Part 14
--Dígale que la señora Douglas, que, como él sabe muy bien, es una caprichosa, medio loca, ha sentido de pronto el deseo de ir á una ciudad muy lejana... ¡muy lejana! y obligó á Florestán á que la acompañase, sin darle tiempo para escribir una carta... Como usted estaba presente, fué Florestán quien le encargó que avisase á su padre. Este viaje durará unas semanas, y bien podría ser que durase un mes ó dos. ¡Es tan fácil que la señora Douglas cambie de ideas, prolongando su excursión!... En fin, usted es un sabio, y dirá lo más conveniente para que el pobre no sospeche la verdad. ¿Estamos de acuerdo?...
Cerca de su hotel bajó la viuda del automóvil, mientras Mascaró seguía hacia el barrio donde estaba su casa y la de Balboa.
Aquella dama no se había acordado un solo momento de su hija y su esposa. ¡Como si Florestán no existiese para ellas!... Afortunadamente, don Antonio disponía de tiempo para pensar de qué modo la historia mentirosa dedicada al padre podría hacerla extensiva á su propia familia.
Cuando la señora Douglas entró en su salón, Rina se puso de pie, dejando sobre una mesa, junto á la lámpara eléctrica, el libro con cuya lectura había entretenido su espera impaciente.
--Debemos comer en seguida. Tal vez no te acuerdas de que esta noche vamos al teatro.
--Come tú; yo no tengo apetito; y así que termines, sube. Voy esta noche á otro lugar menos divertido; luego te lo diré. Debes prepararme una maleta con las cosas más necesarias. Voy á vivir unos días fuera. Tú vendrás á verme y volverás á Madrid para mis encargos ó á recoger mis cartas... Ni una palabra á nadie. Come y vuelve pronto.
Al quedar sola, entró en su dormitorio y pasó á otras piezas contiguas, abriendo armarios para reunir ropas interiores y objetos de tocador.
Mientras realizaba esta busca, su pensamiento, que estaba lejos, le hizo repetir maquinalmente, con voz sombría, las mismas palabras que habían concretado desde el primer instante su compasión y su cólera:
--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!
Era la hora más silenciosa del hotel. Se oía como un trueno lejano el rodar incesante de los vehículos en las calles próximas, á través de muros y ventanas cerradas. Los corredores anchurosos y de techo relativamente bajo, iguales á los de un trasatlántico, permanecían desiertos. Toda la vida del edificio estaba concentrada cerca del suelo, en los comedores y el _bar_. Los domésticos de los pisos altos, aprovechando la ausencia de los huéspedes que habían salido para comer, pasaban igualmente á otras dependencias del hotel.
La señora Douglas abandonó su rebusca al oir cómo llamaban con los nudillos en la puerta común de sus habitaciones que comunicaba con el corredor. Era un llamamiento insistente, tenaz, y al mismo tiempo con cierta discreción, como si el que llamase temiera ser oído de las habitaciones inmediatas.
Creyendo que Rina le enviaba un recado con algún doméstico, fué hasta la puerta y tiró del pestillo interior.
A pesar de que las emociones sufridas una hora antes la habían hecho insensible á toda sorpresa, lanzó una ligera exclamación reconociendo al hombre que ocupaba el rectángulo de la puerta. Era Casa Botero.
En vez de retroceder para que entrase ó de permanecer inmóvil cerrándole el paso, avanzó de tal modo, que el otro tuvo que hacerse atrás, quedando los dos en el pasillo. Fué un movimiento de repulsión instintiva, como si la entrada de aquel hombre en sus habitaciones representase un peligro de contagio.
Quedaron ambos bajo uno de los hemisferios de cristal mate que esparcían su luz velada desde el techo. Sonrió el marqués con expresión amable que á ella le parecía odiosa, explicando al mismo tiempo su audacia al venir hasta esta puerta sin su permiso.
Repetidas veces había preguntado aquella tarde por la señora Douglas al portero del hotel, recibiendo siempre la respuesta de que aún no estaba de vuelta. Luego, cerca del anochecer, le dijeron que acababa de salir con un señor. Ahora había visto abajo á Rina, y temiendo que la viuda estuviese enfadada con él, hasta el punto de rehuir su presencia, consideró oportuno subir para darle ciertas explicaciones.
La californiana le escuchaba inmóvil, cada vez más rígida, estirando los brazos á lo largo de su cuerpo, los hombros caídos, el cuello avanzado, la barbilla saliente y los ojos puestos en él con una fijeza agresiva. Su silencio y esta mirada turbaron un poco á Casa Botero, pero inmediatamente recobró su aplomo de buen mozo satisfecho de sí mismo:
--Adivino que ya sabe usted lo que pasó esta tarde. Como le dije en muchas ocasiones, el hombre que se atreva á ser mi rival está sentenciado á muerte. Yo la amo á usted como ninguno podrá amarla, y si alguien se cruza en mi camino tiene contados sus días.
Concha Ceballos, siempre silenciosa, avanzó unos pasos más; y el otro, instintivamente, fué retrocediendo por la mitad del pasillo, sin dejar de hablar:
--Yo no tengo la culpa. Ese niño inexperto ha querido medirse conmigo... ¡conmigo! y le he dado una lección abriéndole un ojal en el pecho que tal vez...
No pudo seguir. Aquella mujer, que al principio parecía haber crecido con el estiramiento de la sorpresa, se contrajo de pronto y dejó escapar uno de sus brazos, pegados hasta entonces á su cuerpo. La mano se separó del muslo, chocando con una violencia instantánea y ruidosa en la cara del marqués.
Vaciló éste bajo el ímpetu del golpe. Además, la sorpresa entró por mucho en su aturdimiento. Era una bofetada hombruna, un manotazo atlético... ¿Una mujer podía pegar así?
Su desorientación y el dolor físico le hicieron olvidar el sexo del adversario que acababa de surgir enfrente de él. Además tuvo miedo de que el golpe se repitiese. El instinto de conservación le hizo defenderse y levantó una mano.
La viuda Douglas cortó entonces su mutismo con una risa estridente, igual al frotamiento de dos pedernales. Veía cumplidos sus deseos: aquel hombre la trataba como un igual... Ahora su mano diestra se cerró, dura como una maza. La izquierda vino á situarse ante su rostro, con el codo en ángulo, como si colocase todo su cuerpo bajo la protección de un escudo invisible.
Avanzó, partiendo el aire por dos veces con su brazo derecho. El puño cayó como una clava sobre el rostro de aquel hombre, magullando su nariz, enrojeciendo instantáneamente su boca. Una de las sortijas de la luchadora había cortado con su piedra los labios del enemigo. La mandíbula de éste pareció crujir bajo un tercer golpe y todo él se vino abajo, intentando al derrumbarse tocar á su ágil adversaria con una agitación inútil de brazos y piernas.
Quedó de espaldas en el suelo, quiso levantarse y no pudo. La reina Calafia, con el cuerpo arqueado, los brazos en alto y los puños vigorosamente apretados, fijaba en él unos ojos de fría crueldad, dispuesta á repetir sus golpes tan pronto como le viese de pie otra vez... Pero acabó por desplomar su cabeza en la mullida tira de alfombra que cortaba el centro del pavimento, y lanzando una especie de ronquido, quedó inmóvil.
Entonces, la amazona, con el implacable orgullo de la venganza, sin darse cuenta tal vez de lo que hacía, fijó su pensamiento en otro hombre, levantó un pie y puso su tacón alto y agudo sobre la boca del caído.
IX
Cómo la reina Calafia alabó la invención del automóvil
Una semana había transcurrido solamente desde su instalación en la quinta de Alaminos, y ella se imaginó más de una vez, al rememorar el pasado, que llevaba varios meses viviendo en dicho lugar. En ciertos momentos hasta creía haber estado allí siempre, olvidando el suceso inicial que la impulsó á realizar tal cambio.
Otras veces recordaba la inquietud de las dos primeras noches pasadas en esta quinta, sus largas horas de angustia, durante las cuales miraba con avidez los cristales de los balcones, deseando que blanqueasen bajo la claridad lívida del alba, como si la luz de un nuevo día pudiese traer para ella la certeza de la salvación de Florestán. Manteníase insensible en estas noches al sueño y al cansancio, leyendo en un sillón, sin saber ciertamente lo que leía, interrumpiendo su lectura para pasar una mano por la frente del herido, contestando con palabras de maternal arrullo á las incoherencias que la fiebre hacía surgir de su boca.
Abría el joven sus ojos con momentánea lucidez en las altas horas nocturnas, mirando extrañado á la persona que se inclinaba sobre su lecho.
--Soy yo--decía en voz queda la señora Douglas--. ¡Soy yo!
Mas el enfermo volvía á juntar los párpados, avisado tal vez por un obscuro instinto de que aquella mujer era una figura de visión, una imagen de pesadilla, y lo mismo podría continuar viéndola con los ojos cerrados.
Durante las horas meridianas, que eran las mejores para el herido, Rina y una enfermera venida de un sanatorio de Madrid se encargaban de su cuidado, y ella, vencida por el cansancio, intentaba dormir. Pero de pronto sentía la zozobra del que ve cortado su reposo por la sospecha de que sus asuntos están abandonados, é inmediatamente se levantaba para sustituir á sus dos reemplazantes, creyendo encontrar, al volver de tales ausencias, descuido y torpeza en torno al lecho del enfermo.
En muchos años no había experimentado un contento de vivir igual al que sintió cuando dijo el médico que ya había pasado el peligro y no era probable aquella inflamación interna que tanto le inquietaba. La robustez y la juventud del paciente acelerarían su restablecimiento.
Vió á Florestán más pálido y decaído que antes, sin la engañosa animación de la fiebre, pero esta debilidad le permitía apreciar mejor lo que le rodeaba. Sus ojos indecisos y velados, ojos de persona que despierta, se fijaron otra vez en la mujer que se movía junto á su lecho. Primeramente contemplaron aquellas manos bien cuidadas y fuertes, de acariciante suavidad, que arreglaban y alisaban el embozo. Creyó reconocerlas el herido por el óvalo elegante y sonrosado de las uñas, en forma de almendra, por las sortijas, basamento brillante de sus dedos. Luego su mirada siguió el curso de los brazos y la redondez del pecho, para fijarse últimamente en las dos pupilas negras, con reflejos de oro, lacrimosas de emoción, que parecían salir al encuentro de sus ojos. Ahora no podía dudar de que era un personaje real. Y ella, adivinando su pensamiento, dijo con voz suave y lejana, como un murmullo acuático:
--Soy yo. ¡Sí, soy yo!
Después de dos noches pasadas junto al lecho de un herido en delirio, no queriendo fijarse mas que en el presente para atender mejor las obligaciones que se había impuesto, negándose á pensar en el porvenir por miedo á ver ante sus pupilas la lenta palpitación de las alas de plomo de la muerte, iban á empezar para ella los goces de una convalecencia ansiada.
No hay voluptuosidad física comparable á la del enfermo que vuelve á la vida y aprecia con cálculos enteramente nuevos el valor de la salud. Sólo pueden sentir esta misma alegría los que le defendieron con sus cuidados, los que lo disputaron á la muerte, y al acompañarle en sus primeros pasos á través de una segunda vida, saborean el orgullo del artista ante la obra propia gloriosamente realizada.
La señora Douglas se sintió vivir en aquel caserón viejo, donde faltaban muchas de las comodidades elementales de la existencia moderna, con mayor placer que en los «Palaces» más famosos de Europa, que la tenían por cliente todos los años.
Nadie podía venir á turbar su gozoso aislamiento con inesperadas intrusiones.
El médico, viendo pasado el peligro, había tenido que atender á sus deberes en la ciudad y sólo hacía una visita diaria á la quinta.
Mascaró no había vuelto. Se limitaba á buscar á este médico en Madrid para pedirle noticias del herido. No quería aprobar con su presencia la instalación de la señora Douglas en aquella casa, al lado de Florestán. El amigo de éste que había sido su padrino, sirviéndole además de emisario, se presentaba una vez al día para ofrecerse á cumplir en la ciudad todos los encargos que se le hiciesen.
Cuando el simpático Alaminos supo que en su quinta había un herido, consideró necesario visitarle. Era «un deber entre caballeros y hombres de armas», como él decía. Pero al encontrar instalada en su casa á aquella dama fué discreto, limitándose á saludarla desde lejos, y desapareció sin dar á entender quién era.
Luego los jardineros repitieron las palabras de su amo, haciendo saber á la señora Douglas que «podía disponer de la quinta entera como si fuese suya». El señor les había dado orden de obedecerla en todo. Después de este acto caballeresco, Alaminos, siempre simpático y amigo de sus amigos, fué contando en secreto á todos los que hablaban con él--exigiéndoles antes palabra de honor de que guardarían silencio--, cómo «aquella señora extranjera que guiaba su automóvil, aquella norteamericana buena moza, pero ya un poquito jamona, que lucía por las noches en las comidas del Ritz unos brillantes que quitaban la vista», se había instalado en su casa para cuidar á un herido.
Era esto como un honor para su quinta, y no podía callarlo. Resultaba más fuerte que su discreción. En su propiedad habían sido curados muchos heridos; por dos veces habían sacado cadáveres del jardín en un carruaje, como si estuvieran desmayados, para que muriesen luego por segunda vez en sus viviendas propias; pero nunca se había quedado un herido á vivir en ella, cual si fuese un hotel ó un sanatorio, ni una gran señora le había asistido día y noche.
Para el simpático Alaminos hubiese sido otro motivo de orgullo conocer el estado de ánimo de aquella extranjera. Encontraba diariamente nuevos encantos á este caserón, que era viejo sin ser antiguo, monótono, triste, sin más particularidad extraordinaria que las frías y exageradas dimensiones de sus piezas.
Le parecía á la señora Douglas muy interesante aquella en que la habían instalado: un salón que era á la vez dormitorio, con muebles de caoba del estilo predilecto de los burgueses de París en tiempos del rey Luis Felipe y cama de igual madera, á la que afortunadamente le habían quitado los cortinajes de reps, polvorientos y abundosos en polillas. Este salón, como todas las habitaciones largamente deshabitadas y de tardío aireamiento, tenía un perfume de humedad, de atmósfera cerrada, un olor «de años». Las butacas vacilaban sobre sus patas inseguras. Durante la noche crujían las maderas y resonaba, agrandado por el silencio, el trabajo roedor de las carcomas abriendo túneles en las fibras leñosas. Los espejos lanzaban gemidos por su cara interna, como si fueran á abrirse círculos en el agua vertical de su luna, resurgiendo de este lago rectangular, duro y muerto, todas las imágenes reflejadas durante un siglo.
En las paredes había retratos pálidos que databan del principio de la fotografía, y cuya tinta, negra en otro tiempo, tenía ahora un color rojizo de chocolate desleído. Eran damas de amplia falda á festones, ahuecada por el miriñaque, igual al casquete de un globo inflado, con una rosa en la diestra y una pequeña capota de bridas sujetas bajo la barbilla; caballeros de corto levitín, pantalón amplio en las perneras y muy ceñido al pie, de tela á grandes cuadros, el rostro con bigote y patillas, y al lado de ellos, sobre una columna, un sombrero de copa enorme. Debían ser los padres, los abuelos y otros parientes del dueño de la finca. Habían muerto sin duda muchos años antes, pero la señora Douglas consideraba muy atractiva la sociedad muda de tales fantasmas.
Todos estos caballeros debían haber amado á las señoras con miriñaque. Y ellas, aspirando eternamente el perfume de la rosa que guardaban en una mano, les sonreían como mujeres satisfechas de la vida; porque en la vida encuentran todos una pequeña cosa frágil, que se renueva incesantemente, y se llama amor. ¡Qué gentes tan simpáticas!...
Además, aquel jardín abandonado, que era á la vez huerta y terreno baldío, le parecía todas las mañanas más hermoso. Al bajar á él salían á su encuentro nuevos motivos de admiración. En invierno, esta tierra dura, áspera y blancuzca sería repelente bajo el pie. Ahora, la primavera, que da para todos, caldeaba sus anémicas entrañas, haciendo surgir flores comunes y vistosas de los bancales arañados por el jardinero, cubriendo además con una vegetación gratuita y espontánea el suelo abandonado.
Iba ella por los senderos, ó bajo los vetustos árboles de las alamedas, con la misma alegría de su juventud en Monterrey, cuando despertaba en el «rancho», varias veces hipotecado, último vestigio de la riqueza de los Ceballos. Con la habilidad de una mujer que ha nacido en el campo, combinaba las hierbas y las flores del jardín de Alaminos hasta formar un gran ramo, y subía con él á la habitación del convaleciente para ofrecérselo como un saludo matinal. Lo aspiraba el joven con delicia, mirando al mismo tiempo á su portadora. Abarcaban sus manos el haz florido, pero al hacer esto iban en busca de las manos que lo sostenían, prolongando el contacto en un largo silencio.
Ella, deseosa también de prolongar este contacto, tenía que hacer esfuerzos para no gemir de dolor. Disimulado por la manga de su brazo derecho, un fuerte vendaje oprimía su muñeca. Todo movimiento rápido, todo roce violento, la hacían recordar inmediatamente ciertos puñetazos que habían quebrantado su antebrazo y sus dedos. Pero sobreponiéndose á esta tortura pasajera, procuraba olvidarla, mostrándose alegre por el restablecimiento del herido. Sentía además la voluptuosidad del sacrificio al pensar que este dolor lo sufría por Florestán.
Al recobrar el joven la completa percepción de cuanto le rodeaba, había entretenido el tedio de sus largas permanencias en el lecho esforzándose por evocar y coordinar muchas imágenes entrevistas en su delirio, apartando los disparates de la pesadilla de lo que bien pudieran ser cosas reales, turbiamente contempladas á través de la fiebre.
No había sentido una sorpresa extraordinaria al darse cuenta de que la señora Douglas existía junto á su lecho bajo las formas tangibles de un ser real. Estaba seguro de haberla visto antes, en algunos claros de su delirio, cuidándole con maternales caricias. Una sensación resbaladiza de agua fresca y murmurante pasaba por su cuerpo ardoroso de afiebrado al sentir el contacto de sus manos suaves y escuchar lejana, muy lejana, la música de su voz. Había visto su rostro y sentido sus manos. Esto le parecía indiscutible; pero vacilaba al evocar otros recuerdos más indecisos de su delirio.
Creía haber sido besado en la frente repetidas veces durante este delirio: besos de unos labios arqueados hacia abajo por el desaliento y el dolor; besos de una boca llorosa que no se parecía en nada á la boca de las horas felices. Ésta, al reir, elevaba siempre sus comisuras como si fuesen alas rosadas, formando un arco de puntas salientes y temblonas... Mas como no tenía certeza de la realidad de tales caricias, sus ojos preguntaban á su cuidadora con muda interrogación el secreto de este recuerdo confuso, y ella, como si adivinase su pregunta, volvía el rostro, procurando no verlos.
En ciertos momentos sentía la señora Douglas un deseo de estar sola para paladear mejor aquella especie de embriaguez interna que la animaba, infundiéndola nuevas energías, haciéndola ver con distintas formas y colores los seres y las cosas. Y dejando confiado el convaleciente á Rina ó á la otra mujer, bajaba al mediocre jardín, que era ahora para ella como un lugar de seductores encantamientos. Su vegetación descuidada, sus islotes de álamos, en los que se refugiaban los pájaros huyendo de los yermos próximos, ofrecían un ambiente favorable á sus ideas y deseos.
Había descubierto un nuevo sabor á la existencia. Hasta pocas semanas antes la vida le parecía sin objeto, con una finalidad material, estrecha y monótona, que no valía la pena de ser tenida en gran consideración. Le avergonzaba hacer memoria de cómo había vivido hasta entonces. Viajar, comer, ponerse vestidos nuevos; sentir halagado su orgullo por la envidia ó la admiración de otras mujeres; asistir á fiestas que las más de las veces eran aburridas y no interesaban su curiosidad, como al principio de su instalación en Europa; gozar las voluptuosidades materiales de la riqueza, la certidumbre de poder cumplir sus deseos, la vanidad de la potencia, la tranquilidad de un porvenir á cubierto de las humillaciones de la pobreza, de las inquietudes del futuro, de los caprichos de la desgracia: esto era todo. ¿Y ella había podido vivir así, contenta?...
Ahora tenía algo que no le habían proporcionado nunca el lujo y la riqueza.
«Sé para lo que vivo--pensaba--. Conozco por primera vez qué es lo que quiero.»
Siempre le había parecido el amor algo vulgar y engañoso, útil solamente para entretener á los pobres y á los débiles, consolándolos de su posición inferior, haciéndoles llevadera su desgracia. También servía de pretexto á otros para disfrazar sus corrupciones con una falsa poesía. Mas los fuertes, los que forman la verdadera aristocracia humana, estaban enterados de todos estos engaños y los evitaban, menospreciando el llamado amor.
Ella deseaba ser fuerte, y sentía el orgullo de pertenecer á este grupo selecto de gentes superiores. Lo distinguido en la existencia era mostrarse inmune para el amor; calamidad igual á la guerra y á las grandes epidemias; desgracia que se ceba en el pobre rebaño humano; sentimiento útil únicamente para los seres faltos de personalidad, que no pueden seguir el camino de la vida solos, por sus propios pies, y necesitan apoyarse en otro ser ó en varios para llegar al término de su jornada; delicia de la que todos hablan y que se pierde á los pocos momentos de haberla conocido; dulzona emoción que pone melancólicas y hace llorar á las mujeres con alma de modista...
Pero ahora, viviendo en una quinta medio abandonada, junto á un suburbio de los más feos de Madrid, creía haber nacido á una vida nueva y superior, encontrando egoístas y perversos los pensamientos que la habían acompañado durante la mayor parte de su existencia, avergonzándose de ellos como si fuesen amigos desenmascarados á última hora como temibles criminales.
Juzgaba estúpido haber pretendido librarse del amor porque es una pasión general, y todos en la tierra, poderosos y humildes, buscan conocerla, aunque sea una sola vez en su historia. Las grandes pasiones que ennoblecen nuestra vida son simples, elementales y comunes, saltando por encima de clases y privilegios. Ciertamente, el amor resulta las más de las veces vulgar y risible visto desde lejos, porque vulgares y risibles son igualmente la mayor parte de los humanos; pero los seres escogidos que forman la aristocracia de la vida, al penetrar en el amor, lo ennoblecen y continúan siendo dentro de él una brillante excepción. Además, ¿por qué debía creerse ella diferente á los otros mortales?... De seguir manteniéndose en su antiguo y orgulloso aislamiento, habría acabado por convertir este aislamiento en un privilegio triste, igual al de los monstruos que se sienten orgullosos del terror y el vacío que siembran alrededor de ellos. La pobre Rina, en su pobreza mental, había visto más claramente la verdadera finalidad de la existencia, y por eso buscaba con empeño aquel amor que se escabullía ante sus pasos.
Recordaba la antigua novela enviada por Mascaró, que ella había leído pocos días antes. La reina Calafia, satisfecha de su fuerza y su castidad guerrera, aborrecía á los hombres, riñendo con ellos en los combates ó matándolos cuando penetraban en sus dominios. Pero un día, al conocer la reposada hermosura del héroe primaveral, del Caballero de la Gran Serpiente, pedía socorro á sus dioses, sintiendo cómo se deslizaban sobre su alma las piezas rotas de la armadura de su austeridad.