La quinta de Palmyra (Novela grande)

Part 4

Chapter 44,137 wordsPublic domain

Tenía la misma cara pequeña, suave, requetebesable del primer día y, sin embargo, estaba abandonada. Y la fuente de su sensibilidad manaba en chorro inútil como esas fuentes que se desangran sin que las oiga siquiera nadie en los jardines que se quedaron lejos de todo.

--En esta soledad se llena de musgo el alma--pensaba Armando.

Así de ensimismados pasaban los atardeceres hasta que Armando se decidía por fin a mimarla. Era un arranque final, irremediable.

Esta última tarde, como todas, se oyó, durante un largo rato, cómo los criados cerraban todas las ventanas del hotel que sonaban en una larga tormenta de portazos. La Quinta se iba llenando de la permanencia de luz eléctrica, como de una cordialidad especial, como si la luz eléctrica, en vez de acabar en cada instante, pudiese dejar algún residuo clarividente adensado en el ámbito.

Palmyra buscaba en su corazón más confidencias y más reflexiones que hacerle:

--Te voy a contar un secreto de la Quinta que no te he dicho nunca...

--¿Cuál? Cuenta--y Armando se aproximó, a oir su voz, a sentir el perfume de sus equis.

--Que mi abuelo murió envenenado... En una gran comilona que dió en nuestro comedor--todo estaba como está hoy--le dieron en el vino polvos de muerte.

--¿Y cómo no lo notó?

--Tú sabes que las viejas botellas se sacan en la canastilla que sirve para que no se despierten.

--Sí, en su cureña de paja...

--Eso... Y que si se mueven un poco, los posos de la botella se alborotan y se mezclan al vino dándole una turbiedad manifiesta... Pues se creyó que el veneno era esa turbiedad natural... Nunca se supo ni se pudo descubrir al asesino...

Armando volvió la vista en derredor como si buscase aún, al cabo de los años, al posible envenenador.

Ahora se daba cuenta de haber encontrado una pregunta inscrita en el ambiente de la casa. «¿Quién había envenenado al abuelo Joao? Se repetía en todas las habitaciones esa pregunta. La historia de Portugal está llena de envenenamientos, tanto, que una vez en el Brasil envenenaron a toda la familia real, salvándose sólo uno de sus miembros.

En las comilonas de los reyes, a veces se sazonaban con veneno los magníficos platos como por variar, como por conseguir que en vez del monótono «¡Qué exquisito!» se tornase pálido el comensal y echándose mano a la barriga dijese: «¡Yo me muero!»

Daba mayor soledad y mayor impunidad a la Quinta aquel caso de envenenamiento. La aislaba más del mundo.

Armando encontró en Palmyra, puesto a encontrar encantos, el encanto de la que había escapado al veneno, y la encontró más apetitosa, más necesitada de protección y con mayor deseo de retenerla, la besó con afán con la mejilla y con la boca, que era como le gustaba besar, mientras apretaba sus manos como si la consolase de la orfandad de aquel abuelo envenenado.

Después, llamados a la mesa, él la dió el brazo con aire de valiente que, después de saber que aquél era el comedor de los envenenamientos, se dirige a él sin titubear.

El comedor, después de la comunicación del secreto, resultaba más pétreo y su bóveda tenía algo de bóveda de panteón.

Armando pidió una botella de vino viejo, del que reservaba para las solemnidades, del que su amigo había bebido para huir más ligero y vivo de la Quinta.

Se lo trajeron en la canastilla a que se asoman las buenas botellas que merecen algo así como la presentación a la corte del infante recién nacido.

Se sonrieron los dos amantes. Ya veía ella qué escena quería mimar. Armando miró al criado, como si éste se pudiera dar cuenta de lo que aquello significaba, como si pudiese ser el nuevo envenenador.

Tenía una alegría siniestra y novelesca el comedor aquella noche.

Armando disparaba constantemente cañonazos de viejo vino en su vaso. Estaba alegre.

--¡Por qué no me lo habrás dicho antes! Me hubiera gustado mucho más el vino...

--No seas blasfemo... Yo sostengo que el alma de mi abuelo se quedó para siempre en el comedor, detenida en aquella cena...

--Vamos... Es un comendador convidado perpetuamente a la mesa... ¡Qué suerte!

--Mi madre decía que estaba metido en la alacena, en esa gran alacena de puertas labradas, y no la abrió nunca... Todos los objetos de plata estaban oxidados cuando yo mandé revisarla.

--Yo te aseguro que quedó en el vino la solera de aquel veneno y que no está mal...

Palmyra le dió más detalles, mientras el criado se ausentó. Fué en una cena de Navidad cuando mataron a don Joao, hombre corpulento que estuvo agonizando cinco días.

Toda la cena tenía algo de veneno mezclado a la sal, y ante el primer plato estuvo por decir Armando:

--¡Qué venenoso está esto!--cuando sólo era que estaba un poco quemado.

Había quedado en el comedor la satisfacción insatisfecha--mitad con mitad para siempre jamás--de una comida tan alegre como lo suelen ser todas las comidas perturbadas por la muerte.

La cena tuvo una turbación especial que encantó a Palmyra, porque quitaba monotonía a la Quinta. La monotonía que la ahogaba.

La cena abundó en alusiones y dicharachos, quedándose Armando muy pálido al mover la gran lámpara del comedor que se quedó oscilando y como haciendo oscilar toda la habitación, como si el terremoto hubiese removido los cimientos.

Al salir del comedor él la dijo:

--Estoy envenenado de amor.

--¡Falso!--repuso ella dándole con la cadera.

El Envenenado daba emoción a la Quinta, porque con su muerte incorrupta de asesinado, al que no se pudo vengar, daba valor y temblores a la vida mortal.

El estrado de la cama tenía aquella noche actitud de horca, haciendo un ángulo macabro del que no colgaba aún el pendido, aunque pedía su colgajo.

--¡Si esta transformación súbita de la Quinta me salvase de mi misantropía!--se decía Armando viendo a Palmyra despojarse de sus fundas, como desesperada que se arranca la piel en lucha con alguna prenda que no quiere salir.

Por fin se oyó en toda la alcoba el desclavijarse de los dientes del corsé, y Palmyra, como si se entregase al envenenado, como si quisiese curarle del envenenamiento posible, le abrazó con frenesí. Tan solemne era la noche, que ella se quedó con sus joyas puestas, y el collar de perlas recalcitrante y luminoso buscaba siempre el hueco de sus senos.

Armando se fué comiendo los frutos del día, que eran como frutos renovados de la Quinta, pero, como siempre, insistió en el melocotón nuevo de la barbilla.

Era aquella diversión la mayor y la única de la Quinta abandonada en medio de los grandes jardines, que de noche se hacían mayores.

Armando luchaba por alcanzar aquel _¡Ay Jesú!_ sin la _ese_ final, y sin la ceda andaluza, que daba singular aire de martirio y derretimiento al amor. También cuando le salía un «¡Ay mía mae!» encontraba en ella toda la dulzura portuguesa.

Aquella noche brotó el «¡Ay Jesú!» suave, inusitado, con blandura suprema.

X

ÚLTIMO PASEO DE ARMANDO

--¿Quieres que vayamos a la playa de Morça?

--Vamos.

Era una playa «muito longa», a la que muchas veces había estado preparada la excursión que había fallido por algo imprevisto.

Armando aceptó el paseo con ansia de despedida, pues el telegrama que había pedido a su amigo por caridad, un telegrama como el que a él le libertó, debía de llegar a través de todo aquel día.

Salieron a las diez de la mañana. El coche con la capota echada, tenía ese fondo recatado de cenador mañanero que toma en las excursiones tempraneras. El cochero se había puesto el traje nuevo para las excursiones bajo la luz clara y llevaba su fusta de niño bien regalado, la fusta de trenzado látigo blanco y como con el pito infantil en el puño.

Pronto estuvieron en medio del paisaje, en el que había esa salsa en que se echa tomillo y romero.

Se olía ese perfume o «chiero» que huelen los burros con los anillos de las narices muy abiertos.

Las abulagas lo llenaban todo. También surgían los saúcos al margen del camino... Al verlos, Palmyra dijo:

--¡Cuánto tiempo que yo no veía saúcos! De pequeña me cubría la cabeza con palmas de saúco... Quiero una rama... Di al cochero que pare...

--Después... La cogeremos a la vuelta...--repuso Armando, que no quería nunca parar lo que ya caminaba, ni rectificar un recado, ni decir que no trajesen ya una cosa que se había encargado. Lo que marchaba debía seguir; ¿para qué cometer la impertinencia de parar el coche y retardarlo todo y hacer volver la cabeza al cochero, inquiriendo lo que pasaba en el fondo del coche, y solemnizar el capricho pueril en medio de la claridad de la mañana, que ridiculiza y macera tanto las cosas?

Los bordes de los caminos dejaban ver todas las raíces, y por eso olía tanto a raíces, a ese hondo olor que más que hondo olor es hondo sabor.

Armando sentía en aquella despedida la resignada vida que impone el campo.

Desde el fondo del milord se veía la dignidad con que andan los caballos, su idea de que arrastran el coche como si fuese su cola.

Las puertas de las corraladas tenían dignidad de puertas de palacio y se veía que daban a otras quintas de Portugal, de esas en que los dueños reposan de todo, como si fuesen los reyes tristes del paraje.

Salieron a la vera mar. Encontraron el faro de Praia, junto al que hacía tres años que había un gran barco roto, un barco que todos los que acampaban en sus alrededores se iban comiendo, pero al que con todo lo que le habían arrancado le quedaba aún más de la mitad. ¡Era tan difícil de desatornillar y desclavar! A veces tenía aristas tan soldadas que resultaba una caja de sardinas difícil de abrir, sin que se encontrase la herramienta lo bastante perforadora para abrirle brecha.

En la popa, aún metida en el mar, había blindajes agujereados, por donde salían fuentes de ola. El olor a alquitrán daba, no se sabía por qué, toda la aguda tristeza del naufragio.

Era aquel barco roto una constante catástrofe. Hasta que no quitasen el barco de allí no se serenaría el paisaje de la costa.

Olía a mar vivamente. Palmyra dijo:

--Es como si nos comiésemos un cangrejo...

Grupos de gentes nómadas se hospedaban en aquel trecho.

Habían construído los camarotes del naufragio, aprovechando los ojos de buey como ventanas de sus barracas.

El barco, partido en dos, debía ser el espantajo de todos los barcos que pasaban a lo lejos, temerosos de incurrir en la misma suerte.

Allí se encendía la lumbre y se guisaba con maderas de barco roto.

Remontaron la sierra y vieron el mar en el fondo. Era el mediodía, la hora de las hambres...

El mar estaba sin barcos... Era como si todos se hubiesen ido a comer... Un solo barquito de vela era como la trufa del mar y estaba en medio de él como para justificar la navegación.

Les salían al paso los molinos de Portugal. Armando dijo:

--En la cruz de Portugal se une el signo divino de la cruz con la humana aspa en cruz del molino.

--Es verdad... Tienes razón--dijo Palmyra.

Bajaron, rizándole, el monte en que tantas personas realengas buscaban antaño un refugio y tenían sus retiros estratégicos. El camino era un camino patinoso y verdinegro, en el que todos los árboles estaban cubiertos por la yedra. De vez en cuando se oía el ruido sospechoso de una cascada que caía de lo alto o se veía un lago de esos que, aun estando en la cima del monte, llegan a su base.

Avanzaba la hora. Iban a comer muy tarde. Ya se habían esparcido los barcos en el mar, y les parecía frente a las humosas chimeneas que el capitán comía constantemente.

Los vapores blancos parecían aeroplanos lanzados en la inmensidad celestial del mar.

En las tapias había bancos constantes para los caminantes más románticos del mundo. En la ventana de alguno de aquellos palacios una vieja, como chiflada, pero cuerda, se asomaba como alucinada. Les extrañó una que leía un periódico, un periódico indudablemente viejo, antiguo, de hace lo menos veinte años.

Pasaron los pueblos de los vinos portugueses, resultando muy pueblerino el sitio de partida de los vinos que pueden pedirse en todos los restaurantes.

Así como en las mesas están de etiqueta las botellas--pechera blanca y traje negro--, estaban descuelladas, repanchingonas y de casa junto a sus fábricas, en su pueblo.

Los hombres y las mujeres del pueblo que se asomaban a las puertas de esos pueblos de los grandes vinos, parecían alcoholizados ya, con la nariz roja.

Por fin llegaron a la playa de Morça. No había nada en el hotel, pero mataron un conejo que guisaron salteado, y compusieron en seguida un menú.

El vino parecía de ese que se encuentra en las barricas que echan los barcos al mar.

--Vamos a volver pronto, no nos coja la noche en el camino--aconsejó Armando, y en silencio comieron de prisa el modesto condumio.

En el silencio, el mar engañoso les mostraba esa cosa de ir a callarse para siempre que tiene--¡después del rizo ruidoso de su rizado de tres en tres olas!--, y que se rectifica a continuación volviendo fatalmente a prorrumpir en sus desbordamientos ruidosos del gran baño de Dios, preparado todos los días con puntualidad.

Después de comer tomaron de nuevo su coche, con gusto de principio de paseo, y el coche buscó el atajo, corriendo mucho.

Era la hora de las cuatro.

En los corrales los gallos daban sus cacareos secos, pues tienen poca saliva para tanto cacareo.

Las rosas bravas se asomaban entre todas las plantas plebeyas.

Se notaban cosas sutiles, como que el aire había soplado todos los molinillos, creando esos vilanos que son las palomas mensajeras entre unas y otras plantas.

En lo más bajo del paisaje aparecieron unas casitas abrigadas en lo hondo, porque en lo hondo prosperaban sus viñas.

Desde la puerta de esas casas tiraban el agua de la jofaina en que se ha lavado alguien.

Se veían cimientos de casas que no acabaron de construirse, sin que nadie sepa por qué.

Se veían mendigos barbudos, que, sentados en el camino, se ponían las alpargatas que acababan de sacudir o cargaban con su morral.

--Las amapolas--dijo Palmyra--son como corbatas que se pone el campo.

En las Quintas altas se veían grandes jarrones y varios bustos romanos, entre los que se destacaba la madre de Nerón. Todas las estatuas, como la de su Quinta, eran como evocación de otras estatuas, no como estatuas de plasticidad propia.

Armando se quedó dormido después del largo memorial del paisaje y al despertarse encontró «que los caminos siempre piensan lo mismo, sin enterarse de nada».

El pesimismo del campo volvía a él:

«En el campo se siente que igual podríamos ser de un siglo antes que de un siglo después.»

«Todo el campo, además, espera a los muertos.»

El coche caminaba al trote cochinero de los coches que vuelven, un trote seguido, sin descanso, como si el cochero gastase toda la vida de sus bestias en la postrer carrera.

--Aquí--dijo volviéndose a sus amos--fué donde se estrelló el otro día un automóvil.

Lo decía con la satisfacción del cochero de coche pacífico y nadador que odia al automóvil.

El olor a manzanilla del campo se agravaba, y las margaritas eran como sus últimas luces.

Apareció por fin el conmovedor rincón que habían tenido sólo todo el día, la Quinta descuidada durante toda la jornada, y que esperaba teta de su mamá, como un niño abandonado a las criadas inútiles.

El coche saltó, con alegría de galgo, el umbral de la puerta tristona de la Quinta. El viejo jardinero esperaba a la puerta con el telegrama urgente. Armando lo abrió con falsas señales de impaciencia.

Palmyra alargó la cabeza para leer.

«Tu madre, muy mal. Ven en seguida.--_Luis._»

--¿Has entendido?

--Sí... ¡Qué desgracia!

--Me voy esta noche... No tengo otro remedio... Si no salgo esta noche tú sabes que no podría tomar el tren de mañana... Dormiré en el Francfort.

Bajaron rápidamente del coche. Ella estaba muy pálida. Tanto, que la doncella que salió a recibirla puso una gran ternura y una gran avidez en su «Mía Señora».

--¿Qué le pasa a «Mía Señora»?

Armando, en plena hipocresía, subió corriendo a su habitación, y gritó:

--¡Las maletas!

Fue preparando todas las cosas sobre las butacas y la cama. En aquel apresuramiento, la mentira parecía tener algo de verdad.

Ella, después de haber llorado, se asomó a la alcoba.

--¿Pero te lo llevas todo?

El se volvió inquieto. «¿Quizá desconfiaba ella?»

--Tú sabes que todo se puede necesitar cuando no sabe uno qué va a pasar..., qué tiempo va a tener que estar a la cabecera de una enferma...

Armando seguía afanosamente la preparación de sus maletas. Todo lo tenía arreglado desde hacía días. Sólo la dejaría unas cuantas hojas de Gillette desparramadas sobre las mesas y los mármoles como tarjetas de acero del hombre.

--Vete fuera si has de llorar tanto... No puedo consolarte si he de hacer las maletas... Se me olvidará todo...

Palmyra salió de la alcoba.

Armando estaba apesadumbrado.

Era como el que guarda en la maleta los pedazos del cadáver de su víctima.

Había que ser un niño o una mujer para adaptarse a aquella tenue resignación de la Quinta, que era cárcel venturosa de la intimidad humana.

Había que saber desposarse con los muebles, con las cornucopias, con las columnas salomónicas como sólo sabe hacerlo una mujer.

Había que poder saborear esa dulce paz que hay en los sofás en que el alma del mundo se sienta, desmayándose el tiempo en su pliegue ideal.

La Quinta ofrecía el día indeterminable que no necesita paseos ni nada, pero él no los podía soportar.

Las maletas hechas, Armando llamó a Palmyra.

--Despídete de mí como si fuera a volver dentro de un rato... Eso es lo que va a pasar.

--No puedo... No puedo--decía ella llorando--, me matarán las _saudades_ de un solo día sin ti...

Tenía que desprenderse de ella violentamente. Hubiera querido evitar que sucediera eso.

Tomó el coche corriendo, como el que va a llegar tarde, yéndose con una hora de anticipación.

Hizo que apremiase los caballos el cochero para no tener que devolver saludos finales de marinero a la ventana a que ella se asomaba y por la que parecía irse a tirar.

Aquella noche durmió en el hotel de Lisboa con ese temor a no despertarse a tiempo que ocurre antes de los viajes en que se huye.

Se despertó y salió en el tren casi vacío, en cuyo camarote sus reflexiones se recrudecieron. Era libre, respiraba a gusto, pero no dejaba de darse razones para consolar su arrepentimiento.

¡En qué día más feo le tocaba viajar!

Con una temperatura más bondadosa le habría entrado una llantina como aquella en que se derretiría Palmyra.

Cerró las ventanillas. Se quedó el vagón sordo.

Los eucaliptus de las estaciones se destrozaban en el viento. Iba a salir de Portugal de un momento a otro.

Entró en los valles plácidos a que aún no había llegado la lluvia.

Iba con un señor serio y melancólico que debía vivir en otra Quinta en medio del campo.

«Yo me hubiera convertido en un señor como éste», se decía Armando. Aún le quedaba una envidia de cómo hubiera podido vivir. Le obsesionó aquel caballero parte del viaje, hasta que en una estación sin nadie avanzó un criado de patillas, que, con el sombrero en la mano, tomó su maleta y la metió en un coche de dos caballos. Después echó a andar, y al pasar frente al paso nivel volvió a verle esperando que el tren pasase. Le pareció mal que no hubiese tenido influencia para pasar antes que el tren.

El tren hacía árboles, hojarascas de humo.

Se veían pastores en medio del campo. «Mientras haya pastores...»--se decía Armando con retinencia optimista, pues en los viajes se ve la estabilidad duradera de todo.

«En la tarde del tren se comprende la tarde prehistórica»--pensaba en la soledad genial del vagón, con genialidad que le es propia.

Iba hacia los días obscuros en que se está como en los profundos estanques del invierno, allí en España.

Dejaba aquellas mañanas en las que aparecen vivas, recortadas sobre un límpido cielo azul, las balaustradas del buen tiempo. Iba a cambiar el mundo que es alegre en su inmensidad, por el que es alegre en los chamizos, en los «cabarets», en los cafés.

Aquellas mañanas portuguesas tenían siempre una punta de sol o varios cuchillos de sol, aun los días nublados. La claraboya del mar también era luminosa siempre.

«¡Si no lloviese tanto!»--se decía Armando para contradecir su nostalgia, que era demasiado amorosa, tan amorosa que le reprendía, diciéndole: «Podrás estar sobre lagos de lluvia, pero siempre en lo alto, junto a la luz, no como en aquel Madrid que se sumerge y sólo vive con empuje la luz artificial de los «cabarets».

Iba atardeciendo cada vez más, y Armando veía en su recuerdo el panorama de los alrededores de la Quinta.

Los hotelitos en la tarde obscura quedaban a flote, como barcos amarrados en el puerto seguro.

Los pinos llevaban una vida platónica en lo alto del monte. Todo tenía la placidez de lo que disfruta luces y vacaciones amenas entre dos muertes: la del nacer y la de morir. Todo aprovecha el interregno.

La noche vino, y Armando se perdió en el sueño pesado de los viajes. Ya estaba corriendo por España camino del Madrid que quebranta los huesos, pero cuyo suplicio quería vivir.

XI

LA SOLEDAD INAPETENTE

Palmyra se quedó anonadada, pero sintió la sospecha que cerró sus lagrimales. Volvió a encararse con aquel detalle de la huída de Armando y que ya la hizo desconfiar en el momento del viaje: «¿Por qué se había llevado todas las cosas?»

«Y retrato mío, ¿se habrá llevado alguno?» Buscó todos y hasta encontró el pequeño para el que Armando, en la época de las galanterías, encargó un marquito de brillantes en Lisboa y tenía siempre delante en su mesa de despacho.

--No tendré ninguna carta de él--se decía Palmyra, dándose cuenta de la crueldad necesaria en la huída. Para borrar su arrepentimiento le olvidaría por completo. Nunca jamás volvería a hacer aquel camino de vuelta. Procuraría que fuese muy vago el recuerdo de todo.

Se volvió a sentir Palmyra en las playas últimas de Europa... Se acordaba de lo que decía Armando con cierta tristeza: «Aquí se ve el último momento del ocaso que ve toda Europa... Nosotros lo despedimos en el último puerto, cuando ya se va decididamente al otro mundo».

¡Si ella supiese no mezclar su alma a los amores y ser algo así como la dama que hospeda en su casa al elegido sin temer verle partir!

Aquella Quinta era enemiga del amor constante; pero era encantador refugio para el amor apasionado de unos meses.

El alma tensa y apasionada de Palmyra se negaba a consentir eso. Tenía el deseo de inmortalidad que padecen las almas nobles.

Quiso conformarse con la Quinta, y la comenzó a vivir más intensamente. Cada nuevo día sin carta de él, la hacía más desengañada.

Estaba el jardín abandonado. En las plazoletas había crecido la hierba; del estanque había que sacar los cadáveres del tiempo, los cadáveres de los cinco o seis años que no se limpiaba, las barbas del dios de las aguas.

Aquella limpieza del estanque fué para ella como un alivio. Todos los posos que habían dejado en ella sus amores últimos salieron con aquel desarraigo de las verdosidades acuáticas. La limpieza de la matriz del estanque fué también una limpieza para la suya.

Las noches de luna la cogían en las terrazas. Aquellas noches de luna la fosforecían el alma y se la engatusaban más. Brillaban las claraboyas y los cristales como si algo en el paisaje pusiese los ojos en blanco.

¡Su corazón! Estaba desorientado y vacío. Lo único que necesitaba era cierta limpieza y una entrada en los nuevos amores discreta, bien llevada, bien dicha.

Palmyra daba vueltas a las habitaciones solitarias, encendía luces, buscaba. ¡Gata desalada!

No había remedio. Comprendió todas las razones y las excepciones; pero insistía en encontrar al que la acariciase en ese único día--todos los días _el único_--en que se movía la vida.

¡Qué noches más largas! En la Quinta no se podía vivir sola. Todo era inútil, muerto y los rechinamientos de su cama eran burlones.

Palmyra estaba como sorda en la Quinta. En sus paseos en milord buscaba el rincón del coche y se reclinaba allí con gesto displicente y desdeñoso. Se calzaba y enmediaba demasiado bien para permanecer sola.