Chapter 5
El hombre se queda muy apesadumbrado. ¿Se tratará, acaso, de un hombre que ignora su estado civil y que pretende averiguarlo preguntándoselo a las gentes? ¿Considerará este hombre, tal vez, que, siendo periodista, yo debo estar mejor informado que las otras personas? ¡Caso triste, en verdad, el de un señor que no sabe quién es y que no encuentra quien se lo diga!... Yo comienzo a afligirme, pero el señor me recita de pronto su nombre, su edad, su profesión, sus apellidos y sus motes.
--¿De modo que usted sabía quién es?--exclamo.
--Claro está.
--Y entonces--prosigo--, ¿con qué objeto me lo preguntaba usted a mí?
No me lo preguntaba para informarse, sino que lo hacía con una intención perfectamente capciosa.
Yo permanezco algo desconcertado, y al poco rato comparece otro hombre.
--¡Hola!--exclama el otro hombre--. ¿No sabes quién soy?
--No sé quién eres.
--Y éste--añade señalando a un compañero suyo--, ¿tampoco sabes quién es?
--Tampoco. No sé quiénes sois; pero tal vez puedan informaros en el Juzgado municipal.
Desde que estoy en el pueblo, numerosas personas se me han acercado para que les diga sus nombres. Al principio procuraba complacerlas y hacía esfuerzos inauditos a fin de recordar bien. Ahora ya no me canso. Se trata de un _sport_ local que no me interesa gran cosa. Faltas de otro entretenimiento, las gentes esperan aquí cinco, diez o quince años el regreso de algún convecino viajero para preguntarle quiénes son. Quieren ver si uno ha conservado la memoria durante sus viajes, y, si el tabaco, por ejemplo, se la ha estropeado a uno, entonces le consideran a uno un hombre terriblemente orgulloso.
XIV
EL CAMINO DE SANTIAGO
El que quiera trasladarse en ferrocarril al siglo XIII, que no piense en Santiago. Lo más siglo XIII de Santiago es el viaje. Desde la Coruña se va en automóvil, pero ¡qué automóvil! Viajando en él, yo he tenido una sensación de cosa arcaica y primitiva que no hubiese podido tener nunca viajando en una diligencia. Me parecía así como si el automovilismo fuese una invención medieval, una invención que se hubiese perfeccionado en otras partes a fuerza de siglos, pero que hubiese permanecido estacionaria en el camino de Santiago. Si me aseguran que cuando se descubrió el cuerpo del Apóstol, aquel mismo automóvil había servido para conducir a Santiago los primeros peregrinos, yo lo creo sin vacilar.
En Santiago quise comprar periódicos, pero no había más que _El Correo Español_ y _El Debate_. Esto también me produjo una impresión de medievalismo. Se hablaba de la guerra, y a mí me parecía que, ya en el siglo XIII, se debía de comentar en Santiago la guerra europea con el mismo criterio.
Lo que me pareció más moderno fue la catedral. En ninguna parte se encuentran más adelantadas las catedrales medievales. La catedral de Santiago podía estar perfectamente en Francia, en Inglaterra o en Alemania, al lado de las fábricas y de los laboratorios. Ante la catedral de Santiago no se experimenta ninguna impresión de anacronismo. Esta impresión, si no se ha recibido antes, se recibe después, cuando uno pregunta las horas del tren para Villagarcía y le dicen a uno que este tren sólo sale tres veces por semana.
XV
EL BOTAFUMEIRO
Hubo un tiempo en que las catorce puertas de la catedral de Santiago no se cerraban de día ni de noche. Constantemente llegaban peregrinos de todas las partes del mundo, que, entonces, sólo eran tres. Venían persas con las cabezas tonsuradas; griegos que traían tatuado en las manos el signo de la cruz; ingleses, irlandeses, franceses, italianos, eslavos... Unos, mudos de nacimiento, querían que el Apóstol les concediese el uso de la palabra; otros, ciegos, deseaban ver, y muchos sólo se proponían cobrar una herencia, ya que en la Edad Media, para cobrar una herencia solía imponerse como condición la peregrinación a Santiago. No faltaban príncipes que, en vísperas de alguna batalla, viniesen a implorar el auxilio militar del Apóstol contra sus enemigos. Fuera de la catedral, unos hombres, sentados en cuclillas, iban apilando a su alrededor monedas de todos los países. Eran los cambiantes, padres de nuestros actuales banqueros. Dentro, los peregrinos, agrupados por nacionalidades, rezaban y cantaban. Cantaban en sus diversos latines respectivos y se acompañaban con sus instrumentos predilectos. Cítaras, crótalos, flautas, gaitas, arpas, salterios, trompetas, liras, todo sonaba allí, y el Apóstol hacía el milagro de armonizarlo. Luego, los peregrinos se iban a ver las reliquias, guiados por el _lenguajero_, una especie de intérprete de hotel, que sabía decir en varios idiomas piedra, corona, cuchillo, hacha, sombrero...
Unos peregrinos viajaban a sus expensas; otros venían implorando la caridad. La mayoría llegaban rotos, sucios, mugrientos y enfermos. Algunas veces se declararon en Santiago epidemias muy serias, y el Apóstol no daba abasto haciendo milagros. Fue entonces cuando se inventó el _botafumeiro_, «rey de los incensarios», como le llama Víctor Hugo. El _botafumeiro_ no fue en sus orígenes un objeto litúrgico, sino, sencillamente, un aparato de desinfección. Lo cargaban con incienso porque todavía no existía el ácido fénico. Aquellos peregrinos, que venían directamente desde el fondo del Asia, tenían mucha fe, pero olían muy mal, y los santiagueses procuraban aislarlos en una nube de incienso. Si hubieran podido, también se hubiesen untado las narices con aceite mentolado, y quizás hoy, al olor del aceite mentolado, uno se llenase de evocaciones religiosas y viese, en su imaginación, coros de ángeles y serafines...
¡Grandioso _botafumeiro_! Hoy, que la falta de fe lo mantiene ocioso, ¿por qué no se piensa el medio de trasladarlo al Congreso? Cuanto más animados fuesen los debates, el _botafumeiro_ giraría más velozmente. Y en vez de procurarse una entrada o de leer el _Diario de las Sesiones_, uno se limitaría a ver, desde fuera, cómo salía y se elevaba y se desvanecía el humo.
XVI
CABEZAS DE CERDO
Hace tiempo, los cerdos de Galicia llevaban una vida completamente patriarcal. Eran, quizás, algo inmorales, eran glotones y tenían una cierta socarronería muy campesina; pero ninguno de ellos estaba contaminado por las ideas del siglo. Los chicos de los paisanos crecían entre ellos, y a veces, chicos y cerdos dormían en la misma habitación. ¿Puede imaginarse nada más virgiliano? En ciudades como Santiago había quien se llevaba los cerdos a un segundo piso y salía luego a pasearse con ellos entre los canónigos, los tenientes de la guarnición y los estudiantes de latín. Una señorita inglesa que estuvo hace algunos años en la ciudad del Apóstol--la autora de _Galicia. The Switzerland of Spain_--le preguntó a su hostelera si era cierto lo que se decía de los cerdos santiagueses como animales de sociedad.
--No son únicamente los cerdos--contestó la interpelada--. Desde su ventana puede usted ver dos cabras en el piso de enfrente. Sus dueños las tratan como personas de la familia...
Todavía hay en Santiago quien recuerda a Montero Ríos guiando por las calles un rebaño de cerdos. Más tarde guió electores. Luego, diputados...
Sí. Los cerdos llevaban aquí una vida completamente patriarcal. Cuando les llegaba su San Martín, berreaban horriblemente y estiraban una pata, que era un jamón. Morían dolorosamente, pero sin remordimientos de conciencia. Nunca habían tenido ambiciones ni vanidades. Si habían procurado engordar, no lo hicieron por ellos tanto como por sus dueños. Engordaron para que sus morcillas fuesen más sabrosas y para que su tocino le diera más gusto al caldo de las buenas familias en cuyo seno habían vivido.
Pero ahora hay en Galicia una nueva generación de cerdos. A poco de estallar la guerra, unos hombres extraños vinieron por aquí y soliviantaron a los cerdos, a las gallinas y a otros muchos animales domésticos.
--¿Cuánto os dan aquí por una docena de huevos?--parece que les preguntaron a las gallinas.
--Y los jamones--dijeron, dirigiéndose a los cerdos--, ¿a cómo los vendéis?
El cerdo, animal muy tradicionalista, dio un gruñido y no hizo caso. La gallina cacareó. Pero aquellos hombres hablaron de los mercados extranjeros, donde todo se pagaba diez veces más que aquí, y hoy nuestros animales de corral y de alcoba han aprendido ya los caminos del mundo. El cerdo gallego tiene actualmente sus ideas industriales, ni más ni menos que si fuese un cerdo de Chicago. Dentro de poco será capaz de pedir que lo maten automáticamente y que lo desmenucen de un modo científico.
Las costumbres patriarcales del cerdo gallego van desapareciendo. El cerdo progresa. Y si esto continúa así, será cosa de recomendar a nuestros políticos que coman cabeza de cerdo a ver si se les pega algo.
XVII
LA VIEIRA
Uno de los mariscos más dignos de estimación es la _vieira_. Madrid, que lo ignora todo respecto a provincias, no come _vieiras_, y es una lástima. Asadas en su concha, con un diente de ajo y un poco de pimentón, las _vieiras_ son bastante más sabrosas que esos cangrejos de celuloide con que los madrileños pretenden consolarse de su falta de mar. En Inglaterra la vieira carece de triptongo; se llama _scallop_, y este nombre, escaso en vocales, es como si le quitara la mitad del gusto. Sin embargo, la _vieira_ tiene allí, por lo menos, tanta popularidad como la ostra. En Francia las vieiras bretonas, las vieiras armoricanas, gozan de gran reputación y son consideradas un bocado exquisito. ¿Y saben ustedes cómo las llaman los franceses a las _vieiras_? Las llaman _coquilles Saint-Jacques_, o conchas de Santiago.
Porque la vieira es el marisco del Apóstol. Es un marisco casi sagrado, así como otros mariscos son literarios, y otros, políticos. Se cuenta que cuando el cuerpo de Santiago fue conducido al Padrón, un caballero que deseaba acompañarlo llegó tarde al puerto. El barco había izado ya sus velas y se perdía en el horizonte, sobre un mar de oro y de plata. Entonces el caballero hizo el signo de la cruz y se lanzó audazmente entre las olas. Durante varios días su caballo fue galopando sobre el fondo del mar, con gran asombro de merluzas y salmonetes, y cuando llegaron a Iria Flavia, caballo y caballero estaban cubiertos de _vieiras_. Desde entonces la vieira ha sido el símbolo de los peregrinos, y para que éstos no tuviesen que ir a buscarlas debajo del mar--la experiencia del caballero no se consideraba concluyente y había el temor de que algún peregrino pudiese morir ahogado--, los santiagueses se las vendían ya muy bien preparadas. Al principio vendían conchas naturales. Después hacían conchas de cobre, de plata, de latón, de porcelana y de azabache. Todavía existe en Santiago la calle de los Azabacheros, desde donde se ve una fachada de la catedral, y a esta fachada se la llama la Azabachería. Y muchas casas, que antiguamente sirvieron de mesones para los peregrinos, conservan aún, como distintivo, una concha de vieira esculpida a la entrada.
Pocos mariscos unirán, como la _vieira_, una carne tan sabrosa a un abolengo tan ilustre. Ya, mucho antes de la Edad Media, la _vieira_ le había servido a Afrodita, surgiendo del mar, para alisarse los húmedos y admirables cabellos. Hoy Afrodita usa peines bastante más caros; pero esto no quiere decir nada contra la _vieira_. La _vieira_ es el _pecten Veneris_ de los antiguos, y el Arte ha buscado mil veces inspiración en sus curvas sencillas y maravillosas.
De paso en Galicia, tierra de _vieiras_, yo me considero obligado a hacer la apología de este marisco. Creo que Madrid no debe ignorarlo, y que mantenerlo más tiempo en el olvido sería una política funesta. Si Madrid no se interesa por nuestras vieiras, ¿cómo va a interesarse por nuestros conflictos sociales? Indudablemente, la política central carece de sensibilidad con respecto a provincias.
XVIII
OPINIONES POLÍTICAS Y LITERARIAS DE LA ROSARIO
Al volver a Madrid, tras una ausencia de mes y pico, soy cariñosamente acogido por mi buena Rosario, una chica mitad ama de llaves y mitad cocinera, que arregla mis papeles y cuida de mi estómago.
--Te entrego mi estómago, un poco estropeado por las salsas al por mayor--le dije al darle posesión de su cargo--, y espero que me lo trates bien. El estómago es el alma del escritor. Con un poco de acidez o de flatulencia, yo haría una literatura triste y perdería lectores. Al nombrarte mi cocinera, te nombro, en realidad, mi colaboradora. Hazme guisos sencillos, sabrosos y sanos, y de este modo tendremos siempre el respeto de la crítica y la aceptación del público.
Desde entonces, la Rosario pone sus cinco sentidos en la cocina. A veces, advierto la desaparición de algún plato, pero no es culpa de la Rosario.
--Yo no lo rompí. Fue él. Lo tenía en la mano, y se cayó. Se hizo pedazos contra el suelo...
--Debe de ser un caso de suicidio--observo yo entonces--. El pobre plato estaría desesperado de la vida.
Otras veces, la carne está espantosamente dura, y la Rosario dice que no ha querido cocerse. Verdaderamente, ¿qué interés puede tener la carne en ponerse blanda?
Pero, a pesar de todo, la Rosario es una excelente muchacha. Yo le doy a leer los libros de mis amigos, y luego le pregunto qué es lo que opinamos de ellos. La Rosario tiene un criterio literario en el que la crítica no ha ejercido aún su perniciosa influencia: un criterio sano y honrado. Algunos autores, al enviarme sus obras, lo hacen dedicándoselas ya a la Rosario, y no falta quien le prodigue adjetivos laudatorios para congraciarse con ella.
Ahora, al volver de Galicia, la Rosario me contó todo lo que había ocurrido durante mi ausencia. Yo había estado más de un mes sin recibir cartas ni leer periódicos, y quería restablecer mi contacto con la vida urbana.
--¿Se han suicidado muchos platos? ¿Han traído muchas cuentas? ¿En qué nuevas aventuras se ha metido el amigo Charlot?...
La Rosario ha ido contestándome a todas estas preguntas y satisfaciendo así mi curiosidad.
--Y Gobierno, ¿qué Gobierno tenemos ahora?--añadí.
--¿Gobierno? Yo creo que tenemos el mismo.
--Imposible, Rosario. Hace más de un mes que salí de Madrid, y no es posible que un Gobierno dure tanto. Seguramente tenemos un Gobierno nuevo.
La Rosario entonces reflexionó un poco, y dijo:
--Quizás. La verdad, yo, que gobiernen unos o que gobiernen otros, no lo noto nunca...
Y aquí me tiene el lector, ignorando si estoy gobernado por Maura, por Sánchez de Toca o por Romanones. En casa no lo notamos. Las patatas cuestan lo mismo. El alquiler no baja. Los guisos salen igual...
EN EL PAÍS DE LA RULETA
I
LOS TEMAS LITERARIOS
Los escritores solemos dirigirnos a «el lector», poco más o menos, así como los criados se dirigen a «el señor». Desgraciadamente, este concepto de «el lector» es demasiado vago. Por lo general, el lector tiene una personalidad multiforme y a veces carece de existencia. Si el lector--este lector de quien hablamos tanto los escritores--fuese una realidad concreta y tangible, entonces yo me dirigiría a él y le diría:
--¿Qué artículo de San Sebastián quiere usted que yo le haga? ¿El de la lluvia? ¿El del jugador? ¿El de las pulgas? ¿El de la Concha? ¿El del objeto perdido? ¿El de la misteriosa extranjera...?
Porque en San Sebastián no hay arriba de doce temas para artículos. Los corresponsales madrileños que vienen aquí hacen las mismas crónicas cada temporada. Yo conozco a un compañero que lleva ya quince sobre la lluvia. Es un especialista.
¿Cómo se explica el que esta municipalidad, tan adelantada en otras cosas, no se haya cuidado nunca de darle temas a los escritores? Tal abandono es verdaderamente lamentable. Una ciudad de placer que no varía sus temas literarios, una playa que no renueva sus crónicas, está condenada a muerte. Toda la literatura de San Sebastián resultará una cosa trasnochada tan pronto como, a orillas del Cantábrico o del Mediterráneo, se levante otro gran Casino con nuevos temas para los cronistas. Los periódicos madrileños se apresurarán a mandar allí la nube de corresponsales que ahora envían a San Sebastián. Al artículo de la lluvia sucederá el artículo del sol o del relente; la crónica de las pulgas será substituida por una sobre las chinches o sobre las cucarachas. ¡Qué placer para los periodistas y para los lectores de periódicos! Será una transformación literaria comparable tan sólo al advenimiento del romanticismo. Los veraneantes afluirán en masa a la nueva playa de moda, y San Sebastián desaparecerá del mundo como centro de placeres.
Yo he llegado a San Sebastián hace varios días. Mi querido Fernández Flórez estaba todavía aquí.
--Supongo--le dije--que me habrá dejado usted algún tema disponible, aunque sea de segundo o tercer orden.
Fernández Flórez se rascó la cabeza.
--Veamos, veamos--insistí yo--. Ha hecho usted ya el artículo de la lluvia, el del Casino, el de las pulgas...
Los había hecho todos, y, además, los había hecho como yo precisamente hubiese querido hacerlos.
«Voy a tener que volverme a Madrid», pensaba yo.
En esto transponíamos las puertas del Casino, y yo observé que el portero era tuerto.
«¡Qué coincidencia!--exclamé--. Este portero tuerto, aquí donde se juega tanto dinero... ¿Es que habrá todavía en San Sebastián una crónica por hacer?»
Pero Fernández Flórez ya había hablado también del portero tuerto...
El Municipio de San Sebastián creerá, sin duda, que esto de los temas literarios es cosa de los escritores; pero San Sebastián no tardará en sufrir las consecuencias de tan profundo error. Yo creo que es cosa de los concejales, del Casino, de las sociedades de atracción de forasteros, de las comisiones de festejos, etcétera, etc. Estas entidades debieran renovar cada temporada los temas periodísticos de San Sebastián, a fin de que ningún corresponsal permaneciera aquí ocioso. Más que de dinero se trata de organización. Con seis temas inéditos por temporada, San Sebastián podría ir tirando todavía.
II
EL TREINTA Y CUARENTA
¡Hagan juego, señores...!
Sobre la mesa van cayendo fichas de un duro y de cuatro duros, y placas de 50, de 100, de 500 y de 1.000 pesetas. Las raquetas van y vienen, manejadas por manos febriles. Un señor, alargando trabajosamente el brazo por entre la muchedumbre, pone 1.000 pesetas a encarnado. Es un jugador de _a pie_. Los empleados dividen a los jugadores en dos categorías fundamentales: jugadores de a pie y jugadores sentados, y la primera categoría es la única que les infunde cierto pavor. Si el jugador de a pie gana, en efecto, hay muchas probabilidades de que se vaya con la ganancia. Puede dar un pase, dos, tres y marcharse con 15 o 20.000 pesetas. En cambio, el jugador sentado no importa que amontone algún dinero. La banca siempre tiene esperanzas de recuperarlo.
--¡Hagan juego...!
Los mirones encuentran floja la partida.
--Esto está aburridísimo--dicen--. No hay sangre...
Algunos reconvienen a sus amigos.
--¿Por qué juega usted a ese paño? Es absurdo...
Y luego, si por casualidad aciertan, insistirán en sus censuras, llenando de vituperios a los pobres perdidosos.
--¿No se lo dije yo a usted? Si era infalible...
--Yo prefiero ganar diez duros a negro--murmura una voz--que 1.000 pesetas a encarnado. ¡Qué quiere usted! Es una manía. Además, no me sería posible jugar a encarnado. ¡Hace ya noventa y un años que juego a negro...!
Vuelvo la cabeza y veo a un viejecito que empuja las fichas con una raqueta temblorosa. Debe de sentirse próximo a la muerte, y por eso no juega a encarnado. Acaso ganara; pero por unos cuantos duros no va a dejar a última hora su camino de siempre. ¡Qué hermoso ejemplo de consecuencia para los políticos! Yo lo someto a la consideración de un distinguido diputado, el cual se echa a reír.
--Ya ves. En solo media hora he ganado 20.000 pesetas con mi juego de alternativa...
El _croupier_ va cantando con un acento muy francés:
--Siete... Cuatro... _Encagnado_ gana _et colog_.
--¡Qué le vamos a hacer!--suspira el viejecito.
Y vuelve a jugar a negro. Su cara está alegre, sonriente, satisfecha. Se ve que este hombre, tan próximo al umbral de la otra vida, lo traspasará sin temor alguno. Ha sido un hombre leal. Ha cumplido siempre, sin vacilaciones, el deber que se impuso noventa y un años atrás. Su conciencia está tranquila. Cuando Dios le llame a juicio y le pregunte si jugó alguna vez a encarnado, él dirá:
--Nunca. Seguí el negro en la adversidad como en la fortuna, en sus horas buenas y en sus horas malas, cuando todos acudían a él lo mismo que cuando se veía abandonado de todos...
--Dos...--canta el empleado.
Y, extendiendo sobre la mesa otra hilera de cartas, vuelve a cantar:
--Dos...
Es un _aprés_. Uno de los que juegan a negro retira su postura.
--Hace usted mal--le dice un mirón--. Eso lo que demuestra es la fuerza de la baraja. Ya ve usted si será fuerte el encarnado, que ni a dos puede ganarle el negro.
--¿Cuántos encarnados van?--pregunta alguien.
--Cuatro.
--Es una racha. Hay que aprovecharla...
Llueven sobre el encarnado fichas, placas y billetes. Los postores de grandes sumas las hacen asegurar. Naturalmente que este seguro no es contra la pérdida. No se ha llegado aún a constituir una compañía que asegure las rachas de un color contra el color contrario. Es únicamente para el caso de que se dé un _aprés_ de treinta y una. Por un duro cada cien duros o fracción de cien duros, el jugador garantiza su capital contra lo que constituye el cero del treinta y cuarenta.
Se produce una gran emoción. Al griterío de hace un segundo sucede un silencio imponente. Estamos como en el circo, cuando para la música y se avecina el ejercicio peligroso.
El empleado comienza a echar las cartas, y el encarnado saca dos.
--¿Otra vez dos?
--¡Malo! ¡Malo...!
--Ahora quiebra la racha...
Y, en efecto, quiebra la racha. El negro gana. Las raquetas de los empleados, miradas con ojos de perdidosos, parecen enormes...
--¿Ha visto usted con lo que se sale ahora la baraja?--exclama uno de los que habían puesto a encarnado--. Mire usted...
Y enseña su cartón. Estos cartones están divididos en columnas donde se marcan con puntos los colores que ganan. En una columna se ponen los puntos correspondientes al negro, y, en otra, los correspondientes al encarnado. Luego se trazan las líneas de punto a punto y se va obteniendo un gráfico del juego, que es algo así como el gráfico de una fiebre tifoidea. Hay juegos serpentinos, de línea inquieta, que salta constantemente de columna a columna y que podrían llamarse juegos de alambique. Hay juegos casi rectos, en los que se dan 10, 15, 20 negros o encarnados sucesivos. Hay juegos mixtos... Lo malo es que el gráfico del juego no se conoce hasta el final. El jugador que ve salir cuatro negros consecutivos deduce que el juego lleva una dirección recta, y haciendo, a su vez, un juego recto, pone su dinero a negro. Naturalmente que, a lo mejor, sale encarnado. Entonces el jugador dice que ha quebrado el juego y considera que la baraja se ha hecho traición a sí misma. Yo me inclino a creer que los jugadores se precipitan en sus juicios sobre las barajas. ¿Que por qué, si a la postre iba a resultar que se trataba de una baraja de alternativa, ha comenzado el juego con cuatro encarnados? ¡Quién sabe! A lo mejor la baraja lo hizo para despistar...
--Ha quebrado el juego. Mire usted mi cartón...
En realidad, lo único que ha quebrado es la línea.
Todo el mundo pierde, excepto el viejecito y un señor que había puesto 1.000 pesetas a negro.
--¡Por no saber jugar!--murmura un técnico, en discusión con otro jugador--. Ese señor ha ganado, ¿y qué? ¿Es que demuestra algo el que haya ganado ese señor?
Porque ante la teoría general, ante la ley profunda del treinta y cuarenta, los hechos aislados carecen de importancia. ¿Es que se va a destruir con 1.000 pesetas toda una filosofía?
--Oye, dame dos duros--dice una voz femenina.
--Pídeselos a Marquet--contesta una voz masculina.
--Es que ya ves lo que ha pasado. Ha quebrado la racha...
--Yo llevo perdidas ya 40.000 pesetas desde el mes de agosto--le dice una amiga a la pedigüeña.