La Puchera

Part 9

Chapter 94,281 wordsPublic domain

—Hará cosa de ocho meses, bajé á Las Pozas á visitar al Lebrato, que se hallaba en cama desde la víspera. Tenía calentura y se quejaba de un dolor al costado. Le dispuse lo que me pareció conveniente, y al otro día ya le encontré sin novedad. Es duro el hombre ese y animoso como él solo. Con todo y con ello, no le dejé que se levantara por entonces, por temor de una recaída. Tomando pie de esto, y sobre si el que come de su trabajo no puede ni debe cuidar de la salud como los que tienen el riñón bien cubierto, hubimos de hablar largamente los dos; porque el Lebrato, como usted sabe, es hombre verboso y muy entretenido, y á mí me gusta oirle: tenía en aquella ocasión poco ó nada que hacer, y le fuí dando cuerda. Puede que usted sepa también que ese sujeto tiene la costumbre, cuando de riquezas se habla con él, de comparar las más grandes con _los tesoros del Pirata_: el caso es que aquel día volvió á sacar esos tesoros á cuento, como los ha sacado mil veces, y los sacan á cada paso muchas gentes de este lugar y de otros de la Ribera. Yo, que siempre lo he oído como quien oye llover y la he tomado en el son que me lo cantaban, aquel día, séase por buscar un motivo más de conversación, ó porque las cosas vinieron dispuestas así por decreto misterioso, tuve la ocurrencia de preguntar al Lebrato qué tesoros eran esos que tan á menudo oía nombrar desde que me hallaba en Robleces. Entonces el preguntado me refirió lo que, por lo visto, es aquí versión corriente... y será eso que usted dice saber, con mucha ponderación, lo mismo que si supiera algo de fuste.

—Ya se irá viendo, señor don fanfarrias, lo que usted sabe, y ello nos dará el valor de lo que yo sé. Diga, diga por de pronto lo que le refirió el Lebrato.

—Nada en substancia, señor don Baltasar: que se sabe que en tiempos que casi se pierden de vista, había un pirata por estos mares que robaba hasta la saliva al sursuncorda; que como no tenía suelo en qué poner el pie sin la seguridad de que no le colgaran, mientras se iba redondeando á su gusto para campar por sus caudales donde quiera que se presentara—porque en esto de respetarse al ladrón de tesoros, los tiempos no han cambiado hasta la fecha cosa mayor,—escondía en un sitio de esta costa lo que pirateaba más lejos ó más cerca de ella; que esto acontecía en aquellas épocas en que venían de las Américas los barcos abarrotados de onzas de oro y de perlas preciosas, y que á la caza de estos barcos andaba el pirata día y noche, con buena fortuna; que fuérase porque la mar se le tragara de por sí, ó porque se encontró con lo que merecía donde menos se lo esperaba, desapareció de repente y para _in sæcula_ de esta costa, dejando ocultos en ella los tesoros que había robado; que si estos tesoros están en cueva más ó menos escondida ó sepultados en tierra firme, no se sabe; pero que no hay quien dude que están en esta costa y que darían, por su gran valor, para comprar media España; y finalmente, que de esto no se duda, porque viene y ha venido la historia de boca en boca y de padres á hijos hasta la presente generación... Esto es, señor don Baltasar, lo que se sabe de público... y lo mismo que sabe usted; porque usted no sabe de ella una jota ni una tilde más.

—Ni usted tampoco,—respondió resueltamente don Baltasar dando un rastrillazo en las tablas.

Sonrióse convulso don Elías, y dijo:

—Ahora lo vamos á ver.

Se enjugó el sudor de la cara nuevamente con su pañuelo de yerbas, y continuó así, arrimando un poco más su silla á la del Berrugo:

—Esta conversación la tuve yo al anochecer con el Lebrato; y cuando _me caminaba_ hacia mi casa por el recuesto arriba, apenas distinguía la senda más que por su blancura. Aquel día, señor don Baltasar, había sido uno de los más negros para mí, por el estado de la médica agravado por un encono repentino de sus humores, y el extremo en que nos tenían acorralados á todos las escaseces del hogar, por dificultades en la cobranza del tercio. Mala había sido la semana; pero aquel día fué, como le he dicho, de lo peor. Declárolo así, porque bien pudiera haber tenido ello parte en que yo diera tanta importancia como la que dí á la historia del Lebrato. Ello fué que subí al barrio pensando mucho en los tesoros enterrados ahí enfrente; que llegué á casa; que la casa me pareció un camposanto con los muertos sin enterrar; que comparé aquellas tristes miserias con las pompas del tesoro que yo llevaba en la cabeza; que la comparanza me echó el alma por los suelos, y que sin poderla levantar de allí y corriendo las horas entre los ayes de la enferma y el vocingleo de las hijas, me fuí á la cama... sin cenar bocado, porque no le había en casa, señor don Baltasar, ¿á qué negarlo? Tampoco niego que me acosté con hambre: nunca había andado más ni comido menos que aquel día. El hambre no es el mejor llamativo del sueño; y con este gusanillo en el estómago y la cabeza abarrotada de onzas de oro y de diamantes, de piratas ahorcados y de cuevas y peñascos de la costa, el corazón me golpeaba allá dentro como un desesperado, y la piel me escocía como si me la ortigaran. Tumba de aquí y vira de allá, buscando posturas que siempre resultaban peores, el tiempo pasaba y yo no me dormía; la médica dejó de quejarse, como si se hubiera muerto; las hijas ya no chistaban; en el aire no se oía un mosquito; el silencio era el de las sepulturas, y la obscuridad, negra, negrísima, como yo no he visto otra en noche cerrada. Echéme, al fin, boca arriba, y púseme á hacer castillos con el tesoro. Ya era yo príncipe con carrozas, y andaban en mis palacios los jamones por los suelos y los chorizos á patadas... cuando, amigo, se abre la puerta de la alcoba... y entra por la abertura un rayo de luz que me envuelve toda la cabeza... y detrás del rayo de luz... la mano seca; y detrás de la mano seca... el cuerpo arrebujado en la sábana de siempre y con la cara al descubierto.

—¿El cuerpo de quién, hombre de Dios?—preguntó don Baltasar que se iba poniendo algo nervioso, quizá más que por oir á don Elías, por verle.

—¡El de mi hermana Dorotea!—respondió el médico, entre crispaturas de sus nervios.

—¿Y qué hermana es esa, que yo no conozco?

—Una hermana, señor don Baltasar, que iba para santa, si es que no lo era ya; que adoraba en mí, y se nos murió de la noche á la mañana, en la flor de su hermosura, durante aquellos disgustos con motivo de la pérdida de los treinta millones de la familia...

—Enterado, enterado y siga usted adelante,—dijo aquí el Berrugo cortando la palabra al médico, con lengua, con manos y con ojos, y hasta con la rastrilla, temeroso de que volviera á echarse con la histeria por aquellos derroteros.

—Una hermana que se me aparece muy á menudo, no solamente en la obscuridad de la noche, sino á la misma luz del día y cuando menos lo pienso, como vaya solo por el monte ó por alguno de estos callejos hondos. Siempre se me aparece envuelta en la misma sábana, y de noche nunca le falta la linterna. Las más de las veces se contenta con mirarme; y cuando me dice algo, nunca es cosa mayor. Yo tampoco la digo nada, porque no lo creo puesto en razón, vista su conducta conmigo. Señas son las que me hace, ¡mucha seña! hasta que se va disolviendo poco á poco, como el humo con el viento.

Mucho era ya lo que sudaba don Elías, y muy estrecha le venía la ropa, á juzgar por los esfuerzos espasmódicos que hacía debajo de ella. Se detuvo unos instantes en su relato; volvió á limpiarse la cara con el pañuelo; y con los alientos cobrados, continuó hablando así:

—En la noche que yo digo, se me acercó mandándome por señas que me tragara hasta los suspiros. Se aproximó hasta el borde de la cama. Yo nunca la había tenido tan cerca, y empecé á dar diente con diente; porque con la luz de aquella linterna, tras de cegarme los ojos, parecía caldearme la sesera. «¡Levántate!» me dijo; y yo, como si la voz fuera cordel que tirara de mí, levantéme y traté de vestirme. «¡Vente como estás!» me ordenó. Preguntéla entonces con los ojos, porque con la palabra no podía, que adónde y para qué. Me comprendió y me dijo: «Adonde yo te lleve.» Púsose en marcha, y yo la seguí, tal como estaba: descalzo y en ropas menores. La noche era de las frías de noviembre; pero yo no reparé en tan poca cosa. Las puertas se iban abriendo sin ruido delante de la fantasma, y yo la seguía paso por paso; y así salimos de la alcoba... y atravesamos la sala... y pasamos el carrejo... y bajamos la escalera... y nos encontramos en la calle. Entonces tomó la visión, por arrimadito á la setura de mi huerto, el camino de la llosa Grande, y yo me fuí detrás, sin mojarme los pies en las pozas de la calleja, que era lo que más me asombraba. Llegamos á la llosa; se puso la fantasma al asomo mismo de la ladera de hacia la ría... y me llamó... Acerquéme y me dijo: «Vas á ver ahora el camino por donde se va á eso que te estaba quitando el sueño.» Lo decía por el tesoro: no podía ser por otra cosa.

Al llegar á este punto el relato, el Berrugo tenía los ojos clavados en los fulgurantes de don Elías, la boca entreabierta y el cuerpo muy arrimado al mango de la rastrilla.

—Y ¿qué sucedió entonces?—preguntó al médico, pareciéndole muy larga la pausa que había hecho el narrador para enjugarse otra vez la cara y dominar un poco las emociones que le tenían trémulo y erizado.

—Sucedió—dijo en seguida,—que la fantasma extendió el brazo hacia adelante, con la linterna en la mano; que el chorro de luz, que salía derecho... derecho, de ella, se fué alargando... alargando... alargando, y atravesó las praderas de abajo... después los camberones... después la sierra calva; y entró en la Ribera, y la atravesó también á lo ancho... y llegó á los coteros de la otra banda por donde se mete la ría para salir á la mar... y avanzó por encima del más chico... y trepó por el que le sigue... hasta encaramarse en el mismo lomo de la costa... Si avanzó más allá, yo no lo pude saber, porque la tierra se acaba allí, y el rayo de luz se estrellaba en el cielo que en aquel punto se junta con la tierra... ¡Y era lo más asombroso de todo esto, que cuanto el chorro de luz iba tocando, se veía tan claramente como puedo ver yo ahora las rayas de la palma de la mano! ¡Así ví yo hasta los mismos peces de la ría!

—¿De modo que vería usted lo que tanto deseaba?—dijo el Berrugo, no sé si burlándose de don Elías ó queriendo aparentarlo.

—De eso no ví pizca, señor don Baltasar, ni verlo debía; porque lo que mi hermana me enseñaba, no era el tesoro, sino el camino por donde se llega hasta él.

—¡Valiente puñado son tres moscas! ¡Valiente real con ocho cuartos y medio!—exclama entonces el Berrugo, visiblemente desencantado.—¡Y esos eran los tantos y los cuántos que usted sabía? Pero, hombre, ¿no se le ocurrió á usted siquiera averiguar un poco más?...

—¡Vaya si se me ocurrió!—dijo el otro visionario.—¡Y bien de preguntas y de ruegos hice á la fantasma! Pero ¡que si quieres! Se calló como una muerta; dióse la vuelta hacia acá; mandóme que la siguiera; y siguiéndola, me llevó hasta mi casa por el mismo camino y del propio modo que me había sacado de ella; me acompañó hasta la alcoba, y en cuanto me vió metido en la cama, apagó de un soplo la linterna... y hasta hoy.

—¡Pataratas, repito!—vociferó el Berrugo, dando otro rastrillazo en el suelo.—Todo eso, con ser tan poco, es pura visión de un sueño con hambre, que es la casta de sueños más visionarios que hay.

—¡Le juro á usted que estaba tan despierto entonces como lo estamos ahora los dos, y que alboreaba ya el día cuando logré trasponerme un poco!

—Y estando usted en la cuenta de que eso que le pasó aquella noche no fué soñado, ¿cómo se explica que desde entonces acá no haya usted dado paso alguno por ese camino que vió?

—¿Y qué sabe usted si los he dado?

—¡Qué ha de dar usted, san simplaina! ¡qué ha de dar usted!

—¡Pues sí, señor, que los he dado! Sépase usted que aquel mismo día por la tarde, con la disculpa de que iba á tomar la barca para pasar á San Martín á visitar á un enfermo, seguí por toda la orilla de la Ribera hasta llegar al punto en que empezó la luz á dar en los coteros de allá; que seguí el camino que tenía yo bien marcado en la memoria, aunque con los rodeos obligados por las curvas que hace allí la ría, y que echando los pulmones por la boca, porque el viaje ese resulta mucho más largo de lo que parece á la vista desde la llosa, me planté en el mismo sitio en que se detuvo la luz. Allí me harté de registrar con los ojos cuanto había al alcance de ellos... ¡y nada! Debajo y á todo lo largo, á derecha é izquierda, un puro peñascal, casi á pico, y un machaqueo de oleajes contra él, que metía miedo; cosa de un cuarto de legua mar adentro, un islote muy grande y muy descarado... y después las aguas sin fin. Rastreando bien el camino á la vuelta, no ví más que sierra pelada... Días después, y viendo que mi hermana no volvía á aparecérseme, consulté el caso con una adivina que llegó á la puerta de mi casa pidiendo una limosna. Confirmó lo que me había dicho la fantasma, pero no me añadió nada nuevo; antes al contrario, me dió á entender que ese tesoro «no sería desenterrado por mí.» Esto me desalentó mucho; y con ello y lo propenso que yo soy á echarme con la cruz de mis pobrezas al primer tropezón, volvíme á mi molino, que es bien hacedero si hallo ayuda, y hasta me olvidé del tesoro; pero sin dejar de creer, como hoy creo con fe ciega, que el tesoro existe de toda verdad, y que está escondido en el islote, ó en la costa, ó en la sierra calva, dentro de la línea que marcó el chorro de luz; línea que, si usted quiere, le señalaré yo desde la llosa y en el punto mismo en que estuve con la fantasma. El que yo no me le lleve, no es razón para que quiera privar de él á otro más afortunado... Esta es la historia—añadió don Elías después de una corta pausa.—Y ahora, con franqueza, señor don Baltasar: usted no sabía, sobre ese tesoro, ni la mitad de lo que yo le he relatado.

—¡Bah!—exclamó el Berrugo en ademán y tono despreciativos, levantándose de la silla al mismo tiempo.—Como la ayuda que usted halle para labrar su molino sea de tanta substancia como las noticias que usted da para descubrir ese tesoro, ¡vaya unas maquiladas de hambre que va usted á cosechar!

—Y á propósito—dijo don Elías, levantándose también y mientras arrimaba á la pared su correspondiente silla,—¿en qué quedamos de eso?

—¿De qué?

—De los sesenta y dos mil reales.

—¿Los que había de anticiparle yo aceptando la preferencia que usted me daba y las condiciones que me expuso?

—Justo y cabal.

Don Baltasar cogió á don Elías por un brazo, muy suavemente; y encaminándose con él hacia la puerta, le dijo:

—Le prometo á usted que han de ser para construir ese molino, los primeros tres mil duros que yo desentierre con las noticias que usted acaba de darme.

—Estimando, señor don Baltasar,—contestó el bueno de don Elías, muy resentido y no poco cortado con la cínica burla del sujeto aquél, que le llevó casi en vilo hasta la puerta de la escalera, donde le despidió con una palmadita en la espalda.

En el estragal se detuvo el médico un instante para limpiarse el sudor de la cara y del pescuezo, operación para la cual no le había dado arriba don Baltasar el tiempo necesario; y es cosa averiguada que mientras recorría con el pañuelo todos aquellos espacios ardorosos, formulaba el resumen de las impresiones que había sacado de la visita, en los siguientes términos:

—Verdaderamente es un lechón ese hombre.

Como es averiguado también que, al salir á la calleja, vió que por ella iba alejándose cierta mujeruca muy chismosa con la que echaba él á menudo largos párrafos; que se empeñó en alcanzarla, que hasta corrió para conseguirlo, y que, después de detenerla y de ponerse cara á cara los dos, la dijo con mucho misterio y jadeando:

—¡Sépase usted que resultó lo que yo me pensaba!... ¡Inés no traga á Marcones ni con jarabe!... ¡Lo sé de su misma boca!... ¡Me lo ha confesado ella misma!

[Ilustración]

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POR DÓNDE FLAQUEABA EL BERRUGO

Con pensar como pensaba y creer lo que creía el Berrugo sobre el _dogma_ de las minas de _oro puro_ y de los tesoros enterrados, había llegado á viejo sin dar á la versión vaga y confusa acerca de los del _Pirata_, mayor importancia que la que pudiera darle el aldeano menos iluso de los contornos de la Ribera. Consideróla siempre como «dichos de las gentes, á tontas y á locas;» y ocurriendo además que estos dichos sonaban muy poco y muy de tarde en tarde, hasta llegó á olvidarse de ellos. Las noticias sobre tesoros ocultos habían de ser de otra casta muy diferente para que don Baltasar las diera crédito, y de llegar á él muy de otro modo: con los mayores visos de formalidad y con los requisitos que pedían «esas cosas tan serias;» en fin, por el estilo de las dos que él llevaba recibidas hasta entonces: una de Ceuta y otra de Santoña. ¡Aquéllas sí que eran noticias! En un enorme cartapacio, la historia minuciosa del tesoro, acompañada del plano del terreno. Buenos cuartos le habían costado, y aún estaba el fruto sin recoger; pero el tiempo no envejece, y ya se vería el resultado á la hora menos pensada. En último caso, y dando por supuesto que los denunciantes hubieran fenecido en la empresa del desentierro, allí estaban aquellos papeles que no podían mentir, con sus planos en toda regla para guiarle á él, si quería desenterrarlos por sí mismo; y un viaje al campo de Algeciras y otro á cierta cañada de los puertos del Asón, no eran, en los actuales tiempos, hazañas del otro jueves. Por de pronto, dos adivinas de la ciudad, con quienes había consultado sus dudas en otras tantas ocasiones, le habían dicho que aguardara con fe lo prometido por aquellos honrados sujetos de Ceuta y de Santoña; y con la fe de un hebreo seguía aguardando, porque nunca fallaba la palabra de una adivina, cuanto más la de dos.

Un día, no mucho antes de conocerle el lector, fué á consultar á una muy afamada de la villa próxima, sobre el paradero de un novillo que se le había extraviado y no parecía por ninguna parte. La adivina le dijo qué dirección había tomado el animal y en qué sitios debía buscarle; y ya se disponía el crédulo á pagar á la prodigiosa mujer la media peseta convenida por la consulta, cuando la tal, clavándole los ojos muy encandilados y mostrándole la baraja con una carta medio desprendida de ella, le dijo en voz de espectro embriagado:

—¡Por su propia virtud se sale! ¡Señal es de que grandes cosas barrunta, que le interesan á usté!... ¿Quiere conocerlas por otra media peseta?

—¡Vengan esas cosas!—respondió el Berrugo conmovido y temblando, no sé si de miedo supersticioso, ó de ansiedades avarientas.

Con este permiso, la adivina volvió á tender las cartas; y combinando aquí y sumando allí, y murmurando ensalmos y conjuros; y ahora porque sota, y luégo porque caballo; y volviendo á barajar, y tornando á sus combinaciones; y porque si los oros abajo y si los bastos arriba, y las espadas antes y las copas después, y espanto viene y espeluzno va, llegó á decir al consultante estupefacto que había un tesoro más rico que todos los tesoros juntos de la tierra, y muy cerquita de su casa (de la casa del Berrugo), que le estaba destinado á él solo desde tiempos de muy atrás, y que con la vista de sus ojos y desde su propio tejado, podría alcanzar á ver el punto en que se escondía, si no se le ocultaran «aguas al frente, tierras acá, peñas arriba y cantos debajo.»

El hombre se crispó al oir estas revelaciones, y pidió con ansia otras algo más precisas; pero la adivina le declaró que no podía darlas, porque no era ella quien hablaba en su boca; ni decía palabra de más ni de menos que lo que la mandaba quien sabía todas las cosas y la había dado esa virtud, en cambio de la desgracia de no poder salir de pobre con lo mismo que hacía ricos poderosos á los demás.

El Berrugo se resignó; y después de pagar á la adivina, en monedas de cobre, la peseta convenida por las dos consultas, y de mandarla repetir las señas del sitio en que se ocultaba el tesoro, para grabarlas bien en la memoria, volvióse á Robleces con el convencimiento de que ni el tesoro prometido podía ser otro que el famoso del _Pirata_, ni el lugar de su escondite estar en otra parte que en la costa, por el lado del mar.

Y sucedió luégo que pasaron unos cuantos días, y que pareció el novillo en el sitio indicado por la adivina. ¡Otro palito á la hoguera en que se abrasaba la credulidad ambiciosa del Berrugo! Acertando en lo uno aquella mujer, ¿por qué había de equivocarse en lo otro, aun suponiendo que fuera posible alguna vez que se equivocara una adivina? De razonamientos como éste fué obra el recado que dió el Berrugo al Josco para su padre, la noche en que conoció el lector á aquel personaje. Al día siguiente, la visita del médico que no pisaba los suelos de aquella casa años hacía; y en esa visita, la historia horripilante de la _aparecida_ que enseña á su hermano, con la luz maravillosa de su linterna, el camino por donde debía buscarse el tesoro; y las señas de este camino resultan idénticas á las que se le habían dado á él sin _haberlas pedido_; y á mayor abundamiento, una adivina pordiosera que llama á las puertas de don Elías, le dice que el tesoro existe, pero que no será para él; y el médico, con lo necesitado que está, se conforma, olvida lo del tesoro, y consagra sus afanes á la locura de su molino maquilero. En resumen, _se comprueba_ la existencia del tesoro en sitio bien determinado, por dos adivinadoras y una _aparecida_. Una de las adivinadoras, _sin que nadie se lo mande_, advierte al Berrugo que el tesoro de que se trata está destinado para él; y la otra cae, _como de milagro_, en casa de don Elías, y le declara que ese tesoro no llegará jamás á sus manos, porque no le pertenece. ¿Qué quería significar todo esto? ¿No eran bien elocuentes tantas y tan extrañas coincidencias acumuladas en tan breve tiempo? ¿Cabía mayor claridad en una revelación de aquella especie? ¡Ni las mismas de Santoña y de Ceuta eran merecedoras de tanta fe!

Aquella noche se hartó de rezar á Santa Rita, y al otro día encargó á Inés que pusiera dos velas de á cuarterón en el altar de San Antonio. En seguida mandó á buscar al Lebrato.

Acudió Juan Pedro sin tardanza, y el Berrugo se encerró con él en su cuarto.

—No voy á pedirte dinero... por ahora,—le dijo, disimulando sus impaciencias con aquel arte diabólico que él tenía para esas cosas.

—Lo mesmo fuera—respondió el Lebrato tranquilizándose mucho con la advertencia;—porque no hay en casa otros cuartos que los que se hicieran de mí, si se empeñaba usté en ello.

—No es para tanto, hombre; no es para tanto... _todavía_, aunque, en uso de mi derecho, quisiera apretarte un poco para sacarte una hebra de la tajada que me debes. Ahora, quiero decir, por el momento, se trata de cosa muy distinta.

—Pues usté dirá, señor don Baltasar.

Y don Baltasar, después de rascarse el cogote y de soplarse las uñas apiñadas, y de atrapar en el aire con la mano un mosquito que pasaba, dijo:

—Pues te digo, Juan Pedro, y no lo vas á creer, que toda mi vida he tenido un hipo, y que no quisiera morirme sin el gusto de haberme curado de él.

—¿Y qué hipo es ese?—preguntó el Lebrato sin barruntar por dónde iban las intenciones de aquel sujeto de los demonios.

—¡Pásmate, hombre!—exclamó el Berrugo enseñando toda su negra y desportillada dentadura, y cargándose del lado izquierdo sobre el rozón cuya asta empuñaba con aquella mano:—el hipo de salir una vez siquiera á la mar alta, y recrear un poco la vista desde allí.

—¡Vaya con el hipo ese!—exclamó á su vez el Lebrato, muy satisfecho de que el hipo de don Baltasar no hubiera resultado pulmonía para él.

—¿Te parece raro, verdad?

—Maldita la cosa, señor: nada más en su punto que ese deseo.