La reina Calafia (novela)

Part 15

Chapter 153,920 wordsPublic domain

La soberana de California se había mostrado dispuesta á olvidar su patria y renegar sus creencias por no perder al hombre amado. Ella estaba allí olvidada de su historia, de todas las preocupaciones y respetos sociales, ocultándose como si cometiera una mala acción, para cuidar á un herido... ¿Qué no haría ella por Florestán?

Cantaba la primavera en su alma; una primavera más hermosa que la que hacía florecer la tierra ante sus pasos. Su amor iba á ser doble, un amor más grande que el de las otras mujeres. La diferencia de edad, en vez de inspirarle inquietud, la animaba y enorgullecía con repentino optimismo. Podría ser para él, á un mismo tiempo, una amante y casi una madre. Su amor se compondría á la vez de cariño y de protección. Pero inmediatamente su coquetería de mujer la impulsaba á modificar este privilegio un poco melancólico que le confería el paso del tiempo.

Ella era joven porque nunca había conocido el amor y llegaba á la primera pasión de su vida con la simplicidad del catecúmeno que pisa temblando el umbral del templo, repleto de misterio. Su alma era de virgen. Otras, orgullosas de su carne intacta, tenían el espíritu manoseado y aviejado por el trato astuto con el amor. Ella amaba por primera vez. Su esposo había sido un amigo, de más años y mayor conocimiento de la vida; un compañero de marcha que la guió y la protegió. Guardaba de él un buen recuerdo; en su trato mutuo hubo siempre estima y ternura, pero no amor.

Si alguna vez el amor cruzó su existencia--y este recuerdo la hacía sonreír--, había sido en los albores de su pubertad, cuando el ingeniero Balboa estuvo en California. El padre había pasado por la mañana de su vida como un precursor silencioso. Aquel interés fugaz despertado en la muchachita de Monterrey era la anunciación inconsciente de otro más grande y duradero que había de inspirar una copia física de su propia persona.

A Concha Ceballos no se le ocurrió poner en duda una sola vez que su amor era aceptado por aquel hombre que estaba herido en su lecho, cerca de un balcón que ella miraba instintivamente mientras continuaba sus paseos.

Había adivinado este amor en los ojos de Florestán mucho antes de que ella estuviese convencida de la existencia del suyo: cuando la acompañaba el joven en las calles de Madrid ó iba á su lado en el automóvil por las carreteras polvorientas, para visitar catedrales vetustas y monasterios abandonados.

Inquieta por la importancia que iba adquiriendo en su vida y la necesidad creciente de encontrarse con él, había intentado disminuir las ocasiones de verlo. Luego se arrepintió de su resolución al darse cuenta de la tristeza desorientada de Florestán, de su desaliento de niño abandonado. No existía entre los dos una sola palabra de amor; pero el joven, al ver que ella evitaba su presencia, había mostrado la misma desesperación que si fuese víctima de una infidelidad. Además, su odio á Casa Botero y aquel desafío inesperado valían por una declaración amorosa.

Segura de la conformidad de Florestán, edificaba su vida futura con las facilidades del que se mueve en un mundo imaginario y siente enérgicamente sus deseos, menospreciando de antemano todo lo que puede oponerse á su realización. Ella era libre y Florestán también. Recordaba ahora cómo al darse cuenta por primera vez del afecto que le inspiraba este hombre, se lo había hecho saber en la obscuridad nocturna de un paseo, yendo de un hotel á otro. La alegría del champaña le había impedido disimular, soltando su palabra de las ligaduras de la prudencia.

«¿Qué hace usted aquí? El mundo es grande.»

Se marcharían los dos por ese mundo inmenso, convirtiendo la tierra entera en jardín de su felicidad. Dejarían á Rina en cualquier parte, como un equipaje molesto, para seguir con mayor desembarazo sus peregrinaciones caprichosas. Florestán trabajaría ó no trabajaría, según fuese su deseo. Si le atormentaba la necesidad de acción que sienten los hombres fuertes, irían á California, para que la emplease en los negocios de su mujer. Ella era rica para los dos... Y al ir armando de este modo el edificio de su vida futura, el egoísmo del amor sólo le dejaba ver en todo el universo á una pareja de seres: ella y Florestán. Los demás eran fantasmas.

De pronto se acordó de cierto padre que estaba enfermo... ¡Pobre Balboa! Ella cuidaría de su porvenir; y organizó mentalmente su existencia con la misma prontitud que había resuelto el destino de Rina. Vió luego, más lejos, muchísimo más lejos, á don Antonio Mascaró y á las mujeres de su familia. Pero esta visión remota é incierta se esfumó inmediatamente bajo un manotazo egoísta de su voluntad. Ella tenía derecho á ser feliz, como cualquiera otra mujer. ¿Iba á sacrificarse siempre por los otros?...

Toda su atención era para el personaje único á través del cual veía lo existente. Había crecido tanto, ¡tanto! dentro de ella, que ocupaba todo su horizonte mental. Las ciudades más enormes, las montañas más altas, los océanos, le parecían sin realidad comparados con Florestán. Como lo tenía junto á sus ojos, lo llenaba todo, eclipsando al universo entero, humillado é invisible á sus espaldas.

La consideración de esta grandeza le hizo sentir de pronto el deseo de ver á su dios, y con la precipitada inquietud del que teme una burla del destino, subió al dormitorio. ¡Quién sabe lo que puede ocurrirle á un enfermo mientras se vive lejos de él!...

Al llegar á la puerta de dicha habitación sonrió tranquilizada, viendo el aspecto alegre del joven. Él también había estado pensando durante su ausencia en el porvenir de los dos.

Cuando Florestán pudo, una mañana, abandonar el lecho y sentarse por algunas horas en un sillón, creyó la señora Douglas que iba á terminar su ocultamiento en aquella quinta, empezando inmediatamente el viaje de amor por el mundo entero. Al arreglar una almohada en el respaldo del asiento para mayor comodidad del joven, éste le tomó ambas manos.

No osaba manifestar sus deseos valiéndose de palabras, pero después del duelo y de su herida sentíase con mayores audacias para la acción. Esta torpeza verbal le hacía abominar de su timidez, y al mismo tiempo gustaba de prolongar dicho silencio contemplando su propia imagen en el espejo convexo y obscuro de las pupilas de ella, mientras oprimía dulcemente sus manos. Así permanecieron largo rato... Y al fin murmuró, como si formulase una oración repleta de súplicas:

--¡Si usted quisiera!... Lo mismo que cuando yo estaba enfermo... Aunque sea en la frente.

Ella le comprendió, y considerando impropias en tal momento preguntas y explicaciones, fué avanzando con lentitud su boca hasta posarla en la frente del joven. Luego, obedeciendo á un tirón instintivo de éste ó dejándose llevar por la inconsciencia del propio deseo, la boca fué bajando para unirse con la de Florestán, que subía ávida á su encuentro.

Tenía esta boca varonil un perfume químico de medicamentos recién absorbidos, pero Concha dejó inmóviles sus labios sobre ella, como si al aspirar con deleite el olor de drogas gozase la voluptuosidad del sacrificio... Su prudencia la sacó con violento tirón de esta embriaguez naciente.

--Ahora no... Piense en su estado. No seamos locos.

Guardaban los dos al separarse un sentimiento de mutua gratitud, y cuando otras personas entraron en la habitación, este agradecimiento siguió manifestándose con largas miradas y palabras insignificantes en apariencia, que expresaban para ambos el mejor recuerdo de su vida.

Después de pasadas las horas meridianas el enfermo volvió á acostarse por consejo del médico, que había venido á hacerle su visita diaria. No debía cometer imprudencias. En los días sucesivos podría estar levantado más tiempo. Antes de una semana bajaría al jardín, y tal vez transcurridos quince días abandonaría para siempre aquella casa.

Cuando se fué el médico y Florestán quedó confiado á la enfermera, pudo la señora Douglas sentarse á la mesa con Rina, en el comedor de la quinta.

Las dos ocupaban un extremo de esta mesa, en la que comían en otros tiempos más de veinte convidados. Nunca había visto Rina á su amiga de tan buen humor como en el momento presente. Reía todas las palabras de ella y de la jardinera, ocupada en servir la mesa. Admiraba con un fervor entre bondadoso y burlesco los cuadros representando frutas y otros comestibles que adornaban aquella habitación: lienzos ya resquebrajados, sobre los cuales un pintor de «bodegones» había ido fijando ingenuamente sus fantasías gastronómicas.

Hasta se sirvió la viuda un vaso de cierto vinillo claro de la Mancha que la hortelana ponía sobre la mesa por ornamento tradicional, pues en ninguno de los días anteriores había llegado á ser destapada la botella. Canturreaba entre plato y plato, mirando maliciosamente á Rina.

--Pronto nos iremos de aquí. Nuestra vida va á transformarse. Ya estoy cansada de que vaguemos de un lado á otro de la tierra como dos gitanas, teniendo que defendernos de los que nos toman por lo que no somos. Creo que me voy á casar... No parpadees; no pongas esa cara de hipócrita. Demasiado sabes con quién... Y tú te casarás lo mismo que yo. No sé cuál será el dichoso mortal á quien le toque esa suerte; pero te casarás, te lo prometo. Si es preciso te compraré un marido; y si no te parece bien el primero, te compraré un segundo...

La entrada de la jardinera trayendo un gran plato contuvo á la dama, que, enardecida por sus propias palabras, sentía un deseo pueril de lanzar expresiones atrevidas.

De pronto forcejeó en un dedo de su mano izquierda, mostrando luego entre las yemas de tres dedos de su derecha una sortija con un grueso diamante.

--Tome usted; para que se acuerde de mí y de este día.

Y alargó el brazo, dejando caer dicha joya en una mano de la pobre mujer, que acababa de colocar su plato sobre la mesa.

--¡Jesús me valga!... Pero ¿qué voy á hacer yo con eso, señorita?... Semos unos pobres, y las cosas tan ricas no son pa nosotros.

Insistió la viuda, con la gozosa violencia del que desea hacer partícipe á todos de su dicha.

--Guárdela ó véndala... lo que más le convenga. Así se acordará siempre de mí y del señorito Florestán.

Acabó la jardinera por introducir la sortija hasta la mitad de uno de sus dedos--no podía entrar más allá--, y contemplando las luces multicolores que lanzaba el diamante al mover ella su mano, prorrumpió en una carcajada igual á la de los seres primitivos ante las cuentas de vidrio y otros objetos brillantes y de escaso valor ofrecidos por los exploradores al desembarcar. Luego, como espoleada por su emoción, salió corriendo, y sus risas se perdieron escalera abajo. Necesitaba enseñar á todos este regalo inaudito.

Pasó la viuda las primeras horas de la tarde en agradable reposo. Era aquella comida la primera que había hecho tranquilamente desde que estaba allí. Además, iba paladeando en su pensamiento la certeza de su dicha futura. Veía el porvenir como una felicidad rectilínea que avanzaba hasta perderse en el infinito, sin altibajos, sin tener que abrir túneles ni echar puentes á través de los obstáculos del destino.

Florestán dormía, algo fatigado por el esfuerzo hecho horas antes al levantarse por primera vez, y las dos amigas conversaban en una habitación inmediata. Rina, que casi todos los días se trasladaba á Madrid para hacer compras y buscar en el hotel lo que iban necesitando de su equipaje, habló de cuanto había visto en estas rápidas visitas.

Pareció interesarse la amazona por noticias que el día anterior hubiese acogido con indiferencia. Al sentirse feliz empezaba á mostrar curiosidad por el mundo que había dejado á sus espaldas. Pensó en Casa Botero sin animadversión. Hasta sonrió un poco recordando cómo había terminado su última entrevista. ¿Qué sería de él?... Lo había dejado tendido ante su puerta, y cuando Rina vino á buscarla, media hora después, ya no vió á nadie en el pasillo.

--¿En ninguno de tus viajes has encontrado á tu amigo el italiano?...

Contestó Rina negativamente. Tal vez se habría ido de Madrid, al no poder averiguar el paradero de Concha. En el Palace Hotel todos creían que la señora Douglas estaba viviendo por unos días en Toledo.

Sintió la californiana una fuerte tentación de relatar á su compañera lo ocurrido junto á la puerta de sus habitaciones. Le impulsaba á esta confidencia su orgullo de amorosa. Era oportuno que Rina se enterase de cómo había tratado ella al hombre que hirió á Florestán. Se explicaba su desaparición. Indudablemente, al volver en sí y levantarse del suelo, no le habían quedado ganas de buscar otra vez á Concha Ceballos, la viuda millonaria. Y pensando esto, miró instintivamente por la abertura de una de sus mangas el vendaje que oprimía la muñeca de su brazo derecho.

Cuando empezó á hablar, no pudiendo reprimir la sonrisa maligna que despertaba en ella el recuerdo de tal episodio, se presentó la hortelana para anunciar en voz baja y con misterio:

--Abajo hay una señorita que quiere decirle una palabra.

Acogió la viuda esta noticia con extrañeza. Debía ser un error. ¿Qué señorita conocía ella que pudiera venir á buscarla en la quinta de Alaminos? ¿Cómo sabían que vivía aquí?... Pero la mujer siguió dando explicaciones.

--La conoce á usté y ha dicho su nombre. Es una señorita muy jovencita que no parece extranjera. Pa mí que es de Madrid. Le he pedido que me diga cómo se llama, y contestó nones. Dice que usté la ha visto otras veces, y que necesita darla una razón... La pobre da lástima. ¡Si usté hubiese oído cómo me pidió que la dejase entrar!... Debe verse en alguna necesiá.

Había llegado con otra de sus mismos años, en un automóvil del alquiler que permanecía fuera del jardín.

--Su compañera está en el auto, y la única que ha entrao es la que quiere verla á usté.

Preocupada la señora Douglas por esta visita, fué á uno de los balcones, pero no vió á nadie en la vieja alameda que conducía de la verja de entrada hasta la casa. Debía estar en las cercanías del edificio y no alcanzaba á verla desde allí.

Se decidió á bajar al jardín. Por una precaución irreflexiva, creyó preferible esto á dejar subir á la visitante hasta las habitaciones del primer piso, donde estaba Florestán.

Rina se ofreció para hablar á la desconocida. Tal vez había venido por un error de dirección, y ella se encargaba de despedirla. Pero la viuda insistió en bajar. Aquella joven había dado su nombre claramente y era á ella á quien buscaba.

Avanzó por el jardín, mirando á un lado y á otro, sin ver á nadie. Luego sonaron unos pasos leves y rápidos detrás de ella, y al volver sus ojos vió cómo surgía entre dos grupos de bojes recortados en forma de muro una jovencita vestida con modestia, que á ella le pareció de excesivo rebuscamiento. Era la señorita que desea, á medias nada más, ser confundida con una doncella de servicio que ostenta sus ropas de domingo.

Inmediatamente la reconoció Concha, con una sorpresa que parecía ir más allá de los límites de su imaginación. Todo hubiera podido suponerlo menos esta visita. La hija de don Antonio Mascaró.

--¡Señora!... ¡señora!

Repetía balbuciente la misma palabra, como si no pudiese encontrar otra para seguir expresando sus pensamientos. Estaba intensamente pálida, le temblaban las manos, y de pronto se llevó éstas á sus ojos, rompiendo á llorar.

La señora Douglas, atolondrada por la aparición de la joven y su llanto inexplicable, le tomó las manos para atraerla á ella. Consuelito hizo un movimiento de repulsión, pero luego se dejó vencer por las manos acariciantes de la señora.

--No puedo hablar--dijo al fin con voz gimiente--. Al venir he pensado muchas cosas... ¡muchas! para decírselas á usted, y al verla no sé qué pasó por mí que lo he olvidado todo... ¡todo!

Mantuvo un momento sus ojos lacrimosos fijos en los de ella, con expresión implorante, y añadió:

--¡Hacerme tanto daño, cuando la he querido siempre!... Ahora mismo me ha bastado verla para reconocer otra vez que no puedo odiarla.

Al hablar iba recobrando su memoria. Acudían en tropel los pensamientos que la habían empujado y acompañado hasta poco antes.

--No diga á nadie que he venido, señora. Mi madre nunca hubiese hecho esto; pero yo soy otra cosa: pertenezco á otra generación; soy una «modernista», como ella dice, y he creído mejor hablar con usted francamente, en vez de aborrecerla y maldecirla desde lejos... Usted es buena, y tengo la esperanza de que me escuchará...

Pero otra vez pareció caer la noche en su pensamiento, y volvió á llorar, como arrepentida de la decisión que le había impelido hasta allí.

Concha Ceballos la llevó cariñosamente á un banco próximo, y en él tomaron asiento las dos. Estaba tan pálida como aquella visitante inesperada. Había en sus ojos una expresión de zozobra y de miedo. Incitaba á la joven á que hablase, y al mismo tiempo temía sus palabras.

Fué explicando Consuelito con alguna incoherencia y largas pausas cómo había nacido en ella el deseo de realizar esta visita. Desde el primer momento le parecieron inadmisibles las vagas noticias de su padre sobre aquel viaje hecho por Florestán en compañía de la señora Douglas. Luego, algunas amigas envidiosas, para gozarse en su dolor, le habían hecho conocer la verdad á medida que iban adquiriendo nuevos datos por los hombres de sus familias.

En Madrid circulaban las nuevas con la misma rapidez fácil que en un villorrio. Eran muchos los que sabían lo del duelo y la herida grave de Florestán. Además, el simpático Alaminos había contado en secreto á más de doscientas personas la instalación en su finca de aquella extranjera rica y elegante, para curar al herido. Una escena de novela, como sólo de tarde en tarde puede verse en la realidad.

Hacía varios días que la joven estaba enterada de todo esto. En vano, hablando aparte con su padre, apeló á diversas insinuaciones para que éste le dijese la verdad. Don Antonio mantuvo con firmeza lo del viaje, intentando desbaratar las sospechas de Consuelito. La madre, afortunadamente, estaba menos informada que la hija, limitándose á murmurar contra las señoras «modernistas» que se llevan de viaje á mozos solteros y con novia. Y la señorita Mascaró sólo podía dejar de fingir, dando expansión unas veces á su cólera y otras á su desaliento, en compañía de una amiga fiel que había sido su camarada de clase cuando ella estudiaba el bachillerato. Esta amiga, que seguía sus cursos en la Universidad y consideraba todas las cosas con una energía varonil, le había sugerido la idea de ir á la quinta de Alaminos para hablar á la señora Douglas.

--Esta tarde, como el que toma una resolución desesperada, nos hemos metido las dos en un automóvil... ¡y aquí estoy! Confieso que la he odiado mucho. Le he dicho cosas muy duras de noche, cuando, estando en mi cama, hablaba con usted... Pero ahora que la veo ya no sé qué decir.

Quedaron las dos en silencio. Tampoco la viuda mostraba deseos de hablar. La hija de Mascaró hizo un gesto como si hubiese encontrado al fin la palabra deseada, y dijo humildemente:

--Señora, ¡déjemelo!

A partir de este momento, fué ella la que tuvo mayor serenidad, animándose con el sonido de su palabra, cada vez más fácil, expresando sus deseos con una facundia creciente, igual á la de su padre.

Comprendía y hasta disculpaba el afecto que aquella señora podía sentir por Florestán. Como ella le amaba, le parecía por lo mismo ordinario que todas las mujeres, absolutamente todas, mostrasen interés por él. Pero Florestán no era un hombre para la señora Douglas.

Sus palabras revelaron sinceramente la admiración que había inspirado á la joven esta gran señora, procedente de un mundo de privilegiados que tal vez ella no conocería nunca. Todo lo que Consuelito podía imaginar de esplendores y refinamientos de vida lo concretaba en su persona. Era la única millonaria de existencia cosmopolita, la única mujer de novela--como decía su padre--que ella había visto de cerca.

Otros hombres debían interesar á esta dama poderosa. El pobre Florestán sólo tenía su juventud, y era ella, la camarada de su infancia, la admiradora desde la época en que jugaban juntos en los paseos, la que mejor podía acompañarlo en la existencia modesta y dulce para la que habían nacido los dos.

--Yo no podré querer á ningún otro, estoy segura de ello. Mi vida es tan pequeña, tan poca cosa, que únicamente tiene cabida para un solo hombre, y si me quita usted á Florestán, esta humilde vida mía habrá terminado... antes de empezar. Usted corre el mundo, señora; usted es rica; los hombres la admiran, ¡y encontrará seguramente tantos otros!... ¡Para qué tomarle á una pobrecita como yo lo poco que posee!...

Luego, bajando la voz y los ojos, como si se avergonzase de sus palabras, volvió á hablar con voz balbuceante. Titubeaba lo mismo que el que teme dar pasos en falso y hace cálculos antes de avanzar un pie.

--Sé bien la diferencia que existe entre nosotras. Usted es hermosa y elegante; yo soy una cosita de nada, á su lado. Un hombre no vacilaría entre las dos, estoy segura de ello. También tengo la certeza de que nunca llegaré á ser como usted... ¡Pero Florestán es tan joven!... Además, el tiempo pasa aprisa, y nunca seremos mañana como somos hoy.

Fué la señora Douglas la que se apresuró á hablar ahora, cortando el nuevo curso de las palabras de su visitante. Acarició con cierta melancolía sus manos, luego su rostro, y por unos momentos puso la cabecita de la joven sobre uno de sus hombros.

--¡Pobrecita mía!... ¡pobrecita mía!

Conmovida por esta caricia, derramó Consuelo nuevas lágrimas.

--¡Pobrecita mía!--murmuró otra vez la viuda--. ¡No llore usted!

De pronto apartó de ella á la joven, mirándola con ojos menos afectuosos. No había hostilidad para la otra en esta mirada. Sus pupilas reflejaron únicamente la tristeza del que acaba de tropezar inesperadamente con un obstáculo, obra de las potencias ciegas y fatales que cambian bruscamente el curso de nuestra existencia.

--Váyase, niña--dijo con voz severa--. Ya me ha dicho usted todo lo que necesitaba decirme... Ya sé todo lo que debo saber.

Obedeció Consuelito, poniéndose de pie. Luego quedó indecisa, mirándola con ojos interrogantes.

--Váyase--repitió la señora--. Piense que el otro está arriba. Puede asomarse y verla.

Esta posibilidad, en la que no podía creer la viuda, sirvió para que la joven sintiese otra vez el miedo á que se enterasen los demás de su visita. Pero todavía antes de marcharse repitió su mirada interrogante.

--Váyase. Pronto tendrá noticias mías. No sé... tal vez mañana. Pero ¡ay! déjame sola.

Y sin ocuparse de lo que pudiera hacer la hija de don Antonio, sin mirar si permanecía en el jardín ó se marchaba, Concha Ceballos quedó en el banco, con la cabeza baja apoyada en ambas manos.

Las horas, tornadizas y elásticas en sus dimensiones según el estado de nuestro ánimo, pasaron para ella con una rapidez cinemática, como si se atropellasen las unas á las otras en vertiginosa sucesión. De todo lo que había hablado aquella joven sólo quedaba esto en su memoria:

«Usted es hermosa y elegante. Entre las dos un hombre no puede vacilar. Pero el tiempo pasa y... ¡él es tan joven!»

La juventud la irritaba ahora, como esos privilegios injustos que dan mayor brillantez á la existencia de unos para que resulte, por la rudeza del contraste, más obscura y desesperada la situación de los demás. ¿Por qué no era el tiempo idéntico para todos, haciendo crecer á la vez las diversas vidas y segándolas igualmente, como las mieses que surgen y mueren en masa sobre los surcos?... ¿Por qué habían de vivir los humanos la existencia desordenada y desigual de las selvas, donde unos árboles elevan su fanfarrona verdura juvenil junto á los troncos roídos, próximos á desplomarse, de los gigantes leñosos que conocieron siglos enteros de primaveras?...