La reina Calafia (novela)

Part 8

Chapter 83,854 wordsPublic domain

Florestán tenía dos años más que Consuelito, y esto parecía establecer entre ellos una desigualdad enorme. Trataba á la niña como un superior, esforzando sus explicaciones, cual si la otra no pudiese comprender nada de lo que él decía. Este tono desdeñoso de su compañero de niñez había influído decisivamente en los entusiasmos científicos de la hija de Mascaró. Si quiso estudiar, fué para hacer ver á Florestán que el estudio no es privilegio de los hombres. Y al poco tiempo se dió cuenta de que el joven se mostraba menos desdeñoso con ella, disimulando cierta irritación al ver cómo osaba intervenir en los diálogos de las personas mayores, recibiendo alabanzas del ingeniero Balboa por sus razones discretas y su erudición libresca.

Una rivalidad sorda y tenaz se fué creando entre los dos antiguos camaradas de infancia. Se querían como antes. Florestán la hubiese defendido lo mismo que cuando jugaban en los paseos públicos y Consuelito imploraba su protección. Pero su afecto estaba ahora mezclado con una agresividad celosa, y cada uno procuraba sobrepujar al otro, gozándose en su humillación, sin dejar por ello de buscarse.

Por ser de genio más vivo y palabra más fácil, la hija de Mascaró hacía patentes con mayor franqueza sus sentimientos. Hablaba de Florestán como de un tirano al que era preciso derribar. Si el joven anunciaba con orgullo su próximo ingreso en la Escuela de Ingenieros, ella le hacía saber que al año siguiente entraría en la Universidad. Él iba á poseer un título para agujerear la corteza terrestre en busca de metales; figuraría como un ingeniero más entre muchísimos otros, mientras que ella tal vez llegase á ser una profesora célebre, una mujer excepcional, lo mismo que ciertas damas españolas de otros siglos, recordadas por su padre al fomentar sus aficiones, que habían ocupado cátedras en las universidades.

Influenciado Florestán por esta envidiosa emulación, no se dió cuenta de las modificaciones que iba realizando la pubertad en su hostil amiga. Dejó de ser una niña angulosa y algo amuchachada. Toda ella pareció adquirir una suavidad de terciopelo, dulcificándose el brillo de sus ojos, el timbre de su voz, la naciente redondez de sus miembros, el contacto de su piel.

Doña Amparo, que durante su infancia la había juzgado muy parecida al padre, reconociendo con cierto orgullo esta falta de hermosura como un testimonio de fidelidad conyugal, empezó á creer que Consuelito sería lo mismo que ella en los tiempos que conoció á su esposo, cuando su belleza no había sufrido aún las maduras exageraciones de un estío violento. Tenía la misma brevedad, aristocrática y española, de pies y manos. La madre lamentaba que los corsés actuales, ó la ausencia de corsé, que también era de moda, no permitiesen á su hija lucir el estrecho talle heredado de ella, que había sido la gloria de su juventud.

Al inquietarse Mascaró por la melancolía de Consuelito y su repentina indiferencia ante los problemas históricos, doña Amparo sonrió con orgullo. Ella estaba mejor enterada de ciertas cosas que su marido el sabio.

--Yo sé lo que tiene... Lo sé tal vez mejor que ella misma.

Como ya no hablaba de sus estudios y parecía haberlos abandonado, cesaron sus querellas con Florestán. La joven acogía ahora en silencio sus petulancias de estudiante, y si hablaba, era para admirar todo lo que él dijese. Vencido el hijo de Balboa por esta mansedumbre melancólica, empezó también á mostrarse menos locuaz. Se miraban silenciosos al sentarse juntos, cuando los Mascaró iban de visita por la noche á la casa del ingeniero.

Florestán inventó pretextos para frecuentar más que antes la vivienda del catedrático. Doña Amparo, con maternal complacencia, delegaba algunas veces sus funciones en el joven, rogándole que acompañase á Consuelito cuando ella no podía salir á la calle.

--Tú eres como de la familia. Os queréis desde pequeños, y nadie puede hablar si os encuentra juntos.

Al verse á solas con su hija, la esposa de Mascaró iba diciendo con la gravedad del que cree repetir las mayores enseñanzas de la experiencia:

--Es ahora cuando sigues tu verdadera vocación. Para una mujer, lo más importante consiste en encontrar al hombre que merezca ser su compañero por todo el resto de su vida. Nuestra única carrera es casarse. Lo demás son «modernismos» y cosas raras, buenas para las extranjeras.

Sintiéronse empujados los dos jóvenes por la complicidad tácita y sonriente de sus familias. El ingeniero Balboa los miraba durante las veladas con sus ojos dulces de enfermo, y esta contemplación parecía disipar su tristeza. Mascaró, que era franco en sus afectos y no gustaba, como su esposa, de precauciones y pequeñas astucias, dejó escapar un día su pensamiento en forma de palabras.

--Vosotros acabaréis por casaros--dijo á los dos jóvenes--. Indudablemente ya sois novios.

Y como ambos se ruborizasen, añadió bondadosamente:

--Por mí no tengáis miedo. Me parece muy bien. La juventud está para eso en el mundo.

Fué don Antonio el que dió forma concreta y clara á sus sentimientos. Hasta entonces se habían buscado sin darse cuenta del verdadero carácter de esta fuerza atractiva. El catedrático se encargó de dar forma á una declaración que cada uno adivinaba en el otro, sin creer necesario hacerla de viva voz, por haberla aceptado en silencio de antemano. Después de esto se consideraron en noviazgo formal, sintiéndose aprobados y protegidos por las sonrisas y las palabras de sus mayores.

Doña Amparo, con su pragmatismo doméstico, hizo largos cálculos sobre la vida del futuro matrimonio. Florestán aún podía ser rico si su padre no se mezclaba en más negocios de los que habían devorado gran parte de su fortuna. Las minas que guardaba en Méjico podían dar buenos rendimientos sólo con que una calma de varios años cortase las revoluciones frecuentes de aquel país. Además, el joven iba á tener una profesión lucrativa, pues ella consideraba todas las carreras de mayor rendimiento que la de su esposo.

La única contrariedad capaz de turbar esta aprobación amplia y bondadosa dada por doña Amparo al futuro matrimonio, era que Florestán tendría que marcharse tal vez á América por sus negocios, llevándose á su mujer. ¡Separarse de su hija única!... Luego se consolaba pensando que esta ausencia no sería para siempre y otras jóvenes se habían casado en iguales condiciones, volviendo años después, considerablemente enriquecidas, al lado de sus madres. Además, con el optimismo del enfermo que ve en lontananza una operación necesaria y procura no pensar en ella, teniéndola por algo incierto que puede ir demorando, la señora de Mascaró dudaba de este viaje.

--Tal vez no necesite ir allá. ¿Quién sabe las cosas que pueden ocurrir antes?... Lo que importa es que se casen.

Y el noviazgo de los jóvenes fué tranquilo, plácido, sin sobresaltos pasionales, exento de celos.

Consuelito era la que sentía á veces cierta inquietud al oir cómo algunas amigas suyas alababan la hermosura de Florestán. Se consideraba inferior á su novio físicamente, y temía por lo mismo que se lo quitasen. Él seguía sus estudios, prestaba una atención de devoto á los inventos algo quimeráticos de su padre, y las horas libres de ocupación las dedicaba á los deportes, gozando una enérgica voluptuosidad con el cultivo atlético de sus músculos. Su amor por Consuelito era una pasión tranquila, mesurada, regular, semejante á la del marido que está seguro de su mujer.

Se casarían cuando él terminase su carrera. Todo estaba previsto. Nunca se le ocurrió que su novia pudiera sentir predilección por otro hombre. Tampoco conoció los caprichos de la concupiscencia, ni arrebatados deseos de infidelidad. Sobre su vida secreta de muchacho sanote y de lentas pasiones sólo pesaba el pueril remordimiento de unos cuantos actos de curiosidad para conocer directamente el misterio del encuentro sexual, volviendo de ellos con tal indiferencia, que sólo muy de tarde en tarde sentía el deseo de buscar la repetición.

Contaba veinte años é iba á terminar en el curso siguiente su carrera, cuando vió una mañana en la sala de trabajo de su padre aquellas dos señoras extranjeras, una de las cuales era apodada por Mascaró la «reina Calafia». Al otro día de esta visita fué por la mañana al Palace Hotel, para entregar á la señora Douglas el legajo de documentos referente á las minas de Méjico.

Era poco más de mediodía, y tuvo que esperar en el _hall_. Cerca de la una llegaron la señora Douglas y Rina. Acababan de bajar de su automóvil ante la puerta del hotel, teniendo que abrirse paso entre los curiosos, atraídos por la novedad de ver á una dama guiando su carruaje mecánico.

La presencia de Florestán pareció alegrar á las dos. La viuda, después de haber confiado á su acompañante los papeles del joven, se despojó de su gabán de automovilista, encargando á Rina que subiese ambas cosas á sus habitaciones. No quiso separarse por unos minutos de aquel mocetón que parecía inquieto ante ella y bajaba los ojos, balbuceando, sin atreverse á mirarla otra vez. Temió que aprovechase su ausencia para huir, después de haber cumplido el encargo de su padre.

--Usted se queda á almorzar con nosotras... No diga que no. Le debo este obsequio. No es mas que una compensación insignificante por lo que se ha molestado trayéndonos esos papeles.

Intentó resistirse Florestán con balbuceos y fugitivas sonrisas; pero al fin, no queriendo parecer tímido, aceptó resueltamente. Avisaría por teléfono, para que en su casa no extrañasen esta ausencia.

Durante el almuerzo, la «reina Calafia» fué dándole explicaciones sobre su instalación en Madrid y su modo de vivir. Algunos de sus compatriotas estaban alojados al otro lado del Paseo del Prado, en el Hotel Ritz. Ella iba todas las noches á comer en el Ritz, pues de este modo podía encontrar á muchos amigos suyos, de paso en Madrid, que había conocido en diversos hoteles de Europa. Pero las habitaciones del Palace Hotel eran de mayor amplitud y comodidad. Además, desde las ventanas de este hotel moderno y enorme se disfrutaba la vista más interesante de Madrid.

--Del Ritz sólo se ven las masas de edificios de la ciudad en la otra orilla del Prado. Desde aquí veo la arboleda de los jardines del Retiro: ese pequeño museo que llaman ustedes «el Casón»; á mis pies la fuente de Neptuno, con sus caballos marinos de mármol hundidos en el agua, y lo que más me interesa: encuentro á todas horas, al abrir mis ventanas, el Museo del Prado...

Reconocía que esta última vista siempre era igual y no resultaba extraordinaria: paredes de ladrillo color de rosa y columnas blancas. Pero el tal edificio tenía para ella el interés del muro detrás del cual sabemos que está ocurriendo algo importante. Sentía la satisfacción del que tiene por vecinos á personajes ilustres, aunque los vea de tarde en tarde. Se encontraba mejor en este hotel, porque al levantarse todas las mañanas, lo primero que veía era el palacio rosado y blanco donde esperaban su visita antiguos y venerados amigos: Velázquez, Goya, Ticiano, Rubens.

--Vale la pena de instalarse aquí, cerca de unas gentes tan distinguidas y agradables.

Florestán fué perdiendo su timidez en el resto del almuerzo. Aquella señora, de la que había oído hablar á su padre con inquietud, lo mismo que si representase la llegada de un peligro, le parecía ahora bonachona, familiar, comunicativa, y acabó por conversar con ella sin temor alguno, como si la conociese largo tiempo.

Rina, á pesar de su posición secundaria, le inspiraba menos confianza. Huía sus ojos de los ojos de ella, que le contemplaban con canina devoción. Más que la mudez admirativa de la solterona, le gustaba la afabilidad de la viuda Douglas, una afabilidad de soberana que desea achicarse para evitar inquietudes al que la escucha, inspirándole confianza.

La hermosa californiana pareció interesarse por la vida del joven. Indudablemente tendría novia. Los españoles son de una gran precocidad sentimental. Ella recordaba todas las novelas y romanzas que tienen por base amoríos en España, con gran prodigalidad de claveles, rejas y guitarras. Y Florestán, ruborizándose como si confesase una falta, declaró que tenía novia, pero se abstuvo de dar nuevos detalles.

No preguntaron las dos señoras si era joven y bonita, por parecerles esto axiomático tratándose de un buen mozo, y dieron inmediatamente de lado á la tal novia para seguir ocupándose del joven. Concha Ceballos se fué enterando con creciente interés de su vida y sus aspiraciones. Éstas no parecían ir más allá de sus estudios y sus hazañas en los deportes atléticos.

Poco á poco Florestán pasó á hablar de su pasado. No había conocido á su madre. Sólo guardaba de ella un retrato, tan pequeño y borroso, que no le permitía formarse una imagen exacta de cómo fué.

La viuda Douglas le miró con nuevo interés al escuchar los recuerdos de su infancia, falta de cariño maternal, pasada entre parientes lejanos, con un padre que le amaba mucho, pero siempre estaba ausente, persiguiendo la realización de sus quimeras de inventor. Todo su cariño lo había concentrado en este padre, admirándolo por su talento y compadeciéndole por su falta de éxito en la vida.

--¡Está tan enfermo!... Han dicho los médicos que debemos evitarle toda emoción extraordinaria. Puede vivir muchos años y puede morir fulminantemente en un minuto. Su vida es incierta, como la de todos los enfermos del corazón. Es injusto afligir con preocupaciones é inquietudes á un hombre tan bueno...

El rostro de la reina Calafia reflejó una expresión pasajera de remordimiento. Se acordaba de su agresividad con Balboa, y procuró cambiar el curso de la conversación.

Rina parecía haber olvidado completamente sus cóleras y protestas contra el «mal hombre» de Madrid. Miraba fijamente á Florestán, admirando su juventud; escuchaba su voz como una música marcial, sin saber con certeza lo que decía. Todo el sentimentalismo inútil depositado en ella por largos años de amor insatisfecho se agitaba y hervía en presencia de este joven atleta. Lo admiraba generosamente, sabiendo que su admiración nunca sería comprendida ni agradecida. Los hombres sólo tenían ojos para la viuda porque era millonaria y elegante. Pero gozaba el deleite puro y desinteresado del pobre que celebra las cosas de los otros sabiendo que no las poseerá nunca. Con su imaginación más que con sus sentidos, percibía en el joven un perfume de savia primaveral.

Cuando terminó el almuerzo y Florestán se hubo marchado, ella resumió su admiración en una frase:

--¿Te has fijado, Conchita? Huele á hierba de montaña... huele á agua corriente.

A partir de este almuerzo, el hijo de Ricardo Balboa creyó notar la influencia de una energía centrífuga que tiraba de él, sacándolo de la órbita de su vida ordinaria. Rara era la tarde que aquellas señoras no le hacían abandonar sus estudios ó el paseo habitual con algunos camaradas de la Escuela de Ingenieros. Le llamaban al hotel, recibiéndolo en el salón particular que tenía alquilado la señora Douglas. El deseo de ellas era ir examinando, ayudadas por el joven, aquel paquete de documentos referentes á la mina. Pero el legajo seguía sin abrir sobre una mesa del salón. Apenas llegaba Florestán, las dos sentían una ansia violenta de aire libre, de perspectivas campestres, de arrebatadas velocidades. El automóvil estaba abajo, guardado por el mecánico de la señora Douglas. Florestán debía ser el guía de ellas, enseñándoles los alrededores de Madrid.

Ocupaban Rina y el chófer americano los asientos de atrás, destinados á los señores. La viuda agarraba el volante, y algunas veces, en pleno camino, cambiaba de sitio con el joven, cediéndole su asiento de conductora para enseñarle prácticamente el manejo y particularidades de este vehículo fabricado en los Estados Unidos.

Subieron las tortuosas carreteras que escalan en zigzag las vertientes del Guadarrama; atravesaron los puertos que durante el invierno quedan ocultos bajo los aludes de nieve; se detuvieron en bosques de vegetación alpestre para contemplar á sus pies ciertos valles con pueblos de techumbres obscuras que recuerdan en el corazón de Castilla los paisajes de Suiza; aspiraron al llegar á las cumbres el perfume de la madera resinosa recién partida en los aserraderos. A orillas de los ríos de nieve líquida que cortan las mesetas cubiertas de un moho vegetal, amarillento y fino como el terciopelo, encontraron muchas veces toros bravos de las ganaderías castellanas. Se erguían belicosos al oir el resuello del automóvil y bajaban el testuz con ganas de acometer al animalote metálico que ondeaba en el viento un rabo de humo y otro mucho más largo de polvo.

Algunas noches, á primera hora, se presentaba Florestán en casa de Mascaró, vestido de smoking, traje extraordinario para la familia del catedrático. Venía á excusarse: no le verían hasta el día siguiente. Estaba invitado á comer en el Ritz por aquellas dos señoras, que deseaban agradecerle con tales convites sus servicios de acompañante.

Consuelito mostraba en el primer momento cierta contrariedad. Iba á pasar la velada sin su novio. La casa de don Ricardo Balboa ó la suya le parecían vacías estando aquél ausente. Luego aceptaba su pena con cierto orgullo. Encontraba lógico que aquellas dos extranjeras obsequiasen á Florestán, reconociendo en su persona los mismos méritos admirados por ella.

Doña Amparo sentía su vanidad ligeramente halagada al ver á su futuro yerno vestido con tanta «distinción» é imaginárselo en trato frecuente con las personas importantes que comían en el Ritz. Luego, una inquietud obscura y mal definida le hacía expresarse con tono agresivo:

--Pero esas señoras ¿cuándo se van?... Yo creía que, después de entenderse con Balboa en lo de la mina, ya no les quedaba nada que hacer aquí.

Un día Florestán tiró del catedrático para que le arrastrase igualmente aquella atracción centrífuga que le mantenía á él girando en torno á las dos americanas.

--Don Antonio, esas señoras desean conocerle. Quieren ver Toledo, pero bien visto, con una persona que sepa todo lo antiguo, y yo les he dicho que nadie para eso como usted. Además, la señora Douglas ansía mucho verle desde que supo que ha estado usted en California dando conferencias en aquella Universidad.

Y Mascaró se dejó llevar por el joven. Las amigas de Ricardo Balboa bien podían serlo suyas igualmente.

Tuvo el catedrático la certeza de que se acordaría siempre de este viaje á Toledo. En el camino se libraron por milagro de un accidente mortal. Estuvieron próximos á chocar contra un carro enorme, tirado por cuatro mulas que marchaban á su gusto, con el carretero dormido. La serenidad y la mano pronta de la señora Douglas lograron que su automóvil se deslizase junto á este vehículo semejante á un promontorio, rozándolo apenas. Todo el resto del camino representó para don Antonio una continua inquietud. Él no estaba acostumbrado á estas velocidades inoportunas en una carretera abundante en baches, donde los carromatos, con sus conductores aletargados, se colocaban de pronto ante el automóvil, obligando á cerrar sus frenos violentamente.

Pero dejando aparte estos pequeños sustos, Mascaró sentíase contento. Por primera vez en toda su existencia se veía en trato real y tangible con una de aquellas mujeres que él llamaba «extraordinarias» y sólo había conocido en su imaginación.

Mientras vagaban por Toledo y daba él sus explicaciones en el claustro de la catedral, en el Zocodover ó en las pendientes callejuelas que aún conservan latente la vida de otros siglos, se fué entregando á una de sus aventuras imaginativas. El perfume de aquella gran señora que iba á su lado y los rápidos encontrones con su cuerpo ágil y lleno, cada vez que tropezaba él en las desigualdades del pavimento, parecieron dar nueva fuerza á sus desvaríos fantásticos. Se vió haciendo un viaje alrededor del mundo en tierna asociación con aquella dama, igual á la reina de las amazonas. Toledo era una ciudad de la India; su catedral, una gran pagoda abandonada, y él iba dando explicaciones históricas á su compañera, que le había seguido hasta Asia, enloquecida de amor. Pero de pronto notaba que la mujer «extraordinaria», sin dejar de escucharle, volvía sus ojos con preferencia á la servidumbre que llevaban los dos en su viaje: el ayuda de cámara y la doncella.

¡Ay!... Este ayuda de cámara, al mirarlo Mascaró con atención, iba tomando el rostro y la figura de Florestán, novio de su hija, y bastaba el recuerdo de Consuelito para que se viniesen abajo todas sus fantasmagorías. Además, la reina Calafia, tan enamorada y sumisa dentro de su imaginación, sólo hacía caso en la realidad de sus explicaciones eruditas, y apenas terminadas éstas, iba á unirse con Florestán, apresurando el paso para hablarle más íntimamente.

Al quedarse atrás el catedrático, tenía que conversar con Rina, la cual, á falta de mejor compañero, empezaba á hablarle con un tono infantil, empleando otras coqueterías impropias de su edad y que además consideraba inútiles. Le sabía casado. Era un poco feo, de mediocre estatura, y la solterona, en sus ensueños, veía siempre mozos arrogantes y muy altos... Pero al fin era un hombre, y ella juzgaba preferible marchar con él á ir sola.

Después de esta excursión quedó don Antonio muy amigo de «la pareja yanki», como él decía, y su mujer y su hija, por una consecuencia lógica, no tardaron en relacionarse con ambas extranjeras.

La señora Douglas invitó á comer una noche á los dos Balboa, á Mascaró y su familia. Doña Amparo anduvo ocupada todo el día para presentarse «dignamente» en los salones del Ritz, así como su hija.

Por primera vez iba á comer en dicho hotel, y esto representaba una gran emoción para su vanidad. Ella sabría insinuarlo al día siguiente en sus conversaciones con las esposas de otros profesores. Además conocería de cerca á la tal reina Calafia, de la que se hablaba tanto en su casa y en la de Balboa.

Se mantuvo doña Amparo durante la comida muy seria y parca en palabras. Necesitaba ocultar sus diversas y contradictorias emociones. Le preocupaban la oportunidad y el éxito de los arreglos que había hecho en su vestido, un poco anticuado, comparándolo con los vestidos de las otras señoras que estaban en las mesas inmediatas. Le impresionaba, además, verse en aquel comedor, el más nombrado de Madrid.

Lo único que le proporcionaba cierto aplomo era la presencia de su hija. Iba vestida con sencillez, pero su frescura juvenil le daba un atractivo distinto á la elegancia majestuosa de la millonaria. Doña Amparo pensó en el perfume y los colores de una flor junto al brillo deslumbrante de una alhaja magnífica.

Se supo con certeza qué opinión definitiva debía tener de la reina Calafia. Le inspiraba respeto esta señora, presintiendo en su existencia los esplendores de un mundo que ella no conocería nunca. Admiró la elegancia de su traje, su doble collar de perlas, el brillo de un diamante azul, cuadrado y enorme, en uno de sus dedos. Era indudablemente una mujer de otra especie que la suya, y por esto la veneró y la aborreció: todo á la vez.

De Rina había prescindido desde el primer momento, adivinando la humildad de su posición. Sintió extrañeza y molestia ante el misterio de aquella cara con la piel exageradamente tersa y juvenil, mientras sus ojos parecían viejos. La comparó con un chino vestido de mujer. Además, «olía á pobre» y miraba á todos los hombres con una simpatía ansiosa; hasta á su propio marido.

Toda la atención de doña Amparo era para la antigua «Embajadora». Al mismo tiempo que la admiraba, sentía una necesidad de protestar interiormente contra ella. Debía tener en su existencia los mismos hábitos y libertades que la habían indignado en las otras mujeres llamadas por ella «modernistas». Su hija, en cambio, no disimulaba la atracción que le hacían sentir el lujo y las costumbres elegantes de aquella extranjera.