.

--¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?

--Los de mi secta creemos más bien en la substancia única, y practicamos el culto del nuestro señor el Yo, y de nuestra señora de la Cosa en Sí.

A esto dijo mi patrona que esta virgen sería muy importante; pero que los milagros de la Virgen del Camino eran mayores, porque se la había visto elevarse en el aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia de San Cernín de Pamplona, a lo cual yo repliqué diciendo que bien podía la ley de la gravitación, inventada por mi paisano Newton, ser una costumbre o una rutina de la Naturaleza, y de nuestro espíritu, y que, como dijo atrevidamente Protágoras, todas las cosas son verdaderas, y que el hombre es la medida de todas las cosas, de las que existen como existentes y de las que no existen como no existentes.

Doña Saturnina me preguntó si este Protágoras era algún santo; yo la dije que si no lo era, podía haberlo sido.

Entonces, doña Saturnina me recomendó que me convirtiese al catolicismo, y yo la tranquilicé diciendo que estudiaría la cuestión.

En España y en pueblos como Pamplona todavía hay un gran atractivo en ser incrédulo. ¿Cuánto durará esto? Al paso que vamos, ya poco. Cien años; doscientos años. Nada, una miseria.

La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre libre de los grandes encantos y emociones de ser perseguido.

¿Qué vale un incrédulo, un librepensador en un país donde todo el mundo puede serlo impunemente? Nada. En cambio, en plena persecución, ¡qué delicia! Tener el libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas, burlarse por dentro de todas las ceremonias y mojigangas, y escapar de las tramas de esta red con la cual el despotismo judaico-cristiano ha intentado envolver al mundo. ¡Admirable cosa!

Los incrédulos debíamos protestar de la lenidad actual, que nos priva de una de nuestras mayores satisfacciones...

V

LOS CABALLEROS

EN la casa de huéspedes de doña Saturnina conocí a varias personas, gentes pintorescas, cuya vida sabía luego por la misma patrona.

Uno de los fijos en la casa era un señor alto, moreno, de pelo blanco, vestido con traje obscuro, y que se paseaba por los arcos de la plaza del Castillo ataviado con un sombrero de copa cubierto de hule y una levita larga, y que cuando hacía fresco se ponía una esclavina azul sobre los hombros.

--¿Quién es este señor?--le pregunté a la patrona.

Doña Saturnina me dió tres o cuatro nombres de estos compuestos y largos que usan los españoles.

--¿Y este caballero no trabaja?--pregunté yo.

--No. ¡Ca!

--¿Es rico?

--Poca cosa.

--¿Es de buena familia?

--Ya lo creo. ¡Es un Pérez de Cascante! Es de los caballeros de Olite.

Este caballero tenía un amigo que le acompañaba en sus paseos, el señor Sánchez de Peralta.

Doña Saturnina me explicó la genealogía de ambos.

--Ninguno de los dos ha trabajado nunca--me decía la patrona con entusiasmo--. Son caballeros.

Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza, lo que en el fondo es muy natural y lógico.

Todos los días les veía a los dos caballeros dar vueltas y vueltas por la plaza del Castillo, con sus sombreros de copa y sus botas, que les crujían al andar. Los dos parecían mucho más jóvenes de lo que eran. Siempre he creído que el no discurrir conserva la vida; por eso dijo Juan Jacobo Rousseau, y otros lo habían dicho antes, que el hombre que piensa es un animal depravado.

Muchas veces he pensado que la felicidad está en ser un Pérez de Cascante o un Sánchez de Peralta, y en dar vueltas por los arcos de la plaza del Castillo con unas botas que crujen y una esclavina azul; pero, puesto en esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sería aún más perfecto el ser una vaca, o quizá una ostra.

No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido nadie, si es mejor la ciencia unida a la desdicha y al dolor o la estupidez mezclada a la felicidad; pero, sin decidirlo, cuando veo algún vago de estos firmes y constantes en su noble ocupación de no hacer nada, siempre pienso si será uno de los caballeros de Olite, el señor Pérez de Cascante o el hidalgo Sánchez de Peralta.

VI

LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA

COMO era la primera ciudad española que habitaba, quise darme cuenta clara de su contextura física y moral. Sus calles, sus plazas, los rincones de la muralla, los conocía palmo a palmo; gracias a alguna que otra amistad y a las explicaciones de doña Saturnina pude darme también una idea de la vida moral del pueblo.

Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos, de militares, de curas y de perros. Yo no digo que para todo el mundo esta clase de población sea antipática u odiosa, no; ahora, para mí sí lo es, excepto los perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad de corazón.

Pamplona se mostraba como una construcción en pisos. En el alto había dos o tres familias aristocráticas, y estas familias tomaban un poco cómicamente un aire de familias reales. A pesar de que doña Saturnina quería demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos o tres familias del primer tramo social de Pamplona eran ilustrísimas, la verdad es que no contaba de ellas nada que valiera la pena de esculpirse en bronces.

Después de estas dos o tres familias del primer tramo que miraban al vulgo de los pamploneses como diciendo: podéis vivir, os permitimos graciosamente la existencia, había otras seis o siete ya de menos tono, con algunos titulillos insignificantes y algún coche destartado, pero todavía en buen uso, en la cuadra.

Tras de este segundo tramo venía el tercero, formado por los hidalgos, estos hidalgos por los que doña Saturnina sentía gran respeto y veneración y de los cuales decía: ¡Es un Pérez de Cascante! Es un Sánchez de Peralta!

Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos aristocráticos: el ejército y el clero. El ejército en su alta esfera llegaba a veces al primer tramo; pero lo más corriente era que se quedase en el segundo; el brigadier y el general alternaban con el marqués o con el conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha de liberalismo que se lo impidiese, porque entonces no alternaban con nadie.

El Gobierno constitucional en esto había defraudado al buen pueblo, primero suprimiendo el título de virrey de Navarra, cosa que a los pamploneses sonaba agradablemente al oído, y substituyéndole por el de capitán general; después, enviando militares inficionados con el virus del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático y absolutista, y el obispo movía todos los resortes de la mecánica pamplonesa. El obispo entraba de lleno en el primer tramo de la vida ciudadana. El deán y los canónigos distinguidos se distribuían en el segundo y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase media formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada en su muralla, era para el pamplonés un microcosmos. A mí, que llevaba todavía el humo de Londres en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido, apegado a unas cuantas rutinas y a unos cuantos lugares comunes.