La quinta de Palmyra (Novela grande)
Part 7
Y Samuel se marchó, se marchó aquella misma noche en el mismo automóvil de los turistas en que vino de tan intempestiva manera, en el enorme automóvil blanco que envían de las Agencias cuando se pide un automóvil por teléfono desde un punto distante.
Y fué el único amante que lloró al hacer el equipaje y que se fué llorando en el coche que le libertaba.
XVII
RECRUDECIMIENTOS, SOLEDADES, ASPIRACIONES, MELANCOLÍAS
Palmyra tenía un aire más dominante y hacía un gesto con la falda que marcaba su carácter, cada vez más arrostrador, y su evolución. Ese gesto era el que hacía al sentarse y pellizcar su falda, bajándola más, asentándosela sobre las piernas con una actitud más amazonesca que nunca.
Vivía a retazos en silencios continuados, en ratos de melancolía, en paseos plácidos, en arrebatos de perseguida.
--No... no quiero irme... No me iré nunca...--se decía en sus gabinetes--. Todos ellos tienen un momento en que quisieran vender esto para dejarme sola y desvalida en el mundo, pero yo no me dejaré desposeer... Es como la capilla de mi vida mi Quinta... Es para mí iglesia, cuna, panteón...
Pero los hombres no comprendían aquello, y lo malo era que no podía explicarles ni enseñarles el encanto de su posesión, hecho de cosas inexplicables, del modo de llegar las luces y del modo de llegar las sombras, del modo de moverse los árboles y del modo de articularse todas las hojas, del miedo al mar y de la cosa que entraba al que lo contemplaba, de esa especie de niñez de niño bonito que gestaba en las sombras ya con la querencia de echarse en sus brazos...
La flora submarina que el alma posee recibía caricias submarinas y se movía como con vida propia.
* * * * *
Se sentía el optimismo de la vida en la Quinta porque había baluartes, frutas, hortalizas, gallinas que matar, patos en eterna salida de pista y constantes pavos parecidos a los viejas de los asilos.
Palmyra no temía la ciudad. Pocos conflictos la podría crear a ella. Pero, de todos modos, el peligro social combatía detrás de los montes, aunque siempre vendría a morir en las arenas de la playa, frente a la explanada del mar.
* * * * *
Todos los aires de Europa, todos los ayes, todos los espantosos cansancios que no podían ya más, todas las viejas actrices cansadas de sostener el prestigio de su nombre y su falso pelo rubio, todos los grandes boticarios cansados de despachar en las boticas de más fama, todos los viejos y prestigiosos doctores cansados de sostener consultas imposibles con gentes que les esperaban siempre en todos los gabinetes de todos los pisos de su casa, convertidos en salas de espera, etc., etc., todo eso venía a descansar a esa costa final de Europa, llegando en trenes sin ruido y sin carril.
Se podría decir de aquel rincón del mundo que al atardecer todo trecho estaba lleno de algo sentado, sentado a la manera de aquellas gentes de pueblo que se han visto sentadas al borde de las aceras en la ciudad.
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Contra las tristezas antiguas que dominaban la Quinta es contra lo que era más difícil reaccionar. No sabía de dónde procedían aquellas impregnaciones, aquellos grandes lagrimones que la churreteaban el rostro.
Se acordaba de las otras mujeres que ya desaparecieron y que se encerraron en el Palacete como en la estancia eterna cuando sólo fueron viajeros que se iban y que sólo por un momento veían destacarse en sus ventanillas el Palacio que han de dejar detrás ignorantes de todo su futuro.
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Los panales de la Quinta trabajaban con constancia y daban un postre que convertía en mielados cristales los de los tarros en que se guardaba la gran cosecha de los jardines.
En un rincón del jardín trabajaban constantemente las abejas que iban fajadas en la gran cosecha recogida.
Palmyra sentía un poco en su alma aquella íntima labor en que la vida se concentraba y tenía ánimos de creación.
«Nosotros debemos tener en el alma un colmenar activo e interior al que traer la sustancia de todas las miradas. Sólo haciendo esa labor de recoger y trasegar bien las miradas se cumple con todos los deberes.»
Y por la tarde, después de aquella imagen feliz que daba por objeto del alma el recibir todas las miradas dispersadas por el día ya en la hora de vuelta, se congregaba más en sí misma y recababa todos los pensamientos y miradas habidas en el día: el haber pensado en la erección placentera que hay en las yemas de los pinos; el haber visto a los eucaliptos como a viejos doctores a quienes saludar; el haber encontrado en la calva solitaria, atada a un árbol, la cabra solitaria que espera que vengan por ella como niña que tiene la misma inquietud en el colegio; la pena de las rosas cortadas en el jardín y la persecución con que se persigue con la mirada al que va formando un ramo con las tijeras de sastre; la idea de sangre que dan las flores rojas; el dolor de las columnas caídas frente a ese hotel que no se acaba nunca; el olor a las redes ennegrecidas por la brea que cicatriza instantáneamente las heridas de los pulmones; el fenómeno de sentir cómo los pinos caminan hacia el poblado, se aproximan a él, vuelven con el ocaso, son amigos que se acercan por la espalda y entablan su conversa con el que pasa, etc., etc.
Vivir por vivir, activando esos colmenares del alma, afanándose por esclarecer el atardecer, por esparcir el ánimo, tanto en miradas extáticas como en otras más afanosas, por encontrarse, al entrar en el recogimiento, con un depósito mayor de miel y cera.
Tomaba ejemplo de aquellas casitas blancas de las que sacaba las láminas alveoladas de que colgaban los racimos espesos de obreras que se entremezclaban realizando una unión esforzada para conseguir dar presión a la cera que iba formando el panal.
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Como aliciente de sus inextirpables pensamientos de voluptuosidad, repasaba el vicio de los alrededores. En el hotel, de los adornos de cartón, había unas niñas a las que venían a ver gentes de Lisboa, dos niñas muy blancas y redondas, con una sombra criolla de bigote, que se reían de todas las mujeres de más de veinte años que se encontraban en el camino.
Siempre estaban, cuando se las veía, como recién levantadas después de recién acostadas.
Tenían sus retratos muchos desconocidos, que se los enseñaban a sus amigos como si fuesen sus ahijadas, y que venían a verlas, encerrándose unos días en aquella casa con baños de inocencia y de perversidad, como se mezcla el agua caliente y la fría.
Estaban conservadas entre ropas blancas y capas felpudas y refrescantes.
El vicio raro del rincón tibio y ciudadano, exigía ese hotelito con dos niñas juguetonas y voluptuosas como gatos, que sólo rozan mucho las piernas del que pasa.
Muy iluminada en la noche aquella casa parecían presenciarse, mirando a sus ventanas, saltos de niñas que van a la cama de su papá. Aquel vicio puntualizaba, como un perfume más, el permiso de goce que daba al paisaje el dulzor manso de vivir. No resultaba indignante. Con tal de poderse sostener en el hotel alegre las estaba permitido todo. Resultaba más alegre y más clara que las otras luces la luz de la casa de las niñas malas, de las niñas que siempre se estaban subiendo encima de las piernas de los caballeros sentados.
Palmyra tenía curiosidad por verlas asomadas con lazos celestes y corales arrebatados, esperando, siempre con el peine puesto en los cabellos como una peineta algo gitana, a unos viajeros hipotéticos, que venían generalmente en automóviles amarillos.
También observaba Palmyra con encanto aquel hotel, que se alquilaba a parejas distintas, que venían de Lisboa, donde las daban la llave para que pasasen los días de contrato en amorosa soledad. Siempre miraba con gran curiosidad a la terraza para ver una pareja--la misma a través de todas sus variaciones--que se amaba con verdadero encanto y disfrutaba hasta de las plantas submarinas, con absorciones profundas que hacían desde sus galerías.
«Qué resistencia la de esos peroles, esos vasos y esos asientos»--se decía Palmyra como si no fuese lo mismo tratar a distintos huéspedes, que a uno seguido.
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Quería Palmyra sostenerse sin otra sensualidad, sólo observando la vida, suponiendo las cosas de los demás, recogiendo las ondas amorosas, que si se las aprende y acepta a pecho descubierto, tienen en la recepción la misma intensidad que en los aparatos emisores, sin que importe que broten de detrás de los cristales y de las maderas de lejanas casas.
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A veces sentía cómo se fraguaban en la paz del día los futuros cataclismos. El agua, siempre reñida con la tierra, buscaba los caminos secretos y profundos, en los que se forman los gases que hacen explotar al terráqueo de vez en cuando.
Algo hacía terreno volcánico toda aquella costa portuguesa. Se tenía la sospecha de un engullimiento del mar. Se contaba con eso como sazón de la tarde.
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En sus paseos se paraba cuando oía el tren, diciéndose: «¡Quieta! No me vea el tren y me lleve».
Se ponía satisfecha cuando le sentía irse, y era de una gran ilusión para sus oídos oir el último estertor.
«¡Ya pasó! ¡Ya pasó!»--se decía frenética de alegría.
Abrazaba a su can desde lejos, y con un salto ideal abrazaba, sobre todo, a la Venus que remataba el frontispicio de la Quinta.
* * * * *
Remontaban el cielo tardes como para que saliesen de paseo todos los aviadores.
Se había puesto de seda el día, y las gasas más puras revoloteaban en la brisa.
Los nadadores del paisaje encontraban para sus miradas aguas tibias.
Se bebía en los vasos del aire naranjadas y jarabes de granadina, sin el gusto de la fabricación.
Todo el valle era como una rosa de té, en la que ella fuese la cochinilla escondida.
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Frente y contra el mundo estaba la Quinta. Ofrecía su fachada como los gimnastas que hacen exhibición de su pecho.
«Espero las flechas de los malos días y del viento fuerte.»
«Si quieren mis moradores ya no tendrá que verles nadie jamás.»
«Puedo ocultar el pasaje completo de una vida feliz.»
Y se reían a veces con risa frenética los cristales de los balcones.
Vivía la Quinta en independencia del paisaje.
A veces había llovido por dentro, en el interior del palacio y el campo sólo había puesto en aquella lluvia el gesto que toma cuando ha dejado de llover y el sol tiene los rayos mojados, babosos como cuernos de caracol.
¿Por qué había llovido dentro? Las arañas de cristal, las cornucopias, la cristalería que, al pasar los carros por el camino, lloraba como un niño, todo eso junto había creado la lluvia cristalina de allí dentro.
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No tenía actualidad la tierra muchos días, el cielo era el que ofrecía su valle como un sitio de merienda ideal o como unas dunas donde cazar patos a la manera con que se cazan en las dunas terrenas.
«Tiene mi vida--se decía Palmyra--algo de prisión de reina.»
Y en las primaveras se sentía adornada con canesús de rosas y en el otoño se sentía vestida con trajes de larga cola, trajes verdes hechos con hojas ensartadas.
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Hasta para ese día de locura, de gritos, de estar con los cabellos sueltos y el camisón blanco de dormir todo el día, sirve la Quinta muy perdida entre la maraña selvática. ¿Pues y si hay que pasar el resto de la vida sentado en un sillón junto a una ventana? Entonces un pájaro que dé saltos sobre los ríos del espacio es un espectáculo divino.
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Sentía a veces como si perdiese el tiempo de hacer no sabía qué cosas en la ciudad, pero se consolaba diciéndose: «aquí pasa lo mismo el día y deja flores, leña, nubes en que duermen los sueños como en colchones de pluma y una cosa que es como una miel que se respira».
Pensando como siempre en lo que dejaba el día que pasa, pues de eso era destilería su Quinta, la daba la sensación el final de su palacio de estar lleno de tiempo enmelado y de tener los sótanos atestados de baúles y tinajas de lo mismo.
«Los hombres no saben ver todas las cosas del día como nuevas--pensaba Palmyra volviendo a su obsesión--. No saben sentir los besos en las manos que dan las cosas inanimadas cuando son plácidas y silenciosas, cuando apenas ven a nadie.»
Ella sabía ser una viajera diferente cada mañana. Los otros pensaban en ciudades lejanas. No sabían quedarse definitivamente.
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Sentía todas las tardes el ansia de lanzar los gritos de la tarde, unos gritos que necesitaba como gran desahogo el alma a la que se ha concedido el bienestar, los gritos de gratitud a la naturaleza, al mar, a lo bonancible del tiempo.
¡Con qué encanto hubiera lanzado esos gritos desgarrados y sinceros, como destemplados gritos de pavo real, con esa misma calidad agria de los gritos felices!
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Los ocasos se apretaban allí atrozmente. Casi estrangulaban de emoción. Se levantaban de la naturaleza coros de soledad.
Aunque toda Quinta está detrás de los caminos, en la revuelta de los caminos, entre boscajes que la sirven de biombo, aquélla resultaba más oculta que ninguna otra, en lo más recóndito, como en un paraje digno de un cementerio.
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La Quinta se ponía cada vez más melancólica, más vetusta y sus árboles se llenaban de más mirlos.
El reloj de sol marchaba cada vez mejor.
Ella ya distinguía unos días de otros y encontraba en cada uno toda la vida reunida, cernida, hecha un fino flan.
Era golosa de todos los días. «Sé lo lejos que estoy del mundo--se decía--pero en esto está el éxito».
Se sentía como fuera del camino de la muerte.
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En el fondo de todos los hotelitos se habían ido dando la untura del día--algo mucho mejor que un baño de sol--y ya estaban suavizados con bastante gozo para dar por bien sucedido el día.
Al pasar por los caminos se pensaba eso: que ya había entrado dentro de cada casa por sus ventanas la densa medida del regalo de un día, envuelto en papeles de seda azul.
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Tenía miedo a los perros de los caminos que no hacen nunca nada y que hasta se hacen los distraídos y miran a otro lado al pasar junto a las gentes del camino para no tenerlas que saludar. Eran perros filosóficos que arrastraban por el suelo sus cabezas meditabundas y olfateaban con deleite la harina del camino.
Alguno de ellos parecía un perro miserable que la iba a pedir una moneda, pero también pasaba de largo.
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Los hombres volvían a tentarla y desde su fantasía la llamaban por señas desde los confines del mundo; pero ella se decía para disuadirse de los gestos varoniles incitantes y coactivos:
«La seguridad en el mundo me la da mi Quinta. ¡Además qué necesitada está de mi presencia! Hasta que yo me muera no podrá ser la Quinta solitaria, toda llena de zarzas y cuyo interior no se sabe si ha sido o no ha sido robado!»
«Los árboles y todo me conoce. Todo clama por no convertirse en jardín abandonado ya que está en tan precioso y lejano rincón del mundo.»
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La sombra de las casas era tan intensa y caía tan bien delante de ellas algunas noches de cordial clima y clara luna, que era como esa tapa que se desploma de los vargueños fraileros y que forma frente a ellos un ancho pupitre inesperado. Daban ganas de tiritar de luna que había.
Se tendría voluntariamente un ataque de nervios sobre las sábanas blancas.
La blancura de las noches hasta de invierno, que era posible contemplar con los balcones abiertos, estaba llena de sensualidad.
Creía haber encontrado la colaboración de la noche en su alegría frenética de dueña de su Quinta en el paraje más resguardado del mundo.
Se sentía tan dichosa con el beneplácito de todo, que le hubiera gustado lanzar carcajadas a la noche, carcajadas disonantes como los gritos de los gatos, a los que parecían haber pillado el rabo en las rendijas de las puertas.
* * * * *
Pero en medio de todas sus cavilaciones, placideces y elevaciones, encontraba sus ingles hambrientas, enflaquecidas, más metidas hacia dentro que de continuo. Querían el amor como después querrían la muerte. La vida es breve y hay que saberla agotar en cada momento.
En aquella soltería fatal la entraba la sensualidad enjuta de los galgos y sentía cómo se afilaban las aristas de su cuerpo.
XVIII
EL GENIO ARREBATADO
Palmyra recibió una carta de Mafra, su buena amiga de París, en que la recomendaba un pianista célebre.
«Como sé que te hará pasar un rato delicioso--decía la carta--me atrevo a enviártelo con esta carta de presentación, que debía estar escrita con notas musicales en vez de con palabras.»
Aquel pianista portugués que la expedían desde París, la tenía preocupada. Además la amistad con Mafra era sospechosa y ya le hacía complicado. Parecía una osadía más de Mafra aquél regalarla un pianista usado, aunque de la mejor calidad.
* * * * *
Esperó limpiando el piano, sacudiendo sus piezas de música, de las que salían innumerables notas de polvo, y colocando las partituras sobrenaturales en primer término.
Como tardaba, cubrió el piano con un magnífico retal de damasco y en vez de las velas sosas que tenían los candelabros, mandó traer unas velas pintadas.
Por fin, al día siguiente, apareció el artista, con un tipo exuberante, apasionado antes de que se presentase la ocasión, con una melena llena de brillantina sólida.
Cubrió el suelo de «mía señora» rendidos y anduvo hacia ella como arrodillado por las alfombras.
Por tanto bajar la cabeza, se le veía una calva que aparecía entre sus crespos cabellos y que se hacía visible, como luna entre nubes.
Venía entusiasmado por la belleza de los alrededores, con la imaginación desgreñada.
--¡Oh, mía señora!...
Lo que procuró primero fué asentarse bien en el más cómodo sillón de la sala, y después, con redoblada elocuencia, dijo:
--Desde fuera se sospechan muchas cosas en estos jardines... Me he emocionado el entrar hasta el palacio... Me parecía que había caimanes que morderían al desconocido... ¡Hacen un camino tan sombrío y tan entretejido los árboles!
--Sí, yo sé que produce ese miedo la Quinta... Después aquí se hace un claro muy bonito, muy rubio podríamos decir, ¿no?
--Sí, está bien... Muy rubio... Eso es...
--Desde la puerta se teme que salga a recibir al que ha llamado uno de esos japoneses de fisonomía retorcida que esgrimen un sable... Tanto, que los pobres pordioseros no llaman muchas veces de miedo que les da... Me defiende más ese grupo de árboles que obscurecen la entrada que mi perro lobo...
--Y después aquí, ¡cómo se levanta la cabeza sobre los árboles!.. Esto es maravilloso... maravilloso.
Palmyra miraba al pianista con cierta atracción. Tenía la melena fuerte de los pianistas y usaba los adjetivos vibrantes y frenéticos que a ella le gustaban tanto.
Venía de tocar en las reuniones de París. Los hombres quizás le daban un poco de lado porque no les parece bastante un pianista, pero las mujeres le seguían, siseaban, para que la reunión guardase silencio y siempre había una dama que volvía las hojas a su partitura y que en ese momento parecía tener galantería de caballero más que de mujer.
Tenía el frac un poco desgarbado de los pianistas que a la sombra del piano, indudablemente, se había alargado, preocupándole mucho conseguir la chepa de los grandes ejecutantes.
--Aquí debe sonar el piano admirablemente... Debe ondular cada nota hasta llegar al mar... Es como un ancho lago este silencio.
Y con esa desenvoltura que él tenía muy ensayada, se dirigió al piano y como quien levanta atrevidamente el peto de una mujer levantó la tapa y se puso a tocar.
Palmyra, acariciada en aquella caricia a su piano, se puso a su lado como para repasar las hojas de su memoria.
«Este hombre--se decía Palmyra--no está lleno de tantas complicaciones como él cree... No acaba de saber lo que hace, no tendrá las pretensiones de esos hombres demasiado deseosos de gloria de los que he huído... Tiene el bastante barniz para ser fino y saber poner las manos sobre lo que toca... Pero sus manos deben estar frías siempre.»
Necesitaba ya al otro varón. Todos los días tienen las habitaciones el mismo espacio que llenar y el mundo renueva también su vacía virginidad. Cuando llega el sol de la tarde sin haber tenido satisfacción, la habitación está desesperada.
El pianista tocaba en el piano de ella como si la gozase por primera vez y eso le comprometiese a más insistencia y a imitar más que nunca la desesperación de amor. Desde mañana ya sería otra cosa.
Palmyra, con voz un poco entornada, la voz que necesitaba el momento, dijo:
--Ha resucitado usted el palacio... Hacía tiempo que no se tocaba así, quizás desde que en las postrimerías del siglo pasado estuvo aquí nuestro célebre Almeida...
--¿Estuvo aquí Almeida?--preguntó con mucha admiración el pianista.
--Estuvo y dejó una fotografía dedicada a mi tía Ana, la más bella de mis antepasadas, tanto que no quiso entregar a nadie su belleza...
--¿Y tocó en este mismo piano?
--En el mismo...
--Entonces hay que cerrarlo y tirar la llave al mar...
Palmyra iba tomando gusto a aquella fantochería de don Félix; el pianista de la aristocracia. Iba a tener aquel hombre una hipocresía cabal, una de esas hipocresías en el trato que gustan a las mujeres que son las grandes hipócritas. Por eso ella le respondió en el mismo tono:
--Pero usted es un verdadero émulo de Almeida y merece su piano... Lo que he prohibido tocar en él son vals...
El pianista, como agradeciendo entremedias de la conversación esa deferencia, tomó su mano y se la besó.
Aquel beso, ni de llegada ni de despedida, fué un verdadero beso de amor, pero dado con verdadero disimulo.
«¿Tendré que dar de mamar a éste también?»--se decía ella, que sabía que en el juego del amor hay esa figura, la primera que acudía a su mente cuando el nuevo amante se la insinuaba.
Por como juzgaba según ese ejemplo a los hombres, desechaba a los hombres de bigote porque no comprendía cómo podrían simular la actitud infantil.
La repugnaba pensar en la farsa que supondría someter a ese gesto al hombre de bigote negro.
Un momento estuvo pensativa sin saber cómo aceptar aquel beso que podía ser tan cumplimiento como uno de aquellos «mía señora» con que la había alfombrado la casa.
Por romper el silencio, le consultó:
--¿Quiere que invite mucha gente al concierto?
--Quisiera tocar para usted sola.
--Pero es necesario que los demás le admiren...
Palmyra que quería entonar la entrada en la Quinta de aquel hombre que ya había visto en ella la desamparada y la consumida, esperó la noche solemne de la fiesta para comenzar con grandeza su nuevo amor.
XIX
EL CONCIERTO
Habían brotado de los alrededores señoritas azules, abrochadas con broches de los que en el mundo han quedado más de non. Imitaban a la mujer como la habían imitado todas sus antepasadas.
Señores de perilla muy afeitada en vuelta y antiguos consejeros como con un luto histórico se pegaban a la pared como si fuesen cuadros de la casa.
Las señoras formales, con las manos en los vientres fecundos, lañados después de tantos partos, esperaban algo así como el sermón de la música.
La inglesa sorda, que sólo oyendo música decía que no era sorda, se había colocado en el sitio en que se oía mejor y en la butaca en que iba a ser más dulce la loción musical.
Palmyra había congregado los resplandores en el salón del arpa.
El artista era aguardado con impaciencia, como si su tardanza pudiese disminuir al final un acto del programa.
Don Vasco se sentía feliz aquella noche, como si en vez de un concierto fuese una función de teatro la que se fuese a representar.