La quinta de Palmyra (Novela grande)
Part 10
Sólo dijo al pasar ante los molinos erguidos sobre el horizonte:
--Los molinos parecen coquetas que se han echado la sombrilla al hombro.
El valle la ofreció sus últimas flores por haber dicho aquello y abrió un poco más sus capullos bufándolos con ese gesto rápido de las floristas, fáciles comadronas de las flores.
Convenía decir una sola frase en paisaje tan puro. Sin ser sobrecargada esa única frase, quedaba como luminosa flor ultravioleta que luciese mucho.
Ante el pino solitario dijo de nuevo Palmyra, sin pensar en cómo eran de vanos los oídos que la escuchaban:
--Este pino, tan sólo, es como el pastor de un rebaño de pinos que se le escaparon...
Los miósporos primaveralizaban siempre los caminos, creciendo salvajes, verdes invierno y verano, siempre con hoja reluciente, fuerte y cantarina.
Los miósporos propalaban la cordialidad del buen clima y curaban todo desengaño. El miósporo no es árbol que consiente a los muertos congregarse bajo él. Sólo la vida, las tardes veraniegas, los andenes de sombra en los días demasiado soleados.
Los miósporos, árboles silvestres y no muy apreciados, bailaban la alegría del árbol con jarana interior.
Crecidos hasta entre las piedras del buen país son valientes, griegos, siempre como frente a un mar lleno de la ilusión primera, a la vista de los primeros barcos crédulos que llevaban un ojo escrito en la proa.
Muchos se desarrollaban en forma de gran bola, como nubes reales, quietas, agarradas a la tierra en la velocidad de su empuje, nubes hijas de la tierra como las otras lo parecen del cielo, aunque tienen que confesar, sin tomar en cuenta el símbolo poético, que también lo son de la tierra.
Los miósporos despreciados por los jardineros, eran el galope de las verduras, el encabritamiento del campo, una nota verde tan entrañable que era la tenacidad de la primavera en aquellos parajes.
¡En cuantas excitaciones a dejar su Quinta, se había agarrado a los miósporos verdes, varoniles, fuertes como los grandes clavos de que se amarran los barcos!
Se la ocurrió de pronto inventar la fiesta de Eva.
Escogió la mejor manzana de los pomares por que pasaron.
--¡Qué bien harías de Eva!--la había dicho él y ella había respondido:
--A la noche.
Y en el coche, con su bellísima manzana en la mano, tenía un tipo muy sugestivo de Eva vestida.
Al pasar por entre el caserío, con rubor de enseñar algo prohibido, ocultó la manzana.
A veces una rueda iba por el mar y la otra por la tierra.
El cabrilleo de las aguas producía un fenómeno picatorio.
Parecía que saltaban sobre las aguas como sobre una red las sardinas, más bancos de sardinas que los que había visto nunca cualquier pescador de experiencia.
Ante un árbol cortado, dijo Palmyra:
--Muchos troncos cortados imitan un tronco de mujer en corsé...
Todo estaba situado como en la última costa en que se sienten todos los pensamientos revoloteando en la nuca y delante el espectáculo magnético del mar divisionario. ¿Para qué se quiere más? Por eso la gran inmovilidad de la raza, que sólo es sonámbula de los caminos del mar y tira por ellos de vez en cuando.
En aquella tarde, la verdad ensimismadora del mar resultaba más consoladora, prestándose a un éxtasis sin remordimientos.
Subían el camino en caracol, ese camino hacia lo alto que parecía conducir al cielo en coche.
Los árboles se desconocían unos a otros, en cuanto los parajes daban la vuelta, pues cada cual daba a un punto cardinal distinto.
Aquella vuelta al pináculo tenía aires de regata en coche y de subida hacia aires más puros. Era a una especie de Parnaso a donde subían.
Los árboles se permitían el lujo de ser geniales en aquella altura y se adornaban con enredaderas como con sus bandas los personajes.
Se huía hacia el mundo de la jaula colgada en el más alto claro de la tierra, la jaula de tórtolos siempre arrulladores...
La verdad silenciosa y saudosa de Portugal, se sentía en aquel camino acaracolado entre árboles con musgo y liquen en sus troncos, con algo de los primitivos apóstoles del mundo.
Los chalets de los muertos inmortales parecían ser aquellos que les salían al paso y de cuyas ventanas colgaban las macetas de corcho.
La inconsciencia del vivir se refugiaba y resultaba espléndida bajo aquella luz de tarde feliz.
Iban por el camino, por el que ya nadie vuelve a encontrar al que busca. Se oía un coche que iba delante de ellos y nunca se le encontraba ni se le veía al final del camino.
Palmyra, con su credulidad apasionada, iba señalando con besos cada grado de la espiral.
El marino, que se sentía atónito como si el coche fuese a recular hacia atrás sin que el freno valiese de nada, se dejaba querer. Fumaba en su larga pipa blanca el cigarro cínico que se fuma en la punta de una pipa larga y recta. Hombre que despega así el cigarro de sí, también despega a la mujer de sus abrazos.
Plantas obscuras, follajes desconocidos y anónimos vivían su más pura virginidad, veían de puro obscurecidos que estaban como ven las máquinas fotográficas.
El cochero se transfiguraba en aquellas alturas y parecía un ser alado sentado en un pescante de alto tejado.
Las plantas pendolares ponían colgaduras en el paisaje, cabelleras tendidas, cascadas verdes.
Algún ciprés en la ladera era perpendicular, que daba ejemplo a los otros árboles.
En cuanto se daba una vuelta se sostenía más el paisaje sobre el abismo.
Se oían hilos de agua, saltos de agua en que se sentía la frescura de los berros y hasta se saboreaban.
--También tuvo rareza el gran señor ruso para hacer aquí su palacio--dijo el marino.
--Sitio ideal--dijo Palmyra--. Si yo pudiese trasladar aquí la Quinta, la trasladaba.
--No te comprendo--repitió Buonaventura, lanzando aquella frase bárbara que la dejaba sola, que tantas veces había desolado su espíritu.
Por fin se vió el palacio ruso, con su tipo entre capilla bizantina y casa antañona.
«¡Qué sorpresa la del señor ruso cuando después de haber visto subir a la última carreta con los últimos muebles, tuvo que abandonarlo todo muriendo!»
Aún bordearon los caminos espirales como con los caballos andando de pie por la empinada cuesta; los brazos delanteros nadando en alto sobre el aire.
Por fin llegaron a la puerta encerrojada por las hierbas.
Abrieron y toparon con aquella primera plazoleta rodeada de una balaustrada con dos jarrones llenos de agua. El marino, dijo:
--El agua de los jarrones sí que es agua bendita. Yo las únicas veces que me persigno es cuando encuentro una de esas pilillas de agua de Dios, del agua conservada desde el diluvio en los frescos tazones.
Después recorrieron un largo camino.
El coche había quedado lejos del palacio, a la entrada de sus aledaños llenos de árboles musgosos y con hojas blancas, hojas como las fichas de nácar que atesoran las cajas japonesas de tresillo.
Un criado, vestido con un triste pijama de domador, les fué enseñando aquel magnífico palacio que un ruso nostálgico de todas las Rusias se había hecho construir en el ideal Portugal.
Había habitaciones bizantinas como vestidas de torero.
Los íconos lucían su gesto momificado y los monstruos y dragones eran ya las quimeras con que el imperio chino apuntaba su influencia.
--La sala de los zares--decía el guía--hecha a imitación de la llamada del «pequeño trono», en el palacio episcopal de Moscú.
Todo sabía a facsímil húmedo del poder lejano. Como las patatas almacenadas en sitio poco a propósito todo aquello sabía a humedad y había echado tallo.
¡Cómo se habían abrigado en la lejanía de sus todas las Rusias con tapices, muebles y alfombras!
En la tarde de blandura portuguesa habían querido congregar la Rusia tan adornada y tan recargada, quizás para vencer al frío.
Resultaba chocante todo en aquel ambiente y tenía ferocidades de adorno, algo que hacía dañoso el sosiego del paisaje.
--Yo no hubiera vivido en casa tan alhajada--decía Palmyra.
--Comprendo que se muriesen en seguida sus dueños bajo el peso de tantos adornos y recuerdos...
--¡Ah!--decía respirando y abriendo los balcones que daban al luminoso paisaje--¡Ah! Pero tenían los balcones...
El marino iba detrás de ella con paso de marino que, por verlo todo, entra a ver las cosas artísticas en los puertos a que llega, paso del que ve de prisa y apenas se entera, paso del que recuerda Constantinopla a cada paso.
Anocheció en el vasto comedor del palacio ruso, donde se sentaron a descansar, y en el que Palmyra, con escándalo del guía, dió a la espita del samovar vacío, acercándole una taza de china en actitud de ordeñar a la enorme tetera.
Ya de noche, emprendieron el camino del regreso.
El iba con la pipa encendida y repanchingado en su asiento como en un barco. Ella iba inquieta y no encontraba asiento en el coche.
El fresco de la noche hacía desear envolverse en chales y gabardinas que no tenían a mano.
Pasaron junto a los criaderos de langosta:
--No quiero langostas de criadero, como no me pondría perlas si supiese que eran de criadero--dijo Palmyra.
--Los troncos cortados en el bosque sueñan con ser navíos--volvió a decir ella para romper el largo silencio.
El imitó un murmullo de aprobación. No comprendía aquella noche la emoción que repartía la luna.
Palmyra seguía hablando sola y con medias frases decía: «o mar na praia chora»... «as fontes da sombra...» «minha janela estará aberta»... «sombrias borboletas»... «pombas doloridas da noite»... «os vinhedos en repouso»...
En los vericuetos portugueses es donde queda un eco del tiempo antiguo, las últimas ráfagas del pasado como gallinas vivas del tiempo antiguo que se entretienen en su última plazoleta de árboles, en cualquiera de esas plazoletas que nadie trazó y que son su refugio.
Esas gallinas vivaces como horas redivivas picotean el presente y lo dan solemnidades infinitas, escondiéndose bajo los árboles bajos cuando se piensa en eso.
Los sándalos--llamémosles así--daban su perfecto olor a sándalo. El abanico de la noche les era acercado a la nariz con ese gesto tan desenvuelto de la damisela que pone el suyo bajo la nariz del caballero que busca un perfume que al fin encuentra.
Una flor india, con emanaciones azafranadas, sazonaba el paisaje como el «curaré» sazona los arroces.
Los caballos que no estaban acostumbrados a aquella hora y que sentían lo que de navegación tiene el camino de la vera mar, iban respingosos, con miedos súbitos de criaturas infantiles.
Las cuestas se hacían difíciles, más rampantes que por el día, con menos freno. El cochero reunía una contra otra las cabezas de sus caballos, enlazadas en un característico gesto hípico de no quererse, de juntarse a la fuerza, de besarse frente al abismo por la tiranía de las riendas.
¡Ah! Había llegado ese momento en que parece que se les viene encima el mundo a los caballos, todo el mundo empujándoles hacia abajo por la rampa de una cuesta.
Repiqueteaban los cascos sobre el tambor del mundo con tamborileo de muerte, de pánico, de espanto. Era el redoble de la ida a pique, del preámbulo al arrojo de ir a morir, de despeñarse, de resbalarse sobre el abismo. ¡Braceo último de los caballos desbocados, vertiginosos, de tupé desgreñado y fosco!
El cochero se puso en pie y el marino también, como capitán que en el último momento va a quitar el timón al timonel catastrófico. ¡Pero ya no hubo tiempo!
Los Caballos tuvieron un gesto de espanto máximo por que se vieron tronchados en el abismo, y el cochero cayó revuelto con ellos, mientras Palmyra gritaba agarrada a la capota, y el marino saltaba fuera del coche, agarrándose a un arbusto.
Por lo menos todo halló su fin pronto, es decir, todo hizo pie rápido en la catástrofe.
El capitán, a salvo en la greña del arbusto milagroso, se dió cuenta del caso, Palmyra no estaba muerta sino mal herida; el cochero estaba destrozado; un caballo estaba materialmente aplastado, pero el otro se había salvado en tan bestial aplastamiento.
Rápidamente se arrastró por la tierra Buenaventura y comenzó a bajar hasta la plazoleta de la catástrofe, final de la merienda de la muerte.
Bajaba como al fondo del mar convertido en buzo que busca a la mujer bella del naufragio. Sentía rebeldía contra aquel anochecido diáfano en que la catástrofe resultaba más inexplicable e injusta. En el fondo del mar hubiera resultado mejor, más blanda la caída, menos dolorosas las heridas.
El caballo vivo, espantado, pero prisionero, se hacía el muerto, tendido junto al otro para aplacar al destino.
Palmyra estaba desmayada, con ese desmayo de cuya sordera no se sabe cómo se ha de sacar a la que ha caído en él.
--¡Palmyra! ¡Palmyra!
El cochero, doblado como sólo se dobla el cuerpo con la muerte, tenía la folletinesca muerte de aquellos postillones a los que mataban los bandidos.
El marino buscó por los alrededores de aquellas cañadas la casa de socorro, el chalet en que organizar la angarilla para transportar a la herida.
En aquella cañada no había refugio.
En eso oyó un automóvil y salió al camino que daba allí su vuelta, un tramo más abajo--¡pero qué tramo!--del otro camino del que se había desgajado el coche.
--¡Eh! ¡Eh!--gritó al automóvil que zarpeaba el camino con sus ruedas de atrás.
El automóvil paró como si hubiese atropellado al que no había alcanzado aún.
--Hay una dama herida de gravedad, aquí cerca, y un cochero muerto... Un coche que se ha caído al abismo. Yo me he salvado por casualidad.
Saltaron del automóvil todos los ocupantes, dispuestos a recoger a las víctimas.
Buonaventura estaba satisfecho de presentar a una bella mujer, al mostrar a su desmayada Palmyra.
En efecto, todos sintieron simpatía por la bella desgraciada y sobre el largo almohadón desprendido del coche, desprendido en la merienda de la catástrofe, la llevaron al automóvil.
Todos comprobaron que el cochero estaba muerto; pero en atención al _chauffeur_ lo trasladaron también al automóvil.
--¿A dónde?
--A la Quinta de Palmyra... Junto a Amarantes... Antes recogeremos al médico.
El automóvil partió tan raudo como en las carreras o como los automóviles de los bomberos que van a apagar el fuego.
Paró un momento en las afueras de Ardantes, en el Chalet Florido, donde recogieron al doctor y su botiquín, y por fin entraron en la Quinta, donde la cama amorosa de la alcoba, llena de altares y altarcitos, fué el primer consuelo de la herida, las primeras hilas en ancho engavillado.
XXVI
HERIDA HASTA EL ALMA
Palmyra estaba dentro del proceso lento de la curación de heridas.
Vivía desarraigada de todo, en su rincón de fiebre, vencida por los colores amarillos y el dolor agudo de la cura de la tarde.
Todo podía complicarse, pero la herida se portaba bien, tenía testarudez en estar abierta, pero no se gangrenaba, era fresca y se mantenía gozando su abertura.
Hasta que la llegase ese día en que de pronto se cierra como una boca que se frunce y se aprieta.
En aquel dolor de sus heridas sentía más viva la rebeldía contra el mundo y amaba con más delirio los consuelos de su Quinta custodiada por las palmeras, con auras de salud entre las hojas de sus árboles.
El marino no sabía consolarla. Se le acabaron sus palabras de consuelo desde el primer momento.
El sólo servía para el consuelo inminente y enérgico.
Estaba impaciente. Le irritaba aquella espera del doctor durante todo el día.
Era el doctor el hombre principal de los días y él se sentía relegado en ese aire de disecación que crea el olor de las medicinas para las heridas.
Los grandes frascos con tapón de cristal contenían la salud que hay esparcida en las tardes de primavera.
Ella parecía la embarazada de todos los días, en un parto interminable lleno de ayes que se estampaban en las paredes.
Buenaventura se sentía algo así como culpable de aquella herida y parecía burlarse de ella al no estar él también herido.
El médico mismo le miraba como a quien se ha escapado a las heridas que tuvo la obligación de hacerse en la catástrofe.
Los vuelos atados de las palmeras le incitaban a irse.
Si ellas no podían, él podía desprenderse, pues para eso no era un árbol.
Un día, aprovechando el optimismo del atardecer, después de haberse ido el doctor conforme en que iba mejor todo, la enferma embellecida por las pomadas y llena del agua de colonia de las lociones de la cura, Buenaventura la planteó su marcha:
--Esto es lento... No estás para pasiones... Mi deber me reclama.
Palmyra, empapada en la salsa de las heridas, sonrió.
Conocía aquella traición, pero aquella vez le pareció más innoble. Herida en aquella excursión, al ser la víctima ella sola, lo había sido por abnegación, como salvándole a él y dándose en holocausto a la tragedia...
Palmyra dijo irritada:
--Te pudiste haber ido antes de la excursión al Palacio Ruso... Así no me vería como ves...
El encontró en aquellas palabras la injusticia que combate a la injusticia en la vida. Contestó, sin embargo, para contenerla en los ataques:
--¿Es que me vas a echar a mí la culpa?
Palmyra lloraba contra la almohada, gran esponja de lágrimas.
--Yo volveré...
Palmyra se destapó airada y dijo:
--El que se va no vuelve... No pienses volver jamás... No serías recibido... ¡Querrías que fuese una albergadora de caminantes! No... No vuelvas.
Aquel dominio del atardecido de la Quinta la hacía fuerte y todo el silencio la secundaba y la contestaba como un coro.
No había hombre lo bastante discreto para entrar en aquella alcurnia de la vida. Todos eran perláticos, desmañados, orgullosos de su infidelidad.
¡Qué cosa burda y ambiciosa se despertaba en aquel hombre!
La rudeza del hombre, su negación inesperada, su creerse misionario de una misión de viajes, surgía en él.
«Otro que tal», se dijo ella.
¿Cómo decirles que no tenían que hacer sino estarse quietos y no ser ridículos? No comprendían. Su locovelocidad era estúpida.
Todos parecían ir a decir siempre:
--Dame el gabán y el sombrero para irme a cualquier parte.
Ninguno se sabía quedar. Todos tan sentimentales, tan grandes, tan talentudos, con tanto carácter; pero ninguno sabía quedarse, aquel quedarse en que no había ninguna renuncia.
Elle se sentía más sabia que ninguno al apreciar lo que era aquella Quinta al borde del mundo y despreciaba a todos los hombres como a ladrones que huyen después de robar. Hasta la había enfriado el deseo el verles quererse ir agarrándose de los árboles con velocidad de monos inquietos y foragidos.
La prueba de la soledad hacía grande a su Quinta como un templo abandonado.
Todos querían ser transeuntes en aceras de las siete de la noche en ciudades americanizadas.
La parecían, en vez de seres humanos con una idea de su latido en la tierra, lenguados para las piscinas de los escaparates de joyería, una mezcla de cosa y ser que la dejaba fría.
No existía el héroe, que sería el que soportase la Quinta y se amansase en su recinto. Todos eran tan insensatos que no podían comprender el mundo, todos tenían la infatuación de irlo a buscar para comprenderlo en medio de sus caminos.
La despedida fué violenta, seca, entregándole con indiferencia su mano como de gallina muy cocida por la fiebre y repitiéndole al oirle insistir que volvería, un «no vuelvas nunca» sin reservas.
Todos quisieran volver alguna vez, pero no lo consentiría ella. Allí, o se quedaba el que fuese o no la alternaban con sus olvidos y sus otras conquistas. El único castigo de todos sería el de no poder volver. Nunca más.
Las palmeras asomando por la gran ventana, decían: «No, no», como aseverando el estribillo de Palmyra: «¡No vuelvas nunca! No te recibiría».
«No, no», decían las palmeras removidas.
La consolaba verlas desde su lecho como coro leal de su negación a dar nueva posada al que se iba.
XXVII
SALIDA DE LA CONVALECENCIA
Pasó Palmyra el lóbrego pasadizo entre la vida y la muerte.
El infernillo de la fiebre ardió en su frente noche y día, buscando sus manos como un consuelo el frío mármol de la mesilla.
La vida como siempre que atisba, roza o huele la muerte, tuvo temblores y titiriteos blandísimos. Hubo momento en que creyó que había muerto, y sin embargo, era que retoñaba en ella la vida en la propia herida.
La melancolía la sentaba mejor.
Aquella belleza pulimentada que le había quedado era como estatua de fuente seca, pero cuya agua corrió mucho.
Echada en sus divanes, tenía aún brillos del amor de las aguas pasadas.
Ninguno de aquellos hombres vanidosos que imitaban al que tiene que hacer algo lejos, comprendía que allí el tiempo caía en el pozo que le correspondía, en vez de quedar desenterrado y vano como por donde iban.
La Quinta, temblorosa, hospedaba el fantasma del hombre imposible, con algo de mujer, pero sin irse por eso con los hombres, sino con las mujeres.
Nadie sabía quedarse allí para siempre y abonarse a todos los días, sin ansia viajera y sin espera del día siguiente.
Ese mamar del aire universal en el perdido balcón en que el aire es dulce, no lo comprendía nadie.
Sólo ella se asomaba a los balcones del día para amamantarse en las mamas del espacio.
Sólo ella sentía cómo el pezón de todo el espacio caía en su boca en pacífica suspensión y dedicación.
Todo recae sobre nosotros, todo tiene aquí su reflejo.
La había quedado un miedo especial a aquel palacio ruso, a aquellos ídolos de que se había reído y al hombre.
Salía nueva. Más embellecida, con el hueco que queda entre el lagrimal y la nariz más profundizado por el dedo del escultor que nunca deja de retocar las bellezas que sostiene en la vida.
Necesitaba el amor que no hace su maleta y se va, el amor que sabe agonizar detrás de las cortinas, en el fondo de lecho que hay en las habitaciones de la Quinta.
Todo tenía en la Quinta defensa de puerto con el que lucha el mar.
Las cadenas que sostenían las cortinas, rematadas por unas bolas tachueladas de estrellas aristadas, parecían grilletes de los que se habían escapado los presos.
Se sentía Palmyra en el fúnebre coche estufa que boga por los mares de la muerte, pero en el que el muerto se siente vivir.
«En estas soledades--pensaba Palmyra--se conversa con los reyes desengañados.»
Todo en la Quinta tenía aspecto de tocador de mujer. «¡La verdad es que todo esto se ha vuelto tan femenino! Los hombres necesitan irse a la guerra y a las ciudades».
Una idea antigua bullía en su mente y la recorría el cuerpo como una vergüenza mezclada de voluptuosidad.
Aquella paz, llena sólo de la sombra de los grandes navegantes y descubridores cansados y desdeñosos de sus descubrimientos, podría ser compartida sólo por otra mujer.
¿Pero qué mujer? No quería la abnegada tía, ni la que se convierte en brusca ama de llaves, ni la que viene a compartir sus suspiros y desea siempre una enfermedad que curar.
Necesitaba la amiga que sabe abrazar con abrazos que desean curar y curarse de todas las nostalgias.
Dió su primer té de recién curada, el té de las felicitaciones, como si fuese el día de su santo aquel primer día de presentarse compuesta en sus reuniones.
Lo preparó todo en el cuarto de los retratos, aquel cuarto nostálgico que por estar tan lleno de miniaturas y fotografías dentro de las coronas ovales de sus marcos tomaba su ámbito algo de cementerio.
Dieron las cinco de la tarde, aquella hora en punto que se la clavaba siempre como una espina.
Llegó doña Elisabeth con un tipo inglés en que bajo el aire rígido que conservaba, aparecía la hija del que fué zapatero desde el principio del mundo.
Don Mariano Guisasol apareció con aquel chaleco de seda brochado que parecía haber tenido viruelas y apretó su mano con tal fuerza, que se fatigó y se sentó exhausto a su lado. Estaba muy gastado el pobrecillo.
Don Vasco apareció más profesor de botánica que nunca. Era como el doctor que se tuvo desde la niñez y que es tan desinteresado que asiste a la fiesta de alegría; cuando su antiguo enfermo ha salido de una enfermedad gracias a otras manos.
Encontró en don Vasco al hombre de gafas perspicaces que se acerca a la mujer como si fuese un naturalista. Era como el tocólogo de gran experiencia que toca a la mujer poniéndola las manos en los sitios en que la queda un dolor rezagado.