La quinta de Palmyra (Novela grande)
Part 3
La amazona, la última amazona, montaba dando empellones al aire con sus senos cuya ancha proa hacía que le fuese difícil al caballo romper el aire, porque todo el espacio se agolpaba para recibir el encontronazo.
Armando, que encontraba anticuado el hecho de que fuese amazona, la esperaba como si su paseo a caballo la renovase y como si sobre su caballo hubiese recibido nuevas fuerzas para el embite de la noche.
El camino portugués, solitario y arbolado, se encantaba con la amazona. Necesitaba esa emulación. Sólo por el hecho de que transite por los caminos una amazona, habrá más florecillas en las cunetas.
Palmyra era una amazona de pura sangre, que iba litografiándose en la soledad del camino, llenándole de su estampa, adornándole con una guirnalda de moños de gran rodete.
La devolvía nueva a la Quinta aquel paseo de después de comer sobre el caballo favorito, al que daba terrones de azúcar como una _ecuyere_.
Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra y se notaba después en el resto de la tarde la dulzura que había impuesto al ambiente el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino que la rozaban, que la querían abrazar.
Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta de la Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje de etiqueta que exige el amazonismo y que es la vanidad del paisaje. Armando la había dicho:
--Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela, igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche sobre la superficie un tanto encallecida del dulce arroz.
Quedaba el paisaje dominado, enamorado, saciado con el paseo de la fina amazona de breve cintura clásica y busto en punta. Con los gestos que la amazona hacía con la fusta y que eran como de batir el aire, se quedaba flagelado y enervado el aire de la tarde.
--Día que no sales--la había dicho también Armando--es día en que todo parece más hostil y como si algo faltase en la _toilette_ del panorama. Es como si el muy cochino del día no se afeitase, como si al no recibir tu visita estuviese descuidado y salvaje.
--Mi amazona, ven--la decía también él con un mimo nuevo, abrazándola efusivamente, encontrando en su busto un apresto y una dureza que había adquirido petando con todo el camino, sobre todo con las vueltas.
Ya era una cosa más de su _toilette_ volver así, triunfadora, con la levita orgullosa, un poco desmelenada, con tierra en los ojos, con la nariz agudizada.
--Traes las enaguas purificadas de la amazona--la decía Armando--, y traes unos labios nuevos que has recogido en el campo como se recoge el fresón de debajo de las hojas que tratan de ocultarlo.
También la repetía entre sorprendido e irónico:
--Nunca creí que fuese tan importante ser amazona... Resultas la madrina del paisaje... Madrina de bautizo y madrina de boda al mismo tiempo.
Volvía hecha, robustecida, con un secreto nuevo; pero todo eso se iba adelgazando, consumiendo, olvidando hacia la noche. Era el botín que traía la amazona como esas flores rústicas de las jaras oleaginosas, que se ablandan y moquean en la planta en cuanto pasan unas horas de haber sido arrancadas.
Había pasado por los más rústicos caminos. Los caminos solos, soleados y _lejanos_, de Portugal; los caminos llenos de las antiguas fábulas y las viejas consejas, en que no sólo figuran hidalgos aldeanos rústicos como en los de Galicia, sino reyes y finos aristócratas y damas de habla fina y cortesana.
Había hecho la dueña de la Quinta lo que tenía que hacer. Se había sacrificado a la cortesía que merecían los alrededores campestres que para eso les estaban obligados, sumisos, y eran la creación serena de sus vidas. Había hecho la visita al campo que lo mantenía propicio. Armando la daba en pago los besos de la gratitud y abrazaba su pecho en levitado, en el que tropezaba con la doble fila de botones.
Después Palmyra se ponía muy de casa y aparecían de nuevo sus brazos desnudos. Eso la volvía la mujer débil, íntima, delicada, cohibida. El, como quien toca el arpa de un cuerpo, la acariciaba los brazos de arriba a abajo, de arriba a abajo.
El gran salón se llenaba de una expectación, de una rotonda de luz en que se esperaban obispos, virreyes, magnates, que viniesen a intrigar y a hacer la tertulia. En definitiva sólo era una jaula demasiado grande, de esas jaulas historiadas que entristecen a los pájaros más que las jaulas íntimas.
En el patio del estanque gritaban los patos como si siempre les persiguiese la mano del matarife, como si fuesen a cogerles para echarles al caldo hirviente.
Le molestaba a Armando aquel griterío asustado, urgente, desesperado.
Le daban ganas de asomarse al balcón y gritarles:
--¡Calmaos, que no os van a hacer nada! ¡Cobardes, más que cobardes!
VII
PASEOS EN «MILORD»
Esperaban al coche de campanillas argentinas, alegres, bien timbradas, porque su secreto era que estaban hechas de plata. Se hundían en el coche, se quedaban ocultos por la montaña azul de la capota y se iban como a darse un paseo en hamaca por el paisaje.
Buscaban la carretera que iba junto al tren. Deseaban esa compañía ciudadana, civilizada, que trae la reciente confidencia de la capital.
Les gustaba también que el tren entero les mirase buscando en ellos la felicidad deseada.
Pasaba el tren lleno de ventanillas de sol. Llevaba siempre el raudal feliz de un principio de primavera. Sus viajeros leían en él, desperezando los brazos, los periódicos tostados, luminosos y felices del verano.
Como en butacas de peluquería alegre iban todos los viajeros. La tijera del buen día les acariciaba el cogote.
Había sonrisas mudas al pensar en las enemistades lejanas, en estos extranjeros solos y embriagados en el viaje por la ribera dichosa. Su sarcasmo era para los malos que tenían que estar en su riguroso país por su ambición o por su torpeza. Los anónimos recibidos durante su vida se habían borrado definitivamente en este ambiente.
El «milord» de Palmyra salía después al campo, y ya en aquella carretera maltratada, el coche sufría las oscilaciones y los tumbos de las grandes zanjas abiertas por las ruedas de los carros cargados de piedra.
Se encontraban esos «chalets» hechos en medio del campo, en medio del miedo, mirando a paisajes ingentes, cuando un poco más arriba, en terrenos que costaban lo mismo, hubieran visto el mar. «¿Es que el padre de los dueños de esos «chalets» fué un náufrago y por eso sus hijos no quisieron volver a ver el mar?»
En todos aquellos hotelitos se notaba que todo estaba dispuesto (¡que sean más grandes los ventanales, que sean mayores!) para mirar lo que se ha de dejar de ver irremisiblemente, sin que sirvan las atalayas bien dispuestas para verlo más tiempo.
Hicieron sus «chalets» los moradores para estar asomados siempre, primero activos, en pie, saliendo fuera del «chalet», más tarde siempre sentados frente a los últimos cristales--por lo que entonces piensan que debieron hacer más bajo el alféizar.
Cada ventana de Portugal tiene su significado propio, su gesto particular, su éxtasis distinto. La una es la ventana para el espíritu avizor, la otra es para el nostálgico y aquélla para el enervado.
El coche de dos caballos tenía siempre una cosa de desbocado. Al bajar las cuestas los caballos, torcían las cabezas como si se las descoyuntasen, unidas en un delirio de espanto, siempre como si ya no pudiesen contener el coche de lanza disparada como una flecha enorme.
Se reflejaban en el camino los ojos espantados de los caballos.
Pero siempre se salía con bien de ese momento difícil de la cuesta abajo en que el torno del freno intervenía como una máquina de someter al Destino.
Otra vez en el campo llano, volvían a su serenidad.
¡Qué regalo el de las legumbres, que encima de dar su fruto dan a veces su perfume! Las habas estaban ya floridas y dejaban percibir el olor correspondiente al ensueño de su sabor.
Ella estaba por rechazar aquel olor como si fuese un olor de cocina, pero la conmovía con su finura.
--Huele casi como la flor de almendro--dijo Armando.
--Aun siendo tan ordinario se puede aceptar...--contestó Palmyra.
--El campo nos ofrece lo que puede... No es para que le llames ordinario a lo que te regala--repuso él por refrenarla igual que el cochero a sus caballos.
--¿Que no es ordinario?--repuso ella brava--. ¿A que no te atreves a que tengamos en la vivienda, sobre los veladores, flores de habas? Si nos preguntase alguien qué flores eran, ¿te atreverías a decir la verdad?...
Armando calló. Las habas seguían dando su perfume para cocineras sentimentales, un perfume sustancioso que se filtraba a través de los muchos cercos de piedra en que abundaba el valle, refiriéndose a los cuales, se le ocurrió decir a Armando:
--Debe tener dolor de muelas el paisaje.
Pasaban por caminos de pinos constantemente.
Los pinos son los más humanos de los árboles, con sus cabelleras obscuras, con sus cuerpos de atezada expresión.
Todos están para hablar, para salir al paso, para decir las cosas de la tierra que escuchan con sus raíces, pero aún no se ha decidido ninguno.
«Un día--pensaba Palmyra--se le ocurrirá hablar a uno de esos humanos pinos, y lanzará recitales de profundo sentido.»
Los caminos de pinos tenían algo de los caminos de postes que van al lado del tren, parecían andar, estar constantemente de paseo con un movimiento propio.
Había un rato en que se dedicaban a la arbitrariedad.
Ponían nombres solemnes a las cosas y así, por ejemplo, las desgarraduras que se abrían en las nubes eran para ella: «ventanas que daban a la tarde de Dios, agujeros de telón por los que se podía ver todo si alguien nos aupase como a niños que quieren ver lo que no alcanzan a ver» y él opinaba, señalando esas ruinas o esas montañas que parecen castillos, que: «La naturaleza es muy novelera, y quiere que se la dote de castillos con fosos y almenas».
Cada cual halla un sentido al mundo y le halla matices nuevos, sobre todo cuando las lenguas se desatan de verdad al atardecer.
Palmyra se volvía más tierna y sin temor a que el cochero viese su gesto buscaba las manos de Armando y le buscaba la boca como paloma que busca el pico del palomo. Armando la rehuía un poco. Era de suyo temeroso de la avidez que hay en los anteojos de los ociosos dueños de los «chalets». Palmyra tenía la hermosa pasión que no se recata.
Echaba la cabeza en su hombro y se quedaba así como dormida con los ojos abiertos.
--¡Qué turulata eres!--la decía Armando.
--¿Y qué es eso?--preguntaba Palmyra.
--Que te quedas turulata y no sales de ser una turulata... Un ocaso te dejó un día así y no sales de tu arrobo...
--¿Te burlas?
--Jamás... Te comento... Siempre me darás ansia de llevarte en brazos tan desmayada como estás y aunque no salgas nunca de tu desmayo, como si el suplicio de los donjuanes de un momento lo aceptase yo para siempre...
--¡Qué poca ternura tienes!--le insistió ella buscando más mimos.
Era insaciable de ternura en medio del paisaje.
--Parece que no es sólo de tu corazón del que quieres que cuide, sino de una huerta de corazones--la dijo Armando.
Volvían hacia casa. Contra corriente tornaban también los trabajadores, que miraban cínicamente a los coches.
Siempre parecía que se había hecho demasiado tarde, y se temía el vientecillo sutil que da la pulmonía.
El coche entraba por fin en la Quinta dando un saltito sobre el listón de piedra que sobresalía del suelo marcando la entrada. Ese salto del coche sobre sus muelles era un salto que marcaba la intimidad, era como el salto que dan los caballos de circo cuando ya han trabajado, cuando ya se meten dentro.
La Quinta estaba llena de un silencio ambarino precioso. Había más luz, una luz que había estado sola en las habitaciones y que se había llenado de confidencias. En el botijo de cristal del agua se había filtrado lo mejor de la luz de la tarde.
Era cuando Armando reconocía más la suavidad de Portugal, su entonación, la serenidad de otro tiempo en que abundaba.
El sólo recordaba una paz igual allá de pequeño, hacia el 1889, cuando en casa de su abuela, en la calle de Monteleón, llegaba la hora de la siesta y se quedaban entornadas las maderas.
Era un aire de hacía treinta años aquel que había en la Quinta, y por eso resultaba tan virgen y tan sabroso.
Palmyra, siempre con los brazos desnudos, le daba los abrazos de la desnudez, los abrazos sobre las sábanas revueltas, y, sin embargo, estaba en pie y con la etiqueta del traje.
Armando, displicente, apenas la hacía caso, y ella, entonces, se iba como despechada. Y cuando volvía reaparecía con cara de haber llorado, pero no por haber llorado, sino por no se sabía qué.
Armando miraba al cielo como si aquel telo del rostro de Palmyra señalase muchas nubes y una luz lluviosa.
«¿Pero es que ha nacido para llorar?», se preguntaba Armando, y sin poderlo evitar buscaba sus lágrimas o un gran sentimiento que justificase sus lágrimas.
En vez de aplacarle fomentaba su crueldad de hombre aquella propensión a las lágrimas.
A lo lejos el polvillo del mar hacía brumoso el sol y alejaba el poblado extremo de la costa, al que daba un tipo de ensueño de la realidad.
Eran las seis de la tarde, esa hora en que todo ha llegado ya a los pueblos finales de la costa, esa hora en que el mundo se estanca en sus casas de refugio.
Palmyra a esa hora se dirigía hacia atrás buscando el apoyo de alguien, buscando el reposo en todo.
Las butacas de abrazo antiguo la recibían con encanto a esa hora en que a los seres finos les entra el desmayo de amor.
Y el atardecer solitario se precipitaba y desde ese momento hasta la noche le entraba a Armando la fiebre, el escalofrío de la soledad. Cenaban y muy temprano, cuando el cansancio es como un niño lleno de sueño verdadero, se iban a la cama.
Armando, que había soñado tanta cosa para cuando se acostase, se encontraba ensoñarrado y cansado.
La veía desde las arenas del sueño levantar sus brazos de mujer que está en camisa y, sin embargo, comienza a desabrocharse el traje.
Tenía costumbres antiguas y cuidadosas como guardar en su joyero de cristal con un fondo de raso azul enguatado, las joyas de que se despojaba para acostarse y que eran como los candados de su belleza, que se volvía libre, nadadora del lecho, desligada de los compromisos severos que imponen las joyas antiguas que son como el recuerdo moral de las severas mujeres de la familia.
En el clima de aquel paraje del mundo podía sacar las manos de entre las sábanas y jugar con ellas.
Resultaba hasta inexistente su desnudo en aquella soledad desdichada huída de la gran ciudad. En vez de tenerla más por completo y más para él solo que nunca, se sentía sin ella como si Palmyra se quitase la camisa en el vacío supremo.
La naturaleza que les rodeaba no deseaba a la mujer. Deseaba el sol, el aire denso y vivo.
Se necesita que toda la ansiedad de los desesperados y de los insaciables envuelva a la mujer que se desnuda, aunque se realice el acto solitario muy a cubierto de ellos.
VIII
EL TELEGRAMA
Enrique era el huésped tratado a cuerpo de rey. Palmyra no le había regateado nada. Todas las mañanas le variaba las rosas de su cuarto y recogía las caídas sobre la gran mesa de pórfido.
El perro golfo de Enrique no agradecía bastante aquella bondad. Le parecía que después de todo aquellas rosas deshojadas le acompañaban más, y las hojas caídas eran como papelillos suyos en aquella mesa prestada, tarjetas, algo que hacía mal en llevarse aquella mano misteriosa.
Al perro golfo le molestaba que inmediatamente después de haberlo dejado todo sobre la cama, alguien viniese y lo colocase en su sitio, colgandero de las perchas, montado sobre las cruces que se estaban cayendo siempre y producían un gran ruido dentro del armario.
Armando le veía aparecer en la mañana satisfecho de poderle dar aquella hospitalidad magnífica. Había resucitado su entusiasmo por el gran palacio; ver a Enrique admirando todas las cosas, embobado frente a los grandes espejos, admirado ante aquellas mesas de mármoles de colores en que se veía un puerto, con barcos de vela, con pescadores, y además, como si el que los había confeccionado se hubiese dejado la escuadra, el compás, el lápiz, los guantes y el bastón, con todos esos bártulos incrustados en mármoles de color, dando mayor realidad a la mesa.
Lo único que hubiera hecho de buena gana, hubiera sido comprarle un traje. En eso el hijo del gran magistrado estaba desavenido con su categoría aparente, con aquel aire de gran señor que él tomaba y que Armando procuraba exagerar.
¿Y tu tío el presidente del Tribunal del Estado?
--Bien, bien... Siempre en su coche de mulas, como si fuese un obispo...
Palmyra no desconfiaba, no le estudiaba. Su buena fe, su gran deseo de continuar la fábula en el palacio encantador, en el que se podían amar hasta los visillos de linón de las ventanas, la hacía aceptar a aquel caballero casposo, con la enjutez del hombre vicioso. ¡Como que había sido _croupier_ durante algún tiempo en el Casino de Invierno!
Veía en aquellas reuniones, en el salón del palacio, la hospitalidad encendida. Estaba siempre afanosa de que los cálices de tan fino vidrio que hasta se quedaban vibrando cuando se escanciaba en ellos el licor, estuviesen llenos hasta el borde.
La purera, que representaba una pequeña pagoda, tocaba de vez en cuando la pieza de música, que era como el ofrecimiento delicado para que se tomase de nuevo un puro más.
Ella inclinaba la cabeza con mimo durante las conversaciones. Ponía una gran languidez en el gesto y enseñaba sus brazos desnudos y sus manos en postura de orquídeas variadas, móviles, gesteras.
Armando, como todas las tardes, había un momento que, sintiéndose un poco borracho y viendo que Enrique también lo estaba, la rogaba con gran zalamería:
--Palmyra, toca un rato el arpa.
Palmyra arrastraba hasta el centro de la habitación su arpa y llovía sobre los muebles del gran salón, sobre todo dentro de los espejos, la lluvia del arpa, con sus grandes y atravesadas gotas como lágrimas lentas.
Aquella tarde el arpa tocaba con más sueño que nunca, como cuando la lluvia se ha olvidado de dejar de caer, cuando ya cae del cielo como de los aleros porque estaba al caer.
De pronto llamaron a la campanilla. El arpa se quedó desoída. Las manos de Palmyra en las cuerdas doradas eran como pájaros musicales que hiciesen sonar su jaula.
El criado apareció. Traía un telegrama en la bandeja.
--¿Para quién?--preguntaron los dos caballeros a la vez. Palmyra no tuvo tiempo sino de suspender su música y escuchar.
--Para el excelentísimo señor don Enrique...
Enrique, con un gran gesto de actor dramático, recogió el telegrama. Lo abrió, y después de leerlo, se quedó callado con aire de contrariedad.
Palmyra, con su mejor aire de mediadora y enfermera, preguntó rompiendo el silencio:
--¿Alguna desgracia, don Enrique?
Armando observaba la escena con cierta impasibilidad.
Enrique dió a leer el telegrama a Armando, que lo leyó, no con la tristeza que hacía al caso, sino con una extraña tristeza sardónica, y que, por si no había estado clara en su rostro, la aclaró diciéndole a don Enrique, al darle el cupón del telegrama que había que firmar y que esperaba el criado:
--No será nada... Firma ahí... Esta firma del recibí consuela mucho.
Enrique, al oir esas palabras, dirigió la mirada a Armando, una mirada de ladrón al compañero desconocido con quien de pronto se encuentra viajando en el mismo tren. Después firmó.
Palmyra, crédula, tenía un puro rostro de dolor, pronto a romper a llorar si la aclaraban que era muy doloroso el telegrama.
--Dale algo al telegrafista--dijo Armando a Palmyra, con ese recordar súbitamente una propina que no se dió.
Palmyra, que conocía el arrebato y la preocupación de Armando por las propinas, salió a dársela.
Al quedarse solos, Armando dirigió una sonrisa a Enrique que le arrancó la espada de dolor que aún esgrimía.
--No seas «parvo»... Ese mismo telegrama fué el que recibimos en aquel pueblo de Toledo y que, según me explicaste entonces, era el telegrama que cortaba tus aburrimientos, el telegrama convenido para poder huir del sitio que no te convenía... Responde a otro tuyo en que sólo escribes «Pronto»... ¿Ves qué memoria tengo?
Enrique no supo qué responder, pero sonrió.
--Por lo menos, que lo crea Palmyra...
--Eso, bueno...
--Porque chico, esto es muy bonito, muy poético, ha podido costar un millón de pesetas poner ese lago enfrente del palacio, pero yo me aburro...
Armando tomó un aspecto melancólico que daba a su gran sensatez un aire de simpatía extrema.
--Pero no es para que te pongas así... Tú tienes para no aburrirte esa encantadora mujer con la carne de las miniaturas.
--Sí... Pero me aclara mi propio caso tu telegrama... Te hemos dado la mejor habitación, has sido tratado a cuerpo de rey, has hecho por primera vez todas las excursiones que hay que hacer. No has tenido tiempo de desesperarte oyendo a la señora inglesa hablar de su casa de Londres, ni al viejo español retirado alabar este clima... No has tenido que ser fiel a una mujer y has flirteado con todas las de los contornos y a los quince días estás cansado.
--A los veinte, si te es igual...
--Tan igual; es lo mismo para el caso, porque yo llevo muchos meses.
En eso entró Palmyra, guardando las llaves en la escarcela de su cintura, y se abismó todo en una conversación melancólica, que precipitó la caída de la tarde.
IX
EL ENVENENADO
Armando encontraba siempre lo de niña cargante que había en Palmyra. Todo se lo había oído numerosas veces.
Estaba en crisis. Lo que había en ella de mujer--casi completamente igual a lo que pudiese ofrecer otra mujer--no le era suficiente. Su sexo era como un volcán apagado.
Decía aún sus últimas frases. Los atardeceres le conseguían poner a tono.
--Todos son techos de pagoda al atardecer--decía asomado a la bella ventana encelosada de la Quinta.
--La misión del mar es una misión sin descanso... Lava los pies a la tierra constantemente para ganar el cielo.
Pero de aquel estar asomado a la ventana de la Quinta, desde la que se veía el mejor trasluz y el más puro reflejo metálico del mar, salía más desconsolado porque al mar se necesita oponer fuertes caricias para poder reaccionar de él.
No bastaba que mirase siempre, como si atisbase el rescoldo de una gran pasión, a aquel hotelito en que pasaron su luna de miel dos príncipes románticos.
Todos los atardeceres esperaba que hubiese venido alguien de los alrededores en el último tren, pero después se desengañaba.
Buscaba otras ventanas de la Quinta, se asomaba al patizuelo en que estaba la inefable fuente, en que dos niños, dos colegiales, en la isla central de la taza se tapaban con un paraguas del chorro que salía de su propia contera. Siempre le resultaba íntima y entrañable esa escena de amistad infantil bajo la lluvia constante de la fuente.
Por fin se asomaba a la ventana, desde cuya ventana se veía el faro que resultaba con su pábilo tembloroso algo así como el gran cirio pascual del paisaje.
--¿Es que yo voy a ser el farero de ese faro?...--se preguntaba Armando al mirarle--. Por muy bonita que sea la vida aquí es siempre vida de farero... Se vuelve cementerio la naturaleza en esta soledad y en esta Quinta por más de que tenga el tipo legendario de esos palacios que los reyes tienen para pasar un mes de su vida.
El faro daba luz y vigilancia, no sólo al mar sino a todo el paisaje. Le parecía que en caso de tener que lanzar un grito angustioso le respondería el faro lejano, que le animaba el corazón como unas gotas de digital. Palmyra aparecía a su lado en ese momento y se ponía a mirar también el faro como si fuese la estrella fija de todos los días, aun de los más nublados.
Palmyra se apoyaba en su hombro con melancolía.
¿Es que sólo iba á tener derecho a los mimos de aquel día ya lejano en que la conoció? No. Todos los días se producía en ella esa misma alegría exigente de las jaulas de los pájaros colgados al sol y Armando no se daba cuenta.