La reina Calafia (novela)

Part 3

Chapter 33,817 wordsPublic domain

El hidalgo ganadero se hizo jugador, perdiendo en los golpes del azar sus rebaños y sus tierras. Los que se mantenían libres de la tentación de los naipes se entregaron á otro juego, siguiendo la influencia ancestral de los conquistadores ibéricos, grandes buscadores de tierras de oro. Se hicieron mineros, enajenando sus campos para aventurar su producto en la explotación de filones que muchas veces sólo existían en la fantasía del vendedor. Querían hacerse millonarios en unas semanas, como los europeos llegados en masa al país.

Todavía el abuelo de Conchita fué un Ceballos rico, con arreglo á la riqueza de su época, consistente en miles de cabezas de ganado y docenas de leguas de tierra. Pero antes de morir vió quebrantada profundamente la fortuna de la familia. Su hijo quedó casi arruinado por los malos negocios, pero igual á los jugadores caídos en la miseria, que únicamente quieren hablar del juego que les empobreció y le confían su porvenir, don Gonzalo sólo se ocupaba de minas, y estaba dispuesto á aceptar todos los negocios de esta clase que le ofreciesen. Su hijo visitaba con más frecuencia que él la única propiedad de campo que aún figuraba á su nombre con el gravamen de varias hipotecas. Toda la atención de él era para los filones metálicos, que pueden enriquecer á un hombre con inaudita largueza en el transcurso de unos días; algo maravilloso que sólo se ve en el juego.

Y como la época brillante de California ya había pasado y aún no estaban descubiertos los veneros de oro de Alaska, el señor Ceballos tenía vueltos sus ojos hacia la frontera de Méjico. Los últimos fragmentos de su fortuna los arriesgó en el descubrimiento y explotación de minas situadas en territorios indudablemente mejicanos, con arreglo á las indicaciones de los mapas, pero en los cuales no era posible una labor tranquila y continua, unas veces por las revueltas de los indios bravos, refractarios á toda innovación que viniese á turbar su vida primitiva, otras por las revoluciones de los blancos y de los seudoblancos, más temibles y frecuentes.

En este último período de la vida de su padre fué cuando conoció ella en Monterrey al ingeniero Balboa. Tenía catorce años, y este hombre venido para hablar con don Gonzalo de ciertas minas recién descubiertas al otro lado de la frontera no contaba indudablemente más allá de veinticinco. Una diferencia de diez ó doce años supone la juventud ó la vejez en la última parte de nuestra existencia, pero al principio del camino no es obstáculo insuperable, y muchas veces hasta representa para la mujer un atractivo misterioso, cuando la tal diferencia pesa del lado del varón.

Al contemplar ahora al ingeniero en su casa de Madrid, con cierta lástima por su avejentamiento melancólico, se dijo interiormente: «¡Y pensar que este hombre fué mi primer amor!»

Balboa era incapaz de sospecharlo, y en el caso de poder adivinar lo que pensaba su visitante, habría creído que esta señora se burlaba de él.

La hija de Ceballos no dejó nunca traducir sus sentimientos en aquella época lejana, pero se acordaba aún del interés que le había inspirado durante varios meses el extranjero de barba rubia y ojos azules, dulce de palabra y algo tímido, que por ser español lograba hacer revivir todo lo que ella había oído de sus ascendientes.

En casa de los Ceballos se hablaba con veneración de los tenientes y capitanes, así como de los leguleyos y empleados de la Real Hacienda, venidos de España para perderse en la silenciosa California. Se les describía como si hubiesen sido omnipotentes personajes, íntimos amigos de los monarcas. Todos los cuentos maravillosos de brujas, duendes y magos que le habían contado siendo niña las criadas mestizas de la casa ocurrían siempre en viejas ciudades de España. Además, ella había leído muchos libros españoles antes de aprender el inglés en la escuela pública, y estos volúmenes vetustos adquiridos por su abuelo eran novelas románticas ó colecciones de versos que hacían referencia siempre á la tierra originaria de sus ascendientes.

Ricardo Balboa, el primer español conocido por ella, personificó en forma tangible todos los héroes admirados en los libros. Su pasado le daba también un interés novelesco.

Venía á ella como un herido sentimental necesitado de curación y consuelo, arrastrando su historia melancólica. Iba de luto y parecía triste. Su mujer había muerto en Méjico y él tenía allá un hijo único, recuerdo de tan breve unión. Concha sintió agrandarse su amor silencioso de adolescente con abnegaciones de madre. Se admiraba á sí misma al pensar cómo podría ella rehacer y embellecer la vida de este hombre.

Pero Balboa se fué de Monterrey sin haber adivinado nada, y la hija de Ceballos fué la única que conoció esta novela de amor vivida unilateralmente durante unas semanas, sin palabras ni hechos.

Continuó su existencia, y el paso de cada año fué cambiando el curso de sus pensamientos, las predilecciones de su sensibilidad. Cuando Balboa escribía á su padre por negocios de minas, ella oía sin emoción su nombre ó sonreía compadeciéndose á sí misma. «¡Un capricho absurdo de los pocos años!» Otras cosas y personas le interesaban ahora.

Huérfana de madre y teniendo que mantener el decoro de su casa, el único hombre que debía preocuparle era don Gonzalo. Parecía el último superviviente de una época extinguida, con todas las amarguras y las quejas del vencido. Los _gringos_ se habían adueñado del país. Los californianos á la antigua iban desapareciendo, y resultaban ya tan escasos, que pronto podrían contarse con los dedos en cada población. Los hijos se modificaban, educándose en tales ideas que no parecían haber sido engendrados por sus padres.

Ceballos miraba al cielo con asombro y escándalo al encontrar jóvenes del país que se llamaban Villa, Pérez ó Sepúlveda y le contestaban en inglés cuando él les hablaba en español.

Además el oro de California ya no era abundante, y esta riqueza, que tenía algo de poética por su brillantez y su tradición, había sido reemplazada por un producto sucio, hediondo, infernal. La gente hablaba menos de las minas auríferas. Todos buscaban descubrir un pozo de petróleo... Y al mismo tiempo que la vida se modificaba en torno á él, iban desapareciendo las últimas migajas de su fortuna.

Conchita no mostraba las tristezas y desalientos de su padre al pensar en su porvenir. Tenía la seguridad y el aplomo de la soltera en ciertos países del otro lado del Océano, donde la mujer se ve altamente apreciada, por ser menos numerosa que el hombre, y no tiene mas que escoger entre varios pretendientes. Podría casarse cuando quisiera. _Miss_ Conchita Ceballos gozaba de cierta celebridad en todos los territorios de las antiguas Misiones.

Los periódicos de San Francisco habían publicado versos llamándola «estrella de Monterrey». Entre tantas mujeres rubias y de pupilas claras, originarias de los países nórdicos de Europa que poblaban ahora California, esta belleza morena, con ojos negros y dorados, grande, vigorosa, de aire resuelto, como una reina de tribu, representaba cierta novedad, que al mismo tiempo nada tenía de nueva, pues parecía responder á las tradiciones del país. Muchos la admiraban como una concreción de la raza india y la raza española confundidas durante el período colonial. Además era una Ceballos, pertenecía á la más noble familia del país, y su origen, tanto como su belleza, hacía que los mineros y los negociantes súbitamente enriquecidos acariciasen mentalmente el honor de casarse con ella.

Rechazó numerosas proposiciones de matrimonio y fué dejando pasar el tiempo sin decidirse por ningún hombre. Muchos juzgaban imprudente esta lentitud; temían que al ir entrando en años quedase soltera para siempre. Otros la juzgaban refractaria al matrimonio por su deseo de no separarse de don Gonzalo.

En realidad, no pensaba en el amor. Tenía en su familia una heroína de novela, la famosa Concha Argüello, parienta por su madre, que pasó treinta y seis años esperando la vuelta de su prometido y murió casi santa. Pero esta mujer extraordinaria, cuya historia le habían contado muchas veces siendo niña, había nacido para sufrir por los demás y necesitaba apoyarse en un hombre. Ella era más fuerte; podía vivir sola, se bastaba á sí misma. No temía la tristeza del aislamiento, pues trae consigo el regalo de una absoluta libertad.

Para mantenerse independiente sin la protección de los hombres imitaba los ejercicios y diversiones de éstos. Desde su niñez era gran jinete. En la adolescencia le había gustado ejercitarse en el boxeo y aprender los secretos de la lucha japonesa.

Era un medio seguro de verse respetada en todas partes y evitar demasías.

--Yo no he llorado nunca--decía con orgullo la señorita Ceballos.

De pronto circuló la noticia de su casamiento con un personaje político del país, el honorable señor Douglas, hombre tranquilo, sano, vigoroso, pero con veinticinco años más que ella: edad sobrada para haber podido ser su padre.

Nadie habló de amor al ocuparse de este matrimonio. El respetable personaje de cabeza gris y sonrisa dulce y tolerante no podía evocar la imagen de un amoroso como los que se ven en libros y teatros. El cariño reposado y protector con que trataba á la joven tenía mucho de paternal.

Ella no sabía mentir. «¿Acaso es preciso el amor ardoroso y romántico para el matrimonio?» Apreciaba y respetaba á su marido; procuraría hacerle grata la existencia común; no era necesario más para vivir dichosos.

Conchita se trasladó á Wáshington para no separarse de su marido, que era diputado y asistía puntualmente á las sesiones de la Cámara de Representantes. La señorita de Monterrey, que había pasado su niñez galopando como un _cow-boy_, se adaptó con fácil mimetismo á las costumbres de la capital federal y al trato con las esposas de los personajes del gobierno. El representante Douglas vió aumentarse considerablemente su prestigio gracias á la discreción de su esposa.

La amistad de un nuevo presidente de la República le hizo pasar á la diplomacia. Douglas, educado en California, hablaba el español, y su gobierno consideró conveniente enviarle como ministro á una República de la América del Sur. Además, sus amigos políticos creyeron que la señora Douglas, por su apellido de familia y sus orígenes, podía ayudar útilmente á su esposo en esta misión.

Tres años vivieron en la lejana República, y la «ministra» de los Estados Unidos, admirada por su belleza y su elegancia, lo fué todavía más por su carácter afable, refractario al mismo tiempo á las excesivas familiaridades.

La juventud del país, exuberante, apasionada y predispuesta á los desvaríos imaginativos, se sintió atraída por esta mujer hermosa unida á un hombre que empezaba á ser viejo. Pero los más audaces se convencieron pronto de su error, y después de tantos elogios empezaron á hablar mal de ella. Era «una puritana», incapaz de tolerar el menor _flirt_, una burguesa que ponía el gesto duro apenas las galanterías de salón tomaban cierta intimidad.

Descubrieron además que su hermosura era igual á la de las beldades hijas del país. ¡Ser morena y tener negros los ojos y el pelo!... Para eso no valía la pena venir de los Estados Unidos. ¡Si á lo menos hubiese sido rubia, aunque tuviera la nariz roja, como otras diplomáticas del Norte de Europa!...

Estando en Nueva York durante una licencia, el ministro plenipotenciario Douglas murió repentinamente, á consecuencia de una enfermedad contraída en sus tiempos de ruda propaganda electoral.

La viuda se vió enormemente rica; mucho más rica que había creído ella en vida de su esposo. Esta fortuna estaba representada por los valores más diversos y heterogéneos: acciones de ferrocarriles y de minas, de fundiciones de acero y de pozos de petróleo. Hasta heredó la mayor parte de la propiedad de un gran diario.

Como su padre había muerto poco después de su matrimonio, tuvo ella que correr con la administración y solidificación de su fortuna. Pero «la Embajadora» era de gran agilidad intelectual para adaptarse á las exigencias del medio en que la colocaba su destino. Vendió unos valores, cambió otros, arrendó á una empresa de anuncios su propiedad periodística, confió el cobro de sus rentas á personas seguras...

Este título de «Embajadora» se lo daban antonomásticamente allá en su tierra. La gente une por instinto en todas partes la noción de diplomacia con la de embajada. Todo enviado diplomático es para el vulgo un embajador. Los partidarios políticos del difunto se habían acostumbrado á llamarlo «el embajador Douglas», considerando este título como una gloria del país, y la viuda, por herencia, siguió disfrutando en las conversaciones el título de «Embajadora».

Al verse en absoluta libertad y con la independencia que proporciona la riqueza, sintió un repentino interés por el bienestar de los demás, por la pureza de las costumbres públicas, así como por la defensa de los inocentes y los oprimidos. Figuró en todas las asociaciones dedicadas á la protección de animales ó personas; trabajó con vehemencia por anular los desenfrenos de la carne, disfrazados con el falso nombre de «amor», así como los excesos alcohólicos. Los organizadores de toda obra filantrópica ó moralizadora, al dirigirse á ella, estaban seguros de recibir el apoyo de su carácter batallador y un cheque importante.

En San Francisco corrió peligros novelescos al perseguir, unida á otras personas de igual virtud acometedora, los garitos y fumaderos de opio del barrio chino--antes de que los borrase del subsuelo un terremoto famoso--, así como las tabernas licenciosas y los cafés cantantes para marineros del barrio llamado «la Costa de Berbería».

Falta de hijos y cortando con fría urbanidad las insinuaciones de los que deseaban casarse con ella, dedicó al bien público sus entusiasmos enérgicos y á la defensa de la virtud toda la acometividad de su carácter reciamente varonil y justiciero.

--Es Don Quijote--decía un profesor viejo de Los Angeles--; no puede desmentir su raza... Los abuelos venidos de España resucitan en ella.

Pero era mujer, y mostraba ciertos desfallecimientos de voluntad que le hacían olvidar por algún tiempo sus obras filantrópicas.

De pronto pensaba en ella nada más, limitándose á dar dinero para la defensa y regeneración de sus semejantes, pero no su persona. Sentía reverdecer en su interior los mismos entusiasmos que tantas veces la hicieron soñar despierta en su adolescencia ante un libro caído en su regazo, y esta emoción retrospectiva la impulsaba á emprender largos viajes por Europa.

Conoció los museos más célebres del mundo viejo, los hoteles de mayor lujo, las ruinas más famosas y los modistos más caros, todo á un mismo tiempo. Fué la dama de incesante curiosidad que lee á la vez los últimos libros, los catálogos de las exposiciones y los periódicos de modas, llamando la atención por sus vestidos incesantemente cambiados, por sus alhajas y por la prontitud con que adopta la última idea, considerando un triunfo poder lucirla veinticuatro horas antes que los otros.

En el curso de sus viajes se vió recibida en audiencia por tres Papas, y fué conociendo á todos los hombres de su época que acababan de obtener la celebridad por un día ó por varios años.

Pronto se fatigó de viajar, acompañada solamente de una doncella francesa. Las noches pasadas en el hotel, sin una fiesta ó una representación de teatro, le parecían interminables. Además, en ciertas naciones de Europa, una mujer elegante y hermosa que va sola de un lado á otro tiene que mantenerse en actitud defensiva, á causa de la audacia de muchos hombres, que se desorientan y equivocan.

Al morir Douglas se dió por seguro, en breve plazo, un segundo matrimonio de su viuda. Era joven, y fatalmente debía encontrar un hombre que le hiciese conocer el amor, después de su tranquila amistad con el primer esposo.

Estas suposiciones llegaban á irritar á la viuda cuando hablaba con sus amigos. ¡El amor! ¿Por qué debía ella conocer el amor, sometiéndose á la esclavitud de sus alegrías violentas y sus cóleras celosas?... Renunciaba á él sin pena. Era para una minoría de neuróticos y desequilibrados que necesitan vivir dramáticamente entre conflictos, por exigencias de su sistema nervioso. Ella quería ser como la gran mayoría de los humanos, que prefieren el cariño tranquilo y la amistad, á las tormentas del amor pasional.

Además, había resuelto mantenerse fiel al recuerdo de Douglas. Era su deber. Conocía algo más fuerte y noble que el amor: la gratitud.

Su marido le había dado la riqueza, y ella la tenía en mucho, porque afirma la independencia individual.

El dinero es un instrumento libertador, y la viuda amaba sobre todo su libertad. Le había tocado la suerte de encontrar un hombre bueno, tolerante y discreto, que además había asegurado al desaparecer la independencia y el decoro de su vida futura. Le bastaba con esto; no debía repetir tan arriesgado juego; ya había conocido á los hombres. Tenía marcado para siempre un sitio en la sociedad: sería la viuda rica, independiente y respetada por todos. Era locura cambiar esto por el tal amor, que sólo resulta interesante en las novelas.

Pero como abominaba de viajar sola, pensó en Rina, la amiga pobre y humilde que tienen todas las mujeres triunfantes y es al mismo tiempo su compañera y su admiradora.

La había conocido en Monterrey, por vivir su familia en trato amistoso con los Ceballos. El abuelo de Rina fué un chileno de Valparaíso arrastrado á las costas de California por el gran éxodo de emigrantes que atrajo el descubrimiento del oro.

Todavía era niña Conchita cuando ya Rina Sánchez lanzaba ojeadas lánguidas á los jóvenes de Monterrey, creyéndose adorada y disputada por todos ellos. Una diferencia de más de ocho años existía tal vez entre las dos, pero Rina aún estaba soltera, ostentando, unas veces con orgullo y otras con desaliento, su cualidad de señorita, mientras la señora Douglas era una viuda, doblemente respetada por su estado y por el nombre de su esposo.

Según iba entrando en años, se mostraba Rina más sentimental é ingenua, como si retrogradase hacia la infancia, aplicando á todos los actos de su existencia un criterio pueril y una timidez contradictoria, pues en ciertas ocasiones, por sobra de inocencia, llegaba á aparecer insolente.

«La Embajadora» se acostumbró á la simplicidad de esta acompañante tan pronto alegre como llorona. Necesitaba su presencia, abundante en risas y gemidos, como la de un perrillo melancólico y ladrador.

Si alguna vez se enfadaba con ella, parecía encogerse de espíritu y desaparecer, cual si la Naturaleza la hubiese dotado de una retractilidad extraordinaria, no dejando presente más que su envoltura material.

Los viajes por Europa de hotel en hotel, donde se bailaba tarde y noche y eran frecuentes las presentaciones de hombres elegantes, atraídos por la belleza y la fortuna de la viuda Douglas, excitaban la manía sentimental de su compañera. Rina sólo pensaba en el amor; un amor expresado con palabras rebuscadas y gestos de «alto idealismo», según ella, igual á los muchos amores que había conocido en las novelas imaginadas para señoritas de buena educación.

La vida le parecía sin sentido lejos de los hombres; y los hombres, por una ironía de la suerte, jamás habían querido fijarse en su persona. «La Embajadora», que mostraba una altanería hostil al hablar de ellos, se divertía interiormente haciendo relatar á Rina sus entusiasmos amorosos, así como sus esfuerzos, astucias y sacrificios para encontrar al futuro compañero entre tantos varones fugitivos ó indiferentes.

Para justificar la humilde derrota de su celibato, hacía Rina comparaciones mentales entre ella y su rica amiga. ¡Ay! ¡Si pudiese vestir con la elegancia de la otra, seguramente que los hombres la buscarían lo mismo!... Y más por necesidad de defenderse que por coquetería natural, palmoteaba de gozo cuando Concha Ceballos le regalaba algunos de sus vestidos todavía nuevos ó la hacía partícipe de sus compras de modas recientes.

También era una diversión para la señora Douglas, sana, fuerte, sólidamente bella, enterarse de los procedimientos extraordinarios de Rina para combatir y borrar los estragos que realizaba la edad en su cuerpo. La pobre parecía arrugarse y disminuir de volumen por el tostamiento interior de su sentimentalismo. Gran parte del dinero regalado por su amiga lo empleaba en productos de los llamados Institutos de belleza. Así fué conociendo la viuda muchos inventos extravagantes para el refrescamiento de la hermosura femenil.

Rina era cada vez más pequeña y al mismo tiempo más joven, con una juventud extraña y desconcertante que parecía de otra humanidad habitadora de un planeta remoto. Los que la habían visto un año antes en alguno de los hoteles célebres de Europa, al encontrarla después tardaban en reconocerla, y únicamente lograban restablecer su identidad por ir al lado de su amiga, cuya belleza resultaba invariable. Un año era rubia y al año siguiente de pelo negro ó castaño. Como la edad y la vehemencia pasional habían arrugado prematuramente su faz, fué de las primeras en valerse de la operación quirúrgica que levanta el rostro y estira su epidermis, de la _face-lifting_ empleada por ciertos especialistas de Londres, Nueva York y París para rejuvenecer á las mujeres de teatro y las mujeres de salón.

Entusiasmada por este milagro de la cirugía epidérmica que borraba de su rostro las arrugas, repetíalo con frecuencia como algo ordinario, mostrando un heroísmo sin límites, frío, tranquilo, sonriente, del que sólo son capaces las mujeres cuando desean embellecerse.

Casi todos los años sentía la necesidad de que le cortasen la cara para estirar su piel en uno ú otro sentido. Pasaba horas ante el espejo, estudiándose el rostro con ojos de artista, para aconsejar luego al cirujano en qué sentido debía dar los tajos maestros para su nueva obra.

Después de tantos rajamientos y manipulaciones faciales, parecía de una raza distinta á la de los otros seres. Caso de tener semejanza con alguno de los grupos humanos que pueblan nuestro planeta, se aproximaba á las mujeres amarillas de Asia por la tirantez de su epidermis y el estiramiento de sus párpados prolongados y casi juntos, como los de las japonesas. Llevaba la frente cubierta de rizos y dos masas de bucles sobre las sienes. De este modo quedaban ocultas las cicatrices de los tajos que le habían dado para renovar la tersura de su rostro.

--Toma: para que te pagues otra vez el _face-lifting_--decía «la Embajadora» al hacerle un nuevo regalo de dinero.

Y Rina, para manifestar su agradecimiento, derramaba lágrimas, compadeciéndose á sí misma.

--Tú sabes, Conchita, que yo podía ser rica si ese mal hombre no se quedase con lo mío. Deseo recobrar lo que me pertenece, para que no te sacrifiques más por mí.

Este deseo de evitar á la viuda su costosa protección sólo ocupaba verdaderamente un segundo término en el pensamiento de Rina. Sus protestas contra el «mal hombre» y su ansia de verse rica eran principalmente porque al entrar en años hacía responsable á la pobreza de su forzoso celibato.

--Cuando yo vivía en Monterrey y era muchacha, todos los hombres andaban locos por mí, estoy segura de ello. Era porque entonces vivía papá y estaba metido en lo de las minas, que iba á hacerle rico... ¡Como ahora todos me creen pobre como una rata, y nadie sabe que ese ingeniero Balboa, ese mal hombre que vive en Madrid, se queda con lo que me toca por herencia y no me envía un céntimo!...

«La Embajadora» escuchó al principio distraídamente las lamentaciones de su acompañante. Pero en fuerza de oir hablar de aquel «mal hombre», acabó por interesarse en sus maldades.