Part 5
Los turcos, inactivos en su campamento por mandato de Calafia, al ver á estas bestias ir y venir por lo alto llevando en las garras ó en el pico á un cristiano, daban tales voces y alaridos de placer que horadaban con ellos el cielo. Los defensores de la ciudad gemían de cólera sobre las murallas al contemplar cómo los grifos se llevaban hasta las nubes, devorándolos, al padre, al hijo ó al amigo. Cuando estos monstruos se cansaban de sus presas, dejándolas caer en la tierra ó en el mar, volvían sin ningún temor á las murallas para apoderarse de otros cristianos, y fué tal el espanto de los defensores, que los más huyeron al interior de la ciudad, quedando únicamente los que habían podido refugiarse en las bóvedas de las torres.
Viendo esto la reina Calafia gritó á los dos soldanes que ya podían avanzar sus gentes para la toma de Constantinopla, y los paganos, aplicando muchas escalas al muro, subieron sobre él. Pero los grifos ya habían soltado los cristianos que llevaban en las garras, y viendo á los turcos, que eran hombres como los otros, cayeron sobre ellos y los arrebataron igualmente hasta las nubes para dejarlos caer, haciendo en ellos gran matanza.
La alegría de los sitiadores se trocó en desorden, y más que en luchar con los sitiados, tuvieron que pensar en defenderse de las bestias traídas por Calafia. Al enterarse de esto los cristianos salieron del refugio de sus bóvedas é hicieron gran matanza en los infieles, echándolos abajo de la muralla. Luego se refugiaron otra vez en sus bóvedas viendo que volvían los grifos.
Triste la reina Calafia por este error de sus bestias, que no sabían distinguir á los aliados de los enemigos, atacando á todos los hombres en general, aconsejó á los soldanes la retirada de sus gentes, mandando luego á las californianas que realizasen ellas solas el asalto, pues los grifos las respetarían. Se apearon entonces las amazonas de sus fieras animalías para avanzar contra los muros. Llegaban sobre sus pechos unas medias calaveras de pescado que las cubrían una parte del cuerpo, y eran tan duras que ningún arma las podía pasar. Las piernas, el tronco y los brazos los tenían forrados de oro.
Con mucha ligereza subieron las amazonas por sus escalas, y en lo alto de la muralla empezaron á pelear reciamente con los de las bóvedas. Pero éstos, aprovechando la estrechez de su refugio, se defendían con braveza, y los que andaban abajo por la ciudad tiraban á las mujeres con saetas y dardos, y como las tomaban por los lados y las armaduras de oro eran flacas, herían á muchas de ellas. Mientras tanto, los grifos revolaban inactivos sobre las californianas, con la atracción de su presencia, pero sin ver cerca hombres á quienes hacer presa.
Calafia creyó oportuno que los turcos acudiesen en apoyo de sus guerreras, y dijo á los dos soldanes: «Haced subir vuestras compañías sin miedo alguno, que mis mujeres serán defensa contra las aves mías, pues no las osan nunca acometer.»
Pero cuando los grifos vieron las huestes de hombres que escalaban la muralla para unirse á las californianas, se trabaron con ellos tan rabiosamente como si en todo el día no hubiesen comido. En vano las belicosas hembras les amenazaban con sus alfanjes de oro. A pesar de sus amenazas y sus gritos sacaban de entre ellas á los hombres, y subiéndolos á enorme altura los dejaban caer para que muriesen.
Fué tan grande el espanto de los paganos, que bajaron de la muralla más apresuradamente que habían subido, refugiándose en sus reales. Calafia, que vió cómo este desastre ya no era de posible remedio, hizo acudir á los que tenían el cargo y la guardia de los grifos, para que los llamasen y encerrasen en su fusta. Subidos los guardianes sobre la jaula de la nave, los llamaron á grandes voces en su lenguaje, y lo mismo que humanas personas fueron acudiendo los grifos para meterse humildemente bajo los barrotes.
El novelista Montalvo, conocedor fidedigno de todos los sucesos de este asedio, por las revelaciones que le hizo la gran sabidora Urganda la Desconocida y también el eminente Maestro Elisabat, seguía describiendo en su libro los combates ocurridos diariamente ante los muros de Constantinopla, después del fracaso de los grifos. El emperador, con sus «diez mil de á caballo», acudía á los lugares donde atacaban más reciamente los sitiadores, y de éstos los más temibles eran Calafia y sus mujeres.
Avanzaba la reina, incansable y de enormes fuerzas, blandiendo una lanza muy dura pero que acababa por romper, tantos eran los enemigos que iba matando. Entonces echaba mano á su alfanje, que era á modo de un cuchillo, con el hierro de más de un palmo de ancho, y degollaba caballeros á centenares ó los dejaba mal heridos, metiéndose tan denodadamente entre las masas de adversarios, que nadie podía creer que fuese una hembra. Todos los paladines enemigos la buscaban, considerando su vencimiento como la mayor gloria que podían obtener.
A veces eran tantos los que la atacaban y tales los golpes recibidos por ella, que se veía en mortales aprietos; pero una hermana suya, llamada Liota, acudía en su auxilio como una leona rabiosa, sacándola de entre los caballeros que la abrumaban con sus cuchilladas.
Cansados los monarcas paganos de este asedio inútil, acudieron á un procedimiento usual en las guerras de la Edad Media y frecuentemente mencionado en las novelas caballerescas. Como el soldán de Liquia y la reina Calafia tuvieran noticias de que estaban en la ciudad Amadís de Gaula y su hijo Esplandián, decidieron enviarles un cartel de desafío para batirse con ambos en singular batalla, quedando los vencidos en sujeción y obediencia á los vencedores.
Este cartel de reto lo llevó á la ciudad una californiana, obscura y hermosa, con ricos atavíos y montada en una bestia fiera. Aceptaron los dos paladines el reto, y al volver la doncella al campamento de las amazonas se hizo lenguas de la belleza del Caballero Serpentino, al que había visto de pie junto al trono de su noble padre Amadís.
--Dígote ¡oh reina!--afirmó la doncella--que nunca los pasados ni los presentes, ni aun creo los por venir, vieron un mancebo tan hermoso y apuesto. Si fuese de nuestra ley, habría motivo para creer que nuestros dioses lo hicieron con sus manos.
Quedó tan impresionada la reina Calafia por estos informes, que decidió ir en persona á la ciudad para conocer de cerca á los dos paladines con los que iban á reñir ella y el soldán Radiaro pocos días después. Pasó toda la noche metida en su nave, pensando si iría con armas ó sin armas á esta visita, y al fin determinó que en hábito de mujer, por ser más honesto.
Y cuando el alba vino se levantó y le dieron unos paños para vestirse, todos de oro, con muchas piedras preciosas. Su cabeza la tocó con un gran volumen de muchas vueltas, á manera de turbante, todo él igualmente de oro, sembrado de piedras de gran valor. Trajéronle luego una animalía en que cabalgase, la más extraña que nunca se conoció.
El catedrático esforzaba su memoria para hacerla ver á sus oyentes con arreglo á la descripción del novelista castellano.
Tenía las orejas tamañas como dos adargas, la frente ancha y un ojo solamente, pero que brillaba como un espejo. Las ventanas de sus narices eran muy grandes y el rostro corto y tan romo que no le quedaba ningún hocico. Salían de su boca dos colmillos hacia arriba, cada uno de más de dos palmos. Su color era amarilla y tenía sembrados por su cuerpo muchos redondeles morados, á la manera de las onzas. Era de mayor tamaño que un dromedario, sus patas estaban hendidas como las de un buey, corría tan fieramente como el viento, andaba con ligereza por los riscos, y se tenía sobre ellos como las cabras montesas. Su comer consistía en dátiles, higos y pasas, siendo muy hermosa de ancas así como de costados y pecho.
Sobre esta animalía se puso la hermosa reina y dos mil mujeres de las suyas le dieron escolta, vestidas de ricos paños y cabalgando en bestias no menos extrañas. En derredor de Calafia marchaban á pie veinte doncellas, asimismo vestidas con riqueza, sosteniéndole las haldas, que arrastraban por el suelo más de cuatro brazas.
Con este atavío llegó adonde la esperaban los monarcas defensores de la ciudad, y al ver á Esplandián junto á los tronos de su padre el rey Amadís y su abuelo el rey Lisuarte, se dijo:
«¡Mis dioses! ¿qué es esto? Ahora digo que he visto lo que nunca se verá semejante.»
Y al mirar el Caballero Serpentino con sus graciosos ojos el hermoso rostro de la reina, ella sintió que estos rayos salidos de la resplandeciente belleza del mancebo la atravesaban el corazón.
Nunca había sido vencida por la fuerza de las armas, pero en presencia del hermoso paladín se sintió tan ablandada y quebrantada como si anduviese entre mazos de hierro. Ella no podía batirse con él. Le faltarían fuerzas para levantar la espada sobre su bello rostro. Se declaraba vencida de antemano. Sería el valiente Radiaro, soldán de Liquia, el que pelease con el Caballero de la Gran Serpiente. La reina de California se reservaba medir sus armas con el noble Amadís.
El famoso encuentro de los cuatro héroes se realizó al día siguiente.
Amadís y Calafia se arrojaron con tal ímpetu el uno contra el otro, que inmediatamente quebraron sus lanzas. Entonces, el héroe, con un pedazo del arma rota, se limitó á defenderse, golpeando la cabeza de la amazona.
--¿En tan poco tienes mi esfuerzo que pretendes vencerme á palos?--protestó Calafia.
--Reina--contestó el paladín--, yo vivo para servir y ayudar á las mujeres, y si pusiera mis armas en ti, que eres mujer, merecería que se olvidasen todas mis hazañas pasadas.
Tal consideración sólo sirvió para irritar más á la amazona, que deseaba ser tratada como un hombre, y empuñando su ancho alfanje con ambas manos menudeó los golpes mortales contra Amadís. Pero éste con su palo la hizo caer al suelo finalmente, obligándola á declararse vencida. Al mismo tiempo Esplandián había rendido al valeroso monarca pagano, haciéndolo su prisionero.
Después de esta doble derrota quedó terminada la guerra y levantado el sitio de la ciudad. Calafia se mostraba contenta de su vencimiento porque esto le permitía vivir cerca del Caballero Serpentino, viéndolo á todas horas. Como decía Montalvo, estaba presa de dos maneras, de cuerpo y de corazón, pues la tenía cautiva la gran hermosura del joven Esplandián.
Siendo ella tan gran señora de tierras y gentes, con una abundancia de oro y piedras preciosas en su ínsula como no podía encontrarse en el resto del mundo, no era extraordinario que pensase en hacer su esposo al hijo de Amadís. Hasta quería convertirse al cristianismo, para mayor facilidad de esta unión. Pero Esplandián vivía enamorado desde muchos años antes de la gentil Leonorina, hija del emperador de Constantinopla; y éste y su esposa, después del triunfo sobre los paganos, renunciaron á su trono, retirándose á un monasterio.
El Caballero de la Gran Serpiente y Leonorina se casaron, pasando á ser emperadores, y la reina Calafia, terror de los hombres en las batallas, lloró de pena como una pobre mujer.
No quiso regresar á sus estados de California, y para vivir cerca del emperador Esplandián prefirió casarse con un primo de éste, obscuro caballero comparado con el hermoso héroe.
--Esta novela--continuó el catedrático--, aunque se publicó por primera vez en 1510, la escribía el regidor de Medina del Campo allá por 1492, cuando los Reyes Católicos tomaron á Granada, y Colón, ayudado por los Pinzones, empezaba á preparar su primer viaje á las Indias. Resulta de esto que la California fué inventada sobre el papel por un novelista de Castilla un poco antes de que las naves españolas descubriesen las primeras islas de la actual América.
Durante siglo y medio, los llamados «libros de caballerías» fueron la lectura favorita de los pueblos cristianos. En España, los hombres de armas y los hombres de letras buscaban por igual dichas novelas. Con sus aventuras inverosímiles entretenían y halagaban el entusiasmo de un pueblo de soldados y navegantes, que veía abrirse á sus heroicas iniciativas un mundo recién descubierto y se mostraba ávido de repetir en la realidad todo lo que parecía irrealizable.
--El libro de Cervantes--continuó el catedrático--, que fué un golpe mortal para la novela caballeresca, no se publicó hasta cien años después de haber aparecido _Las sergas de Esplandián_. Los conquistadores españoles fueron grandes aficionados á las novelas caballerescas. Tan frecuente era su lectura en las llamadas Indias Occidentales, que el emperador Carlos V prohibió por real cédula la importación de tales libros en sus Estados del otro lado del Océano, declarándolos obras perniciosas.
Los españoles recién instalados en el Nuevo Mundo pretendían repetir en estas tierras de misterio las mismas hazañas de los protagonistas de las novelas caballerescas. Esperaban encontrar todos los días ciudades encantadas, tesoros enormes. El último reyezuelo indio les parecía un gran emperador.
Cuando Hernán Cortés conquistó la meseta central de Méjico y pudo llegar á las riberas del Pacífico, se sintió atraído por el secreto de este mar descubierto años antes por Núñez de Balboa en la costa de Panamá.
Muchas de las riquezas adquiridas en su conquista las fué perdiendo en navegaciones por el Pacífico. Improvisó arsenales en la costa del misterioso océano, llamado entonces «mar del Sur». Hizo venir de España materiales de construcción naval, que, desembarcados en Veracruz, salvaron enormes montañas y planicies hasta llegar á la otra ribera de Méjico. Con ellos y la madera del país hizo las primeras naves importantes que se crearon en América, dedicándolas á la exploración de las costas desconocidas.
Los navegantes enviados por Cortés hacia el Norte creyeron descubrir una gran isla. Era la península llamada ahora Baja California. El piloto Fortún Jiménez, primer descubridor de la «isla», murió trágicamente, como la mayor parte de su tripulación, asesinados todos por los indios.
Fueron precisos nuevos viajes por el mar cerrado que se llamó luego «golfo de las Perlas», «seno Californio» y «mar de Cortés», para que los navegantes se convenciesen de que éste no era un mar libre, y que la tal «isla», bautizada al principio con el nombre de Santa Cruz, resultaba en realidad una península. El mismo Hernán Cortés se embarcó con cien soldados en la costa occidental de Méjico para explorar la «isla» misteriosa, y él fué quien cambió su nombre.
La novela de Montalvo, publicada á continuación de _Amadís de Gaula_, había obtenido enorme éxito. El volumen de _Las sergas de Esplandián_ andaba en manos de los descubridores españoles de mar y tierra. Hernán Cortés, antiguo estudiante de la Universidad de Salamanca, era gran aficionado á leer novelas, y si se terciaba la ocasión sabía escribir versos. Vió un mar abundante en perlas, vió costas que eran pródigas en oro, según revelaciones de los indígenas, é igualmente debió descubrir desde su nave algunas indias de alta estatura, con arcos y lanzas, lo mismo que las amazonas. No necesitó más para acordarse de la reina Calafia, dando el nombre del rico país gobernado por la enamorada de Esplandián á la «isla» de Santa Cruz, que había dejado de ser isla.
De este modo se llamó California la península mejicana que es ahora la Baja California, pasando su nombre por extensión á la tierra inmediata, ó Alta California, que pertenece á los Estados Unidos.
--Así fué--continuó el catedrático--como algún tiempo antes de ser descubierta América inventó el nombre de California un novelista de la meseta central de España, que fué soldado en muchas guerras, pero tal vez murió sin haber visto nunca el mar.
IV
En el que se prosigue la historia de California y se cuenta la vida de la Santa de las Castañuelas
Mascaró siguió hablando.
--Los españoles tardaron dos siglos en colonizar la Alta California, después de haberla descubierto geográficamente. Buscaban oro y piedras preciosas, ni más ni menos que todos los exploradores de entonces, fuese cual fuese su nacionalidad. Navegando en barcos pequeños y conociendo mal las costas y los vientos, lo que hacía interminables los viajes, es absurdo exigirles que fuesen en busca de vulgares artículos de comercio. Éstos empezaron á transportarse de un hemisferio á otro con los modernos adelantos de la navegación, cuando los buques fueron enormes. Si los descubridores arriesgaban su vida, era con la esperanza de enriquecerse en poco tiempo, cargando sus pequeñas naves de objetos valiosos y escasos en volumen, como son los metales.
Los navegantes franceses é ingleses de entonces, ya que no podían buscar oro en unas tierras que pertenecían á los españoles por haberlas descubierto, se dedicaron simplemente al saqueo de las nacientes colonias de América que pillaban descuidadas, ó á robar los cargamentos de las naves que volvían á Europa.
--Poseer oro fué el único deseo de las gentes de entonces (si es que no lo es también de las gentes de ahora), y resulta absurdo querer juzgar sus actos con arreglo á los sentimientos y conveniencias de nuestra época. Si los españoles fueron odiados en aquellos tiempos, lo debieron únicamente á ser los poseedores de las tierras auríferas, envidiadas por los otros.
El catedrático habló de las expediciones salidas de Méjico por tierra en busca de las fabulosas Siete Ciudades de Cibola y del reino mítico de Quivira. El conquistador Coronado creía encontrar estas ciudades de oro en donde están hoy los Estados de Nuevo Méjico y Arizona, apartándose de California.
Un piloto valeroso, Juan Rodríguez Cabrillo, por orden del virrey de Méjico, se lanzó á navegar siguiendo la costa del Pacífico hacia el Norte. Él fué quien descubrió el litoral de la Alta California y el primer hombre blanco que pisó su suelo. En esta penosa navegación ancló muy cerca del _Golden Gate_, la llamada «Puerta de Oro», que da entrada á la bahía de San Francisco. Pero no la descubrió ni tuvo el menor indicio de tan seguro refugio.
Murió Cabrillo en plena exploración y fué enterrado por los suyos en la costa de California. Su segundo, llamado Ferrelo, siguió navegando hacia el Norte, pero la falta de víveres le hizo volver á Méjico en 1543. Se había explorado con esto toda la costa de la actual California, pero sin encontrar la bahía de San Francisco.
--Treinta y seis años después--continuó Mascaró--, el famoso pirata Drake, luego de haber penetrado en el Pacífico por el estrecho de Magallanes para saquear varias de las colonias españolas nacientes, se remontó hacia el Norte y fué el segundo en visitar la costa californiana. Para la carena de su barco se detuvo en un fondeadero á unas cuantas millas de la bahía de San Francisco; pero «tampoco la vió», emprendiendo luego el regreso á su patria, dando la vuelta al mundo. No fué extraordinario que los españoles dejasen olvidada esta costa luego de haberla descubierto. Su imperio colonial era tan extenso, que ahora parece acción maravillosa cómo pudieron gobernarlo, aunque fuese defectuosamente, y poblarlo de gente blanca desde tan lejos, teniendo que luchar con los enormes obstáculos de la distancia y las deficiencias de la navegación en aquellos tiempos.
Al fin el gobierno de España se vió obligado á acordarse de la olvidada California y la buscó de nuevo, no con el fin de encontrar oro, sino para establecer un punto de comunicación con los archipiélagos asiáticos.
Magallanes había descubierto las islas Filipinas, y como el principal motivo de los viajes de Colón fué establecer un comercio con las Indias Orientales, productoras de la especiería, España convirtió al archipiélago filipino en depósito de productos asiáticos, yendo á buscarlos por Occidente en flotas que salían del puerto mejicano de Acapulco con rumbo á Manila y hacían el mismo viaje de regreso.
En este viaje de vuelta, las expediciones navegaban siempre por el hemisferio Norte y los vientos las traían frente á la costa de California, siguiendo después su ruta hacia el Sur. Necesitaba la marina española un puerto en dicha costa para su refugio y para hacer en él las reparaciones inevitables después de la enorme travesía del Pacífico. Pero los exploradores enviados por el virrey de Méjico buscaron este puerto sin hallarlo.
--Fué una ironía del destino--continuó don Antonio--que todas las exploraciones del litoral de California fuesen para encontrar un puerto seguro, y existiendo la bahía de San Francisco, que es uno de los más grandes del mundo, ningún navegante dió con él durante dos siglos, siendo tantos y tantos los que pasaron y volvieron á pasar ante su boca... Y cuando al fin fué encontrada la bahía de San Francisco, este descubrimiento se hizo por tierra y lo realizó un capitán de caballería.
El piloto Vizcaíno, comisionado por el conde de Monterrey, iba en busca del puerto de refugio en California, después de otros viajes de sus colegas Gali y Cermeño. Él dió sus nombres españoles actuales de santos y santas á muchos cabos, islas y ríos del litoral, y al fin creyó encontrar el puerto deseado en un fondeadero abierto que llamó Monterrey, en honor del gobernante que había organizado su expedición.
Navegando luego hacia el Norte, llegó á pocas millas de la bahía de San Francisco, y «tampoco la descubrió»... Unas veces las neblinas, y otras la maligna casualidad, hicieron que los buques no viesen nunca su entrada, por quedar ésta debajo de la línea del horizonte. Cuando Drake carenó su buque á treinta millas de la Puerta de Oro, le hubiera bastado á uno de sus marineros subir á una cumbre cualquiera de la costa para descubrir esta bahía enorme. Pero una influencia misteriosa parecía burlarse de los hombres de mar, reservando el importante descubrimiento á un soldado de tierra, que lo hizo sin desearlo.
Durante ciento sesenta años, España, que tenía tan vastos y ricos territorios que gobernar, no se preocupó de la abandonada y silenciosa California. Las naos que volvían de Filipinas se limitaban á tocar en las inmediaciones del cabo Mendocino, punta avanzada del litoral californiano, continuando desde allí su viaje hacia Acapulco, último término de su navegación.
Pero Inglaterra había fundado sus colonias en la costa americana del Atlántico, Francia ocupaba el Misisipí, y por el lado del Pacífico iba descendiendo desde el Norte la exploración rusa. Bering, pasando el estrecho que lleva su nombre, se había establecido en Alaska, haciendo nacer una América rusa. El Imperio de los zares deseaba su parte en el Nuevo Mundo, y descontento de las tierras que poseía en él, dormidas la mayor parte del año bajo las nieves, iba avanzando poco á poco, atraído por los esplendores de la América tropical, proponiéndose no parar hasta la frontera de Méjico.
España comprendió que para tener segura la Alta California, que sólo era española geográficamente, debía ocuparla y colonizarla.
--Fué esto en tiempos de Carlos III--siguió diciendo Mascaró--, cuando un grupo de españoles ilustrados hacía renacer las energías y la cultura del país, modernizando sus leyes y costumbres. Entonces aparecieron los Gálvez, grandes americanistas de peluca blanca. El principal de esta familia, el que fundó su prosperidad y sirvió de apoyo á los otros, fué don José de Gálvez, un abogado de Vélez Málaga, hijo de labradores. Se iniciaba entonces el movimiento civil que acabó produciendo la Revolución francesa. Los enciclopedistas influían desde París en el pensamiento de todo el continente. Eran los letrados los que empezaban á gobernar los pueblos, sustituyendo á los hombres de espada y á la antigua nobleza. Ser abogado conducía fácilmente al Consejo de los reyes. Don José de Gálvez hizo esta misma carrera, y de simple abogado en Madrid, acabó por ser consejero del rey de España en los asuntos de América y ministro de sus colonias.