La quinta de Palmyra (Novela grande)

Part 8

Chapter 84,095 wordsPublic domain

Don Mariano Guisasol volvía a recordar sus días de fiesta en las embajadas y por eso se había puesto de frac, dándole eso la obligación de ser el que pasase las hojas al pianista o el que limpiase el piano.

Todos habían traído el juego de rostros para oir música y pensaban mirar al piano de cola como si fuese un ataúd en cuanto fuese necesario.

Los primeros abortos sentimentales de las jovencitas iban a quedar debajo de la butacas.

La veleta de la casa sentía cosquillas con la fiesta que se celebraba en sus salones, por lo general llenos de lánguida conversación.

En eso entró don Félix, raudo como a quien le persiguen y haciendo al mismo tiempo el gesto de aquel que se viene guardando un poco de música en los faldones del frac, como si temiese que le pudiese faltar aún con la que llevaba en todos los bolsillos.

Iba como a operarles a todos sentándose rápidamente en el piano. Templó el banquillo a su medida y sonriendo a todos y como diciendo: «para que el piano resulte bien tocado, hay que lavarse muy bien los dientes», se tiró al agua de la música como nadador valiente. ¡Había que pasar cuanto antes el escalofrío de las primeras notas!

Atacó seguidas las composiciones. Casi no descansaba. Saludaba con una inclinación de cabeza a los aplausos y como prestidigitador del piano sacaba músicas y músicas de sus dedos.

Las señoritas azules trataban de ocultar sus piernas que se escapaban a sus faldas escuetas. La música las nalgalizaba.

Don Félix tecleaba sin parar como si quisiera con vencer a Palmyra con su apasionamiento, mirándola mientras apasionadamente, como un náufrago en una tormenta, como barquero en medio de un oleaje embravecido.

Todos seguían con apasionamiento la lucha del pianista con el piano, como lucha de un estrangulador con la dulce víctima.

Por fin dió por terminado el concurso hípico musical de sus manos y descansó con las manos sobre las teclas del piano como el que cree que la víctima ha lanzado su último suspiro.

La música como un río incesante y bravo se había llevado vida de todos les reunidos, peces vivos de la vida de todos, peces brillantes y dorados, los mejores momentos de las almas. Y todo se había ido hacia el mar.

Habían quedado más que mejorados, empeorados, con menos belleza en sus corazones, con menos ideas bellas en sus estanques.

La música era un remolino engañoso, les había robado alma, fantasías, ideas, reservas bondadosas. Todo estaba ya en el fondo de los mares lejanos.

Don Félix se sentó al lado de Palmyra. La llevaba el triunfo de la noche y la sumisión de la música apagada y vencida bajo sus dedos. Parecía haber matado a una reina para entronizar a otra.

Palmyra parecía haber sido descascarillada por la música y por eso se ofrecía más blanda y desnuda en la conversación. Su traje era sólo un mosquitero rosa sobre la cama de la _chaisse-longue_.

--¿Es que ha llorado durante la música?--preguntó el disfrazado de melenas.

--No... Y sin embargo, me ha secado los ojos la música.

--Eso no puede ser...--dijo don Félix--el lagrimal es la primera lágrima solidificada, la lágrima madre de todas las demás... Esa no la podrá usted enjugar nunca.

--Pues yo tuve una amiga a la que extirparon los lagrimales y aunque creyó que ya no podría llorar nunca, volvió a llorar.

--¡Ah!, es que las lágrimas tienen que romper por algún lado...

--Lo que harían sería desparramarse como cascada del ojo.

De pronto, como sucede en los sitios en que se acuesta temprano la gente, a todos se les hizo tarde y todos se pusieron en pie al mismo tiempo emboscando la habitación que estaba tan diáfana.

Todos se despedían hasta otra vez como si creyeran que el célebre pianista se iba a quedar allí para tocar el té musical de todos los días.

Contaban con que por de pronto en la casa cerrada en medio de la noche se quedasen los dos como pareja matrimoniada por el arte.

El pianista esperaba ese fin de espectáculo para ofrecerse con su aureola a la mujer delicada que es doblegada por la música.

Todo había sido como música de boda y allí estaba ella con el novio cansado, puesto que había sido enamorado y orquesta.

Quizás aquel hombre con la tercera persona de su piano al lado, pudiese soportar la soledad de los dos en el palacio.

Aquella amante de cola negra que iba a completar la trilogía no la importaba.

Palmyra solo necesitaba que otras manos la encontrasen Era ciega de sí misma sin eso.

No acaba de creer en sí. Era ese medio ser que es la mujer.

Necesitaba ese reconocimiento de su silueta en el que toman parte las dos manos, bajando paralelas al contorno femenino, reposando sobre las caderas y como palpando así la esférica voluntad planetaria que hay en ellas.

--¿Y ahora, señora...?--preguntó el pianista, que parecía haber nadado hacia ella para conseguirla a través de el acuoso torbellino de la música:

Palmyra contestó:

--Se quedará aquí... El cuarto del huésped siempre está preparado.

--No es lo que me preocupa dormir... Después de un concierto en que he puesto más alma que en ninguno de los que he dado nunca, no podré dormirme en toda la noche.

--Y yo que le he escuchado, tampoco.

Junto al túmulo del piano de cola, animado aún por las últimas notas, era aquel idilio como una de esas aproximaciones de velatorio que surgen entre la hermana de la muerta y el cuñado.

XX

NUEVO HUÉSPED

Siempre sería dichoso el amanecer del desconocido en la Quinta de Palmyra. Merecía el cambio la sorpresa de cada uno de los nuevos huéspedes.

Se despertó temprano, lleno de la placidez de la alcoba.

«¡Qué desayunos tendrá este palacio!», se decía el pianista, esperando aquel tazón de leche en el que habrían caído las mariposas blancas de la mañana.

Llegó la criada confidente, que sabía saludar al nuevo señor encamado, igual que si lo saludase con levita y sombrero de copa, y abrió las maderas.

El mar entró en la habitación como colcha de damasco azul, de las que resbalan voluptuosamente, porque cuando se abre la primera ventana frente al mar, el despertar de la vida tiene algo de ola.

Félix venció esa descortesía que hay siempre en aparecer desarreglado frente a la mujer con quien no se acaba de tener confianza, y salió en pijama hacia el cuarto de baño.

Palmyra, contenta, se incorporó en el lecho y vió su mañana de jardín antiguo.

Era como si mirase a través de un brillante la ma ñana que tomaba todos los tonos azules y diáfanos que sólo toma a través del cristal.

«Resignación para un nuevo día», le hubiese pedido ella.

«Cortesía para un nuevo día», le hubiera pedido también.

Ya tenía la eterna melancolía despedidora en cada caso.

Sin embargo, la mañana era lo más bondadoso del día.

En la mañana las uñas estaban enfundadas en los dedos.

Las almas y los cuartos de los chalets se ventilaban a esa hora.

El verde de la primera comida apaciguaba todos los alrededores.

Se tenían pequeños deseos conformistas, como que pasase el primer automóvil, el automóvil que peina al paisaje y le hace la raya.

El mar era un mar vertido en un lava ojos.

Gran limpieza de espejos había en la mañana.

El pianista encontró con gusto la claridad y el relumbre matutino.

En días sucesivos, como una lección de optimismo que no le dejó reflexionar, se acordó de aquella mañana primera.

Como a todos, una convicción campestre les hacía perdurar.

Ella seguía improvisando sus frases de aplicación perfecta:

--Hay un momento en que los barcos son como tartanas.

Y en la hora luciente de después de comer, que es cuando más rubor y respingo dan los besos, ella decía:

--Que nos mira el mar con sus ojos azules--y ponía un gesto como de ser acusada por todas partes, mientras él respondía siempre incrédulo y sin respetar la frase que debía quedar en lo suyo:

--¡Como que le he visto pestañear!

Como siempre, vivían esperando la noche, disculpando las horas, arrancando sus hojas rápidamente.

El, como si eso estuviese entre sus deberes de amante, tocaba el piano al atardecer, pero cada vez con menos gana y escarbando largo rato, como perro que ahonda en la tierra, en el montón de partituras deshechas, desencuadernadas, mal barajadas por la desidia.

Ella le perdonaba los gestos preliminares y los gestos finales por como necesitaba aquella música para prepararse con ideal egoísmo para gozar el ocaso y la noche:

--Si yo fuese poetisa escribiría una poesía que se titulase «Las naranjas del ocaso» y pintaría a todos los que saborean el ocaso desde las ventanas, como gentes que muerden y chupan naranjas vespertinas...

--Eso sería muy pornográfico--respondió sin respeto a la pulposa idea aquel hombre en que cada día brotaba más el sochantre alevoso.

Pero Palmyra tenía ya la fuerza de sobreponerse a toda chabacanada.

Lo peor era cuando tenía que oir las confidencias imprudentes del «genio arrebatado»:

--Todos hemos tenido, te lo diré yo con más franqueza que nadie, una prima de perfil muy fino y de lindeza muy singular, de la que no pensamos ser nunca esposos, pero que al encontrarla en ti desnuda y suave, entregándonos sus secretos, nos ha llenado de una dicha sobrenatural... Nadie nos habrá podido dar más placer...

--¿Con que una primita muy linda en la que no pensásteis nunca?...

--Y que, sin embargo, ahora resulta que es en la que pensamos siempre.

--Es raro eso... Por lo visto tu amor es un amor que inicio yo, pero que no se inicia en ti... Tendré perdida por lo tanto tu constancia...

--No... No es eso... He querido ser sincero contigo y descubrirte los orígenes de mi cariño, y veo que hasta contigo me he equivocado, que eso está prohibido en todos los amores.

--Tienes carne de pescadora lisboeta--la decía otras veces.

--Explica, explica ese cumplimiento--decía Palmyra entre enfadada y satisfecha.

El pianista entonces contaba cómo desde niño había admirado a esas pescadoras de carnes muy blancas y frías, carnes de lubinas humanas que pasan por las calles de Lisboa mostrando su belleza como de mármol por como no la deteriora ni la pobreza ni la vida trabajadísima, ni el andar descalzas. De adolescente no tenía otro ideal que casarse con una de ellas si lograba que le quisiera.

--Pues probablemente yo no procedo de ninguna pescadora--repuso Palmyra.

--Pero es posible que alguna pescadora proceda de los tuyos... Hubo un tiempo en que eran hijas de reyes--contestó el pianista.

No se la olvidó a Palmyra aquella imagen; pues encontraba que era verdad, que en su blancura había calidades marinas y empalidecimientos debidos a ser de una especie cara, cortesana, siempre tratada en princesa y alimentada y sostenida en los palacios de los bastardos.

Pero Palmyra conseguía olvidar las estrechas confidencias asomándose a la terraza del atardecer. Su resarcimiento estaba en el anochecido. Estaba junto al hombre, necesitaba al hombre, pero sólo la curaba de él el asomarse a la perspectiva de su Quinta.

Todo se acaracolaba en el fondo del campo.

La borregada verde de los pinos embestía hacia el mar. Se veía que hacia allí había que orientar los pensamientos.

El faro ya lucía como si tuviese un destello de sortija monumental, la sortija que sólo reluce un momento cuando se lleva la mano al bigote o desenvuelve el periódico el farero.

Todo el mar admiraba aquella sortija de brillos intermitentes según daba en ella la luna.

Cenaban. La velada se envoluptiosonaba. Dejaba que se insinuase la noche y la metiese envidia de desembozar la cama.

Tenía algo de ofrenda a la noche aquel levantar las sábanas frente a toda su expectación.

Era allí más verdad que en ningún sitio--si cabe decir eso--el acto de acostarse.

Toda la noche venía a cantar silenciosos cantares alrededor de la Quinta.

Andaba sobre la alfombra felpuda de pelos largos, como Eva por la _pelouse_ del paraíso.

Aquel ratillo que al amanecer al día y al anochecer al sueño, tenía Palmyra de andar descalza sobre la espesa y crecida alfombra, le dejaba al pianista un regustillo de entrevisión primera del mundo. Quizás ese ápice de la antigua visión repartida entre los hombres, se encalabrina de nuevo como sólo se encalabrinó al ver a Eva sobre la yerba suave del paraíso, peinando con sus pies el terciopelo velludo de la primera _pelouse_.

La ola lejana rizaba los peces.

El faro ponía una lágrima de luz en los ojos que lo miraban. Su fanal, con tipo de gran filtro, destilaba la noche en el laboratorio de la pureza nocturna.

Y Palmyra, en la solemnidad de aquellas noches, se desataba los lazos rosas de las hombreras de su camisa de niña.

XXI

TARDE DIÁFANA Y FINAL

El pianista, como hombre acostumbrado a variar de ciudad, tenía el ansia de irse a otro sitio a continuar con sus conciertos de amor, así como con sus conciertos de música.

Otro prisionero que quería escaparse.

Como no se quiere oir sobre la almohada el latido del corazón, así los hombres no querían oir en aquella soledad el latido absoluto de su vida, el sentido claro de su existencia.

Les hacía mal efecto el oírlo clarísimo, pertinaz, dejando troqueles de sí mismo en todos los parajes.

--Demasiado yo mismo... Demasiado ella misma...--se decía el aislado sin acabar de desperezarse en todo el día, con los ojos turbios y chicos.

Era una tarde tan diáfana que estaban en la terraza.

--Ese chalet me da siempre pena...

--¿Por qué?

--Por ese cristal combeado que tiene en el mirador... Le da la luz de una manera que siempre parece que está llorando.

El pianista optó por su distracción embrutecida de hombre superior y no rió de la gracia de Palmyra. Aquel virtuoso del piano en la hora definida por alguien como la del «ocaso de los virtuosos» en honor de las grandes pianolas, tenía grandes terrenos rocosos en el espíritu.

Entró en el jardín uno de esos caballos negros que van vestidos con un atarre de lienzos blancos, completamente abrumados bajo la carga de piezas enteras; los caballos más limpios y ungidos del mundo, medio caballos medio nobles comerciantes, si el noble comerciante fuese posible.

Con el palo del metro al hombro tenía el que guiaba la buhonería un aire de boyerizo.

El caballo negro se volvía más negro bajo el comercio de puntillas y grandes sábanas que eran matrices de camisas, pantalones y demás ropa blanca.

--Mía señora, «lenzoes» de puro hilo...

Para la herida eterna de lo que se va descomponiendo y muriendo, allí iban hilas, vendajes, gasa para los apósitos.

Todas las ventanas de la Quinta pedían que la comprasen lienzos nuevos.

Palmyra siempre compraba algo: un encaje, un mantelito, una puntilla, sólo por ver cómo soltaba sus riquezas el buhonero y descansaba su noble caballo negro del pesado corsé cuajado de telambre.

Aquella cosa episcopal que tenía Félix la subrayó Palmyra aquella tarde en que él, muy beatíficamente, estaba sentado entre las dos palmeras de alto plumero que se elevaban sobre la terraza.

--Pareces el Papa entre los dos altos abanicos de pluma que siempre le rodean...

--Pero sólo soy un modesto organista resignado.

Los ovillos de golondrinas jugaban alrededor del palacio.

Ella le miraba por ver cómo le complacían aquellos mimos del paisaje.

Nada. Su abstracción era la del que quiere marcharse. Esparaba no sabía qué cosas del mundo. Quería asistir a las fiestas en que se bebe una copa de champagne.

Tenía amigos a los que no había acabado de olvidar y sobre los que tenía de triunfar. Debía tener alguna amiga, cuya cita después de la ausencia, le tentaba.

Félix no hacía más que acariciar su gloria.

--¡Ah, mi gloria!

Palmyra, desde su gran dulzura, había aprendido a ver que en los hombres hay unos maniáticos exacerbados y terribles.

--¡Ah, mi gloria!--repetía y su gloria daba una gran intranquilidad inútil a aquella vida, la intranquilidad estéril y enferma de la fiebre.

Corría un aire suave, un aire de llamada.

Los vientos se meten en el rincón más refugiado de la casa, pero los aires suaves llaman, son la resaca que lleva a los países a los que se está un poco rehacio en ir.

Aquellos aires suaves que sólo despelusaban los árboles y movían los «moirés» del boscaje, no la gustaban a Palmyra porque eran llamadas cuyo apremio sabía.

--No tengo tristeza humana esta tarde, pero tengo tristeza--dijo ella.

--¿Pues entonces, de qué clase es?

--Tengo la tristeza del primer pino en que comienzan los pinares junto a las playas...

--Siento no sentirme yo otro pino para poderte consolar...

--No tiene consuelo esto... Prefiero desconsolarme más... Toca algo, algo triste...

--No seas egoísta... Estoy cansado... No es éste el momento...

--Ah, ¿sí?... No te lo perdonaré nunca...

Se hizo un silencio largo en que ella se sentía como ese pino que sólo encuentra arenas para sus raíces y siente el embate del mar y su amenaza de retorcerle las muñecas con esos vientos que acuestan y aculebrinan los árboles...

Era un vil ejecutante de los que se visten de romántico y aguantan los deliquios de las señoras.

El reanudó la conversación:

--Los pinares han de tener lobos para tener encanto... ¿Hay aquí lobos?

--Siempre quedan lobos en la noche de los pinares.

--¡Ah! ¡Lobos supuestos! ¡Valiente cosa!

¡Qué pena no compartir las suposiciones y fantasías que merece el mundo! ¡No coincidir en el mismo escalofrío y la misma sospecha!

Pasó la bandada de pájaros como una larga hilera de puntos suspensivos... Nunca tan oportunos...

Lo que leían en el paisaje se cortó como se corta un capítulo por varias líneas de puntos suspensivos.

Pasó un automóvil.

Iba llenando el camino de las ratas quejosas de los bocinazos.

Tenían aquella tarde los pinos redondos de la quinta vecina el retoque de haber sido tratados por el peluquero de los pinos, que tan bien les sabe hacer la cabeza.

En la diafanidad de la tarde se percibía que tenían en sus cabelleras encrespadas ruido de mar.

¿Quién pastorea los pinos? Los pinos se pastorean a sí mismos. Son su propio rebaño y sus propios pastores.

Seguían poniendo en su vida la austeridad y recomendándosela. Eran las pestañas de su paisaje.

Ellos la contenían en su valle y ponían la orla que necesitaba su vida, cada vez más abandonada.

¿No podían representar lo varonil en su vida, lo varonil quieto y firme?

Ya en el atardecer, vieron cómo en el marco de una lejana puerta se encendía la primera fogata de las cocinas.

--Siempre creo que son un incendio que nace esos fuegos de las cocinas... Tienen un color tal de gasa de fuego las llamas a esta hora, que me sobresaltan el ánimo...

--Eres una hiperestésica... En Portugal, todas sois hiperestésicas.

--Si no se es hiperestésico, no vale vivir... Comprendo que no se debe tomar ninguna droga para fomentar la hiperestesia, pero si se es lealmente no hay por qué dejarlo de ser.

Félix no contestó.

Aun estando tan necesitado de ruptura, le doblegaba la tarde diáfana.

Había fundidos en aquel ocaso muchos arcoiris, como en una de esas natillas en que se echa una docena de huevos.

Ya en su final el sol buscó una nube para celebrar púdicamente sus misterios detrás del iconostasio.

Parecía no querer que se le viese morir en el último momento cuando ya no conocía a nadie y era inútil quererle retener.

Las chicharras del atardecer comenzaban a sonar. Félix se indignó.

--¡Ah! Que nos hayan tocado esas chicharras al lado del balcón es como si tuviésemos encima un despertador descompuesto, de esos en que suena el timbre a todas horas sin parar... Y que no tiene remedio... No hay relojero a quien llamar.

Las chicharras no descansaban, sonando como un timbre cuyo botón se ha metido dentro del llamador y del que no hay quien separe las lengüetas contrarias apretadas en encarnizado contacto.

Se seguía oyendo el timbrazo de esa clase especial de cigarras lusitanas, cigarras sin la sequedad de las castellanas, cigarras de pila húmeda que surgen en los otoños como si en los timbres de la naturaleza se diese un contacto interminable, o bien el dedo de Dios llamase al hombre bueno o el cinematógrafo de la noche anunciase su apertura.

El caso es que ese timbreante nerviosismo de la naturaleza era como un vivero de timbres esparcidos, musgosos y saudosos en medio de su crispadora unanimidad.

--No se puede hacer música en esta Quinta con ese chicharreo... A esta hora, que es la mejor para hacer música, comienzan todas las tardes... Me acuerdo de unos conciertos que di en un rincón de América en un teatro dotado de infernales timbres para el reclamo... Pero cuando yo comenzaba el concierto, callaban como por encanto... ¡Pero éstos!...

Cada vez le resultaba más insoportable al gran pianista aquella grillería inacabable como césped fecundo de la tierra, como multitud de escarabajos engordados por el térmico otoño.

¡Y que no se podía extirpar el retoñeo silvestre! No era cosa de buscar en un rincón al animal impertinente. Habría que arrasar aquello.

--No puedo continuar en medio de esta naturaleza tan descuidada y como con liendres... Te voy a decir la verdad... Yo volveré, pero necesito irme...

Palmyra se quedó del color de los recién operados. No esperaba que sucediese tan pronto y fuese tan cínico aquel desenlace.

--Bien, me parece bien, pianista ingrato; pero te has de ir antes de que llegue la noche cerrada...

--No creí que te ibas a picar tanto, querida patrona.

--Eres como un intérprete de hotel... Los unos interpretan las palabras de los demás, tú la música... Por eso no contesto como debiera a que me hayas llamado patrona.

Félix se quedó pálido. Quizás ninguna mujer le había sabido insultar mejor. Le aturdió el insulto como esos codazos que se dan al piano y que desarmonizan todo el espacio, y dirigiéndose a su alcoba, hizo la maleta rápida del huésped que ha reñido con la hostelera.

XXII

LOS CANDELABROS DEL PIANO, EL VIAJE A LISBOA Y EL MARINO

Se veía el pinar desde lo alto del palacio, con todas las copas unidas como formando una suave cabellera por la que se sentían ganas de pasar la mano cariciosamente.

En el fondo de su alcoba Palmyra les enseñaba a los árboles todo, sin que la importase lo que pudieran ver con los ojos de sus nidos.

Después de ataviarse, salía a las otras habitaciones y echaba colchas sobre todas las cosas. Era una manía suya arropar con tapetes todos los muebles.

Otra vez había vuelto a su silencio, a ese silencio que en Portugal es mayor que en todo el mundo. Otra vez había vuelto a fundirse en los cielos, aprovechando esa mayor difusión y efusión entre la tierra y el cielo que también caracteriza a Portugal.

Palmyra se paseaba ociosa por las grandes habitaciones, todas como camas inútiles.

Era una ilusión la Quinta.

Los antiguos moradores habían amontonado allí muebles suntuosos, dorados, laqueados, incrustados de alegre lapizlazuli y de onix con sus alternativas claridades y obscuridades, pero nada les había valido para la defensa. El espejo más grande del mundo encuadrado en el marco más churrigueresco y enramado del universo, anegaba aquella naturaleza que se movería siempre un poco perlática en la empinada laguna del espejo.

Ansiosa de salir de la mentira del espejo, se asomó a aquella ventana con cierre de guillotina que la convertía en María Antonieta despidiéndose del mundo.

La enredadera, que como una instalación de flores unidos por eléctrico hilo, trepaba y subía por la pared de aquel lado, la envolvía en una celosía confidencial.

La enredadera creaba en la Quinta una dulce comunicación con la tierra.

La esperanza de la tierra era dulcificada por la enredadera que trepaba hasta los últimos balcones.

La tierra hacía una caricia a la Quinta a la luz del día y su abrazo era envolvente y apasionado. La abrazaba por encima de sus altos hombros con sus largos brazos.

«¡Y quieren que deje mi Quinta envuelta en la enredadera que no me olvidaría!»

Arraigaba la casa y la prendía más que sus amores y sus cimientos, la enredadera trepadora.

«Después de todo lo que yo quiero hallar dentro del palacio, es copia de lo que sucede fuera con las enredaderas... Es el tierno abrazo de alguien.»

Se veía el mar, aquel mar de la rinconada en cuyas veredas había crecido yerba por falta de circulación de barcos.