Part 18
Durante unos momentos se interesó Florestán por este misterio que la otra dudaba en revelar. Luego su curiosidad pareció extinguirse. Como todos los que sienten la obsesión de una idea tenaz, volvió á la suya, por creer que era lo más importante en aquella entrevista.
--He venido á buscarla después de reflexionar largamente sobre mi vida futura. Lo que he dejado detrás de mí quedará suprimido, si usted quiere. No volveré á España. Olvidaré las promesas que haya podido hacer allá á causa de mi inexperiencia. Lléveme con usted para siempre...
Su voz se caldeaba con un ardor pasional. Había perdido su timidez de los primeros momentos. Concha adivinó una explosión inmediata de ruegos amorosos, de juramentos entusiásticos, de peticiones ansiosas, y con una voluntaria frialdad le interrumpió, preguntando:
--¿Se acuerda usted de su madre?...
Quedó el joven desconcertado por la incoherencia de esta pregunta en mitad de su declaración de amor. ¿Por qué se acordaba ella de su pobre madre, figura remota é indecisa que apenas si emergía visible en su pasado, como una silueta pálida?...
La señora Douglas continuó hablando, con los ojos bajos y una arruga vertical entre las cejas. Parecía avergonzada de sus palabras, y las iba murmurando con voz monótona, sin matices, lo mismo que si rezase una oración.
Recordó lo que le había contado el joven muchas veces en sus conversaciones de Madrid. No había visto nunca á su madre. Ni siquiera tuvo, cual otros huérfanos, el amor de una criada vieja que se encarga de cuidarlos en sus primeros años y les habla de la desaparecida, creando en su memoria una segunda personalidad inmaterial de la madre, como si la hubiesen visto realmente al principio de su existencia, cuando aún no podían discernir la forma y el valor de lo que pasaba ante sus ojos. Florestán, desorientado por lo que decía aquella mujer, iba asintiendo, sin embargo, con movimientos de cabeza.
--Sí; sólo encontré en mi casa una fotografía antigua de mi madre, tan borrosa, que me era preciso verla con la imaginación más que con los ojos... Porque no conocí á mi madre, amé á mi padre mejor tal vez que la mayoría de los hombres quieren al suyo... Pero ¿por qué me habla usted de todo eso?...
Al fin se decidió ella á hacer emerger el inmenso obstáculo, lo mismo que los antiguos taumaturgos podían levantar masas inmensas con la sola energía de sus palabras.
--Hablo de eso--dijo sombríamente--por dar contestación á lo que me pregunta, por justificar una huída que le parece incomprensible. ¿No ha pensado usted alguna vez en la posibilidad de que su nacimiento fuese otro que el que le contó con tanta brevedad su padre?... ¿No cree que puede haber existido más de un misterio amoroso en la historia juvenil del ingeniero Balboa, hombre apuesto é interesante, que viajó mucho por América y pudo conocer numerosas mujeres?...
Quedó mirándola Florestán, con los párpados dilatados por el asombro y la duda. No alcanzaba á entender por entero lo que pretendía decirle aquella señora. Y ésta, deseosa de dar ayuda á su comprensión, volvió á hablar:
--Por eso me alejé de usted al ver que se equivocaba en la apreciación de mi afecto. Yo soy la única mujer en el mundo que no puede amarle como las otras mujeres... Suponer lo contrario sería horrible...
Florestán la interrumpió sonriendo con una expresión de duda, como si fuese á enunciar algo disparatado, pero al mismo tiempo con cierta inquietud en su voz:
--No pretenderá usted hacerme creer que es mi madre...
Ella levantó los ojos, le miró fijamente, y con voz lenta y fría, que parecía dejar caer las palabras, repuso:
--¿Por qué no puedo serlo?...
Hubo un largo silencio. El joven quiso repetir su sonrisa, pero ésta se extinguió en sus labios apenas nacida. El gesto grave y doloroso de aquella mujer parecía aplastar su incredulidad. Se quitó el sombrero maquinalmente, á pesar de que estaba bajo los rayos del sol, y se rascó un lado de su cabeza, como si pretendiese restablecer con este frotamiento el orden de las ideas, alborotadas y revueltas, en el interior de su cráneo.
Los músicos de la boda coreaban una nueva romanza marineresca del tenor. Los grupos de paseantes iban del asfalto del malecón hasta la acera del restorán, agolpándose ante su verja. Ninguno de los dos oyó esta serenata napolitana, en pleno día, que iba atrayendo á todos los que transitaban por un extremo del paseo de los Ingleses.
--¡Veamos!... ¡Esto resulta absurdo!--dijo él con voz irritada--. Usted es todavía joven. Usted no tiene años para ser... eso que pretende ser...
Le miró ella con una conmiseración afectuosa y protectora.
--¿Cómo sabe usted mis años?... Las mujeres de ahora no tenemos edad. Somos eternamente jóvenes, hasta que una mañana, al despertar, dejamos de serlo para siempre. Yo soy más vieja, muchísimo más vieja que usted cree.
Siguió martirizándose el joven una de sus sienes con nervioso frotamiento, como si esto le sirviera para extraer nuevas dudas.
--Pero usted y mi padre no eran amigos. Hasta creo que se llevaban mal, y usted le envió cartas que le causaron grandes disgustos.
--Consecuencias del pasado--dijo ella--. Esa misma falta de amistad entre los dos prueba las buenas relaciones de otros tiempos. Tal vez no pudo aceptar nunca que yo me casase con otro hombre, después de habernos conocido allá en California. Bien pudo ser también que yo le odiase porque no quiso casarse conmigo.
--Tengo en mi casa documentos que desmienten todo eso... Mi partida de bautismo menciona el nombre de mi madre... Yo nací en Méjico. Es verdad que mi nacimiento fué cerca de la frontera de los Estados Unidos... pero en Méjico; y usted creo que no ha estado allí nunca.
Ella tuvo fuerzas para sonreir con una expresión maliciosa.
--En aquella tierra de revoluciones, y en una provincia lejana donde cambian con frecuencia las autoridades, no es difícil inventar cuantos documentos se necesitan... Su padre era un caballero, y procuró librar mi pasado de sospechas.
--¡Júremelo!--dijo Florestán con voz ruda.
--¿Para qué?... La prueba mejor es que una mujer de vida honesta y cierto rango social se decida á hacer una confesión tan dolorosa. ¡Qué esfuerzo, qué sacrificio interior, para revelar secretos de tal especie!...
Florestán parecía anonadado por estas explicaciones. Adivinó ella que empezaban á disgregarse sus dudas, y queriendo abatirlas completamente, fué añadiendo:
--A una mujer hay que creerla cuando se resuelve á decir cosas de tanta importancia. Es muy doloroso comunicar las verdades ocultas que entenebrecen nuestro pasado... Recuerde cómo en Madrid preferí huir, antes que hacerle saber una verdad tan cruel. Por mi gusto, nunca me hubiese acordado de ella. Pero ahora es preciso que usted la conozca. No quiero que interprete mal aquellas caricias mías cuando le vi en peligro de muerte. Es necesario que sepa lo que debemos ser el uno para el otro, y luego nos separemos guardando los dos un secreto que hasta hace un momento sólo era mío.
Sonó á lo lejos, sobre la colina del antiguo castillo de Niza, el cañonazo anunciador de mediodía. Los dos estaban tan preocupados, que no oyeron la detonación. Él surgió de su ensimismamiento con la repentina energía del que se da cuenta de un peligro inmediato.
--¡Pero yo no quiero que nos separemos!... Yo necesito vivir junto á usted; necesito seguirla á todas partes... como lo que yo quería ser ó como lo que usted afirma ahora que soy.
Dijo esto con tal fuerza, que el rostro de Concha perdió aquella máscara helada y dura á través de la cual iban pasando sus palabras.
--Y á pesar de lo que acabo de decirle, ¿quiere usted vivir siempre á mi lado?...
--Siempre... Tal vez no la deseo ya como antes: sería monstruoso. Pero necesito verla á todas horas, hablarla, seguirla á todas partes. No me atrevo á decir que la quiero como á una... como á eso que dice usted que es mía; pero la quiero siempre; ¡siempre! y necesito no dejar de verla.
Hizo ella un esfuerzo para que su rostro no reflejase la conmoción interior causada por este «¡siempre!» dicho con fosca energía. La felicidad y el amor se colocaban por última vez á su alcance. No tenía mas que decir una palabra, lanzar una carcajada, fingiendo que todo había sido una broma, una estratagema, para poner á prueba su amor... Pero en seguida vió en su imaginación un banco de jardín, y ella en el banco, teniendo sobre su pecho una cabecita de joven que gemía ingenuamente para que le devolviese su novio... «¡Acuérdate que prometiste...!», gritó una voz imperiosa dentro de ella, voz que se extinguió al momento convencida de que no necesitaba decir más.
--Vuelva á su país, Florestán; viva en su tierra con los que le aman verdaderamente y están preparados para llevar una existencia tranquila, igual á la de usted. No se ocupe más de mí. Yo soy una aventurera, una caprichosa, que le sacará siempre de la órbita regular de su existencia para causarle daños. Funde usted una familia más completa y numerosa que la que formó su padre... Conozco á la niña que debe ser su esposa. Es la compañera que le conviene. Le admira, le adora; usted encontrará en ella respeto y supeditación, al mismo tiempo que amor.
Florestán, oyendo esto, sintió la necesidad de protestar, y esta protesta le hizo volver á sus antiguas dudas.
--¡Pero todo esto es absurdo!--murmuró--. Parece una pesadilla... ¡No puede ser! Hay algo que me avisa que no puede ser.
--Es la sorpresa, que aún le tiene desorientado y no le permite contemplar la verdad... Usted se acostumbrará á la verdad. Aún dura en su memoria la monstruosa imagen de mi persona, que le inspiró un amor material. Poco á poco conseguirá verme como lo que debo ser para usted.
El joven tomó una actitud resuelta.
--Si es usted mi madre, no me abandone. He pasado toda mi vida sin otra madre que una pálida imagen sobre un pedazo de cartón, y ahora que se me revela de pronto con una presencia real, ¿quiere usted abandonarme?... Sería injusto.
Ella le miró con ojos de lástima.
--Tuvo usted más suerte con su padre que con su madre. Mejor hubiera sido no decirle nunca la verdad; más preferible haberle conservado la otra madre á la que no vió jamás... Usted no me conoce. Soy una de esas aventureras que no han llegado nunca á tener casa fija ni familia, porque sólo habitaron durante su vida la pasión. Soy una egoísta, incapaz de sacrificarme por nadie. Además, ¿qué sabe usted de mi pasado? ¿Por qué no puede guardar otras historias iguales á las de su padre?... Si permaneciese al lado de usted me vería obligada á envejecer, á vivir como debe hacerlo una madre... Prefiero vagar por el mundo sola, conservando mi juventud ó la falsa ilusión de que aún la poseo.
Quedó como anonadada por este amontonamiento de perversidades que iba esparciendo sobre su pasado y su presente para ennegrecerlos. Luego sintió la necesidad de animar á Florestán, que permanecía con la cabeza baja y el sombrero en la mano, recibiendo sobre su nuca el cosquilleo cáustico del sol.
--¿Quién puede saber el porvenir?... Alguna vez volveremos á vernos. Iré á España cuando usted tenga hijos. Llegaré de pronto, como esas abuelas locas que aún se creen jóvenes y se presentan en el hogar de sus nietos, lo mismo que una golondrina aventurera que tiene hambre, que tiene frío, y luego de calentarse y descansar levanta otra vez el vuelo... Pero no confíe mucho en mí, no se enorgullezca de haber encontrado una madre. ¡Soy muy mala! Reconozco que no me sacrificaré nunca por nadie. Sólo para abrirle los ojos y evitar un sentimiento desorientado he dicho la verdad.
Florestán seguía mirando al suelo y moviendo los labios:
--¡Pero esto no puede ser!... ¡Esto resulta absurdo!...
Volvió á fijar la mirada en ella, mas ahora resueltamente, como si acabase de adoptar una importante resolución.
--Hablaremos con más calma y más tiempo de nuestro porvenir. Ahora confieso que no puedo conversar tranquilamente. ¡Esa noticia tan inesperada!... ¡Qué confusión en mi cerebro!...
Asintió ella con voz lenta:
--Sí, será mejor separarnos.
Inmediatamente habló el joven de la necesidad de verse aquella misma tarde. Ahora la entrevista no podía durar más. Rina parecía impacientarse á causa de su largo aislamiento y hablaba á gritos al perrillo para recordar su presencia. El gozque japonés, incitado por su acompañante, lanzaba escandalosos ladridos.
Concha Ceballos hizo por instinto un ademán repelente al notar la insistencia con que el joven pedía que se viesen aquella misma tarde. ¡Repetir un sacrificio tan doloroso! ¡Mentir y mentir otra vez, cuando ella creía terminado para siempre su tormento!... Pero se dió cuenta de la necesidad de añadir una falsedad más.
--Iré á Monte-Carlo esta tarde, como los otros días. Nos encontraremos en el Casino. Podremos hablar á solas, sin miedo á que nos oiga mi amiga.
La seguridad de verla horas después tranquilizó al joven. Podría reflexionar sobre todo aquello tan inaudito que había escuchado; dispondría de tiempo para aportar nuevas dudas á su conversación. ¡Quién sabe!... Confiaba vagamente en esta segunda entrevista y otras que vendrían después; pero en realidad ya no sabía lo que deseaba. Sentíase atraído, lo mismo que antes, por aquella mujer, mas sin llegar á definir con certeza la calidad de sus sentimientos. Indudablemente era amor; pero ¿qué amor?...
--Separémonos aquí--dijo Concha--. Deseo que no me acompañe hasta el hotel...
--¿Quiere que vaya yo en su automóvil esta tarde á Monte-Carlo?
--Será mejor que me espere usted allá.
Él dudaba, como si presintiese un peligro, y repitió sus preguntas. Ella fué contestando con voz sombría, lo mismo que un eco.
--¿Me permitirá usted que tomemos el té juntos?...
--Tomaremos el té juntos.
--¿Nos veremos á las cinco?...
--Nos veremos á las cinco.
Dió su diestra al joven, y éste la llevó á sus labios. Al sentir sobre su epidermis el contacto de aquella boca, retiró la mano con presteza, como si hubiese recibido una impresión candente.
Se alejó Florestán, después de saludar por última vez á las dos damas.
--Hasta la tarde.
Concha fué siguiéndolo con sus ojos mientras se alejaba por la ancha avenida junto al mar, cada vez más pequeño, ¡más pequeño!... «¡Adiós!... ¡adiós!»
--Esta misma tarde nos vamos á París--dijo de pronto á Rina con un tono que no admitía réplica--; y antes de diez días habremos embarcado para Nueva York.
Pensaba en el bueno de Arbuckle, en sus propiedades de California, en aquel mundo nuevo que ofrecía para ella el atractivo de una renovada juventud. El otro ya no volvería á buscarla con el mismo ardor tenaz que después de su primera huída. Se llevaba atravesado el corazón. Sobre su pecho temblaba la saeta de la Duda, cimbreando su remate de plumas negras.
La montaña infranqueable se había levantado entre los dos. Dudaría frecuentemente de la veracidad de estas revelaciones. Dudamos hasta de las cosas más ciertas cuando se oponen á nuestros deseos; pero la semilla había caído en el surco, y la mentira sólo necesita, las más de las veces, tiempo y alejamiento para convertirse á ciertas horas en verdad... Y si el destino colocaba de nuevo á este hombre ante sus pasos, el encuentro ya no resultaría peligroso. Como un escudo para defenderse de las locuras que embellecen y complican nuestra existencia, ella llevaría á su lado un compañero tranquilo, «de todo reposo», como el que había escoltado el principio de su vida independiente.
El tenor había vuelto á cantar su primera romanza, y ella contempló lo mismo que antes, con misteriosa visión subconsciente, océanos y puertos, auroras y puestas de sol.
_Vieni al mare_ _Vieni al maaare..._
Al mismo tiempo seguía con sus ojos á Florestán, ¡tan pequeño!... ¡tan lejano!... Iba á perderse entre los grupos que marchaban hacia la ciudad, entre aquellas gentes espoleadas por el apetito, atraídas por la imagen de la mesa puesta que estaba esperándoles.
--¡Y no le veré más!
Estas cinco palabras adquirieron para ella una importancia repentina, enorme. «¡Y no le veré más!...»
Sintió que sus duras y ágiles piernas de amazona se ablandaban, como si fueran á desprenderse en pedazos. Avanzó vacilante hasta un banco cercano y se dejó caer en su madera verde, con el desaliento del que teme no levantarse nunca por saber que están rotos los resortes de su voluntad.
¡Ay, la romanza dulzona de aquel cantor del mar! ¡Qué estilete en mitad de su pecho!...
Varios transeuntes retardados, al pasar junto al banco, miraban con extrañeza á esta señora elegante. Se llevaba un pañuelo á los ojos, tosía, para disimular de tal modo los estertores de angustia que agitaban su majestuoso cuello de Juno morena.
¡Pobre reina Calafia! Su voz sonó dolorosa, suplicante, lejanísima.
--Rina, ¡niña mía!... Ponte un poquito delante de mí. ¡Que no me vean!... Necesito llorar.
FIN
Villa Fontana Rosa Menton (Alpes Marítimos) Febrero-Mayo 1923
INDICE
_Págs_
I.--Lo que hizo una mañana el catedrático Mascaró al salir de la Universidad Central 7
II.--Aguas arriba en el pasado 30
III.--Donde se dice quién fué la reina Calafia y cómo gobernó su ínsula llamada California 60
IV.--En el que se prosigue la historia de California y se cuenta la vida de la Santa de las Castañuelas 80
V.--«¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande 114
VI.--Donde van presentándose los enamorados de la reina y se habla un poco de la famosa Ciudad-Camaleón 142
VII.--De las discusiones que tuvo Mascaró con su esposa y de un recado que le envió Florestán 179
VIII.--Lo que pasó en la «Quinta de los desafíos» y en el Palace Hotel 206
IX.--Cómo la reina Calafia alabó la invención del automóvil 227
X.--La mentira 262
End of Project Gutenberg's La reina Calafia, by Vicente Blasco Ibáñez