La quinta de Palmyra (Novela grande)

Part 1

Chapter 13,924 wordsPublic domain

LA QUINTA DE PALMYRA

LA QUINTA DE PALMYRA

(NOVELA GRANDE).

POR

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

BIBLIOTECA NUEVA

Propiedad.

Derechos reservados para todos los países.

Copyright 1923 by Ramón Gómez de la Serna.

Gran Establecimiento Tipográfico de «El Adelantado de Segovia»

OBRAS DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

_Entrando en fuego_ (agotada).--_Morbideces_ (agotada).

_El concepto de la nueva literatura._--_Cuento de Calleja_ (drama).

_Mis siete palabras._--_El laberinto._--_La bailarina._--_El libro mudo._--_Las muertas._--_Sur del Renacimiento escultórico español._

_Ex-votos._--_El teatro en soledad._

_El ruso._ En el «Libro Popular».--_Ruskin el apasionado_, estudio crítico publicado con la traducción de «Las piedras de Venecia». Editorial «Prometeo», Valencia.--_Tapices_ (agotada).

_El Rastro._ Editorial «Prometeo», Valencia, 1,50 pesetas.

_Pombo_ (tomo 1.º). Librería Beltrán, Príncipe, 16, 4 pesetas. Numerosos grabados.--_Senos_ (ilustraciones de Apa). Librería Beltrán, Príncipe, 16.--_Greguerías._ Editorial «Prometeo», Valencia.

_El Alba._ Editorial «Saturnino Calleja».--_Greguerías selectas._ Prólogo de Rafael Calleja, 2,50 pesetas. Editorial «Saturnino Calleja».

_El libro nuevo_, 4 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.--_Virguerías_, 4 pesetas (Los pedidos al autor, Velázquez, 4, torreón)--_Variaciones._ Ilustrado por el autor, Atenea, Ferraz, 21.--_El Prado_, numerosos grabados, 2,50 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.--_Toda la Historia de la Puerta del Sol y otras muchas cosas._ Con numerosas ilustraciones, 1 peseta. Beltrán, Príncipe, 16.--_El drama del Palacio deshabitado_ (2.ª edición, seguido de otras obras de teatro como _La Utopía_, _Beatriz_, _La Corona de hierro_, _El lunático_). Un tomo 5 pesetas. Editorial América. Sociedad General de Librería, Ferraz, 21.--_El Doctor inverosímil._ Novela grande. Atenea, Ferraz, 21. _Disparates._ Calpe. Colección de humoristas.--_Pombo_, segundo tomo, con numerosos grabados. Beltrán, Príncipe, 16, 10 pesetas.--_Los muertos y las muertas_, (Atenea).--_El Gran Hotel._ Novela grande. Editorial América, Ferraz, 21. _Leopoldo y Teresa._ En «La Novela Corta».--_El olor de las mimosas._ En «La Novela Corta».--_Ramonismo._ Ilustrado por el autor. Calpe. Colección humoristas.--_El Novelista_, (novela grande). Sempere, calle Martí. C. C. (Valencia).--_El incongruente._ Novela grande. Calpe.--_La Saturada._ «La Novela Corta».--_Vida, pasión y muerte de un humorista_ (novela grande). Calpe.--_El hijo del relojero_, (novela grande).--_El ramo de Begonias_ (novela grande).

_El Chalet de las Rosas_ (novela grande), 4 pesetas. Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).--_El Circo_ (en la serie «Los Guasones»). 2.ª edición muy aumentada y corregida con portada de Bon e ilustraciones de Apa y del propio autor. Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).--_Cinelandia_, novela grande, 4 pesetas. Sempere, Martí C. C. (Valencia).--_La malicia de las acacias_, novelas, 4 pesetas. Sempere, Martí C. C. (Valencia).--_Gollerías_, con numerosas Ilustraciones del autor (también en la serie «Los Guasones»), 4 pesetas. Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).--_Mauricio Barrés el enlutado_, con grabados y fotografías. Sempere, calle Martí C. C (Valencia).

Obras publicadas por la «Biblioteca Nueva» (Lista, 66)

_Muestrario_, 4 pesetas.--_In Memoriam_, de Silverio Lanza, 4 pesetas.--_El cubismo y todos los ismos_ (con numerosas ilustraciones).--_Efigies_ (dos tomos con curiosos grabados, a 4 pesetas tomo).--Tomo I, Aloisyus Bertrán, Baudelaire, conde Villies de L’Isle Adam, Gerardo de Nerval.--Tomo II, Oscar Wilde, El conde de Lautreamont, D’Annunzio, Remy y Jean de Gourmont, Colette Willy, Edgard Poe.

NOVELAS GRANDES

LA VIUDA BLANCA Y NEGRA 4 PTAS. EL SECRETO DEL ACUEDUCTO 4 » LA QUINTA DE PALMYRA 5 »

TRADUCCIONES

_Echantillons._ (Trad. Valery Larbaud y Matilde Pomes en «Les Cahiers verts».) _Seins._ (con ilustraciones en «Les Cahiers d’aujourd’hui»). _La veuve blanche et noire._ (Prólogo de Valery Larbaud, trad. de Jean Cassou, en la editorial Simón Kra.) _Le Docteur Invraisemblable_ (Prólogo de Jean Cassou y trad. de Marcelle Auclair, en la editorial Simón Kra.)--_Gustave l’Incongru_ (traducción de Jean Cassou en la editorial Simón Kra).--_El Incongruente_, _La viuda blanca y negra_, _Cinelandia_, _Ramonismo_, _El Doctor Inverosímil_ y _El Gran Hotel_, han sido traducidos al alemán.

LA QUINTA DE PALMYRA

I

DESCRIPCIÓN DE LA FINCA

Primero había una alta tapia cubierta de musgo pardo como si llevase sobre los hombros una capa de terciopelo. La puerta era una enorme puerta en cuyas dos columnas ponía: en la de la izquierda QUINTA, y en la de la derecha DE PALMYRA con su particular ortografía portuguesa. Sobre las columnas se destacaban dos jarrones tradicionales.

Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el palacio; pero se le entreveía en el fondo recibiendo dos caminos en su puerta central, a la que se subía por una suntuosa escalinata.

Era un palacio clarito y triste. En los copones de sus esquinas estaba depositada el agua de las lluvias antiguas, como reservorio de las lágrimas del cielo.

En el centro, sobre el ángulo de la frente de la casa, como atributo divino, había una diosa pagana que se recogía la túnica sobre las bellas piernas. Era de mármol y tenía los colores variados del tiempo y los hoyuelos que hace la lluvia en el mármol como si le regastase el mar. ¡Cuánta lluvia había bañado a aquella mujer!

Quitaba aquella escultura a la casa lo que de picudo tienen los tejados en forma de toca.

En señal de gratitud, ya que las chimeneas hacen tanto bien a las casas, como todas las chimeneas de Portugal, aquellas de la Quinta estaban elevadas y convertidas en algo más que en chimeneas y parecían palomares, vástagos de la casa con pretensión de ser alguna vez casas auténticas, nuevas casas más altas que la madre.

En los guisos campesinos y magníficos que se preparasen en aquella cocina tenían que influir las chimeneas artísticas de alargada y ancha rendija, muy boconas para dar salida a todo el humo de las grandes cazuelas.

En un lado del pecho de la casa había incrustados unos cuantos azulejos azules, de esos tan portugueses en que parece derrumbarse un cielo azul recién lavado, con nubes que aún no han acabado de destrizarse, nubes buenas que han endulzado el cielo con sus azucarillos.

Esos azulejos portugueses en que se refleja un día hermoso y un poco mojado decoraban las fachadas del palacio de Palmyra, palacio de melancolía antigua, melancolía deliciosa como lo es el vino viejo.

¡Qué reflejo de un día antiguo había en los ladrillos azulencos y optimistas!...

Entre todos los azulejos sin disimulo en sus junturas, se componía una viñeta marina, un navío azotado por los vientos y por la tempestad.

Ya esos cuadros de azulejos que suele haber siempre en las fachadas portuguesas ponen lágrimas, ojos azules a través de lágrimas, en la fisonomía de la casa.

¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos? ¿El día inaugural y feliz de la casita?

El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos, azulosados.

A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos.

A un lado, en lo alto, tenía la Quinta una espadaña con su campanita para pedir auxilio.

Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional, otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba cerrado por una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas en lo alto, miraban a través de sus cristalitos, como ventanas encaramadas desde las que se veía el mar un confín más allá, un escalón más abajo del escalón visible del horizonte.

Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos de fina batista con ondulada muceta. La ropa blanca de los balcones siempre estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de la casa encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca.

Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de mujer pulcra que huele al alba angélica de la ropa blanca muy bien lavada y oreada.

Iría bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos visillos su gran presentación rizada y atirabuzonada.

En el jardín se encontraban cenadores, mesas de granito, bancos de parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque chiquitín al que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño sentado en unas peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen conchas de peregrino.

El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía mucho cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza, aquel refugio de segura intimidad.

En aquel rincón de Portugal, junto al pueblecito de Ardantes, la paz del mundo era regia y aquella Quinta respiraba felicidad y sosiego.

Todo el paisaje ayudaba a esa sensación, un paisaje de ningún lado del mundo, paisaje de los cuadros relojeros que tienen el reloj en una torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de esas nubes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendimientos dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el tren del tiempo.

Serán esas nubes como humo que no se deshará hasta la mañana siguiente, en esa hora disolvente del alba que puede con todo.

La Quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaje; pero después se veían muchos hotelitos, hotelitos trazados por el tiralíneas del capricho, hotelitos felices que se hicieron con la ventana ideal en el sitio estratégico de la pared y en la forma que señaló con lápiz el mismo propietario.

Eran hoteles para el verano.

Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente construye un hotel y a raíz de eso pierde la felicidad o escoge otro sitio o muere sin que nadie se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado!

¿Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener imágenes en tanto tiempo y qué consolas carcomidas no habrá en el fondo de esos hotelitos?

Se destacaban los torreones, esos torreones inútiles en los que no hay nunca un vigía, hechos en balde para que no suba nunca nadie, torreones orgullosos a los que sólo ascendió el dueño de la casa el día de la inauguración.

Miraban sus deslumbrados cristales a sitios distintos, con visión de horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de distinto color.

¡Qué pena los torreones inútiles!

Después, situando el hotel, venía el mar, un mar sin colonias próximas ni pueblecillos caídos en la ribera, un largo trecho de costa en que daba la casualidad que no había afincado nadie.

Del pueblo próximo, y para ver el célebre faro que se levantaba en aquel paraje, iban gentes que querían pasar un rato allí y se sentaban a tomar algo en la cantina del antiguo farero, que tenía una bella niña de ojos azules hija indudablemente del faro, como sueño de las olas y la noche.

Se producía en aquel paraje una de esas entradas en que el mar vive tranquilo y lame la costa.

En esa entrada alargada y tendida que hace muy pocas veces el mar en otros sitios, parece que descansa y añade también a todo el paisaje una emoción de serenidad manifiesta.

También venía aquí el mar a reponerse, a rehacer las fuerzas deshechas de tan trabajado y rebatido como se siente y está después de tantos siglos de labor.

Su lengua más vieja, su verbo más usado, era el que se adunaba y se reponía allí.

II

INTERIOR DE LA QUINTA

En el interior de la Quinta de Palmyra todo eso se remansaba más y las humedades del jardín se hacían compota en las compoteras de cristal tallado, de las que es agradable tocar la calidad de piña de cristal que tiene la tapadera.

Los muebles estaban pasando una temporada de primavera eterna, y por eso se les veía plácidos, como dedicados a la lectura y a la conversación.

En el centro de los grandes salones había asientos como esos de los Museos, que dan toda una vuelta alrededor del tronco redondo del respaldo. Sobre el pináculo de su remate se erigía una estatua que unas veces levantaba una palma en lo alto y otras tocaba una lira.

Numerosos veladorcitos con ceniceros, libros y cajitas revestidas de conchas se acercaban a los grupos de asientos en actitud servicial.

Varios relojes ingleses, de gran esfera matemática y con algo de mapa, se alzaban sobre muebles confidentes.

Bustos con la melena Luis XV estaban colocados en las esquinas de las habitaciones, resguardándose en las esquinas, y como dejando sitio para el paso para disfrutar una vida disimulada y pacífica.

Por detrás de todas las conversaciones, escondidos en un esquinazo, estaban sus cabezas.

Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos.

Tan opulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo así como una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes.

Se vivía en el cuajo de las habitaciones, en sus últimos rincones, lejos de su decorado y aceptándolo como un incontable aliciente. En aquel conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una sorpresa cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en cera y pelo de los antepasados, y otro un relicario apenas visto.

Casa llena de caracolas como adorno de todo pie de consola o toda mesa libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se componía entre unos y otros. Estando muy atento se oía otro rumor que no era el del mar lejano, una especie de ruido de oídos de las caracolas. ¡Oídos incurables!

Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y ultraterrestre.

Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como para no recibir a nadie, y, sin embargo, prontas para recibir a alguien. Había numerosos despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos hallarían además un balcón ideal en cada cuarto.

La Quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus persianas estaban entregados a un duerme vela constante.

Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter de Semana Santa, cuando toda imagen se envuelve en un paño morado.

Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el sitio predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en las que no se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas. Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de roca, las pulseras eran como grilletes para la prisionera de la riqueza.

Pero en ese interior lo importante es la sombra de los rincones, la sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron estar nunca y que son los que hubieran llenado la soledad del palacio, seres excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos que hubieran conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía telas de sombra en las esquinas de las habitaciones de la Quinta.

Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el dulce estrago de la Quinta, y casi todos habían acabado viviendo en Lisboa o en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la propiedad y edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, lo habitó hasta el día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, su única descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el dulce retiro, tomar buena cuenta de todas las cosas en aquel dulce paraje, y oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la ciudad. Era Palmyra el alma flotante de la Quinta, la que la hacía apetecible y conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la avenida que paraba a la puerta de la casa.

En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas sembradas en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá otra, tenía un prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que vivía año tras año en la Quinta ideal.

Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño de sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos ojos negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que se podrían llamar mordorés.

Su voz tenía la suavidad infantil que la daba el portugués.

No es que mezclase en sus palabras «eses» andaluzas, ni «ces» con zedilla, sino «equis», muchas x x x x intercaladas entre las palabras, dándolas exquisitez y dulzor.

Palmyra era un dechado de dulzuras y equis. Todo lo sugería y lo preguntaba al mismo tiempo, a todo lo daba vaguedad y dejaba que pudiese ser de otro modo.

Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana que daba amor por ella, gustándola salir con los brazos desnudos, los brazos que amarilleaban y se ponían cárdenos de friolencia sin quejarse nunca. Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el cierre del abrigo.

Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa, mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más tibio y cándido, el nido blando en que se mecían.

La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba. Era una cubierta del lienzo que usan para las velas de los barcos, en el que una aguja paciente había bordado debajo de un precioso papagayo verde:

_Papagaio da pêna verde_ _Naó venhas ao meu jardim_ _todas as penas se acaban._ _Só as minhas nao tém fim_

¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país en el inmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía aquella voz excepcional y pulida como por haber cantado mucho.

Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las palmeras y el mar, un mar que resultaba un escarpado y ancho patio.

Sobre todo, a las horas de tren, estaba acodada sobre el alféizar de la ventana más bonita desde la que se le veía recortado sobre el mar, coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas de los vagones que en la amplia marina que se destacaba por encima y a los lados del trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar, como poniendo las ventanillas en blanco, era de lo más particular de aquella visión del tren de la costa, en el que el mar era un aderezo contrastante.

El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed eterna con cerveza salada y fresca, encaperuzada por la espuma de nieve de las bebidas refrescantes.

La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en dentición perpetua, se calmaba con el mar.

Daba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que la había dado su madre. Cada ola que se rompía era una medida de agua fresca que la echaba sobre la cabeza. Se rompía sobre su espíritu cada ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua.

¡Cuántas conchas de agua vertidas sobre el agua! ¡Cuántos bautismos fatales!

Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros, son los que añaden vida a la vida.

Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas. ¿Las quería? ¿Las odiaba?

¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más lejos!

Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela, de su muerte.

Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la inquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad, que sonríen aun los días más duros.

Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en medio de todo. Enjugaban sus preocupaciones con su gran simpleza y ese optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de luna, parecíase como recortada luz del sol en el paraje de las playas.

Palmyra apenas salía de esa contemplación y veía venir y alejarse los trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les deja andar más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enreda en los árboles.

Pero tanto la magnífica soledad de la Quinta como la frialdad del mar, la hacían necesitar del amor como única reacción contra aquellas dos grandes influencias.

III

ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA

Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el tiempo pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó que eso se debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se dejó seducir por ese joven español que está a su lado, Armando Vivar, que se hacía tener por un aristócrata español y vivía en el palacio desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, y recibiendo en sus brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del paisaje.

Armando era un huído de España no se sabe por qué misteriosos asuntos. Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un ribete de plata en las sienes.

Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno. Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de charol mientras habla.

--¿Y tus posesiones de la India, cómo son?--preguntaba con visible entusiasmo.

--Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento a su desembocadura.

--¿Y hay grandes árboles, de esos que tienen dos siglos?

--Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los indígenas casas para varias familias...

A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en que el niño pregunta como un niño ávido.

Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su axila y depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno.

Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda seguro de la Quinta.

Se adornaba mucho para retenerle.

Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban con singular encanto a la luz del sol de la tarde, cuando se acercaba a las dulces ventanas.

Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz movibles a cualquier gesto de su cabeza.

Armando miraba esa animación viva que lentejuelaba la pared como lanzamiento de los espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar la tarde a fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más próxima la caja con su orla de fina puntilla y en la estampa un caballero de grandes bigotes, gran cadena, dije de oro y cargado de sortijas; pureador como un rey, con placidez de gran tendero en la expresión. Eran esos grandes señores de Partagás, de Bravo, o de Gómez, grandes amigotes de su soledad, retratos de parientes bonachones y con gran bigote.

La sedosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La Quinta entera estaba siempre llena de humo, como si hubiese entrado en las habitaciones el humo de la cocina.

Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía en su muralla espesa y al fin se acostumbraba y le hablaba con voz apagada.

El no la escuchaba, muchas veces distraído en especulaciones ingenuas. Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los muebles le reconvenían. «¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación». Y las cornucopias le dirigían miradas atroces.

El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta. Era la hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches como en barcas por los lagos del paisaje portugués.

Armando subía al coche un poco convencido por el paseo. Iban por la orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra en forma de escamas que parecen las cabezas encucurruchadas de unos dragones escamados.