La quinta de Palmyra (Novela grande)
Part 9
Gran charco inútil, zumbaba como un idiota contra la costa, con manoteo de meníngico.
Estaba despechada con el mar porque le achacaba aquella resaca especial que se llevaba a sus amantes.
Se sentía sola en medio de las aguas negras del olvido.
La mujer ve en el amor una cuestión de larga e incansable asiduidad.
Necesita el duradero encuentro. Que no se vaya el que ha de responder a su voz. Que detrás de las cortinas haya alguien. Que un ser animado reciba el beso que de pronto florece en los labios.
La sensibilidad no se puede saciar. Se la provoca, se la acaricia, se la calma, pero nada más. Sólo se la saciaría si alguna caricia quedase dotada de eternidad.
No se encontraba a sí misma si no la contorneaban unas manos complacientes. Necesitaba ese vals lento que el amante la sacaba a bailar, en ese momento en que se está de pie y se recibe el apretujón del reconocimiento, algo así como el desperezo del uno en el otro, ese rasgo humano por el que espera junto al árbol o el farol, hay un momento en que los abraza.
Palmyra no creía ya casi en el amor, pero creía en sus roces y en las chispas inevitables que hace brotar.
La faltaba eso y por esa causa andaba incierta por el palacio.
Un barco entraba a lo lejos, con su diadema de camarotes.
Se sentían las miradas complacidas de los que deseaban tierra. Se presenciaba cómo las mujeres de pie en sus cabinas se daban el último borlazo de polvos y los caballeros se peinaban su liso peinado con un peinecito de bolsillo.
Aquel relucimiento de cubierta que podía observarse, parecía causado por innumerables espejitos de mano alertas al desembarco.
Palmyra se sentó al piano, pero no abrió su caja. Se quedó apoyada en el brillante seno duro en que guarda sus teclas.
Se veía un poco en el espejo brillante de su tapa, en esa negra perspectiva en que está la inspiración.
La inquietud del amor la poseía, pero la agravaron hasta el dolor y el desengaño los candelabros del piano abiertos hacia ella, como queriéndola abrazar, con intención escabrosa en su gesto.
Inquieta por aquella imagen involuntaria, Palmyra pensó en irse a Lisboa para huir de la Quinta, encharcada por los primeros días de otoño.
Se vistió y se hizo conducir a la estación lejana. Pasaría la noche en el Gran Hotel de Lisboa. Tenía miedo a Lisboa, pero la atraía. Para una mujer sola tenía muchos peligros.
Ultimamente, desde un balcón del hotel, habían tirado a la calle a una extranjera, que después de caer sobre los hilos telefónicos, que la sostuvieron un momento en la falsilla de sus líneas paralelas, cayó a la calle y se mató.
También era de aquellos días la noticia de un individuo que después de engañar a una joven, la había cortado los pechos, que se encontraron en medio de la calle envueltos en un papel.
Y el hombre del mak-ferland del Alentejo--largo sobretodo gris guarnecido de pieles de raposa--que dejaba muy malheridas y sin habla a las mujeres, también andaba por Lisboa en aquella ocasión.
Con todo, tomó el tren a la capital.
El trenecito iba dejando a su paso pañuelos de seda de humo que el aire de la tarde limpísima sacudía un momento y hacía desaparecer como los prestidigitadores.
«Ven ustedes este pañuelo con el que doy un latigazo en el aire... pues ya no lo ven ustedes.»
...Y este otro...
...Y este otro...
...Y este más...
Hasta que se perdió aquella imagen en la imaginación.
Generalmente no iba a Lisboa más que cuando se la acababa el café. Ese día se vestía de seda o de terciopelo.
«El café bueno--se decía ella axiomáticamente--mantiene al amante.»
Como una castidad para los viajes, ella que no lo necesitaba se ponía velo, un tupido velo de motas. Entraba en aquellos trenes de destino corto como viajera del transiberiano.
Tomaba tan en serio el amor que dejaba en la Quinta, que no participaba de la infidelidad del tren. Se embarcaba en los barcos que vogaban en el mar adláteres al tren, para huir de las miradas y todo el viaje permanecía mirándoles.
En Lisboa lo que más la obsesionaba, lo que marcaba para ella la sensación de haber llegado, era una mujer pálida que se asomaba en esos balcones que tienen la obligación de tener las persianas en forma de toldo con la visera inclinada hacia la calle, visera a la que a veces se la hacía sobresalir tanto que mostraba mejor el interior de la casa llena de estores como enaguas lujosas y almidonadas.
Tenía que pasar por delante de sus balcones para verla al pasar.
Estaba en las buenas tardes de Lisboa con un lazo de papel de seda a la cabeza como gran reclamo de su belleza, como bagatela de feria, como papel de recambio en el vasar de todos los días, y a la hora certera a que ella pasaba tenía en brazos un niño de pecho que hacía juego con un monito de la especie más pequeña.
Se establecía una armonía tan deliciosa y artificial entre el mono, el niño y la mujer saltimbántica y funambúlica del lazo de papel de seda en la cabeza, que el corazón de Palmyra quedaba muy conmovido.
En Lisboa comenzó a vagar por las calles cuando tuvo el pretexto de su kilo de café. Con él en la mano se la ocurrió pensar: «Aquí, donde todo el mundo lleva un paquete o un maletín en la mano, ¿cómo detener a los «bombistas» antes de que cometan su atentado?»
Esos viejos de Lisboa, que parecen caracterizados de viejos antiquísimos, la decían flores al pasar, las largas flores como verónicas de larga duración.
Debía notársela aquella mañana el bufido de su ansia, porque los hombres que iban delante de ella la veían por los ojos del cogote y la esperaban.
Tan acosada se vió, que tuvo que meterse en un café, en ese cualquier café del destino que no se ha elegido.
--Café--pidió Palmyra.
--No hay café, sólo cerveza--dijo el camarero.
Palmyra no gustaba de la cerveza, pero en aquel día de sed soportaría el amargor espumoso.
Ya la había chocado aquella conspiración de hombres solos. Las lámparas de gas tenían aún la cofia antigua, la media pantalla de porcelana almidonada con el vuelillo rizado.
De pronto entró en la cervecería un marino que parecía llegar a una habitación querida de la que no se había podido olvidar, en busca de lo que estaba sobre la gentuza que pudiese estar congregada en su recinto.
Palmyra lo vió llegar y sintió el vuelco del corazón, que parece abrumar de sangre a la criatura que ataca.
El marino traía los galones circunflejos del mar, galones más graves que los de tierra.
No había visto a los que ocupaban su rincón, pero por fin bajó la vista y se encontró con una mujer entre aquel humo y aquella betuminosidad que parecía salir de la cerveza negra. Sin pensarlo más se sentó en la mesa de al lado, cerrando el callejón que los separaba apenas y que había medido y ceñido los muslos de Palmyra al entrar.
¿Pero para qué seguir el rumbo de esta nueva aventura? Ya Palmyra la pobre, llevada de su desasosiego, está resultando la mujer fácil.
Ya nos repugna un poco seguir sus aventuras. Veremos si aparece sola o acompañada en la visita que, después de dejarla vivir un mes sola, vamos a hacerla en la Quinta.
XXIII
EL HOMBRE CÓMODO
En vez de anclarse con su reloj en la Quinta se había establecido con su brújula aquel marino en vacaciones. La inquieta brújula, colocada siempre sobre su mesa de despacho, parecía orientar la Quinta. Señalaba el Norte con temblor del cielo y del infierno, como con temor de la incertidumbre de la tierra.
Era raro aquel hombre. Parecía pensar en otra cosa, ir navegando sin importarte nada la vida y, sin embargo, era atrozmente celoso. No la dejaba siquiera cantar en aquellos tés que daba Palmyra de vez en cuando.
--No me gusta que cantes... Las mujeres cantando se quedan en camisa... Y si es largo el canto, con los senos desnudos sobre el descote de la camisa.
Como el capitán Buonaventura tenía algo de centauro, cuando daba con él los paseos a caballo, parecía volver huída de él, como enemigos, como después de la batalla sentimental.
Los caballos volvían también como muy serios el uno con el otro. Ella y él esperaban entrar en casa para decirse la verdad de un desamor al que no le basta montar a caballo.
Palmyra se quedaba pequeña al lado de su caballo y él la miraba como a espolique pueril. Tardaba en bajar de su cabalgadura para subrayar más el contraste.
También salían de paseo en el milord. El marino apenas hablaba. Ella deseaba volver, y al llegar frente a la Quinta se entregaba a delirios de efusión:
--Es nuestro aliento el que sale por las chimeneas... Está tan unida la casa a mí que hasta me parece que me esperan en todas las ventanas niños de pecho, criaturas mías que esperan que yo las dé teta.
--Ni que fueras una vaca de cien ubres--respondía el rudo marino sin acabar de comprender aquel simil que henchía una sola maternidad.
Palmyra no encontraba el alma de aquel hombre. A veces la parecía que sólo se revelaba en aquellos ratos misteriosos en que se encerraba echando el pestillo de su despacho. ¿Qué ocultaba aquel hombre?
Era bueno, melancólico y cariñoso, ¿pero qué escondía que no quería que ella viese? ¿Por qué se escondía en la habitación cerrada para no se sabía qué? Su camiseta era como un coselete de acero del que no se despojó nunca. Llevaba algo muy forrado en el pecho:
--Es para que no me dé frío...
Palmyra encontraba la rareza de aquel hombre, que no creía que hay que dar algunas explicaciones y aclarar lo que se piensa.
Abundaba en pensamientos de viaje:
--Ya ves que estamos sentados, pues recorremos kilómetros, y kilómetros sobre el terráqueo que se mueve.
Ella le contestaba con incongruencia para distraerle:
--Los pinos hacen el día de un verde escarchado.
* * * * *
Andaba solo, desasosegado por el jardín:
--He estado sentado toda la tarde en un banco... He podido hacer un viaje largo... Por lo menos me hubiera encontrado en otro sitio al final de esas cuatro o cinco horas.
--¡Muy bonito!--le contestaba ella reconviniéndole.
--Mujer... Contando con que tú fueses también en el tren.
Tenía una máquina de fotografía y la pleitesía a Palmyra, su mayor rasgo de galantería, era hacerla fotografías y fotografías.
El no decía más que de vez en cuando: «yo que soy un hombre» o «yo que soy un hombre de hierro». ¡Cuán poca cosa!
El invierno, que avanzaba, le iba dejando más en cuadro, más desmontado, más sórdido.
Los días grises le quitaban todo brillo y todo ingenio.
La glándula que conmueve el día gris seguía inundando en grisuras el lago de su espíritu.
Las frases de Palmyra quedaban caídas en las alfombras, como pendientes que nadie recoge:
--Los días grises me envuelven en nubes--decía ella y él no comprendía qué debía contestarla--. «¡Qué bien te sientan!», ya que era obligada esa galantería en aquella soledad en que sólo lucían para él los ojos de ella.
Los ocasos morían sin responso.
Los cristales solos, miraban al ocaso como esas menorcitas del Brasil que miran con frenéticos ojos de escarabajo dorado a los hombres con grandes barbas.
Palmyra, abriendo las cortinas, como si abriese las tapas de una encuadernación, corría a ver el último momento del día:
--Me gusta pasar por entre las cortinas de dos hojas--solía decir--, porque eso tiene una cosa de teatro... Unas veces salgo a debutar y otras a recoger los aplausos.
Entraban las tardes por el balcón con una humedad exquisita.
--Es una humedad de encaje--dijo Palmyra una tarde.
--Hoy tiene una humedad de macizos de pensamientos. Huele a las pestañas moradas de los pensamientos...--dijo Palmyra otra tarde.
El viento tachaba más sus palabras y las ensordecía más.
El viento, siempre asustante, siempre yendo a romperlo todo y siempre no rompiendo nada.
Se entregaba a su broma eterna de coger a los árboles por la cintura y hacer como que va a correr con ellos.
Merece que no se le haga caso. Como la ventana no esté abierta y se libre del portazo, no puede con el cristal.
A otros árboles los cogía por el pelo y parecía que los iba a arrancar.
El mar resultaba como más cercano y embravecido con la presencia del marino. Era como la fiera junto al domador, gruñendo en el cajón del circo.
Sonaba la trompa de los barcos. Los elefantes artificiales levantaban sobre el mar el arco de su trompa.
Por llenar aquellas tardes interminables en que el marino, echado en el diván, fumaba y miraba a lo lejos, buscaba su arpa Palmyra.
Eso despertaba en él su adoración violenta de temerario adorador de las sirenas.
Junto al arpa se convertía Palmyra en nave de sí misma, izándose sobre su cabeza la vela lírica.
El marino sentía celos en medio de su adoración, como si contemplase los abrazos de un amor mayor. Gracias que ante el safismo, que era tocar el arpa, mitigaba sus celos la voluptuosidad de poder presenciar a la lesbiana.
Así como Júpiter encarnó en el cisne, Orfeo ha encarnado en el arpa para yacer con las mujeres.
Tejedora--primera imagen en la creación del arpa--del fino tapiz musical, que es como cortinal de los soles misteriosos. Palmyra se abrazaba a su arpa como a la amiga de sus desengaños, a la última, a la que se inclina sobre el pecho, gravitando con pesadez sobre él.
El cetro de oro del arpa vivía en el arrebato de la arpista. Era cetro descomunal con dotaciones litúrgicas.
En el revés de las cuerdas del arpa, se veía la mano de Palmyra como pájaro que buscaba su libertad, picoteando en los barrotes de la jaula. La escena de las dos manos por este contraste de la prisión, era escena de macho y hembra ansiosos, el uno a un lado y el otro al otro de la jaula.
¡Mano presa del otro lado de la lluvia y la distancia!
¡Dedos viciosos los de la arpista!
--Ahora quiero más tus manos--la decía él después de verla tocar el arpa, como si notase en su mano la desproporción del dedo amenazador.
Palmyra se curaba a sí misma la soledad y se consolaba porque aquel hombre tenía trazas de ir a estar siempre.
Iba descubriendo en él al remolón, al hombre cómodo y enervado, cualidades que no la importaban con tal de que representase por mucho tiempo al ser complementario, que en sus ausencias buscaba desatentada por los pasillos de la noche.
El no recataba su comodidad:
«Aquí orino más», se decía con gran placidez, dando una gran importancia a ese hecho dichoso que parecía despejar su naturaleza de residuos insanos, de esa cargazón que corrompe, de esos venenos que obran en el interior del ser.
Todo el día plácido de la Quinta parecía pasar por él como un licor fino, de esos que son tan cordiales y reponedores.
Dormía copiosamente y le indignaban aquellos montantes en forma de abanico por los que entraba una ducha de luz terrible.
--¡No, que no abran! ¡Que no abran!--gritaba el hombre cómodo cuando sentía a la doncella de la mañana.
XXIV
EL EMBOTELLAMIENTO
Los árboles, en su mayoría de hoja permanente, brindaban su primavera invernal.
El marino paseaba por el jardín como presidiario que fragua una fuga.
Se escondía detrás de los árboles y miraba por entre sus verdes dedos entreabiertos, a alguien que le podía vigilar, que podía venir a intervenir en sus pensamientos.
Tenía la voluntariosa manía de llevar las manos en los bolsillos de la americana de botones dorados, con gesto intemperante y decidido a algo, a no se sabía qué.
En el jardín abrían sus bostezos los cocodrilos de la soledad.
El buscaba a través de las enramadas la orquesta del jardín, ese sitio en que se congrega la gente en los parques zoológicos, cuyo silencio es angustioso fuera de esa única plazoleta.
Aquella cosa de estar metido en una botella verde la sentía cuando anochecía dentro del bosque.
La botella verde del paisaje, come botella de sidra en los parajes asturianos, le encerraba en su verdosidad.
«Soy un corcho en una botella verde», pensó un día, y desde entonces sintió la angustia de los corchos que han podido entrar, pero que no podrán salir.
¡Con qué empuje saltaba en el fondo de la botella obscura y tristona!
Pinchaban a la tarde los cactus y las plantas de lengua gorda--esas plantas que gustan de la vera mar y de los climas buenos--querían hablar.
Los cañaverales imitaban a los maizales, pero entre ellos se destacaban los bambús, todos deseosos de pescar, todos ilusionados con el día ideal en que pudiesen despedir su anzuelo lejos.
Las palmeras pintaban optimista verdura en el cielo con sus brochas abiertas y también eran como abanicos de la reina entronizada en la tarde.
Echaba de menos esos bailes de los barcos en que el marino vive en plena novela de «Magazine».
Su cansancio de viaje, el terrible cansancio que le había llevado allí, ya se había acabado y sentía la nostalgia de volverlo a sufrir.
Ella le encantaba, ¿pero hasta cuándo duraría su maceración? Hubiera deseado, sí, saber todo el placer de aquella mujer y dejarla sólo la concha vacía, henchida nada más que por el eco del placer que contuvo.
Pero su más viva nostalgia la sentía en aquel rincón del jardín en que estaba la barca naufragada, la barca caída del revés como uno de esos animales que no pueden levantarse cuando caen así.
Aquella barca que alguna vez fué recreo de Palmyra para pescar el calamar o gozar un día de muy buen mar, era en la Quinta, algo alejada del mar, como bote salvavidas por si llegaba el segundo diluvio universal.
El marino sentía todos los comezones frente a aquella barca tirada, en la que estaba por meterse como en su hamaca de jardín.
«Aquí se conserva la vida como si fuese la muerte. En este marasmo no se diferencia nada la muerte de la vida. La vida es para perderla, para jugarla, no sólo para navegar con ella», pensaba Buonaventura.
Lo que en el jardín había de vegetación tropical, le embargaba y le tentaba con la otra orilla.
Los bananeros con sus grandes hojas rotas, parecían árboles de mangas con chorreras.
Ella le buscaba por el jardín con gesto que se esclarecía en los rincones más umbrosos, un gesto como de madre que ha perdido a su hijo.
El compadecía en ella su gran belleza y aquella cosa que tenía de loca, sobre todo los días que se había lavado la cabeza y llevaba el pelo colgante.
Palmyra buscaba candilitos, esas flores que buscan a los gnomos antiguos.
Hacía gárgaras la tarde con los barrenos. Toda aquella piedra arrancada sufría la dentición de lo que ha de vivir y ser civilizado. El marino, por hacer algo, regaba.
Jugaba a dibujar la palmera de agua junto a las palmeras verdes, mezclando sus arcos. Era aquel arco de agua una caricia que la palmera agradecía.
Los relojes del último ocaso europeo entregaban su hora en el calvario supremo.
Al ver Palmyra al marino, con una mano en el bolsillo y en la otra la manga de riego, le decía:
--Pareces un almirante dando órdenes con tu espada de agua.
--La espada flamígera del agua--aclaraba él.
Después se entraban en la Quinta que tenía calor propio, olor a maderas finas y el último perfume a flor de los bosques antiguos.
Otros días llovía y no salía. Gozaban de la lluvia que en una definición hecha de los placeres del castillo por el señor castellano, ocupa su número de orden entre los placeres: «Ver llover.»
Palmyra, aun dentro de su traje de terciopelo, iba sacando su hombro como si se bañase en la habitación.
Palmyra, como siempre, estaba empeñada en calentar toda la casa.
--Esta habitación no la hemos calentado aún... Ven aquí conmigo--y le llevaba a la habitación de los cuadros japoneses en que el dragón acaba por ser un animal vivo, cinematográfico, que llega a moverse.
En aquellas tardes de lluvia, se sentía deseoso del viaje por mar, pues se huye antes de la lluvia y se arriba a golfos y bahías en que el arco iris se ha tumbado.
Los cristales antiguos, imponían un dibujo de «moire» a lo que se veía fuera.
De un lado, el mar impasible y del otro, cualquier injusticia que viniese de los hombres y que en aquel castillo les heriría por la espalda.
--Mira, llueve en el mar--le decía ella señalando la lejana siembra desigual de la lluvia.
--Aquí tardará en llover--dijo él--, el mar atrae la lluvia como un beso que pide y el cielo tiene que otorgarle.
Las noches tenían monotonía de travesía. El marino fumaba en su camarote aunque estuviese con Palmyra. El puro estaba lleno de nostalgias cubanas.
Miraba displicente las cosas como mosca de sus marcos. Displicentemente tomaba del musiquero las novelas cortas de la música, con sus portadas novelescas e iba dejándolas como si supusiese lo que decían sus letras de ojos cerrados.
El mar desrizaba sus olas ruidosamente, con más rigidez que por el día.
Ella flotaba en la noche con sus ojos suspensos en lo vago.
Respiraban solos aquellos dos ojos en aquel cuerpo y sabían sus deberes de castellana como nada.
Era medicina de amor la que aplicaba a sus amantes y sólo quería que se explicasen que no hay más que calmantes en el mundo, aunque aspirando a otra cosa se pase de un amor a otro.
Los dos ojos serenos y colgados como lámparas de los techos de su palacio presenciaban la eterna escena de las probaturas.
Las noches de luna eran las únicas que le divertían como si hubiese cinematógrafo en el gran casino.
En las noches de luna parecía que el mar se había echado su colcha de matrimonio, su colcha de boda con la luna.
Daba pena retirarse a la alcoba. Los dos podían tener paciencia para siempre en la terraza del mundo.
Algunas noches, la luna, se nublaba de vez en cuando y eso daba al paisaje el movimiento de un juego de dados y unas veces--en la obscuridad--echaba los dados en el cubilete, y otras veces los desparramaba sobre las praderas del paisaje.
Palmyra seguía el celo violento de los gatos, asustada como de una tormenta. Percibía en aquellas noches el fondo de crueldad y rabia que hay en el amor.
Dominaban los gatos al mar cuyo ruido de ola parece que está llenando siempre el baño inmenso, cuyas torneras se han olvidado de cerrar.
Los gatos llenaban de llanto de niño aquellas noches. Parecía que el camino estaba lleno de niños arrojados al arroyo.
«¡Queja humana! También procedemos del gato»--pensaba ella.
De pronto salían escapados los dos gatos y se quedaban retorcidos y echados en los tejados lejanos, el gato con la zarpa en la cabeza de la gata.
Impresionados recónditamente por aquel concierto y sobre todo por el silencio que lo acababa, se iban a la cama como víctimas de la fatalidad de las cavernas.
XXV
EL COCHE DESBOCADO
Habían salido en su «milord» como dos convalecientes de una soledad de muchos días.
El campo tenía doble perfume. Ya día de otoño muy entrado y, por lo tanto apenas con flores, se oligüiscaba el perfume de las flores maceradas para lograr su esencia.
Aquella tarde el coche había ido más temprano, inmediatamente después de comer, a la una y media de la tarde.
Los caballos tenían ese latir impaciente que les caracteriza, como si se pusiesen cada vez más nerviosos de esperar al que ha de bajar. Palmyra los acarició antes de subir al coche, fijándose, como siempre, en esa sufrencia que las venas de su cara dan al caballo.
Del día irradiaban los caminos felices y rectos del día optimista.
Iban al Palacio Ruso, palacio misterioso, edificado en medio de los bosques, en lo alto de un monte y al que se podía visitar consiguiendo permiso en Lisboa. Hacía tiempo que Palmyra tenía ganas de visitar aquel palacio de difícil acceso, pues para llegar a él tenía que hacer el coche una espiral de trescientas vueltas alrededor del empinado monte. Los cocheros la disuadían siempre «porque los caballos vulgares no sirven para eso».
Palmyra no dejaba de entrever en lo alto del boscaje como extraño palomar de cúpulas moscovitas aquel palacio a cuyas ventanas quería asomarse alguna vez.
Por eso iba radiante. El camino era precioso y a veces tropezaba con un chalet de interior delectable o con un nombre dichoso como «O Miradouro». Nuevas Arcadias pasaban en su excursión y sobre los tejados de los pueblecillos se secaban las calabazas como soles antiguos.
Eran llevados como por unos tritones de los que se sentía además el oleaje marginal.
Palmyra hablaba menos que había hablado con sus otros amantes al cruzar por el mismo paisaje.