Part 12
Y el desaliento le hacía recordar á Arbuckle, como si fuese un compañero de infortunio.
También pensaba en Casa Botero, pero rencorosamente, viéndolo como único culpable del repentino desvío de aquella señora. ¡A saber lo que este hombre había dicho contra él!... Sólo así podía explicarse el raro cambio de Concha Ceballos. Hasta le pareció que ella miraba con creciente predilección al tal marqués, sin duda para recordar al joven su simple condición de amigo é indicarle de este modo indirecto que no debía pretender ir más allá en su intimidad.
Una tarde, después de la comida meridiana, cuando Florestán salía de su casa para dirigirse, como siempre, al Palace Hotel, se tropezó en la puerta de la calle con don Antonio, al que no había visto en muchos días.
--¿Y tu padre?--fué lo primero que preguntó el catedrático.
Le inspiraba inquietud el aspecto de su amigo Balboa. Tenía en el rostro una expresión de fatiga y desaliento; su fachada facial parecía agrietarse lo mismo que un muro próximo á su derrumbe.
Hablaba poco, manteniéndose al borde de la vida exterior, sin decidirse á saltar dentro de ella, como si una fuerza obscura le retuviese en el mundo de las quimeras.
El hijo mostró menos inquietud, tranquilizado sin duda por un trato continuo con el enfermo, que no le permitía ver sus alarmantes transformaciones.
--Es la reforma del cinematógrafo lo que tiene á papá cada vez más preocupado y triste. El aparato y su lámpara son ya cosa resuelta; ahora lo que le hace sufrir es la invención de un papel bastante diáfano para la cinta. Ninguna materia llega á transparentar la luz con limpieza... Suba usted. El se anima mucho viéndolo.
De pronto los dos hombres empezaron á hablar, sin saber cómo, de la señora Douglas. El catedrático dió excusas, lo mismo que si estuviese en presencia de dicha señora ó Florestán fuese un enviado suyo. Repitió las razones expuestas en la carta que había remitido junto con la novela caballeresca. El tribunal de examen le ocupaba la mayor parte de la tarde; además sus artículos para una revista de historia y otros trabajos menos dignos de mención.
Mascaró creyó del caso añadir confidencialmente nuevas razones para justificar su alejamiento.
--Antes, cuando estaba Arbuckle, me gustaba ir por allá. Ese yanki es un excelente amigo, sano y honradote; una especie de niño grande, lo que no impide que yo lo considere todo un hombre, capaz de acometer, por amor á los dólares, las más estupendas aventuras. Me daba gusto hablar con él de las cosas que vi en su tierra. Además es mozo que sabe oir, se expresa con modestia y respeta á los que entienden más que él de ciertas cosas... Ahora, si va uno á ver á esa señora, se tropieza con el tal Pero Botero, Casa Botero ó como le llamen, un pajarraco que no me hace ninguna gracia y tal vez sea un aventurero. Me carga la sonrisa del tal caballerete, su aire de superioridad, su deseo de burlarse de la gente, como si él fuese de otra casta. No sé cómo esa señora lo tiene por amigo.
Guardaba el catedrático un mal recuerdo de cierta noche, la última que había aceptado comer en el Ritz con la viuda Douglas y sus acompañantes.
--Tú te acordarás de aquella noche. Ese sujeto no tiene ninguna relación conmigo, me veía por primera vez, y á pesar de que sabe que soy un señor al que paga el gobierno para que explique la historia de España y sus antiguas colonias, se atrevió á objetarme sobre tal materia, diciendo disparates enormes. No le llamé imbécil por respeto á la señora, y es mejor que no vuelva, pues me faltaría la paciencia. Además, ¡su airecillo de matón en ciertos momentos, como si nos perdonase á todos la vida!... Te digo que no comprendo cómo la señora Douglas aguanta á ese tipo.
Florestán, animado por las palabras de Mascaró, fué haciéndole saber la animadversión que le inspiraba igualmente aquel hombre. Algunas veces representaba para él un tormento aceptar las invitaciones de la señora Douglas, por tener que sentarse á la mesa con Casa Botero. También le resultaban insufribles sus gestos de superioridad, la ironía con que le trataba á causa de su juventud.
No podía ser mas que un aventurero, como decía Arbuckle. Su marquesado, si realmente existía, era indudablemente de los que da el Papa. Balboa se burló también de su fama de espadachín y de los lances á que hacía alusión en sus conversaciones entre hombres solos, como un informe preventivo para que le tratasen con miedo.
Diciendo el joven todo esto, perdió repentinamente su calma de atleta reposado. Le brillaron los ojos, como si un recuerdo despertase su cólera, y dijo arrogantemente:
--A ese tío le pego yo. Tenga la seguridad, don Antonio, de que no se irá de Madrid sin que le ponga una mano en la cara. No puede ser otra cosa.
Al notar cierta extrañeza en el catedrático por la vehemencia de tales palabras, quiso justificar su acometividad con un motivo preciso.
--Imagínese usted que la otra noche, al preguntarme doña Concha por los trabajos de mi padre, el tal individuo pretendió burlarse de él, como si fuese uno de esos inventores ridículos y medio locos que aparecen en las comedias. Le contesté con pocas palabras pero buenas, y la señora Douglas, que es muy hábil, cortó la conversación, dándola nuevo rumbo. Varias veces sorprendí la mirada que me dirigía el tal marqués, como para meterme miedo, y yo la sostuve, mirándole del mismo modo. Debió darse cuenta de que le tengo ganas... Le aseguro, don Antonio, que ese sinvergüenza ha encontrado al fin con quién hablar.
Creyó del caso Mascaró dar consejos prudentes al joven. Debía hacer lo que él: escasear sus visitas á la viuda hasta que se marchase Casa Botero.
--Su permanencia en Madrid no puede ser larga. Dice que ha venido únicamente por ver los cuadros de Velázquez... Tal vez tenga pensado robarlos y venderlos, pues, según parece, es algo chamarilero... Pero al ver que la cosa resulta difícil, se irá.
No rió Florestán esta broma del catedrático, y contestó á sus consejos con palabras de protesta, como si le propusiese algo absurdo... ¿Dejar de ver á la señora Douglas, para que ésta quedase por completo sujeta al trato envolvente de aquel aventurero?... Él tenía el deber de mantenerse á su lado, de alejar de ella con su presencia el peligro que representaba la amistad con tal hombre.
--Además, si hago lo que usted dice, creerá que me voy porque le he tomado miedo. Figúrese usted, ¡miedo yo de ese sujeto!
Mientras subía la escalera de su amigo Balboa, durante la visita á éste y en el resto de la tarde, al cumplir sus tareas universitarias, se acordó el catedrático de la conversación con Florestán, preguntándose interiormente, con una inquietud que era al mismo tiempo irónica y sincera:
«¡Qué diría mi doña Amparo si nos hubiese oído! ¡qué nuevos motivos de indignación contra la americana!...»
Había guardado en secreto don Antonio el motivo principal de sus pretextos para no visitar á la señora Douglas. Quería vivir tranquilamente su egoísta existencia de «modesto cavador de la Historia», como él decía. A cambio de que su esposa no alterase sus horas de lectura y sus reposos junto á la mesa del comedor con resquemores y protestas, estaba dispuesto á todas las concesiones. No visitando á dicha señora, podría evitar tal vez que su mujer le hablase continuamente de ella. Pero aun con este sacrificio, no consiguió verse libre de las quejas de doña Amparo.
En la casa de Mascaró empezaba á ser considerada la señora Douglas como una calamidad venida del otro lado del Océano para desgracia de la familia; algo extraordinario, gigantesco, más allá de los límites concebibles, como son los incendios, las catástrofes ferroviarias y todo lo malo del Nuevo Mundo.
Doña Amparo «no podía quedarse con un convite sin devolverlo», según ella declaraba, y había dado finalmente en su vivienda á las dos extranjeras aquel almuerzo ideado por su esposo, compuesto de platos españoles. Todo había marchado bien. Las invitadas prodigaron sus elogios á las producciones culinarias dirigidas por la dueña de la casa, encontrando una semejanza igual á la que existe entre abuelo y nieto al comparar estos platos con otros de la América de origen español. Sintióse halagada la esposa de Mascaró en su vanidad de organizadora doméstica, y al mismo tiempo ofendida y rencorosa por lo mucho que había tenido que trabajar en obsequio de unas mujeres que no le eran simpáticas.
Sus inquietudes de madre recelosa, predispuesta al temor por el porvenir de su hija, así como sus prematuras severidades y desconfianzas con el futuro yerno, le hicieron ser la primera en darse cuenta de la nueva conducta de Florestán. Las visitas del joven á su novia eran cada vez más breves. Antes le veían todas las noches en casa de su padre, ó venía él á la de Mascaró para pasar la velada, acompañando la familia al teatro dos veces por semana.
--Ahora el señorito se viste todas las noches de _smoking_--protestó doña Amparo--, se asoma un momento para decir cuatro mentiras á nuestra pobre hija y se marcha á comer á su Ritz, muy contento de tratarse con esas extranjeras, como si nos considerase á nosotros gente inferior. Algunas noches ni viene siquiera, y envía una carta con un «botones» del hotel... Y tú, metido en tus librotes, que apenas si nos dan para comer, no quieres enterarte de nada; no ves á nuestra pobrecita hija que está triste, cada vez más triste...
--Pero mujer, ¡si eso carece de importancia! Es algo que pasará--contestó Mascaró--. El muchacho debe atender á esas señoras por ser amigas de su padre; y hasta una de ellas tiene negocios con Ricardo. Éste ha ordenado á su hijo que las acompañe, y lo considero muy natural. Las señoras se irán un día ú otro y nuestra vida seguirá como antes, pues el chico quiere de veras á nuestra hija... La misma Consuelito está más tranquila que tú. He hablado con la niña de esas americanas y no me ha dicho una palabra contra ellas.
Aquí prorrumpió doña Amparo en exclamaciones de escándalo, levantando sus manos como si pusiera por testigos á todas las potencias celestiales.
--¡Ah, ignorante! Tú crees saber mucho porque siempre estás leyendo libracos, y no conoces ni un pedacito del corazón de las mujeres, tamaño como un blanco de uña. Nuestra pobre hija calla porque quiere á su novio. El papel de nosotras cuando nos interesan los hombres es callar y sufrir. ¡Así se portan ellos de infames! Pero la procesión va por dentro, y yo sé qué dolores son los suyos mientras disimula é intenta defender á ese muchacho. Hasta conmigo hace la comedia, á pesar de que soy su madre, porque ella es algo ingrata y siempre te ha querido á ti más que á mí. Pero yo, como mujer, no necesito que me digan ciertas cosas para adivinarlas. ¡Ay, en qué mala hora nos hiciste conocer á esas amigas tuyas!... ¡Qué perdición van á traernos!...
Mascaró, á pesar de la calma irónica con que escuchaba siempre á su esposa, no pudo aceptar sin protesta una imputación tan absurda.
--¡Pero si yo no había visto nunca á esas señoras hasta hace unas semanas! ¡Si es Ricardo su amigo!... ¿Qué culpa tengo de que conociesen á Florestán en casa de su padre mucho antes de conocerme á mí?...
Aceptando doña Amparo tácitamente la injusticia de su acusación, olvidó al esposo para lamentar otra vez la tristeza disimulada de su hija:
--Ciertas amiguitas envidiosas, que se morían de rabia al verla con un novio tan guapo, me la atormentan ahora con sus noticias, dadas con un aire inocente que merece un par de bofetones. «Ayer vimos á Florestán con esa señora americana, tan guapa y elegante. Va con ella á todas partes: ¿es parienta suya?» Y la pobrecita contesta lo que se le ocurre, con una voz que parece blanca, y se traga sus lágrimas. Estoy segura de que se traga sus lágrimas. ¡Y tú no ves nada! ¡Y lo mismo que ese tontón del novio, te pones muy hueco cuando la tal señora, ó lo que sea, te invita á comer en el Ritz! Te veo aún la última noche que fuiste solo. ¡Qué discusión la tuya con la criada porque el frac no estaba bien cepillado ni la pechera de la camisa bastante dura!...
Hizo una pausa como para tomar nuevas fuerzas, y añadió:
--Vas á hacer una cosa, si quieres tener mujer é hija. Vas á prometerme que romperás toda amistad con esas dos mujeres. Es indigno que tú, un catedrático que todos respetan, vayas con el novio de tu hija á hacer la corte á esa pájara, que á saber qué idea se lleva sobre el tontón de Florestán.
Consideró oportuno don Antonio protestar valerosamente de tales palabras, y doña Amparo, creyendo ver en esta audacia una infidelidad mental de su esposo, una admiración oculta de la belleza de la viuda, prorrumpió en denuestos:
--Tú también estás cogido, como el otro. Sin duda te has enamorado de esa extranjera, lo mismo que Florestán. ¡El viejo y el jovencito admirando á la tal negrota!... Y el caso es que esa Venus no es ya una chiquilla. Quisiera yo verla sin los apaños y retoques de esas mujeres que son ricas y pueden pagárselo todo... No creas que es mucho más joven que yo. Allá nos vamos las dos, más ó menos, con muy poquitos años de diferencia. Pero como una es madre de familia y no puede derrochar dinero, y el poco que tiene lo guarda para la casa...
Dejó de apiadarse de ella misma, lamentando su mediocridad, para caer con nuevos bríos sobre la ausente.
--De la pájara que va con ella nada quiero decir. Es una solterona medio loca, una gallina dura que no se sabe de qué tiene cara, si no es de chino conservado en alcohol. Pero á la otra puedes defenderla: ¡una mujer que fuma!... ¡una mujer que guía automóvil, á pesar de que trae un chófer pagado desde su tierra!...
El catedrático protestó:
--En Madrid fuman muchas mujeres. Y en cuanto á guiar automóviles, no lo hacen aún por falta de habilidad, pero lo harán cualquier día. ¿Qué tiene que ver eso con el honor de una señora?...
Doña Amparo no le escuchaba. Siguió lanzando sus vociferaciones de madre inquieta, á las que iba unido cierto rencor personal que ella misma no podía explicarse; una rivalidad de mujer educada de distinto modo que la otra; una envidia instintiva por no poder gozar sus comodidades y abundancias.
--Sé de ella más que tú crees. Me han contado muchas cosas. No puede salir á la calle sin que su presencia provoque un motín. Los hombres son tan estúpidos, que apenas ven una mujer alta como una pértiga, que camina á estilo hombruno y va vestida con las modas más estrafalarias, se van detrás lo mismo que perros. Me han asegurado que se queja de nuestras costumbres; que protesta porque le dicen á veces palabras feas. ¿Me las dicen á mí, que soy más señora que ella?...
Vaciló, como el que ha afirmado involuntariamente una falsedad, apresurándose á añadir:
--Y si alguna vez me las han dicho, me lo callé, como debe hacer toda mujer honesta que no quiere meter en compromisos al hombre que la acompaña y teme obligarlo á andar á golpes con los insolentes. Pero como esa señora tiene tantos adoradores, bien puede darse el gusto de mezclarlos en líos y peleas... Tiene á ese desdichado Florestán, que va á matar á nuestra Consuelito; te tiene á ti, viejo sinvergüenza, que desde que viajaste por las Américas se te van los ojos detrás de toda mujer que no sea la tuya; tiene á ese yanki, grandullón y tontote, que te ponía enfermo de tanto regalarte cigarros; y ahora, según parece, ha hecho venir á un marqués de no sé dónde, que debe ser algún querido antiguo.
Seguro Mascaró de la inutilidad de protestar con razones, se llevó ambas manos á la cabeza, mirando á lo alto:
--¡Señor!... ¡¡Señor!!
Pero su esposa se había lanzado á las suposiciones injuriosas y al insulto, con la velocidad del que va cuesta abajo y no puede detenerse:
--Además, esa dama tan distinguida tiene, según parece, puños de carretero, y puede ir sola por el mundo. Si no lleva al lado un hombre á quien comprometer, ella misma arma camorra... Me han contado que, el otro día, bajando la calle de Carretas, le dió un puñetazo á un tipo, que le puso la cara negra, porque al pasar junto á ella intentó pellizcarla por detrás. Ese es el castigo de ser tan llamativa. ¿Me pellizcan á mí, que salgo todos los días?... Y si alguna vez se ha atrevido á eso algún insolente, en una iglesia ó en fiestas de mucho gentío, le he contestado pinchándole con un alfiler, sin contárselo luego á nadie, sin dar puñetazos, que provocan escándalo, agrupan á la gente y hacen acudir á la policía. ¡Dios santo! ¿Por qué ese gran bendito de Ricardo nos habrá hecho conocer á la tal negrota y al chino que va con ella?...
Tuvo que dejar Mascaró que la indignación de su esposa se extinguiese poco á poco, como la hoguera falta de leña nueva, valiéndose para conseguirlo de un mutismo absoluto.
Cuando doña Amparo inició al día siguiente sus lamentaciones sobre la tristeza de Consuelito, sus quejas contra Florestán y sus imprecaciones para la reina Calafia y su acompañante--que el catedrático había apodado, de acuerdo con el libro de Montalvo, «la hermana Liota»--, frunció el ceño don Antonio, y poniendo cara fosca, como siempre que necesitaba ocultar su timidez de siervo doméstico, infundiendo á su esposa un respeto momentáneo, dijo así:
--Te prometo no ver más á esa señora. Ayer la envié un libro que me pedía, con una carta explicando mi ausencia. Pero tú vas á prometerme en cambio no hablar más de la niña ni de su novio. Esas cosas de muchachos acaban siempre por arreglarse, y yo necesito tranquilidad para poder continuar mis trabajos.
Cumplió á medias la esposa este tratado bilateral. Siempre que pensaba en la reina Calafia y subía á su boca la marea de protestas é injurias, procuraba contenerla, dejando escapar sus vapores maléficos en forma de suspiros. Pero hablaba de Consuelito (¡eso sí! Mascaró era su padre), de su resignada melancolía, de las ausencias del novio, que pasaba ya días enteros sin ir á la casa, justificando estos eclipses de su persona con el envío de breves cartas.
En tal situación fué cuando el catedrático se repitió varias veces interiormente, durante una tarde y una noche, después de su encuentro con Florestán: «¡Qué diría mi doña Amparo si nos hubiese oído!»
Al atardecer del día siguiente, cuando salía Mascaró de la Universidad, terminados sus trabajos de examinador, le cortó el paso en la puerta del edificio un joven muy cortés y respetuoso, que le hizo recordar inmediatamente al hijo de Balboa, sin que tuviese con él otro parecido que el de los pocos años.
Supo á las primeras palabras que era gran amigo de él y compañero de la Escuela de Ingenieros.
--Me ha encargado Florestán que le vea, y aquí estoy hace más de una hora.
Adivinó el catedrático que sólo por un motivo grave podía esperarle tanto aquel joven, y preguntó con ansiedad:
--¿Qué le ocurre á Florestán?
La respuesta imprecisa del enviado aumentó su inquietud.
--Usted es gran amigo de su padre, y Florestán le considera como de su familia. Desea que busque usted el modo de que el señor Balboa ignore lo ocurrido. Teme que sufra alguna crisis cardíaca al recibir una emoción violenta.
Y comprendiendo que su oyente empezaba á sufrir otra emoción no menos torturante, se decidió á dar la noticia.
--Florestán está herido en la quinta de Alaminos.
No necesitaba decir más. Mascaró tuvo bastante con esto para adivinar que el joven había sido herido en un duelo.
La quinta de Alaminos era una de las curiosidades de la capital; casi merecía figurar entre los edificios célebres de Madrid. Cuando dos hombres debían batirse por un asunto llamado «de honor», sus padrinos, luego de concertar las condiciones del encuentro, decían al fijar el sitio: «Será en la quinta de Alaminos.» Y los representantes de la parte contraria respondían, como si se tratase de algo lógico é inevitable: «De acuerdo.» ¿En qué otro lugar podía ser?...
No había miedo de que el propietario negase la entrada en su finca. Era un personaje generoso, de trato afable, que iba gastando alegremente la herencia de sus mayores, acudiendo á todas las fiestas, estrechando todas las manos y oyéndose llamar siempre «el simpático Alaminos».
Su vida estaba reglamentada y era generalmente conocida á partir de la una de la tarde, hora en que saltaba de su lecho y salía á la calle, hasta las ocho ó las nueve de la mañana siguiente, que se retiraba á descansar, después de una noche dedicada en su última parte al juego en el Club ó al bailoteo y la juerga en el entresuelo de algún restorán de moda. Fuese cual fuese el momento en que se concertaba el duelo, los organizadores tenían la certeza de dar con el simpático Alaminos: «Estará en el teatro.» «Esta es la hora que juega en el Club.» «Lo encontraremos seguramente en casa de la Fulana.» Y al ser hallado, acogía la demanda servicialmente, dando una tarjeta con varias líneas escritas para el jardinero de su quinta, siempre iguales:
«Dos caballeros, con varios amigos suyos, van á matarse por un asunto de honor. Atiéndelos como si fuese yo mismo.»
Afortunadamente, las más de las veces los dos caballeros no se mataban, saliendo indemnes de la quinta después de cruzar varios tiros de pistola ó haberse rasguñado ligeramente con espadas ó sables. Mas no por esto dejaba de creer el dueño de la finca en la posibilidad de que cada pareja enviada por él á su jardinero fuese al encuentro de la muerte.
Alaminos, cuya propiedad, célebre en la historia del duelo, era llamada por muchos «la Quinta de los Desafíos», no se había batido nunca. Su amabilidad y su sonrisa de hombre eternamente simpático le ponían á cubierto de este trance. A pesar de su vida alegre, era hombre de convicciones religiosas y estaba seguro de que la Providencia se preocupa seriamente de los preparativos de los duelos para intervenir en ciertos casos.
--En mi casa se han visto milagros, ¡cosas estupendas!
Y hablaba de estocadas que hubieran sido mortales y no lo fueron por una desviación de menos de un milímetro; de balas que dieron vuelta, siguiendo la curva de una costilla, sin tocar el corazón ú otro órgano precioso. Su quinta, habitada por sus padres en otros tiempos, y á la que él no iba mas que en días de duelo entre adversarios famosos ó de merienda con gente alegre, le había servido para adquirir una celebridad casi igual á la de un hombre político ó un gran artista. Muchas veces el personaje que era jefe del gobierno, al encontrarle en un teatro ó una fiesta, le estrechaba la mano como á un amigo de la juventud:
--¡Hola, querido Alaminos!
Se acordaba de cuando se había batido en su quinta siendo periodista ó simple diputado, al principio de su carrera.
Todos habían vivido unos minutos de su vida en esta propiedad rústica, mezcla de jardín en pleno abandono y de huerta medio seca, con avenidas de álamos en torno á un caserón de paredes desconchadas, color de rosa, y grandes aleros. Cincuenta años antes había sido una hermosa quinta de las que utilizaban en verano las familias ricas de Madrid, cuando aún no era moda general marcharse en tal estación á las playas españolas del Cantábrico ó Biarritz.
Mascaró conocía la «Quinta de los Desafíos». Una vez había servido de padrino á cierto camarada de la época estudiantil, dedicado posteriormente al periodismo y á la política revolucionaria. Al tener éste un duelo, como término de cierta polémica de prensa, había creído decorativo designar para que le asistiese en tal lance á un catedrático de la Universidad Central. Cuatro balazos perdidos en el aire fueron el resultado del encuentro, mas sirvió para que don Antonio conociese al simpático Alaminos, por haber considerado éste necesaria su presencia en la finca al ser el duelo entre «intelectuales».
Mientras recordaba Mascaró todo esto en un sector de su pensamiento, atendía con el resto de su inteligencia á las rápidas explicaciones que le iba dando aquel joven.
Había sido uno de los dos padrinos de Florestán, pero en realidad ignoraba el motivo de la cuestión. Balboa les había buscado á él y al otro para que fuesen simplemente á avistarse con los representantes del marqués de Casa Botero, aceptando todo lo que propusieran éstos.