La reina Calafia (novela)

Part 10

Chapter 103,762 wordsPublic domain

Otro motivo de satisfacción para Arbuckle era el entusiasmo con que el catedrático iba recordando la visita que había hecho á su tierra natal. La verbosidad exuberante de Mascaró hacía revivir ante sus ojos el panorama de San Francisco, el idolatrado «Frisco» de su infancia, cuyo desarrollo y belleza seguía admirando después de haber viajado por casi toda la tierra.

Para el español, era la Universidad de Berkeley, al otro lado de la hermosa bahía, uno de los mejores recuerdos de su existencia. Hablaba del campanil de esta Universidad, igual á una torre de faro, que los habitantes de San Francisco veían desde la orilla opuesta; de sus diez mil estudiantes, de su teatro griego, donado por la munificencia de un multimillonario, con arboledas en cuyo ramaje cantaban los pájaros como el coro antiguo de las tragedias.

--Aquí en Europa saben muy pocos lo que es una universidad americana--dijo una tarde á Florestán, que se había sentado con ellos en el _hall_--. Los más se limitan á imaginarse un edificio monstruosamente grande. «La mejor universidad de mi país--se dicen--tiene cincuenta ó cien metros de fachada. Entonces una universidad de América debe tener medio kilómetro cuando menos sobre la calle...» No señor; una universidad es allá un parque, un enorme parque, con fuentes, canales y algunas veces con lagos para regatas. Un palacio blanco es la biblioteca; otro palacio pertenece á las Letras; otro á las Ciencias; y además, los grupos de pabellones para los estudiantes, que forman un pueblo libre, y el club para los profesores, todo separado, con árboles, con pájaros, con una alegría que hace amable el estudio y placentero y suave el trabajo. El mejor recuerdo que guardan allá muchos hombres es el de los años pasados en la universidad-jardín.

Luego, el catedrático se expresaba con más energía, como si le irritase la consideración de una injusticia.

--Allá no hay presupuesto de Instrucción pública ni ministro tampoco. Las universidades son asociaciones libres, mantenidas por el dinero que dan los particulares. Se juntan los ricos para fundar una universidad, como aquí para fundar un casino en el que se juega... Todo multimillonario procura que le perdonen sus riquezas destinando la mayor parte á una universidad, á un museo, á una biblioteca. ¿Cuántos millonarios hemos visto en Europa que dejen sus fortunas á los centros de enseñanza? Algunos, si no tienen hijos, legan su dinero á un hospital ó un asilo. Los más erigen un convento ó una iglesia... Nunca una escuela ó una biblioteca. ¡Y todavía hay bodoques que se imaginan á los Estados Unidos como un país simplemente de comerciantes, de gentes materialistas, sin ninguna idealidad, sin amor á las letras y las artes!...

Otro recuerdo predilecto era su viaje por el Sur de California, donde habían existido las Misiones españolas, y su visita á la famosa ciudad de Los Angeles.

Este levantino del mar Mediterráneo se había imaginado revivir su infancia viendo junto al océano Pacífico los naranjales de la California meridional y sus otras arboledas de frutos variados. Eran planicies semejantes á las vegas de Valencia y de Murcia, pero todo en mayor escala, más enorme y vasto, mejor cuidado, alcanzando los árboles proporciones extraordinarias, revelando sus frutos el milagro de la voluntad del cultivador aplicada al estudio y selección de los dones del suelo. En torno á las estaciones de ferrocarril surgía de muelles y almacenes un perfume intenso de frutas maduras y tablas recién cortadas para fabricar cajas.

Los árboles se perdían á lo lejos en filas regulares, con sus troncos pintados de blanco para defensa de los parásitos, lo que les daba el aspecto de fustes de una columnata interminable. Todas las casas se mostraban embellecidas exteriormente por plantas trepadoras cubiertas de flores. Los caminos estaban orlados con eucaliptos de crecimiento tan enorme, que parecían contar siglos de existencia.

Casi todos los frutos del planeta se desarrollaban prodigiosamente sobre este suelo feliz. Mascaró recordaba entusiasmado la naranja californiana, luminosa como un pequeño farol japonés, guardando bajo su cápsula color de oro rojo un jugo denso, ávido de expansionarse, sin el menor vestigio de pepitas, por haberlas suprimido el cultivador con una incesante selección.

La gran curiosidad de este jardín infinito á la vista eran las antiguas Misiones de los frailes españoles. Todo californiano veía en ellas la gloria histórica de su país. Los más de los conventos estaban en ruinas, manteniéndose con milagroso equilibrio las arcadas de sus claustros, hechos de adobes, y parte de sus bóvedas. Algunos de estos monumentos humildes eran reconstruídos por el entusiasmo patriótico, invirtiéndose en ellos cantidades enormes que hubiesen asombrado á los compañeros de Junípero Serra. Para darles estabilidad eran introducidos armazones de acero en el interior de sus muros de tierra seca. Se empleaban los procedimientos más recientes y americanos de la edificación para perpetuar estas construcciones hechas por el indio y el fraile con simples rectángulos de barro cocidos al sol.

En los conventos que aún se mantenían de pie se agolpaban los viajeros de las ciudades para contemplar con histórica emoción las pobres custodias, las imágenes pintarrajeadas, todos los objetos humildes de culto que había logrado improvisar la miseria de unas Misiones perdidas en lo que era entonces para España el rincón más obscuro y lejano de sus colonias.

Recordaban estas iglesias á Mascaró, á pesar de la mediocridad y primitivez de sus adornos, muchos de los templos coloniales que había visto en sus viajes por la América del Sur. Fuesen pobres ó suntuosos, en todos ellos la principal riqueza estaba en el techo. Los frailes habían podido mostrarse pródigos al labrar el artesonado por vivir en países abundantes en madera. Sobre los muros de adobe cubiertos de cal se apoyaba la techumbre de atrevida curva, sustentada por maderos flexibles, que, en fuerza de inmersiones y continua presión, habían acabado por arquearse como las duelas de un tonel gigantesco. Otras veces estos techos tenían la forma de una artesa puesta al revés, de una barca con las puntas cortadas vuelta hacia abajo. Y las vigas, tendidas de muro á muro, parecían los bancos de esta embarcación invertida.

Las campanas de los conventos muertos eran guardadas como símbolos de la vieja California. Muchos hoteles enormes que la iniciativa americana iba construyendo en este país invernal buscaban su emplazamiento cerca de las ruinas de alguna Misión. Y si las ruinas no existían, el arquitecto procuraba inventarlas. Lo importante era que al entrar en el hotel pudiese admirar el cliente, entre los esplendores de un jardín moderno, una campana verdosa y rajada: la de los antiguos franciscanos españoles. La campana misionera era el remate del escudo de armas de California, figurando en todos los anuncios y marcas comerciales del país.

Junto al pequeño convento de Nuestra Señora la Reina de los Angeles se había ido formando la moderna ciudad de Los Angeles, la más elegante y atractiva de todas las urbes de los Estados Unidos.

--Es la Niza de allá--continuó don Antonio--; pero una Niza que tiene en invierno cerca de un millón de habitantes, cuatro ó cinco veces más grande que la de Europa, con todos los adelantos y comodidades de la vida americana y cerca del lugar donde la costa del Pacífico resulta más interesante por sus islas montañosas y su vegetación submarina. La ilusión de todo americano es ir en invierno á Los Angeles, y si es muy rico instalarse en Pasadena, lugar inmediato de hoteles caros y lujosos... En Mónaco, en Cannes y otros puertos de la Costa Azul se ven anclados los yates de los millonarios que han venido á pasar el invierno. Al llegar á Los Angeles encontré en la estación muchos vagones azules que permanecían apartados fuera de las vías en movimiento. Eran los yates terrestres de los millonarios de allá. Cada uno tiene su vagón especial arreglado á su gusto, y mientras pasa los meses de invierno en Los Angeles, el costoso vehículo espera en la estación, con su cocinero y sus ayudas de cámara inactivos, lo mismo que la marinería de un yate anclado. Cuando uno de estos personajes se cansa de comer en su hotel de Pasadena, entre jardines floridos, da á sus amistades un banquete «á bordo» de su vagón especial. Luego, al terminar el invierno, se vuelve á Nueva York en este coche-casa, ó á cualquiera otra de las ciudades de la costa del Atlántico. Seis días y seis noches de tren. Hay que retrasar ó adelantar el reloj varias veces, lo mismo que cuando atraviesa uno el mar para ir á América ó vuelve de allá. ¡Aquella nación es todo un mundo!...

Mascaró recordaba los túneles de Los Angeles. Al ensancharse la ciudad había tropezado con el obstáculo de varias colinas, que obligaron á su caserío á remontarse por las pendientes. Pero las grandes calles habían acabado por vencer las gibas del suelo perforándolas con túneles.

Estas avenidas subterráneas tenían sus paredes y sus bóvedas revestidas con ladrillos blancos de porcelana biselada. Noche y día brillaban en su seno focos de electricidad ocultos en el muro, y estos chorros luminosos de origen invisible se extendían por la curva del techo, descomponiéndose en las facetas de la porcelana con el irisamiento del nácar. Los focos de los autos, deslizándose como las cuentas de un rosario de fuego, cortaban con sus chorros móviles de luz roja este brillo lácteo, semejante al reflejo de la luna sobre un mar dormido.

--Cree uno que marcha por el interior de una ostra perlífera; parece que el automóvil se haya extraviado en las nacaradas revueltas de una caracola marina gigantesca.

Luego hablaba de la abundancia de los automóviles californianos como signo de la riqueza del país. Había un vehículo de esta clase por cada cuatro habitantes.

--De modo--continuó diciendo--que una mañana puede montar en auto la población entera de California, niños y viejos, y marcharse á toda velocidad, dejándola desierta... Pero no hay miedo de que lo haga. Es un suelo el suyo como no hay otro en el mundo.

Tan grande era la fama de este país, que su nombre, invención de un obscuro novelista de Castilla, había acabado por ser sinónimo de tierra hermosa. En Niza y Cannes, los barrios mejores por la fertilidad de sus jardines eran llamados La California. El título de la ínsula de la reina Calafia evocaba en todo el mundo una visión paradisíaca.

El oro que la había hecho célebre sólo representó una opulencia transitoria. Su riqueza permanente estaba en los campos cultivados. En su parte septentrional, antes de llegar á San Francisco, había selvas convertidas por la previsión del gobierno en parques nacionales, con árboles prodigiosos, las famosas «sequoias», bajo cuyas raíces formando arcos podían pasar á la vez varios hombres á caballo.

El subsuelo, rico en vetas auríferas, guardaba filones de los más diversos metales, y á esta riqueza sólida había venido á unirse en los últimos años el oro líquido, obscuro y maloliente necesario á la industria moderna. Por las entrañas de esta tierra, madre del naranjo y otras frutas de crecimiento maravilloso, circulaba el petróleo. Sobre las arboledas cultivadas asomaban su vértice los andamiajes de madera que marcan la existencia del pozo petrolífero. Dentro de la misma ciudad de Los Angeles había visto Mascaró terrenos rodeados de cercas, como si fuesen solares en construcción, mostrándose por encima de dichas barreras idénticos maderos en forma de pirámide. Eran fuentes de petróleo surgidas en el interior de la ciudad, pero cuya explotación había sido suspendida, por resultar incompatible con el funcionamiento y la hermosura de la vida urbana.

--Y la última riqueza de California es el cinematógrafo--siguió diciendo Mascaró--; una de las más importantes de los Estados Unidos, uno de sus primeros artículos de exportación.

No era en realidad la ciudad de Los Angeles el lugar santo donde se creaba la vida sin voz; se llamaba Hollywood, nombre de un pueblo inmediato.

Había nacido en los últimos años, desarrollándose con la rapidez biológica de un órgano reclamado imperiosamente por la función.

--En toda la tierra es conocido Hollywood; pocos son los que no han visto alguna vez sus calles--dijo el profesor á Florestán--. Esas avenidas orladas de pequeñas palmeras, con jardines sin valla, formando pendientes de musgo y de flores, por donde se persiguen los héroes de las historias cómicas y pasan automóviles que aplastan á las gentes ó marchan en vertiginoso zigzag, como si estuviesen ebrios, eso es Hollywood.

Su primera visita á dicha población había sido á mediodía, cuando los actores interrumpen su trabajo para tomar el _lunch_. Tenía unos quince mil habitantes, casi todos artistas. Los llamados «estudios», donde se producen las obras cinematográficas, eran la verdadera industria de esta villa. Como viven en ella miles de mujeres solas y ganando mucho dinero, habían surgido otras industrias menores: sombrererías, modistas y demás establecimientos de lujo. Los más de los habitantes tenían automóvil, guiándolo ellos mismos. Hasta los carpinteros y los maquinistas constructores de las decoraciones para las obras llegaban al trabajo guiando su vehículo mecánico. En las extensas avenidas, abiertas sin miedo á despilfarros de espacio, se adivinaba la existencia de los «estudios» al ver un centenar de automóviles en doble ó triple fila, todos con el dueño ausente.

Mascaró, al entrar en Hollywood, fué pasando entre numerosos grupos de odaliscas, unas envueltas púdicamente en sus velos, otras dejándolos flotar sobre sus espaldas, mientras corrían veloces, con una alegría de colegialas en libertad. En uno de los «estudios» se estaba filmando aquel día un cuento oriental. Las figurantas con familia acudían á sus casas para tomar el _lunch_ y regresar cuanto antes al fabuloso Bagdad del califa Harum Al-Rachid.

Enumeraba el catedrático las maravillas de este pueblo, que por sus incesantes transformaciones era llamado la Ciudad-Camaleón.

Cada «estudio» ocupaba vastos terrenos guardados por vallas, y en esta planicie cerrada, arquitectos y hábiles manipuladores del cemento armado construían y destruían en el curso del año toda clase de poblaciones. Un día, sobre las cercas se iban elevando, en hábil y engañosa perspectiva, la torre Eiffel, el puente Alejandro, la bóveda de los Inválidos, todo lo más conocido del panorama de París. Y las empresas cinematográficas aprovechaban tal reconstitución, que había costado meses y meses de trabajo, para filmar de una vez y en unos cuantos días todas las historias que tenían por escenario la capital francesa.

Otras veces se podía ver en Hollywood el puente de los Suspiros, el Rialto y la plaza de San Marcos de Venecia; ó un zoco árabe, de tiendecitas lóbregas, al que afluían varias calles abovedadas como túneles, agitándose en su ámbito abigarrada muchedumbre de mercaderes, camelleros, hembras veladas y santones.

--Y todo construído de verdad, todo sólido y duradero, como si no hubiera de ser echado abajo apenas el operador da la última vuelta de manivela á su aparato. ¡Los chascos que se llevaba uno en la Ciudad-Camaleón!...

Recordaba haber paseado por calles idénticas á las que habitan los obreros en los suburbios de las grandes ciudades industriales. Eran casas de ladrillo ahumado, fachadas monótonas, con vidrios polvorientos en sus ventanas. Las comadres de brazos arremangados hablaban apoyadas en los quiciales de las puertas ó remendaban sus ropas sentadas en el umbral. Un tranvía viejo pasaba por el centro de la calle, haciendo apartarse á los grupos de chicuelos astrosos, hijos de emigrantes italianos ó irlandeses.

El catedrático había creído que este barrio de trabajadores sobre terrenos dedicados á la cinematografía era una prolongación olvidada de la vida industrial de algún grupo de fábricas próximas. Pero de pronto, cuando sus acompañantes abrieron la puerta de una de las casas y le invitaron á pasar adelante, no pudo contener una exclamación de asombro. La casa no continuaba. La calle estaba hecha simplemente de fachadas, y lo mismo ella que las gentes que se agrupaban junto á las puertas, las tiendecitas sucias de los pisos bajos, el tranvía viejo, los carretones circulantes cargados de cajas y toneles, todo era fingido, todo preparado para representar cinematográficamente una novela de la vida obrera en los Estados Unidos.

Todos los pueblos de la tierra, atraídos por el nuevo arte, enviaban sus gentes y sus idiomas á la Ciudad-Camaleón.

Mascaró había visto en las diversas secciones de un mismo «estudio», que filmaba varias historias á la vez, bailarinas de Málaga y bailarinas de Bombay, jinetes mejicanos ó de Australia, gauchos de las Pampas y esquimales venidos de Alaska. En las inmediaciones de Hollywood volaba á veces un aeroplano, cuyo tripulante hacía dar al aparato las vueltas más audaces, arrojándose luego en el vacío, para agarrarse á un árbol ó un tejado.

Resultaba visible la riqueza de la Ciudad-Camaleón en los edificios y las personas. Las casas de los artistas, rodeadas de floridos jardines, eran de madera en su mayor parte, elegantes _bengalows_, adornados interiormente con ricas alfombras y muebles ostentosos. Se adivinaba la aburrida suntuosidad de las gentes que ganan mucho dinero y se ven obligadas por su trabajo á permanecer siempre en el mismo sitio. Era una opulencia igual á la de los mineros aglomerados en un rincón solitario de la tierra, que no saben qué inventar para aligerarse del oro que llevan ceñido al talle.

Casi todas las mujeres iban elegantemente vestidas, con una elegancia pesada y costosa. Algunas, en las primeras horas matinales, llevaban trajes de rica seda bordados de oro.

La dulzura del cielo, la persistencia del sol de California, que rara vez deja de mostrarse, habían impulsado las grandes industrias cinematográficas á establecer sus «estudios» en este pueblo junto á Los Angeles. Hasta el pasado salvaje del país ayudaba al mayor esplendor del arte mudo. Cerca de Hollywood existía una de las llamadas «reducciones» de indios, porción de terreno que el gobierno deja á las antiguas tribus para que sigan vivaqueando como antes de la conquista realizada por los blancos.

--Estos pieles rojas--continuó don Antonio--han acabado por sentir, como cualquiera señorita, la tentación demoniaca del cinematógrafo, y buscan el figurar en los _films_ cuando alguna historia exige la presencia de indios. En la Ciudad-Camaleón, los reclutadores de figurantes son personajes que merecen tanto interés como los que construyen poblaciones de quita y pon. Basta decirles: «Necesito quinientas personas de esta ó de la otra clase», y al día siguiente, á las siete de la mañana, se presenta en el «estudio» la muchedumbre amaestrada que ha pedido usted. Si la fábula exige la presencia de una tribu india, el agente echa mano al teléfono y llama al cacique del campamento próximo, pues en las tolderías de los Estados Unidos hay teléfonos, máquinas de coser, máquinas de contar el dinero y plumas estilográficas, lo que no impide que las gentes lleven aún plumas en la cabeza, mantas rayadas y pantalones de cuero acampanados, con cabelleras colgantes. «Para mañana--dice el reclutador--quiero cien guerreros con sus familias y sus tiendas.» Y al día siguiente, á primera hora, acampan en los terrenos del «estudio» los pieles rojas con traje de guerra, armados de lanza y flechas, y fuman acurrucados en el suelo sus largas pipas de piedra, mientras las mujeres, chatas y de ojos oblicuos, plantan las tiendas cónicas de cuero pintarrajeado, y los chiquillos cobrizos juguetean con los perros de la tribu.

Se entusiasmaba el catedrático al hablar de las ventajas de la cooperación y del capital abundante. En unas cuantas horas podía uno improvisarse cinematografista en la Ciudad-Camaleón, alquilando un «estudio» donde todo estaba preparado: el personal, las fuerzas eléctricas, los reflectores, enormes como los de un navío de guerra. En Europa había que hacer las cosas partiendo de lo más elemental, como el que se ve obligado para construir un mueble á empezar por la siembra de la semilla del árbol, esperando á que éste crezca y pueda proporcionar finalmente tablas para la deseada fabricación.

Cada artista trabajaba según la calidad de su rostro.

--El figurante novel, al ofrecer sus servicios, queda clasificado por los conocedores. «Cabeza de juez», apunta en su libro de notas el agente. Y cuando un «estudio» necesita un juez, lo llaman... En Europa no trabajaría una semana en todo el año. En Hollywood, donde se crean á la vez quince ó veinte historias cinematográficas, no hay día en que el «juez» deje de trabajar.

Y así continuaba enumerando las particularidades de la Ciudad-Camaleón; pueblo que no tenía más allá de una docena de años de verdadera existencia y llenaba el mundo con sus obras, dando alimento imaginativo á todas las razas de la tierra, venciendo los obstáculos que oponen los idiomas y los colores diversos de las gentes, haciendo penetrar muchas veces la poesía ó los adelantos del pensamiento en lugares inaccesibles por la tradición ó la barbarie, donde jamás consigue entrar el libro.

Para Arbuckle, representaba un placer reposado y dulce escuchar al catedrático envolviéndose en las nubes de su habano, hundido en las blanduras de un sillón de la rotonda, atisbando al mismo tiempo, disimuladamente, todas las personas que veía entrar en el hotel y dirigirse á los ascensores. Como Mascaró sabía evocar con una realidad casi tangible el recuerdo de la amada California, esto le hacía imaginarse que la señora Douglas estaba allí, entre ellos, aunque transcurriesen las horas sin que se mostrase.

En espera de tiempos mejores, Haroldo encontraba aceptable su actual situación. Algunas tardes la viuda se quedaba en el _hall_, después del almuerzo, hablando con sus amigos, pues aquel sabio, que decía cosas tan hermosas y agradables, parecía atraerla con el encanto de su palabra. El californiano se explicaba esta fuerza atractiva. Florestán le era simpático por su juventud, pero apenas si fijaba en él su atención. Después de la viuda sólo tenía ojos para el gran Mascaró.

Esta espera plácida de hombre que cuenta con el tiempo para la realización de sus deseos, y considera inútiles audacias y prisas, se vió turbada de pronto por un suceso inesperado. Una tarde, cuando Arbuckle aguardaba la llegada de su amigo el catedrático, vió avanzar bajo la cúpula del _hall_ á otra persona conocida, pero que él se imaginaba muy lejos de Madrid: el marqués de Casa Botero.

Lo había encontrado en París, durante varios meses, casi todos los días, por ser un amigo de la señora Douglas, tan persistente y tenaz como él. La mayor preocupación del californiano al salir para Madrid había sido que el otro no averiguase el paradero de la viuda.

Este encuentro era lo peor que podía ocurrirle; pero á pesar de ello apretó la mano del marqués con forzuda efusión, sonriendo al mismo tiempo sin hipocresía. Estaba enterado desde su juventud de la cortés lealtad con que debe tratarse á un adversario. Había estrechado la diestra, siendo muchacho, de muchos camaradas con los que se batía luego á puñetazos. Terminado el boxeo, era también de regla darse una mano, mientras la otra estaba ocupada en rascarse los chichones y limpiar el rostro de sangre. Hay que demoler al enemigo si se puede, pero sin faltar nunca á la consideración que merece por ser hombre.

--¿Usted aquí? ¡Qué sorpresa!...

Y el otro contestó con una petulancia en la que se adivinaba su deseo de aplastar al hombre de negocios:

--Sentí de pronto el deseo irresistible de contemplar una vez más los Velázquez. Yo soy muy artista y tengo necesidades espirituales que ignoran otros.