La quinta de Palmyra (Novela grande)
Part 6
Lo de «sin sombrero» lo decía la criada para que madama no le recibiese, porque un señor sin sombrero da idea de un loco o de uno que viene huyendo, pero madama, como si esa señal la recordara a un amigo querido que llegase de muy lejos, la dijo:
--¡Que pase! ¡Que pase!
Un caballero, menos rubio de lo que la había parecido al verle pasar en el automóvil, se adelantó hacia ella e hirió su mano con la llaga de un beso apasionado y largo...
--Señora--dijo--, he torcido mi viaje sólo por usted...
--¿Pero perdió su barco?--exclamó con ingenuidad Palmyra...
--Sí..., partió sin mi--respondió sonriendo el desconocido...
--¿Y sus baúles?--volvió a preguntar Palmyra desconcertada, como si esperase que el extranjero hubiera llegado con sus baúles y todo a instalarse en la Quinta desconocida...
--¿Mis baúles?... En un Hotel de Lisboa--respondió extrañado el extranjero.
Palmyra le señaló un asiento. El extranjero se sentó con tipo de marino que descansa, tipo de marino que viene a traer una noticia de allende el mar.
--¿Y cómo se ha atrevido a venir? ¿Y si yo hubiese sido una señora casada?
--No hubiera venido... Me he enterado antes de quién era usted y cómo vivía... La tiré mi sombrero porque no me dió tiempo de tirarla otra cosa; mejor la hubiera tirado la cabeza, el corazón... Lo que quería decirla es que volvería...
--Yo sólo creí que fuese un chicoleo.
--De ningún modo... Siempre se tira el sombrero para recogerle, más o menos pisado por la dama, pero se recoge...
--Ya ve usted que yo no le dejé en el jardín... Lo recogí y lo he puesto en el perchero...
--Ya le he visto al entrar, y por cierto que he hecho como que lo dejaba, ajustándole más a su colgadero...
Palmyra sonrió, aunque estaba asustada e indecisa, ante aquella visita que amenazaba con ser muy larga... No sabía hasta cuando... Quizá hasta cuando volviese aparecer de nuevo en lontananza un barco con la ruta del que había dejado irse...
--¿Y qué es usted?--preguntó Palmyra sacándole de su arrobo.
--Yo... Doctor...
--No... Quiero decir de qué nacionalidad.
--Norteamericano... Sé el español difícilmente, pero como he notado que me entendía así con los portugueses, he creído posible conversar con usted toda la vida...
Palmyra estaba radiante. Su desconcierto se había ido borrando; el caso era que tenía allí a uno de los que pasaban raudos y representaban para ella el mundo, el mundo de los grandes trasatlánticos como palomares flotantes, llenos de gemelos que miraban su torreón...
El norteamericano apoltronaba su tamaño en la butaca con un paisaje en el respaldo, y mostraba su rostro de ninguna raza y de casi todas, uno de esos rostros que confunden siempre al que les mira, pues habiendo parecido que antes se miró a uno, después resulta que es a otro al que se encuentra.
--Ahora iría por el mar, con todos mis compañeros de viaje que me echarán de menos, sobre todo en la mesita verde que ocupábamos después de cenar, cuatro, siempre los mismos...
¿Qué la iba a exigir aquel hombre a cambio de aquéllo? Había perdido su barco y tenía derecho...
--¿Y hasta cuándo estará usted aquí?
--Hasta que usted quiera... Vengo a Europa a estudiar, así es que me puedo quedar aquí a estudiarla a usted.
--¡Ah! No... A estudiarme, no... Me dan escalofríos sólo de pensarlo.
--Bueno, bueno... Diré sólo que estudio.
--¿Y de qué región es usted?
--Bástela saber que una carta tarda en llegar a mi casa veinte días...
--¿Y cómo es su pueblo?
--No tiene nada de interesante... Esto sí que es bello... Es el digno marco que la corresponde... Cuando me saludó usted al pasar, perdí la brújula... Si usted no me hubiera recibido, hubiera paseado por delante de la verja de su Quinta siempre y me hubiera convertido en acuarelista de paisajes en que se ve una Quinta.
--Estoy comprometida con usted como con el que ha naufragado...
--La verdad es que me he tirado del barco al mar sólo por usted...
--Ha sido tan franca su decisión que yo debo ser también franca... El mote del escudo de la Quinta es: «Sigue tu primer impulso sin dejar pasar la hora...» Venga con sus equipajes... Es usted mi huésped.
Se hizo una pausa. El norteamericano se puso en pie. Tenía en el rostro timidez y osadía, descorazonamiento por el pronto logro de su deseo y al mismo tiempo entusiasmo. Sus cincuenta rostros superpuestos eran descubiertos por una imperceptible muesca de colores y perfiles que no casaban bien como en una policromía mal tirada trasluciéndose sus cincuenta expresiones distintas.
--¿Y si ahora no le gusta a usted mi nombre?--dijo él.
--¿Tan extravagante es?
--No; es Samuel.
--Pues no es feo.
--Es que como es judío...
Palmyra no contestó, pero pasó por su imaginación una gran aprensión, y eso que en su pueblo no estaba vinculada la doctrina antisemita... Reponiéndose y queriéndole evitar toda suspicacia, dijo:
--¿Y eso, qué?... Aquí no se guarda ningún rencor a los judíos...
Samuel apretó su mano con silenciosa gratitud y se fué hacia la puerta. Palmyra salió con él.
En el recibimiento él hizo ademán de ir a coger su sombrero, pero Palmyra, que esperaba ese gesto para cazarlo, echó mano a su mano y la retuvo...
--No... Ese sombrero me pertenece... Es la prenda espontánea de su afecto... Sólo lo arrancará de su sitio el día que me olvide, el día que tome el barco que dejó escapar hoy...
--Pues entonces quedará ahí para siempre.
Samuel salió para traer sus equipajes en seguida.
XV
EN ALTA MAR DEL AMOR
La noche estuvo llena de las reticencias, de los silencios tímidos y de las cortesías graciosas de la aventura que se ha precipitado demasiado. Sólo el sueño niveló la falta de confianza en que se había realizado todo.
Durmieron como viajeros cansados, y cuando él se despertó primero a la mañana siguiente, despertado por las moscas que trajinaban en la luz, pensó despertarse en alta mar, y le sorprendió encontrarse en la cabaña de la alcoba, con una rendija excesiva en la ventana.
No estaba en la alta mar del mar, pero estaba en la alta mar del amor. Miró a Palmyra. Dormía sosegada, con confianza, como si durmiese más que sobre una cama sobre un jardín, en un rincón de los boscajes de la Quinta.
Sintió ganas de hacerla cosquillas en la garganta, que ofrecía curvada y graciosa. «¿Al abrir los ojos no me extrañará demasiado?»--se preguntó Samuel, pero recordó la naturalidad de Palmyra como si se tratase de una boda acordada por toda la familia, en vez de ser una aventura...
--Palmyra--llamó en voz baja Samuel para que al despertar entreviese que la conocía bien por su nombre.
--Palmyra.
--Palmyra.
--Palmyra.
--¡Palmyra!...
Palmyra entreabrió los ojos y sonrió, acostada en la lontananza de la playa ambarina de su carne, como lejana bañista debajo del toldo azul de sus ojos.
Pero le había sonreído. En vista de eso se tranquilizó y observó los cuadros.
Volvió a mirar a Palmyra como al valle florido de su amor, como el que sentado en la ladera ve la extensión luminosa y margaritada que desde allí se atalaya.
Ya estaba conformado con la sonrisa de aquel despertar que se había nublado en seguida. Ahora a esperar que se cerciorase, que recompusiese con el abrazo del despertar definitivo, la cadena de los abrazos.
Palmyra durmió el sueño deslumbrado de la mañana, el sueño que se sueña de cara a la luz, sucediendo la pesadilla en pleno mediodía. Samuel la oseaba las moscas.
Poco duró ese sueño anaranjado de la vívida mañana y Palmyra se despertó, sonriendo de nuevo al ver al náufrago que la hacía aire con sus manos oseadoras y osadas.
«Ya no se me irán los ojos y la tranquilidad detrás de las caravanas de los automóviles con gente de los barcos--pensaba Palmyra--. Mi única inquietud la habrá cancelado este viajero que se quedó a mi lado...»
Se rió con risa descarada, mirándole.
--¿De qué se ríe?
--De que me parece usted un barco embarrancado...
Volvían a perder el tuteo que habían alcanzado ya. No les convenía. Todo iba a retroceder.
--Tienes un despertar tranquilo como el de las playas.
--Y tú eres el mar que bulle demasiado temprano...
--¡No tanto!--dijo Samuel sonriendo--. A lo más soy un marinero despierto y animoso.
Palmyra se dió cuenta en ese amanecer que la sorprendía con aquel nuevo caballero al lado, de que era bastante calvo, ahora que su peinado estaba deshecho, y que, por lo tanto, debía tener la murrullería que ella achacaba a los calvos, su aire de hombres de mundo un poco cínicos, como si sus pensamientos se creyesen sin hoja de parra ya, y, por lo tanto, estuviesen en el deber de afrontarlo todo con demasiada audacia.
Palmyra gozó un rato viendo cómo se sobreponía la osadía de aquel hombre a la sorpresa de hallarse en tan íntima compañía con una mujer desconocida. Siempre quedará en una mujer la ilusión de esa sorpresa inevitable. Sólo eso inducirá hacia el amor variado, hasta a aquéllas que lo probaron mucho.
Se vistieron. Ya sabía Palmyra que había que gozar la mañana desde más temprano cuando llegaba un nuevo forastero que extrañaba la cama y que tenía curiosidades que había que saciar llevándole a la ventana y haciéndole desayunar en la terraza con las migas calientes de la mañana, que son como piedrecitas y tierras blandas y sustanciosas, que aclaran al ser comidas la neta impresión del terrenal mundo que se contempla, en plena alegría, toda su materia y su inmaterialidad.
Con aquella especie de matiné antiguo de bordes rizados, como se rizan los papeles en que se prueban las tenacillas de todos los días, salió con Samuel a la terraza, donde se celebraba el primer desayuno.
«Deberían recordar siempre este momento y llenarse de gratitud y de quietud, renunciando a sus ambiciones de comisionistas»--pensaba Palmyra.
Samuel andaba por la terraza como viajero de transatlántico, con cierta inseguridad aún. Se asomó a la balaustrada de la terraza como quien se asoma a la pasarela, y se quedó sorprendido de aquel mundo de rosas frenéticas que daban al mundo un infantilismo mañanero.
--Cantan su perfume como coros de colegio de niñas que lanzasen los hosannas de la mañana--dijo en voz alta a Palmyra, que abría el toldo de playa que tapaba el velador de los desayunos y de las comidas al aire libre, cuando estaban hartos del sombrío comedor.
--Parece que has puesto al cielo traje de baño--dijo Samuel, refiriéndose a aquella enorme sombrilla listada de azules círculos concéntricos y que era también como un blanco ideal para las escopetas de salón de los aviadores.
--Lo que se pone es más alegre la mañana con este quitasol--contestó Palmyra--.
--Como que es el pabellón de las buenas mañanas, sólo de las buenas mañanas--repuso Samuel.
El hombre oscilante, que venía del Perú, donde le había rechazado una mujer al saber su origen, gozaba aquella mañana plácida que brotaba después de haber sido propietario de una linda mujer, mucho más encantadora que «la otra». Lo que no digería, de lo que no acababa de poderse dar cuenta es de que fuese aquello epílogo en vez de preámbulo... Era como si el día comenzase por el ocaso, por lo realizado, en vez de comenzar por el rosicler.
No comprendía una cosa tan estable, tan franca, tan segura. La mañana entera aterrizaba en la terraza.
Desayunaron. El se sentía personaje un poco inverosímil de una estampa que había soñado alguna vez. Así había visto él la ilustración más viva de la felicidad: un desayuno así, en una terraza y entre flores y con pájaros posados en el barandal...
--Mi estancia aquí--dijo Samuel queriendo declarar la verdad de lo que sentía--es como si náufrago feliz me hubiese despertado en una isla encantada...
--Con tal de que pienses siempre eso--dijo Palmyra con su más rogativa entonación, mirándole fijamente para atisbar el efecto del «siempre», que hizo que Samuel la mirase con cierto susto, con aquel recelo inevitable, con aquella cosa de _cogido_ que quiere escapar.
Hubo una pausa, en que él pareció dedicarse a escribir con manteca en la palma del pan, pareciendo después como si quisiera afilar el cuchillo en la reconfortante maculatura.
--¿Es que todos los amores son de travesía?--preguntó Palmyra con cierta incongruencia y para sorprenderle con la pregunta.
--¿Cómo, qué quieres decir?--contestó Samuel, envuelto en la mentira de la embriaguez y del hospedaje desinteresado...
--Es que te siento alegre, feliz, como sin otro negocio que el de vivir, y, sin embargo, temo que te ausentes--replicó con sumisión Palmyra.
--Pues no me ausentaré nunca... Cuando se encuentra la casa de la dicha hay que no salir de paseo siquiera... Como esos presidiarios que no pueden escaparse nunca, no tendré otro traje que el pijama...
--No, ¡qué horror!... Aborrezco el pijama... Todo hombre en pijama es trivial como él solo, y además hipócrita como un cómico de teatro galante... Tan pueril y tan ostentoso es el pijama, que no han podido menos de usarlo también las mujeres, que en sus juegos con los hombres juegan a la ambigüedad, por más que lo disimulen.
--Pues retiro lo del pijama...
En la mañana había una especie de batalla de flores, con proyectiles de mariposas. No se sentía ninguna impaciencia. El apartamiento arcádico de Portugal se sentía en rededor.
Palmyra, que en el primer momento de saber que Samuel era judío no se había dado cuenta de nada y le había recibido con magnanimidad queriendo mostrarle que no había en ella ni la más mínima rencilla contra su raza, ahora recapacitaba y pensaba que la idea de errante va unida a la idea de judío, y pensaba que había escogido más exprofesamente que nunca al que había de huir de un modo fatal.
El pronto de la huída de Samuel sería más subitáneo que en los demás. Echaría a correr sin despedirse, dejando quizá sus equipajes. Se había quedado en la Quinta por su facultad de huir, de apartarse de un camino para tomar cualquier otro, por su condición de errante.
Todos los días, a todas horas, tendría presente su fuga, y la lucha contra su voluntad de escapar sería estéril, porque ningún mimo contendría al encanto fatal. Mejor hubiera sido imitar un odio atávico, invencible, del que apenas se le hubiera podido echar la culpa, porque hubiera parecido brotar de la raza.
Ya vería siempre a Samuel como si fuese a echar a correr.
Con su imaginación hiperestesiada de avezada a la soledad, oía ya la voz del jardinero al contestar a la pregunta de: «¿Ha visto usted al señorito?» «Sí, le he visto cruzar la Quinta corriendo a todo correr», y como en medio de esa pesadilla en que se despierta la voz, dijo Palmyra a Samuel en voz alta:
--Si sientes deseos de andar por el jardín, date un paseo mientras yo me acabo de arreglar...
--Yo no... No me muevo de la terraza... Nunca me he sentido tan arraigado como hoy... Me parece como si la terraza estuviese cimentada sobre una pirámide incrustada del revés en la tierra.
--Y yo me siento también sobre el nivel de los otros días...--dijo Palmyra dándole el beso de detrás de la oreja, el beso que se queda pinzado como esos cigarros o esos claveles o esas cerezas que se ponen así los chulines.
La Quinta miraba a Samuel con la resignación del Museo que acepta al turista que se queda, al nuevo copista que se prepara a hacer la misma copia que tantos otros con igual pasión.
Desde que las Alhambras perdieron su primer recato, aceptan a todo enamorado como visitante, y hasta le recogen el bastón y le dan un número.
XVI
OTRA RETIRADA
Samuel tenía voracidad de amor, pero se le veía aprovecharse de él, no para gozar el placer que se infunde en el mundo después de brotar del hombre, sino para almacenarle, para guardarle, con un último gesto sórdido en que se concentraba mucho y escondía el placer que conseguía.
Palmyra, que nunca había comenzado a perder los amores, se fué disuadiendo del amor de aquel hombre, cuyo único defecto no es que fuese de raza distinta, sino que se lo creyese, que en él estuviese la desconfianza y la prevención en vez de en los demás. El era el que no había olvidado.
Samuel también tenía el defecto de que hablaba constantemente de sus hermanos de Salónica, de Hamburgo, de Tánger, de Polonia, y eso le hacía un poco antipático, como si llamase a intervenir en sus amores con Palmyra a aquellos numerosísimos hermanos y hermanas, suegras y suegros terribles y rencorosos, con convenciones especiales a las que tendría que obedecer.
--Porque mis hermanos de Salónica...
--Porque mis hermanas de...
Y siempre salía a relucir aquella fraternidad que le absorbía, que le hacía volver la cabeza a los lejanos horizontes y distraerse de Palmyra con nostalgias fortísimas.
* * * * *
Palmyra había tenido, sin embargo, días de sentirse junto al hombre honrado, y había recibido todas sus confidencias de perseguido y de plantado por las mujeres; pero desde el primer día hasta esta tarde en que después de dos meses de pasión se reunían en el Salón Siglo XIX, estaba esperando su huida, el momento de la ingratitud en que caería sobre él la maldición de merecer el despego de los demás y sus persecuciones. En su predilección por aquel hombre serio como un hombre, había envuelta una especie de maldición gitana: «¡Que maldecido y perseguido te veas por judío si me abandonas!» No había vez que no se dejase abrazar por él que no repitiese eso por lo bajo, con los párpados y los dientes apretados unos contra otros, en tensión rabiosa y obcecada.
Aquella tarde estaba Samuel más preocupado que nunca, como dispuesto a contarla una nueva vejación de las que había sufrido.
Por eso Palmyra había escogido aquel salón para estar reunidos en la hora mejor del idilio, al atardecido.
En cuanto llegaba el calor era el salón en que se pasaba el bochorno, porque la humedad y el olor a humedad resultaban refrescantes. Aquella humedad era tan grande que levantaba las hojas de la pared.
--¡Qué sabroso es este salón siglo diez y nueve! Me deja un mayor anhelo de tu carne--la había dicho una vez el huído Armando y Palmyra no se había olvidado de la frase.
--En este salón--la dijo Samuel--tu blusa de seda es más incitante. En este salón se sorprenden los amores de tus antepasados y se ve que aún rescoldan sobre los sofás.... Eran de los que no se acostaban, de los que lo hacían todo muy abrazados sobre los sofás...
Palmyra entraba en aquel salón cuando temía aquella cosa imponente que había en los otros salones del palacio, llenos de un aire demasiado suntuoso que parecía amedrentar y despedir a los amantes.
Samuel, que tenía pico de águila para el placer, parecía afilarlo en los besos silenciosos que ponía en ella. Palmyra le dejaba recapacitar en sus besos, y esperaba lo que saliese de aquella seriedad, pues muchas veces en esos torvos silencios se prepara el arrebato del amor.
Impaciente Palmyra, le preguntó:
--¿En qué piensas?
--En que te llevaría a un viaje...
--¿A un viaje?
--Sí... No sé cómo puedes estar aquí siempre... A un barco parado se le ponen sucios los fondos... Si pudiésemos empujar hacia el mar esta Quinta y que navegase...
--De ningún modo... Me agarraría desde las ventanas a las ramas de los árboles para contenerla... Son sus cimientos en la tierra los que más me gusta...
--No te comprendo... No te acabo de comprender.
--Pues es bien fácil... No quiero perderme fuera de aquí... Más que vivir la vida, la vamos leyendo, y yo quiero repasarla bien, no distraerme, no perder palabra, no perder ripio...
--Pero donde más interesante es la vida es en los viajes--repuso Samuel, siempre poseído por el mal intrépido de la huída...
--No... Eso es ver láminas, que es lo que hace perder más el texto de la vida... Un libro con láminas está aviado... Casi no se lee nunca... Lo importante es la letra menuda, monótona, que dice muchas cosas...
--¿Y los monumentos?
--Son los que dan más vaguedad a la vida... Sirven sólo para encubrirla...
--¿Así es que según tu opinión las pirámides...?
--Las pirámides buscaron una apariencia natural de serranía que no está mal... Pero casi todos los monumentos distraen, hacen daño a la vida...
Se veía cómo estaba metida por honda convicción en su Quinta. Ni una carreta de bueyes la podía sacar de su predio.
¿Qué carrozas esperaba? Sólo imaginándose el gran espectáculo de la vuelta de unos viajeros que tuviesen forzosamente que volver y que pasar por aquel paraje, se podía explicar aquella espera feliz y continua junto a las ventanas de la Quinta.
Claro que hay el mundo de lo insucediente que está sobre los grandes ramajes y fija la punta del pie en las ramas que rematan los árboles, pero ese mundo es demasiado soporífero.
Palmyra, que se había dado cuenta de lo que aquello significaba de rebeldía contra la Quinta, se echó en la _chaisse-longue_ desde la que se veía el paisaje del atardecido. Otra vez volvía a tomar cómoda posesión de los almohadones de la melancolía.
Se curaba en aquella mirada intensa de su eterna convalecencia por la huída de los hombres.
Veía el recodo de la salida al mar y sentía como todos los días, con entera novedad, que era un puerto antiguo al que acababa de llegar, y en el que se unían las carabelas del ayer más remoto como las del más próximo presente.
«Si no se llegase alguna vez, sería penoso el viaje de la contemplación diaria»--se decía Palmyra, que había encontrado el cierre, la pulsera para cada idea con precisión de escritora mística, de Santa Teresa del anonimato.
Era más largo y más denso que el resto del día aquella hora en que el día se entornaba. Dejaba en la casa provisiones de eternidad, caramelitos y guindas de inmortalidad.
Palmyra perdía la vista en aquella larga contemplación, y la quedaban en los ojos soles amarillos como yemas de numerosos huevos fritos transparentes en medio de las claras numerosas.
--A esta hora me olvidas--la dijo por fin Samuel, rompiendo el silencio y la situación penosa y desconfiada--. Pareces de la religión egipcia que mira con veneración y miedo al sol que se pone para juzgar a los muertos.
La cena de todos los días se iba cuajando poco a poco y echaba en su salsa perejiles, romeros y mil yerbas sobre todo el paisaje. En esa paz severa del verdadero campo se siente la seguridad de que se cenará. En las ciudades, por el contrario, la seguridad es abrumadora porque hasta el fuego depende de las nóminas oficiales, y el cenar es un acto improvisado y de última hora.
«Todo cocina en mi guiso»--se decía Palmyra y tomaba una postura más cómoda en su _chaisse-longue_.
En aquel silencio, Samuel, que veía el bosque por la ventana, se sentía irritado por esa trampa, que es la arboleda que no se abandona, la arboleda que rodea demasiado una vida.
Sentía ya el deseo de las grandes llanuras, necesitaba salir a los páramos, a los inacabables calveros del mundo. Su raza se había educado en las caminatas por los desiertos y amaba ese paisaje que descubre la desnudez del mundo.
«Los árboles, ¡qué por encima están del ser humano y qué poco tienen que ver con él!--pensaba Samuel--. Si el perro aulla cuando encuentra un hombre muerto en el bosque, el árbol se abanica suavemente sobre el hombre caído en el que van quedando al descubierto las costillas como si se le hubiese desabrochado y se le hubiesen salido las ballenas del corsé de la carne».
El sentía que los dos preparaban una disputa en su silencio, que anunciaba con su largura y su calidad el fondo rencoroso.
--Los árboles--dijo Samuel por fin--cubren la vida de una hipocresía verde y ostentosa... Cada día que pasa veo que los odio más...
Palmyra, con un rencor enorme, desproporcionado, más enconado que si hubiese sido ofendida ella misma, repuso:
--Como que te ahorcaste de ellos una vez...
Samuel no contestó. Se puso en pie, se paró un momento como un soldado que se cuadra, después abrió la puerta que daba al pasillo de las alcobas y se fué.
No tenía arreglo lo que iba a suceder. «Después de todo--se dijo Palmyra--tenía que pasar esto algún día próximo. No tenía más remedio que irse por una razón más fuerte que la de ninguno de los que se fueron».