La Puchera

Part 29

Chapter 294,255 wordsPublic domain

—Me coge—pensaba con la rapidez que se movía,—como en una ratonera, y atado de pies y manos, y cuando empiezo á sentirme rendido de pelear á muerte con la mitad del género humano para sacarle el quilo... y es la primera vez que se me quiebra la suerte y el demonio me abandona, si es que no se pone contra mí, como lo voy temiendo; porque solamente cegado por él, he podido ser yo tan torpe como he sido... ¿Qué al caso venían ahora esos rigores, si con mucho menos hubiera logrado todo lo que me proponía? Pero ¿quién había de creerla capaz de una resolución así? Yo me dejaba llevar del ejemplo de su madre, que no se movió, que no despegó sus labios, ni con una mala mirada se rebeló contra mí; y eso que acabé por matarla. ¡Como si los tiempos y los casos fueran los mismos! ¡Ciego, más que ciego! ¡Bestia, más que bestia! ¡Y pude recibir en mi casa á ese bribón, sin calarle las malas intenciones, y hasta metérsele á ella por los ojos, creyéndole rico y campechano!... Porque un hombre así era todo lo que yo ambicionaba para ella: un hombre rico que la aceptara por pobre. Y no por su bien. ¡Por su bien!... Si sólo se tratara de llevármela de casa, ¡qué mayor ganga para mí? Un bulto menos y una ración que ahorrar; y á ver cómo no hacían de ella trizas y jigote escabechado, ¡bribona! ¡Pero resultar ahora que el currutaco ese que la levantó de cascos y se la llevó consigo y la encerró donde yo no puedo entrar para sacarla tiras del pellejo, es un tuno sin un real, listo como la pimienta, y con humos de gran señor!... ¡Lo que á mí más me ha espantado siempre! ¡Un sinvergüenza de esa estofa, que me reclamará, por de pronto, lo que yo no quiero ni debo darle, y mañana me devorará estas riquezas que no puedo llevar conmigo á la sepultura, ni esconderlas donde nadie las encuentre! En fin, que me dieron la tostada. ¡Y qué tostada!... ¡Tonto yo!... ¡pillo redomado él, y viles, infames y cochinas las leyes que le amparan contra mí!... Pero, señor, ¿por qué ha de haber esas leyes? ¿En qué justicia cabe que lo que yo tengo, que lo que yo gano, que lo que yo sudo, no ha de ser mío, mío solamente, y para nadie más que para mí? ¡Ah, pillos legisladores! Si tuviérais camisa que perder, ya pensaríais de otro modo; pero hacéis las leyes descamisados y hambrientos, y así salen ellas: encubridoras de ladrones... Mientras viva, ese granuja, invocando derechos que vosotros le habéis dado, meterá las uñas de raposo en mis bolsillos; y tras de arrancarme lo que es ya de su mujer desde que murió su madre, dará un tiento á lo que es mío, para sacar una tajada de ello á título de gananciales... ¡que no será poco, en gracia de Dios, si el demonio no me da tan buena maña para esconderlo, como la que me dió para adquirirlo!; y cuando me muera, volverá esa garduña, y levantará las tablas del suelo y las latas del desván, y revolverá todos los rincones de la casa pensando que lo tengo escondido en onzas de oro... ¡En onzas de oro! Las onzas enterradas no producen, ¡cochinote!, al paso que se dejan ver de ojos de zahorí ratero, como la ladrona de mi criada... ¡y como tú!... Y cuando más engañado se crea el grandísimo bribón, porque no halle barriles de monedas en que hundir los brazos hasta el codo, rebuscando aquí y allá, vendrá á abrir esa alacena ¡esa! atestada de legajos; y comenzará á deshacerlos uno á uno; ¡y entonces sí que se relamerá de gusto, el gran canalla, al ver el caudalazo que representan, y pensar en la vida regalona que podrá darse, y al fin se dará, con aquellas gotas del sudor y de la sangre del mismo corazón de este mentecato majadero... y más que estúpido!... ¡Oh, que no pudiera yo estar á aquellas horas á su lado, para hacer con los papeles una hoguera en el corral y asar al ladrón en ella!... ¡Leyes, leyes de bandidos! ¡Malditas sean por siempre jamás amén!... Yo quisiera ahora ser cien veces, mil veces, un millón de veces, más rico de lo que soy, para hacer unas leyes á mi gusto, ó comprar á la Justicia y al rey mismo, para que no rigieran conmigo las que oprimen á los demás, y se me autorizara para colgar por el pescuezo al pillo ese, y á la taimada que le ayuda contra mí, y á todos sus encubridores y cómplices indecentes. ¡Mal rayo los parta, y á mí, por tonto, con ellos!

Aquí hizo el Berrugo, de repente, un alto en sus vueltas de torbellino; y con la mano con que se acariciaba la barbilla, recorrió toda la cara y se restregó mucho las narices y los ojos. Éstos le chispeaban, y tenía los pelos erizados y la boca muy reseca. Permaneció así un buen rato, como si le deslumbrara y le abstrajera alguna visión interna, ó se hubiera desquiciado de repente la máquina de sus pensamientos. Ello es que presentaba todo el aspecto de un loco enjaulado. De pronto bajó otra vez la mano á la barbilla, y volvió á sus paseos circulares y vertiginosos.

—¡Y decir á Dios—pensaba mientras se movía,—que esto de unas riquezas tan enormes, que parecería dicho vano á cualquiera, podría ser una realidad visible y palpable á la hora menos pensada! Porque _él_ está allí; tan fijo, como yo estoy ahora abrasándome la sangre entre estos montones de miseria... Y no puede estar en otra parte; porque es imposible que mientan tantas señales juntas. Allí está, lo juraría, hacia lo hondo, entre lo obscuro: parte en cajones bien enzunchados; lo otro en pilas y á granel... pero mucho, ¡muchísimo!... ¡Y yo que á estas horas podía haberlo visto con mis ojos y palpado con mis manos, si no fuera tan gallina! El Lebrato decía verdad. Es una escalera aquello. Cincuenta veces lo he estudiado; otras tantas he tenido las piernas en el primer peldaño; pero la altura, la cabeza... el miedo, ¡qué demonio! me ha echado siempre hacia atrás... Y eso no puede averiguarse de otro modo... No hay hombre en el mundo que merezca tal confianza: el más honrado me engañaría. Sin ese temor, ya hubiera yo enderezado á Juan Pedro; y con temor y todo, he estado á pique de proponérselo... ¡Para él estaba! Después de visto y palpado por mí, ya será otra cosa. Ya sería aquello mío, y ya no podría engañarme cuando con él y con otros y por los medios seguros que yo dispondría con todo sosiego, se fuera sacando... ¡qué hermosura! No acabaríamos de ver filas de carros desde allá hasta Robleces, en una semana, ¡y todos cargados de ello!... Después, aquí mismo, caja por caja... ¡qué curiosidad antes de abrirlas, y qué admiración, qué asombro, después de abiertas! ¡Qué correr mares de oro por el suelo!... Y ¡qué oro! De lo superior de entonces; no de este oro de pega que se usa, que tiene una mitad de alquimia. ¿Pues la pedrería suelta? ¡Á celemines! ¿Y las joyas? ¡Á montones! Para guardarlo, me daría el gobierno un batallón de civiles... y además dormiría yo sobre ello, por si acaso. ¡Qué colchón tan asombroso! En seguida iría comprando y comprando, aquí media ciudad, allá media provincia, y aún me quedarían tesoros bastantes para ser señor de honras y conciencias, después de ser tan poderoso como el rey más poderoso entre todos los reyes del mundo... Y no temieran esos personajes que yo fuera á disputarles la bambolla con mis lujos. Baltasar Gómez de la Tejera sería como ahora, y tan Berrugo como he sido hasta aquí, según me llaman mis cariñosos convecinos, á quienes parta un rayo. Me daría por satisfecho con ver llegada la hora de que anduvieran las gentes á mi gusto y se fabricaran las leyes á mi antojo. Porque esa hora habría llegado ya, y sin necesidad de que yo la llamara: en cuanto se oliera por el mundo que se apaleaban las onzas y los diamantes en este caserón de Robleces. ¡Vaya si conozco yo á los hombres, y sé lo que escasea el dinero entre ellos!... Pues repito que esto que doy por hecho no es soñar; que esto puede ser la verdad pura á la hora menos pensada: en cuanto á mí se me ponga entre cajas el empeño de vencer con una industria, que ya tengo bien ideada, ese recelillo que me queda... esta punta de miedo que me acomete en cuanto me arrimo allá y avanzo una pierna ó la mirada fuera de lo seguro y firme... Porque insisto, porfío... ¡juro que él está allí, allí, esperando á que lo descubra con mis propios ojos!... porque no pueden descubrirlo otros que los míos... porque está destinado para mí, y para nadie más que para mí... y ha de ser mío, aunque para estorbarlo se juntara el cielo con la tierra...

Hasta muy cerca de aquí, ya había llegado el Berrugo durante el verano aquél, muchas, muchísimas veces, con este mismo arrechucho; pero en la ocasión de que se trata, exaltado ya el hombre por el disgusto que había pensado digerir allí cuando cayó abismado en las honduras de su manía, avanzó con ella mucho más adelante; y llegó á ver tal cúmulo de demostraciones evidentes y de facilidades comprobadas, que acabó por hablar á voces; y loco, loco de remate estaba, cuando oyó golpes en la puerta de su encierro. La sorpresa le volvió algo á la realidad de la vida; pero, recelando de todo, dudó si se haría el sordo ó si respondería. En esta duda, los golpes se repitieron, y al fin se decidió á preguntar quién llamaba.

—Soy yo, si no molesto,—respondió la voz de don Elías desde el portal.

Abrió entonces, estremecido y como si obedeciera á un impulso extraño, el supersticioso don Baltasar; y don Elías, que por su parte también iba bien espeluznado, se quedó suspenso al verle de aquella traza alarmante.

—¿Qué se le ofrece?—preguntó al médico, atravesándose en la puerta á medio abrir.

—Me dijo Antón, que salía al llegar yo á la portalada, que estaba usted aquí, y por eso he llamado sin subir; porque á usted es á quien vengo buscando.

—Y ¿para qué?

—Para una cosa que le interesa muchísimo.

—Pues dígala pronto, porque estoy de prisa y de mal humor.

—Si me permitiera usted—añadió don Elías pasándose el pañuelo por la frente para enjugarse el sudor,—entrar un poquito más adentro... porque convendría que nadie se enterara.

El Berrugo, por toda contestación, dió un paso atrás sin soltar su mano del pestillo. Entró don Elías de medio lado; cerró el otro la puerta, y sin moverse de allí le dijo con la mirada:

—Ya está usted hablando.

Entendióle don Elías, y comenzó de esta suerte:

—Como la noche ha sido toledana para mí, levantéme con el sol; y no siendo esa hora la más á propósito para visitarle á usted, con la mira de hacer tiempo, bajéme á despachar la visita de Las Pozas, que no era larga, por mi cuenta; pero parece que el demonio se había metido allí de patas desde anteayer acá, porque no bien salía de una casa, ya me estaban llamando para otra... Yo no sé si los higos, que no escasean este año, ó la mucha mora que hay por esos bardales... porqueriucas de nada; pero ello es que con tanta visita y un rato que pasé en la última de ellas para tomar una taza de leche, que buena falta me hacía, porque estaba en ayunas, se me fué más de media mañana.

—Y á mí ¿qué me importan esos higos ni esas moras, ni esa taza de leche, ni que se lleven los demonios á todo el barrio de Las Pozas?—saltó el Berrugo impaciente y con un gesto y una voz que flagelaban.

—Quería decirle á usted—replicó don Elías humildemente,—que por esa razón, y por lo que he tardado desde Las Pozas aquí, aunque he venido á escape y sin tropezar con alma nacida, no me ha sido posible avistarme con usted tan pronto como yo deseaba... Voy á entrar al punto en materia, señor don Baltasar, que ya veo que está usted muy impaciente. Pues, señor, que, como le dije á usted hace un momento, esta última noche fué toledana para mí. La médica se puso como para quedárseme entre las manos; á las chicas les dió la ventolera también, y armaron cada catacumba que temblaba la casa; la cena fué mucho peor que todo ello, y, resultado, que á las altas horas logré un poco de sosiego y me metí en la cama: por supuesto, para no pegar los ojos. Que vuelta acá, que vuelta allá y que vuelta al otro lado, en una de ellas ¡zás!... la linterna á los ojos y mi hermana detrás de ella.

Aquí dió un salto el Berrugo; y por más que tosió y carraspeó para disimularle, no lo hubiera conseguido á no estar ya don Elías enteramente espeluznado, y absorto en la ilación de su relato, que continuó de esta manera:

—Acordándome de la otra vez, dí por hecho que iba á ser cosa de otro viaje á la llosa grande, en ropas menores y descalzo, y traté de incorporarme; pero me hizo señas para que me estuviera quedo, y en seguida, con su voz, con su misma voz, con la voz que tuvo en vida y yo recuerdo muy bien, aunque bajito, muy bajo y muy arrimada la boca á mi oído, me dijo... ¡por estas cruces se lo juro á usted, señor don Baltasar! me dijo: «Elías, dile á ese hombre, que está donde él ha creído; que suyo es, que no tarde y que no tema.» Con esto apagó la luz, y se desvaneció ella también.

El pestillo de la puerta, bajo la mano temblorosa del Berrugo, repiqueteaba en su retenedor; y no con toses, con alaridos disfrazaba el supersticioso la crispatura en que le había puesto la declaración del otro visionario. Pues aún halló en los rincones de sus adentros roñosos, un poco de ironía burlona para decir á don Elías, que se había quedado con los ojos encandilados y la frente bañada en sudor:

—Pero, alma de Dios, ¡cuándo acabará usted de ver visiones y de jeringar al prójimo con los relatos de ellas?

—¡No hay tales visiones, señor don Baltasar!—replicó el médico irguiéndose inspirado y atrevido.

—¡Quite usted allá!—añadió el otro, empujándole hacia la puerta.

—Y «ese hombre»—insistió don Elías haciéndole frente,—«ese hombre» á quien se refería mi hermana, es usted, por todas las señales.

—¡Vaya usted con doscientos mil demonios, y no me rompa más la cabeza con sus majaderías!

Y al mismo tiempo que le lanzaba estos improperios, con una mano abría la puerta y con otra le arrojaba del cuarto.

En seguida que se vió solo, volvió á cerrar; corrió hacia la mesa, y cayó desplomado en una silla con los ojos fulgurantes, la boca entreabierta, los brazos en cruz y las piernas estiradas.

Entre tanto, don Elías, limpiándose el sudor de la cara con el pañuelo, salía á la calle al rayar el mediodía, sin sospechar, el desdichado, que á aquellas horas era el único viviente del barrio de la Iglesia que no sabía una palabra del suceso gordo ocurrido la noche antes en aquella misma casa.

¡Él, que se descuajaringaba y desvivía por correr un mal chismuco antes que nadie!

[Ilustración]

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XXXI

«POR DO MÁS PECADO HABÍA»

Á la hora convenida con el Lebrato, y después de decir misa, estaba don Alejo en la barquía, con un chaquetón negro y un _galero_, negro también y también viejo, porque el chaquetón lo era: únicas prendas que llevaba encima, diferentes de las de todos los días. Llevaba muchas cosas que contar; y con la promesa de ir haciéndolo por el camino, agarró la caña del timón; bogaron el Lebrato y Pedro Juan, y comenzó la barquía á deslizarse por la Arcillosa adelante. Estaba la mañana como la mejor de primavera, y esto acababa de transportar al animoso párroco á los buenos tiempos de sus aficiones de «pescador de altura,» como él se llamaba á sí propio con gran énfasis. Para explotarlo todo y no perder el tiempo, en cuanto desembocó en la ría largó un aparejillo de _sereña_, de su propiedad, cuyos anzuelos había encarnado poco antes; y así las cosas, remando firme el Lebrato y Pedro Juan, y avanzando mucho la barquía, dió principio el cura á sus relatos, mientras gobernaba con una mano y sacudía blandamente con la otra el aparejo tendido.

Lo de Inés se había arreglado tan puntual y guapamente como lo tenía calculado él. Estaba ya bien libre, la pobre, por todos los días de su vida, de caer en la infame ratonera de que se había escapado por un milagro de Dios. En otra, harto más llevadera, la encerraría él muy pronto, y en buena compañía. ¡Que fuera la Galusa á hincarle las uñas allí! Había sido muy de notar el sosiego con que recibió el Berrugo la notificación del depósito de su hija. Refirió también lo que sabía de los pasos dados inútilmente por las gentes de la casa, y bien á la fuerza, por la autoridad, en busca de la fugitiva; y aseguró que Marcones, al encararse con él, había sido bien despachado.

Al Lebrato le pareció todo ello muy bien, y Pedro Juan habló un poco para ratificarse en su conocido dictamen del canto al pescuezo, por lo tocante al Berrugo.

—No se quedará sin él, aquí ó allá, si le merece—dijo el cura;—que Dios consiente y no para siempre. Y ahora va lo mejor de todo lo acontecido ayer en la casona. Parece ser que el Berrugo se encerró en su leonera de abajo, en cuanto ocurrió lo del Juez municipal; y que mientras estuvo encerrado allí, entre la tía y el sobrino, que andaban en conciliábulos arriba, llegó á armarse tal zipizape, que al fin se echaron las uñas. Según Luca, que lo oyó, la cosa se fué encrespando sobre quién de los dos había tenido más culpa en que la tajada se les escapara de los dientes. La moza se asustó; y viendo que no subía su amo, aunque ya era bien pasada la hora de comer, bajó á llamarle con ánimo de que pusiera paz entre aquellos dos demonios, que andaban ya muy cerca de rodar por los suelos. Golpeó á la puerta, pero el hombre no respondía; golpeó más, y tampoco; hasta que en fuerza de golpear y golpear y de decir á gritos, por el ojo de la cerradura, que se mataban arriba, destrancó el Berrugo, abrió y se presentó delante de la muchacha, con una traza que metía miedo: con los ojos encandilados, las cejas erizadas, el poco pelo hecho una greña, y el color de la cara, de difunto. Preguntó, como espantado, quién se mataba; respondió Luca lo que ocurría; y después de decir él que ojalá fuera verdad, la emprendió para arriba con todo el aire de un demente. Guióse por el ruido de la marimorena, y se encontró en el cuarto de la Galusa al sobrino y á la tía, hechos un ovillo, rodando á los pies de la cama: él con la cara desollada á arañazos, y las dos manos en el pescuezo de ella, que ya enseñaba los gañotes y se la saltaban los ojos, mientras retemblaba la casa con maldiciones y blasfemias. El Berrugo no se anduvo en chiquitas: sin decir una palabra, pero con todas las trazas de recrearse en ello, y no para poner paz, sino para acabar cuanto antes lo comenzado, puntapié va á la una, bofetón al otro, silletazo por aquí, garrotazo por allá; hasta que alzándose los dos de repente, y como si un odio común los hubiera puesto de acuerdo, empréndenla con él, hechos dos furias; y allí, Pedro Juan, hubiera fenecido el desdichado sin necesidad del canto tuyo, á no llegar Antón, que volvía de levantar un vallado en una heredad de la llosa Grande, y meterse por medio, con la ayuda que entonces se atrevió Luca á prestarle. Separados los tres combatientes, que parecían, por lo erizados y gruñones, tres perros vagabundos después de una engarra, lo primero que ladró el Berrugo, porque aquello no se parecía á voz humana, fué para decir á la tía y al sobrino que salieran inmediatamente de su casa, para no volver jamás á poner los pies en ella. Dió esto motivo á una nueva encrespadura de la fiera, que reclamaba sus soldadas y alegaba otros derechos que eran un escándalo y, en buena justicia, merecían la recompensa de un presidio para la reclamante y para el reclamado; y como éste conservaba aún en la mano el garrote que había cogido antes en un rincón del cuarto para esgrimirle, como le esgrimió, sobre el ovillo, y se disponía á esgrimirle nuevamente sobre la provocadora, armóse el terne criado de resolución; echó del cuarto á empellones, pocos, pero buenos, á la tía y al sobrino; llevó á éste medio en volandas hasta la calleja; púsole encarado á Lumiacos con la advertencia, muy en serio, de que tomara soleta por allí y sin mirar hacia atrás; volvióse arriba, y se encontró á la Galusa amarrándose las greñas en mitad del carrejo, y jurando, entre aullidos, que en cuanto acabara aquella labor y se calzara unos zapatos, iba á largarse de casa, pero para ir á la del Juez y encausar á aquel ladrón de soldadas, mal padre y peor marido. Y así lo hizo poco después. Se largó de casa con un lío al brazo, á medio tapar con las puntas de un chaluco lleno de lamparones y pispajos.

Á todo esto, el Berrugo, sin querer probar bocado ni soltar de la mano el garrote, se había puesto á dar vueltas por la sala; y dando vueltas y más vueltas, sin hablar una palabra, mirando sin saber á qué y estremeciéndose á lo mejor de repente, se pasó hasta media tarde. Entonces empezó á mascullar algunos dichos que no se le entendían bien, y en dos ocasiones se plantó encarado á la pared; hizo muy arriba de ella una raya con el palo, y dijo muy claramente: «¡Lo menos, hasta aquí! ¡Qué hermosura!» Otra vez dijo, muy claro también: «Con quince brazas hay de sobra, y ya sé de dónde sacarlas.» Y después de decir esto, sin reparar siquiera en los dos criados que andaban casi arrimados á él y mirándole de hito en hito, bajó á escape al cuartón del estragal; descolgó todas las cuerdas de carro que había allí; las fué anudando una con otra; atesó bien los nudos; midió las brazas que daban entre todas; le parecieron bastantes; y haciendo después con la cuerda entera una madeja muy curiosa, se la echó al hombro, se metió en el cuarto del portal, que es su leonera, y allí quedaba encerrado media hora después de anochecido, que fué cuando vino Luca á mi casa á contarme todo lo que os he contado y á pedirme mi parecer. Porque la moza ha llegado á cogerle miedo, y no sabe qué partido tomar: si largarse de casa, ó seguir allí por caridad, hasta ver en qué para aquello. Quedéme asombrado, como podéis suponer, y la aconsejé que se aguantara, con ciertas precauciones, sobre todo de noche, un par de días siquiera, si Antón se aguantaba también. Suponía yo, y sigo suponiendo, que todo aquello no es más que un arrechucho ocasionado por lo de Inés, y un poco más encrespado por la zurribanda del mediodía. Es la primera vez en su vida que le sale el tiro por la culata; el hombre es malo á toda ley, y pierde los estribos de coraje... Hoy no he sabido cosa alguna de él. Al pasar para Las Pozas, quise preguntar; pero ví la casa muy cerrada y hallé la portalada trancada por dentro: supuse que estarían durmiendo todos... y no sé más. Conque ¿qué os parece la historia?

De perlas les había parecido. Por saborearla mejor, hasta se habían descuidado en la rema mientras el cura la contaba.

—Siempre pensé yo—dijo el Lebrato,—que ese hombre había de acabar de mala manera... Porque, por mi cuenta, ya está loco.

—Y si lo de la cuerda—apuntó el Josco,—fué pa colgase con ella, permita Dios que no güelva en sus cabales.

—Sobre eso de la cuerda—dijo el cura dando un tirón muy fuerte del aparejo, pero sin trabar nada en él, aunque la picada había sido buena,—sobre eso de la cuerda, desde que Luca me contó que Antón había dicho que el médico, el otro visionario, había estado encerrado con él en la leonera, tengo acá ciertas sospechas de que esté relacionado con su manía, lo cual no tendría nada de particular. Pero no hay miedo que haga un disparate; porque es hombre que, cuerdo ó loco, tiene mucha ley á su pellejo. Lo indubitable hasta la hora presente, es que le ha llegado la suya, y que se ve la mano de Dios encima de él amenazándole con el castigo que le espera...

—Mucho tiene—observó el Lebrato;—pero á cambio de ello, no quisiera verme en su lugar.

—¡En el pellejo de ese hombre?—exclamó el Josco estremecido.—¡Recoles! ¡moro relajao primero!

En éstas y otras, anduvo la barquía más de otro tanto; y el cura, dale que dale á la sereña y encarna que encarna anzuelos, y no embarcó más que dos panchos y una lobina, que no pesaban en junto medio cuarterón. Más adelante ya tuvo mejor suerte en su cacea: pescó dos mubles de á libra, y una porredana de tres cuarterones bien corridos. Todo, por supuesto, para entretener sus impaciencias hasta llegar al «pozo grande,» donde no se mataba el hambre de unas aficiones como las suyas, con parvidades como aquéllas.