Part 2
La vida de su compañero de adolescencia había sido más agitada que la suya. Aún era rico, comparado con él, pero había experimentado grandes pérdidas en su fortuna. Las minas de Méjico que enriquecieron á su padre eran ahora menos productivas. Además, el ingeniero vivía bajo la influencia del demonio absorbente de la invención, y todos sus descubrimientos industriales, así como sus tentativas para generalizar los inventos de los otros, se resolvían finalmente en la realidad con enormes pérdidas.
Se había casado Balboa con una joven de Méjico, hija de un español antiguo amigo de su padre. Este matrimonio sólo había durado el tiempo necesario para producir un hijo, que recibió el nombre romántico de Florestán. La esposa había muerto cuando este niño sólo tenía varios meses, y el ingeniero lo dejó en Méjico al cuidado de unos parientes, para poder vivir con más libertad en Nueva York, dedicándose á la implantación de sus invenciones y sus negocios extraordinarios.
Después de este encuentro se reanudó la amistad entre los dos condiscípulos, escribiéndose ambos con frecuencia.
Pasaron algunos años más, y Mascaró vió de pronto al ingeniero instalado en Madrid, con el propósito de quedarse en España para siempre. Parecía enfermo. Las emociones de su existencia habían lastimado su corazón, y éste le hacía sufrir angustiosas crisis.
Con el quebrantamiento de su salud parecía haberse aumentado el amor á la patria que le dió su padre. ¿A qué rodar por el mundo, persiguiendo enormes negocios, cuando él era español y en su país todo estaba aún por hacer? La verdadera América la tenía él en España... Y se lanzó á la explotación de minas abandonadas, empleando nuevos procedimientos de trabajo; á descubrir pozos de petróleo, pues le parecía deshonroso que su patria no los tuviese; á instalar fábricas como las que había visto en el Nuevo Mundo.
Mascaró no admiraba á su amigo como hombre de negocios. «Es un soñador--decía--, que se entusiasma con los asuntos por su novedad más que por lo que pueden dar; un poeta desorientado, que aplica su fantasía á la industria.»
El catedrático no se equivocaba. Indudablemente, de permanecer Balboa inactivo, imitando la existencia mediocre y recelosa de los que guardan su dinero al margen de todo riesgo, habría continuado siendo rico como su padre. Pero necesitaba trabajar, y la actividad representaba para él fracasos y ruinas.
Sin darse cuenta de lo que significa el cambio de ambiente, aplicaba á los negocios del mundo viejo los mismos procedimientos de la actividad americana. Contaba siempre con la facilidad de encontrar capitales para todas sus innovaciones. Él abría la marcha audazmente, empleando su dinero en el nuevo negocio con la certeza de que otros capitalistas, adivinando la ganancia enorme, se disputarían entre ellos el ser consocios suyos; pero á los pocos pasos se veía solo y sin fuerzas para seguir adelante.
Su hijo Florestán había crecido al mismo tiempo que Consuelito y tenía ya veinte años. Estudiaba la carrera de ingeniero, y parecía sentir iguales aficiones que su padre por la industria y la mecánica, pero de un modo seguro y reposado, sin sus audacias optimistas, sin su prontitud para tener por axiomático todo lo que acababa de imaginar.
Mascaró parecía interesarse mucho por la suerte de Florestán después de haber escuchado algunas veces á su esposa, que veía en él un marido para Consuelito.
--¡Lástima de muchacho! Si su padre se retirase de los negocios para siempre y no trabajase más, aún podría disponer de una buena fortuna juntando los restos de lo que dejó su abuelo.
Por suerte, el ingeniero había abandonado desde algunos meses antes la «aclimatación de negocios americanos», como decía Mascaró.
--Es inútil querer transformar en unos cuantos años á los pueblos viejos--murmuraba Balboa con desaliento--. Lo que es posible en el Nuevo Mundo y hace ganar allá millones, resulta aquí empresa ruinosa.
Y abandonó todos los asuntos que habían absorbido gran parte de su herencia: los pozos de petróleo, que nunca se decidían á dar petróleo; las minas de carbón, que insensiblemente habían acabado por ser propiedad de otros; las líneas de ferrocarril, que jamás pasaban de los planos á la realidad.
Ahora vivía dedicado simplemente á las invenciones. En esto no podía influir el ambiente. Un inventor llega á realizar los mismos descubrimientos en Madrid que en Nueva York. Indudablemente sufría en su patria grandes contrariedades y retrasos, por falta de colaboradores mecánicos que diesen forma material á sus ideas; pero de todos modos, con la ayuda de un par de obreros que, dentro de su existencia modesta, resultaban tan quimeráticos como Balboa y por lo mismo le admiraban y seguían á ciegas, iba realizando en el metal los embriones de sus inventos.
Los dos ayudantes vivían, naturalmente, á costas del ingeniero, y además todos los bocetos que construían incesantemente, y las más de las veces acababan por ser arrumbados como hierro viejo, exigían cuantiosos gastos.
«Pero aun así--pensaba Mascaró--, estos despilfarros de inventor resultan más baratos que la explotación ó la fundación de las empresas industriales de antes... Además, ¡quién sabe si un día acertará con una de esas invenciones famosas!...»
El catedrático tenía fe en el talento de su amigo y al mismo tiempo le compadecía; contradicción frecuente cuando se juzga á un hombre que persigue un descubrimiento sin haberlo realizado. Ahora andaba Balboa á vueltas con una invención simplemente «secundaria»--según él decía--, pero capaz de revolucionar profundamente las costumbres privadas y hasta la vida de la humanidad entera.
Había dejado á un lado las grandes máquinas, los motores de explosión de poco peso y fuerza enorme, llamados á modificar las navegaciones aéreas y submarinas. Como el artista caprichoso que produce jugueteando una obra diminuta y graciosa mientras descansa entre dos concepciones gigantescas, el ingeniero se ocupaba actualmente del cinematógrafo. En las últimas semanas no hablaba de otra cosa.
Al apearse don Antonio del tranvía y entrar en la casa del inventor, estaba seguro de que sólo podía hablarle éste de sus estudios cinematográficos.
La casa de Balboa era de igual arquitectura que la de Mascaró, sólo que con más adornos y de mayores proporciones. El teléfono no estaba en la portería, sino en el mismo despacho del ingeniero; pero el ascensor marchaba con la misma lentitud y no admitía gente en su descenso.
Como Mascaró era considerado lo mismo que si fuese de la familia, una criada le hizo entrar sin anuncio en un gran salón convertido por Balboa en pieza de trabajo.
Tuvo que pasar el catedrático entre varios tableros montados sobre caballetes que formaban largas mesas. Estas mesas tenían clavados en su madera dibujos lineales y otros bocetos de soñador de la mecánica. Las paredes, ornadas por el arquitecto constructor del salón con molduras blancas, estaban cubiertas de marcos que guardaban bajo cristal paisajes montuosos perforados por bocas de minas, cortes geológicos con varias capas de colores superpuestas, máquinas de uso inexplicable...
Estos cuadros despertaban en Mascaró la misma sensación que los retratos borrosos, coronas ajadas y otros recuerdos fúnebres que guardan piadosamente ciertas viudas para no olvidar un momento las acciones del muerto. Casi todos estos adornos de la pared recordaban un mal negocio del inventor, una empresa inadaptada ó prematura que se había sorbido parte de su herencia.
Balboa, que estaba inclinado sobre uno de los tableros de dibujo, levantó la cabeza y tendió su diestra al recién llegado, sin querer abandonar su labor.
Era un hombre de rostro melancólico, dolorido y dulce. Llevaba la barba completa, como en su juventud, terminada en dos pequeñas puntas, y este adorno facial, así como su cabellera sobradamente luenga y descuidada, le daban el aspecto de un Cristo enfermizo y opaco, como si se le viese á través del polvo y las peladuras de un cuadro viejo. En la cúspide de su cabeza empezaba á ralear el pelo, y éste, que había sido rubio, así como la barba, tomaba el tono mate de la plata desdorada.
Lo que atraía inmediatamente la atención sobre su rostro era la blancura de la tez, una blancura mate, de papel poroso, que parecía absorber ávidamente la luz, sin que ésta lograse hacer brillar la piel con la alegre jugosidad de la salud. Mascaró se fijó al entrar en esta palidez, reveladora de un corazón enfermo. Apreciaba el estado de su amigo por la intensidad de su blancura malsana.
Al verle, después de una ausencia de dos días, le pareció su palidez más intensa y se apresuró á pedirle noticias de su salud. El inventor hizo un gesto despectivo.
--Me siento bien. Estos días los he pasado trabajando... Creo que ahora he dado en el clavo. No es posible la duda.
Y con el entusiasmo del creador que ve completa y perfecta su obra, empezó á hablar de aquel invento que al principio había considerado como simple diversión y ahora le inspiraba un amor paterno.
Sin los inventos que él llamaba secundarios era imposible la difusión universal de otros descubrimientos más importantes. ¿De qué hubiera servido la invención de la imprenta no existiendo antes el invento más modesto del papel? Las letras podían imprimirse sobre pergamino, como en los libros manuscritos de los siglos anteriores, pero sólo á los ricos les habría sido dado comprar volúmenes tan costosos. Gracias al papel, descubrimiento secundario y democrático, la imprenta había podido generalizarse, multiplicando hasta el infinito la difusión del pensamiento humano.
Balboa había sentido la necesidad de su invención viendo el funcionamiento del cinematógrafo, que vivía como hubiese vivido la imprenta sin la existencia del papel. Las imágenes fotográficas quedaban impresas en una cinta de gelatina, cara y difícil de producir. A causa de esto, las bandas cinematográficas eran materia costosa monopolizada por los explotadores de espectáculos. Había que ir á buscar este álbum de imágenes vivas en los teatros y las salas especiales. No podía llevarse á la casa, como un libro; no podía guardarse en una biblioteca, para verlo en todo momento.
Un aparato de proyecciones cinematográficas no representa un gasto extraordinario; además se compra una sola vez en la vida. Lo costoso era la cinta, á causa de su materia. De una obra cinematográfica se hacían doscientas ó trescientas copias, cuando más, para todos los pueblos de la tierra. Los mismos ejemplares iban pasando de unas ciudades á otras, sin más limitación que la del idioma en que están escritos los títulos.
Él iba á cambiar radicalmente todo esto con su invento. Había encontrado el medio de sustituir la cinta de gelatina con una simple tira de papel. El valor material de un rollo cinematográfico sería, gracias á su descubrimiento, tan poco costoso como el papel de un ejemplar de diario.
--Imagínate, Antonio... ¡qué revolución! Las gentes podrán comprar en las librerías una obra cinematográfica, llevándola á su casa para proyectarla en el aparato de familia. Una novela puesta en imágenes no costará más cara que cuesta hoy impresa en volumen. Todos podrán tener en su domicilio una biblioteca de libros cinematográficos, al mismo precio que ahora la forman de libros encuadernados. Piensa también lo que será esto para la gloria y el provecho de los autores. ¿Qué puede vender hoy un novelista?... ¿doscientos mil, trescientos mil ejemplares, como éxito enormísimo? Con mi invento una novela llegará á diez millones, á quince millones de volúmenes, ¡quién sabe si á más!... Los libros serán para la tierra entera. No habrá que hacer otra traducción que la de los rótulos, y muchas veces ni existirán estos rótulos, pues los progresos de la acción muda podrán suplir á la letra impresa. Gracias á mí, llegará á ser una realidad el diario cinematográfico. La imagen correrá el mundo entero y dirigirá la vida humana, como hoy lo hace la letra impresa; todo gracias al papel... Y yo que emprendí mi trabajo sin ninguna idea de ganancia, seré rico, inmensamente rico. No es fácil calcular lo que dará mi invento. Es para el mundo entero, abarca absolutamente á todos los humanos. La imprenta necesita que los hombres sepan leer. Mi invento es para todos los que tengan ojos, aunque vivan todavía en la barbarie.
Torció el gesto Mascaró y quiso protestar de tales afirmaciones. El libro guardaría siempre su influencia. Balboa, simple inventor que sólo concedía importancia á lo que fuese interesante para él, pasaba por encima del estilo literario, ignorando la fuerza sugestiva de la palabra, el arte en la expresión de las ideas. Pero don Antonio se dejó ganar al fin por el fervor de su amigo, pensando en las nuevas y enormes ganancias que proporcionaría esta innovación á los que viven del trabajo literario. No en balde había escrito versos y novelas en su juventud.
--Si verdaderamente has encontrado ese invento, vale más que todo lo que llevas hecho.
Luego se encogió en su interior el Mascaró imaginativo y vehemente, para dejar sitio al padre de familia de presupuesto ordenado.
--Y sobre todo vas á ganar mucho dinero, ¡muchísimo!... ¡Ya era hora!
Estas últimas palabras sacaron á don Ricardo de su abstracción entusiástica. Sus ojos y su gesto fueron los de un sonámbulo que despierta bajo una sensación de frialdad. Olvidó su invento para pensar en un episodio molesto de su vida ordinaria.
--Esa señora va á venir--dijo--. Está en Madrid. Me ha hablado por teléfono desde su hotel.
Fijó el catedrático unos ojos interrogantes en Balboa, sin adivinar á quién se refería.
--Es la californiana Concha Ceballos, por otro nombre mistress Douglas, de la que hablamos el último día que estuviste aquí.
Mascaró agitó ambas manos sobre su cabeza, riendo al mismo tiempo.
--¡Ah!... Es la que llaman «la Embajadora» allá en su país... ¡Pobre Ricardo! ¡Qué visita tan molesta!
Luego cesó de reir, mirando á su amigo como si le compadeciese. Éste, inquieto por la próxima visita, fijó sus ojos en el reloj que tenía enfrente. Eran las doce, y aquella mujer de actividad dominadora y carácter enérgico debía ser puntual. Iba á llegar de un momento á otro.
El catedrático, que había acogido la noticia de la visita con regocijo, acabó por dar consejos prudentes á su amigo.
--Ten calma. Acuérdate que estás enfermo, y las discusiones y acaloramientos perturban el corazón. Piensa que es una mujer...
Esto último era lo que más preocupaba al inventor.
--¿Cómo mostrar la verdad á una mujer, cuando no quiero verla? Además, ¡tan caprichosa, tan violenta!... Si leyeses la última carta que me envió de París...
La inquietud parecía haber aguzado sus sentidos, y de pronto avanzó la cabeza como para escuchar mejor. Sonaba el timbre de la puerta.
--Ya está ahí.
Su amigo se apresuró á marcharse.
--¡Serenidad, Ricardo! Acuérdate de tu corazón... Ya me contarás. Vendré esta noche con mi gente.
En la antesala se cruzó con dos señoras que iban hacia el salón, guiadas por una doméstica. Inmediatamente las reconoció por sus figuras más que por sus rostros. Eran las dos extranjeras que había visto pasar en automóvil por la calle de Alcalá.
La que iba delante no llamó su atención, á causa de la mediocridad de su estatura, que aún parecía más exigua comparada con la de la dama que venía después y era la misma que guiaba el automóvil.
Don Antonio tuvo que levantar un poco los ojos para ver su rostro. Era alta, soberbiamente alta, con cierto aire de aplomo y seguridad que acompaña casi siempre á las personas soberanas. Se sintió envuelto en una ráfaga de perfumes sutiles, carnales y químicos. Pensó en refinados cuidados higiénicos. Luego en jardines de leyenda, exhalando bajo el resplandor lunar una respiración de oloroso misterio.
Sólo pudo ver rápidamente una dentadura espléndida, que juzgó casi inverosímil por su perfección; una dentadura que parecía emitir luz entre la cuádruple orla de las encías rojas, intensamente rojas, y los labios de un rosa húmedo, algo gruesos. Luego vió el color dorado de su rostro: color de naranja primeriza obscurecido por una capa de polvos rojizos; y finalmente sus ojos, de pupilas negras, que al pasar junto á un balcón tomaron la amarilla luminosidad de dos monedas de oro. Estos ojos dejaron caer sobre él una mirada de majestuosa indiferencia, que parecía alejar las personas y las cosas.
Quedó inmóvil el catedrático á sus espaldas, con gesto pensativo é indeciso, hasta que la vió desaparecer bajo la caída de un cortinaje. Él conocía aquella señora; estaba seguro de haberla visto en alguna parte.
De pronto levantó los hombros y empezó á sonreir, mientras se dirigía á la puerta de la escalera. No se había equivocado. La conocía muchos años; la había visto repetidas veces en letras de imprenta.
--Es ella... Es la reina Calafia.
II
Aguas arriba en el pasado
Al ver á Balboa sintió perderse una parte de la fuerza hostil que la había empujado hasta allí. Se sentó en el sillón que le ofrecía el dueño de la casa, mientras su modesta compañera ocupaba otro á su lado sin esperar á que la invitasen.
Fué contestando maquinalmente á los saludos del ingeniero, y al mismo tiempo sus ojos no podían apartarse de él, fijos por la atracción de la sorpresa. «¡Qué viejo está!... No le hubiese conocido al encontrarlo en la calle.»
Y mientras repetía esto en su cerebro, fué saltando mentalmente sobre un período considerable de su propia existencia.
En el tiempo empleado por ella para balbucear unas cuantas palabras de cortesía, su imaginación hizo revivir más de la mitad de su vida anterior. Se vió tal como era, teniendo catorce años, allá en Monterrey, la ciudad más española de California. Los Ceballos pertenecían á la nobleza colonial. Eran descendientes de militares ó funcionarios civiles que habían venido de España á Méjico en tiempo de la dominación española, pasando después, por sus empleos, á establecerse en la tranquila y remotísima California.
Estos hidalgos dedicados á la ganadería representaban la sociedad civil en los pueblos que habían ido creándose junto á los conventos de los franciscanos. Al separarse Méjico de España, las Misiones de California se arruinaban instantáneamente. Desaparecían los frailes, ahuyentados por las nuevas leyes mejicanas, y quedaban únicamente los hidalgos propietarios del suelo. Su vida apartada les hacía dar mayor importancia á su noble origen y á su raza blanca. En Los Ángeles, en San Diego y otras Misiones antiguas, las familias de apellidos españoles se mantenían en aristocrático aislamiento, cruzándose sólo entre ellas.
San Francisco era entonces una bahía hermosa, pero solitaria y sin utilidad. Aún no se había descubierto el oro californiano. Unas cuantas casas hechas de adobes junto á la iglesia de los Dolores y un fuerte en la entrada de la bahía era todo. Monterrey, puerto frecuentado por los navegantes españoles y residencia de las autoridades enviadas por el virrey de Méjico, figuraba como la capital del país. Y en Monterrey vivían los Ceballos desde la última década del siglo XVIII, ó sea desde que llegó el fundador de la familia siguiendo las huellas del capitán Portolá.
Cuando ella era niña había oído á su padre, don Gonzalo Ceballos, y á los amigos de éste lamentarse de la invasión de los _gringos_ y la rapidez con que perdía California su antiguo aspecto. Sin embargo, Conchita aún había conocido un Monterrey tradicional é interesante, perdido ahora para siempre.
Los restos de la población amada en su niñez desaparecían, abrumados y borrados por las modernas construcciones. El Monterrey de ella era todavía hispano-colonial, compuesto de edificios de adobe enjalbegados de blanco, todos de un solo piso, y con un patio interior que recordaba la casa árabe copiada por los conquistadores procedentes de Andalucía ó Extremadura en todos los países de América. Las calles eran barrancos en días de lluvia ó profundos caminos, de cuyo fondo se elevaban columnas de polvo al soplar el viento. Apenas se conocía el carruaje. Todos iban á caballo. Se aprendía á montarlo antes de saber andar. Atados á los sombrajes de los edificios esperaban filas de caballos enjaezados con ricas y vistosas sillas mejicanas. Los hombres se calzaban las espuelas al salir de la cama y muchas veces dormían con ellas fijas en sus talones. La vida un poco ruda, pero patriarcal, estaba regida por las costumbres leales y hospitalarias de los pueblos que habitan el desierto.
La música y la danza eran diversiones frecuentes y los únicos esparcimientos intelectuales del país. Todas las noches había baile en una casa «distinguida». Hasta los señores graves y maduros bailaban el «vals chiqueado», danza llamada así porque los varones interrumpían su baile para recitar á sus parejas una tirada de versos comparándolas con una rosa, una perla ó algo semejante; después de lo cual, volvían á pasar el brazo por su talle y continuaban dando vueltas.
Mientras las familias de apellido noble vivían entre ellas, negándose á aceptar extranjeros en sus fiestas, con un mal humor de invadidos que se dan cuenta de su vencimiento, la gente popular se divertía igualmente en las calles, valiéndose de la música y la poesía. Sonaban guitarras ante las panzudas rejas; surgían de la fresca obscuridad nocturna voces apasionadas entonando cantos mejicanos ó de remoto origen español.
A la mañana siguiente, Conchita, sin sentir fatiga por estas largas horas de baile montaba á caballo lo mismo que un «vaquero» y salía al campo. Las mujeres de los suburbios se asomaban para saludarla á las puertas de sus casitas, edificios bajos de adobe pintados de blanco, con apretadas y purpúreas guirnaldas cubriendo sus muros. Desde lejos parecían hechas con rosas gigantescas de avinada púrpura, pertenecientes á la flora misteriosa de un mundo nunca visto. De cerca eran simples ristras de pimientos picantes, la cosecha anual puesta á secar del terrible «chile», que acaricia la boca como un cauterio.
Luego visitaba las tierras de su padre. Éstas eran cada vez más reducidas, y sus rebaños iban disminuyendo de un modo alarmante. Los Ceballos se consideraban cada año menos ricos, siguiendo en esto la suerte de toda la antigua aristocracia californiana.
El abuelo de ella había conocido la gran revolución que cambió instantáneamente la fisonomía del país. California, que había sido española y luego mejicana, acabó por pertenecer á los Estados Unidos.
Esto no impresionó mucho á los hidalgos coloniales. Vivían tan lejos de Méjico, que la influencia del gobierno mejicano después de la independencia había sido algo teórico y sin realidad. Los californianos, poco numerosos y esparcidos sobre un territorio enorme, vivían autonómicamente, conservando el espíritu de la antigua colonización española, y aunque sintiesen una predilección especial por el pueblo más allegado á su origen, no creyeron, sin embargo, asunto de vida ó muerte el nuevo cambio de bandera. Veintiocho años antes habían dejado de ser españoles para llamarse mejicanos; ahora dejarían de ser mejicanos para vivir dentro de la confederación de los Estados Unidos. Esto era todo.
Lo que resultó verdaderamente terrible fué que al mismo tiempo se hicieron los primeros descubrimientos auríferos en el país. Corrió por el mundo la noticia de que California era una tierra de oro, y las gentes aventureras y violentas de todas las razas marcharon como á una Cruzada de rapiña, para caer sobre este rincón de América. Los vicios y malicias del planeta entero llegaron en compañía de los hombres ansiosos de enriquecerse. El llamado «salón», taberna y posada al mismo tiempo, abundante en juegos y mujeres, surgió con la prodigalidad de las vegetaciones parásitas sobre esta tierra maravillosa, donde los aventureros de manos rudas, enriquecidos de pronto, no sabían qué hacer de su oro. Astutos tahures corrían el país para robar al minero con sus trampas, despojando al mismo tiempo de sus bienes á muchos californianos.