La reina Calafia (novela)

Part 9

Chapter 93,807 wordsPublic domain

Al final de la comida, Concha y Rina fumaron. En las otras mesas eran muchas las señoras que fumaban; pero doña Amparo sólo quiso ver á la reina Calafia y su acompañante.

Consuelito, que se mostraba extraordinariamente alegre, aceptó un cigarrillo emboquillado con pétalo de rosa que le ofrecía su nueva amiga, y lo encendió sin pedir permiso á su madre. Se sentía animada por la risa aprobadora del catedrático, que estaba viviendo en aquel comedor un episodio más de sus aventuras mentales. Y la austera señora guardó su cólera para cuando volviese á casa quedando á solas con su marido.

Después de esta comida, se habló de la reina Calafia en el domicilio de Mascaró como de una amiga antigua. Consuelito la nombraba con frecuencia, encontrando á su gusto todo lo que había oído á la otra, aceptando sus ideas, imitando un poco sus ademanes y hasta el modo de llevar los vestidos.

Doña Amparo era la única que se resistía á la seductora influencia de la extranjera.

--Yo no me quedo con su convite. Necesito devolvérselo--decía frunciendo el ceño, como si hubiese recibido una ofensa--. Es preciso invitarla, para que no nos crea unos pobres. Si ella tiene sus millones, yo tengo mi dignidad.

--¡Bueno, mujer!--contestó don Antonio, bondadosamente--. La daremos un almuerzo de platos españoles.

Comía Florestán varias noches por semana en el Ritz. Le era imposible librarse de las invitaciones de aquella señora. Además, ella mostraba un interés sincero por su porvenir, y esto hizo que toda la familia Mascaró tolerase sin inquietud las ausencias del joven.

Debía pensar en su carrera. Consuelito se veía ya, gracias al apoyo de la reina Calafia, viviendo con su marido en los Estados Unidos, tierra de maravillas de la que hablaba su padre con entusiasmo. Doña Amparo olvidó por un momento las contradictorias apreciaciones que le inspiraba aquella señora, para pensar únicamente con arreglo á su buen sentido de dueña de casa. Tal vez esta millonaria, viuda y sin hijos, proporcionase al joven matrimonio los medios de enriquecerse.

En realidad, la californiana hablaba muchas veces con el joven de su existencia futura, haciéndole preguntas sobre sus proyectos para después de terminada su carrera.

Ella sólo comprendía al hombre con un ideal de positiva realización y trabajando para conseguirlo. Le causaba asombro ir conociendo la existencia de limitados horizontes que había llevado hasta entonces Florestán. Después de nacer y vivir sus primeros años fuera de España, había quedado para siempre en este país, sin pasar nunca sus fronteras.

--¿Y no ha estado usted ni siquiera en París?...

No, Florestán no había vuelto al extranjero. Aprendió el francés y el inglés con su padre, complaciéndose en escuchar durante las veladas, como si fuesen cuentos mágicos, las descripciones de los países donde había vivido el inventor y que él visitaría más adelante.

--Pero no sé cuándo iré, señora. Pienso en mi padre, que puede morir repentinamente, cuando menos lo temamos, y esto dificulta mis viajes.

Entonces, ella, con el mismo gesto resuelto de la señorita pobre de Monterrey, cuando pensaba en su porvenir, al lado de un padre arruinado, dió consejos al estudiante:

--Hay que ser enérgico; hay que trabajar y enriquecerse. Sólo es libre el que tiene dinero.

Una noche Rina dejó de asistir á la comida del Ritz. Se había quedado encerrada en su cuarto del Palace Hotel, pretextando una fuerte jaqueca. Concha y Florestán rieron, suponiendo algún desarreglo facial que la obligaba á mantenerse oculta por unas horas.

En el comedor del Ritz encontró la californiana á una familia de compatriotas suyos que estaban de paso en Madrid para visitar Sevilla y Granada. Florestán fué presentado á esta familia, y todas las mujeres de ella, viendo en el joven un bailarín disponible, se lo pasaron de una á otra durante la noche.

La reina Calafia casi siempre olvidaba el baile, prefiriendo hablar con Florestán; pero esta noche se mostró irritada por la facilidad con que sus amigas disponían de un hombre presentado por ella. Y para evitar tal abuso, quiso aprovechar todas las danzas. Ella misma invitaba á Florestán con el gesto ó con un movimiento de sus ojos.

Bailaron hasta las tres de la madrugada y bebieron mucho. El jefe de la familia, para celebrar el encuentro con mistress Douglas, belleza famosa de su país, dejó que el encargado del comedor renovase las botellas de champaña con la pasmosa celeridad de las suertes de prestidigitación, descorchando una cuando la otra aún no estaba mediada. Siempre aparecían llenas las copas, á pesar de que la agitación del baile y el calor del salón obligaban á las parejas á buscarlas ávidamente en cada descanso.

Salieron juntos del hotel «la Embajadora» y Florestán. Ella quiso ir á pie. No había mas que atravesar el Paseo del Prado. El Palace Hotel alzaba su masa sobre el otro borde de la obscura arboleda.

La dama sentía calor. Llevaba abierto su abrigo sobre el escote. Se apoyó, al andar con cierta pesadez, en el robusto brazo del joven. Confesaba riendo haber bebido y bailado exageradamente. ¿Qué dirían de ella si la viesen con este aspecto allá en su país?... ¡Una dama que era protectora de tantas sociedades respetables para combatir el alcohol, los excesos de la danza y otros abusos y pecados!... ¡Ah, Europa vieja y tentadora!... Pero al mismo tiempo, encontraba en esta situación algo anormal un nuevo sabor á la existencia y descubría en la vida ignoradas atracciones, llegando á preguntarse si no habría estado equivocada hasta entonces...

Dejaron á sus espaldas los automóviles y los grupos de chófers estacionados frente al hotel, viéndose de pronto como caídos en la absoluta soledad del paseo.

El nocturno silencio era cortado por el canto monótono de los chorros de la fuente de Neptuno. Como ya eran llegadas las horas vecinas al amanecer, estaba apagado en gran parte el alumbrado público. Sólo algunos faroles, macilentos y largamente espaciados, marcaban sus pinceladas rojas bajo la bóveda de ébano de los árboles.

Parecía este paseo urbano, en su profunda lobreguez, un bosque desierto á enorme distancia de toda aglomeración humana. Las masas de edificación á ambos lados de la obscura avenida-jardín eran á modo de colinas cortadas, de acantilados verticales. Sobre sus aristas se tendía una amplia faja de cielo, con temblores de estrellas, perdiéndose longitudinalmente en el infinito.

Se detuvo la reina Calafia en mitad del corto trayecto entre hotel y hotel, cerca del carro de mármol de Neptuno. La hizo estremecerse la fresca caricia del vapor acuático exhalado por el susurrante tazón.

Esta lóbrega y misteriosa quietud le sugirió la posibilidad de que apareciesen varios ladrones, atraídos por el brillo de sus alhajas. La idea le hizo temblar levemente sobre el musculoso brazo en que se apoyaba. ¡Qué interesante un ladrón!...

Se acordó de sus habilidades de luchadora, de sus secretos para tumbar instantáneamente á un adversario. Se imaginó también, con cierta vanidad, el esfuerzo agresivo que podía hacer para defenderla aquel muchacho atlético y propenso á avergonzarse que iba á su lado. Luego se arrepintió de sus malos deseos.

«¡Has bebido, Conchita!--se dijo, empleando el mismo diminutivo que le daba su padre cuando era niña, y ella recordaba siempre al hacerse recriminaciones--. ¡Has bebido demasiado, hija mía!»

Al contemplar la inerte ciudad, le pareció que la noche iba á durar siempre, que no despertaría más aquella aglomeración humana dormida bajo los techos... Y si llegaba á despertar, su vida sería obscura, perezosa, aislada del resto del mundo, casi igual á su sueño.

Sintió una repentina lástima por aquel mocetón simple y hermoso que le servía de apoyo. Inclinó la cabeza hacia él, buscando sus pupilas.

Este gesto afectivo tuvo al mismo tiempo una avidez hostil. Su boca, en aquel momento, lo mismo podía morder que besar.

«¡Has bebido, Conchita!--seguía diciéndose mentalmente--. ¡Has bebido demasiado!»

Su voz exterior preguntó al mismo tiempo con violencia, como si formulase una recriminación:

--¿Y un hombre como usted va á quedarse aquí para siempre? ¿Y se casará, y tendrá hijos, y no conocerá otro horizonte que el de su casa, ni acariciará mayor ideal en su existencia que el de mantener á su familia?...

Florestán quedó sorprendido por el tono violento de estas preguntas y no supo qué contestar. También él estaba perturbado por lo que había bebido y por el contacto de aquel cuerpo que se apoyaba en el suyo con familiar abandono.

La dama reanudó su marcha, tirando de él, y dijo con brusquedad, como si le diese una orden:

--¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande.

VI

Donde van presentándose los enamorados de la reina y se habla un poco de la famosa Ciudad-Camaleón

Al atravesar la viuda, una semana después, el _hall_ de su hotel á la hora del almuerzo, tuvo un encuentro inesperado.

Un hombre hundido en un sillón, con el rostro envuelto en la nube olorosa de su habano, dejó éste, al verla, sobre una mesilla inmediata y se puso de pie, sonriendo.

--¡Oh, mistress Douglas! ¡Qué agradable sorpresa!... No sabía que estaba usted en Madrid.

La dama sonrió igualmente, pero con malicia.

--Tampoco yo le creía aquí, Arbuckle. Siempre se arreglan las cosas de modo que nos encontramos.

Y el llamado Arbuckle, que era casi un gigante por su estatura y su volumen, bajó los ojos como si no pudiera resistir la mirada burlona de la señora. Mostraba la confusión de un niño grande que ha dicho una mentira y se ve descubierto.

Este hombre, que parecía estar más allá de los treinta años, sin llegar á los treinta y cinco, era de fuerte osamenta y exuberantes músculos. Tenía la cabeza y el cuello de un gladiador antiguo, la hermosura vigorosa y reposada del toro. En su rostro completamente rasurado cada sonrisa iba acompañada del brillo marfileño de sus dientes y el relampagueo del oro con que estaban chapados algunos de ellos. A pesar de su atletismo, sus ojos y su boca tenían algo de pueril, y toda su persona parecía esparcir un halo de credulidad y confianza.

Era indudablemente de limitado radio mental, con muy contadas ideas, pero éstas nacían robustas y bien definidas, quedando clavadas para siempre en su voluntad. Tenía la mandíbula fuerte y el entrecejo partido en ciertos momentos por una arruga profunda, que modificaba su rostro plácido. Esto era muy de tarde en tarde, cuando las contrariedades, en fuerza de repetirse, despertaban en él una cólera terca, dura y fría como el hielo, alterando la unidad de su carácter, predispuesto al optimismo.

La señora Douglas le había conocido años antes, al quedar viuda y tener que ocuparse de la administración de su fortuna. Este Haroldo Arbuckle era también de California, y los hombres de negocios le consideraban mozo de mérito por haber hecho en poco tiempo la primera parte de su carrera, creyéndolo destinado á mayores triunfos si continuaba trabajando. Como muchos californianos, unía la enérgica voluntad del emigrante venido del Norte al espíritu andariego y predispuesto á las aventuras de los hombres morenos, primeros colonizadores de dicho país.

Siguiendo la tradición de su tierra natal, comenzó por ser minero, buscador de oro; mas había nacido demasiado tarde, cuando los veneros auríferos de California ya no podían ofrecer sorpresas, y tuvo que trabajar primeramente en el Transvaal y luego en las soledades glaciales de Alaska. Aún no era verdaderamente rico. Él mismo confesaba no «valer» más allá de un millón de dólares, pero contaba con una gran energía para el trabajo y una mirada exacta para la apreciación de cosas y personas, condiciones que podían hacer de él un multimillonario, un director de negocios gigantescos, como los que viven en Nueva York.

Había conocido á «la Embajadora» Douglas en San Francisco, al comprarle unas acciones de minas de oro en Alaska que ella no deseaba conservar. Sus entrevistas para la terminación de dicho negocio influyeron en la existencia de Arbuckle, cambiando momentáneamente su curso.

Este trabajador infatigable sintió repentinamente una necesidad imperiosa de reposo. No tenía familia, estaba solo en el mundo, ¿para qué esforzarse por adquirir más dinero? Era un engaño cruel desconocer los verdaderos placeres de la vida, concentrando toda la existencia en la conquista de una riqueza inútil... Y dejando en suspenso sus especulaciones, se dedicó á viajar por Europa, organizando de tal modo itinerarios y descansos, que siempre venía á instalarse en las mismas ciudades donde residía la viuda Douglas.

A los pocos encuentros resultaron inútiles sus pretextos y excusas, inventados con una malicia cándida. La viuda había adivinado sus intenciones. Unas veces reía de ellas bondadosamente; otras, según su humor, las desviaba con un cambio violento de conversación.

Aprovechando un diálogo de dos horas seguidas en el _hall_ de un hotel de Venecia para combatir el aburrimiento de cierta noche de lluvia, Arbuckle habló á la dama de su soledad. Necesitaba una compañera; debía constituir una familia. Él era capaz de realizar grandes cosas, como cualquier potentado de los que dirigen los negocios del mundo desde el Wall Street de Nueva York; pero reclamaba para ello el apoyo de una esposa que le inspirase nuevas ambiciones. Debía ser esta compañera una mujer superior, é intentó describirla...

Mas «la Embajadora», adelantándose maliciosamente á tal descripción, emprendió su pintura física y moral, atribuyéndola un sinnúmero de condiciones que la hacían diferente en todo á ella. Y el californiano movió la cabeza negativamente al verla tan desorientada, aunque sin atreverse á protestar.

Algunas veces, cuando la viuda estaba de buen humor, volvía á describirle su futura esposa, mas valiéndose de tales detalles, que Arbuckle acababa por reconocer, aterrado, una semejanza absoluta con Rina. La hermosa dama, gozándose en su confusión, se atrevía á insinuarle que su felicidad sería casarse con esta solterona sentimental.

--¡Oh, mistress Douglas!--exclamaba Haroldo, escandalizado--. Es otra mujer la que yo deseo. ¡Si usted quisiera!...

Ella cortaba la balbuciente declaración con sus risas, fingiendo tomarla á broma, y no era necesario más para que al otro se le enronqueciese la voz, quedando en desesperado silencio.

Su voluntad sólo era ruda é invencible para inquirir el paradero de la viuda y salirle al encuentro. Cuando ésta emprendía un viaje repentino sin dar aviso á sus amigos, decía á Rina en las primeras horas:

--Esta vez no conseguirá descubrirnos mister Arbuckle.

Pero transcurridos algunos días, creía husmear en el aire su próxima aparición.

--Verás como se presenta de pronto. Debe saber ya nuestro paradero. ¡Qué hombre!

Y efectivamente, el buscador de oro, acostumbrado á orientarse en las soledades africanas ó en las pistas abiertas sobre la nieve de las llanuras árticas, parecía aplicar sus facultades de orientación á la complicada red circulatoria de Europa, acabando por dar siempre con las fugitivas.

La viuda, que le había olvidado desde que llegó á Madrid, mostró cierta contrariedad al recordar las persecuciones respetuosas y tenaces de este enamorado. En el primer momento hasta consideró irritante su presencia. Luego, la imagen de otro de sus solicitantes le hizo más tolerable el encuentro presente.

«A lo menos, éste me obedece--pensó--. No se atreve á hablar y sólo me importuna siguiéndome á todas partes. ¡Si fuese el otro!...»

Y acabó por recibir con una sonrisa bonachona las confusas explicaciones de su compatriota.

--¡Qué casualidad! No sabía que estuviese usted aquí. Voy á Sevilla; me aburría mucho en París. Mi propósito era salir esta noche; pero ya que la he encontrado, me quedaré unos días.

Ella le miró con ojos incrédulos. Sabía de antemano todo lo que podía hacer Arbuckle. Permanecería en Madrid hasta que le diese á entender con rudas insinuaciones, en un día de nervios trastornados, que estaba harta de su presencia. También podía ocurrir que ella se marchase de pronto con Rina sin avisárselo.

Agradeció interiormente la respetuosa discreción de este hombre fuerte y tímido. Se había instalado aquella mañana en el Hotel Palace, creyendo que mistress Douglas vivía en el Ritz. Al enterarse luego de su error, se apresuró á cambiar de alojamiento, trasladándose al segundo hotel. Un _gentleman_ debe desaparecer oportunamente cuando se cansan de verle. No es discreto vivir bajo el mismo techo que la mujer deseada.

Después de tal encuentro creyó inútil la viuda demorar la presentación de Arbuckle á las personas que la rodeaban. Este enamorado silencioso y tenaz acababa por vencer todos los alejamientos, y era necesario resignarse á introducirlo en el círculo de su vida normal. Ya que había descubierto su paradero, debía agregarlo á su séquito.

En la misma noche, Arbuckle habló con Florestán en el comedor del Ritz, y al día siguiente, por estar invitado Mascaró á almorzar con las dos señoras, se conocieron igualmente el profesor y el californiano.

--¡Un mozo simpático!--dijo don Antonio al salir del hotel con el hijo de Balboa--. Conozco el tipo; así son muchos de los que trabajan en aquella tierra. Actividad ilimitada; dureza con ellos mismos y con los demás en el momento del negocio; pero una vez terminado éste, muestran una alegría simple, cultivan su cuerpo hasta la vejez con los mismos juegos de cuando eran niños y consideran la vida con un optimismo inalterable.

Se equivocaban las gentes en Europa al imaginarse el hombre de negocios de América con arreglo á la existencia que llevan los manipuladores del dinero en el mundo viejo. Los negocios están más esquilmados en las naciones del continente antiguo, la riqueza es tradicional y monopolizada, algo misterioso que sólo poseen unos cuantos centenares de hombres, transmitiéndoselo de generación en generación. Es preciso que ocurra una guerra continental, un cataclismo histórico, para que surjan nuevos ricos. Las clases sociales viven cada una en su molde, y son muy raros los saltos por encima de los límites divisorios.

En América todos los días surgen nuevos ricos, y el pobre cuenta á lo menos con la ilusión. El capital no es allá algo misterioso é invisible que sólo se deja conocer de unos cuantos. Abunda el dinero, corre como el agua bajo el sol, á la vista de todos, en incesante circulación, con un esparcimiento que Mascaró llamaba «democrático». Todo servicio obtiene un pago; todo hombre «vale» algo. Nadie considera cerrado su camino definitivamente, ni se cree nacido, con una fatalidad irremediable, para ser pobre hasta la muerte. Viven en la dulce compañía de la esperanza, que es la más consoladora de las ilusiones. Tienen abierta una ventana en su existencia para que entre por ella la Suerte. El mozo de hotel cree en la posibilidad de ser pocos meses después tan rico como los ricos á quienes sirve.

--Hay allá hombres malos, de carácter duro y cruel, como en todas partes--terminó diciendo Mascaró--; pero la inmensa mayoría es optimista, tiene confianza en la vida, cree que el bien es en ella más poderoso que el mal, no conoce los pesimismos del europeo. Tal vez se debe esto á que abunda el oro. El que tiene dinero ve la vida de otro modo que el que no lo tiene. Ya sabes el refrán: «Donde no hay harina...» Por eso se experimenta una sorpresa enorme al llegar á aquella tierra y ver de cerca sus hombres de negocios. Como todo lo de allá debe ser forzosamente cincuenta ó cien veces más grande que lo de Europa, nos los imaginamos unos monstruos terribles, nunca vistos. El negociante de Europa es sombrío, amargado, escéptico, capaz de quitarte la piel con su mirada. «¡Cómo será el de allá!...», nos decimos. Y nos encontramos con una especie de niños grandes, muy fuertes en las horas de trabajo, y que cuando terminan éstas se van al club á jugar á la pelota. Si caen, son capaces de todo para levantarse; si se ven en un apuro, te echarán por la borda; pero cuando ganan dinero, lo primero que piensan es que todos deben recibir su parte. Marchando bien sus asuntos, ríen bondadosamente, se alegran con cualquier historia, miran la vida á través de su optimismo y creen necesario tener un ideal generoso y desinteresado, un ideal un poco «romántico», como compensación á la vulgaridad de sus negocios.

Adivinando la simpatía del catedrático, lo buscaba Arbuckle durante las horas numerosas y lentas en que se veía privado de hablar con la señora Douglas.

Mascaró admiraba la pulcritud en el vestir de su nuevo amigo. Sus camisas y corbatas parecían siempre recién estrenadas; sus trajes eran eternamente flamantes, cual si acabasen de recibir el planchado del sastre; una elegancia á la americana, como decía don Antonio, «teniendo por base el traje de calle», con gran variedad de tintes y formas. En una solapa ostentaba á guisa de condecoración un pequeño redondel azul de esmalte con una cifra: la insignia de su club de San Francisco.

Otro motivo de admiración para Mascaró fué la prodigalidad y la potencia de este hombre como fumador. Nunca pudo sorprenderle sin un cigarro en la boca: un cigarro enorme, ventrudo en su parte media, con un perfume mareador de hoja intensamente madura. Hablaba sin apartarlo de sus labios, manteniéndolo sujeto en una de las comisuras de su boca. Lo mordía, consumiendo con sus dientes una parte casi igual á la devorada por el fuego. En momentos de silencio le hacía dar continuas vueltas con una rotación imperceptible de sus labios.

Iba todas las tardes á sentarse en el _hall_ del Palace Hotel con la esperanza de ver á «la Embajadora» Douglas, y si el catedrático se asomaba á dicha rotonda, su primer saludo era presentarle un estuche de piel con media docena de cigarros, largos, panzudos, esparciendo un perfume que hacía pensar al imaginativo Mascaró en las vegas cubanas.

Su trato con este nuevo amigo hizo temer al catedrático por la salud de su garganta. Él no podría consumir impunemente á todas horas aquellos cigarros suculentos, de olorosa braveza, que no causaban daño alguno al americano.

--¡Qué tío para fumar!--decía con veneración.

Algunas veces llegó á creer que llevaba un estuche repleto de cigarros en cada uno de sus bolsillos. Allí donde metía la mano en su traje sacaba habanos para él y para los demás.

Cuando Mascaró salía á dar un paseo en las primeras horas de la tarde, sus pies experimentaban inmediatamente la atracción del Palace Hotel.

--Vamos á ver si el amigo Arbuckle está en el _hall_.

Y lo encontraba siempre, viéndose recibido por él como un emisario que enviaba la Suerte para librarle del aburrimiento de una espera á solas.

No sentía interés por ver Madrid. Lo había conocido en viajes anteriores, y él venía ahora para otra cosa. Su conveniencia era permanecer en el _hall_ esperando que la viuda bajase de sus habitaciones ó entrase de la calle, para hacerse el encontradizo (¡siempre por casualidad!), entablando una conversación con ella, aunque fuese rápida.

Algunas veces se contentaba con ver á Rina, pero ésta parecía menospreciarle por su ceguera ó su ignorancia. ¡Un hombre que pasaba junto á su felicidad sin fijarse en ella, empeñándose en perseguir cosas imposibles!...

La presencia de Mascaró representaba para Arbuckle unas cuantas horas de conversación, durante las cuales raro sería que su mala suerte le privase de un tránsito fugaz de la viuda. Y para no quedarse solo, vigilaba la combustión del cigarro enorme ofrecido á su nuevo amigo, y apenas veía llegar el fuego más allá de su parte media sacaba el estuche, brindándole con otro.

--No diga que no--rogaba, empleando un español de California, matizado de palabras inglesas ó italianas en momentos de duda--; son muy saludables y no hacen daño. Yo suelo fumar hasta veinte por día.