Part 10
Cuando pasó el tiempo necesario nos acercamos al despacho de diligencias. Esperamos a que prepararan el Cuco, y entramos en él las dos señoras y un capitán de la gendarmería de Bayona, que había ido a Pau a recibir órdenes, y yo.
El capitán y yo hablamos. La señora mayor no hacía mas que saltar en el asiento, de impaciencia. El Cuco marchaba perfectamente, con un movimiento suave.
En los diferentes puntos que mudaban los caballos se presentaban los gendarmes y preguntaban invariablemente si no iban españoles.
--Point d'espagnols--decía el capitán--. Dos damas francesas, un señor inglés y un capitán de la gendarmería real.
--Perdón, mi capitán--decían los gendarmes, haciendo el saludo militar.
--¿Por qué preguntan siempre si van españoles?--dije yo.
--Es que se teme que haya por aquí agentes españoles revolucionarios--contestó al capitán.
Llegamos a Orthez por la mañana. El capitán y yo ofrecimos a las señoras nuestra compañía, y como ellas aceptaron, fuimos hasta su casa. El capitán dió el brazo a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos delante de la puerta de la verja de una magnífica posesión y nos despedimos de las señoras. El capitán fué hacia un lado y yo hacia el contrario. Avancé un poco paralelamente a la verja, que era más larga de lo que yo me figuraba, y al volver vi que las dos mujeres estaban todavía a la entrada.
--¿No les oyen?--les pregunté--. ¿Quieren ustedes que yo llame?
--No, no--dijeron las dos, asustadas.
--Lo que ustedes quieran--y me preparé a seguir.
--¿Podría usted hacernos un favor?--me preguntó la señora con su voz trágica.
--Sí, con mucho gusto.
--Querríamos entrar en el parque sin que nos viera el portero.
--No sé la manera.
--Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo, aquí, a un lado.
--¿Y desde fuera cómo la va usted a abrir?
--No, desde fuera ya sé que no. ¿Usted no sería capaz de escalar esta verja?
--¡Escalar la verja! ¿Y si le ven a uno?
--No. No se levanta en la casa nadie hasta muy tarde.
--Bueno; avísenme ustedes si aparece alguien.
Sin más dejé mi fardelillo en el suelo, escalé la verja, bajé por el otro lado, corrí hacia la puerta pequeña y abrí el cerrojo. Las dos mujeres entraron en el jardín y yo salí al camino.
Al pasar de nuevo por delante de la puerta de la verja estaba la señora aguardando y me dijo:
--Quiero darle a usted una explicación y hablar con usted. Venga usted cuando se haga de noche a esta verja.
--Sí, señora, vendré.
Me fuí a una fonda con la imaginación un poco excitada, y de noche me presenté en la verja. Al poco rato llegó la señora. Me habló durante más de una hora con un tono inquieto, lleno de angustia, y me contó, atropelladamente, una porción de cosas.
Aquella dama era pariente y al mismo tiempo señora de compañía de la muchacha joven que había venido con ella en el coche. Se llamaba madama Domesan. La muchacha, Gabriela de Beaumont; por lo que me dijo, vivía con su padre, su tío y una señora amiga de su padre, Enriqueta Sarrazin, que se había hecho dueña de la casa de tal manera, que los tenía presos a todos, sin dejarles salir de allí.
El día anterior esta señora había marchado del castillo, y aprovechando su salida, Gabriela y ella habían ido a Pau a hablar con un pariente y a explicarle la situación en que se encontraban, pero no le habían visto.
En la casa, la Enriqueta Sarrazin mandaba como dueña, y había dispuesto casar a su hijo, que era un perturbado, con Gabriela, y estaba aislando a la familia de Beaumont de sus amigos y parientes, de tal manera, que ya nadie entraba en la casa. En los planes le ayudaba un cura del pueblo.
Después de todos estos datos, madama Domesan me dijo que si yo tenía valor y energía para ello, que me presentara al día siguiente en el castillo preguntando por el vizconde Beaumont de Lomagne; que le dijera que llegaba de Londres y que era aficionado a los árboles y a las plantas exóticas, y que quería ver el parque y el invernadero, y me hiciera amigo de él.
Me sugestionaron los relatos de aquella dama y prometí seguir la aventura.
Al día siguiente, al mediodía, me presenté en el castillo y llamé tirando de la cadena.
Salió a abrir un portero viejo, con una gran librea; le di mi tarjeta, y esperé.
Poco después se abrió la verja, y el criado me dijo que pasara.
Comencé a marchar por una avenida enarenada. Al final de ésta se veía un edificio grande, pesado, de piedra, con varias torres de pizarra adornadas con veletas.
A un lado y a otro había árboles centenarios, altísimos, y delante de la fachada del castillo, un estanque oval, de agua profunda y obscura, a cuyo alrededor las hojas caídas en muchos años formaban como un marco de plata.
Este estanque parecía un espejo negro que reflejase el cielo a través del follaje de los árboles. Bordeando el estanque nos acercamos al castillo, y entramos en un gran zaguán, que parecía una cripta, con el suelo, las paredes y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera, pasamos un salón grande como un museo y fuimos a un gabinete elegante, pero también triste, en donde había dos viejos momificados sentados el uno frente al otro, la señora y la señorita del coche y madama Sarrazin, una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo blanco.
El vizconde me saludó amablemente. Era un hombre alto, encorvado y pálido, con un aire de temor y de cansancio.
Vestía un traje del tiempo del Imperio, y al andar parecía arrastrarse.
Su hermano, el caballero de Maslac, era un vejestorio del tipo más completo del antiguo régimen; llevaba calzones de terciopelo de color, medias de seda, casaca y coleta. Iba perfumado, pintado, con colorcitos en las mejillas y en los labios; los dientes, postizos, y peluca. Usaba constantemente un lente y una tabaquera; en los dedos, anillos, y dijes, y, al levantarse de la butaca, se apoyaba en un bastón con puño de oro.
La señorita Gabriela y madama Domesan me saludaron amablemente, y la señora Sarrazin apenas se dignó mirarme.
El vizconde de Beaumont, que tenía la manía de la botánica, me mostró el parque y el invernadero de su castillo.
El parque era tristísimo; parecía que habían querido darle un aire lúgubre, haciendo que los árboles gigantescos estuvieran tan cerca uno de otro que, paseando por las sendas, no se veía el cielo.
El estanque reflejaba las nubes como una pupila desesperada y sombría.
El vizconde me enseñó la antigua torre de los Beaumont, con sus baluartes y sus argollas, que daban al río y servían para atar las gabarras.
Después de ver sus plantas extrañas, dije que tenía que marcharme; pero el vizconde me rogó varias veces que me quedara a cenar y a dormir. Como este era mi objeto, me quedé allá.
La cena fué siniestra. El vizconde miraba a un lado y a otro, como poseído por el mayor espanto; el caballero de Maslac, con sus adobes y sus dijes, parecía una momia desenterrada.
No se habló en la mesa mas que de genealogías, y únicamente el vizconde interrumpía esta conversación para disertar acerca de botánica. Después de cenar jugaron una partida de cartas entre los dos viejos, la Sarrazin y Gabriela, y madama Domesan me indicó que fuera a la biblioteca, donde hablaríamos.
Efectivamente, fuí a ella y hablamos largamente. Me dijo, de una manera nerviosa y perentoria, que yo, que había sido simpático al vizconde, debía entrar en la casa y luchar contra la influencia de madama Sarrazin, que les dominaba a todos.
Después me contó, con su tono dramático, la historia de un muchacho que había galanteado largo tiempo a Gabriela, y a quien se había encontrado ahogado en el río, y de un hombre misterioso que aparecía de cuando en cuando en las proximidades del castillo.
Luego me habló de su vida y de su familia.
Me dijo que ella procedía del secretario de Felipe II, Antonio Pérez.
--Al evadirse Antonio Pérez de la cárcel de la Inquisición de Zaragoza--me contó--, se refugió en el Bearn y fué protegido por Enrique IV y por Margarita de Valois. Antonio Pérez tuvo amores con una señora de Orthez, y su hijo se estableció aquí definitivamente, y de él procedo yo.
Siguió la señora Domesan contando una serie de relatos de crímenes y de sucesos extraños donde aparecían asesinos, misterios, fantasmas, y llegué a pensar si aquella mujer estaría un poco perturbada, y sería, sin proponérselo, una especie de Anna Radcliffe gascona. Por lo menos era un folletín de muchas entregas.
Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa y obscura, no pude dormir. Toda la noche la pasé pensando en ahogados y muertos.
Al día siguiente comprendí que aquellas grandezas no eran para mí, y, sin despedirme de nadie, con el pretexto de dar un paseo, me marché del castillo y no volví.
XIV
EN LA DILIGENCIA
CORRÍ con mi morral al sitio donde salían las diligencias y tomé un asiento para Bayona.
Me encontré con el mismo capitán de la gendarmería con quien había ido a Orthez. Nos saludamos y nos dimos nuestros nombres. Me dijo que se llamaba Montmartin, y me invitó a tomar una copa de coñac.
En la diligencia iba mucha gente que subía y bajaba en los pueblos pequeños, llevando cestas y encargos, y un comerciante bayonés, con su mujer y dos hijas.
Una de ellas, por lo que contó su madre, tenía una voz preciosa, y había obtenido un gran éxito cantando la Cavatina «Una voce poco fá», del _Barbero de Sevilla_, en una de las casas del gran mundo de Orthez.
La otra señorita poseía, según su madre, grandes conocimientos literarios e históricos, y sabía el inglés y el español. Había sido muy galanteada por un joven oficial de la guarnición de Orthez, llamado Alfredo de Vigni, que había escrito para ella una poesía preciosa.
A pesar de hablar yo bastante mal el francés («¡Celibataire, une boutaille de cercueil!), quedé un poco mejor que el capitán de la gendarmería, pues éste consideraba que ante las señoras debía tomar una aptitud rígida, como si estuviera en actos de servicio.
Quizá influían en su tiesura las frecuentes libaciones, pues aprovechaba todas las paradas para intoxicarse cuanto podía.
Con este combustible se reveló en él su fondo de francés, y dijo que Napoleón era un grande hombre, a quien los ingleses habían hecho perecer miserablemente. Habló también de la batalla de Orthez, en que Wéllington, con el ejército aliado, había batido al mariscal Soult, y se deshizo en insultos contra el vencedor de Waterloo.
El comerciante bayonés y su familia parecían desolados al oír esto, y me miraban como pidiéndome mil perdones.
El capitán vió que yo no me daba por aludido, se calmó, se hizo amigo mío y amenizó el viaje con algunos cuentos de cuerpo de guardia.
A la tardecita llegamos a Bayona, y, pasado el puente sobre el Adour, el sargento del puesto de la gendarmería preguntó si no había viajeros españoles. El capitán Montmartin dijo que no, y seguimos adelante hasta la plaza de Armas.
El capitán sintió no sé por qué un vago impulso de simpatía o de remordimiento al despedirse de mí, quizá por haber hablado mal de los ingleses, y me invitó a cenar con él al café del Comercio tan insistentemente, que tuve que aceptar.
Estaba el café, envuelto en una nube de humo, atestado de oficiales de la guarnición. Se hablaba a gritos.
En una mesa había un grupo de tenientes y suboficiales, y uno de ellos leía un libro que acababa de publicarse, de un tal Paul de Kock, llamado _Gustavo el calavera_. Los que escuchaban se reían a carcajadas. El capitán Montmartin y yo nos acercamos al grupo, y aunque yo apenas oía la lectura, contagiado por la risa de todos, acabé por reírme.
Mareado y algo intoxicado me despedí de Montmartin y me fuí a la fonda. Al día siguiente me levanté temprano y salí a la calle. Vi muchos grupos de españoles que me dijeron eran realistas, y entre ellos un cura y un fraile, el uno con su gran sombrero de teja y el otro con su cerquillo.
Los dos tiraban al blanco con carabina y tenían una magnífica puntería.
--Son soldados de la Fe--me dijo un francés que debía ser realista entusiasta.
--No cabe duda que con esa puntería--le contesté yo--han de ganar muchas almas para el cielo.
XV
MARY LA DE BIRIATU
EN la fonda de Bayona me dijeron que podía ir a San Juan de Luz a caballo en un cacolet. No sabía lo que era esto, que resultó un artefacto que en castellano llaman jamugas.
Llegué a San Juan de Luz en mi cacolet; dejé el morralillo en un fonducho de la salida del pueblo y fuí a estirarme las piernas hacia la playa.
Me sorprendió un chubasco y entré en un café pequeño y me senté delante de una ventana con cristales, y estuve contemplando cómo chocaban las gotas de agua en la tierra, y las nubes que corrían por el cielo.
Al terminar el chaparrón volví al fonducho de la salida del pueblo e hice mis preparativos para entrar al día siguiente en España.
Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa cuando entró una muchacha a preguntarme si quería cenar. Al verla, me pareció que el cuarto se iluminaba; tan bonita era.
--¿Usted me va a servir la cena?--le dije.
--Sí.
--No creí poder ser tan feliz.
Ella se rió. Yo la contemplé embobado. Tenía unos ojos claros azul verdosos, una boca burlona y un cuerpo ligero y fuerte al mismo tiempo. Era un fruto del Norte dorado por el sol del mediodía.
Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Mary; le volví a preguntar de dónde era y me contestó que de Biriatu, un pueblecillo pequeño asentado en un cerro próximo al Bidasoa.
--Voy a quedarme aquí--le dije--para poder verla a usted muchos días.
--No podrá ser--contestó ella.
--¿Por qué?
--Porque me marcho a Biriatu mañana.
--Iré yo a Biriatu.
--Es igual; no me verá usted.
--¿Tendrá usted novio?
--No.
--¿Pero tendrá usted muchos pretendientes?
--No; tampoco.
--¿Cómo puede ser eso, siendo tan bonita?
--No opinan todos como usted--me replicó riendo.
--Eso es imposible--exclamé--. ¿Es que los hombres de este país no tienen ojos? ¿Es que son como esos peces de los lagos sin luz, que son ciegos? ¿Es que tienen alguna membrana nictitante perpetua? ¿Es que...?
Mary la de Biriatu iba y venía trayendo platos, haciendo poco caso de mis frases.
Cuando se acabó la cena le dije que ya que no podía verla quería marcharme al amanecer y que me diera la cuenta.
Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro.
--No, no--me dijo--; guárdese usted su moneda de oro. No la quiero.
--¡Pero, si yo no la pido nada a cambio!
--Es igual; no la quiero. Le hará a usted más falta que a mí. ¡Adiós! Buenas noches.
* * * * *
J. H. Thompson dice, al llegar aquí, que se metió en su cuarto y sacando lápiz y papel escribió una poesía en inglés en honor de la muchacha que encontró en la fonda. La tal poesía es una españolada poco seria que no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la traducimos y la copiamos es, más que para otra cosa, para demostrar la extravagancia de los extranjeros cuando se ocupan de España. Dice así la canción traducida al pie de la letra:
«_A Mary la de Biriatu_:
»Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu, como las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y el cuerpo ágil y armónico como el de una diosa. Cuando te veo marchar de aquí para allá, mi corazón tiembla y siente el mismo sobresalto que si fuera una pieza de porcelana de Sèvres en manos de una criada cerril, o la copa más fina de cristal de Bohemia entre los dedos de un chico atolondrado.
»Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo, eres cruel. Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha la debilidad ajena; tienes la exactitud del teorema matemático, que es un tormento para la inteligencia obscura; eres soberbia como la Naturaleza, y yo soy humilde como una cosa humana.
»¡Si tú quisieras!, yo saldría de mí mismo como un dragón de su agujero, y sería el hombre más turbulento y más dionisíaco de la tierra. Pero no, no lo sería; lo soy ya.
»Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazón. Ya no soy un inglés pesado y grueso; soy andaluz y tengo sangre mora en las venas; tengo garras como las águilas y colmillos agudos como los tigres. Ya no diseco fieras, las mato; ya no discuto con los hombres, los domino.
»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevaré en mi caballo cordobés, desde el Pirineo a Sierra Nevada y reposaremos al pie de las palmeras de Andalucía al son de las castañuelas y las guitarras.
»Si quieres que sea contrabandista, Mary, me haré contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos, lo seré sin miedo e imitaré al bandido generoso,
el que a los ricos robaba y a los pobres protegía.
»Para mí no habrá más leyes que tu capricho, Mary, Mary la de Biriatu; para mí no habrá más cielo azul que el azul verdoso de tus ojos. Con el trabuco al brazo, montado en mi jaca torda, seré una exhalación. Yo me escabulliré de entre las manos de la justicia y haré llorar de rabia a los alguaciles, y a los alcaldes, y a los corchetes de la Santa Hermandad.
»¿Hay que desafiar al rey, a la Inquisición, a los ángeles, a los demonios?
»Aquí estoy yo. Yo robaré las alhajas de la Virgen para adornar tu garganta y te daré la Biblia de Lutero para que con sus hojas hagas papillotes.
»Y cuando el mundo entero esté retemblando con mi gloria como una caldera de vapor, y mis hazañas sean cantadas por los ciegos, tú, con tu mantilla de casco y una peineta de concha; yo, con el calzón corto y mi capa andaluza, iremos los dos del brazo a la corrida.
»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Mira que soy capaz de todo por ti. Mira que si no te pierdes al mismo Robin Hood con calañés».
Esta es la absurda e insensata poesía que J. H. Thompson dedicó a la muchacha de la fonda de San Juan de Luz, donde estuvo hospedado, y que ha desagradado profundamente a varias personas respetables que la han leído.
XVI
LA VENTA DE INZOLAS
DESPUÉS de descargar mi corazón en estos versos me tendí en la cama, me quedé dormido, y por la mañana, al amanecer, me levanté y salí de casa.
--Veremos lo que nos reserva la suerte--me dije.
Anduve una legua antes de que saliera el sol, y me senté al pie de un árbol y saqué del bolsillo mi mapa de España. Estaba publicado en Londres, en 1808, por la casa John Stockdale de Piccadilly, y debió de servir para las tropas de Wéllington que iban a la Península.
--Como no tengo objeto--murmuré--, seguiré el meridiano. El mito de mi tío el comandante Cox y el meridiano serían mis directrices.
Decidí pasar uno o dos meses en el país vasco, medio año en Castilla, e ir a parar a Andalucía. Estaba enfrascado en la observación del mapa cuando pasó una chiquilla que se me quedó mirando.
Me levanté y la pregunté:
--¿Este es el camino de Navarra?
--Sí.
La muchacha iba hasta un caserío llamado Herburu, y yo fuí con ella.
Encontré a un aduanero francés a quien le dije me indicara el camino de España. Me miró con desconfianza y me mostró un sendero.
Siguiéndolo, llegué a un bosque bastante cerrado, con una venta, la venta de Inzola. Estaba en territorio español. Pedí en la venta que me pusieran algo de comer, y con un gran trozo de pan, de chorizo y de queso y una botella de vino, me senté en la hierba, en un prado. Brillaban las margaritas y las flores del brezo; una serpentaria mostraba su mazorca roja entre lo verde. Corría allá un vientecillo del mar fresco y agradable; el cielo estaba muy azul; en Francia se veía la llanura y la costa; hacia España, un laberinto de montes ceñudos y sombríos. Unos grillos amenizaban la soledad y un cuco lanzaba su voz irónica entre los árboles.
Devoré mis provisiones, y después dirigí un _toast_ elocuente a la vieja España de Don Quijote, y del Cid, y de San Ignacio de Loyola. Añadí a Loyola, para probarme a mí mismo, que este Amadís de Gaula, católico y papista, no sólo no irritaba mis sentimientos de protestante de raza, sino que veía en él un hermoso manantial de energía y de tesón.
Después de este _toast_ hice mi segunda libación brindando por las damas españolas, los caballeros, las majas, los toreadores, los gitanos, los corchetes, los alguaciles y los alcaldes, y, sobre todo, por la bella entre las bellas, Mary la de Biriatu. Como me quedaba más vino en la botella y no era desagradable, tuve que brindar por el mar, por el cielo azul, y hasta por la Cosa en sí, y me quedé un momento dormido.
SEGUNDA PARTE
DEL PIRINEO A MADRID
I
LOS PLACERES DEL CAMPO
CUANDO yo leía de chico las descripciones de los placeres campestres--dice J. H. Thompson--, me parecían una de las cosas más insulsas y más tontas del mundo. Es extraño cómo la retórica, a fuerza de repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de la realidad.
Los placeres campestres en las páginas de los escritores bucólicos del siglo XVII y XVIII han sido siempre placeres amables y sociales; se ve que para estos escritores la Naturaleza estaba representada por un parque bien cuidado, como para Fenelón la gruta de Calipso era uno de los subterráneos del jardín de Versalles. Los placeres campestres en la pintura han sido también tan sosos, tan amanerados, como los descriptos por los poetas.
Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca recordé las descripciones que había leído en la infancia, ni los cuadros de los pintores. No me acordé jamás de Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis, ni de Nemoroso; todas estas amables personificaciones no salieron del estante que les corresponde en el armario de la guardarropía poética para presentarse a mi imaginación. Me desdeñaron tanto como les desdeñaba yo a ellas.
Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una impresión amable, pastoril y bucólica, me dió una sensación ruda y me habló con una voz áspera y discordante.
El viento y la lluvia, el murmullo de los árboles en el follaje y el rumor del arroyo, el caminar por entre las altas hierbas o por el claro del bosque me produjeron una sorpresa.
Tuve también otras sorpresas y descubrimientos. Uno de éstos fué encender hogueras.
Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. ¡Hacer fuego al borde de un camino y ver cómo chisporrotean las hierbas secas, serpentean las llamas y se desparrama el humo por el aire! ¡Qué gran placer! ¡Qué eterna admiración!
Siempre parece un espectáculo nuevo, como si guardara uno en el fondo del alma el asombro del hombre primitivo, descubridor del fuego al ver levantarse las llamas en el aire.
Este es uno de los grandes placeres tristes y melancólicos del campo. Mirar la llama de la hoguera, ver el humo que mancha las claridades del crepúsculo, mientras las estrellas comienzan a presentarse en el cielo...
Hoy, al pensar en ello, siento melancolía, la melancolía del enamorado de la Naturaleza unida a la melancolía del reumático.
II
ERLAIZ EL PANADERO
DESPUÉS de mis libaciones dejé la venta de Inzola y comencé a marchar hacia Vera. Enfrente tenía un enmarañamiento de montañas fragosas y obscuras, de crestas y de barrancos.
Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo mismo: lo trágico y fosco ha quedado para España; lo sonriente y amable, para Francia.
A pesar de esto, el espíritu de los vascos de un lado y otro de la frontera ha quedado el mismo; la misma seriedad, el mismo gusto por los trajes negros, el mismo aire de desilusión.
Parece que este pequeño pueblo tiene la conciencia vaga de su desaparición, de su absorción por los de alrededor, y le queda la tristeza y el orgullo de los pueblos viejos que se hunden sin dejar apenas rastro de su existencia.
Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa cuando oí a lo lejos el ruido de una carreta. ¡Cómo chirriaba! Tan pronto se la oía como se perdía su sonido, como volvía a aparecer. Estas carretas vascas tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas al eje, lo que hace el rozamiento muy grande.