La Puchera

Part 30

Chapter 302,301 wordsPublic domain

Un poquito de resaca había en la barra cuando se disponían los expedicionarios á pasarla, pero sin malicia. La mar estaba noble, los horizontes limpios como la plata, y el nordeste apuntando. Lo peor era que con la charla y la cacea, y algo que se había descuidado el cura después de misa, cuando entraba la barquía en la mar estaban al caer las diez: media mañana perdida para la pesca, y la marea despuntando ya. Como que don Alejo sintió cierto ruborcillo _profesional_ al presentarse tan tarde delante de hombres del oficio, más madrugadores que él, que pescaban en dos barquichuelos parecidos al del Lebrato, al socaire de la isla: precisamente en el sitio de sus preferencias. Así y todo, gobernó hacia allá, pero con ánimos de comenzar la pesca á medio camino, de acuerdo con el parecer de Juan Pedro.

—Pues bogar firme vosotros—dijo;—que yo iré encarnando por los tres, y ese tiempo ganaremos.

Á los diez minutos de esto, cesó la boga y comenzó la pesca. El Lebrato había conocido ya las barquías de la isla. Las dos eran de San Martín.

Entre si muerden ó no muerden, y si sería peor ó mejor un poco más acá ó un poco más allá, pasó cerca de media hora; y ya iban á hacer otra _impuesta_, más hacia la isla, cuando el Josco, que pescaba por la banda de tierra, exclamó de pronto:

—¡Coles! ¿Qué es aquello?

Volviéronse hacia Pedro Juan su padre y don Alejo; y siguiendo la dirección de la mirada del asombrado mozo, distinguieron en el peñasco de enfrente, un poco á la derecha del boquerón del Pirata, como á la mitad de distancia entre la cornisa y la imposta de la fachada de aquella mole llamada por el Lebrato «á modo de torre grandona,» y á más de sesenta pies sobre el mar, algo que, desde allí, parecía un hombre abierto de piernas y de brazos, adherido á la peña como una garrapata. Reparando más, vieron que la figura se movía tan pronto hacia un lado como hacia otro, hacia arriba como hacia abajo, cual si vacilara y temiera. De pronto se llevó el cura las manos á la cabeza, y exclamó horrorizado:

—¡Santísimo nombre de Dios! ¡Armar, hijos, esos remos, y vamos hacia allá, que es él!

—¿Quién?—le preguntó el Lebrato, que parecía adivinar la respuesta.

—¡Quién ha de ser—respondió el cura sin apartar la vista de la peña,—sino un hombre dejado de la mano de Dios, como ese desdichado? Y ¿cuántos hombres de esos conoces tú, Juan Pedro, más que uno... tu amo?

—¡Válgame Jesús!—exclamó el Lebrato acabando de encapillar el estrovo, y al mismo tiempo que su hijo, dispuesto ya á dar la primera estrepada, exclamaba por su parte:

—¡Recoles, qué hombre ese!

—Y ¿aónde vamos?—preguntó el Lebrato, acelerado y trémulo.

—¡Qué sé yo?—respondió el cura, sentándose al timón, pero sin dejar de mirar á la peña.—Por de pronto, hacia allá, á acercarnos todo lo posible... porque ese infeliz está gastando las fuerzas sin adelantar un paso... y va á caer sin remedio.

—¿Y qué adelantaremos con ir—repuso Juan Pedro sin dejar de bogar con brío,—si la barquía no puede atracar hasta debajo de él? ¿No ve usté que está escripío de peñas al reador, en más de tres brazas de anchura, y cómo rompe la mar allí? Si cae, señor don Alejo, se desnuca, lo primero; y lo que de él quede, se lo tragará la rompiente en un decir Jesús.

—Pos caer, cae, y sin tardar mucho,—dijo Pedro Juan con gran aplomo.

—Sea lo que fuere, suceda lo que sucediere, hay que acercarse allá y discurrir un modo de prestarle algún auxilio... Malo es, malo ha sido; pero es hijo de Dios como nosotros... ¡Hala más, Juan Pedro!... ¡hala tú también de firme, muchacho!... Y no estaría de sobra que aquellos otros acudieran también...

«Aquellos otros» eran los de las barquías de San Martín, á los cuales comenzó á llamar con el pañuelo el cura, puesto de pie.

—¡Virgen María, qué demencia!—continuó exclamando y con la mirada fija otra vez en el peñasco.—¡Y allí está como una lapa, sin subir ni bajar, el desdichado, acabando con las pocas fuerzas que le quedarán! Pero, hombre, ¿no habría medio de darle ayuda por alguna parte? Quizás por arriba...

—Sería tanto como despeñarse los dos, él y quien bajara á ayudarle—replicó el Lebrato.—Pero anque eso se arriesgara uno á hacer, ¿por onde se va pa llegar antes que él se despeñe? Si tuviera un poco de serenidá, echándose hacia la izquierda pa ganar el balconuco, como yo le dije dende aquí mesmo un día... ¡Santo Dios!—exclamó aterrado de pronto el pobre hombre.—¡Si con aquel dicho habré tenío yo parte en esa barbaridá de locura?... Pero, señor, yo lo dije por decir, y por mí mesmo, que soy capaz de hacerlo como lo dije... no por él, bien lo sabe Dios que nos estaría escuchando.

—No te apure ese temor, Juan Pedro—se apresuró á decirle el cura para desvanecerle el escrúpulo,—aunque no te afirmaré que el desventurado no haya tenido en cuenta tu dicho en medio de su locura para atreverse á cometer la que está cometiendo ahora; pero ¿qué culpa tienes tú de qué haya un hombre, tan desatinado, que tome al pie de la letra esos diches, sin distinguir de colores?

—Quien ahí le ha puesto—apuntó grave y secamente Pedro Juan,—no ha sío el dicho de usté ni el de naide; que ha sío, ó el demonio, que le cegó por la cubicia que le consomía, ú Dios, que quiere que las pague toas juntas de ese modo...

Avanzó la barquía un poco más; y según iba aclarándose la figura, iban enmudeciendo los que la contemplaban; porque á la vez crecía lo terrible y solemne del espectáculo.

De pronto se oyó un grito agudo y lamentoso, como si saliera del fondo de una sima; y el hombre de la peña se desprendió de sus asideros y cayó precipitado por su propio peso; pero no hasta la mar, sino, con grandísimo asombro de los espectadores, hasta cuatro ó seis varas más abajo, donde se quedó oscilando y con la cara vuelta hacia la barquía.

—¡Coles... la cuerda!—exclamó Pedro Juan, mientras los demás estaban como petrificados.—¡Ya está visto pa qué la quería!

Efectivamente, el Berrugo (porque ya no cabía duda que era él) estaba amarrado por debajo de los sobacos con una cuerda sujeta arriba por el otro extremo. La cuerda, buscando su aplomo al caer el cuerpo que sostenía, se apartó hacia la derecha del camino que llevaba don Baltasar, y éste se halló debajo de la imposta, enfrente de la parte más lisa y cóncava de la peña, oscilando en el aire sobre un fondo sombrío y viscoso, y tejiendo con brazos y pies, como sapo en estaca. Horrorizaba verle así.

Ó porque distinguió á la barquía, ó porque el instinto de conservación se lo impuso, sucedió que el desdichado comenzó á dar alaridos y á pedir ayuda en todos los acentos que caben en los registros del espanto y de la desesperación.

El cura, sin saber qué hacerse, como los otros dos, se descubrió la cabeza y se puso á rezar por él.

—No hay poder humano que le ayude—dijo al mismo tiempo el Lebrato.—Otro, en su pellejo, se esquilaría por la cuerda; pero ¿de qué le ha de servir á él, que desde mucho más arriba, onde tenía apoyo pa los pies, no pudo aprovecharla pa ayudase con las manos tan siquiera?

—Sea lo que sea—exclamó el cura dejando de rezar, pálido y demudado,—acerquémonos más; y ya que no podamos salvarle la vida, hagamos algo por su alma.

Anduvo la barquía hasta acercarse tanto á las rompientes, que don Baltasar conoció á los que iban en ella. Lo demostró con un grito de júbilo.

—¡Dios os envía!... ¡Don Alejo!... ¡Hay Dios!... ¡Ya creo en Él... y en su misericordia!

—Por la cuenta que te tiene ahora,—murmuró Pedro Juan al oir aquellas voces que parecían de un alma en pena.

—Bien está eso, señor don Baltasar—gritó el cura con la poca voz que le dejaba su angustia.—Pero no deje también de creer en su justicia... y mire, mire... nosotros vamos á hacer por usted todo lo que humanamente se pueda; pero, por si no alcanza, prepárese para una buena muerte...

—¡Eso no!—gritó el Berrugo pataleando allá arriba.—¡Yo no quiero morir! ¡Yo estoy en sana salud y quiero vivir todavía!

—Y entonces, ¿por qué se puso tan en peligro de perecer, como se ha puesto por su gusto?

—¡Yo no me puse!... ¡Yo no sé por dónde ni cuándo he venido aquí!... ¡Yo he debido estar loco!... Agarrado á esta peña allá arriba, me ha despertado el espanto... ¡Por compasión!... ¡por caridad!... ¡ayúdenme, ampárenme... y pronto, que la cuerda trisca, y es de esparto viejo lo más de ella... y ya se me turba la vista... y me van faltando las fuerzas!...

De pronto se le ocurrió al Lebrato que se le podía socorrer desembarcando en la playuca, y corriendo luégo á tirar de la cuerda desde arriba. Pero había media hora hasta la playuca, y otro tanto por tierra, y la cuerda flaqueaba ya, y el hombre no parecía estar más firme que la cuerda.

—No importa—respondió el cura;—es el único recurso, y hay que intentarle...

En esto llegaron las dos barquías, cargadas de hombres con el horror pintado en las caras; y al triste son de los alaridos cada vez más lentos y apagados del infeliz Berrugo, les comunicó don Alejo su proyecto. Una de las barquías podía quedarse allí para animar con su presencia al agonizante, y las otras dos ir con sus hombres á auxiliarle por la playuca. Se convino en ello; partieron á toda fuerza de remo las barquías de San Martín hacia la playuca, y don Alejo se lo gritó á don Baltasar para darle alientos.

—¡Es tarde ya!—respondió el mísero, con la cabeza caída y los miembros lacios.—Me va faltando la vida; y la cuerda, que me ahoga con mi propio peso, trisca cada vez más.

—¡Hay que intentarlo, con todo!—dijo el cura; y añadió en seguida:—Y mire, don Baltasar: como antes le dije, por si acaso tiene usted razón, prepárese para una buena muerte... Haga un acto de contrición. ¡Mire que otros en mejor salud han fenecido!... ¡Mire que voy creyendo que para algo me trajo el Señor aquí hoy!...

No se sabe si respondió algo don Baltasar y no dejó oirlo el incesante machaqueo de la resaca; pero está fuera de duda que volvió á patalear entonces, porque esto se vió.

El Lebrato daba diente con diente, sin apartar sus ojos del espectáculo, y su hijo, contemplándole también sin cesar, estaba como electrizado. Don Alejo, impaciente y conmovido, mirando tan pronto á don Baltasar como á las barquías, que no andaban tanto como su deseo, continuó amonestando al moribundo, pues por tal le consideraba; y al ver que no le respondía, y que cada vez inclinaba más la cabeza y eran sus movimientos más débiles, recitó la oración de los agonizantes, arrodillándose los tres en la barquía; y luégo, levantando el brazo derecho y clavando los ojos compasivos en don Baltasar, bendíjole, y rezó con voz vibrante y solemne:

—_Si es bene dispositus, ego te absolvo a pecatis tuis, in nomine Patris et Filii et Spíritus Sancti._

En aquel mismo instante se oyó un trisquido y también algo como lamento, y se vió á don Baltasar precipitarse rápidamente, con las piernas y los brazos extendidos, como una rana que se lanza al charco, desde la altura en que oscilaba moribundo de horror y de fatiga, al erizado peñascal, en cuyas puntas rebotó dos ó tres veces antes de desaparecer entre las revueltas espumas de la resaca.

El Lebrato y el cura lanzaron un grito. El Josco se echó hacia atrás, pálido como la pechera de su camisa; y los tres contemplaron, consternados, cómo se enrojecían las espumas del agua que batía las peñas entre las cuales había desaparecido don Baltasar.

El cura volvió á hincarse de rodillas; y mirando al cielo le elevó esta súplica, como recomendación del alma del desdichado:

—_Súscipe, Domine, servum tuum in locum sperandæ sibi salvationis a misericordia tua._

Era imponente y aflictivo aquello; y aún lo fué más cuando al ver los del barquichuelo flotar el largo pedazo de cuerda que había caído á la mar con el mísero despeñado, se lanzaron, con riesgo de sus vidas, á cogerle; y tirando de él don Alejo y remando los otros dos hacia afuera, apareció, casi á flote y remolcado por la barquía, el ensangrentado cadáver con el cráneo deshecho y los miembros destrozados.

POLANCO, agosto-octubre 1888.

[Ilustración]

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INDICE

Páginas.

I. —«Ré» en la Arcillosa. 5

II. —El conflicto de Pedro Juan. 27

III. —Adónde fué á parar la segunda sarta de peces. 43

IV. —«Ese hombre». 61

V. —Continuación del anterior. 81

VI. —Varga abajo y varga arriba. 101

VII. —Cuentas de familia. 111

VIII. —El médico don Elías. 123

IX. —Las cosas de don Elías el médico. 147

X. —Por dónde flaqueaba el Berrugo. 177

XI. —Las lunas del Josco. 197

XII. —En qué manos andaba Inés. 213

XIII. —La obra de Marcones. 227

XIV. —El cura de Robleces. 247

XV. —El pleito del profesor. 265

XVI. —El fallo de la educanda. 281

XVII. —El agosto del Berrugo. 301

XVIII. —Vuelta al pleito de Marcones. 325

XIX. —El caballero del altar mayor. 345

XX. —Quién era él. 357

XXI. —Arroz y gallo muerto. 377

XXII. —Examen de conciencia. 405

XXIII. —Corrida en pelo. 427

XXIV. —Leña al fuego. 449

XXV. —Anales de tres semanas. 469

XXVI. —La puchera del Lebrato. 483

XXVII. —Luz y tinieblas. 505

XXVIII.—En el fondo del abismo. 523

XXIX. —El poder de una idea. 537

XXX. —Cosecha de tempestades. 557

XXXI. —«Por do más pecado había». 581

[Ilustración]