La quinta de Palmyra (Novela grande)

Part 11

Chapter 114,107 wordsPublic domain

La trataba como a una sirena y esto a ella la encantaba porque se sentía con la carne correosa y triste.

Aquella tarde, más patinoso que siempre, era el caballero de un antiguo sarao de la Quinta, un señor que estuvo hablando con su bellísima tía Adela, descotada y con los senos apretados, según aquella moda que los hacía redondos y amontonados alcores.

El pensar en aquel sarao en que quedó irrealizada la hazaña con su tía Adela, Palmyra aceptó las galanterías de don Vasco porque resultaban juveniles.

Para aquella reunión de viejos amigos estaba bien encendida la leña en la chimenea, aunque el día de invierno era como los más crudos de aquel paraje un día de primavera con escalofríos.

Frente a la chimenea un gran abanico de metal cubría el calor, dejando entrever su fuego a través de las varillas de su calado encaje.

Don Mariano Guisasol se apoyaba en las tenazas de los leños como en una gran tizona.

Se hablaba de la lumbre.

--Yo creo que los que queman ramaje en el campo lo hacen como cocineros que lo quisieran sazonar--decía don Vasco.

--¿Se han fijado en esos suspiros que lanza la leña y en los que sopla con soplo interior todo el leño?--decía Palmyra.

El humo de la leña les picaba a todos los ojos.

Todos como con el alma blanda echaban una lagrimita en honor de los leños consumidos.

La inglesa se limpiaba los ojos y las gafas constantemente. Parecía que habían despertado sus nostalgias las simplezas que acababa de decir.

--Ya tenemos todos lentes ahumados--dijo el viejo español.

La Quinta se sentía eterna, con gentes en su seno, con la alegría aprovechada, con el interior satisfecho, sintiéndose bailada por una mujer enmascarada con las grandes cortinas de raso de fuego y entre cuyos cabellos rutila el rocío de las arañas de cristal antiguo.

El té les esperaba en el salón del comedor en que los cuadros se habían matizado con todas las salsas.

Les daba bondad, benevolencia y suavidad, al darles su taza de té, que lanzaba la última rúbrica de humo.

Como siempre, cuando acababa de servir los tés, se decía: «Ya están aceitadas para un rato todas sus asperezas, sus impertinencias, sus secos silencios» y se sentaba muy alegre en medio de todos a seguir ese juego de prendas inesperado, que es conversar con gentes que están muy lejos del mundo.

Sus conversaciones eran una especie de «Memorias».

Llegó doña Manolita.

Se veía que todos la habían perdonado aquellos amancebamientos depurados por la herida.

--Estás muy macilenta--dijo algo agorera--. Después se apresuró a tomar su taza de té, que sorbía a cucharaditas, una tras otra, como quien cuenta todas las que tiene una taza y que, como ella decía, «era como lo tomaba de pequeña».

Doña Beatriz apareció con sus gafas de la resignación.

Se veía que sus dos antiguas pensionadas de té habían perdido la costumbre.

Avidamente tomó su té y mojó las pastas. En su mirada a Palmyra, parecía decir: «Déjeme ser su contertulia de todas las tardes. Con un té con pastas, viviré el resto de mi vida». Cerca de ella reposaba su bolsillo morisco en que estaba toda su fortuna.

La conversación parecía querer distraer a Palmyra de su convalecencia pasada y hablaban como si no se hubiesen separado de aquella tertulia hacía mucho tiempo.

Todos repetían el «decíamos ayer», pero todos, a una también, se dieron cuenta de que era hora de irse.

Ya estaban de pie, cuando entró Lucinda; era la única invitada juvenil que, aunque tarde, llegaba a darla unas manos en que no se notaban los huesos, como en todas las que iba estrechando en la despedida.

Un temblor, una correncia de sus sinobías escondidas la tremuleció al ver a Lucinda.

Era su amiga turbadora de antes, pero después de su enfermedad, se sentía más dominada por ella y la sentía nueva en su corazón. Era además impetuosa, dulce, apasionada en las confidencias. Seguramente se tenían que decir en el sofá que el hombre es tan brusco, tan falsario y tan despreciativo, que no merece la alucinación por sus otras excelencias.

Palmyra la dejó en un rincón mientras despedía a todos. Después se acercó a ella como quien dice «ya podemos hablar».

--¿Ya bien?

--Ya bien... ¿Y dónde has estado tanto tiempo?

Aquella pregunta sorprendió a Lucinda, como si Palmyra estuviese arrepentida de no haberla querido más antes, como si hubiera delirado con su nombre en las fiebres.

Las cosas se transforman y se aclaran en un momento, sólo en un momento.

--He estado en el Norte como en el fondo del mar por como ha llovido... He pensado mucho en ti...

Palmyra la apretaba las manos como queriendo decir algo que no podía decir. Lucinda, cansada de esas últimas declaraciones en una vida cansada que ya no quería despilfarrar su vida en los tés de la añagaza, veía en lo que Palmyra tanteaba, como ciega de su camino, la paz de la retirada.

Dos anclas se anclaban en aquellas manos y las dos comprobaban el satinado agradable y el calor para la noche de fiebre fría en que no bastan los calentadores de cobre bajo las sábanas rizadas sobre el fuego.

Palmyra, caída en su temor a sentirse de nuevo frente al mundo, llamando a los hombres con su pañuelo desde la más alta ventana de la Quinta, dijo a Lucinda:

--¿Vendrás muchas tardes?

--Las que quieras.

--Tú lees muy bien... Me acuerdo de tus recitados en las noches de frío del salón grande de Adela... Tráete libros, tus libros predilectos...

--Los traeré y te leeré... Estás en la segunda convalecencia... Se ve que tu alma se ha quedado asustada.

--Mucho... En el Palacio Ruso me señaló el destino, allí me parece como si me hubieran presentado a la muerte con mucho misterio y ceremonia...

--¿Los caballos galoparon al caer?

--Me parecían caballos de Neptuno que se lanzaban a un mundo submarino... Fué un momento terrible en que sus crines parecieron melenas de león... ¡Qué feroz carrera hacia la muerte!

--¿Y él?

--El no me acompañó, él se quedó como un mono colgado de unas ramas... Se desprende una del hombre en la desgracia sin arrancarse el corazón. Se ve que no nos puede acompañar a la muerte...

--¿Y después, qué hizo?

--«¡Fugio!»

--¿Y no has vuelto a saber de él?

--Sí... En cartas muy cumplidas... Pero no le quiero volver a ver... La Quinta no quiere más viajeros... Sólo mi jardín y estas habitaciones que son consuelo de mis ilusiones.

--¿Y a las buenas amigas como yo, dónde nos dejas?

--Es verdad... Tú... Sí--y se quedó con su mano en las manos.

Un reloj les sacó de su ensimismación.

Lucinda exclamó:

--¡Qué tarde! Volveré mañana--y se puso el sombrero sobre aquel pelo negro como lleno siempre de las aguas del peine.

Tenía algo de esclava en todo su porte e iba muy bien como pareja a la belleza larga, fina, con unos grandes ojos, de Palmyra.

--Adiós... Hasta mañana.

--Hasta mañana... Adiós.

Ya los chales de las dos mujeres se enlazarán en una visita eterna, como pegándosela a todos los hombres que creen inferior a la mujer y se lo sueltan en muchos momentos.

¡Qué replegadas en su blanda madriguera!

XXVIII

LUCINDA

Aquel despertar de Palmyra a la vida tuvo voracidad, pero voracidad contenida.

Se paseaba por su jardín como loca entre las palmeras que tenían el cogote muy afeitado, pues acababan de ser aseadas y se veían sus mechones sobrantes por el suelo.

Eran días de aire feroz, un aire que movía las palmeras como si fuesen penachos de caballos de coche fúnebre. El aire parecía quererse llevar todos los sombreretes de la tierra.

En aquel remanso portugués se sentía la vaguedad insaciable. En aquella última playa se acostaba el invierno, allí era el sitio en que los trenes tropiezan con los topes finales.

El gran conflicto la traía suspensa, trémula, unos ratos arrebatada y otros pálida.

Esperaba con efusión sospechosa a Lucinda.

Había tenido mucha fama de eso y tenía los ojos unidos de las serpientes con las pupilas muy abiertas de quien ha querido ver mucho las cosas que absorbió, las víctimas desangradas. Tenía también el gesto sospechoso de la serpiente que muerde en lo bajo y mira hacia lo alto para ver encima de ella el gesto de la mujer mordida.

Se la veía, sin embargo, ya cansada y deseosa de paz. Su voz que había sido más dura, tenía inflexiones silenciosas y sordas. La esperaba con incertidumbre y deseo. Necesitaba encumbrarse en espejos más cálidos que los espejos fríos.

Su pensamiento se entestarudaba cada vez más...

¿Pero y el gesto? ¿Cómo se realizaría el gesto que inicia el gran secreto?

Sí, sí; en el hombre no volvería a incurrir. Su último rencor para él era el de aquella larga curación en la mayor soledad.

Esa dulzura resignada de la mujer, esa cosa de niño que ha crecido, no merecía el trato brusco del hombre generalmente engreído y en pos siempre de una nueva aventura.

La maltrataba el gesto de cansancio que tomaba en seguida el conquistador. No podía el hombre llevar una mujer a cuestas como una mujer lleva a un hombre sin revolverse contra él. Se veía que iban impacientes siempre y comparándolas con las mujeres muy bellas, de los demás.

La inmovilidad de las cosas era contradecida aquella tarde por la constante movilidad y pasaje de las nubes.

Todo se iba un poco con las nubes que robaban intimidad a las casas y que se llevaban algo así como el tiempo del paisaje, dejando sin fondo vital la vida paisana.

«¡Qué importa quedarse si todo eso se va! ¡De qué vale que nos creamos inmóviles!», pensaba Palmyra asomada a los cristales y viendo pasar las nubes cinematográficas de aquella tarde.

La tarde pasaba y Lucinda no llegaba.

Asomada al balcón, no podía retener una idea ni casi retenerse a sí misma.

Las nubes, rápidas, la daban una melancolía de desangramiento y Palmyra las miraba con gesto de dolorosa.

Se veía en ellas más de bulto que de ningún modo el pasaje de todo.

Aún tan atraída por las nubes frente al cristal de la ventana, se retiró hacia el fondo de la habitación, como para no marearse de tristeza y desgana y la escarmentó más ver las nubes correr en el fondo del espejo de su tocador. «Eso sí que es más grave que todo, eso sí que es irresistible» y se retiró a otra habitación.

Por fin llegó Lucinda. Traía los libros de poesías que Palmyra la había pedido para pasar la tarde, libros de mujer, entre los que se destacaba el de la regia muerta, de Renée Vivien, la diosa de todas, la que volvía de la muerte con viva morbidez.

Se sentaron en el ancho diván de la habitación confidente.

Lucinda leía los versos de la muerta suspirante.

CHANSON

De ta robe à longs plis flottants Ruissellent toutes les chimères, Et tu m’apportes le printemps Dans tes mains blondes et légères.

J’ai peur de ce frisson nacré De tes frêles seins, je ne touche Qu’en tremblant à ton corps sacré, J’ai peur du charme de ta bouche.

Je me sens grandir jusqu’aux Dieux Quand, sous mon orgueilleuse étreinte, Le doux bleu meurtri de tes yeux S’évanouit, fraicheur éteinte.

Mais quand, si blanche entre mes bras, A mon cri d’amour qui se pâme Tu souris et ne réponds pas, Tes yeux fermés me glacent l’âme...

J’ai peur,--c’est le remords spectral Que l’extase ne saurait taire,-- De t’avoir peut-être fait mal D’une caresse involontaire.

Después siguió leyendo otro libro dedicado por una mujer a otra «...¡Ah! tu carne, bajo el agua y bajo mi carne, mi carne que busca todo lo que la huye y se la parece»... «Los cisnes turbados por nuestras rivales blancuras se aproximan y nuestros cuerpos se mezclan al «duvet» de sus alas»... «...y mis dedos pasarán sobre ti, con la obsesión deslizante de las ondas y mis dedos te harán sentir la insinuación ligera de las ondas. Y nuestros cuerpos tendrán el balanceo de los juncos sobre el agua; pues mis caricias saben el ritmo de las mareas».

Palmyra se sentía como nenufar de aquellos recitados cuyo camino se hacía para encontrar una sola flor.

«Yo la tenía sobre mi amor como una crucificada.»

Y como era una mujer la que hablaba de otra, la cruz era suave y sin tormentos y la crucifixión estaba llena de blanduras.

«Yo me acuerdo de las tardes rojas en que nos devorábamos, insaciablemente hambrientas, y nuestros besos se volvían asesinatos, y nuestras bocas entreabiertas, como heridas, tenían un gusto a sangre.»

Sentían un viejo consejo de otra como ellas: «Sé loca conmigo, pues la locura es la sabiduría de las tinieblas».

Después leía más versos de mujeres, versos de esas poetisas portuguesas dañadas por el mal insaciable y en los que se hablaba de «nesta agonía lenta do viver», de «nêgra dor espavorida», de «nêgra nostalgia», de «nêgros días ensombrados», «de «noites laurentas», de «un atardecer triste o doloroso», que «enrubescen o ceu», «de numa ancia desgrenhada», de los nervios «crispados por amarguras nas minhas noites perdidas», de perderse «na grande Escuridâo».

Lucinda acabó de recitar.

Palmyra se preguntaba: ¿pero y el gesto? ¿El primer gesto?

Una ternura de soledad y de atardecer largo las empujaba, pero hasta aquella misma mujer de fama perversa era tímida; comenzó su perversidad dejando caer el libro que guardaba entreabierto como un devocionario para encontrar con su cabeza al reclinarse para cogerlo el pecho de la amiga. Palmyra sintió en aquel tropezón una voluptuosidad extrema, sin engaño ni arrebato.

Muchas veces, en la necesidad de amansar los deseos locos de ternura de su cabeza, también ella había dejado caer a propósito un dedal, las tijeritas, un lápiz, así, en medio de una tertulia apiñada, para poder desvanecer un poco de la sed de ternura de su cabeza en un regazo ajeno.

¿Iba a ser una pasión espúrea la suya?

No. Iba a tener alguien que la acompañase con el mismo miedo y el mismo deseo. Necesitaba a quien confesar lo inconfesable, porque la pasión no es más que eso: compartir la misma confesión de deseo y hacer brotar por el roce el fuego mortal e instantáneo. El placer no puede dar una contestación, puede sólo emborrachar de preguntas o ensordecer la pregunta al reforzarse el preguntar.

«Ya sé que no es una concesión ni una realidad el amor--pensaba Palmyra--, pero es la posibilidad de preguntar, de exclamar, de pedir durante unos minutos cada día.»

Ese violento apretar los dientes del hombre ante la mujer que le cansa un poco, no se daría en la amiga.

Y en la hora del insomnio largo en que cualquier cosa calma, aquella mujer compartiría la pregunta incontestable, haciéndose cargo compasivamente de que a todos se asoma con igual desconsuelo.

XXIX

BIOMBO FINAL

Lucinda, deseosa de paz y holgura, se había quedado a vivir en la Quinta.

Las dos mujeres comprenderán mejor sus vejeces para las que al hombre sería siempre incomprensivo.

Entreveían la mañana con sus leches distintas y tenían vencida la necesidad complementaria.

En los primeros días bonancibles de su mezcla entrañable, se paseaban por aquella playa última del mundo europeo.

Entraban en la playa cuando el nublado del invierno había escampado.

Se veía el puente colgante del arco iris.

El sol rompía sus lápices al pastel de tanto como quería recalcar los colores.

La playa imitaba al desierto y para imitarlo más, un viento sur levantaba polvaredas de arena.

Toda ella revolaba como una vela y su sombrero era «corbeille» de los vientos.

Paradas ante la suave altamarea, que en vez de olas creaba fanales, se sentaban en la playa, que tan gran estuche de mujer es. Arreglaban la cama de la arena, y Lucinda se sentaba tan bien en la arena, luciendo con tal arrogancia su espléndido busto--en el que parecía estar su virilidad--que Palmyra la decía:

--Eres la amazona de la arena.

Brotaban las opiniones pueriles sin el temor que infunden los «¡qué tontería!» del hombre.

--Las conchas debían chuparse y saber a caramelo fino... Sobre todo esas que parecen un rizo de berlangot--decía Palmyra.

Cuando llevaban media tarde en la playa pasaba una ráfaga de abandono por sus imaginaciones.

A las dos, como a todas, se las habían escapado los hombres. Hasta el que se había ido a la muerte parecía haberse escapado también.

Por una dulzura de mujer que quisieran tener una tertulia en la antecámara de su panteón, se dejaba llevar de aquella amiga que le dió a leer los versos tendenciosos, en que la dulzura femenina parece encontrar su confidencia.

La última voluntad de amistad condescendiente y que no da el portazo de los machos al salir, se iba amparando de aquella hembra a la que podría asir por los cabellos y que sabía despedirse de ella todas las noches con la voluntad suprema de amanecer en el mismo tiempo, de saludarse en la misma mañana.

El drama de la incomprendida estaba resuelto. La otra la comprendía perfectamente y las dos se serenaban en el ser comprendidas.

Oían mejor toda la noche y saboreaban mejor todos los perfumes. No estaban atemorizadas y encerradas como cuando el hombre incomprensivo o presumido está cerca.

Ya aquella cosa dura, informe, cada día con nuevas violencias, había desaparecido. Ahora quedaban ellas que hacían juego con el estanque, que no lo perturbaban ni lo asediaban con las nubes negras de los presagios de rupturas, engaños y crueldades.

El día no tenía brusquedades ni incertidumbres de genio. Amanecían a un día de placidez, sin temor de ninguna hora, sin que una a otra se exigiesen una belleza meticulosa.

Sus miradas no perseguían los rasgos apuntados de la vejez.

El mundo resultaba más divertido, más asombroso, y las horas más grandes, más redondas, más claras.

Se asomaban a los balcones con alegría y saltaban sobre su busto apoyado en la balaustrada.

Una de las cosas que más adoraba Palmyra en Lucinda era que, además de su cuerpo, sabía arreglar sus encajes y sus ropas en todos aquellos grandes roperos que poseía Palmyra.

Tenía la paciencia de repasar los trajes y de sentir lo que de pasado amable, suave y perfumado quedaba en ellos.

--¿Vamos a arreglar los armarios?--preguntaba Lucinda, y Palmyra sonreía con encanto.

Su piel blanca se iba hacia aquella piel obscura... Después de todo el amor es una confidencia y sólo una confidencia de incompletables...

La soledad era cada vez más dolorosa en la Quinta... Los eucaliptos eucaliptizaban el alma. Todas las piedras de la Quinta tenían el temblor de su soledad.

En el porvenir se las perdonaría por la época de hombres violentos y zafios que fué aquella en que realizaron sus enchufes.

Esa cosa ambiciosa y desesperada del hombre, que es un eterno emigrante, se aplacaba en ellas.

En el salón del piano se oía cómo todas las horas tocaban sus sonatas diferentes. Estaba el teclado al aire para que el tiempo pudiese tocar aquellas teclas con amarillento tipo de dientes de caballo.

Su gran sensibilidad se daba cuenta hasta de cuando los ratones eran cogidos en las ratoneras de los sótanos y lanzaban en la noche el «glu» del ahogo último, cuando su rabo les quiere ayudar a escapar, y oyendo las cajas de música apreciaba qué púas las faltaban.

Pensaba constantemente en el fondo del gran estanque.

--Yo me haría boás con esos marabús verdes que hay en el fondo del agua. ¡Qué frescura en los días de verano!

--Cuando yo digo que eres una sirena aficionada a esos trajes de flecos que son como trajes de algas.

Por un lado la noche estaba detrás de biombos y por el otro estaba en pleno salón.

Esa manera con que el hombre tira de la mano femenina, arrancándola a toda contemplación para llevarla a la alcoba, no era la manera con que ellas se retiraban después de haberse adormecido mirando.

--En una quinta así llega a sentirse una bastarda de rey...

--Es verdad... O sea persona con toda la realeza y que tiene al mismo tiempo la inmensa fortuna de no tener que salir al mundo.

--Somos dos hijas bastardas de un rey.

--No--respondió Lucinda--, tú eres esa bastarda y yo tu dama.

Palmyra abrazó ludiéndola con su traje de niña, de pura niña, hecho de un «fular» blanco que daba dentera a las caricias.

La compañera era un abismo, pero uno de esos abismos consoladores en cuya sima hay un eco que responde. En el hombre el eco a veces no responde y huye.

Tejían interminablemente un jersey para envolver al mundo, el forrito de lana con que abrigar al terráqueo. ¡Ya era esa una buena misión!

Sólo no fracasan en la vida los amores muy excepcionales. Ella pudo encontrar al hombre alegre de la Quinta; ¡pero lo perdido que estaría entre las multitudes que hacen su manifestación de millones sobre cada lado del poliédrico terráqueo!

En la hondura inolvidable de su jardín acariciaba la humedad aterciopelada con sus manos para acariciar galgos.

Sentía una suprema mudez en sus sillones rústicos y veía cómo las palmeras tenían un cimbreo solemne.

--El hombre no ha llegado aún por su inteligencia a la misma finura a que la mujer ha llegado por su sensibilidad.

Era una pena tener que recurrir a la que era como espejo que reflejaba su misma mueca, pero había cierto consuelo en aquel desdoblamiento.

Un hombre no sabe estarse pacíficamente junto a una ventana. Ella con la amiga se sentaban en la carroza de la ventana y se pasaban la tarde viendo pasar el tiempo, y de vez en cuando a algún viajero de los caminos que lleva pan a alguna parte.

Es una paciencia mucho más larga que la de rezar el rosario la de permanecer junto a la cristalera de las grandes ventanas, con las cabezas saliendo apenas a flote sobre el alfeizar, metidas en el agua interior hasta el cuello.

Ellas con sus toquillas puestas se encrespaban en aquella visión del tiempo, como si viesen pasar un tren lleno de viajeros, un tren interminable que convertía el mar en una película de perforación universal.

Las dos sentían en las mejillas del alma el sabor de los musgos y en un día lluvioso encontraban profundidades de amor y naufragio, cantigas de tristeza y presagios.

La Quinta no tenía ya miedo de ser abandonada y todos los arbustos se les subían a los hombros como perros de alta talla.

La lluvia mojaba sus raíces y se sentían como árboles optimistas que agradecen el agua.

Las dos eran árboles que enlazaban sus raíces blancas, sus piernas desangradas por la alucinación voluptuosa.

--Estoy como una galleta mojada en té--dijo Palmyra.

Sentían, mirando los hoyos que hacía la lluvia, cosas hondas y su imaginación tenía más altura cuando la lluvia caía en caudalosas jarradas de esas que convierten los caminos en ríos nuevos, ríos improvisados y aún sin pesca.

--Siempre la invención del techo será maravillosa--dijo Palmyra.

--¡Qué gratitud a su inventor!--corroboró Lucinda.

Las lágrimas de los cristales caían por sus mejillas como por las de unas Magdalenas asomadas a la lluvia.

Nunca podría un hombre sentirse pacífico, en un internado de reloj como aquél.

Ni vicio ni alarde. Compañía, compañía inmensa, compañía insaciable con un momento de pegarse una a otra como lapas del desvarío.

La Quinta podría vivir ya quieta en su abismo de árboles.

Al vagido de Palmyra contestaría el vagido contrario, algo así como su mismo vagido enfundado en el eco.

Se reconocerían alertas en la noche y como eso es, después de todo, todo lo que se puede hacer antes de la muerte, se quedarían conformes.

--¿Oyes cómo suena la campana del paso del tren? Toca a que se abran los pasos de nivel para que pasemos nosotras...

--Sí es verdad, parece que debemos cruzar la vida en nuestros automóviles detenidos...

--¡Y con qué ansia de cruzar están todos los que esperan que pase el tren!

Estaban solas y, sin embargo, el ojo de la cerradura parecía tener la luz de una mirada.

El amor es estar trémulo, incapaz, desorientado, pero en segura compañía.

El frenesí brota por lo inacabado que se es, apareciendo en él los desperezos de todos los deseos. Es una aspiración al rayo que acaba en el abrazo.

No se ocultarían ni averiguarían el abismo en que consiste la inquietud de la vida. ¿Para qué engañarse? Antes y después abismo insaciable. Así no brotaría ese desengaño que brota en el hombre indignado por no haber sido saciado nunca. Ellas ya lo sabían, por lo menos antes de comenzar.