La reina Calafia (novela)

Part 16

Chapter 163,911 wordsPublic domain

Con la incertidumbre del navegante que al echar la sonda teme encontrar demasiado pronto el fondo, intentó profundizar en el tiempo que llevaba vivido. ¿Cuántos años tenía ella y cuántos aquel hombre que estaba arriba, herido, en una cama? Tal vez el tiempo interpuesto entre los dos no pasaba de diez años; tal vez doce...

Era la diferencia, más ó menos, que la separaba á ella de aquel ingeniero Balboa que había sido su primer amor en Monterrey. Se encontraba actualmente como á mitad de camino, entre el padre y el hijo. ¿Qué son diez ó doce años de diferencia para dos seres que poseen la fuerza y la salud de una vida bien cultivada?... Aquella joven había dicho simplemente la verdad, sin halago alguno. Entre las dos mujeres un hombre no podía vacilar.

Poseía la otra el encanto de una juventud aún primaveral. Pero ella también podía considerarle joven. Su hermosura no tenía la acidez blanca de la aurora; era esplendorosa como las horas meridianas, suave y dorada como las de la media tarde. Además la seguían como obedientes pajes para sostener la cola de su majestuosa belleza, el dinero, el lujo, los refrescamientos juvenciales de la higiene, todo lo que la vida moderna ha inventado para prolongar las gracias de la mujer.

«Sí; eso aún es hoy... ¿pero mañana?»

Persiguiendo á la voz burlona que repetía estas palabras en su interior, Concha Ceballos fué asomándose valerosamente sobre la cumbre de ese «mañana», y después de contemplar la lobreguez del barranco que se abría al otro lado, se indignó contra ella misma por sus enternecimientos de los días anteriores, por la ilusión que la había hecho cantar y reir horas antes. ¿Dónde tenía su cabeza ella, que era considerada por muchos como una mujer de pensamiento seguro y preciso, igual al de los hombres que realizan las grandes empresas?...

Una diferencia de diez años de edad no era para aterrarla en el presente. Además, la juventud de los hombres siente muchas veces una curiosa atracción hacia la hermosura femenil próxima á su ocaso. Pero al transcurrir diez años más, él continuaría siendo joven, mientras ella intentaría en vano mantenerse inmóvil ante la horrible puerta de la vejez, resistiéndose á pasar su umbral, volviendo el rostro al negro é invitador vacío que dejaban visible sus hojas abiertas y que acabaría por tirar de ella con la reptilina succión de una boca desdentada.

Los esfuerzos que habría de hacer para defenderse le inspiraban mayor miedo que su propia decadencia. ¡Qué tormento ver á todas horas la juventud desesperadamente inmutable de su esposo y contemplar en secreto la muerte lenta y continua de su hermosura! ¡No poder vivir tranquila y descuidada; tener que vigilarse en todo momento, saltar del lecho con la presteza del que necesita ganar su pan, para realizar en el tocador, durante horas y horas, un sinnúmero de operaciones químicas y pictóricas antes de ver al compañero de su existencia!... Y tantos esfuerzos y trabajos para un resultado incierto. Los aliños y afeites dejarían escapar al fin el triste secreto de su disfraz. Sorprendería muchas sonrisas irónicas en las gentes, que pueden respetar á una mujer cuando envejece sola, pero ven en su miseria física un motivo de burla si intenta prolongar la juventud para que no huya de ella el amor...

Se aterró al imaginarse esta existencia de mentiras y zozobras. Además pensó en la otra, en la que había estado sentada á su lado en aquel mismo banco, llorosa, suplicante, admirándola ingenuamente, pero sintiendo al mismo tiempo el orgullo de sus pocos años, el privilegio fugitivo de su virginidad.

Tenía razón. ¿Cómo ella, que había sido en la vida una afortunada, poseyendo finalmente todo lo que la hace grata y envidiable, podía arrebatar á esta pobrecita la única ilusión de su mediocre porvenir, la sola alegría de su existencia?... ¿Con qué derecho iba á partir la órbita de estos dos seres destinados á moverse en un espacio limitado?... Esta pareja empezaba su marcha, viendo su sendero todavía obscurecido por el misterio de las incertidumbres y las aventuras que guarda el porvenir. Ella estaba ya en el término de una carrera triunfal, y sólo le restaba gozar lo conquistado en la primera parte de su historia.

Había dejado perder su turno para aproximarse al amor. No lo buscó ó le volvió la espalda cuando era el momento de contestar á sus invitaciones... ¿Por qué intentaba ahora dar un salto atrás, deseosa de reparar su olvido, para ocupar el lugar de la otra, llegada al mundo mucho después de ella y que exigía su porción correspondiente en la mesa de la vida, su parte de ilusión y de amor reservada á toda juventud?...

Imaginó por un momento la posibilidad de que estando en Monterrey, cuando tenía los años de la hija de Mascaró, hubiese amado á un compañero de su niñez, tan pobre como ella, concretando su porvenir entero en la esperanza de casarse con este hombre, tener hijos de él, una casa modesta y cómoda... nada más para el resto de su existencia. Y de pronto llegaba una gran señora que lo poseía todo, á quien la suerte no había negado un solo medio de satisfacer sus deseos, y esta privilegiada sentía el capricho de arrebatarle precisamente su mediocre felicidad. ¡Qué infamia!...

Su carácter enérgico se sublevó agresivamente ante tal injusticia hipotética. ¡Y ella, que pretendía ser equitativa en todos sus actos, iba á hacer lo mismo!... No; había que suprimir esta posibilidad deshonrosa, con la rapidez y la dureza de los seres prontos á la acción.

La voz de Rina le hizo salir de sus meditaciones, y al levantar la cabeza creyó que una nube estaba pasando ante el sol. La luz vespertina, dorada y cálida cuando ella había entornado los ojos sumiéndose en su vida interior, era ahora grisácea y casi crepuscular. En el cielo, de un azul cristalino, iba desliéndose el oro de la tarde, cada vez más pálido. Una faja de púrpura á ras del horizonte delataba el rastro sangriento de la huída del sol.

Rina, después de gritar inútilmente á través del jardín, acabó por descubrirla medio caída en el banco.

--Florestán desea hablarte.

El primer movimiento de Concha fué ponerse de pie é ir hacia la quinta. Luego volvió á quedar inmóvil.

Entrar en aquel edificio, subir la escalera, verle otra vez... ¡ah, no! Adivinaba que iba á ser cobarde. Estaba segura de que al volver al dormitorio del convaleciente perdería la fuerza de aquella voluntad extraordinaria que le facilitaba la ejecución de las más duras resoluciones.

Obedecer á su llamamiento, hablarle otra vez, aunque fuese la última, equivalía á una mala acción. Era buscar una excusa para su debilidad, ir al encuentro de un pretexto que explicase luego su conducta, como hacen los débiles ó los malvados cuando pretenden justificar sus actos.

Habló á Rina con una voz monótona, imperiosa, seca, que ésta había oído en determinados momentos de su vida común. Conocía bien esta voz, y su experiencia le aconsejaba no hacer ninguna objeción á Concha Ceballos cuando se servía de ella para dar órdenes.

Pidió á su compañera que le trajese allí mismo un gabán, su sombrero, sus guantes.

--Tengo frío--murmuró; y su voz fué blanda y triste, pero un instante nada más.

Luego siguió mandando con el mismo tono autoritario. Rina tomaría arriba lo más preciso, lo puramente personal que ella no podía abandonar. Lo restante debía dejarlo á la mujer del hortelano. ¡Un recuerdo más!

--Nos marchamos inmediatamente al hotel. Tú vas á encargarte de hacer las maletas, recogiendo todo lo que tenemos allá. Luego vendrás á unirte conmigo en San Sebastián. No; mejor será en Biarritz: ¡fuera de España! ¡lo más lejos posible!... En el hotel te daré una carta para el señor Mascaró. Se la llevas esta misma noche. Que venga á encargarse de... esto con los suyos. A ellos les corresponde.

Rina, silenciosa, con un rostro que disimulaba mal su inquietud, se dirigió á la casa para cumplir estos mandatos. Adivinaba la cólera de su compañera. En tales momentos era cuando decía con varonil orgullo:

--¡Yo no sé cómo se llora!... ¡Yo no he llorado nunca!

La señora Douglas la hizo retroceder para darle una nueva orden. Debía ir inmediatamente á la antigua cuadra de la quinta, donde estaba su automóvil desde algunos días antes. El chófer americano entretenía sus horas de espera hablando con los jardineros y los vecinos en un español recién aprendido, ó leyendo algunos magazines ingleses, de páginas mugrientas por el continuo manoseo, que guardaba bajo un asiento del vehículo.

--¡Bendito automóvil!--siguió diciendo la dama--. Él nos da la verdadera libertad. Gracias á su invención podemos escapar á todas horas de los lugares que odiamos.

Le parecía en este instante el más extraordinario y benéfico de todos los descubrimientos que han hecho dulce y fácil la vida humana. Había librado á las gentes de la tiranía del espacio y de las monotonías del tiempo. El que puede disponer á todas horas de un automóvil acaba por ver y apreciar la vida de distinto modo que los que van siempre á pie. Esta facilidad de traslación da á los pensamientos más vulgares mayor amplitud y soltura. Hasta los entendimientos limitados ven abrirse nuevos horizontes...

Luego olvidó estas divagaciones para dar á Rina su última orden.

--Dile al chófer que antes de media noche vamos á salir de viaje... pero viaje largo. Que no se olvide de preparar el faro grande. Quiero que cuando mañana salga el sol me vea lejos, ¡muy lejos! de Madrid.

X

La mentira

Languidecía la tarde al salir ella del Casino. Su automóvil marchó á gran velocidad por el tortuoso camino de la costa. La luz solar, antes de extinguirse, tomaba los colores del limón y la rosa, reflejándose sobre las cumbres amarillas ó bermejas de los Alpes.

La señora Douglas deseaba no llegar con retraso á su hotel de Niza. Distraída por el juego en los salones privados del Casino de Monte-Carlo, había olvidado que aquella noche era de gran comida en el Hotel Negresco, donde ella estaba instalada, con exhibición á los postres de bailarinas célebres. Como había dejado á Rina en Niza ocupada en cumplir ciertos encargos suyos, iba sola en su carruaje. Entornando los ojos para no ver al conductor, se hacía la ilusión de que aquél marchaba solo, como un animal inteligente y amaestrado que obedecía su voluntad sin que ella necesitase valerse de palabras.

Todos los días veía á la ida y á la vuelta este paisaje maravilloso de la Costa Azul, acostumbrándose á él como si fuese un espectáculo ordinario; pero ahora creía encontrar en su contemplación una inexplicable novedad, un atractivo misterioso. Era sin duda el hálito de la primavera anunciando desde lejos su llegada; los juveniles efluvios de esa pubertad del año que parece cambiar el aspecto de las cosas y el carácter de las personas.

Iba á empezar el mes de Marzo y habían terminado las fiestas del famoso Carnaval de Niza. La mayor parte de Europa vivía aún en el invierno, mientras aquí jardines, montañas, cielo y mar habían repelido la tristeza de los días fríos, saludando con su envoltura luminosa y sus perfumes la presencia de una juventud más.

El Mediterráneo de color turquesa, aclarado por la luz del ocaso, tenía la diafanidad engañadora de un mar irreal. En sus orillas se reproducían invertidos los pueblos de color de rosa, las «villas» de blancas columnatas, los grupos de árboles, lo mismo que en las riberas de un lago. Las montañas, al repetirse con la cumbre abajo en este mar de reflejos, lo festoneaban de triángulos de sombra azul. Las barcas parecían flotar en plena atmósfera, y cada una de ellas llevaba otra debajo, con la vela triangular apuntando al abismo, pegados sus dos cascos, fondo con fondo, como gemelos nacidos de la luminosidad fantasmagórica de la tarde.

«Muy hermoso, demasiado hermoso», pensaba ella.

Y como deseamos con preferencia lo que está lejos de nosotros, evocó el recuerdo de las olas bravas del Atlántico y las ondulaciones tempestuosas del Pacífico. Un capricho imaginativo le hizo ver de pronto una pianola y una orquesta ruidosa, pretendiendo acoplar la diversidad de los mares á estos dos términos de comparación. Luego se arrepintió de su injusticia con el dulce Mediterráneo. La hermosura ordenada y tranquila es un gran don de nuestra existencia, pero sólo la sabemos apreciar al encontrarla de nuevo, después de largo eclipse.

Empezaba á anochecer cuando el automóvil de la señora Douglas entró en Niza por el lado del puerto, siguiendo la sección más desierta del paseo de los Ingleses. Vió á continuación extenderse frente al mar una larga fila de hoteles lujosos y alzarse en último término la cúpula roja del Negresco. Los grupos de transeuntes eran cada vez más compactos, mejorando su aspecto y su vestimenta según avanzaba el automóvil. La viuda miró distraídamente á los paseantes que se cruzaban con su vehículo de vuelta hacia el interior de la ciudad, como si huyesen del crepúsculo. Éste empezaba á extender sobre la bahía de los Ángeles sus gasas color violeta, en cuyos pliegues brillaban perdidas las primeras estrellas.

De pronto se agitó en su asiento, movida por la sorpresa. Había creído reconocer á alguien cuya presencia no podía esperar en aquel sitio. Pero no obstante la rapidez con que se incorporó, como su automóvil marchaba aprisa, no pudo ver lo que deseaba. Además, aquel transeunte que había originado su movimiento iba con los ojos puestos en otra dirección y no se fijó en ella, continuando su camino entre los grupos, que le ocultaron inmediatamente.

--¡Quién no diría que es él!... ¡Qué parecido!...

Después de repetir esto mentalmente, Concha Ceballos hizo un gesto de duda y se retrepó en su asiento, con la vista puesta en su hotel, al extremo del paseo.

Varias veces había experimentado la misma sorpresa en diferentes ciudades. Jugarretas de la imaginación; caprichos del recuerdo, que parece vengarse con estos mirajes engañosos cuando le mantienen alejado y menospreciado. Además, todos los hombres tienen en su primera juventud un aspecto exterior que parece común, cierta uniformidad, semejante á la de los que visten un mismo traje profesional, militares ó sacerdotes; y aunque se diferencien por su estatura y su fisonomía, evocan la imagen unos de otros.

Dicho encuentro sirvió para que recordase, con una visión casi instantánea, los últimos meses de su vida, después que se hubo marchado de Madrid.

Pronto haría un año, y al examinar este balance parcial de su existencia no encontraba nada extraordinario. Su vida podía resumirla en tres funciones: movimiento incesante, afán de distraerse, voluntad de olvidar. Había viajado por ciertos países de Europa escapados á su curiosidad en anteriores expediciones. Además, había venido dos veces á la Costa Azul, atraída por el placer del juego. Necesitaba aturdirse, olvidar; y de todos los vicios que divierten á los humanos, el más «virtuoso», según ella, el que mejor conviene á una dama que vive sola y desea mantener su prestigio social, era el juego.

Jugaba por distraerse, por emplear en algo su carácter luchador, propenso á la acción. Y como no buscaba la ganancia y disponía de ilimitados capitales, el azar, que vuelve su espalda á los necesitados, la favorecía con irritante injusticia. Ganaba dinero, por lo mismo que no le era necesario. Otras veces lo perdía; pero compensándose ganancias y pérdidas, el resultado era que la millonaria Douglas, después de semanas y semanas de un juego audaz, no había sufrido ninguna merma considerable en su fortuna.

Iba vestida con gran elegancia, como siempre, pero sus preocupaciones y apasionamientos de jugadora habían modificado algo su aspecto. Tenía en el rostro una expresión dura y distraída, reflejo de las combinaciones estratégicas que ideaba á todas horas para batirse con la Suerte. Además, llevaba á Monte-Carlo, fuese cual fuese su vestido, un bolso de mano grande, casi igual al que usaba en sus viajes, guardando en su interior varios fajos de billetes de mil francos, que unas veces regresaban á Niza multiplicados y otras tardes se quedaban allá, para volver á reunirse con ella pocos días después. El precioso bolso no la obligaba á grandes precauciones ni le hacía sufrir inquietudes. Esta tarde regresaba algo repleto, y sin embargo lo había abandonado sobre el asiento del automóvil, como si lo olvidase.

Para su vida sentimental, el suceso más importante en los últimos meses había sido el regalo de cierto perrillo japonés que le había hecho en París una amiga de Nueva York, después de terminar su viaje alrededor del mundo. Este animal exótico era ahora el compañero predilecto de su existencia. Rina compartía tal amor, mas no sin sentir celos al ver cómo el recién llegado disminuía su personalidad cerca de la viuda. Ésta pensaba ahora en su perrillo con la vista fija en la cúpula del Hotel Negresco, cada vez más próxima, y creía escuchar ya los ladridos con que acogería la presencia de su dueña. ¡Lástima tener que separarse de él todas las tardes cuando iba al Casino de Monte-Carlo!...

También había encontrado á Arbuckle tres veces, «por casualidad», después que se alejó de ella en Madrid para ir á Sevilla. Como siempre, le iba saliendo al paso en los hoteles, y cuando la viuda empezaba á fatigarse de su presencia, tenía el acierto de inventar un nuevo viaje, no volviendo hasta meses después. Ahora debía estar en Egipto. Los diarios hablaban mucho de la tumba de un Faraón recién descubierta, y él se había creído obligado á presenciar dichas excavaciones, como buen americano que debe verlo todo y saberlo todo. Pero la viuda presentía de un momento á otro la reaparición de su discreto solicitante.

Además había sufrido la desagradable impresión de encontrar en París á Casa Botero. Este hombre la miró en el primer momento con una expresión de odio impetuoso, capaz de rebasar los límites de las conveniencias sociales. Luego, refrenando los impulsos de su rencor, inició una sonrisa y un saludo, pretendiendo hablar con ella. Pero la viuda había seguido adelante con hostil altivez. Una mujer que se decide á dar puñetazos no va luego á ofrecer su mano, lo mismo que un boxeador cuando termina su combate.

Este individuo debía hablar mal de ella en todas partes. Pensó después que tal vez callaba, avergonzado por el recuerdo de aquella escena en un hotel de Madrid. De un modo ó de otro, le era indiferente el tal Casa Botero. Y fingió no reconocerle, tantas veces como volvió á encontrarlo en teatros y fiestas sociales. Hasta lo había visto de lejos, días antes, junto á una mesa de juego en el Casino de Monte-Carlo. Iba acompañando á una señora de elegancia vistosa y edad madura, con el rostro mineralizado en fuerza de coloretes y afeites. Alguna millonaria á la que pretendía conferir el enigmático título de marquesa de Casa Botero. La viuda pasó junto á él sin mirarle, pero satisfecha del encuentro. Un motivo más de tranquilidad para su porvenir, que deseaba dulcemente monótono, sin los altibajos y los conflictos que tanto gustan á las naturalezas exaltadas.

¿Y el otro?... Ella no quería pensar en el otro, porque era el que le interesaba más. Podía jurarse á sí misma que en todos los meses transcurridos desde su fuga de Madrid no había pensado en él más allá de una docena de veces. Una mujer de voluntad debe mandar imperativamente á sus sentimientos y pasiones.

No se había acordado de él, pero tenía al mismo tiempo la certidumbre de que á todas horas estaba presente en su memoria. Le sabía instalado en una revuelta de sus recuerdos. Era como esos personajes de teatro que el público no alcanza á distinguir entre los bastidores, pero adivina que están allí por haber visto cómo se ocultaban, y presiente que repentinamente pueden volver á presentarse.

De tarde en tarde, el recuerdo, insubordinándose contra la tiranía de su voluntad, se daba el malsano placer de agitarla con estremecimientos de sorpresa, haciéndola ver á Florestán en el Bosque de Bolonia ó en los Campos Elíseos; otras veces en el Pincio de Roma, en la plaza de San Marcos en Venecia ó patinando sobre las nieves de Saint-Moritz. Al concentrar luego su atención, profundamente emocionada por estos encuentros, se iba dando cuenta de que el desconocido sólo tenía de semejanza con el otro sus pocos años y el atletismo de una juventud amante de los deportes físicos.

Al tranquilizarse, formulaba siempre la misma protesta interior:

«Y aunque fuese Florestán, ¿qué podría ocurrirme?... La locura de Madrid ya terminó. No hay que pensar en ella.»

Mas al mismo tiempo que sentía el goce de su tranquilidad, mostraba cierta decepción, como si le hubiese gustado no equivocarse en algunas ocasiones, como si le resultase inexplicable esta ausencia definitiva.

«¿Qué habrá sido del pobre muchacho?», se preguntaba algunas veces.

Después de su huída de Madrid sólo había tenido una noticia aislada é indirecta de aquellos amigos de unas cuantas semanas, dejados á sus espaldas para siempre; una noticia fúnebre, venida hasta ella por el camino más largo.

Rina había recibido en París una carta de aquel señor que vivía en Méjico y era su consocio en la explotación de la famosa mina. Éste le hacía saber que don Ricardo Balboa había muerto en Madrid repentinamente á consecuencia de una aneurisma, y para dar más autenticidad á la noticia enviaba la esquela fúnebre suscrita por la familia. Sintió Concha Ceballos la misma conmoción que si recibiese un golpazo en el pecho al encontrar el nombre de Florestán Balboa al pie de este aviso mortuorio.

«¿Puede importarme acaso lo que haga ese joven?--pensó para infundirse tranquilidad--. Siento la muerte de su padre, pero esta muerte servirá para separarnos más aún. De seguro que va á casarse en seguida con la señorita Mascaró... Tal vez se ha casado ya á estas horas.»

Aquella energía tranquila que acompañaba sus decisiones al ocuparse del manejo de su fortuna acabó por restablecer la fría paz en sus recuerdos. Una mujer que desea verse respetada debe imponer á su memoria una disciplina igual á la de sus actos exteriores. Pero ¡ay! de tarde en tarde su imaginación se permitía sorpresas engañosas, como la que acababa de sufrir en el paseo de los Ingleses.

«Una simple semejanza y nada más. Lo pasado ya está pasado y no hay que resucitarlo, ni siquiera en la imaginación.»

Como ella esperaba, le salió al encuentro en sus lujosas habitaciones del Negresco aquel perrillo exótico, de pelos hirsutos color de miel y hocico chato, negro y barnizado, como el de un ídolo. Era un manguito viviente que servía de forro á una máquina incansable de ladridos.

Besó la señora este hocico grotesco, prorrumpiendo en elogios á la hermosura del gozque. Él era el mejor amigo de su vida.

La doncella francesa que la había seguido desde Nueva York esperaba sus órdenes para escoger entre varios vestidos de fiesta colocados sobre un diván. Según manifestó, Rina estaba abajo, en la oficina del director, sacando de la caja de valores el cofrecillo de joyas de la señora Douglas. Este cofrecillo guardaba una fortuna, y era prudente, al vivir en hoteles, que pasase la noche en la oficina de la dirección mejor que en el dormitorio de ella.

Concha Ceballos llevaba habitualmente un collar de perlas famoso, pero había querido sustituirlo, para la comida de gala de aquella noche, con otro de brillantes que únicamente salía de su encierro en días extraordinarios.

Entró Rina llevando con aire de cautela y expresión respetuosa el cofrecillo bajo un brazo. Pero á pesar de la veneración con que manejaba este pequeño tesoro, pareció olvidarlo al ver á la viuda, y lo dejó sobre una mesa para hablar más desahogadamente.

--¡Si supieras á quién he encontrado hace una hora!... ¡Qué sorpresa! No podrás acertarlo nunca.

Y sonrió como si se gozase de antemano en las angustias de la curiosidad de la otra. Pero Concha permaneció impasible, habiendo adivinado desde las primeras sílabas de su compañera cuál era la persona á que se refería.

--Sé quién es--dijo fríamente--. Lo he visto desde el automóvil... Florestán Balboa.