Part 6
A su hermano don Matías, hombre sencillo, desinteresado y probo, como pocas veces se había visto en la administración colonial, lo hizo gobernador de Guatemala, y al hijo de éste, llamado don Bernardo de Gálvez, militar de pocos años, que había obtenido por su valor en las guerras de Europa el grado de general de brigada, le procuró el gobierno de la Luisiana, que España había recobrado poco antes por un acuerdo con Francia.
--Este don Bernardo de Gálvez, caudillo que por su juventud y sus victorias recuerda á los generales de la Revolución francesa, es un héroe injustamente olvidado por los Estados Unidos, tal vez porque fué español. No hay niño en las escuelas norteamericanas que ignore el nombre de Lafayette; en cambio puedo hacer sin miedo la apuesta de que entre los ciento veinte millones de seres que pueblan los Estados Unidos no existen tal vez doscientos que se acuerden de quién fué don Bernardo de Gálvez.
Y Mascaró contaba rápidamente las campañas y triunfos de este general de veintitrés años.
España, aliada con Francia, protegía abiertamente á las colonias de América sublevadas contra Inglaterra para obtener su independencia. El puerto de La Habana servía de base y refugio á las escuadras francesa y española que se batían con la marina británica y sorprendían sus convoyes, ayudando de este modo por mar á los nuevos Estados de América. Don Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana, residía en Nueva Orleáns, y siguiendo las órdenes del gobierno de Madrid, entraba en guerra con los ingleses que ocupaban La Florida.
Su padre don Matías de Gálvez, gobernador de Guatemala, los había batido en Honduras con los escasos medios que tenía á su disposición, improvisando un pequeño ejército de negros, indios y blancos aventureros. Tal era su éxito, que á pesar de ser un funcionario civil, el gobierno español acababa por darle el grado de general.
Fué su hijo, el joven gobernador de la Luisiana, quien mostró una extraordinaria capacidad militar. Con otro ejército improvisado, en el que sólo figuraban doscientos veteranos españoles, salió de Nueva Orleáns para ayudar á los americanos, distrayendo y atacando las fuerzas británicas. Tomó por sorpresa varios fuertes de La Florida, y luego de transportar su artillería en lanchas por el Misisipí, sitió á Baton Rouge, obligando á su guarnición á rendirse. En poco tiempo dominó el territorio de los indios Chactas, cuyos caciques acataron al joven vencedor, uniéndose á él para combatir á los ingleses.
Al año siguiente, 1780, llevó la guerra á La Florida occidental, partiendo de La Habana, que le servía de base de operaciones, con un ejército de soldados venidos de España. Después de grandes dificultades en su desembarco, se apoderó de la ciudad de Mobila y tomó luego á Panzacola, que era la capital de La Florida para los ingleses.
En esta victoria Gálvez fué herido en el vientre y en el pecho, pero su juventud y su vigor salvaron su existencia. El gobierno de Madrid lo hizo general de división, dándole además el título de conde por sus victorias, y se escribieron varios poemas en honor del caudillo. Pero hoy no hay quien se acuerde de este general de veintitrés años que expulsó á los ingleses de La Florida durante la guerra de la independencia de los Estados Unidos y ayudó con sus campañas al triunfo de los americanos. En toda la inmensa República de la Unión, donde son tantos los monumentos á la gloria de personajes muchas veces olvidados, no existe una estatua ó un simple busto que recuerde al conde de Gálvez, vencedor de Mobila y Panzacola.
Su padre don Matías llegaba á ser virrey de Méjico, viéndose amado por la sencillez de su vida y la moralidad de su administración. Pero una influencia fatal parecía pesar sobre los Gálvez de América, sostenidos desde Madrid por el abogado, ministro de Indias. Don Matías murió en Méjico antes de cumplirse el primer año de su virreynato, y fué nombrado para sucederle su hijo el general. El pueblo mejicano recibió con entusiasmo á este caudillo que era el más joven de sus virreyes y tenía el prestigio militar de sus victorias. Además vivía sencillamente, como un soldado, mostrándose en público sin acompañamiento, conversando en las fiestas populares con la gente más humilde. Pero también murió al año de ser virrey, lo mismo que su padre, de una rápida y misteriosa enfermedad que le consumió en pocos días. Y como esto resultaba inexplicable en un hombre joven y vigoroso, la gente dió en decir que había muerto envenenado...
--Pero volvamos al abogado Gálvez, el jefe de esta familia de «americanistas». Antes de llegar á ministro de las Colonias, don José de Gálvez había sido enviado á Méjico (la llamada Nueva España) con el título de Visitador, para que examinase de cerca el modo de poblar y civilizar el Norte de los dominios españoles, cortando el avance ruso. El Visitador se estableció en el puerto de San Blas, frente á la Baja California, preparando personalmente la segunda exploración de la Alta California y su colonización definitiva. Para que esta colonización tuviese una base firme se necesitaba un puerto, y otra vez se volvió á hablar de Monterrey, bahía olvidada durante siglo y medio, desde que el viejo capitán Vizcaíno la descubrió. Quedaba en Méjico un recuerdo legendario de Monterrey. Vizcaíno y sus hombres, impresionados por la abundancia y variedad de animales salvajes que podían cazarse en los bosques cercanos, habían intentado regresar á este fondeadero para establecer en él una colonia. Pero el navegante murió antes de que llegase de España la autorización real, retardándose con esto ciento sesenta años la civilización del país.
Había que buscar por tierra el puerto de Monterrey. Dos paquebotes construídos por Gálvez en la costa de Sonora, navegando hacia el Norte, vendrían á juntarse en dicho fondeadero con la expedición terrestre.
Esta expedición iba dirigida por el capitán de caballería don Gaspar de Portolá, gobernador militar de la Baja California. Era un valeroso oficial catalán, que se había batido en las guerras de Italia contra los austriacos, pasando después á Méjico. Como jefe religioso iba el padre Junípero Serra, fraile mallorquín, superior de las Misiones franciscanas en la Baja California. Esta expedición hizo su entrada en San Diego (primer pueblo de la Alta California) á mediados de 1769.
--Cuando los españoles avanzaban por la costa del Pacífico para crear la más famosa de las dos Californias--dijo Mascaró--, empezaba á ser un poco conocido Wáshington en la costa del Atlántico y faltaban pocos años para que empezase la guerra de la Independencia americana.
El padre Serra, que había emprendido esta aventura evangélica á pesar de su ancianidad, quedó enfermo en San Diego de Alcalá, cerca de la actual frontera de Méjico, y el capitán de dragones, jefe militar y civil de la expedición, siguió adelante con su tropa, su caballada, sus repuestos de víveres llevados por recuas de mulas y una tropa de indígenas de la Baja California proveídos de instrumentos de zapa para abrir camino en las tierras vírgenes.
Parte de los soldados eran españoles de la Península, pertenecientes al batallón de Voluntarios de Cataluña, y el resto jinetes del llamado «Presidio de las Californias», que llevaban por arma defensiva la «cuera», casaca de varios pellejos de venado superpuestos, casi impenetrable á las flechas de los indios, y la «adarga», fabricada con dos pieles crudas de toro, escudo que manejaba el jinete con su brazo izquierdo para defenderse él y su caballo de los golpes. Llevaban también, cayendo á ambos lados de la silla, sobre sus muslos, dos cueros rígidos, llamados «defensas», que les cubrían las piernas para no lastimárselas cuando hacían correr sus caballos entre los matorrales. Esgrimían diestramente sus armas, consistentes en lanza y espada de gran anchura, llevando además una escopeta corta en el arzón. Eran hombres de mucho aguante y sufrimiento en la fatiga, obedientes, resueltos, ágiles, y su jefe Portolá los tenía «por los mayores jinetes del mundo y los soldados que mejor ganaban el pan del augusto monarca al que servían».
Tuvieron que luchar con la tierra y las enfermedades más que contra los hombres. Los indígenas intentaron cerrarles el paso, pero no osaban combatirles resueltamente. Los padecimientos fueron grandes para abrirse camino en esta tierra que por primera vez recibía la huella de los hombres blancos. Además sufrieron mortales enfermedades á causa de la mala alimentación, y las tripulaciones del par de paquebotes que seguían la costa se vieron diezmadas por el escorbuto.
Portolá, con su tropa dividida en dos secciones, marchó y marchó durante varios meses, pues sus jornadas sólo podían ser breves en un suelo tan abrupto.
Al fin, el 2 de Noviembre, al detenerse los exploradores en un altozano, vieron una especie de mar interior del que emergían varias islas y que venía á perderse tierra adentro, formando marismas. La bahía de San Francisco acababa de ser descubierta. Lo que los navegantes no pudieron ver nunca por mar, lo había hallado casualmente un capitán de dragones.
La expedición tuvo que retroceder á su punto de partida, ó sea á San Diego, sin haber encontrado el puerto de Monterrey, ni á la ida ni á la vuelta. Al avanzar hacia el Norte, lo dejó á su izquierda, sin darse cuenta de ello. De regreso, no creyó necesario Portolá entretenerse buscando el fondeadero descubierto por Vizcaíno siglo y medio antes. Él había hallado algo mejor.
--Me imagino lo que debió decir el capitán de Gerona al juntarse con el padre Serra en San Diego: «No he encontrado Monterrey, pero en cambio traigo un puerto como no hay otro en el mundo.» Y como Gálvez había autorizado al padre Serra para dar el nombre de San Francisco de Asís, patrón de su Orden, al lugar que considerase más importante entre todos los descubiertos por la expedición, decidió el fraile que la hermosa bahía se llamase para siempre San Francisco.
Mascaró siguió contando el resto de la vida de don Gaspar de Portolá. Su misión había terminado, y como eran otros los que debían colonizar las tierras exploradas por él, volvió á su comandancia de la Baja California. El gobierno lo hizo teniente coronel por esta expedición y gobernador de Guadalajara, en Méjico. Luego regresó á España, llegando á coronel de un regimiento de coraceros que guarnecía Aranjuez, donde estaba la corte. Y allí murió en 1806, dos años antes de la invasión de España por Napoleón.
--Tal vez se acordó muy de tarde en tarde de aquella bahía enorme contemplada desde una altura y á la que volvió la espalda para no verla más. ¿Cómo podía adivinar que iba á fundarse allí la ciudad más grande del Pacífico, una de las más famosas de la tierra, cincuenta años después de su muerte, y que esto inmortalizaría su nombre?
El coronel Portolá se fué del mundo sin sospechar que sería célebre, más célebre que muchos conquistadores de la época heroica que realizaron hazañas inauditas, pero tuvieron la mala suerte de descubrir tierras de América que hoy arrastran una vida decadente ó están completamente olvidadas. Los nombres de estos héroes son cada vez más obscuros, según se va hundiendo el país que descubrieron y colonizaron. En cambio, el nombre de Portolá, descubridor de San Francisco, va unido al de una metrópoli cuyo crecimiento parece ilimitado.
--Algún día--dijo Mascaró--, el núcleo vital de la civilización humana, que fué pasando de Asia á Europa, y ahora empieza á trasladarse de Europa á América, saltará á las grandes islas del Pacífico y al Extremo Oriente, siguiendo su movimiento orbital. Y entonces San Francisco será el heredero de París, de Londres, de Nueva York.
Describió el catedrático la organización del nuevo territorio. Se fundaban en él cuatro presidios: Monterrey, San Francisco, San Diego y Santa Bárbara.
Al notar la extrañeza de alguno de sus oyentes, se apresuró á añadir:
--Presidio, en español, significa «lugar fortificado», lugar con guarnición. Así se entendió siempre, hasta hace un siglo. Pero al ser enviados delincuentes á nuestros presidios de África, ó sea á las plazas fortificadas que tenemos allá, la gente empezó á usar «presidio» como sinónimo de cárcel ó penal.
Se fundaban tres pueblos, uno de ellos «Nuestra Señora la Reina de los Angeles», aglomeración de chozas en torno á una humilde iglesia franciscana, que servía de núcleo á la moderna y hermosa ciudad de Los Angeles. Luego, los frailes, bajo la dirección ferviente de Junípero Serra, creaban veintiuna Misiones, á una jornada de distancia entre ellas, cordón de pequeños conventos con aldeas de indios adjuntas, que se extendía desde San Diego de Alcalá, junto á la actual frontera de Méjico, hasta más arriba de San Francisco.
El catedrático había contemplado la estatua colosal de este civilizador evangélico en el parque de la Puerta de Oro, el paseo más hermoso de la gran ciudad californiana. Las Misiones fundadas por el padre Serra habían educado á los indios con más desinterés que las antiguas Misiones jesuíticas del Paraguay, limitándose á su obra instructiva, sin soñar con la constitución de un Estado teocrático.
Muchos de estos frailes eran nacidos en las orillas del Mediterráneo, como el mallorquín que los dirigía, y pretendieron repetir sobre la fértil tierra californiana los jardines del Levante español. El naranjo creció por primera vez en esta parte de América, como en los huertos de Mallorca y de Valencia.
--Los primitivos maestros de los cultivadores californianos, célebres ahora en el mundo entero--siguió diciendo Mascaró--, fueron los frailes venidos de España. Esta colonización es la única de toda América que no se vió precedida por guerras y derramamientos de sangre. Los misioneros tuvieron que luchar mucho con el espíritu receloso, burlón y astuto de los indios de California; pero lentamente, gracias á sus lecciones de agricultura y de medicina y á otras ventajas de la cultura aportada por ellos, acabaron los discípulos del padre Serra por atraerse á las tribus errantes, instalándolas en torno á sus fundaciones.
Esta Arcadia mística y agrícola duró menos de medio siglo y no tuvo tiempo para desarrollar toda su obra civilizadora. Además, una serie de epidemias afligieron á muchas de las Misiones, dispersando ó destruyendo sus nacientes núcleos de población.
Cuando Méjico se declaró independiente, separándose de España, los nuevos gobernantes legislaron desde la capital de un modo uniforme, lo mismo para las ciudades próximas que para las Misiones remotas, sin pensar que éstas vivían más lejos de su gobierno que Méjico vivía de Europa. Los decretos de secularización dieron fin á los días pastorales de las Misiones. Éstas fueron disueltas; los frailes se marcharon; los indios se esparcieron, volviendo los más de ellos á la barbarie, y las iglesias franciscanas fueron derrumbándose, hasta convertirse en tristes y pintorescas ruinas.
Quedaron como únicos señores del país y representantes de la civilización blanca los dueños de «haciendas» y «ranchos», los caballeros de origen español, hijos ó nietos de empleados y militares, y pasaron muchos años de paz y obscuridad sobre la tierra explorada por el capitán Portolá.
La República de Méjico, viviendo entre incesantes revueltas, enviaba gobernadores á California, pero las más de las veces, al llegar éstos á su destino, después de un viaje de muchas semanas, ya no existía el gobierno que los había nombrado. La autoridad de Méjico era puramente nominal. Los vecinos acomodados de Monterrey y los «rancheros» de las antiguas Misiones llevaban una existencia en realidad independiente, gobernándose por sí mismos, con arreglo á las costumbres.
Al ocurrir en 1846 la guerra entre Méjico y los Estados Unidos, un comodoro norteamericano echaba á tierra su gente en Monterrey, izando la bandera de su República sin encontrar obstáculos. Los californianos que habían vivido alejados de Méjico no se creyeron en la obligación de oponer una desesperada resistencia.
Poco después ocurrió en esta tierra uno de los sucesos más ruidosos del siglo XIX. Siempre habían circulado vagos rumores de que la California era un país abundantísimo en oro. Estas noticias ya legendarias databan de siglos. Los primeros conquistadores españoles las habían conocido, guiándose por ellas en las soledades del llamado Nuevo Méjico y de Arizona. Pero durante doscientos años, los que avanzaron á través de las belicosas tribus de apaches y navajos, y los navegantes exploradores de la costa californiana, jamás obtuvieron una pepita del precioso metal. Dos años después de haberse apoderado de Alta California la República de los Estados Unidos, ocurrió por obra de la casualidad, y con la sorpresa ruidosa de un golpe teatral, el descubrimiento ansiado.
--Todo en California--continuó el catedrático--fué obra del azar. Los pilotos españoles que exploraban la costa en demanda de un puerto pasaron y repasaron, durante dos siglos, frente á uno de los más grandes del mundo sin verlo nunca, y su descubrimiento fué obra de un soldado terrestre que no lo buscaba. Hernán Cortés, y otros después de él, perdieron su fortuna y algunos de ellos su vida buscando un oro del que hablaban los indígenas en sus cuentos, y que nunca pudieron encontrar. Y cuando al fin la casualidad descubrió la riqueza aurífera de dicho suelo, éste ya no pertenecía á España.
Don Antonio hacía consideraciones sobre la fecha del descubrimiento del oro en California. Si tal hallazgo lo hubiese realizado siglos antes cualquiera de los exploradores marítimos, la codicia y el espíritu de aventura habrían aglomerado la gente blanca en California, constituyéndose una colonia fuerte y numerosa, como en Méjico, en Perú y otros lugares de la antigua América española. En tal caso no habría bastado el desembarco de un simple comodoro en el fondeadero de Monterrey para adueñarse del país.
--Los Estados Unidos--añadió Mascaró--habrían tropezado con otra República de Méjico establecida al Oeste, en lo que son hoy sus Estados del Pacífico, como hoy tropieza con la que tiene al Sur.
Pero la ironía de la Historia guardó oculto el oro californiano en el curso de doscientos años de tenaz rebusca, para no mostrarlo hasta después de la fecha en que la marina de los Estados Unidos se apoderó de Monterrey, ganosa de adquirir un puerto en el Pacífico.
Fué en 1848 cuando Sutter, un oficial suizo que había servido á los reyes de Francia, emigrando luego á California al ocurrir la caída de los Borbones, descubrió cierta cantidad de oro al abrir un nuevo canal para su pequeño molino cerca del río Sacramento. Nunca se conoció una noticia de efecto tan instantáneo y enorme. En pocos días se despoblaron las ciudades, las aldeas, los «ranchos» de California, y hasta se desbandó en parte el pequeño ejército de ocupación enviado por los Estados Unidos. Todos querían ser mineros, esparciéndose por montes y valles en busca de oro. Antes de que terminase el año habían llegado miles y miles de hombres procedentes del Estado de Oregón, del vecino Méjico y del lejano Chile.
Al circular las cartas de los primeros mineros por los Estados de la República Unida existentes al otro lado de los montes Alleghanys, ó sea á orillas del Atlántico, la fiebre del oro se apoderó de los ciudadanos yankis. Hasta entonces este metal había sido únicamente de España. Ahora les llegaba su vez á los Estados Unidos de la América del Norte, y el regalo del destino era enorme, como nunca se había visto en la Historia.
Todos los hombres enérgicos y atrevidos de la tierra se lanzaron hacia este nuevo Eldorado, más positivo y seguro que el de las leyendas de la conquista española. Hubo semana que desembarcaron diez mil inmigrantes en las playas de California. La bahía descubierta por el capitán Portolá vió llegar buques con toda clase de banderas que derramaban en sus orillas aventureros de diversos colores, hablando todos los idiomas.
Las dificultades geográficas para llegar á este país, que parecían insuperables hasta poco antes, fueron vencidas por el alud humano. California pertenecía á los Estados Unidos, pero esta República tenía concentrada su vida á orillas del Atlántico, y sus habitantes, para llegar á la ribera del Pacífico, necesitaban atravesar toda la anchura de la América del Norte, casi inexplorada, con tribus belicosas que oponían una resistencia sangrienta al avance del hombre blanco.
--Hace setenta años nada más--dijo Mascaró--, donde hoy existen ciudades que asombran por sus gigantescos edificios, el indio errante clavaba su tienda de cuero y se erguía orgulloso mirando las cabelleras de enemigos que adornaban su cintura.
Largos convoyes de carretas que hacían oficio de casas emprendieron la marcha por el centro de la gran República, siguiendo las riberas de los ríos: oasis lineales á través de la inmensidad árida ó silvestre. Los avances de la gente atraída por California sirvieron para acelerar la colonización y civilización del centro del país. Pero la mayoría de los aventureros, como tenía prisa en conquistar la riqueza, tomaba el camino más corto, que era geográficamente el más largo, embarcándose en cualquier puerto del Atlántico para dar la vuelta á América por el cabo de Hornos y remontar el Pacífico hasta California.
El comercio, seducido por las ganancias fabulosas del país del oro, también adoptó esta ruta, tenida al poco tiempo por ordinaria, y que representaba, sumando las dos navegaciones á lo largo de ambas costas de América, un viaje casi igual á la circunnavegación del globo terráqueo.
Entonces empezó la famosa era de los _clippers_ americanos, el esfuerzo más audaz realizado por los hombres desde el día que se lanzaron sobre las olas montados en maderos y dando al viento un pedazo de tela. Como todo armador ó capitán quería dar la vuelta á América llegando á California en menos tiempo que sus rivales, se estableció entre ellos una lucha de construcción naval, creándose el _clipper_, buque que extremó temerariamente las dimensiones de su velamen y la estrechez de su casco, con menosprecio de las leyes de estabilidad. Estos buques realizaron rápidas travesías que poco antes hubiesen parecido inverosímiles.
Sus capitanes tuvieron por aliados al vendaval y la tempestad. Las velas se rasgaban ó eran arrebatadas por el viento, antes de pasar por la vergüenza de amainarlas. Algunos, al acostarse, ponían candado á ciertas partes del cordaje de su _clipper_, para que nadie pudiese disminuir el velamen mientras ellos dormían. El diablo, excelente amigo, cuidaría del rumbo durante su sueño; y si se iban al fondo, que fuese con toda la lona desplegada, para llegar más pronto á las entrañas del mar. Cada capitán quería ver San Francisco varios días antes que los otros _clippers_ que seguían el mismo rumbo.
Valparaíso, puerto de descanso para los buques que habían doblado el cabo de Hornos luchando con el terrible Oeste, vió la llegada de muchos de estos _clippers_ con la arboladura hecha astillas, rasos como pontones y sin otro gobierno que un velacho de ocasión. Los barcos envejecidos, los aventureros de madera y cobre que habían navegado por todos los Océanos, emprendían su última travesía con rumbo á California, lo mismo que los aventureros de carne y hueso. Resultaba magnífico negocio llevar hasta la tierra del oro estos cascarones destinados á pudrirse en un puerto. Las mercancías de su cargamento eran vendidas antes de salir de las calas. Sus tripulantes, reclutados para un solo viaje sin obligación de retorno, se echaban á tierra inmediatamente para dedicarse á la busca de oro. El veterano del mar era puesto en seco, y se disputaban su compra los nuevos ricos del país para convertirlo en hotel, en almacenes ó en oficinas. Había que hacer rápidamente las cosas en este país maravilloso. Cada día de ocio representaba montones perdidos del precioso metal. Nadie quería ser albañil ni ocuparse en construcciones. Los millonarios vivían en chozas de adobes ó en simples tiendas. Comprar un barco viejo era adquirir instantáneamente un palacio maravilloso.