Part 28
Hasta que se oyeron pasos en el portal, y dió el corazón de Inés dos volteretas en el pecho. Abrió Pilara la puerta después de cerciorarse de que era «gente de paz» la que llamaba, y entraron juntos los cuatro que se esperaban; porque los que venían de Nubloso, llegaron al portal en el poco tiempo que tardó Pilara en abrir la puerta. Lo mismo Quicanes que don Alejo, venían bien enterados de lo que ocurría; y en cuanto Inés los tuvo delante, se echó á llorar desconsolada.
—Eso va contigo, Tomasuco—le dijo el cura al de Nubloso;—consuélala tú que sabes, pero sin abusar del chicoleo, porque no hay tiempo que perder, y yo traigo mi plan para acabar primero.
¡Bueno estaba Quicanes para consolar á nadie cuando se le estaba saliendo á él el alma por la boca, particularmente desde que tenía delante á Inés, de cuyos dolores era él la causa! Pero hizo lo que pudo; y no lo hizo mal, si ha de juzgarse la obra por los resultados. Inés siguió llorando un ratito más; pero bien claro se veía en sus ojos, en cuanto pudo mirar con ellos á su amante, que había vuelto la vida á su corazón. También don Alejo ayudó valientemente á aquel acto de caridad.
Se habló allí poco, muy poco, sobre el caso peliagudo. No había para qué hablar mucho. El de Nubloso manifestó solemnemente al cura que, por los motivos que él sabía desde que se lo había declarado todo en su casa al salir de la de Inés despedido por su padre, no podía ofrecer otro sacrificio que el de su vida para defenderla de toda agresión, viniera de donde viniese, y que á esa obra había jurado consagrarse desde que Pedro Juan le había enterado de lo que pasaba.
—Eso—respondió don Alejo sin perder su buen humor de siempre,—es nada y es demasiado. Nada, porque contra los derechos de un padre, por duro de alma que sea, en ese particular no hay valentía que valga; y demasiado, porque sería la mayor tontada del mundo desperdiciar una vida que nos hace falta aquí para otra cosa. Y atiende bien á esto que te voy á decir; y tú, chiquilla, prepárate á ayudarme en todo, y guárdete Dios de poner un solo reparo á lo que declare y disponga, porque eso será lo que haya de hacerse. Y digo, Tomás, que todo cuanto me dijiste aquel día y anteayer cuando volviste á tratar conmigo del propio asunto y á adquirir noticias que no pude darte de esta infeliz, me pareció muy atendible; porque en esto de delicadezas, cada cual discurre y lo entiende á su modo, y hay que respetar los escrúpulos de cada quisque. Pero hoy han cambiado las circunstancias, y hay que mirar el asunto por otro lado diferente. Ya sabes lo que le pasa á Inés, ¿no es verdad?... Pues bueno: de esa misma enfermedad murió su madre: los mismos verdugos la mataron. Puedo jurarte que es cierto. Para librarse de una muerte así, no basta escaparse de la cárcel. Más tarde ó más temprano, la fugitiva volverá á sus hierros; porque, ya te lo he dicho, la ley ampara en estos casos al carcelero, por bárbaro que sea. En una palabra, Inés no puede estar segura en ningún escondrijo, aunque se le guarden coraceros, mientras no la ampare otra ley. ¿Me entiendes?... ¡Otra vez los puntos y las comas de calabaza!... Pues te lo pondré más claro todavía: tienes que elegir entre estos dos extremos: ó dejar que Inés perezca á fuego lento entre dos demonios, como pereció su pobre madre, ó ponerla sin tardanza al amparo da la ley, cosa que ya traigo estudiada y se hace en medio minuto delante del Juez, después de tenerla en lugar seguro. Éste es el caso. Á ver ahora, entre estas dos delicadezas, cuál te parece más delicada.
Y claro es que, en el dilema, el de Nubloso se fué por donde don Alejo quería.
—Pues se acabó la historia—dijo el buen cura.—Antes que amanezca el día, estamos tú y yo, con Inés, en Ansares, en casa de mi sobrino Gaspar, hombre de bien y caballero, aunque no gasta más que media levita. Tiene una mujer que vale tanto como él, y dos hijas que, si no anduviera Inés de por medio, diría que eran las dos muchachas mejores y más majas que hay en todos los pueblos del contorno. Allí encontrará esta infeliz el sosiego y el amor que no la han dado en su casa; y la guardará la puerta de demonios que quieran asaltarla, una cuartilluca de papel con cuatro garabatos que nos extenderá quien deba, en este mismo día en que estamos, hasta que remate yo la obra á mi gusto en la iglesia de Robleces. Conque arriba, muchachos, que no hay tiempo que perder. Ya veis que yo ni siquiera me he sentado.
Y era la verdad, que de pie hablaba don Alejo y con la capa de larga esclavina sobre los hombros, por más señas.
De lo que allí pasó entonces, sólo quiero decir, porque lo demás se adivina, amén de resultar empalagoso si se cuenta, que Inés volvió á ver en su imaginación el cielo aquél de sus esperanzas, barrido de nubes, limpio y sereno; y que al hallarse en el portal entre sus dos protectores, ya no temió á las tinieblas de la noche, ni á las asperezas del camino, ni á los sabuesos de su cárcel, ni á la zarpa de la Galusa, ni á todos los verdugos de la tierra que se conjuraran para acabar con ella. Volvía á vivir, y se congratulaba de haber padecido aquel martirio cruel, porque la abría las puertas de su soñado paraíso.
Pisando ya la mullida del corral, se volvió don Alejo para decir al Lebrato que, acompañado de sus hijos, despedía desde el portal á los que se marchaban:
—Ya supondrás que la canita de hoy se me queda sin echar; pero mañana, si Dios quiere, será otra cosa. Aquí me tendréis á la hora convenida... digo, si pensáis volver también mañana á la mar.
—Anque sólo juera por dale á usté ese gusto, señor don Alejo—respondió el Lebrato,—aquí me tendrá esperándole á la hora que quiera venir.
—Pues hasta mañana.
Y se perdieron en las sombras de afuera los tres del corral que se iban, y se metieron en casa los otros tres que se quedaban.
[Ilustración]
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XXX
COSECHA DE TEMPESTADES
Era ya muy entrado el día cuando la gente de la casona de Robleces notó la falta de Inés, Primero se notó la de la llave de la puerta de atrás, y el que estuviera descorrido el pasador del postigo de la portalada; pero la una podía haberse caído de la cerradura, ó ¡fuera usted á saber! y el otro haberse quedado sin correr por olvido casual, aunque aseguraba el Berrugo que le había corrido él mismo, como todas las noches; como aseguraba también que la llave había quedado en la cerradura, y bien atravesada, para que no pudiera meterse otra falsa desde afuera. De todos modos, cualquier recelo cabía menos el de que Inés hubiera andado en el ajo. Lo que le descubrió fué su cama sin deshacer, cuando la Galusa, viendo que «la zanganota» no salía tan temprano como de costumbre, entró en el cuarto resuelta á «enderezarla á escobazos, si juere menester.» Se quedó helada al notar aquel indicio, y no quiso decir una palabra á su amo hasta cerciorarse de que Inés no estaba escondida en ningún rincón de la casa. No dando con ella, por más que preguntó á los otros criados y la llamó á voces desde muchas partes, ató aquel cabo suelto á los del pasador corrido y de la llave extraviada, y fuése, aleteando con los brazos y echando espuma venenosa por la boca, adonde trajinaba su amo. Refirióle el caso entre bascas y aspavientos, y se quedó el hombre hecho una pieza.
—Pues esa pícara—fué lo primero que habló el Berrugo al volver de su asombro,—no ha ido lejos, si ha ido sola, aunque haya salido por la puerta de atrás; y si no ha ido sola, el granuja, el pillo que la acompañó, estaba en inteligencia con ella; y esto no puede haber sucedido sin tu consentimiento, ó sin haber descuidado la vigilancia que corría de tu cuenta. De cualquier modo, tú eres la responsable; y si no me la entregas hoy, aquí mismo, en todo el día, soy capaz de sentarte en el llar de la cocina para freirte el pellejo, ¡bribonaza! ¡Ya estás andando!
Por primera vez en su vida, no tuvo la Galusa agallas para responder á su amo. Tan crespo y endemoniado le vió; y como á ella le interesaba tanto como á él el hallazgo de la fugitiva, dejando piques á un lado volvióse corriendo á la cocina para mandar al mocetón, que estaba almorzando con Luca, que fuera á escape á Lumiacos á decir á su sobrino que viniera sin perder minuto. Le parecía á la bruja, y con razón, que ningún mastín como aquél para dar con la oveja descarriada y sacarla de las fauces del lobo, si andaba lobo en el ajo, como se lo iba temiendo. Ella misma se echó á la calle á pedir noticias de casa en casa. Á la del cura no se atrevió á ir, porque le temía de lumbre desde muchos años atrás. Estaba enterado de la historia de la mártir, y no perdonaba ocasión de flagelarla á ella con echedizas que sacaban sangre. De ese paso se encargaría su sobrino.
Cuando supuso que podía haber llegado ya éste, se volvió á casa, sin haber hallado el menor rastro de lo que buscaba y bien segura de que no había en el barrio alma nacida que no se complaciera en ocultársele si le hubiera conocido. El Berrugo, entre tanto, dió parte al alcalde, excitándole, con ruegos y con amenazas, á que «cumpliera con su deber.» El alcalde porque le temía, como todo el pueblo, prometió echar los bofes en el empeño; pero en seguida de dar las órdenes á las personas que habían de ejecutarlas, fué diciendo al oído de cada una, que si topaban con la pista, se hicieran los tontos y se echaran por otro lado; porque era «sacar ánima del purgatorio dejar á la enfeliz fuera del alcance de aquellos dos demonios.»
Era ya más de media mañana cuando llegó Marcones, bien enterado de lo que pasaba, por el recadista. Venía verde, y sudaba hollín con azufre. En cuanto le atisbó su tía, corrió á su encuentro y le dijo ahogándose de rabia:
—Si no se la ha llevao ese pícaro á Nubloso, y anque se la llevara, el cura debe de andar en el fregao. Ella no tiene en el pueblo otro conocimiento que él; y á más que más, hoy no ha tocao á misa... ¡Vete á ver al cura sin parar!
Y Marcones corrió á ver al cura, que había vuelto á casa media hora antes. Aún tenía los zapatos sucios, y bien se le conocía en la cara y en el desaliño de toda su persona, la brega en que había andado desde las dos de la mañana. Todo lo tuvo muy en cuenta Marcones tan pronto como lo advirtió; y como él también llevaba á la vista buenas señales de la trotada que acababa de darse desde Lumiacos, y de la procesión que le andaba por adentro, bastóle á don Alejo una mirada para colegir lo que iba buscando allí el sobrino de la Galusa.
El cual, sabiendo por experiencia cómo las gastaba de frescas el cura de Robleces, le expuso su embajada con todo el comedimiento que cabía en un descomedido de su tamaño.
Quedósele mirando el cura después de oirle, con una cara que era un mosáico de reflejos: reflejos de burla, de gozo, de indignación... y hasta de un poco de ira, y luégo le preguntó:
—Y ¿quién eres tú, qué títulos, qué derechos tienes para venir á pedirme esos informes?
—Mandado soy, señor don Alejo—respondió tragando bilis el de Lumiacos.—Los favores recibidos obligan; el trato frecuente engendra interés y cariño, y las penas de los favorecedores se sienten y se lloran como las propias penas.
—¡Los favores recibidos!—repitió el cura mirando de alto á bajo á Marcones.—¡Las penas de los favorecedores!... ¡El cariño que les tenemos!... Pedantón y gazmoñote, ¡cómo has podido soñar que si yo supiera algo de eso te lo había de contar á tí? ¿Piensas que no sé lo que pasa? ¿Piensas que no te conozco? ¡Y había de ser yo capaz de poner en vuestras manos lo que acaba de salvar de ellas la Providencia de Dios!
Marcones rugió como un oso acorralado, y saltó de un golpe al registro de lo patético con espeluzno:
—¡Usted me falta! ¡Usted me injuria! ¡Usted se prevale de sus canas!... ¡Yo no he venido aquí á eso!
—Yo no te falto—replicó don Alejo con firmeza.—Yo no te injurio. Lo que hago es decirte la verdad, porque ya es hora y te me pones á tiro. Y lo dicho se lo cuentas si quieres á la bribona de tu tía y al pícaro de su amo... Porque yo no le temo, ¿entiendes? Á mí, si no es del pellejo, no tiene por dónde agarrarme, como tiene agarrados á tantos infelices. Yo todos mis bienes los llevo conmigo, en esta levita raída y en estos calzones con la culera remendada. ¡Mírala! Y á mucha honra; que ese es mi deber mientras haya en la parroquia otros más necesitados que yo. Y le añades que no ha de ser el cura de Robleces quien le dé noticias de la pobre oveja escapada de los dientes del lobo; pero que renuncie á esa carne para _in sæcula_, porque el milagro fué obra de Dios, y las obras de Dios son de larga dura. ¿Te vas enterando?
—De lo que me voy enterando—respondió Marcones, lívido y temblón,—es de que hay sobrado con lo que usted me dice, para ver que no fué todo obra de Dios, y que anduvieron también en ello manos carnales, bien conocidas de usted... y que por mucho menos se ha visto intervenir á la Justicia. ¿Me va usted entendiendo á mí?
—¡Pues no he de entenderte, imprudentón de Satanás? Y porque te entiendo, te declaro que tampoco me asusta la Justicia con que me amenazas. ¡Ojalá me pusiérais hoy delante de ella! ¡Qué cosas habían de saberse! ¡Qué cosas, Marcos, qué cosas! Todo Robleces iría á declarar conmigo; y ¡pobres de ellos entonces... y pobre de tí también!
—¡De mí?—exclamó Marcones llamándose á lo terrible con el aparato; pero, en el fondo, bien encogido ante la firmeza imperturbable del cura.—¡Usted me ofende otra vez; usted me calumnia de nuevo!
—Pataratas son esas—añadió don Alejo con aire despreciativo.—¿No te he dicho que te conozco? ¿Crees que no se te ha visto el juego en esa casa? ¿Piensas que se ignora en el lugar la parte que tú tienes, más de cerca ó más de lejos, en lo sucedido anoche en ella?... ¡Calla, calla, zagalón de los demonios, por la cuenta que te tiene, y no vuelvas á soñar con buscarte por ese lado la puchera! ¡Para tí estaba!
—¡Eso es otro insulto!—replicó, ronco de ira, Marcones.—¡Yo no he entrado en esa casa jamás con semejantes intenciones, y usted lo sabe muy bien! ¡Yo no nací para eso; yo sigo muy distinta carrera; yo tengo otra vocación más alta! Ella me tira, ella me reclama; y con la ayuda de Dios, no pasarán muchos días sin que yo vuelva al seminario.
—¡Al seminario tú!—exclamó en tono incisivo el cura.—¡Tú al seminario! ¡Imposible que se te vuelvan á abrir aquellas puertas! ¡Imposible que haya un obispo que te ordene; porque no puede concebirse que baje Dios á unas manos como las tuyas! Quédate, quédate en Lumiacos machacando terrones, que para eso naciste, y ayuda á tu padre, que mucho lo necesita y bien se lo debes. Arrímate al ariego y desmocha cajigas en el monte; desengrásate así, bárbaro, y castiga esas carnazas; y para ofender menos á Dios, busca una mozona capaz de sufrirte ese geniazo brutal, y cásate con ella. Así, cuando menos, sudarás lo que ganes, y podrás comer honradamente tu puchera. Con esto no tengo más que decirte; y como ya llevas más de lo que venías buscando, dame las gracias y lárgate cuanto antes, porque yo tengo otras cosas que hacer.
Y mientras Marcones daba patadas en el suelo y se golpeaba las nalgas con los puños cerrados, y castañeteaba los dientes y echaba espumarajos por la boca entre apóstrofes bravíos, don Alejo le volvía la espalda muy tranquilamente, y desaparecía de la saluca en que había recibido la embajada.
Cuando el de Lumiacos volvió á entrar en la casona, era tal su talante, que no parecía sino que acababa de recibir una paliza, después de un remojón en una charca. Así iba de lación, de palidote, de sudoroso y de trémulo. Contó el caso á su tía, y la tía, después de convenir con el sobrino en que el cura, por las trazas, había tenido gran parte en el fregado, y en que había que andarse con mucho tiento para ajustar con él esa clase de cuentas que podían enredarse demasiado, si el cura se empeñaba en ello, opinó además que, siendo ya el negocio principal cosa perdida para ellos dos, convendría meditar mucho sobre el modo de tratar del caso con «ese hombre» para que no hiciera una de las suyas que los comprometiera á todos, ó sobre si sería preferible no decirle una palabra y dejar que el demonio fuera haciendo su oficio y disponiendo de lo suyo libremente. Tuvo el sobrino por atinados los pareceres de su tía, y se pusieron á ventilar las dudas apuntadas.
Ventilándolas estaban, cuando se apeó de un rocín de mal pelaje y de peores aparejos, barrigón y desherrado, junto al mismo poste del soportal, Leto González, el de Los Castrucos, Juez municipal del distrito de Robleces. El cual Juez (que debía de traer larga jornada, por los jadeos del penco y lo que él mismo renqueaba al moverse, con las perneras encaramadas hasta cerca de las ligas y arrastrando por el suelo la única espuela que calzaba), baldragas y apocadote como era, atrevióse á llamar, sin duda por lo que tenía de justicia respetable en aquella ocasión, con dos varazos tremendos á la puerta del estragal de la casona; y pareciéndole que tardaban mucho en responderle, á echar escalera arriba y anunciarse allí con otro par de varazos, bien sacudidos y resonantes sobre la puerta del carrejo.
Salió entonces el Berrugo, que andaba subiendo y bajando sin saber lo que se hacía toda la mañana de Dios, aunque aparentaba cosa muy diferente; vió á Leto tan atrevido; acordóse del cargo que ejercía en el lugar; sospechó que su visita podría tener algo que ver con lo que á él le estaba preocupando; condújole á la sala sin preguntarle lo que quería; siguióle el otro muy hueco, sacando de paso unos papeles del bolsillo; y cara á cara y á pie firme allí los dos, sin preludios ni reparos y sin señal de miedo alguno, el Juez municipal de Robleces dijo al señor don Baltasar Gómez de la Tejera que, por delegación del señor Juez de primera instancia del partido, le hacía saber que, á petición de don Tomás Quicanes, de Nubloso, quedaba depositada su hija, doña Inés, en casa de don Gaspar de la Peña, natural y vecino de Ansares. Probó lo que declaraba con documentos fehacientes; enteróse el Berrugo sin desplegar sus labios ni hacer un gesto; cumpliéronse y se llenaron todas las formalidades de rúbrica; despidióse el de Los Castrucos, y dejóle ir don Baltasar sin decirle una insolencia, ni mostrar con signo alguno el efecto que le había producido la embajada.
La Galusa, que atisbó la escena desde el carrejo, se maravilló de aquella imperturbabilidad pacentísima de su señor y cómplice. Consideróla como celaje falso y encubridor de alguna tempestad destinada probablemente á descargar en seguida sobre su cabeza, y creyó muy conveniente esperar _á subio_, y siquiera los primeros embates. Llamó á su sobrino con una seña; díjole al oído lo que temía, y le llevó á su cuarto, donde se encerraron los dos, dispuestos á no abrir la puerta como no la echara abajo el huracán.
Se engañaba grandemente la Galusa, con lo bien conocido que tenía á su amo. El Berrugo no era hombre de estrépitos, sobre todo, de estrépitos infructuosos. La tempestad que había dentro de él no era de las que pasan con cuatro estampidos gordos y unos cuantos aguaceros, ni de las que sirven para instrumento de las cóleras de nadie: era de las sordas que empujan y flagelan y arrastran al más templado; y arrastrado y flagelado por la suya, sin acordarse para maldita la cosa de su criada, que no era lo que entonces le dolía, bajó á su leonera del portal, y allí se encerró, con las dos vueltas de la llave.
Sobándose la barbilla con los dedos apiñados de una mano, y rascándose á menudo la cabeza con la otra, comenzó á pasear en redondo en el mezquino espacio que dejaban libre las cubas, los barriles, la mesa y un par de sillas derrengadas que ocupaban lo restante de la pieza. Allí, y de parecido modo, solía él correr los temporales de su vida; aclarar los puntos dificultosos de sus problemas económicos; preparar sus grandes resoluciones, y hasta soñar á gusto en sus ideales tentadores y disponer la urdimbre de sus cábalas supersticiosas. No sabía pensar con arte si no se movía mucho y á solas y al amparo de sus ídolos, á modo de penates, que estaban allí; y lo mismo en lo que le contrariaba que en lo que le seducía, siempre había encontrado, por obscurecidos que estuvieran los horizontes de sus ideas, un punto luminoso que le guiara en su labor tempestuosa (porque en tempestades, más ó menos recias, paraban en su cerebro diabólico todos sus problemas), y al cabo llegaba á ser franca y triunfal salida.
Pero el huracán de esta vez era de noche cerrada y como jamás le había corrido él.