La rana viajera

Chapter 10

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Parece que los sindicalistas van a hacer una revolución terrible; pero, a los dos siglos de sindicalismo, el mundo estará, poco más o menos, como ahora. Un Sindicato muy fuerte querrá dominar a los otros, les declarará la guerra y morirán a millones hombres de hierro, hombres de carbón, hombres de cartón piedra y hombres de celuloide...

Indudablemente, no hay una gran diferencia entre clasificar a los hombres por oficios o clasificarlos por razas, religiones, idiomas y costumbres. Y no tan sólo no hay una gran diferencia, sino que es igual. En realidad, los hombres no se han clasificado nunca por razas, religiones, idiomas ni costumbres. Los han clasificado así los historiadores mucho después de que ellos habían hecho su propia clasificación; pero los primeros hombres se clasificaban siempre por oficios, ni más ni menos que si hubiesen oído a Pestaña o al _Noy del Sucre_. Los pescadores se reunían para establecerse a orillas de los ríos o construir ciudades lacustres; los cazadores se iban a los bosques. Las nacionalidades modernas no son más que una consecuencia directa de aquel sindicalismo primitivo. Y por esto yo creo que no es muy difícil imaginarse el resultado del sindicalismo actual.

IV

EL BOLCHEVISMO, ENFERMEDAD INFECCIOSA

Cuando los primeros _poilus_ penetraron en territorio alemán, muchos franceses se alarmaron.

--Alemania--decían--está apestada de bolchevismo. A ver si nuestros soldados lo cogen y lo extienden luego por aquí...

Y es que para la inmensa mayoría de las gentes, el bolchevismo no pasa de ser una enfermedad infecciosa. Los Gobiernos más serios lo tratan como una nueva forma de gripe. Creen que se propaga por contagio, igual que la gripe española, y, a fin de combatirlo, forman cordones sanitarios en las fronteras. A los casos reconocidos los aíslan cuidadosamente, metiéndolos en las cárceles, y, dentro de poco, prohibirán el derecho de reunión, para evitar los hacinamientos.

A mí, esto de combatir el bolchevismo con medidas sanitarias me parece algo así como si se hubiera pretendido combatir la gripe reformando la Constitución. No creo que las medidas sanitarias hayan sido nunca muy útiles contra las epidemias, y, desde luego, creo que serán perfectamente inútiles contra el bolchevismo.

Porque, para mí, el bolchevismo no es un problema sanitario, sino un problema social, y, en el estado actual de la Ciencia, me parece absurdo pretender que nadie cambie de religión o de política sometiéndolo a un tratamiento médico. Acaso el agua bendita haya resuelto algunos problemas sociales; pero, probablemente, el agua oxigenada no resolverá ninguno. Y la prueba de que el bolchevismo no es una enfermedad, es que mientras las enfermedades sólo ponen en peligro a los enfermos, el bolchevismo constituye un peligro únicamente para aquellos que no son bolchevikis.

Pero si, a pesar de todo, seguimos considerando el bolchevismo como una enfermedad, ¿qué vamos a hacer con los otros sistemas políticos? ¿Con qué curaremos el maurismo, pongo por caso? El bolchevismo vendría a ser algo así como un enorme trastorno gástrico, mientras la mayoría de las sectas políticas representarían deficiencias mentales imposibles de combatir.

V

LA MAGIA DEL DINERO

Cuando el bolchevismo comienza a asomar en un país, parece que los ricos se apresuran a realizar sus fortunas para dilapidarlas alegremente antes de que se las lleve la trampa. Así dicen que han procedido los grandes duques rusos y que están procediendo los aristócratas magiares. El bolchevismo es un gran estimulante de la generosidad, y por eso yo no veo que en España corramos todavía el menor peligro de pasar a un régimen bolchevique. Cuando algún millonario os cuente que aquí vamos derechos al bolchevismo, pedidle mil pesetas, y si os las niega--que os las negará--, es que habla por hablar y sin convicción ninguna.

Hay quien dice que el bolchevismo tiende a suprimir el dinero, y esto merece cierta reflexión. Indudablemente, el dinero es una cosa muy mala, sobre todo para aquellos que no lo tienen; pero también es una cosa muy buena, especialmente para aquellos que lo atesoran. Algunas personas, cuando se discute este tema de la bondad o maldad del dinero, exclaman:

--¡Quite usted!... Lo importante es tener salud...

Probablemente, esas personas se figuran que el dinero constituye una enfermedad, y si, en efecto, la constituye, hay que convenir que, entre nosotros, no ha tenido nunca caracteres endémicos.

Por mi parte, confieso que el dinero me ha parecido siempre una cosa milagrosa. Yo no puedo ver el proceso de un duro que se transforma en patatas, sin imaginarme el proceso contrario, y me figuro que, previamente, se han cogido kilos y kilos del sabroso tubérculo, que se los ha cocido, que se los ha machacado, que se los ha sometido a diversos reactivos, que se los ha puesto en un alambique y que se ha obtenido el duro como resultado. Esto es lo que yo me figuro cuando compro un duro de patatas, y esto es ya bastante maravilloso; pero la maravilla crece cuando pienso que mi duro no sólo es susceptible de transformarse en patatas, sino que se puede transformar también en guisantes, en zanahorias, en poesías líricas, en cigarros habanos y en otros muchos objetos que me dicte mi fantasía. ¿Qué otra cosa, en nuestro mundo moderno, tiene este poder mágico que tiene un duro, como no sea un billete de cinco duros? Y ¿cómo es posible que haya quien desprecie el dinero, considerándolo una realidad demasiado prosaica?

No hay duda de que el dinero es una cosa excelente... para aquellos que lo tienen. ¡Si lo pudiésemos tener todos!... Pero en cuanto lo tuviésemos todos, su virtud milagrosa desaparecería en absoluto. Yo creo que se debiera establecer un turno pacífico para el disfrute del dinero. Así se evitarían las revoluciones, los grandes negocios y otra porción de cosas más o menos molestas.

VI

EL DELITO DE SER RUSO

Un extranjero, preso en la Cárcel Modelo, se dirige a los periódicos protestando contra su detención. «Soy un ciudadano ruso--dice--, y no he cometido ningún delito.»

¡Un ciudadano ruso que no ha cometido ningún delito!... La contradicción salta a la vista. Es como si se dijera «un homicida que no ha matado a nadie», o «un ladrón que no robó nunca». ¿Le parece poco delito al Sr. Weissbein el hecho de ser ruso? Rusia es un país demasiado frío, demasiado lejano y demasiado complicado, y a nuestra Policía le ha inspirado siempre muy hondas sospechas. En Madrid, Sr. Weissbein, ya resulta bastante difícil el ser catalán o gallego, para que se le permita a nadie ser ruso. Si quiere usted vivir tranquilo entre nosotros, hágase usted de Vallecas o de Getafe y renuncie incontinenti a toda pretensión moscovita.

¡Ahí es nada ser ruso, esto es, ser del país del terrorismo y del bolchevismo!... Mi amigo Corpus Barga, actual redactor de _El Sol_ en París, tuvo la debilidad de interesarse por las cuestiones rusas, y en cuanto se presentó en España, con unos bigotes caídos a la tártara, la Policía lo cogió y lo metió en la cárcel. Otro amigo mío, que quiso estudiar ruso, fue detenido a la tercera lección. Y si a Cristóbal de Castro, autor de _Rusia por dentro_, le han nombrado gobernador de Ávila, ha sido cuando ya no le cabía a nadie la menor duda de que ni Cristóbal de Castro había llegado nunca a Rusia ni sabía una palabra de ruso.

Ignoro en qué artículo de nuestro Código penal se condena la ciudadanía rusa, y por eso no le doy el número al Sr. Weissbein. Lo cierto, sin embargo, es que, en cuanto la Policía española sospecha que alguien puede ser ruso, le busca y le detiene. Si yo no he estado en Rusia todavía, es porque no he querido que, a la vuelta, me encerrasen para siempre en la Cárcel Modelo. No hay manera de ser ruso en España, Sr. Weissbein. Los mismos libros rusos han sido perseguidos y decomisados aquí diferentes veces. Hágame usted caso: olvide su idioma y adopte la ciudadanía de los Cuatro Caminos, que, después de la derrota alemana, es el país más lejano de donde se puede ser en Madrid.

VII

LOS RUSOS POLÍTICOS

Antes de la guerra, España no creía en los rusos.

--¿Un ruso? ¡Vamos, hombre! ¡Mire usted que un ruso!--decían los madrileños.

Entonces no había más que una persona que, de vez en cuando, recibiese algunos rusos en Madrid. Esta persona era Luis Morote, diputado a Cortes y periodista famoso por la longitud de sus artículos. Luis Morote había estado en Rusia; pero, sin embargo, no recibía directamente sus envíos. Los rusos se los mandaba Fabra Ribas, ya un poco adulterados, desde la redacción de _L'Humanité_, de París, adonde iban todos antes de venir a España.

--Puesto que tiene usted tantos rusos disponibles--le preguntaba yo a Fabra Ribas un día--, ¿por qué no los distribuye usted de una manera más equitativa? Eso de darle a Morote la exclusiva de los rusos para toda España, me parece injusto.

Yo sospecho que Fabra Ribas quería serle agradable a Morote, y que por eso le proveía de rusos con tanta abundancia; pero él se disculpaba diciendo que Morote era la única persona que había en Madrid capaz de servir a un extranjero. El caso es que, cada dos meses o cosa así, Morote salía a la calle muy orgulloso con unos rusos inéditos; pero los pobres hombres fracasaban completamente. Nadie creía en ellos como tales rusos.

--Con ese ruso no tendrá usted frío, ¿eh, amigo Morote?--solían decirle al distinguido periodista.

O bien:

--¿Un ruso nuevo? Pues ya tiene usted para tirar lo que queda de temporada...

En un libro que se llama _Playas, Ciudades y Montañas_, yo cuento las aventuras de estos primeros rusos en Madrid, y el capítulo dedicado al asunto tiene un título muy significativo: _Los rusos existen_. Entonces nadie creía en los rusos. Ahora, en cambio, todos los hombres le parecen un poco rusos a la gente. En el _Manuel Calvo_, de Barcelona, se han hecho a la mar, expulsados por el Gobierno, rusos de Turquía, rusos de Bulgaria, rusos franceses, rusos ingleses y hasta rusos españoles. Y es que la palabra ruso ha evolucionado. Antes tenía un concepto geográfico. Ahora tiene un concepto político. Se es ruso como se es republicano o como se es reformista. Se es algo ruso o se es terriblemente ruso. Todo hombre que protesta contra el caciquismo o contra la carestía de la vida, es un ruso presunto. ¡Y pensar que yo he sido ruso, sin enterarme de ello, hace más de quince años!...

Este nuevo concepto de la palabra ruso es lo que explica el proyecto del Sr. Doval, jefe de policía de Barcelona, quien, para sondear a los detenidos en el _Manuel Calvo_, proponía que se introdujeran entre ellos, fingiéndose rusos, cinco o seis policías españoles. Yo no creo que un policía español pueda fingirse ni siquiera portugués. Decirle que se finja ruso a un policía que gana diez pesetas diarias es algo así como decirle que se finja gran filósofo. Indudablemente, el señor Doval no aspiraba a que los policías españoles se fingieran rusos de idioma, sino sencillamente rusos políticos.

Pero si la palabra ruso ya no designa más que cierta clase de opiniones, ¿por qué se considera a los rusos como extranjeros? ¿Cree el conde de Romanones que los naturales de Moscú son más rusos que nosotros? No hay duda de que, antes, un hombre que nacía en Moscú tenía muchas y muy buenas razones para ser ruso. Hoy quizá las tenga más y mejores un hombre nacido en España.

VIII

LA TIRANÍA DEL TRABAJO

¿Me permite el lector que yo le dé mis opiniones sobre la cuestión social? Para mí, toda la cuestión social se reduce a una cosa: que el hombre no quiere trabajar y que es preciso que trabaje. El hombre no quiere trabajar doce horas, ni ocho, ni cinco, ni dos; no quiere trabajar en un trabajo desagradable ni en un trabajo agradable; no quiere trabajar absolutamente nada. Pretender establecer el trabajo colectivo como base de la sociedad futura me parece, por lo tanto, un absurdo.

Toda la civilización no es más que una lucha desesperada del hombre para no tener que trabajar. Si se han inventado máquinas, si se han canalizado ríos, si se han domesticado animales y si se han blanqueado negros, ha sido con el único objeto de que los negros, los animales, los ríos y las máquinas trabajasen por nosotros.

--¡Lo que inventan los hombres _pa_ no trabajar!--decía el baturro del cuento viendo cómo un pintor copiaba el paisaje.

Y, en efecto, los hombres han inventado mucho y han trabajado rabiosamente para emanciparse de la horrible esclavitud del trabajo. Han creado el Arte, la Ciencia, el papel moneda y hasta algunas enfermedades infecciosas...

Claro que los obreros hacen bien en pretender que todo el mundo trabaje. Cuando trabaje todo el mundo, cada hombre trabajará menos, y el dolor de los más será atenuado, pero...

Pero en la sociedad actual uno tenía siempre una esperanza de liberación, y en la sociedad futura no la tendrá nadie. El mal será menor, pero lo hará parecer mil veces mayor su carácter de mal ineludible. Hasta ahora, uno podía siempre pensar, según sus aptitudes o sus aficiones, en cometer un crimen, hacer una estafa o instalar una fábrica de vidrio y salvarse. Salvarse a costa de los otros; pero salvarse al fin. Mañana, en cambio, no habrá posibilidad de salvación para ninguno de nosotros. Todos tendremos que trabajar seis horas o cuatro horas o dos horas; pero tendremos que trabajar, y la cuestión social seguirá en pie.

Hasta que unas máquinas maravillosas nos lo hagan todo... y mientras no se den cuenta de que las explotamos.

IX

UNA POLICÍA FILOSÓFICA

Si la Policía no encuentra nunca a los autores materiales de los atentados contra los patronos, ¿cómo va a encontrar a los autores morales? Si no descubre, ni por casualidad, la mano que mata, ¿cómo va a descubrir el cerebro que sugiere la idea de matar? Habría que crear una Policía filosófica que fichase las ideas y fuera siguiéndoles la pista de libro en libro, porque yo creo que a la Policía actual esta labor le resultaría demasiado molesta. El camino de una idea, desde que nace hasta que se convierte en cinco tiros de pistola, es largo y sinuoso. Claro que en España hay muy pocas ideas. Generalmente, los hombres que tienen alguna están fichados ya; pero, de todos modos, la tarea del nuevo organismo policíaco tropezaría con dificultades insuperables.

Yo estoy de acuerdo con la prensa conservadora en creer que los autores materiales de los atentados contra los patronos no son más que instrumentos; pero ¿instrumentos de quién? Probablemente, la prensa conservadora cree que de Pestaña, del _Noy del Sucre_, de Indalecio Prieto o de Marcelino Domingo. Yo creo que de Platón. Marcelino Domingo, Indalecio Prieto, el _Noy del Sucre_ y Pestaña hablan, escriben, _agitan_ y crean contra los patronos un estado de opinión sin el cual tal vez no se cometiesen tantos atentados; pero de aquí a suponer que esos señores son responsables, hay una gran diferencia. Esos señores no son responsables. Esos señores son instrumentos.

¿Por qué vamos a suponer que el hombre que habla es más consciente de lo que hace que el hombre que tira tiros? Si Carlos Marx no hubiese escrito _El Capital_, los oradores socialistas, o no dirían nada, o dirían unas cosas muy distintas de las que dicen. Los oradores socialistas no son más que autores materiales de sus discursos, y Carlos Marx es uno de los autores morales; pero, aquí se nos vuelve a presentar el mismo problema, ¿hasta qué punto se puede hacer a Carlos Marx responsable de _El Capital_? Si otros hombres no hubiesen trabajado con anterioridad en el mismo orden de ideas, ¿dónde hubiese encontrado el ilustre economista alemán los materiales necesarios para construir su obra?

Indudablemente, Carlos Marx no tiene culpa ninguna de lo que ocurra en Barcelona ni en Bilbao. La culpa, como digo, es de Platón, a quien le comunicó las malas ideas el señor Sócrates.

Y como el señor Sócrates ya se tomó la cicuta, resulta que ya están castigados, no sólo todos los asesinatos de patronos que van perpetrados hasta la fecha, sino los que puedan perpetrarse en el corto porvenir que le queda a la clase patronal.

X

ASESINOS MANUALES Y ASESINOS INTELECTUALES

El otro día he recibido la visita de un joven que tenía el rostro asimétrico, la frente huida y la mandíbula _prognata_.

--Perdone usted--me dijo este hombre extraño, con voz cavernosa--. Vengo a verle porque me han dicho que es usted un intelectual.

--Exageraciones, calumnias de mis enemigos, que tienen, sin duda, ganas de verme en la Cárcel Modelo--le contesté--. ¿Es usted de la Policía?

--No. De momento, no--dijo el hombre con una sonrisa helada--. Soy un modesto asesino, para servir a usted...

_Il n'y à pas de sot métier_, como dicen los franceses. La profesión de asesino, desde que ha entrado en vigor esta ley de las ocho horas, puede, con poco esfuerzo, producir ingresos suficientes para cubrir todas las necesidades de un buen padre de familia.

--¿Conque asesino?--exclamé yo, con una amabilidad que quizá no fuese completamente espontánea--. Muy interesante. Ustedes matan a algunos hombres; pero le dan de vivir a muchos más. Siéntese usted y dígame en qué puedo serle útil. ¿Quiere usted, quizá, que le recomiende algunos amigos? Lo haré con mucho gusto...

Mi visitante se dejó caer en una butaca.

--Yo venía en busca de un intelectual--exclamó--y usted niega serlo. Esto me contraría considerablemente. Necesito un intelectual a todo trance...

--Si es para asesinarlo--le dije--me parece absurdo. Aunque llevara usted luego su pelleja al Ministerio de la Gobernación, no creo que el asesinato de un intelectual pudiese producirle siquiera lo necesario para cubrir gastos. Los intelectuales, en este país, se cotizan a menos que los conejos.

--Pero, en fin--repuso el hombre, que parecía dominado por una idea fija--. Aunque usted no sea completamente un intelectual, por lo menos tendrá usted un cerebro...

Yo me rasqué instintivamente el cráneo.

--¡Hombre! ¡Un cerebro! ¿Quién no tiene un cerebro? Claro que son muy pocas las personas que lo usan; pero todo el mundo tiene un cerebro. Usted mismo tiene uno de esos magníficos cerebros de criminal nato que ha estudiado minuciosamente, en Italia, el profesor Lombroso.

--Yo carezco de cerebro, señor mío--respondió el asesino--. ¿Es que no lee usted la prensa conservadora? Los asesinos no somos más que brazos, instrumentos que ejecutan las ideas de otros hombres. En tiempos del señor Lombroso teníamos, en efecto, unos cerebros especiales, y cuando queríamos trabajar, buscábamos, de acuerdo con nuestros gustos particulares o según la inspiración del momento, un hacha, un cuchillo, un revólver o una maza. Hoy, en cambio, buscamos un cerebro. El cerebro es nuestra herramienta. ¿Comprende usted mi situación? Yo quiero asesinar a un frutero de los Cuatro Caminos; pero, antes de ponerme a la obra, necesito un cerebro que me sugiera la idea de este asesinato. Por eso venía a verle a usted...

Yo me disculpé como pude; pero el asesino no se convenció.

--Usted me engaña--me dijo--. Usted podría perfectamente sugerirme la idea que yo le pido. Mil veces, de seguro, habrá tenido usted en su vida intenciones asesinas. Lo que ocurre es que no quiere usted complacerme. Es usted un Tartufo.

--¡Caballero!

--Un Tartufo, sí, señor. ¡Ah! ¡Si alguien pudiera sugerirme la idea de asesinarle a usted!... ¡Cómo me vengaría yo entonces de su hipocresía! Pero yo soy un pobre asesino, incapacitado por mi profesión para matar a nadie, y por eso usted se permite abusar de mí. ¡Adiós, señor mío! Voy a revisar unas colecciones de periódicos a ver si algún artículo de un adversario suyo me inspira la intención de estrangularlo a usted. Hasta la vista.

Y el extraño visitante se fue por donde había venido.

XI

FERRER

Ferrer, como se sabe, tenía una estatua en Bruselas. Los alemanes, durante su ocupación de la ciudad, echaron la estatua abajo, y cuando se trató de erigirla, algunos periódicos españoles protestaron y otros aplauden. Yo creo que los españoles, como tales españoles, no tenemos voto en este asunto. Ferrer era español; pero nosotros no quisimos que siguiera siéndolo, y para conseguirlo lo hemos fusilado. Desde que lo fusilamos, Ferrer dejó de ser uno de los nuestros, y hoy ¿qué nos importa el que su cadáver suscite por ahí simpatías o antipatías? Al fusilarlo, nosotros hemos roto con el señor Ferrer toda solidaridad. ¿Que actualmente Ferrer nos denigra en Bruselas? Pero ¿cómo puede denigrarnos un muerto? Y si un muerto puede denigrarnos, entonces, ¿no habremos cometido una ligereza al matar a Ferrer?

Por mi parte, yo creo que, en efecto, hemos cometido una gran ligereza, un descuido imperdonable. En vano sus enemigos dicen que Ferrer no era un sabio ni un pedagogo. Si se va a fusilar a todos los españoles que no son sabios ni pedagogos, entonces ya puede el Gobierno solicitar un crédito extraordinario para comprar fusiles. Yo no conozco más que un pedagogo, D. Lorenzo Luzuriaga, y francamente, no creo que este querido amigo se divierta mucho cuando llegue a quedarse solo consigo mismo en una España despoblada por los fusilamientos.

No. A Ferrer no se le ha fusilado porque no era un pedagogo ni un sabio. Por lo menos, las obras de la colección Sempere se las había leído, y esto le ponía en un nivel de cultura muy superior al de los hombres que dispusieron su fusilamiento. Si se fusiló a Ferrer fue, al contrario, porque se le consideraba un sabio y un pedagogo, una especie de Giordano Bruno de la rambla de Canaletas. Esto, además, era lo lógico, y si no lo lógico, lo tradicional. Esto era lo que tenía precedentes. Yo le hice en tiempo oportuno una prudente advertencia al Sr. Maura por medio de un artículo que los ferreristas interpretaron, por cierto, bastante mal.

--Que no se fusile a Ferrer--decía yo--. Ustedes se creen que Ferrer es un genio; pero yo, que lo conozco, les doy mi palabra de que no lo es. Fusilen ustedes al Sr. Unamuno, que sabe griego; fusilen a don Francisco Giner, fusilen aunque sea al doctor Simarro; pero yo les aseguro que sería una equivocación fusilar a Ferrer...

Nadie atendió mis consejos, y Ferrer fue fusilado. Ahora, muchos españoles se indignan al ver que en el extranjero se le levantan estatuas a Ferrer. «Ferrer no es un apóstol», dicen. Pero Ferrer _ya_ es un apóstol. Todo hombre que muere por una idea es un apóstol, y como los apóstoles estorban mucho a los ministros de la Gobernación, el buen gobernante no debe matar a nadie por sus opiniones ni por sus doctrinas. Así como así, ¿qué necesidad hay de matar a la gente en el país de la viruela y de la gripe?

FIN

OTRAS OBRAS DE JULIO CAMBA

_Alemania_.

_Londres_.

_Playas, ciudades y montañas_.