La quinta de Palmyra (Novela grande)
Part 5
Dialogaba consigo misma como varón y mujer. La entraba esa duplicidad sensual en que la mujer, si pudiera, crearía al hombre. ¡Y qué hombre la saldría: apuesto, violento, cumplidor! Daría miedo en su relación con los demás hombres.
Ella.--Sí, me he desnudado delante de ti como delante del espejo que puede atraparme.
El.--Déjame, señora, que primero te acaricie sobre los encajes.
Ella.--Sería la alcoba triste sin ti.
El.--Levanta un poco tu camisita como en el antiguo can-cán.
Ella.--Lo que tú quieras... Haré como que paso el río del amor.
El.--Eres blanca como el delirio, y los sitios en que el escultor de tus piernas metió el dedo creó sombras que acaban de exaltar tu dulzura...
Ella.--Ya quería yo, ya, que alguien fuese justo con mi blancura...
El.--Tus hombros son los hombros del ánfora, en que resbala la forma.
Ella.--Acércate... Cógeme como un ánfora.
El.--Tus sábanas están limpias como una virginidad...
Ella.--Tengo un cuadrante de pluma para ti... Yo no necesito más que uno...
El.--A mí me basta la almohada... Tu cabeza es la que necesita tener un trono sobre el lecho.
Ella (_apagando la luz_).--Ven...
En la sombra el sueño se prolongaba, pero el diálogo se iba durmiendo en un monólogo con sordina.
De las esquinas de la cama, con sus remates en forma de quilla, salían los cisnes ledos que buscaban a Leda.
Pero ella ya no tenía fuegos para sostenerse atenta a sus pensamientos, y se dormía baldía.
A la mañana siguiente recomenzaba la tragedia solitaria y recorría los jardines de la Quinta como la protagonista de una novela que no encontrase la continuación de su argumento. Se asomaba a la verja de la puerta siempre como «la protagonista y buscaba el belvedere estilo portugués de la esquina del tapial para asomarse tranquila en otra orientación extrema.
Se pasaba largos ratos echada sobre los almohadones, dóciles como gatos que permitiesen recostarse sobre ellos. Parecía una convaleciente cuya sangre se va tornando roja muy poco a poco.
Se quedaba mirando los gruesos pendentif de las arañas, ese gran brillante que cuelga como su último remate.
En aquellos días de perdición en la Quinta--de mucha más perdición que lo que se llama perdición en el amor--hasta entró en la biblioteca. Se escondía allí para que el tiempo no la encontrase tan demasiado en medio de los grandes salones.
La daba melancolía la biblioteca. ¡Cuántos antepasados tenían que haber muerto para dejarla a ella aquellas estanterías con libros inesperados para sus manos, pero que la pertenecían!
Las señales que se veían en algunos tomos salientes como orejas perspicaces la daban una sensación de las manos y las inteligencias muertas, de cómo aquella asociación de datos que buscaba la señal, ya sería siempre inútil. A veces había ido a quitar todas las señales de los libros, pero la dió pena estropear aquella labor y borrar lo que ingenuamente esperaba que volviese el que señaló el libro.
La esfera armilar la ponía triste. Hasta una enfermedad de esas que se curan tomándose esféricos depósitos de termómetro era preferible a aquella soledad con la esfera armilar.
Aquella esfera la daba la emoción infinita de un modo confuso y apenas inteligible para su puerilidad. Era como el esqueleto del Universo que la hacía microscópica, inexistente, polvo vil.
La sobraban los libros; todos eran como tomos de medicina en un sitio en que se está sano. Prefería, a leer, mirar por el balcón al mar.
Los libros, eso sí, daban sustancia a la biblioteca, cuyo balcón la gustaba más que los otros, precisamente por eso, porque los libros mejoraban el arrobo de la habitación, su resguardo.
La gran esfera terrestre, que tenía que sostenerse sobre el suelo porque no había mesa ni estante que la sostuviese, era como el reflejo en convexo de la idea de la naturaleza lejana y complicada que se veía por el gran ventanal.
Los mares de la esfera, sobre todo, se volvían verdaderos y anchurosos en aquella proximidad al mar inmenso. Era como si se desbaratasen y se escapasen a la red de sus meridianos y se vertiesen sobre el verdadero mar.
El cinturón de cobre y la cerviz, también de cobre, que envolvían a la esfera enorme, daban al mundo un aspecto formidable.
Palmyra, quieta y asentada durante un largo rato, volvía a sentir la desazón voluptuosa, y dando un salto huía de la biblioteca.
XII
AL CASINO
En aquellos días recibió una invitación del Casino de Ardantes.
Era una invitación como otras muchas que había recibido antaño: «_A charming festival in honour of the British Colony of Ardantes to be held in this Casino, the Direction has the great pleasure, etc._»
Nunca había querido ir a aquel Casino en que no se sabía qué gentes jugaban a los juegos prohibidos.
Iría dispuesta a traerse un hombre a la Quinta.
Se vistió otra vez con la ilusión de la que no sabe lo que va a pasar y estiró sus medias como se estiran para hacer la conquista.
Hizo el camino a pie. No quiso alborotar la terraza del Casino con la llegada de su coche. Podría entrar mucho más disimulada y dejar con más desparpajo el bastoncito sobre el borde de la mesa de juego mientras abría su portamonedas con gesto de bolsista jugadora.
Pasó por entre los _chalets_, cuyas ventanas respiraban el aire embalsamado con la misma vagarosidad que los peces el agua.
Las casas, cubiertas de verdor, se daban tono de mujeres con un chal sobre los hombros.
Aquellas casas cubiertas de enredaderas, eran casas que había que peinar por las mañanas. Ella no había cubierto las paredes de su palacio con las mismas morenas yedras por si no podía asearlas con el ancho peine que necesitaban para no llenarse de innumerables bichos.
El nido humano resultaba más nido en aquellas casas cubiertas por completo de hojarascas y llenas de melenas verdinegras.
Palmyra sentía la turbación de la que sale por primera vez al mundo después de una viudez.
Lo malo es que se acordaba demasiado de Armando y de sus palabras.
--Al subir la cuesta los automóviles meten ruido de aeroplanos--había dicho Armando viéndoles subir aquella cuesta que buscaba el camino de los pueblos.
No se la podían olvidar a Palmyra aquellas frases del golfo genial que estuvo preso en el palacio como un bandido del renacimiento, y que, como aquellos aventureros, dejó grabadas para siempre sus anécdotas en las paredes de la prisión.
--Atado en ese sofá estuvo él--sentiría siempre ansias de explicar a los que por primera vez fueran a la Quinta.
--Las cazoletas del telégrafo son palomas _ahorcadas_--había dicho también, y también era inolvidable para Palmyra que las veía estranguladas por noticias que llevaban más allá, sin dejar ninguna en la Quinta, sin poder sorprender lo más mínimo de las palabras pasajeras.
Pensando despaciosamente en Armando llegó al Casino.
Aquel Casino tenía una gran vida en el verano, sin sillas suficientes nunca para esos invitados de casino que se invitan solos y que no se sabe de qué recóndito rincón han salido.
Se sentó en la mesa de juego y puso sobre ella uno de aquellos grandes billetes que sonaban a papel pergamino escandalosamente.
Su vecino de mesa la miró por la rendija pícara que quedaba entre sus lentes y su sien. La reconocía con desconfianza y con hipocresía, buscando la abertura en su cuello, ese sitio por el que entran las miradas de refilón y se ve una carne quemada que resulta más carnal.
Ella apuntó a cualquier número.
--No..., no ponga usted a ese número, que no ha salido ni saldrá nunca--la dijo el vecino con arrebato apasionado, con aire protector, con verdadera congoja.
Palmyra le miró agradecida por aquella advertencia trémula, y le preguntó:
--¿Pero, por qué?
--Porque yo he perdido todo mi dinero señalando ese sitio... Es un abismo.
--Entonces--dijo Palmyra con la misma voz trémula--quiero ver si le vengo, arrancándole al banquero todo el dinero que le ha quitado a usted...
Así se formó la sociedad de súbita franqueza y de emociones compartidas que había de hacerles volver juntos a la Quinta al final de la tarde de jugadores, después de que Palmyra recuperase parte de la fortuna de Fausto, ingeniero de minas, que ahorraba la mitad de su sueldo y con la otra mitad especulaba, jugaba, se divertía y comía modestamente.
Tomaron el té de después del juego, té reconfortante, cuyo azúcar dulcifica el dolor sufrido y asienta el gusto metálico que tiene el mismo triunfo.
Palmyra estaba encantada de la pasmada galantería del ingeniero, galantería torpe, de hombre que no se considera apto para entrar en la intimidad de la mujer distinguida con quien habla.
No tenía rubor en confesar sus gustos más ingenuos.
--A mí la naturaleza me encanta... Llevo siempre en mi maleta, cuando voy a la ciudad, unos cuantos paisajes que cuelgo de las paredes del hotel...
--¿Y los pinos? ¿Cómo está usted con los pinos?
--Los pinos...--y Fausto se detuvo un momento sin saber continuar; él amaba la naturaleza, la naturaleza en general, pero no había pensado en los pinos... Sin embargo, hizo un esfuerzo... Debía hacer un esfuerzo por decir algo ingenioso... Miró por las ventanas del Casino al campo, y dirigiendo una mirada a los pinos que se veían, dijo:
--Sí...; los pinos son el tupé de nuestros montes...
Palmyra le animó con una larga sonrisa a que fuese ingenioso.
Tomaba Fausto el té con avidez de jugador arruinado, como si encontrase en su líquido dorado el restituyente.
La confesó los pormenores de su casa: «Mi lecho y una gran mesa de pino blanco, llena de los puntazos de los chinches, naturalmente de los «chinches» limpios».
Cada vez le veía Palmyra más posible: la primera noche como huésped extraño, y después un poco dueño de todo, colocando las cosas en distinto sitio, acercando su butaca al balcón.
--La acompañaría si no perdiese el tren...
--Acompáñeme a la Quinta y cenará usted conmigo... Como no pensaba retirarme tan tarde, no he pedido el coche... Pero no hay mucha distancia.
Salieron del Casino... El camino era el camino campestre, largo, con muchas revueltas, con humo de hojas amontonadas en pequeñas piras que ardían en las cunetas como si el ocaso hubiese dejado incendiados todos los matojos.
«El camino va a bastar», pensaba Palmyra. «Este es el de los amantes de la naturaleza que sienten ganas de besar en medio de ella».
En efecto; en la revuelta del camino en que ya no se vieron casas blancas, Fausto, como si ya no le viese nadie, sin pensar en que le veía ella y en que se podía resistir, besó a Palmyra con beso que resbala, que da un tropezón en el rostro y que buscando la mejilla cae en la barbilla o se queda colgado de la sotabarba.
Palmyra aceptó aquel beso, diciendo con falsa ingenuidad de mujer que no quiere que de ningún modo retrocedan las cosas...
--Sí... Realmente no nos ve nadie...
--Estábamos demasiado solos... No se puede llevar a un hombre apasionado por un camino tan solitario a esta hora...
--Lo malo--dijo ella--es que todo el camino es tan solitario y es muy largo...
--Tengo besos para todo el camino, por largo que sea.
--Es usted un besador de caminos, en vez de un ingeniero de caminos...
--Soy más; soy un salteador de caminos.
--¡Qué miedo!--dijo ella haciendo un mohín.
El resto del camino fué dichoso. Ella tenía ganas de volverse a encontrar como objeto de goce, como intriga para el ansia y la curiosidad.
A veces le tenía que decir:
--Espere... Soy la dueña de mi casa, y en mi Quinta soy Cleopatra, dueña de Egipto...
Ella prefirió aquel atrevimiento, desde luego, en la opulenta sinceridad del camino, como caza clandestina en medio del campo, con anhelos de chico que ha encontrado un nido, apagando así el vivo deseo de llevarla pronto a casa, donde sucede el epitalamio después de la cena, mezclándose al arrebato del vino y de la carne.
Fausto entró en la Quinta con timidez. Siempre se sospecha que la mujer sea la cruel reina que prepara la encerrona al hombre para matarle. Cuando se cerró la puerta de la Quinta, que sonó a cierre de gran jaula, volvió la cabeza desconfiado.
Pero le dió confianza ver al final del paseo de grandes árboles la casa de tipo noble y señorial, la clara casa portuguesa como ensueño de una lluvia clara.
Tenía cierta timidez de entrar en aquellos recintos en que, si no el padre, la sombra del padre se albergaba y les vería pasar por los pasillos como en plena ilegitimidad.
--Otro cubierto en la mesa--dijo Palmyra a su vieja doncella--, y prepárenle el cuarto de los huéspedes... El señor se llama don Fausto, y es mi primo el ingeniero...
Fausto tasaba lo que había de cinismo en las frases de Palmyra, pero también tasaba que aquello no era usual, que se veía que no acostumbraba a guardar allí al hombre elegido...
El ingeniero atisbaba la altura de techos de las habitaciones, sin pasar de ese asombro con que le contagian al hombre modesto y habitante de las casas bajas de techo las grandes proporciones del palacio. Se sentía apasionado por Palmyra. No había visto nunca nada tan deslumbrador y generoso.
Ella sentía la alegría de estar ya acompañada, y se hacía la ilusión de que hacía tiempo que había excitado a que volviese a este amigo antiguo que, por fin, había llegado aquella noche.
Ya tenía quien la observase de nuevo, ante quien ser nueva e insospechable, así como tenía al hombre de quien esperar los despotricamientos más extraños del instinto y las seriedades más curiosas.
--Mañana enviamos a su casa por el tablero, las cajas de compases y ese platillo blanco en el que se moja el tiralíneas como un pájaro en su bebedero. Mi padre también era ingeniero.
Fausto dejaba proponer. Estaba admirado, y aun en la alcoba trató a aquella mujer como quien la da el brazo para ir al comedor.
XIII
ERA EL HOMBRE VIOLENTO
El solaz de la Quinta aumentó. Después de la lluvia deseada brotó en la plazoleta del edificio la serenata de perfumes de todo el jardín.
El ingeniero, sin que eso supusiese que estaba preocupado por las cifras exageradamente, tenía la costumbre de hablar por números más que por palabras. Perdió pronto la idea de su deber de convivencia, manteniendo las ilusiones que provocaba la Quinta.
Miraba por el ancho ventanal y seguía sus planos y sus cálculos. Palmyra le miraba asombrada de su inconsciencia. Por él mismo más que por ella le hubiera recomendado un poco más de amor. «Desgraciado--se decía ella--, no conoce la farsa de la vida... Cree que conseguida la mujer no necesita hacer más».
En vista de que le vió laborar en una labor tonta y sórdida, se puso a coser. La hubiera prostituído el que aquello hubiese sido demasiado breve. Tenía que aprenderse más a aquel hombre y agotar su psicología.
Tenía mucha miedo a que en su imaginación se volviese confusa y casi irrecordable la silueta de un hombre. Entonces sí que se podría decir que había comenzado a ser una mala mujer.
Veía en él al chico que ha crecido en plena inconsciencia, dedicado como un colegial a su caja de compases. No se entregó a ninguna novelería. Se creía indudablemente en unas vacaciones de colegio, con una señora simpática y cariñosa, a la que apenas conocía.
Al trabajar era hombre de lentes, y ella notaba que cuando la miraba veía menos que nunca.
Así como Palmyra pensaba estas cosas sobre su costura, él pensaba otras sobre el papel cebolla de sus planos.
Había soñado muchísimas cosas: hallazgos de minas y encargos de puentes sobre el mar, pero no había soñado una mujer como aquélla, «¿Por qué me la habrá regalado el destino?»--se preguntaba, y en vano buscaba la respuesta.
Era un poco inexpresivo en sus caricias, y al encontrar sus brazos se dedicó a acariciarlos con la profusión y la disciplina del que da masaje.
Le tuvo que llamar la atención ella, porque la ortigaba el brazo con aquella insistencia.
Los dos, pues, se tenían afición e indiferencia. Lo que no acababan de comprender era por qué se habían reunido. Ella, más que un amante, había elegido un testigo con profesión seria, un testigo del que quedasen en limpio los instintos y en el que el ser humano quedase como montado al aire, es decir, sin encubrimiento; pues las líneas y los cálculos del ingeniero no perturban al hombre, le dejan en medio sobre una vagoneta y unos carriles y debajo de una serie de cables, de puentes y de señales.
Su ingeniero era algo así como un hombre del campo, y reaccionaba frente a las cosas con naturalidad y encontrando en todas gustosas experiencias de la vida.
En las sobremesas, recostados en la silla de dos asientos pegados haciendo la S confidencial, sentía ella cómo le fascinaba su descote, con el hoyo voraginoso entre los senos, pero le fascinaba sosamente, llevándole la placidez hasta el sueño, hacia el que la llevaba cogida de las manos, arrancándola de su asiento, ansioso, más que de abrazarla, de estar dormidos pronto.
Palmyra se aburría. Aquel hombre no comprendía el paisaje, no adoraba su Quinta, no sentía la soledad. Sólo se sentía dueño de ella y miraba el paisaje colocando cada cosa en su sitio, pero nada más. De todas maneras la acompañaba.
Un día de tormenta se quedó abierto el balcón de su despacho, y como su tablero se asomaba mucho al balcón, buscando la luz, llovió sobre el plano que tenía entre manos. El escándalo que armó al volver fué tan grande, que Palmyra le mandó callar.
--No quiero, mujerzuela--respondió encolerizado, y la empujó contra la pared.
Palmyra se quedó en el rincón de la habitación a que había sido empujada. Le miraba como la actriz que ha sido asesinada y no puede hablar ya.
El quiso borrar sus palabras y su acción. No había querido ir tan lejos. Pedía perdón.
--No puede ser--dijo ella--, has vuelto a ser el extraño, como si aquel señor que recogí en el Casino me hubiera dicho una grosería entonces, en vez de ser galante y apasionado... Jamás se oyó en la Quinta esa palabra... No la podré olvidar... Luego, al atardecer, tomas tus cosas y te vas.
Llamó al criado...
--Prepare el coche para las siete...
Se vengaba Palmyra de la huída del otro echando a éste. Ya le había encontrado hacía días el encolerizamiento que producía la Quinta en los hombres al poco tiempo de vivir en ella. La Quinta necesitaba un voluntario. No valía salir por un amante como ella había salido. Ahora esperaría la llegada del que fuese.
La corría prisa echar a aquel intruso. No podría nunca conformarse con un hombre obscuro, distraído, seco. Necesitaba el guarda enamorado de la Quinta. El que sintiese lo que de isla del amor había en su palacio.
XIV
LOS AUTOMÓVILES DE LOS DESEMBARCADOS
Después de la riña con Fausto, una de las cosas que más emocionaban su vida de soledad, lo que la llevaba hacia el mundo, lo que la daba la palpitación máxima del corazón era ver los automóviles que unidos a los trasatlánticos que hacían escala en Lisboa, transportaban a los viajeros más inquietos para que viesen aquellos parajes de la costa y el faro estratégico.
Camino del faro pasaban junto a la Quinta de Palmyra, que les lanzaba destellos de todos sus cristales, triángulos de luz, losanjes volanderos.
Las seis bocinas en fila hacían presagiar la caravana de viajeros. Palmyra corría a las ventanas. Ella, tan lejos del mundo, en ese momento perdía su resignación y se asomaba a ver los grupos de extranjeros apretujados, los brazos de unos sobre los pechos de los otros, cuatro o cinco donde cabían sólo dos, las gasas de las extranjeras flotantes como banderolas descoloridas, todos despeinados y como mareados por el largo viaje, ellas con flequillos y patillas desrizadas, de embarazadas en meses mayores, echadas hacia atrás en sus asientos, afondadas, como si su preñez las obligase a esas posturas.
Se dejaban llevar por la ráfaga encorvada del automóvil, todos en la mecedora flotante y rauda, sin saber ni por dónde iban ni qué iban a ver, cumpliendo más que nada con un itinerario de los que ofrecen los «chauffeurs» listos.
Ni tenían tiempo de saludar al paisaje y menos para despedirse de él, y dejaban flotante su extrañeza y su extranjerismo como inquietud abandonada en medio del bosque.
La soledad quedaba arrepentida de estar tan sola, y todo el monte hubiera querido irse con los excursionistas, continuando su viaje hacia ciudades más en el centro del mundo.
Se van sin importarles lo que dejan detrás, prendiendo miradas distraídas en lo que ha de quedar bien fijo, establecido para siempre en el sitio que ocupa.
A Palmyra la costaba trabajo meterse dentro, abandonar la visión del camino recién rizado por todos los automóviles, esperando ver uno más, el rezagado, el de los más degustadores del paisaje que se habían detenido más largo rato bajo el faro engallado.
Había recogido--sobre todo cuando lucía blusas de mucho color--las miradas amorosas de todos, como si todos ellos quisieran ser sus esposos y ellas la mirasen encantadas de ser sus cuñadas. ¡Pero ninguno se tiraba de su automóvil como torero que salta la barrera!
¿Escribiría alguno alguna vez la postal del pasajero?
Dejaban el recuerdo de los camarotes pintados de blanco y con ojos de lupa en aquellos barcos que ella veía en alta mar con su tarta blanca en medio, y que eran los que vertían sus viajeros extrañados durante unas horas de la lisura estable de la tierra.
«Ya estará impaciente el trasatlántico, moviéndose en la rada, tirando de la cadena de su ancla como perro que quiere escaparse»--pensaba Palmyra.
Y por fin se metía dentro de la Quinta. «¿Cómo sospecharían su vida aquellos seres?... ¿Qué idea del paisaje se llevaban? ¿Como cuál creían que era? Sólo aspiraban a llevarse visto un punto más del mundo para poderlo pregonar.
Aquellos automóviles eran como las canoas de salvamento a las que se pone en marcha dando al manubrio de su despertar.
Siempre la habían dejado gran emoción; pero aquella tarde de soledad en que aquel viajero rubio la había tirado el sombrero como brindis de torero entusiasta, dejándolo colgado de un manzano, se quedó más pensativa que nunca.
El sombrero aquél, que había bajado a buscar, llevaba en el forro de fina sedilla blanca el nombre de un sombrerero de London. Eso no era bastante para saber la nacionalidad del desombrerado, porque según vieja falsificación todos los sombreros son de London y tampoco decía nada apenas el que en su badana apareciesen las iniciales S. C.
No dejaba de tener una íntima galantería bastante original aquel regalo del sombrero del excursionista arrojado como recuerdo en el rápido pasaje de esos automóviles de «te tomo y te dejo en el mismo sitio que te tomé».
Palmyra dejó aquella montera de brindis en su perchero, y cuando volvió al salón pensó sorprendida que iba acompañada de la sombra que había entrado en la Quinta con aquel hombre que había dejado su sombrero en el perchero. Estaba íntimamente con ella, y, sin embargo, estaba lejos, ya en alta mar con un sombrero nuevo que aun extrañaba su cabeza.
«Con él encasquetado ya no se acordará de mí»--pensaba Palmyra--, pero después rectificaba: «Se acordará aún, porque el sombrero nuevo le estará chico, más chico que éste que me ha dejado».
Durante el anochecido estuvo nerviosa, excitada, mirando el mar de los espejos, esperando quizá la entrada de aquel hombre por el dintel del espejo.
Cuando la sirvieron el té tardío, porque se había olvidado de llamar, estuvo por decir al criado: «¿Y la otra taza que te he pedido?»
Aquel sombrero que cogió como el de un vagabundo del árbol del que se ahorcan los sombreros y las alpargatas de los trotacaminos, tenía el imperio del sombrero del dueño y señor. Había dejado libre el cabello oleaginoso que ella buscaba para peinar con sus manos y sentir los chisporroteos eléctricos que brotan de los peines de concha y de los dedos entreabiertos como parte ancha de unos peines blandos.
«Y no es que haya tirado un sombrero viejo... Está usado, pero no está viejo»--pensaba Palmyra.
Del salón se iban colgando las anchas cortinas moradas de los bailes de arte; sólo el espejo del fondo tenía luz y copiaba la tarde de ojeras irisadas.
En eso llamó la criada:
--Madama... Un señor sin sombrero pregunta por su Excelencia...