Part 7
Los _clippers_ veloces y los pesados buques de carga completaban sus tripulaciones en Valparaíso. El chileno, andariego y aficionado por tradición á la minería, fué el americano del Sur que más pronto sintió la atracción de California, embarcándose como marinero para hacer el viaje gratuitamente. Una vez allá, se esparció por la tierra del oro, con la ilusión de dar un golpe de piqueta de los que convierten, en el espacio de un minuto, á un aventurero hambriento en multimillonario.
Mascaró describía la maravillosa transformación de San Francisco, metrópoli californiana. Cuando el molinero del Sacramento encontró el primer puñado de oro, la bahía descubierta por Portolá sólo tenía junto á su boca la aldea de Sausalito, el ruinoso y abandonado fuerte de la época española sobre la colina llamada del Presidio, y á un lado la antigua Misión de Dolores, grupo de chozas en torno á una pequeña iglesia. Esto era todo.
En pocos años surgió la ciudad de San Francisco. Primero fué de madera, como todo pueblo improvisado; luego de albañilería, extendiendo sus límites hasta absorber lo que antes eran aldeas alejadas unas de otras, y actualmente figuraba como la primera ciudad del Pacífico.
Sus rascacielos, rivales de los de Nueva York, hundían su cúspide en las nubes; su puerto alineaba muelles y almacenes en una extensión de varios kilómetros. En la ribera opuesta de la bahía existían importantes ciudades, como Oakland, Berkeley y otras. Eran á modo de prolongaciones de la vida de San Francisco. Hacían recordar las raíces de ciertos árboles gigantescos que perforan el lecho de los ríos y pasan á la ribera opuesta para resurgir y crecer como árboles filiales, saludando desde lejos con el movimiento de sus ramas al árbol progenitor.
La tierra y el fuego querían destruir esta obra prodigiosa y rápida de los hombres. La ciudad se había incendiado repetidas veces. El suelo temblaba periódicamente, con intervalos de pocos años. Los terremotos de San Francisco eran famosos por su frecuencia; pero á continuación de estos cataclismos, la ciudad resurgía sobre cimientos más sólidos, más extensa, más alta, yendo desde la Puerta de Oro hasta el término de la bahía, haciendo pasar sus tentáculos urbanos bajo el lecho del mar interior, para asomar sus extremidades en la orilla de enfrente.
Sus casas, altas como torres, perforaban las nieblas que sorprendían á veces este país solar, cubriendo con sus velos el marítimo paisaje. Pero un capricho del viento rasgaba el brumoso telón, dejando visibles otra vez la verde planicie de la bahía agujereada por sus islas, el azul del cielo, y entre ambos colores la línea gris y rojiza de la orilla opuesta, con la blanca torre de la Universidad de Berkeley, igual á un faro lejano.
Como la ciudad, en su desdoblamiento incesante, había escalado las montañas inmediatas, muchas calles eran de una pendiente violenta, que obligaba á cortar sus aceras en escalones, circulando por estas cuestas tranvías y automóviles con la horizontalidad trastornada, lo mismo que los vehículos funiculares. Apenas cerraba la noche, el vacío lóbrego del cielo era poblado por los anuncios luminosos, con una muchedumbre quimerática y parpadeante: duendes de grotescos saludos, caricaturas gesticuladoras, vehículos rojos que rodaban sin cambiar de sitio, dragones verdes, aves de paradisíaco plumaje. Hasta los templos ayudaban al esplendor de este segundo día artificial que reinaba sobre las techumbres, colgando del muro enlutado de la noche cruces gigantescas formadas con gruesos diamantes eléctricos.
--Cuando yo estuve en «Frisco», como llaman los californianos por abreviación á su ciudad--siguió diciendo don Antonio--, me acordé muchas veces del coronel de los coraceros del rey, don Gaspar de Portolá, muerto en Aranjuez en 1806. Me lo imaginaba resucitando en 1906, cien años después, para contemplar cómo es ahora la bahía que él descubrió ó para ver San Francisco en plena noche. Creo que, de ser posible esta resurrección, habría vuelto á morirse inmediatamente, de sorpresa y de asombro.
El recuerdo de la época española de California hizo emprender á Mascaró un nuevo relato.
--Hay una California romántica... Tú has estado allá, y debes haber oído contar la historia de Concha Argüello.
Balboa, después de quedar con los ojos en alto y la frente contraída como si esforzase su memoria, hizo un gesto afirmativo. Recordaba vagamente estos amores novelescos, que le había contado muchos años antes una señora vieja de Monterrey. Pero como Florestán y Consuelito, algo aburridos por la historia del lejano país, parecieron animarse con el anuncio de esta novela de amor, Mascaró siguió hablando.
Él había visitado «el Presidio», la parte militar de San Francisco, donde están acuarteladas las fuerzas de su guarnición, por ser tradicional este emplazamiento desde la época española. Había visto cómo en el lugar que ocupó el antiguo fuerte se conservaba la casa del gobernador español, edificio de un solo piso, con paredes de adobes y techo de tejas curvas, formando gran alero para defender de la lluvia y el sol las puertas y las rejas. Era una casa igual á todas las antiguas de Méjico y otros países hispano-americanos. La comandancia norteamericana la había reparado para que no se derrumbase, pero respetando sus líneas originales. Una placa de bronce junto á la puerta recordaba que allí habían vivido los jefes españoles del antiguo Presidio de San Francisco.
En 1806, cuando moría Portolá en España, era gobernador de este fuerte el capitán don José Darío Argüello, y un hijo suyo, igualmente oficial, le ayudaba á vigilar el Presidio de Monterrey, reemplazándose los dos en el cuidado de ambas plazas. El capitán tenía una hija de quince años, María de la Concepción Argüello, nacida en el Presidio de San Francisco y bautizada en la cercana Misión de Dolores.
--Yo me la imagino vestida con arreglo á las modas españolas de aquella época: falda hueca y corta, breve pie con zapatito de seda y cintas cruzadas sobre la media blanca, la carita de un moreno pálido, dos rizos en espiral como virutas entre las orejas pequeñas y los ojos aterciopelados, profundamente negros, y sobre el torreón de su cabellera abundante una gran peineta de concha. En días de fiesta, cuando bajaba á la iglesia de los Dolores, donde la habían bautizado, colocaría sobre la peineta el calado pabellón de una mantilla negra. Al estar sola en su casa, sus brazos redondos, con graciosos hoyuelos en los codos, se estiraban, desperezándose elegantemente, fuera de las abombadas mangas de farol, y sus manos, libres de guantes ó mitones, hacían repiquetear unas castañuelas, acompañando el rítmico movimiento de sus pies.
La hija del gobernador del Presidio de San Francisco amaba el baile; pero su recato de doncella católica y bien criada le hacía buscar la soledad para entregarse á este placer. Bailaba para ella misma, haciendo sonar junto á sus oídos las castañuelas, horas y más horas, como si éstas hablasen, contántole secretos de un mundo lejano. Muchos afirmaban que en la exuberancia de su alegría infantil prefería bailar ante las imágenes santas mejor que rezarles oraciones, por creer que de este modo expresaba más sinceramente su veneración.
Un día, estando el gobernador Argüello en Monterrey, llegó á la bahía de San Francisco una fragata rusa, que tenía por nombre _Juno_. Este buque lo mandaba un aristócrata de San Petersburgo, un chambelán del zar Alejandro I, llamado Nicolás Rezanov. Viajaba á lo largo de la costa de California con pretexto de exploraciones científicas, y por esto iba á bordo un sabio alemán llamado Lansdorff, que dejó escrito un libro sobre dicha expedición.
La llegada de un buque ruso á la bahía solitaria de San Francisco, visitada únicamente por los paquebotes de la marina de guerra española y algunos barcos de cabotaje procedentes de Méjico, era un suceso extraordinario, y el gobernador Argüello, al recibir la noticia, se apresuró á volver al fuerte de dicha bahía, llamado de San Joaquín. Inmediatamente se dió cuenta de que el gran señor ruso estaba preocupado por cosas muy ajenas á una exploración política.
--Veo desde aquí á Rezanov--dijo el catedrático--. Era indudablemente el tipo del galán romántico que existió á principios del siglo XIX, con aire melancólico y algo «fatal», un personaje como los de Lord Byron, Madame Stael y otros autores de la época, héroes sentimentales y trágicos, de piernas musculosas apretadas por el pantalón de punto, levitón con esclavina, cara pálida y el cabello alborotado, como si lo agitase un huracán invisible. Desde la primera vez que bajó á tierra sintió en su corazón el repiqueteo de aquellas castañuelas que acompañaban á todas partes á la hija del gobernador.
Durante diez días, el fuerte de San Joaquín, lugar aburrido y monótono, presenció continuas fiestas. Sonaron guitarras y cantos junto á los cañones de bronce asomados á las troneras de piedra, para reflejar sus negras gargantas en las aguas de la bahía. Las niñas de la colonia intercalaban el «barrego», danza del país, con el fandango y el bolero venidos de España. Los marinos rusos enseñaban á las californianas el vals, baile de Europa que sólo tenía unos cuantos años de existencia y representaba entonces una gran novedad.
El chambelán Rezanov aprovechaba todas las ocasiones para hablar á solas con la bulliciosa Conchita, acariciándola con los ojos mientras la muchacha continuaba su charla de pájaro inquieto. Una mañana pidió al comandante del fuerte una entrevista secreta, y cuando el viejo soldado esperaba oir alguna proposición política para su gobierno, el prócer le manifestó simplemente su deseo de casarse con su hija y la conformidad de ésta. Pero por ser él dignatario de una corte, necesitaba la licencia de su emperador é iba á partir cuanto antes para obtenerla.
Sólo pidió que le concediesen dos años para cumplir su palabra. Volvería en dicho plazo á California, dando la vuelta al mundo.
Este marino amoroso, que tenía diez ó quince años más que Conchita y estaba acostumbrado á largas navegaciones y lances de guerra, consideraba empresa ordinaria atravesar medio planeta yendo en busca de un monosílabo de su emperador y seguir luego su viaje cruzando la otra mitad de la tierra, hasta volver allí mismo. De San Petersburgo iría á Madrid como enviado extraordinario de su zar, para desvanecer todo error de comprensión entre las dos naciones, con motivo de su visita á California. Luego de vivir algunas semanas en la corte de Carlos IV, dirigida entonces por el favorito Godoy, se embarcaría con rumbo á Veracruz ú otro puerto de Méjico, encaminándose desde allí á San Francisco para unirse á su prometida.
Quedó el capitán Argüello confundido y emocionado por su futuro parentesco con este personaje que era amigo del zar y pronto sería amigo de su rey. Vió tal vez á su hija viviendo en la corte de España como embajadora de Rusia, paseando por los jardines de Aranjuez en días de gran fiesta, cuando corrían sus fuentes á imitación de las de Versalles. Y él se vió también gobernador general de toda la California, ó funcionario aún más poderoso en la ciudad de Méjico.
Rezanov tenía prisa, y una tarde de Mayo la _Juno_ levó anclas, poniendo la proa al Norte, hacia la América rusa, situada frente á Siberia. La blanca fragata saludó al fuerte de San Joaquín con siete cañonazos, y éste devolvió el saludo enviándole nueve.
Lloraba la gentil bailarina con el pañuelo ante sus ojos, agitándolo luego húmedo de lágrimas. El gobernador y las personas importantes del Presidio se inclinaban quitándose los sombreros para contestar á las aclamaciones de la tripulación rusa, cada vez más lejanas.
--Y Rezanov no volvió nunca... Concha Argüello esperó más de treinta años, sin recibir noticias suyas. Huyeron de ella la frescura y el regocijo de la juventud. Luego perdió completamente su belleza. Fué una mujer avejentada por el dolor, seca y dura por las privaciones de la austeridad, pero nunca olvidó al hombre blanco, rubio y grande que había pasado por su vida como un personaje novelesco. Sólo había llenado con su presencia diez días de la historia de ella, pero estos días pesaban más y emitían mayor luz que todo lo que llevaba vivido... Tardó treinta y seis años en saber que su novio había muerto pocos meses después de separarse de ella. Le creyó por tanto tiempo infiel y olvidadizo, esperando vagamente su arrepentimiento y su vuelta... Y el otro no era mas que un cadáver, luego un esqueleto, y finalmente un montón de huesos, que poco á poco iba disgregándose en el seno de la tierra.
El romántico personaje había desembarcado en la costa de Siberia, emprendiendo su viaje á través de la Rusia asiática. Una caída de caballo le hizo morir repentinamente en Ojotsk, pequeña ciudad perdida entre las nieves, que es ahora una estación del ferrocarril Transiberiano.
Lansdorff, el sabio alemán que iba en la _Juno_, visitó al año siguiente su tumba, y escribió un libro sobre la expedición, contando entre otras cosas la novelesca historia de Rezanov y Concha Argüello, hija del gobernador del Presidio de San Francisco.
Esta historia de amor fué muy leída, y el público de Europa conoció la verdad muchísimos años antes que la principal interesada. Todos sabían la muerte del chambelán Rezanov cuando iba camino de San Petersburgo para pedir á su emperador licencia de casamiento; todos menos Conchita, la californiana de las castañuelas, que seguía esperándole.
San Francisco era entonces el último rincón de la tierra. Sólo algún buque explorador podía llegar á sus aguas desiertas. Ningún libro de Europa osaba emprender tan inaudito viaje.
--¡Nunca volverá!--se dijo al fin Concha.
Sus padres habían muerto. Su hermano era gobernador de San Francisco, pero nombrado por la nueva República de Méjico.
La alegre criolla ya no bailaba. Era una mujer que había perdido la juventud, dedicando ahora sus días á la educación de los niños pobres y al cuidado de los enfermos.
Como en la olvidada California no existían aún conventos de mujeres, ella vivía en libertad; unas veces con la familia de su hermano, otras en la casa de antiguos amigos de su padre; pero su existencia era ascética, y había ingresado en la Tercera Orden de San Francisco para vestir su hábito negro.
Las gentes la admiraban por sus privaciones voluntarias y la abnegación con que atendía á los desgraciados. Tal vez la antigua muchacha del fuerte de San Joaquín, al verse á solas, se entretenía en repiquetear los olvidados crótalos, evocando de este modo la imagen de aquellos diez días que habían sido su verdadera existencia, y por eso la gente la llamaba «la Santa de las Castañuelas».
Treinta y seis años después que la _Juno_ levó anclas alojándose de San Francisco, ó sea cuando Concha Argüello tenía ya cincuenta y uno de edad, llegó á California un personaje inglés, Sir Jorge Simpson, que hacía un viaje por tierra alrededor del mundo.
Esto ocurrió en 1842. Los habitantes de la antigua Misión de Santa Bárbara le dieron un banquete, pues no era suceso ordinario el paso por aquella tierra de un viajero de tal importancia. Y como no hubo en la población quien dejase de asistir á dicha fiesta, Simpson se fijó en una especie de monja que había acudido contra su voluntad, llevada por la familia en cuya casa vivía.
Algunos vecinos le contaron su historia. Era la hija del antiguo gobernador español de San Francisco, y había esperado durante toda su existencia á un novio ruso que se fué y no volvió.
El inglés había leído el libro de Lansdorff al publicarse en 1814, y se maravilló viendo en la realidad á la heroína de aquella antigua historia de amor. Pero su asombro fué en aumento al darse cuenta de que esta mujer, después de transcurridos treinta y seis años, todavía ignoraba la muerte de su novio, creyéndole casado con otra ó simplemente olvidado de ella.
Fué Sir Jorge quien le contó cómo Rezanov había fallecido á las pocas semanas de su partida de San Francisco, quedando para siempre bajo un bloque de piedra en un cementerio siberiano.
Diez años después, al establecerse en California el primer convento de monjas dominicas, Concha tomó el hábito, cambiando su nombre por el de María Dominga, y murió en 1857.
--Esta es la historia de la Santa de las Castañuelas, que pasó la mayor parte de su existencia mirando el mar solitario de California, sintiendo en su alma el vaivén de la confianza y el desaliento, igual al ir y venir de las olas; llorando unas veces la infidelidad y el olvido del ausente, creyendo en otros momentos que iba á llegar, cuando los centinelas del fuerte anunciaban una vela en el horizonte... ¡Y el hombre esperado durante tantos años había muerto!... ¡Y ella no lo supo hasta los últimos tiempos de su vida; una vida compuesta de diez días de amor y treinta y seis años de espera!
V
«¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande.»
Cuando la esposa de Mascaró comparaba á Consuelito con muchas señoritas de su misma edad que ella llamaba desdeñosamente «modernistas», los méritos de su hija le inspiraban una satisfacción sólo comparable al escándalo y el menosprecio que le infundían las otras.
--¡Qué niñas las de ahora!--decía--. Parecen huir de sus madres, como si las odiasen. Muchas quieren ir solas por las calles, lo mismo que gitanas. No saben mas que bailar y bailar, como si fuesen del teatro; llevan el pelo cortado, igual que los antiguos pajes, y fuman en público con los muchachos que las acompañan á los tés y los _dancing_. ¡Si esto se hubiese visto cuando yo era soltera é iba á todas partes con mamá!... ¡Cómo gobernarán su hogar esas mujeres cuando se casen, si es que con tal educación pueden pensar en casarse!...
El catedrático sonreía con una expresión tolerante.
--La juventud es la juventud, mujer. Déjalas que bailen ahora; ya se encargará el tiempo de hacerles ver las cosas más seriamente.
Doña Amparo acogía con un silencio hostil estas afirmaciones de su esposo, tocado igualmente, según ella, de aquel «modernismo» execrable. En tales momentos era cuando Mascaró la veía de pronto como iluminada por una nueva luz cruda y acusadora de sus defectos, desvaneciéndose las envolturas engañosas con que parecían embellecerla los recuerdos del pasado.
Hacía memoria don Antonio de sus ojos de abertura prolongada y triangular, unos ojos en forma de almendra, así como de la llena esbeltez de sus miembros, en la época juvenil. Ahora sus párpados se habían achicado, dando á los bellos ojos de otros tiempos una redondez bovina. Como ocurre con frecuencia á las beldades de tez morena, el vello sutil de su labio superior se había robustecido, convirtiéndose en ligero bigote, que ella procuraba disimular bajo una pródiga aplicación de polvos de arroz, sacando con frecuencia la borla de su bolso de mano.
Hablaba con orgullo de la estrechez de su talle y se mantenía fiel á los corsés de su juventud, llevando la cintura muy ceñida para que se marcasen mejor las rotundidades del pecho y de los flancos; «un cuerpo de guitarra», como decía el marido. Otro recuerdo de su juventud era la afición á los peinados altos, abundantes en rizos superpuestos, y á los sombreros pesados y pródigos en flores, que parecían un coronamiento indispensable del soberbio edificio de sus cabellos, naturales y artificiales.
En la mirada de Mascaró al contemplarla tal como era, pasados los cuarenta años, había una mezcla contradictoria de tolerancia, tierno compañerismo é ironía. Recordando su noviazgo con esta belleza de la costa de Levante, murmuraba en su interior: «¡Y pensar que la dediqué tantos versos y quise matar por celos á un teniente que pretendía casarse con ella!»
Cuando doña Amparo no comparaba á su Consuelito con las otras jóvenes, parecía sentir menos entusiasmo por sus cualidades. Lamentábase muchas veces de su ingratitud, como lo hacen las madres que se suponen pospuestas en el cariño de sus hijas.
--Quiere á su padre más que á mí. Los dos se entienden para dejarme á un lado.
Indudablemente, Consuelito, como la mayoría de las muchachas de su edad, empezaba á conocer confusamente el sentimentalismo del sexo admirando á su padre, como si adivinase á través de su persona al hombre misterioso que le reservaba el porvenir. Aparte de esto, la señorita Mascaró mostraba por don Antonio la tierna conmiseración que inspiran las víctimas de la injusticia, y siempre que surgía alguna desavenencia entre sus progenitores, por instinto, y antes de conocer los detalles del asunto, se mostraba partidaria de su padre.
Además, esta joven, que por haber crecido entre libros mostraba cierta afición á las lecturas que ella llamaba «serias», seguía con interés los estudios de don Antonio, siendo la única en la casa que alababa y respetaba sus obscuros trabajos de profesor. Con la mimosis frecuente en los niños, deseosos de imitar lo que hacen sus mayores, Consuelito quiso dedicarse al estudio de la Historia y la Literatura. Soñó con las glorias del doctorado, y olvidando su juventud y su sexo, se veía á sí misma, imaginariamente, ocupando una cátedra y escuchada con respetuoso silencio por centenares de hombres.
Al terminar sus estudios elementales empezó á cursar el bachillerato, ayudada y protegida por su padre contra las protestas de doña Amparo. Ésta no podía comprender que las mujeres se dedicasen á lo que parece privilegio de los hombres. Para ella, el estudio, lo mismo que la profesión de soldado, de navegante y otras no menos peligrosas, era función varonil.
--Yo no digo que la mujer sea una ignorante. Resulta agradable leer de vez en cuando un libro entretenido y bonito, y tampoco está de más saber escribir una carta. Pero todo eso de grandes libracos y de ciencias es para los hombres. La mujer ha nacido para cuidar la casa y los hijos. Si hace bien eso, no necesita hacer más.
Luego miraba con cierta conmiseración á su esposo, añadiendo:
--Ya tenemos bastante con un sabio. ¡Para lo que sirve la tal sabiduría!
Con lo que ganaba el profesor y lo que producían sus libros de texto no hubiera sido posible satisfacer completamente los gastos de la vida familiar, modesta, pero decorosa y sin apuros pecuniarios. Afortunadamente, los padres de ella la habían dejado, allá en la ciudad natal, unos terrenos como única herencia. Al principio no valían gran cosa; luego las reformas urbanas aumentaron considerablemente su precio, proporcionando á la familia una pequeña fortuna que había completado y afirmado su bienestar.
Terminó Consuelito los estudios del bachillerato é iba á pasar á la Universidad, cuando mostró una repentina indiferencia por sus futuras glorias científicas. Doña Amparo, algo resignada ya á estas aficiones, que establecían mayor intimidad entre el padre y la hija, alejándola á ella como si fuese de una esencia inferior, se mostró agradablemente sorprendida por el tal cambio, que al principio le pareció inexplicable. Luego, gracias á su agudeza femenil, capaz de explicarse muchas cosas que no pueden descubrirse con ayuda de los libros, fué adivinando los sentimientos de la muchacha.
La familia Mascaró vivía unida á otra familia menos completa: la del ingeniero Balboa. Éste, por hallarse falto de mujer, era como ciertos seres complementarios que en la vida marítima se instalan sobre el caparazón de un animal más grande y poderoso y se mueven sin ningún esfuerzo, adheridos á su organismo, cual si formasen parte de él. Como Florestán no tenía madre, había sido atendido en su adolescencia por doña Amparo. El hijo de Balboa frecuentaba la casa de Mascaró con la misma confianza que la suya. La esposa del catedrático, al visitar el domicilio del ingeniero, hablaba familiarmente á sus dos criadas, dándoles consejos é indicaciones, que ellas aceptaban como órdenes.