La quinta de Palmyra (Novela grande)

Part 2

Chapter 24,138 wordsPublic domain

Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recordaçoes», «Corbeille de urs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bella-mar», «El Ribazo», «Vasco», «Ermida», «O miradouro», «Roseiras», «Mascota», «Ribereña» y numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres quizás muertas en su mayor parte, alguna con la placa del nombre a medio desprender.

Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas.

Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballero desconocido por si se hacía el dueño.

No podía haber más temible ladrón de su casa que el que se sentase amistosamente en su gabinete.

Los pasos de nivel eran para él un camino de tragedia en que siempre se acordaba de aquel coche de carreras atropellado por el tren.

Se veían esos grupos de hombres que después del trabajo juegan a estar borrachos en la puerta de las tabernas y que parece que por lo menos van a tirar un corcho al coche que pasa.

Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados tules de perfume, sus grises ráfagas.

Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea apretándola el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera, como intentando volver a la mujer a su primitiva injertación en el costillar derecho.

--¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador paisaje, o quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras mujeres?

Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado que da vueltas ingeniosas a todas las posibilidades:

--No digas tonterías...

Y, sin embargo, se tenía que conmover ante aquel paisaje y aquella mujer.

Los dos caballos, bien amaestrados por los antiguos cocheros de la casa, componían ese verso de circo del paso bien braceado, que da al camino aire de pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos caballos.

Había siempre muchos humos en el paisaje.

Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena tarde. Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran humos de ara.

Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más asiento que en ningún lado del mundo. Era aquél un rincón inmóvil de felicidad.

«Este será--pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en un rincón--el último refugio de la felicidad; será donde la dicha tarde más en apagarse.»

Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran red, como bastas con que la gran red estaba atada al mar.

Sin poder creer que aquéllas fuesen barcas, considerando que eran boyas, preguntaba a Palmyra:

--¿Son barcas?

--Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan para pescar más... Sacan el vivo dinero con que vivir los días malos.

--Que nunca les llega para zapatos...

--Nunca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del pie no necesita media suelas.»

A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuesen el abrelibros del cielo y del mar.

En el vuelo, raudo sobre todo, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de los cortapapeles el cuchillo triangular de la vela. Y abría, quizás, las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate el tiempo esfoliándolo.

Entonces volvían apresuradamente, nadando los caballos el camino con braceo más enérgico.

El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las que la luz se ha comido el color y en las que se hace así un borde y una huella insubsanable.

El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando en la habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación.

IV

LAS VISITAS

Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los pocos hoteles con gente.

Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba la soledad. Entraban en la Quinta con una zalamería de gentes que temen que las echen y las exijan el silencio.

Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se explayaba entre los moradores de la Quinta y los recién llegados.

Los recién llegados.--Venimos a tener un ratito de conversación... Déjennos ustedes tenerla...

Los moradores.--Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar?

Los recién llegados.--De nada... De esas cosas que se cazan al vuelo, de lo que sino se hablase de ello la vida sería demasiado imponente... Pequeñeces.

Los moradores.--Hágannos ustedes el programa.

Los recién llegados.--No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo, surgirán las palabras...

Los moradores.--Con que nos digan cualquier cosa de las que pasan por el camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros!

Los recién llegados.--No... Intentaremos hablar de todo antes de ocuparnos de eso...

Los moradores.--También nosotros estamos deseando la conversación trivial.

Los recién llegados.--Pues no perdamos tiempo.

Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones.

Entre los que iban con más constancia figuraban doña Manolita, don Vasco, una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se llamaba Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo gran importancia social en España y se había metido allí para siempre.

Doña Manolita era una viejecita española que apenas tenía para vivir, y que agradecía con locura los tés de Palmyra.

Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llovía mucho y entraba toda chorreosa y brillante de lluvia.

Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo y llevando extendidas sus manos frías para calentarlas urgentemente.

Su sombrero de luto, con gran pena, colgado del perchero, ponía de luto toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la angustiaba la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber para estorbarla.

Pero, sobre todo, su sombrero en la percha ponía de luto la casa y la añadía gran pena.

Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba de luto, no enlutaba la casa. ¡Encogía, dobladillaba, guardaba tanto su manteleta! ¡Disimulaba tanto lo que había de dejar ocupando un sitio de la casa ajena!

La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar, y se iba derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecía.

No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, ni hacia dónde caía su pueblo.

En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado asomada al mostrador de una tienda de especias. Tenía los lentes de la que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus colonos.

Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa era, aunque sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de la humanidad.

Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun siendo un buen clima el portugués, convenía ensamblarse con la moda y dar al invierno lo que es del invierno.

Su sombrero era como un sombrero viejo, un sombrero de pajilla fina, machucada, y de alas desigualmente rizadas por estar siempre en la horma del perchero.

A la servidumbre, a la gente del pueblo, los trataba con ese aire colonizador que tienen los ingleses.

No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras fuesen superiores a la moneda de los países que visitaban y adquirían en seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban.

La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un imperio de pantera que, aun vieja, tiene que deber a su fiereza el seguir viviendo.

Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor que estuvo en la China y que tenía la casa llena de cosas chinesas.

Recordaba unos días mejores que aquellos, unos días de un amarillo más puro.

Todos parecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias de la vida, asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, en las terrazas apartadas de todo y frente al mar.

Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba bien o mal que tuviese a Armando a su lado. Le saludaban también con mucho aprecio y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable confidencia.

Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los que permaneciesen en la vida.

--Por fin van a aprobar el tren eléctrico--dijo don Vasco, dando una gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora mentira antigua, aquel proyecto ideal, el magno proyecto que comparte medio universo, la electrificación. Parece que entonces se irá a todos sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin reservas.

--¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!--dijo doña Beatriz, que sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de modo fabuloso las rentas de su dinero.

La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía allí por ver si perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto no la importaba nada que electrificasen aquello, preocupándole íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevía a decir esa aprensión de su ignorancia.

Don Mariano opinó:

--No está mal... Habrá chispazos de gran ciudad en la carretera, chispazos que en las noches de verano parecerán relámpagos.

Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que cuando había una entrada alegre, dijo:

--Y pediremos billetes para la Puerta del Sol...

Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso para quitársela.

--Así podremos ir más veces a los teatros de Lisboa...

--Lo malo--insistió Armando--es que tenga tipo de tren en vez de tener tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo. Don Vasco, usted que conoce al Director de la Compañía, se lo puede proponer.

El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como guión que suprimiría el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el viaje todo aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel viejo primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no podría conseguirse aquel raudo traslado telefónico en que materialmente soñaban.

Se hizo una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos reaccionaban ante la electrificación, pues veían al pensar en el caso con más atención, que se corrompería un poco su retiro, que aquello que habían ido a buscar iba a verse muy accedido por las gentes que se enganchan en los viajes rápidos y fáciles.

--¡Qué tarde ha hecho hoy!--exclamó el alegre español, en cuyo pecho anfisemático la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la cordialidad del tiempo abría todas las válvulas defectuosas.

--Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia--dijo Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano.

Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo:

--Ha sido una mañana de _luar_...

--Muy bien, muy bien; eso ha sido--dijo doña Manolita, y todos los presentes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan bien había caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en día lleno de luna, borracho de luna como un bizcocho borracho.

--Realmente es verdad...--intervino don Vasco--. El sol era el sol, de eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave luz o más que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera, de luz suavizada aquí abajo, en nuestro valle de lágrimas...

La tarde les había convidado a todos con sus vinos dulces y estaban embriagados como después de un día de santo. Veían con pena y aun con sed la copa vacía de los cristales de las ventanas.

Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas, sobre todo antes, cuando Palmyra estaba sola e indecisa y gozaban entera la pasión inútil que se escapaba a su juventud y que no acababa de salir de las habitaciones, aunque se abriesen los balcones, porque se agarraba a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de las butacas y a los sofás. Ahora vivían con una absorción de vampiros viejos de lo que flotaba de la pasión que todos aquellos vejanchones suponían frenética, más frenética que fueron sus pasiones, y eso que alguno, como don Vasco, las tuvo de serpiente de tierra caliente.

Como de esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así parecía haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos que se habían dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como todo lo condensado en la alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón.

Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra, no; a Palmyra le gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro, ofrecer el té...

--A propósito del té, ¿ustedes saben una historia india...?--dijo don Vasco.

--Ya nos lo ha contado usted tres veces, señor Vasco--dijo Armando.

--Quizá a ustedes sí, pero, ¿pero qué espíritus nos acompañan esta tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no.

--Espiritismos, de ningún modo--dijo Armando, riendo de la disculpa que había buscado don Vasco, para contar la noventa y nueve vez la historia del té.

--Este es siempre un té cada vez más tardío--dijo la inglesa con su construcción y su portugués estrambóticos...

--Acabaremos convirtiéndole en vermú--dijo Armando.

--¡Qué más da! El té no hace daño a ninguna hora--aseguró la pobre doña Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos bizcochos y cuatro o cinco tazas de té, en cuyo fondo quedaba después algo así como un final de sopas de ajo.

Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba a aquella hora en que había llegado el último tren, después del que ya no podía esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni recibir un telegrama tampoco. Quedaban desligados del mundo como si fuesen un islote que al anochecido se separase de las tierras firmes.

Palmyra servía a Armando su té, mirándole mucho a los ojos, queriendo dialogar secretamente con él en medio de todas las visitas, pero Armando rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella, con esa insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle.

--Ha vuelto la gripe--dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la consolasen los demás de su miedo; porque los pánicos se esparcen y se siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos.

--La gripe siempre vuelve--dijo el anciano don Mariano--. Yo siempre la he visto volver desde que era niño... Es el vaho de la muerte, ese humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No hay nada más sutil ni de que pueda uno defenderse menos.

--No está mal la teoría--repuso don Vasco--. A la gripe la he visto yo, devastadora como nunca, en la India; mataba como siempre con frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella como ahuyenta la peste...

--Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí mata--dijo doña Beatriz.

--¿Y de dónde podrá venir aquí?--preguntó Palmyra.

--¿No la he dicho a usted, señora--volvió a intervenir don Mariano--, que sale de los cementerios?... Si quemásemos todos los cadáveres no pasaría eso.

Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido el aire con la mano como quien aparta un contagio invisible.

Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde, sino como si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la noche se declarase en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor soledad.

Así era una tarde de visitas en la Quinta de Palmyra.

V

DÍA DE LLUVIA AMOROSA

Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia en los cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro.

¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de los flecos interminables!

A Armando le faltaban palabras para Palmyra y esa era su principal tragedia, pues acariciarla la barbilla con ternura constante no era suficiente.

No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y las ocho de la noche, pero eran horas ¡de tan breve duración!...

Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y de mirar la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un reloj en cuya lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de Palmyra.

Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió tener una gran bondad.

En la lenteja del reloj--¡qué ocurrencia!--parecía vivir con palpitaciones de reloj, como si su corazón, en vez de moverse de arriba a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad.

Asomado a las ventanas de la Quinta, pensaba que aquéllas eran las ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas finales que daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del Océano Atlántico.

Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desolada que al llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira con fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se remonta y huye. Por eso había un suspiro claro de luz aun siendo un día lluvioso.

En seguida apareció Palmyra y fué hacia él.

--La lluvia borra el mundo--dijo Armando.

--No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad... Hoy la Quinta está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí sola!»--repuso Palmyra.

Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que parecía más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y confundía la luz.

Lo que en su rostro pálido había de herpético--ese poco de herpético que es como el principio inicial de la corrupción--se acentuaba más en la tarde, que devolvía su condición de greda a la carne humana.

Lo que hay de más difícil de entretener es la mañana, y una mañana lluviosa sobre todo.

--Estamos como dentro de una pecera, colocados así detrás del cristal y viendo caer agua--dijo Armando.

--¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera, los dos juntitos?--repuso Palmyra.

Armando tenía odio a los mimos y era hasta brusco con Palmyra.

Al ver sus brazos desnudos, que tanto la gustaba desnudar, la dijo con tono desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño:

--¿Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los brazos desnudos?

Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra cruzó sus brazos y se cubrió con las manos los biceps mullidos y con plástica de aparatos musicales de la sensibilidad.

Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba cohibida como una cordera bajo la influencia del eclipse.

La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se compran en el dintel de la puerta.

Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni por la mañana, y se miraba y le volvía a mirar y se volvía a mirar para ver si le podía complacer a él lo entreabierto, insistiendo en el juego para encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como premio. Pero él la miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la quita el polvo, con mirada burda de doméstico.

Después Armando se ponía a pensar en la comida.

«Qué pez es el del día es lo que hay que preguntar--se decía--, que la carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer como la de la ternera.»

A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la discusión de la cancela el pez más extraordinario de las banastas, hacía Armando su pregunta en voz alta:

--¿Qué pez es el del día?

--Hoy es pargo--le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle:

--Es un pez muy bueno que aquí llaman jabel.

--¡Sí, sí!... Ya sé--dijo Armando, que no quería recibir tantas explicaciones como un sordo.

La nieve del mantel caía ya sobre la mesa y él lo miraba desde lejos, a través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Las altas copas iban reanimando el día, y la lluvia perdía importancia.

Bebía con delectación su vino predilecto, que veía enrubiecido por la luz que caía del sol a través de las nubes.

Para su vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar, para aquel Bucellas claro como sangre cordial de mujer rubia. Muchas veces levantaba su copa para ver el día a través del licor y del cristal y encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el suficiente optimismo.

El «Bucellas vielho» le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, pues el tiempo suele buscar el fondo del vino para posarse, y así lo adensa y lo mejora.

«¡Es que me he bebido la esencia de tantos días!»--se decía Armando al sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de segundos.

El se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aun en los días grises, mirando por la vidriera el mar como si sólo fuese motivo de una vidriera policromada, en que cada ola se emplomase en las de al lado, en la de atrás y en la de delante.

Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y le atraían, jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del diábolo, se movían dentro del ángulo del brazo y después de saciadas le eran devueltas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste que queda entre el brazo y el antebrazo.

Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy castellana.

Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con mueca tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los ojos vivos y la nariz esculpida.

¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas!

¡Cómo tiraban sus mejillas y todo su rostro del perfil que presentaba escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien con las dos orlas de brillantes de sus lóbulos!

En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo Armando a Palmyra:

--Sabes... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros.

--Bien, bien... Escríbele esta tarde misma--contestó ella con verdadero deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus ilusiones insatisfechas, la de tener siempre huéspedes.

Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas, todos los muebles, los quinqués, se fueron recomponiendo, atusándose y diciéndose: «¡Viene por fin un huésped!... ¡Viene por fin un huésped!»

VI

LA ÚLTIMA AMAZONA

Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía irse antes al montar a caballo. Se paseaba sólo por los paseos transitados y sabidos.

Engañaba aún a las gentes la amazona, pero ella tenía una gran tristeza en el corazón porque a caballo sobre todo se sabía que no hay sitio donde ir.

Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados, un caballo francés, al que llamaba «Rey».

--¡Roi...!--decía a veces en francés, como si eso la diese un aire más aristocrático y el caballo se calmase así más.

La última amazona salía sola a la tarde--muy pocas veces con Armando--y adquiría autoridad y personalidad sobre su caballo. Era su hora de generalísima.

Palmyra tomaba aire para su pecho y escondía ráfagas de salud dentro de su descote; todo para llevárselo a Armando, displicente, enredado hasta muy tarde con los licores y con el café ideal que ella le preparaba en tazas de oro, en cuyo fondo se quedaba el último sorbo que era como esencia de escarabajo pura.