La reina Calafia (novela)

Part 11

Chapter 113,812 wordsPublic domain

Aunque no existiese entre los dos la seductora personalidad de la viuda Douglas, que los separaba y los hacía buscarse al mismo tiempo, no por ello Arbuckle habría sentido simpatía alguna por este personaje. Se levantaba entre ambos un antagonismo tradicional é irreductible. Era como si perteneciesen á dos especies distintas de hombres que venían chocando y devorándose desde el principio de la existencia humana.

El marqués de Casa Botero, de la misma edad que Arbuckle, parecía más viejo que él por el rostro y más joven por la esbeltez de su figura. Era extremadamente enjuto de carnes, con la delgadez del deportista que vigila celosamente su peso y no permite sobre el andamiaje de su osamenta otra carne que el músculo productor de fuerza, pero comprimido y correoso, sin los abultamientos del atletismo profesional. Bajo la piel de su rostro se marcaban las oquedades y aristas del hueso. Esta epidermis estaba algo quebrada por la pátina de los ejercicios al aire libre, por las inmovilidades en la playa bajo el sol después de la natación, por los deportes de invierno en las estaciones elegantes de Suiza. No eran arrugas de vejez; era el agrietamiento de la flacura buscada con extremados ejercicios. Llevaba el rubio bigote corto, y su cabellera peinada atrás con tal violencia, que parecía tirar de ella una mano invisible. Tenía en sus movimientos la ligereza del jinete, y en sus gestos y su mirada fría la insolente seguridad del hombre de armas que cuenta con sus ventajas de esgrimidor.

Avezado Arbuckle en sus negocios internacionales á la lucha con la mentira, le era fácil husmear la presencia ó la ausencia del dinero, y basándose en tal adivinación consideraba pobre al marqués no creyendo ninguna de las manifestaciones de opulencia que hacía frecuentemente con gestos de multimillonario hastiado de su prosperidad.

Llevaba, sin embargo, una vida tan costosa como la de los ricos, mostrándose en todos los lugares de Europa frecuentados por gentes acaudaladas. La señora Douglas le había conocido, una primavera, en un hotel de Florencia. Rina lo veneró desde el primer momento como si fuese la personificación material de muchos personajes interesantes adorados por ella en novelas que llamaba «aristocráticas». La viuda le miró con cierta simpatía al oir que era un marqués español.

Esta nacionalidad de Casa Botero no resultaba clara. Unas veces se decía español, afirmando que su título nobiliario había sido dado por los reyes de España. Otras, para explicar sus defectos de pronunciación, se declaraba nacido en Sicilia, pero sus abuelos habían ido á Madrid con Carlos III, al renunciar éste la corona de Nápoles por la de España.

Dudaba Arbuckle de sus dos nacionalidades, creyéndole más bien nacido en alguno de los puertos cosmopolitas del Mediterráneo oriental, donde los judíos que fueron expulsados de la Península hablan aún el castellano antiguo. ¿Quién podía saber con certeza lo que era este hombre y la legitimidad de su título?... Su única ocupación visible era coleccionar cuadros y antigüedades, ponderando las enormes sumas que le costaba satisfacer sus refinados gustos de artista. Pero el californiano tenía la sospecha de que se dedicaba al corretaje y venta de estos objetos, muchas veces de dudosa autenticidad, abusando de las manías seudo-artísticas de ciertas personas ricas é ignorantes á las que había conocido en salones ú hoteles célebres, siendo esta industria cuidadosamente disimulada su mejor renta.

Vivía con lujo, y si tenía apuros monetarios los ocultaba con habilidad. En opinión de Arbuckle, el negocio que ocupaba enteramente su pensamiento era casarse, fuese como fuese, con la millonaria Douglas... Pero la consideración de que era su adversario le hacía callar tales sospechas, para que su compatriota no le creyese falto de lealtad y de justicia.

Después de haberle conocido en Florencia volvió «la Embajadora» á encontrarlo en París, y desde entonces fué tropezándose con Casa Botero en todos sus viajes por Europa.

Era menos hábil y rápido que el antiguo buscador de oro para descubrir su paradero; mas de todas suertes acababa por surgir ante su paso pocos días después de haberse mostrado Arbuckle. Resultaba de trato menos seguro y plácido que el otro solicitante; siempre hallaba el medio de exponer sus pretensiones amorosas, á pesar de las interrupciones burlonas de la viuda y su habilidad para librarse de palabreos importunos. Además, había sabido atraerse la simpatía de Rina, y ésta le ayudaba con sus elogios y sus frases de admiración al quedar á solas con la viuda.

Dos sentimientos contradictorios agitaban á la señora Douglas al pensar en él. «Tal vez será conveniente cortar esta amistad», se decía muchas veces.

Casa Botero estaba bien relacionado socialmente; entraba en todas partes; era muy conocido en París desde los hoteles inmediatos al Arco de Triunfo hasta los establecimientos y clubs vecinos á la Magdalena; pero algunas personas de situación respetable sonreían irónicamente ó hacían un gesto de inquietud al oir su nombre. Otros afirmaban que en la Embajada de España nadie conocía á este personaje, ni estaban enterados de la existencia del marquesado de Casa Botero. Tal vez eran murmuraciones de sus enemigos. También podía ser que su título fuese de los que concede el Papa. Pero aunque no resultase menospreciable por un pasado turbio, siempre era para ella un amigo poco tranquilizador, que le obligaba á vivir recelosa y pronta á defenderse.

Al mismo tiempo le inspiraba cierta gratitud por el interés con que atendía á sus diversiones, proporcionándola invitación para asistir á las fiestas más famosas, guiándola con su experiencia y sus amistades en el círculo de la vida cosmopolita comprendido bajo el título de «todo París». Era para ella lo que para ciertas damas antiguas el llamado «caballero sirviente». Gracias á su auxilio había conocido en pocos meses un París que muchas de sus compatriotas tardaban años en conquistar.

Sentía á veces remordimiento al darse cuenta del inexplicable contraste entre la simpatía que le inspiraba este hombre y las noticias de su vida anterior. Era una vergüenza igual á la que se sufre con el descubrimiento de un pecado: vergüenza que no nos impide persistir en él. Conocía varias «historias malas» del tal Casa Botero, historias de amor con mujeres á las que había hecho perder su prestigio y su posición social; historias con damas que á última hora no quisieron casarse con él; mas todo ello era muy vago; nadie podía afirmarlo con un testimonio directo, y el marqués continuaba siendo bien recibido en salones respetables frecuentados por ella.

La estima simpática de este hombre inquietante era su único pecado mental, lo que hacía que le apreciase todavía más, con ese interés curioso que inspiran los libertinos alegres y serviciales á muchas personas honestas. Era para ella á modo de una ventana que le permitía asomarse sobre un mundo prohibido. Todo lo malo que le contaban acerca de su pasado parecía añadir nuevas seducciones á su persona. Según iban aumentando los informes en perversidad, se agrandaba su atracción: la terrible atracción que ejerce lo desconocido.

Ella, además, era una mujer fuerte, predispuesta por instinto á buscar todo lo arriesgado. Bastaba que muchas señoras evitasen con miedo el trato de este hombre, para que «la Embajadora» le concediese mayor familiaridad. Sonreía cuando algunas amigas tímidas le insinuaban que este individuo iba indudablemente en busca de sus millones y era capaz de comprometerla en un escándalo social, para obligarla de tal modo á casarse con él. Le gustaba juguetear con el peligro, desorientar con sus coqueterías y sus severidades á este temido sujeto, sin permitirle que avanzase un paso más en su intimidad. Era como si domesticase una bestia feroz y astuta, divirtiéndose en hacer de ella un gozquecillo, seguidor humilde de sus pasos.

La mujer que Mascaró apodaba «la reina Calafia» podía arriesgarse en estos ejercicios de amazona, sin miedo alguno. Sus opiniones austeras, la ordenada serenidad de su vida física, le permitían considerarse fuerte, ignorando ó despreciando la embriaguez de la tentación. Su existencia tenía la regularidad isócrona y vencedora de una máquina.

El adulterio, con los tapujos y mentiras que forman su acompañamiento, le había parecido siempre una cobardía, indigna de su carácter franco y valeroso.

«Si yo me hubiese enamorado alguna vez--se decía interiormente--, si un hombre me hubiese hecho su esclava, antes que engañar á mi marido le habría revelado la verdad, separándome de él. Todo es preferible á la mentira... Eso que llaman amor y obliga á las vilezas del adulterio es indudablemente igual á una enfermedad, y la mujer que sufre tal desgracia debe sobrellevarla valientemente y no mentir.»

Tampoco admitía el amor sin la vida común. ¿Esconderse?... ¿Mostrar rubor en público por una pasión á la que se dedican luego en secreto tan hermosas palabras?... No; ella sólo habría aceptado amar á un hombre á la luz del sol.

Por eso le atraían y divertían como espectáculos raros las aventuras del adulterio, los incidentes de la pasión oculta y vergonzosa, que sirven de base á tantas historias de amor. Le parecían actos de una humanidad secundaria, malsana y merecedora al mismo tiempo de interés. Su salud siempre equilibrada, su sensualidad adormecida, le permitían vivir rozándose con todas estas historias sin miedo al contagio, como un operador de laboratorio, defendido por guantes aisladores, maneja tranquilamente venenos mortales ó fuerzas fulminantes.

Había también mucho de coquetería femenil en la predilección que mostraba por este amigo inquietante. Como no había conocido otra pasión que el reposado y dulce compañerismo de su esposo, le placía secretamente verse deseada con violencia, al modo «latino», con cierta falta de respeto.

Se ofendía cuando Casa Botero intentaba ir lejos en sus palabras. Una vez que, aprovechando una conversación á solas, quiso besarla, Concha Ceballos lo inmovilizó dolorosamente con uno de aquellos golpes del pugilato japonés aprendido en su juventud. Con ella era peligroso intentar algo que no hubiese autorizado previamente.

Luego la amazona sonreía con una vanidad de colegiala al escuchar las amenazas de celoso añadidas por el marqués á sus declaraciones de amor.

--Si usted ama á otro, lo mataré. ¡Juro que lo mataré!

Nunca había oído esto á sus pretendientes, cuando era soltera.

--Entonces, mate usted á Arbuckle--dijo riendo.

Casa Botero quedó indeciso, y al fin añadió con desdeñosa magnanimidad:

--A ese lo desprecio. Sé bien que nunca será un rival temible para mí.

Fluctuando entre la desconfianza por sus antecedentes, el agradecimiento por sus servicios y el deseo de coquetear con él para convencerse de su propia fuerza y hacer ver á sus amigas que este hombre tan temible para otras mujeres no podía inspirarle miedo, continuaba la viuda admitiendo sus visitas, hasta que de pronto sentía la necesidad de alejarlo. Era prudente guarecerse detrás de los obstáculos del tiempo y la distancia. Resultaba demasiado pegajoso en sus deseos de hacerla marquesa de Casa Botero... Y en uno de tales momentos había dispuesto su viaje á España para ayudar á Rina.

Al presentarse en Madrid este solicitante, ella acogió con risas la noticia de su llegada.

--Me lo temía--dijo á su compañera--. Ya está la familia completa.

Hubo sin embargo en su risa una expresión de contrariedad. «La Embajadora» no se sentía aquí con el mismo buen humor para tolerar á sus dos enamorados que en París y otras ciudades.

Por fortuna, el bondadoso Arbuckle la libró de su presencia. Nunca llegaba á presentir con exactitud los deseos de la viuda, pero algunas veces por obra del azar, sabía servirla y complacerla mejor que el otro. Pensó que, estando ahora en Madrid aquel adversario, simpático á las mujeres, pero enigmático y sospechoso para muchos hombres, nada podría adelantar él en sus pretensiones. Era mejor irse á Sevilla por unos días, justificando de tal modo lo que había dicho á la viuda.

El marqués, menos discreto que él, se había instalado en el mismo Palace, buscando sin recato alguno ver con frecuencia á la señora Douglas. Pero Arbuckle creyó que podía emprender tranquilamente dicho viaje, pues dejaba á sus espaldas buenos auxiliares.

Su ilustre amigo don Antonio había manifestado una opinión francamente adversa desde la primera vez que vió á Casa Botero.

--No me gusta ese tipo. Además... ¿qué marquesado es el suyo?... Nunca he oído mentar el tal título.

Florestán mostraba igualmente repulsión por él desde la noche que le conoció en el comedor del Ritz.

Le molestaba el tono familiar de su conversación con la señora Douglas, como si existiese en su pasado una intimidad que no podía mantener oculta. Le irritó la cortesía teatral con que besaba su mano.

Se dió cuenta por primera vez de que otros hombres, además de él, podían ser amigos de dicha señora, recibiendo sus palabras, sus ojeadas y sonrisas. Creyó que le robaban algo suyo, y esto le hizo perder la serenidad de su carácter simple y rectilíneo.

Casa Botero, como si adivinase sus sentimientos, le trató con una hostilidad falsamente cortés.

Repetidas veces, en el curso de esta primera comida, miró con inquietud á la señora Douglas y luego al joven. Aprovechando un momento en que Rina conversaba con Florestán, se inclinó hacia la viuda para decirla quedamente:

--Veo que ha hecho usted, apenas llegada, muy buenas amistades en Madrid. ¿Verdaderamente, le interesa la gente tan joven?...

VII

De las discusiones que tuvo Mascaró con su esposa y de un recado que le envió Florestán

El día que conocieron en Florencia á Casa Botero, y después en las numerosas conversaciones tenidas con él en París y otras ciudades, las dos californianas le oyeron hablar siempre con orgullo de su noble abolengo español.

--Los Casa Botero somos de origen siciliano, pero mis ascendientes sirvieron con tal lealtad á Carlos III, que al renunciar éste á la corona de Nápoles para ser rey de España, no quiso separarse de ellos y ordenó que le siguieran á su nuevo reino, figurando mucho en la corte de Madrid.

Esto lo decía estando en Italia y en Francia; pero al vivir en Madrid empezó á mostrarse más siciliano que español. Olvidaba á los abuelos que siguieron á Carlos III para hacer memoria únicamente de los otros que se habían quedado junto á los Borbones de Nápoles, así como de ciertas propiedades y derechos que aún poseía en Sicilia.

Como sólo le visitaban en Madrid algunos amigos aficionados á los deportes y dados á los placeres conocidos por él en París, y había hecho mención tantas veces de los ilustres tíos y primos que tenía en España, creyó necesario justificar este retraimiento de su familia.

Los tales parientes--según ciertas explicaciones misteriosas que dió á Rina--eran de la aristocracia más histórica de España, pero no podían olvidar la lealtad de los Botero con la monarquía legítima, viendo en ella un remordimiento para su propia conducta.

--Mis abuelos siguieron al pretendiente don Carlos, que era el monarca verdadero, mientras los demás parientes aceptaban la rama usurpadora. Por eso el gobierno finge no conocer nuestro marquesado, indudablemente más legítimo que el de los otros, pues nos lo dió el único rey.

Y la solterona repetía estas explicaciones por encontrar en ellas cierto sabor romántico, sin fijarse en la indiferencia con que las escuchaba la viuda. ¿Qué podían importarle las historias de este hombre elegante y de incierta nacionalidad, que Arbuckle tenía por un aventurero?... Ella no iba á casarse con él. Además, empezaba á serle molesta la presencia del marqués á los pocos días de haberlo encontrado en Madrid.

Resultaba menos maleable y simpático que en París. Se creía tal vez, al vivir en este nuevo ambiente, con nuevos derechos sobre ella. Consideraba que por antigüedad debía ser el más asiduo y atendido de todos sus amigos, mostrando una disposición hostil contra Florestán, como si viese en él á un intruso.

Ya no podía gozar la viuda tranquilamente el honesto placer de ser acompañada á todas partes por este muchacho respetuoso y tímido, que parecía esparcir en torno de su persona una energía flúida, inconsciente y reposada, algo semejante á las misteriosas fuerzas telúricas que surgen de las entrañas de la tierra. «La Embajadora» se sentía más joven, más optimista y de ánimo más firme al lado de este acompañante, que muchas veces permanecía en silencio, mirándola con unos ojos que eran acariciadores, sin que él se diese cuenta de tal audacia.

La presencia del marqués había trastornado esta vida de creciente intimidad, casi igual á la de sus tiempos de soltera en Monterrey, cuando galopaba al lado de algún jinete mudo por la timidez, que iba preparando mentalmente su declaración de amor. Le era imposible organizar una excursión en automóvil á cualquiera de las ciudades históricas de Castilla, sin que á última hora dejase de surgir Casa Botero, agregándose al viaje. Era Rina, sin duda, la que, por imprudencia ó exceso de admiración, revelaba á este hombre los proyectos de la viuda para el día siguiente, lo que le permitía presentarse con una oportunidad molesta.

Florestán se mostraba aún más contrariado que la señora Douglas por la asiduidad de Casa Botero. Al vivir éste en el mismo hotel, no necesitaba pasar largas horas en el _hall_, como Arbuckle, atisbando las llegadas ó salidas de la viuda para entablar conversación con ella. Se mostraba también menos respetuoso y obediente que el californiano, siendo á veces tal su terquedad en no despegarse del grupo de las dos señoras, que la viuda se veía obligada á valerse de un descaro sonriente para hacerle saber que ya la había visto bastante por el momento.

El interés visible de ella era mantener cerca á Florestán y alejar al otro. Al principio, el joven Balboa había frecuentado el hotel como quien va á cumplir maquinalmente una obligación cortés y agradable. Luego se había ido transformando el carácter de estas visitas en el curso de un mes, que era poco más ó menos el tiempo de su amistad con la señora Douglas.

Llegaba al Palace con anticipación, mucho antes de la hora convenida con la viuda para sus paseos por la ciudad, sus excursiones en automóvil ó sus comidas. Algunas veces no había sido citado por ella, pues deseaba hacer compras en las tiendas de antigüedades acompañada solamente de Rina. Otros días gustaba de salir sola, por el interés mezclado de inquietud que le inspiraba la muchedumbre en las calles de Madrid. También estaban de paso algunos viajeros de su nación y le era preciso aceptar sus invitaciones, viviendo con ellos unas horas, sin su joven acompañante.

Durante estas ausencias, Florestán empezó á considerarse igual á Arbuckle. Fué, como él, á ocupar un sillón en el _hall_ del hotel, y para justificar dicho acto ante su propio juicio, se dijo que lo hacía por costumbre, porque le había tomado afición á sentarse bajo la cúpula de cristales, viendo la gente cosmopolita que pasaba entre las columnas del salón circular.

En realidad permanecía agazapado en su asiento, lo mismo que un espía que se finge distraído y lo vigila todo por el rabillo de un ojo. Seguía atentamente las entradas y salidas de los huéspedes, con la esperanza de que apareciese de pronto Concha Ceballos, proporcionándole este encuentro una entrevista más.

Le atormentaban ó le enfurecían ahora preocupaciones é inquietudes ignoradas semanas antes. Al acompañar á la señora Douglas por la ciudad, la cólera hacía pasar algunas veces por sus pupilas un resplandor agresivo, aconsejándole al mismo tiempo caer á bastonazos sobre la gente.

No podía la viuda pasar inadvertida en las calles inmediatas á la Puerta del Sol, donde las aceras están siempre ocupadas y hay que marchar con lento paso. Como en España no abundan las mujeres de gran estatura y el vulgo siente una admiración instintiva por las hembras altas, bien llenas, de porte gimnástico y andar ágil, el tránsito de la californiana parecía ir inflamando un reguero de avideces genésicas. Los más no la encontraban suficientemente gruesa para su talla aventajada; mas aun así, sentían en su imaginación el estallido de un cúmulo de fantasías salaces é inverosímiles, expresando sus deseos con el inevitable requiebro, que cuando más brutal les parece más de hombre.

--¡Eso es una hembra!... ¡Vaya una tía!

Adivinando por su aspecto que era extranjera, recargaban sin escrúpulo el color de sus admiraciones y anhelos, y creyendo no ser entendidos, se delectaban con sus propias desvergüenzas. La señora nacida en Monterrey parpadeaba ligeramente, estiraba el labio superior, palidecía un poco y seguía adelante, fingiendo no haber comprendido. Algunas veces, en realidad, no llegaba á entender, á pesar de su conocimiento del idioma; tan extraordinariamente soeces y de origen inconfesable eran las palabras con que algunos expresaban su entusiasmo.

Todo esto hacía sufrir á Florestán un suplicio nuevo. Él había transitado por las mismas calles acompañando á doña Amparo y Consuelito, sin oir nada semejante. Pero ahora iba con una extranjera, con una mujer que por su aspecto físico, su manera de vestir y sus movimientos se diferenciaba de las del país, y la excepción parecía inflamar la avidez carnal de los transeuntes.

--¡Gente grosera! ¡Pueblo sin educación!--protestaba en voz baja el joven.

Y no se atrevía á decir más, porque la señora Douglas continuaba su marcha fingiendo indiferencia, como si no hubiese entendido ninguna de las palabras musitadas por muchos hombres al cruzarse con ella.

Durante sus largas esperas en el hotel, las tardes que atisbaba una ocasión para encontrarse con la viuda, no gozaba el consuelo de verse acompañado como el bueno de Arbuckle. Permanecía solo horas enteras. Alguna vez veía á Casa Botero entrar en el _hall_; pero después de haber mirado á todos lados, al descubrir á Balboa se apresuraba á retirarse, como si no lo hubiese conocido.

Otras tardes se aproximaban á Florestán algunos compañeros suyos de estudio. Venían para bailar á la hora del té en los salones del hotel. Uno de ellos mostró en su lenguaje un desenfado igual al de la gente de la calle.

--De seguro que estás esperando á esa yanki. ¡Buena hembra!... ¡Te felicito!...

Luego le volvió la espalda, sin reparar en la palidez ofendida del joven. Con gusto, de seguir su instinto, le habría echado á la cabeza la taza de té que estaba sobre el velador.

Hubiera sido de gran alivio para él tener allí á don Antonio Mascaró, como lo tenía Arbuckle casi todas las tardes. Le habría contado cosas maravillosas de aquella tierra lejana en la que había nacido la señora Douglas, y que por esta circunstancia empezaba á ser para él la más interesante de todo el planeta. Pero Mascaró permanecía invisible.

A ruegos de la viuda, que deseaba conocer la historia de la reina Calafia por haberse enterado del apodo que la daba el catedrático, le envió éste un ejemplar de _Las sergas de Esplandián_, marcando los capítulos que describen la isla California y los actos de su valiente soberana. El volumen iba acompañado de una carta explicando su ausencia. Formaba parte de un tribunal de examen que se reunía todas las tardes, y de noche le era preciso escribir artículos para una revista. En resumen: no podía ir á tomar el té con ella, ni aceptar sus invitaciones á comer.

«Más adelante--escribía--, si usted sigue en Madrid, distinguida señora, tendré el mayor gusto en acudir á unos convites tan honrosos para mí y tan dignos de agradecimiento.»

Otro motivo de soledad para Florestán fué la nueva é inexplicable conducta que la dama empezó á observar con él. Cada día le buscaba menos. Iba espaciando sus invitaciones para las correrías en automóvil que realizaba por los alrededores de Madrid. Varias veces se había negado á aceptar su compañía para ir á pie por las calles. Únicamente quería verle de noche en el Ritz.

«¡Se cansa de mí!», pensó el joven.