La Puerta de Bronce y Otros Cuentos

Part 3

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Los recuerdos de mi infancia están estrechamente ligados con la Hacienda de San Isidro Labrador, en donde residíamos la mayor parte del año. La finca, cercana a la ciudad de México, fué propiedad de la Compañía de Jesús desde los tiempos más remotos de la Colonia, y cuando los célebres religiosos fueron expulsados de los dominios españoles, por las razones que Carlos III tuvo a bien guardar «en su real pecho», fué adquirida por un mi antepasado. Se comprenderá, pues, que la casa de la Hacienda tenía más carácter de monasterio que de finca de campo, y mi padre, siguiendo el ejemplo de sus mayores, quiso que conservara siempre el austero aspecto que desde un principio tuvo. Las estancias, todas abovedadas y de poca elevación; los interminables claustros con arquería de medio punto; los muros, gruesos como los de un castillo medioeval; y principalmente la comarca toda ayuna de encantos naturales,--pues ostentaba, como únicas galas, extensos magueyales y uno que otro eucalipto en medio de los campos de maíz y de cebada,--hacían de la Hacienda de San Isidro Labrador un sitio que a muchos repugnaba, pero que a otros, al contrario, atraía por su misma desnudez y severidad. Inútil me parece decir que para nosotros era un verdadero «buen retiro»; en aquellos tiempos todavía se conservaban muchas de las costumbres del Virreinato, y mi padre era para los peones y sirvientes, más que el amo a quien se debía respeto, el jefe de una dilatada familia.

La capilla era quizá la estancia más interesante de la Hacienda. No era amplia, pero ostentaba enorme retablo de madera dorada, al estilo de churriguerra, zócalo de azulejos, y pavimento de mármol en locetas blancas y negras, alternadas. Lo que más me llamaba la atención eran los sepulcros de mis antepasados. Empotrados en ambas paredes laterales del presbiterio, hallábanse los nichos cubiertos con sendas placas de alabastro, grabados con largos epitafios; y más de una vez, desde que empecé a leer, me distraje durante la Misa o el Rosario, procurando descifrar aquellos letreros, para mí atravesados e inintelegibles.

Una noche, camino de mi alcoba, ocurrióseme hacer esta pregunta:

--Angustias, ¿Qué hacen los muertos de la capilla, en la noche?

Y la india, sin titubear, contestó:

--Juegan al ajedrez.

Yo que casi todas las noches, al requerir la bendición de mi padre, lo encontraba en la biblioteca jugando al ajedrez con don Pepe Dávalos, Presidente Municipal del pueblo comarcano, no me sorprendí de la respuesta. Un juego en que dos señores se sentaban frente a frente, durante largo espacio de tiempo, sin proferir palabra y sin mover apenas las curiosas piezas de madera que entre sí tenían, y que se prestaban de manera tan admirable para jugar a los soldaditos; un juego así, repito, me parecía más apropósito para muertos que para vivos; y la contestación de Angustias fué convincente.

--Sí; continuó el ama. Todas las noches, en cuanto tú te acuestas a dormir, ellos se ponen a jugar al ajedrez hasta que llega el Padre a decir misa. Entonces se vuelven a sus sepulcros, que son, como si dijéramos, sus camas, y duermen durante el día.

Y dichas las oraciones de costumbre, por mis padres y hermanos, y otra, que para mi coleto decía, por mi caballo «El Confite», quedé al momento dormido.

II

Muchos años después, cuando regresé de España, casado ya con mujer de mi misma estirpe, hallé las cosas en San Isidro Labrador muy distintas de cuando me marchara. Mis padres, dos hermanos y Angustias habían desaparecido de la vida, y don Pepe Dávalos, depuesto de su cargo municipal, vagaba enfermo y viejo por los claustros, añorando las partidas de ajedrez con «su Merced el Señor don Alonso.» Noté que el respetuoso cariño de muchos sirvientes había amenguado, gracias a ciertos vientos de fronda que del Norte soplaban, y sentí desde un principio marcada repulsión por el nuevo administrador de la Hacienda, nombrado por el albacea de mi padre. Llamábase don Guadalupe Robles, y su aspecto insolente demostraba bien a las claras que había sido antaño guerrillero audaz y duro cacique.

Mucho temí que la Hacienda tuviera pocos atractivos para mi mujer, pero Inés, acostumbrada a las austeridades de su torre castellana, encontró San Isidro Labrador muy de su agrado, y propuso ella misma que fijáramos allí nuestra residencia.

Transcurridos pocos meses, y aproximándose la fiesta titular de la heredad, mi mujer, a fuer de buena madrileña propuso que la fiesta fuese celebrada con especial pompa. Preparó, pues, ropas para repartir a los pobres; encargó flores para el adorno de la casa y capilla; y convidó, para que cantara Misa Pontifical, a cierto Prelado, a quien, desde mi infancia, llamaba yo «el tío Obispo», aunque en realidad carecíamos de parentesco alguno.

Yo accedí gustoso, tanto por complacer a Inés, cuanto porque hallé la ocasión propicia para hacer lucir gran cantidad de objetos, de los cuales, como colector entusiasta de antiguallas, me vanagloriaba. Al caudal no despreciable de ornamentos y vasos sagrados, que a la Hacienda habían donado mis antepasados, añadí yo gran acopio de objetos, hallados algunos en vetustas ciudades del país, traídos otros de la Península. Era especialmente notable mi rica colección de plata labrada; componíase de varias docenas de candeleros, grandes y pequeños, atriles, vasos y macetones ornamentales; no pocos blandones; algunos cálices y copones; y una custodia que me complacía yo en atribuir a Juan de Arfe y Villafañe. Pero lo que más me agradaba y mostraba yo a mis amigos con el mayor orgullo, era un juego de pebeteros que adquirí en Cintra. Obra de portugueses de pleno siglo XVIII, se comprenderá desde luego que tales perfumadores tenían que ser extravagantes; en efecto, medían más de medio metro de altura, y afectaban la inusitada forma de pegasos, pero su labor era de tal forma acabada, que en verdad podían figurar en la mejor colección de objetos de arte.

Con todos esos elementos, comprendí que el suntuoso retablo, cuya intrincada hojarasca cubría el muro frontero de la capilla con pilastras y columnas retorcidas, frontones interrumpidos, ménsulas de caprichosa forma, y nichos y doseles cobijando esculturas policromas, haría brillar el rico y si se quiere bárbaro conjunto de oro y plata, como un áscua refulgente; y empecé a hacer preparativos con no escaso entusiasmo.

Llegada la víspera de la fiesta, entré en la capilla para disponer lo necesario, y vínoseme a mi mente un mundo de recuerdos. Contemplando las fúnebres alegorías, y leyendo los letreros de las lápidas, que tanto inquietaron mis años infantiles, ví de nuevo mil incidentes de mi niñez y escuché, una vez más, la voz de personas queridas, entre ellas Angustias, quien me aseguraba dogmáticamente que mis muertos jugaban al ajedrez todas las noches....

Dirigía yo la colocación de los distintos ornamentos, sobre el altar y presbiterio, cuando acudió don Guadalupe Robles a la capilla, con pretexto de consultarme no acuerdo qué extremo de la administración de la hacienda; y al ver el caudal allí reunido, la codicia se reflejó en su semblante haciéndole dirigir la mirada, mientras conversaba conmigo, de uno en otro objeto, cuya existencia ni siquiera sospechaba. Entonces fué mayor mi repugnancia por aquel hombre, y tuve desde luego tal convicción de que intentaría robarme, que durante toda la noche no pude despedir este pensamiento de mi mente, y abandoné el lecho muy temprano, cuando aún dormían en silencio amos y sirvientes.

Con la primera claridad del amanecer, penetré en la capilla. A primera vista, la mayor parte de los objetos permanecían en los sitios en que la víspera se colocaran, pero ¡júzguese cuál sería mi asombro, al ver que gran número de candeleros, jarrones y demás yacían diseminados por el suelo en el más completo desorden! Sólo quedaban en pie, arrinconados en un ángulo debajo del coro, cuatro objetos. Me aproximé, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. ¡Los muertos habían jugado una partida de ajedrez! Sí, allí en el rincón, sobre la loceta blanca, estaba un blandón, y enfrente de él, salvada una hilera de cuadros, y ocupando sus respectivas casillas, un jarrón, un candelero pequeño y uno de los perfumadores, éste el más próximo al muro. Sí, esas tres piezas--el alfil, el peón y el caballo,--habían dado jaque mate al blandón o sea, al Rey!

Después de algún tiempo, pude dominarme, y con mano trémula repuse en sus sitios los diferentes objetos, para que nadie, más que yo, se diera cuenta del suceso.

La fiesta fué celebrada debidamente, y tanto el Obispo como los amigos que acudieron a nuestra invitación, se hicieron lenguas de la hermosura y riqueza de mi colección. Pero yo prestaba escasa atención a tales elogios, embargada mi mente con el enigma y las sospechas que abrigaba contra don Guadalupe Robles. Estas aumentaron, cuando lo sorprendí, al atardecer, en la penumbra del corredor, hablando en voz baja con Joaquín, su mozo de estribo y hombre de toda confianza. Simulé no haberlos visto, y pasé de largo; pero resolví empaquetar mis antiguallas y remitirlas a México, cuanto antes, mientras encontraba yo la oportunidad de deshacerme del Administrador.

No sé cuanto tiempo después de haber logrado conciliar el sueño, rasgó el silencio de aquella noche tal grito de terror, que sigue y seguirá retumbando en mis oídos, mientras yo viva. Lo oyó mi mujer y despertó asustada; lo oyeron los sirvientes todos, y en breves momentos, los claustros fueron poblándose de sombras, que inquirían con voces de miedo qué acontecía.

Tomé una linterna, y seguido por los más resueltos, dirigí mis medrosos pasos hacia el sitio de donde el grito pareciera proceder. La puerta de la sacristía estaba abierta y comprendí que mis sospechas se habían confirmado. Entramos. Ni en la sacristía, ni en la capilla, había más luz que la escasa claridad que penetraba por cúpulas y ventanas, y al principio nada pudimos distinguir; pero, a poco, la trémula luz de la linterna nos hizo ver que todos los objetos de plata, absolutamente todos, se hallaban amontonados bajo el coro, cercando, aprisionando en el rincón, a don Guadalupe Robles, quien, con el cuerpo echado para atrás, como reculando, extendía ambos brazos contra los muros de aquel ángulo de la capilla. Tenía los ojos fuera de sus órbitas, y todo su semblante era imagen del terror. Lo llamé por su nombre, me miró fijamente y fué su contestación una carcajada.

EL SOMBRERO DEL REY DE TIBOTU

CUENTO PARA NIÑOS.

A JULIO TORR

El Rey de Tibotú tenía (naturalmente) tres hijos. El mayor se llamaba Chapachapa, el segundo Chopochopo, y menor Chipichipi. El rey era muy rico: poseía diez y siete sombrillas de todos colores, un tapa-rabo verde y amarillo, muy gracioso, y un sombrero alto, tan alto que rayaba en lo monumental. La reina, Sabihonda, usaba medias azules y era políglota: cuando algo le caía muy en gracia, hablaba en chino, y cuando se enfadaba, gritaba en catalán.

El reino se componía, además de la populosa ciudad de Tibotú, de dos islas. En una se cosechaba gran cantidad de café y había numerosas vacas de ordeña; en la otra se producía el cacao y habia muy buenos panaderos y reposteros. Las islas eran vulgarmente conocidas por «La-isla-de-café-con-leche», y «La-isla-de-chocolate-con-bollos».

La familia real de Tibotú vivió feliz muchos años; pero una noche, el rey se comió, en la cena, todo un lechoncillo al horno, y falleció a las pocas horas, rodeado de su mujer e hijos.

Transcurridos los nueve minutos, nueve segundos, que según el Ceremonial de aquella Corte, hay que esperar antes de abrir el testamento del monarca fallecido, se encontró que la última disposición del autócrata era que su populosa ciudad de Tibotú pasara a su amada esposa, y las islas del «Café-con-leche» y del «Chocolate-con-bollos» a sus dos hijos, Chapachapa y Chopochopo, respectivamente. En cuanto a Chipichipi, legábale su padre el sombrero de copa.

Imagínese el júbilo de la cónyuge y de los hijos mayores, y el enfado del Benjamín de la casa. ¿Para qué quería él un sombrero viejo, sucio y de forma tan poco artística?

Invadió el ánimo del príncipe tal furia, que echó al suelo la despreciada prenda y propinóle un fuerte puntapié. Pero al hacerlo, sintió un agudo dolor en el pie, como si hubiese chocado contra una piedra. Con mayor furia todavía, tomó el sombrero y empezó a despedazarlo con gran coraje, pero, he aquí, que encontró, entre el forro y la copa, algo duro, una piedra, efectivamente, más grande que un huevo de gallina, aunque no tanto como uno de avestruz; era roja como la sangra de un pichón y brillaba al sol de una manera sorprendente. Era nada menos que un rubí.

No hay para qué referir la sensación que este hallazgo causó en todo el mundo. Baste decir que todas las testas coronadas, y muchas que no lo eran, se disputaban la posesión de tan magnífica joya. Los más interesados en obtenerla eran el Presidente de la República Inglesa, el Gran Duque de Texcoco y Mr. Elihu P Goggles, de Paradise, Texas. Inútil nos parece decir que este último y célebre millonario fué quien adquirió la piedra preciosa, pagando por ella diez y siete millones de dólares en oro, y diez y siete en «Liberty Bonds», de la décima séptima emisión, y haciéndose llamar, de allí en adelante, «The Ruby King», o sea, «El Rey del Rubí».

Por supuesto, Chipichipi invirtió bien su dinero y se dió la gran vida. Compró un automóvil «Ford», un perro-policía, y un Diccionario de la Academia. En cambio sus hermanos se arruinaron: el café se perdió, y las vacas de ordeña se murieron; el cacao bajó de precio y los panaderos y reposteros se declararon en perpétua huelga.

Y siempre que se hablaba del sombrero de copa de su difunto esposo, exclamaba la Reina Sabihonda, en portugués:

«En todas las cosas, por despreciables que parezcan, hay algo de valor, para el que sabe encontrarlo.»

EL REPORTAZGO

Comprendo que ustedes los reporteros tengan deberes para con sus lectores y que, por lo tanto anden siempre a caza de noticias; pero, como soy enemigo de repeticiones, quiero que el diario que usted representa, por ser el de mayor importancia en el país, sea mi único portavoz en este asunto. Dentro de diez minutos llegará mi mujer; mientras tanto, pues, le suplico que escuche con atención y escriba a mi dictado. Yo le daré todos los pormenores del caso, que como verá, es cosa bien sencilla.

Empezaré por decirle que contaba yo muy pocos años de edad, cuando murió mi padre, legándome una fortuna cuantiosa. Pero como el ocio nunca entró en mis cálculos, decidí estudiar una carrera, y elegí la carrera de médico-cirujano. Aquí, entre nos, le confesaré que siempre he considerado la medicina como la carabina de Ambrosio, pero la cirugía,--¡ah! eso es otra cosa. Por medio de la cirugía pueden curarse radicalmente todas las dolencias de la humanidad, y no está lejano el día en que hasta la misma muerte pueda evitarse por su medio.

Mis profesores se quedaron asombrados de la extraordinaria pericia que adquirí desde un principio: el bisturí en mis manos era como el pincel en las de un artista. Cada corte mío era una maravilla de precisión y de arte, sí señor, de arte. Gané los primeros premios en la Academia, y cuando se me expidió el título de Cirujano, se hizo constar en él que jamás se habían obtenido calificaciones más altas. La primera operación de importancia que ejecuté, después de haber sido recibido, fué la amputación de ambas manos del célebre pianista Gerosltein. Por supuesto que era absolutamente innecesario que dicho señor perdiera las dos manos, pero como no me gustaba nada su manera de interpretar Beethoven, decidí cortar el mal de raíz; y perdóneme esta ligera _plaisanterie_.

Por aquel tiempo conocí a Matilde. No recuerdo si fué en un baile en el palacio de la Princesa Dorodinski, o si fué en las carreras de caballos. Pero sí tengo muy presente que desde el primer momento que la ví, comprendí que era la mujer más hermosa que ha habido en el mundo, y por lo tanto, que tenía que ser mi esposa. Yo era entonces excesivamente romántico; no le llamará la atención saber que toda mi corte fué hecha a la luz de la luna. La orquesta del Conservatorio tocaba todas las noches música selecta debajo de su ventana, y hasta llegué a pagar a un poeta de fama para que le escribiera madrigales, que yo firmaba.

Para no hacer largo este relato, le diré que mientras se llevaban a cabo los preparativos de nuestra boda, Matilde no hacía más que llorar, llorar... Lloraba de amor por mí, según me aseguró su madre... Matilde, he dicho, es y será la mujer más hermosa de la tierra. Pero, amigo mío, bien dice el refrán que no hay dicha completa en este mundo. Poco tiempo después de nuestro matrimonio, una terrible sospecha empezó a martirizarme. Matilde fué desde un principio una esposa modelo; pero los besos apasionados que yo le daba jamás eran correspondidos; jamás posaba su mirada sobre mí con cariño, y todos los pequeños sacrificios que por ella hacía ni siquiera eran notados, mucho menos agradecidos... En fin, llegó el día amargo en que la sospecha se tornó en certeza. Con pretexto de sentirme cansado y apoyar mi cabeza sobre su pecho, hice el terrible descubrimiento de que Matilde, la mujer más hermosa de la tierra, _no tenía corazón_. Mucho tiempo permanecí anonadado; pero súbitamente un rayo de luz iluminó mi mente.

Casi todos los días acudía yo al anfiteatro de la Academia y presenciaba los cursos. Recordé que en la mañana de aquel día, se había recogido en la calle el cadáver de una joven del bajo pueblo que había sido atropellada por un tranvía. Tendría la misma edad, más o menos, que Matilde.

Eran las diez de la noche, cuando me presenté al conserje de la Academia y le pedí las llaves del anfiteatro para recojer unos instrumentos que había yo dejado olvidados. El conserje me las franqueó en seguida y hasta ofreció acompañarme, pero yo le dispensé esa molestia, y penetré solo en el salón. Un cuarto de hora después, salía de allí llevando en la mano un estuche que mostré al conserje, para que viera que efectivamente era de mi propiedad, y en el fondo de la bolsa de mi abrigo un bulto pequeñísimo, envuelto en gasa. Eso naturalmente no lo vió el buen hombre.

Matilde estaba ya en su lecho, cuando fuí a darle las buenas noches. Noté que se estremeció un poco al verme entrar en su alcoba; pero yo la tranquilicé con una sonrisa, y me acerqué a besar su casta frente. Todo lo tenía yo hábilmente preparado, y fué cuestión de medio segundo aplicarle el cloroformo y adormecerla. Una vez logrado esto, pude proseguir mi tarea con toda calma. En realidad, la operación fué sencillísima: se redujo a abrirle el pecho y colocar en el sitio correspondiente el corazón de la joven. Y aquí debo consignar una cosa extraordinaria. Apenas había yo comenzado la operación, cuando aparecieron sobre las sábanas dos o tres rosas rojas, que fueron multiplicándose, hasta cubrir casi todo el lecho.

El éxito de la operación, no por previsto dejó de satisfacerme; al contrario, con el mayor gusto del mundo, me senté al lado de mi mujer esperando que despertara de su sueño. Su nuevo corazón latía tan regularmente, que cualquiera hubiera creído que era el tic-tac del reloj que se hallaba sobre la mesa de noche... Hasta mucho después del amanecer permanecí allí, admirando la peregrina belleza de mi mujer, que se destacaba espléndidamente sobre su lecho de rosas rojas.

No sé qué hora sería, cuando entró la doncella en la alcoba. Como es una mujer muy lista, en seguida comprendió el prodigio y salió de la estancia dando gritos de admiración. Pocos momentos después, llegaron los hermanos de Matilde y muchas otras personas. Por más que hice para hacerlos comprender que la operación que había yo llevado a cabo era en realidad muy sencilla, se obstinaron en traerme, casi a la fuerza, a este palacio, en donde tienen su morada los hombres más eminentes de la tierra... En efecto, vea usted: aquel caballero del sombrero alto y la corbata amarilla es el Gran Khan de la China; el otro, que se pasea con las manos detrás de la espalda, es López, el famoso ingeniero López, quien logró construir el puente entre la tierra y el sol, obra reputada durante mucho tiempo como impracticable. El que está leyendo el periódico y tiene los zapatos rotos es el Emperador y Autócrata de todas las Américas, y aquel anciano a su lado que se mece la barba,--ese es, !ah! no me atrevo a decir a usted quién es. Pero me ha prometido que en cuanto llegue mi mujer y se arroje en mis brazos, formidable estruendo rasgará las nubes, y una bandada de alados serafines bajará para llevarnos, a Matilde y a mí, al paraíso.

FRAY BALTASAR

A MARGARITA DE LA PEÑA

Fray Baltasar estaba perplejo ante su pupitre, en el _scriptorium_ del monasterio. Hora tras hora, había querido reproducir sobre el estirado trozo de vitela que tenía delante, aquellas iluminaciones que adornaban sus breviarios y misales y le proporcionaran renombre artístico. No hacía un año que terminara un _Libro de horas_ para la Reina de Francia, que fué asombro de aquella Corte, y ahora, ¡no podía trazar la más insignificante florecilla! ¡El, que había logrado pintar dentro de la inicial de _Stabat Mater_ el rostro de la Madre de Dios, con tanto primor y arte, que se veían rodar las lágrimas por las mejillas de la Dolorosa! ¡El, que había orlado los versículos del _Magníficat_ con follajes y roleos inconcebiblemente diminutos!

Una y mil veces ensayó de nuevo, mas nada pudo lograr. Con un hondo suspiro, se dispuso a guardar sus péñolas, pinturas y pinceles, y en ese momento oyó la campana que llamaba a maitines.

--¡Seis horas sin lograr nada, pensó. Dios me perdone esta pérdida de tiempo!

Se encaminó al coro lentamente, pensando sin cesar en su facultad perdida. Entonaron los frailes los suaves cánticos rituales; nubes de incienso se difundieron por las naves del templo; pero aunque Fray Baltasar quiso concentrar su atención en el oficio, volaba su imaginación y sentía grande angustia al pensar que su arte, tan maravilloso que asombraba al mundo, había desaparecido, quizá para siempre.

Terminó el oficio, y los frailes lenta y silenciosamente abandonaron el coro y atravesaron como sombras los vetustos claustros, para internarse en sus celdas, a descansar breves momentos. Fray Baltasar, cabizbajo, penetró en su retiro y se recostó en la dura tarima que le servía de lecho; la fatiga y la tristeza pesaron sobre sus párpados y el sueño le proporcionó momentáneo alivio.

Pero pronto despertó con estremecimiento, y creyó oír una voz que decía:

--¡Alabado seas, Señor, por nuestra hermana la luna y las estrellas, que en el cielo has formado claras, bellas y preciosas!

El fraile se levantó de su duro lecho y se puso en oración, hasta que, a través de la ventanilla de su pobre celda, vió palidecer la luna y las estrellas.

El día siguiente cumplió sus deberes con la mayor exactitud, pero el hermano Gilberto, el novicio, notó la tristeza de su rostro, y el prior lo miró a menudo en el refectorio.

Cuando se halló, por fin, en la soledad del _Scriptorium_, tomó los pinceles con mano trémula y, sobre el estirado trozo de vitela, quiso reproducir una vez más las iluminaciones del misal del monasterio y del Libro de horas de la Reina de Francia; mas nada pudo lograr. Sus dibujos parecían los dibujos de un niño.

Dejó caer los pinceles, y reclinando su tonsurada cabeza sobre los brazos, empezó a sollozar amargamente. Sus lágrimas cayeron sobre el pergamino, manchándolo lastimosamente y haciendo más borrones en sus malogrados dibujos.