La reina Calafia (novela)

Part 13

Chapter 133,827 wordsPublic domain

--Según nos dijo, tuvo anoche un altercado á la salida del Ritz con ese marqués que es medio italiano ó medio rumano, no sé bien. Florestán, aunque parece un muchacho tranquilo, es de mano pronta cuando se enfurece, y abofeteó á dicho señor. Por eso nos pidió que no discutiésemos. Él era el ofensor y lo aceptaba todo. Además, como el tal marqués es hombre de armas, quiso demostrarle con esta aceptación completa que no le inspiraba ningún temor. Lo único que nos exigió fué el secreto. Debe haber alguna mujer de por medio, y hemos guardado todos una reserva absoluta.

Luego describió el encuentro:

--Florestán, que es de grandes fuerzas y no sabe lo que es miedo, atacó con impetuosidad, sin pensar en cubrirse, deseoso únicamente de herir. No sé si sabrá usted lo que es la espada. Yo la creo un arma de reservones: muy ventajosa para el que se preocupa especialmente de su defensa, fatal para los agresivos, á quienes ciega la cólera. Desde el primer momento adivinamos lo que iba á pasar. Su adversario, que es hombre de espada, se limitó á defenderse, con una sonrisita burlona que daba grima, echando un paso atrás repetidas veces, hasta que Florestán, cada vez más imprudente y acometivo, vino á clavarse él mismo en el arma del otro.

Adivinó el joven la ansiosa interrogación de los ojos del catedrático, que le miraban redondeándose por encima de sus quevedos.

--Su herida no es de las que quitan toda esperanza, pero los médicos la consideran de cuidado. No permitieron que nos lo llevásemos; temen una complicación. Esas heridas de espada, tan sutiles é insignificantes á la vista, resultan las más peligrosas. El encuentro fué á las dos de la tarde. Yo me marché de la quinta después de las cuatro. Los médicos creen que esta noche tendrá mucha fiebre. El pobre se ha quedado allá con gusto, porque le parece preferible esto á que lo hubiésemos llevado á su casa. Su única preocupación es que su padre no sepa nada. Lo primero que hizo después que lo curaron y acostaron fué llamarme: «Ve á ver á don Antonio Mascaró. Lo encontrarás á estas horas en la Universidad. Él puede arreglarlo todo.» Y como usted estaba en exámenes, me puse á esperarle aquí, en la puerta, dispuesto á no moverme hasta que le viese salir.

Adivinando otra vez en los ojos del catedrático una curiosidad tarda á formularse en palabras por causa de su emoción, el padrino añadió:

--La estocada es en el pecho.

Empezó Mascaró á andar, haciendo un movimiento con la cabeza para que le siguiese el otro.

--No; don Antonio, suba usted aquí.

Y señaló un automóvil de alquiler que estaba esperando junto á la acera desde una hora antes.

VIII

Lo que pasó en la «Quinta de los Desafíos» y en el Palace Hotel

Cuando entró el catedrático en el Palace Hotel latía en su pensamiento una protesta, ó más exactamente dicho, una lamentación indignada, que le hizo recordar otras muchas emitidas por la voz iracunda de doña Amparo:

«¡Qué perturbaciones nos ha traído esta señora!»

Y en seguida, del hemisferio opuesto de su pensamiento surgía una rectificación de justicia como respuesta á dicha queja:

«Pero ella no sabe nada á estas horas, ni tiene culpa directa de lo ocurrido. ¡Qué dirá cuando se entere!»

La misma dualidad contradictoria existía en Mascaró al apreciar los hechos recientes. El era hombre de paz y no gustaba de otros combates que los de la Historia, vistos en las páginas de los libros, y con acompañamiento de trompetería retórica. Pero al mismo tiempo, el Mascaró imaginativo, que tantas veces había creado en su interior fábulas de aventuras y amores, sentíase orgulloso de intervenir directamente en una novela desarrollada en la realidad, aunque resultase menos agradable y extraordinaria que las que inventaba él para su recreo personal. Esto último no le parecía extraño; las historias vividas ofrecen siempre el inconveniente de ser más vulgares que las imaginadas; pero de todos modos, lo ocurrido rebasaba los bordes de lo ordinario y bien merecía ser tenido por interesante.

Había encontrado á Florestán en la «Quinta de los Desafíos» tendido en una cama antigua y cuidado por dos hombres: uno de los médicos que presenciaron el encuentro y su segundo padrino. La mujer del jardinero obedecía las órdenes del doctor con una torpeza rústica y al mismo tiempo con cierta petulancia, para dar á entender que estaba acostumbrada á lances de esta especie.

El médico, al ver entrar á don Antonio, lo llevó aparte.

--Háblele poco. Cada vez tiene más fiebre. Al cerrar la noche es casi seguro que delirará. La herida no es lo que más me preocupa; temo que sobrevenga una inflamación interior. Pero si pasan dos días sin esta complicación, tenemos salvado á nuestro hombre.

Al reconocer el herido á don Antonio le saludó con una sonrisa pálida, intentando estrechar su mano. Como el catedrático adivinó en sus ojos que deseaba hablarle, se inclinó sobre él, poniendo el oído cerca de su boca, lo mismo que si fuese á recibir su confesión.

--Que no sepa nada papá.

Don Antonio levantó la voz, como si con esto pudiese animarlo.

--No sabrá nada; le contaré un cuento cualquiera para justificar tu ausencia. Además, tu herida no es de importancia... Mañana ó pasado, indudablemente, podrás volver á tu casa.

Florestán hizo un gesto de indiferencia, considerando inútil desmentir esta caritativa falsedad. Necesitaba continuar hablando en voz queda á su visitante.

--Vea también de impedir que... esa señora se entere de lo ocurrido. Podría disgustarse, y yo no quiero que ella sufra contrariedades por mí.

Frunció el ceño don Antonio, mientras movía la cabeza afirmativamente.

--Así lo haré... ¿No quieres nada más?

Y como si Florestán se acordara al fin de algo cuyo olvido le inspiraba remordimiento, añadió:

--Procure también que no se enteren en la casa de usted.

Mascaró hizo un gesto para indicar al joven que no necesitaba decir más. Pero al mismo tiempo protestó en su interior por este recuerdo tardío:

«Casi me ha dejado partir sin acordarse de su novia. ¡Pobre hija mía!»

Mientras regresaba á la ciudad, violentamente agitado por los saltos del automóvil sobre los baches de un camino hondo, decidió faltar en parte á las promesas hechas al herido.

Engañaría con una historia de su cosecha á su amigo Balboa. Esto le era fácil, y además resultaba necesario. El pobre podía morir de una emoción violenta: su corazón era incapaz de resistir sin peligro los temblores de la sorpresa. Pero ¿por qué callar á aquella señora lo ocurrido?... Por su culpa--aunque esta culpa no fuese directa--dos hombres habían querido matarse y uno estaba en peligro de muerte. ¿Y ella debía ignorarlo?...

Le pareció este silencio una prudencia absurda, contraria á las reglas de construcción de aquellos edificios imaginativos con que ornaba el páramo honesto y vulgar de su vida interna. Lo natural era que la reina Calafia se enterase de que dos paladines se habían dado de estocadas por ella. El corazón de aquella amazona era más sólido que el del padre de Florestán, y no había miedo de que se alterase mortalmente al recibir tal noticia.

Existía en él igualmente un deseo malsano de ver cómo acogía aquella señora el relato del suceso, cómo era su emoción y cuáles sus palabras de remordimiento. Ya que había sido la causante del trastorno, á lo menos que llevase una parte de inquietud y dolorosa zozobra por el estado del joven. De todos modos, acabaría enterándose del duelo por alguna fanfarronada del vencedor.

«Ese Botero de los demonios--siguió pensando--no dejará de jactarse de su buena suerte, y ¡á saber de qué modo contará las cosas!... Mejor es que yo mismo le relate lo ocurrido.»

Al enterarse en el Palace Hotel de que la señora Douglas estaba en sus habitaciones, pidió que la avisasen por teléfono su deseo de verla. La viuda recibía á las personas amigas en un salón del segundo piso, con el que comunicaban sus otros cuartos.

Este salón tenía un amplio mirador sobre el paseo del Prado, y lo conocía el catedrático. Estaba amueblado con una sillería dorada y roja, sus paredes eran de un blanco mate, y como adorno individual, que alegraba su vulgar decorado de pieza alquiler, tenía varios cuadros de costumbres españolas, abanicos antiguos, mantones de Manila, retablos viejos, arquillas repujadas, todo lo que había ido adquiriendo la viuda en sus visitas á los anticuarios de Madrid y las provincias cercanas.

Cuando la señora Douglas supo que el catedrático deseaba verla, dió orden con apresuramiento para que le dejasen subir. Esta visita le pareció en relación con una vaga inquietud que sentía desde algunas horas antes.

Aquella tarde debía venir á buscarla Florestán; estaba convenido entre los dos; y la viuda, después de esperarle inútilmente, había salido al atardecer para dar una vuelta en automóvil por el Retiro y la Castellana, sin más acompañamiento que el de Rina, aburriéndose durante la lenta marcha de unos vehículos tras otros, como arcaduces de noria, á lo largo de los dos paseos. La inexplicable ausencia del joven le había hecho recordar la comida de la noche anterior en el Ritz con Florestán, Casa Botero y una familia de compatriotas que estaban de paso en Madrid para visitar los jardines de Sevilla en primavera.

Los dos hombres hablaron poco, mirándose con cierta insistencia. Así lo evocaba en su memoria, mas no estaba segura de ello. Había tenido que atender á los otros invitados, y no pudo fijarse en sus palabras ni darse cuenta de su estado de ánimo. Hasta le pareció recordar que Casa Botero había dicho algo con aquella sonrisa perversa que servía de acompañamiento á sus palabras fríamente agresivas. Pero inmediatamente desechó tal recuerdo, como si fuese una invención engañosa de su inquietud.

Al ver entrar á Mascaró, su gesto grave y el tono de su saludo hicieron renacer de golpe todas las inquietudes que la habían atormentado durante la tarde. Mas ahora estas inquietudes se trocaron de pronto en certidumbres, pues su femenil agudeza adivinó lo que pensaba el catedrático.

Le faltó poco para anticiparse á los balbuceos con que preparaba éste su noticia, diciéndole: «No siga: conozco todo lo que va á decirme.» Por eso no mostró ninguna emoción cuando el visitante, prescindiendo de inútiles preámbulos, anunció simplemente:

--Florestán está herido.

Lo sabía desde algunos segundos antes, y la emoción de la sorpresa ya estaba agotada para ella. También sabía, por presentimiento, quién había herido á Florestán. Sólo podía ser «el otro». Y escuchó con la frente inclinada y la mirada puesta en las puntas de sus pies todo lo que le fué contando el catedrático.

Éste se sintió algo desconcertado al ver que, después de terminada su relación, la señora permanecía silenciosa y mirando al suelo. Ni gritos, ni ademanes de sorpresa, ni un ligero humedecimiento de sus pupilas. Parecía no haberle entendido.

Ella, adivinando esta extrañeza, levantó los ojos y murmuró quejumbrosamente, cual si profiriese una excusa:

--Yo no soy una mujer. Ignoro cómo se llora... ¡Yo no he llorado nunca!

Volvió á mirar el suelo y hubo un largo silencio. De pronto lo cortó poniéndose de pie bruscamente y mirando á una de las varias puertas que daban al salón. Mascaró recordaba esta puerta como perteneciente al cuarto de su compañera.

--¡Y yo que he enviado á Rina hace poco en el automóvil á hacer unas compras!...

Sin explicar la aparente incoherencia entre tales palabras y el relato de su visitante, hizo á éste un gesto para que esperase y abrió otra puerta, que era la de su dormitorio.

Poco después volvió á aparecer tocada con un sombrero obscuro y poniéndose los guantes precipitadamente.

--Vámonos--dijo con voz de mando--. Pida abajo un automóvil de los del hotel.

Intentó protestar el catedrático. Bien adivinaba su deseo; pero ¿cómo pretendía darle órdenes sin contar antes con su conformidad?...

La señora volvió á repetir mudamente el mismo mandato con un simple gesto de persona acostumbrada á la obediencia de todo lo que la rodea, y salió del salón sin fijarse en si don Antonio la seguía.

En la puerta del Palace, el conductor del automóvil de alquiler acogió la dirección dada brevemente por Mascaró, sin pedir explicaciones aclaratorias. «¡A la quinta de Alaminos!» No necesitaba saber más... ¿Quién no la conocía en Madrid?

Empezó el viaje bajo la luz de un ocaso lívido. Pasaron por unas calles de suburbio obrero, detrás de los talleres y depósitos de la estación del ferrocarril del Mediodía; luego un camino polvoriento entre vallas de fábricas y solares, y finalmente pedazos de campo, yermos la mayor parte del año, pero que la primavera cubría de verde con su generosidad, que alcanza á los más humildes rincones y arrugas de la tierra. También pasaron ante un pequeño cementerio con cipreses, verja herrumbrosa y muros viejos, que parecía abandonado. Todo lo que iba viendo la señora Douglas bajo la luz grisácea de la tarde moribunda le sugería presentimientos fúnebres.

Cuando se apearon dentro del jardín de la quinta, el catedrático, por consideración á su acompañante, creyó necesario adoptar una precaución.

--Espere usted aquí. Yo pasaré antes, para saber si han venido curiosos. Volveré á avisarle cuando pueda entrar.

Pero la viuda, angustiada por sus presagios, siguió adelante, como si no le entendiese. Una autoridad irresistible, que hacía recordar á Mascaró la de doña Amparo, le obligaba á marchar detrás de ella. Pero había una diferencia entre las dos mujeres: su esposa era exclamativa y ruidosa en sus cóleras y tristezas, mientras esta señora se sumía en un silencio que él llamaba «enérgico», según iba aumentando la intensidad de su emoción.

Hubo de pasar don Antonio delante de ella para servirle de guía al subir la escalera de la casa, y en un rellano del primer piso se encontró con el mismo médico que le había hablado dos horas antes.

--Está con fiebre; una fiebre altísima. Lo que yo esperaba. Es inútil verlo: no le conocerá; no entenderá lo que le diga.

Pero el joven doctor, al ver cómo iba surgiendo por detrás de Mascaró la arrogante figura de aquella señora que acababa de subir los últimos peldaños, hizo una inclinación de cabeza acompañada de un gesto de galante cortesía. «¡Un duelo, un herido y una dama que venía á visitarlo, pálida, conmovida, haciendo al mismo tiempo un gran esfuerzo interior para mantenerse serena!...» Era inútil oponerse á su paso. Debía dejarla entrar, para que de este modo se cumpliese en la realidad lo que tantas veces había admirado él en novelas y obras de teatro.

Guiada por una orientación que parecía sobrenatural, avanzó Concha la primera en aquella casa donde no había estado nunca, marchando rectamente hacia el dormitorio ocupado por el herido. Tal vez la dirigía su olfato, siguiendo el rastro oloroso de los medicamentos antisépticos; tal vez obedecía á un obscuro tirón de su vida subconsciente.

Al detenerse en la puerta del dormitorio unos segundos, Mascaró, que estaba detrás de ella, creyó verla más grande que nunca. Con una mano buscó instintivamente el marco de la puerta, como si necesitase apoyo. El catedrático se escurrió entre ella y el quicial, y pudo ver su rostro pálido, su nariz súbitamente adelgazada por la emoción, sus ojos que parecían ahora redondos. Miraban éstos, empañados, mates, sin expresión alguna, la cama blanca y antigua, la cabeza hundida en las almohadas y el latido del embozo, reflejando el jadear de un pecho invisible.

--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!

Repitió muchas veces las mismas palabras, como si su emoción, rencorosa y concentrada, fuese incapaz de hallar nuevas expresiones. Pensaba en «el otro», indignándose al comparar sus habilidades de hombre de armas con el valor confiado é inexperto del joven. Aquel duelo era para ella un asesinato. Su odio á la injusticia y el abuso, que allá en su país la habían hecho mostrarse de una virtud agresiva, volvió á conmoverla ahora con deseos vengadores. ¡Ay! ¡No tener á su alcance al malvado en aquel momento!...

Se acercó á la cama casi de puntillas, cual si temiese despertar al herido; pero el médico hablaba en voz alta, seguro de que Florestán no podía oirle.

Trastornado por la repentina presencia de aquella mujer hermosa que olía á gran señora y evocaba en él imágenes de pasadas lecturas, el médico deseó inspirar interés, lanzándose para ello en largas explicaciones sobre el estado del joven y su diagnóstico.

La viuda le escuchó como el eco de una cascada lejana. No supo en realidad lo que dijo, porque le era imposible fijar su atención y no podía entender igualmente muchas de las palabras profesionales con que exornaba su relato. Sólo llegó á comprender que el médico no tenía seguridad de salvar al herido, que éste se hallaba en el momento más crítico y todo dependía de lo que ocurriese después de la fiebre. Podía sobrevenir una inflamación interna. Hasta pasados dos días le era imposible decir nada cierto. Y ella, que se había colocado junto á la cama, apoyando sus rodillas en el mullido borde de los colchones, siguió murmurando levemente, con los ojos fijos en el rostro afiebrado:

--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!

Así transcurrió mucho tiempo, y al fin, tanto el médico como Mascaró tuvieron que dar por agotadas el uno sus explicaciones y el otro sus preguntas sobre el estado del herido.

El silencio pareció despertar á la viuda, haciéndole ver el doloroso vacío que la rodeaba. Miró en torno, examinando con ojos autoritarios las paredes, los muebles y las personas á la luz crepuscular, cada vez más pálida, que entraba por los balcones.

Don Antonio creyó de pronto que era una mujer doble. Tenía el despotismo minucioso y rebuscador de una dueña de casa. Al mismo tiempo el brillo de sus pupilas hizo pensar al catedrático en los capitanes de industria que dirigen fábricas enormes como pueblos, organizan flotas que corren todos los mares, ó despiertan á la vida los rincones más obscuros del planeta. Formuló preguntas fríamente, arrugando el entrecejo y presentándose de perfil para escuchar mejor, lo mismo que si hiciese averiguaciones sobre un nuevo negocio en el que pensaba arriesgar gran parte de su fortuna. Quiso saber cómo iba á organizarse el cuidado del enfermo; con qué se podía contar en aquella casa medio abandonada, lejos de la ciudad, y que sólo veía gentes en tardes de desafío. Faltaban allí las manos suaves, la atención minuciosa, los dulces cuidados de una mujer.

--Hasta ahora me ha ayudado la esposa del jardinero--dijo el médico.

Precisamente, esta rústica, interesada por la presencia de una dama elegante, había abandonado la cocina, subiendo hasta el primer piso para examinarla de más cerca. Se mantuvo en la entrada del dormitorio, sonriendo, entre cohibida y familiar, á la visitante. Eran las dos únicas mujeres en aquella casa donde habitualmente sólo entraban hombres, y esto parecía animarla con la solidaridad del sexo.

La señora Douglas la miró, afable y protectora, juzgándola buena; pero allí era necesario algo más que los cuidados de una campesina necesitada de atender á su familia al mismo tiempo que al herido.

--Uno de los padrinos de Florestán--anunció don Antonio después de haber escuchado al médico--ha ido á Madrid para traer una enfermera.

Aprobó la viuda con un movimiento de cabeza y después de breve reflexión dijo, como si diese una orden:

--Será útil la enfermera: así podré librarme de ciertos menesteres demasiado materiales, para estar más tiempo al lado del herido.

Al decir esto se quitó maquinalmente los guantes é hizo un ademán como para levantar el borde de sus mangas, empezando en seguida su trabajo. Luego anduvo por la habitación, enterándose de la calidad y naturaleza de los diversos frascos, paquetes y vendajes que estaban en desorden sobre el mármol de dos viejas consolas con espejos azulados y algo borrosos.

El catedrático aprovechó un apartamiento del médico para acercarse á ella, hablando en voz baja:

--¡Pero eso no puede ser! ¡Piense en lo que dirán si se queda usted aquí!... No tema que esté mal cuidado. Ahora hay un poco de desorden, pero todo se arreglará esta misma noche.

Ella no oía, y tal era la decisión enérgica reflejada en su rostro, que don Antonio creyó estar viendo á la verdadera reina Calafia. De nuevo había fijado sus ojos en aquel hombre amenazado de muerte, que se mantenía insensible á cuanto le rodeaba, no dando otros signos de existencia que su jadeo doloroso. «¡Pobre muchacho!... ¡Cómo dejarlo abandonado!...» Le sería imposible vivir lejos, en interminable inquietud por las suposiciones de olvidos, descuidos y peligros que irían amontonándose en su pensamiento.

Miró después al catedrático con una expresión dolorosa de reproche:

--¿Cree usted que no sirvo para cuidar un herido porque soy rica y vivo en el lujo?

Sus ojos parecieron compadecer la ignorancia de su oyente, pero éste protestó. Le eran bien conocidos el aplomo y la independencia con que las mujeres de su país avanzan en la vida, su deseo de bastarse á sí mismas, adaptándose con maravillosa ductilidad á todos los cambios y sacudimientos que traen consigo los altibajos de la existencia. Él sabía que para las más de las multimillonarias norteamericanas no es asunto de vida ó muerte ocuparse de la cocina, vestidas de ceremonia, con un collar de perlas de un millón sobre el pecho, cuando á última hora el cocinero se declara en huelga. Todas procuraban poseer la habilidad manual, la conformidad ante el destino, la energía paciente, que durante miles de años habían sido privilegio de los hombres, dándoles la supremacía sobre el otro sexo.

Mascaró estaba seguro de que no iba á ser para la señora Douglas empresa extraordinaria pasar en aquel caserón días y días cuidando á un enfermo. Allá en Monterrey, durante su primera juventud, cuando aún no era rica, habría conocido situaciones iguales ó peores.

--Pero no es eso lo que me preocupa. Piense, señora, lo que dirán si usted se instala aquí...

Le fué imposible al catedrático continuar sus advertencias.

--Procure que su padre no sepa nada--interrumpió ella--. Dígale que me lo he llevado de viaje varios días, que hemos ido... ¡adonde usted quiera! Lo importante es que el pobre Balboa no sufra una emoción violenta. De mí no se preocupe. He vivido bastante para saber hasta qué punto debemos hacer caso de la opinión ajena.

Quedó silenciosa largo rato, mientras organizaba mentalmente, con todas sus previsiones de mujer ordenada, el mejor servicio para cuidar al herido.

--Como tal vez me quede aquí mucho tiempo--continuó--, es preferible que vuelva yo misma al hotel y traiga lo más indispensable para mi vida. Además, necesito ver á Rina, darle mis órdenes. ¡Quién sabe cuándo volveré á salir de esta casa!... Usted, don Antonio, no sabría cumplir mis encargos por más explicaciones que le diese. Las mujeres nos entendemos mejor y más pronto.

Rogó al médico que no se apartase del herido hasta su vuelta. Sus ojos acariciaron una vez más, desde lejos, el rostro de Florestán, engañosamente enrojecido por la fiebre, y cuya boca se contraía con murmullos de sílabas cortadas que sólo de tarde en tarde llegaban á formar una palabra entera.

--¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!

Y se arrancó á esta contemplación, saliendo del dormitorio después de hacer un gesto á su acompañante para que la siguiese.

Mientras rodaba el automóvil hacia Madrid, habló al catedrático con el tono de un superior que da órdenes. Le dejaría cerca de su hotel para que fuese inmediatamente á casa de Ricardo Balboa, antes de que éste se inquietase por la ausencia de su hijo.