Chapter 9
¿Ministros nuevos? No. Nunca. Un ministro nuevo se usa en seguida y a los dos o tres meses queda convertido en un ex ministro. Hay países de una intensa vida económica que pueden permitirse el lujo de cambiar frecuentemente de ministros, así como un hombre rico cambia frecuentemente de automóvil; pero nosotros no estamos en el mismo caso. ¡Si cada nueva cesantía anulase una cesantía vieja! ¡Si cuando el señor Prado Palacio, por ejemplo, sea declarado ex ministro, dejasen de ser ex ministros el marqués de Lema o el conde de Bugallal!... Pero, hoy por hoy, lo que nos conviene es ir tirando con los ex ministros actuales. Son viejos, muy viejos, tan viejos como el mismo sistema parlamentario; son malos y están pasados de moda, pero no nos suponen ningún nuevo gasto. Bien conservados, estos ex ministros pueden durar todavía otro cuarto de siglo u otro medio siglo, lo que en la política española no creo que represente gran cosa. Y cuando se mueran del todo--allá para el año 1950--, entonces se podrá pensar en sustituirlos con algunos hombres jóvenes, como D. Melquiades Alvarez, por ejemplo, o el doctor Simarro...
VII
UN ARTÍCULO MINISTERIAL
Si yo fuese un escritor ministerial, ¡qué artículo haría acerca de las últimas elecciones!
Nos han derrotado en las grandes ciudades--diría--, pero esto no nos extraña. Las grandes ciudades son verdaderos focos de corrupción, donde se van perdiendo íntegramente los sentimientos de humildad, de obediencia y de amor al pasado. Casi todos los madrileños saben leer y escribir, y aunque una enérgica censura amordaza a los escritores de la mala prensa, las ideas disolventes siempre encuentran camino por donde llegar al cerebro del pueblo. Indudablemente, el analfabetismo vale mil veces más que la censura. Todo el arte de los escritores radicales se estrella contra el hombre del campo, hombre sano de cuerpo y de inteligencia, que no sabe leer ni lo necesita para trabajar las tierras de su señor y para darles el voto a los candidatos del orden. Y el hombre del campo ha votado la candidatura ministerial.
Hemos triunfado en el campo, donde todavía se conservan las venerandas tradiciones de nuestros mayores; donde el médico, no contaminado por teorías extrañas, sangra buenamente a sus enfermos, igual que en tiempo de nuestros abuelos; donde el pobre se resigna a ser pobre como el rubio se resigna a ser rubio; donde el cura prohíbe que se baile el agarrado y que se lean los periódicos liberales, y donde se respeta el orden, la propiedad, el clero y la Guardia civil. Hemos triunfado en el campo y hemos fracasado en las ciudades. ¿Hay nada más significativo?
Porque las ciudades están dejadas de la mano de Dios. En Madrid, la juventud pasa su vida bailando bailes extranjeros, bebiendo bebidas extranjeras y--cosa mil veces más nefanda--leyendo libros extranjeros. Ahora les ha dado a los madrileños por poner en las casas baño y ascensor, y esto será muy agradable para el cuerpo, pero tiene que ser funesto para el alma. Baños, librerías, grandes hoteles, derechos políticos, un Ateneo, una Casa del Pueblo... ¿Es que nuestros mayores necesitaban ninguna de estas cosas?
Días atrás, cuando los balcones de Madrid se engalanaron con toda suerte de colgaduras en homenaje al Corazón de Jesús, creíamos que la capital de España se arrepentía y hacía enmienda de sus errores. Las elecciones nos demostraron que esta hipótesis era falsa. Indudablemente, el madrileño que tiene colgaduras está deseando un pretexto para exhibirlas, y cualquiera que sea este pretexto las exhibe; pero esta exhibición, puramente decorativa, no tiene jamás un carácter ideológico. Madrid está perdido, y con él están perdidas todas las grandes ciudades españolas. Las han perdido las bibliotecas públicas, la Prensa, el agua corriente, los hoteles cosmopolitas, el telégrafo, el teléfono, los teatros, que, de lugares de solaz, van convirtiéndose en vehículos de ideas pecaminosas, y tantas otras invenciones de este siglo maldito. (Para un escritor ministerial todas las cosas antiministeriales son invención de este siglo.) ¿Cómo iban a votarnos?
Nuestra derrota demuestra que nosotros no tenemos nada que ver con esta época de disolución social. Nosotros representamos las venerandas tradiciones de nuestros mayores. Somos el pasado. Somos el año de la Nanita...
VIII
EL ENGAÑO DE LAS CRISIS
Cada vez que cae un Gobierno, yo experimento un sentimiento de liberación. El aire me parece más puro; las mujeres, más guapas; los manjares, más sabrosos.
--Trabajillo ha costado--exclamo--; pero, al fin, somos libres. Ya no tenemos Gobierno. Hemos realizado nuestro ideal...
Desgraciadamente, está en nuestra naturaleza el no poder nunca darnos cuenta de la felicidad presente. Por esto, la felicidad es inasequible, y por esto, acaban resolviéndose todas las crisis ministeriales. Al cabo de dos o tres días, el Gobierno caído es siempre sustituido por otro, y de nuevo hay que dedicarse a la tarea de demolerlo. Totalizando las diferentes crisis que, poco a poco, logramos obtener, apenas si España llegará a vivir al año un mes entero sin Gobierno. ¡Un mes entre doce! No vale la pena.
Por mi parte, yo no ayudaré ya nunca a echar abajo a ningún Gobierno, como no me garanticen que luego no van a sustituirlo con otro. Mucho más cuando al otro es seguro que ya habíamos tenido también que echarlo abajo anteriormente. No veo en qué puede convenirle a un hombre soltero, que ejerce una profesión liberal, el que le gobiernen el Sr. Dato o el señor Maura, el Sr. García Prieto o el Sr. Sánchez de Toca. Probablemente, les interesa mucho más a estos señores gobernarme a mí de lo que pueda nunca interesarme a mí el que me gobiernen ellos.
Y si un pueblo no puede vivir sin Gobierno--premisa a la que no le concederé ningún valor mientras, como ocurre ahora, tampoco pueda vivir con él--; si un pueblo no puede vivir sin Gobierno, y si los gobiernos constituyen «un mal necesario», entonces, por lo menos, debemos exigir que las crisis duren un poco más. Una crisis de tres o cuatro días no compensa el esfuerzo necesario para arrancar del banco azul a estos ministros que parecen lapas.
IX
ACCIÓN POLÍTICA DE LOS MARISCOS
Se inicia un cambio en la política española. Hasta hace muy pocos días, el político solía ser, entre nosotros, un hombre de la provincia de Pontevedra, amigo personal del marqués de Riestra y padre de una numerosa familia. Cuando un paisano mío carecía de oficio y no sabía hacer nada que le permitiese vivir en su tierra, si no tenía dinero bastante para irse a Buenos Aires, venía a Madrid y se dedicaba a ministro. De mí sé decir que, este verano, unos marineros me pidieron en mi pueblo nada menos que un grupo escolar; aquellas gentes sencillas sabían que yo vivía en Madrid y no concebían que pudiese vivir de otra cosa más que de ministro, lo que, después de todo, demostraba cierta lógica. Si, en efecto, la mayoría de mis paisanos residentes en Madrid no fuesen ministros o ex ministros, ¿cómo se las arreglarían para pagar al casero? ¿Es que el Sr. García Prieto, por ejemplo, podría sostenerse en la corte escribiendo artículos para _El Sol_? Pero ahora, para llegar a ministro, ya no basta haber nacido en la provincia de Pontevedra, y comienza a hacerse indispensable el ser catalán. Y éste es el cambio que se inicia en la política española.
A primera vista, parece que se trata de un cambio superficial, y quizá no se trate, en efecto, de un cambio muy profundo. Sin embargo, yo creo que entre el político gallego y el político catalán hay una diferencia mucho más importante que la del acento. Lo terrible del político gallego era su asombrosa capacidad de reproducción. Nacidos al pie de las rías bajas, aquellos políticos se reproducían como las sardinas. Al cabo de quince años, cada ministro le había dado vida a cinco ministros, a diez subsecretarios, a diez directores generales y a veinte gobernadores, sin contar los empleados subalternos. Todo el mundo conoce la fecundidad de la provincia de Pontevedra, que es una de las más pobladas, si no la más poblada, de España. Esta fecundidad suele atribuírsele a los mariscos, y si la explicación es exacta, los mariscos vienen a ser, en fin de cuentas, los verdaderos responsables del nepotismo español. ¡El nepotismo español o las ostras, los cangrejos y los percebes de las rías bajas!...
Los políticos catalanes no parece que se reproduzcan tanto como los políticos gallegos, y esto constituye, por sí sólo, una gran ventaja para el país. ¿No se comen, quizá, muchos mariscos en Cataluña, o es que el marisco del Mediterráneo vale menos que el del Atlántico? Y por otro lado, ¿conocemos nosotros todas las posibilidades políticas del marisco catalán? Si hubiese en España alguien que estudiase la política con un criterio realmente científico, yo le propondría este problema, que considero de un interés capital; pero, por desgracia, aquí no hay ningún tratadista político verdaderamente serio.
X
ARRASAMIENTOS
«Cuando una insubordinación se manifiesta en Barcelona o en otra provincia--ha dicho el general Aznar--, sólo procediendo enérgicamente se domina y se la hace entrar en la ley.» «Si es preciso--añadió--, se arrasa la población...»
Yo creo que estas palabras del general Aznar tienen toda la categoría de un proyecto, y me extraña el ver que algunos periódicos lo rechazan sin tomarse la molestia de estudiarlo técnicamente. Porque desde luego, si existe en España alguna dificultad para arrasar poblaciones, a mí me parece que es una dificultad exclusivamente técnica. Eso de imaginarse que el Gobierno no puede arrasar Barcelona por razones de orden moral, político o jurídico, demuestra, en mi sentir, una profunda ignorancia en materia de arrasamientos. Las dificultades de este triple carácter tienen muy poca importancia en el país de La Cierva y Sánchez Guerra. En cambio, las dificultades técnicas constituyen, en el país de los mismos señores, algo verdaderamente muy serio.
Y, sentado esto, yo considero que debemos dejar a un lado consideraciones ociosas, y rogarle al general Aznar que no desarrolle su plan. Cuando el general Aznar, que ocupa en el Ejército un puesto tan alto, ha insinuado la idea de arrasar Barcelona para dominar a los elementos rebeldes, es que, indudablemente, esta idea es factible. Ahora bien, general: nos hace falta un presupuesto. Queremos saber en cuánto tiempo y por cuánto dinero se comprometería su señoría a hacer en Barcelona un arrasamiento en forma. El Ejército alemán, con un material formidable y una dirección de primer orden, tardó cuatro años en arrasar Reims a satisfacción del Káiser; y siendo Reims una de las ciudades más ricas de Francia, invirtió en la destrucción tanto como lo que ella valía. Claro que nosotros no somos tan exigentes como el ex Káiser. Acostumbrados a innumerables resignaciones, probablemente nos conformaríamos con un arrasamiento mucho más vasto que el de la ciudad de Reims; pero ¿qué nos vendría a costar ese arrasamientito? El caso está en que, para evitar la posibilidad remota de perder Barcelona una vez, no vayamos realmente a perderla dos veces, primero arrasándola, y segundo, invirtiendo en el arrasamiento el dinero que costó la edificación. Por otro lado, el problema de Barcelona es urgente, y si el arrasamiento puede durar cincuenta o sesenta años, no creo que constituya una solución eficaz.
Supongo que el general Aznar sabrá apreciar la diferencia que existe entre esos periódicos que han acogido sus manifestaciones del Senado con una vocinglería sentimental, y yo, que las enfoco seriamente en el terreno de la realidad. ¡Arrasar Barcelona! ¿Qué duda cabe de que así se acabaría de una vez y para siempre con todas las cuestiones de Barcelona? Lo malo, como digo, son las dificultades prácticas. A veces, discutiendo con un amigo, y no logrando hacerle adoptar mis puntos de vista, yo he sentido también el deseo de arrasarlo, y, si me contuve, no fue, no, por motivos morales, sino, precisamente, por dificultades técnicas. Y es--para decirlo con una frase digna de la Alta Cámara, donde hizo sus manifestaciones el general Aznar--que «los individuos son como los pueblos, y los pueblos son como los individuos».
XI
EL CONGRESO, A CUARENTA GRADOS
El otro día, con un calor de cuarenta y tantos grados, estuve en el Congreso. Yo nunca había observado la política española a una temperatura tan alta. Algunos diputados, tendidos en sus escaños, parecían cadáveres en descomposición. Olía mal.
--Indudablemente--pensé--, el Parlamento no es un espectáculo de verano. Para el verano ya tenemos las corridas de toros, que se hacen al aire libre.
Y, dirigiéndome a un diputado amigo:
--¿Por qué no cierran ustedes?--le dije.
--¿Cerrar?--exclamó--. Y la labor legislativa que tenemos por delante, ¿es que van a hacerla los porteros?
--¡Hombre! En caso de apuro...
--Todo se vuelven diatribas contra el diputado en este país--añadió mi amigo--, y el diputado es un mártir. Ya ve usted a los diputados franceses. No contentos con ganar quince mil francos al año, quieren que se les dupliquen las dietas. El diputado español, en cambio, lejos de cobrar, paga. ¿Sabe usted cuánto me han costado a mí las elecciones? Veinte mil duritos. Así se demuestra el amor a la patria. Y aquí me tiene usted, en pleno mes de agosto, respirando este aire corrompido.
--Es el aire de la política. Yo había oído hablar de él, pero no lo había respirado nunca. Cuando leía en algún periódico eso del aire corrompido de nuestra política, creía que se trataba de una frase. Ahora lo respiro materialmente y me doy cuenta de que es mefítico.
--A veces huele como a ajos.
--Ese olor es la democracia. Es la esencia misma del régimen parlamentario. No hable usted mal de él...
Los ventiladores giraban a toda velocidad; pero inútilmente. Está demostrado que la política española, sometida a una temperatura de cuarenta grados, se descompone por completo. Quizás ocurra también lo mismo con la política inglesa, por ejemplo; pero ¿cuándo marca el termómetro cuarenta grados en Londres?
Decididamente, habrá que cerrar el Congreso si no queremos que se declare en Madrid, y que se extienda luego por el mundo, una nueva epidemia hispánica. Y por tarde que lo abran después, siempre lo abrirán a tiempo.
XII
OPTIMISMO
Yo no sé si el lector ha observado mi actitud ante el porvenir de España. Hasta ahora, esta actitud ha venido siendo la de un escéptico, la de un hombre sin fe ni esperanza ningunas. Los conservadores nos prometían una revolución desde arriba, y yo sonreía incrédulamente; los republicanos y los socialistas nos anunciaban una revolución desde abajo, y yo volvía a sonreír con la misma incredulidad.
--Esto no puede seguir así--me decían--. Esto tiene fatalmente que transformarse. El mundo entero se transforma, y España no está en la Luna, sino en el mundo...
Todo era inútil. En el fondo, yo tenía una idea así como de que España no estaba en el mundo, sino en la Luna. Yo no creía en el porvenir de España. Yo era un escéptico...
Era un escéptico, amigo lector, pero ya no lo soy. Mi escepticismo tenía una causa y esta causa acaba de desaparecer. Ahora sólo me toca manifestar que la causa en cuestión estaba en la calle de Cedaceros, y que era esa valla con que el Sr. Vitórica ha estado, durante tanto tiempo, entorpeciendo el tráfico de Madrid.
Cuando yo pasaba por la calle de Cedaceros, mi espíritu se anegaba en un torrente de amargas reflexiones.
--¿Cómo vamos a derrumbar nada en España--pensaba yo--si todavía no hemos podido derrumbar esta valla? La Prensa la ataca, el Parlamento la combate, el pueblo la maldice y ella sigue en pie. La juventud estudiantil, esperanza de la patria, ha venido aquí una noche, armada de mazas y de picos, y la ha asaltado románticamente, pero la valla sigue incólume. Hasta las autoridades gubernativas se propusieron echarla abajo, sin que su gestión obtuviera éxito ninguno... Y ¿qué se puede esperar de un pueblo que, todo él, no logra demoler una pobre valla de maderas carcomidas?...
Es indudable que, si yo me manifesté durante estos últimos años como un escritor pesimista, ello ha consistido, principalmente, en la frecuencia con que pasaba por la calle de Cedaceros. Pero, al fin, la famosa valla ha caído en tierra, y ahora todo me parece posible.
--Unas gentes que han acabado con la valla de Vitórica--me digo--pueden acabar con la misma política del Sr. Cierva. España se transformará. Llegará un día en que los madrileños tendremos hasta gas para el alumbrado público. Hay que mirar al porvenir con confianza. Hay que ser optimistas... Dentro de más o de menos años, no tendría nada de asombroso el que los habitantes de Madrid pudiesen trasladarse a La Coruña en un término de veinticuatro horas. Todo es de esperar en un pueblo tan enérgico. Los trenes andarán. Un kilo de pan llegará a pesar lo menos tres cuartos de kilo. Hasta es posible que haya casas para las familias que deseen alquilarlas... Tengamos fe en los hombres que han deshecho la valla de la calle de Cedaceros.
LA ANTIPOLÍTICA
I
EL NUEVO DECORADO DEL MUNDO
Cada tres o cuatro siglos vienen unos hombres; se ponen a barrer, a fregar, a empapelar y a repintar el mundo. ¿Lo dejan mejor? Probablemente, no; pero esto no importa. Le quitan el polvo, lo refrescan, lo varían y le dan un interés nuevo. Si los revolucionarios pudieran cambiar de planeta de vez en cuando, e irse a pasar una temporada con los marcianos o con los selenitas, el mundo, seguramente, no sufriría tantas transformaciones. Por desgracia, las comunicaciones interplanetarias no han pasado aún de la categoría de proyecto, y cuando la humanidad se aburre en su viejo domicilio, comienza a coger trastos y a echarlos patas arriba.
Y esto es lo que ocurre hoy. El mundo se está transformando, con gran indignación de muchos señores que se habían instalado en él confortablemente y para que no los molestase nadie. Estos señores no ven la necesidad de cambio ninguno. El mundo les parece verdaderamente bien, y en realidad, ¿qué mundo ha estado nunca mejor? Tiene calefacción central y juicio por jurados. Tiene sistema parlamentario. Tiene gas, tiene luz eléctrica, tiene telégrafo y teléfono, tiene leyes de Accidentes del trabajo, y tiene cinematógrafo. Es un mundo con todo el _confort_ moderno, un mundo sumamente recomendable.
Lo que ocurre con este mundo es que no le gusta a todo el mundo. Los rusos, por ejemplo, tienen otras teorías estéticas, y después de haber transformado el decorado teatral, no sería extraño que transformasen también el decorado del mundo. Y el mundo futuro vendrá a ser, poco más o menos, con respecto al mundo actual, una cosa así como el _ballet_ ruso con relación a la ópera italiana.
¿Qué quieren esos obreros que arman tanto escándalo? ¿Qué quieren esos carpinteros? ¿Qué quieren esos fontaneros? ¿Qué quieren esos fumistas? ¿Qué quieren esos empapeladores?... Quieren arreglar el mundo, intacto desde la Revolución francesa, para que tire una temporadita de algunos siglos. ¡Si se les pudiese decir que volviesen otro día!... Pero es inútil, y hay que resignarse a todas las molestias de vivir en una casa donde se están haciendo reparaciones.
II
LOS PROLETARIOS DE LEVITA
Yo soy lo que se llama un proletario de levita. No es que yo tenga una levita. No es que yo sea un proletario. Ni los hombres que tienen levita son, en rigor, proletarios, ni los verdaderos proletarios tienen levita. Yo no tengo una levita ni soy un proletario, y, sin embargo, cuando veo que en un periódico conservador se habla de los proletarios de levita, no puedo dejar de darme por aludido. Indudablemente, la frase «proletario de levita» representa un concepto teórico, y aunque para los usos prácticos de la vida yo no tenga levita ninguna, teóricamente sí la tengo. Yo tengo, como quien dice, una levita teórica. Es una levita que no se puede empeñar; pero, en teoría, esto carece de importancia.
En realidad, el proletario de levita viste casi siempre de americana. A veces, tiene un _smocking_ para conquistar, en los hoteles de moda, ricas herederas o políticos influyentes. A veces, tiene un frac, y en algunos casos excepcionales, puede presentar hasta un chaquet; pero, desde luego, no tiene nunca levita. Y es verdaderamente absurdo esto de pertenecer a una clase que se caracteriza tan sólo por el uso de una prenda que no usa jamás. Es absurdo y es grotesco el ser un proletario de levita...
Hace varios años, el dueño de un periódico donde yo solía colaborar desde París, me envió una carta diciéndome: «El periódico marcha muy bien. Tenemos un gran prestigio. Nuestras opiniones son acogidas con respeto en las altas esferas. Hemos conquistado al público de levita; pero esto no basta. Ahora hay que conquistar la blusa, y yo cuento con usted...» Aquel hombre no me daba arriba de dos o tres duros por artículo, y yo le contesté sin gran entusiasmo: «El termómetro--le decía--marca quince grados bajo cero. El Sena comienza a helarse, y en vez de la blusa, yo quisiera conquistar un buen gabán de abrigo.» Mi ideal consistía entonces en ser un proletario de gabán, y creo que lo realicé ya algo entrado el verano...
Pero volvamos a los proletarios de levita. «Todo el mundo piensa en los obreros--escribe un periódico conservador--. Todo el mundo se ocupa de los proletarios de blusa. De los proletarios de levita, en cambio, no se acuerda nadie...» Yo no creo que nadie se ocupe de los proletarios de blusa más que ellos mismos. En cuanto a los proletarios de levita, ¿cómo no vamos a pasar inadvertidos, si no se nos conoce? ¿Cómo van a fijarse los gobiernos en el proletario de levita si el proletario de levita viste de americana?
Yo propongo que nos enlevitemos todos y que constituyamos un gran sindicato con sus diferentes secciones. Luego, un día haríamos, por ejemplo, la huelga de la literatura, y desde la hora convenida no saldría a la calle ni un solo adjetivo. ¡Qué conflicto para el régimen!... Pero ya verán ustedes cómo no hacemos nada. Los proletarios de levita no tenemos instinto de conservación, además de no tener levita.
III
EL SINDICALISMO COMO BASE DE UNA NUEVA ANTROPOLOGÍA
Después de todo, los sindicalistas no se proponen una cosa tan extraordinaria como puede creerse. ¿Qué más da el que los hombres estén clasificados por naciones que el que lo estén por oficios? La raza, el idioma, la religión, las costumbres... Convengo en que todo esto es un poco vago y un poco confuso; pero, ¿y la cerrajería?
Los sindicalistas pretenden que donde hoy dice «España», «Inglaterra», «Francia» o «Alemania», diga mañana «Sindicato del Hierro», «Sindicato del Carbón», «Sindicato de la Madera», «Sindicato del Papel»... Al principio, naturalmente, los miembros de unos Sindicatos aparecerán mezclados con los de los otros, y en lo que hoy es España, por ejemplo, habrá hombres de papel a la vez que hombres de madera, de carbón y de hierro; pero, a la larga, es lógico suponer que cada Sindicato vaya localizándose en lo posible allí donde encuentre sus primeras materias. Entonces surgirá, no sólo una nueva Geografía política, sino también una nueva Antropología. Los trabajadores del carbón constituirán una raza muy morena. Los albañiles formarán una muy rubia. Si hoy se parecen ya todos los albañiles del mundo, aunque no sean hijos de albañiles y aunque la albañilería sea el único vínculo que los une, ¿qué no ocurrirá a los dos siglos de sindicalismo? Probablemente, los distintos Sindicatos darán origen también a religiones diversas, ya que no es fácil concebir cómo se pueden tener las mismas creencias ni los mismos sentimientos en el país del carbón que en el país de la cal. Y si es verdad que la terminología de los oficios constituye el manantial más rico donde se nutren todos los idiomas modernos, ¿cómo no suponer que cada Sindicato llegará a tener una lengua propia, ininteligible para los otros?