Part 26
—Me ví en América, á la edad que tengo, es decir, en el descenso ya de la juventud, desalentado para los negocios y sin esperanzas de hacerme rico por aquel camino. Con haber ganado mucho y bien honradamente, y sin un solo vicio dispendioso de que tenga que arrepentirme, cuando más aborrecibles se me hicieron aquel trabajo y aquel clima y aquellas costumbres, y con mayores fuerzas me tiraba la pasión de la patria nativa, me hallé con un puñado de oro por todo caudal ahorrado: lo preciso para vivir aquí cuatro ó seis años de caballero pudiente, después de hacer una excursión de despedida por determinados países de Europa. No sé si pasó por mi imaginación la posibilidad, bien acariciada y entrevista, de un casamiento ventajoso por acá, ó si fué sólo una idea volandera que cayó en el platillo de los cálculos risueños que yo me hacía, como contrapeso para inclinar la balanza del lado de mis preferencias. El hecho es que liquidé mis negocios; que tomé el puñado de oro de mis únicas ganancias positivas; que vine á España con los rodeos proyectados allá, y que llegué á Nubloso en la ocasión que os referí. Apenas hube llegado, oí hablar de los caudales de tu padre, de ciertas _cosas_ suyas, y de tus hermosas prendas personales... Y aquí entra lo negro y lo hediondo del asunto: oyendo estos relatos, tentóme el demonio; un demonio especial que debe de haber, tentador de la canalla y de los hombres que se hallan muy propensos á encanallarse; tentóme, digo, un demonio así; y pensada y deliberadamente, á ciencia y conciencia de lo que hacía, me vestí de indiano de pacotilla, rico y estrepitoso; me llené de batista almidonada, de colgajos y relumbrones, de paños finos y relucientes, y de perfumes de mucho alcance; y eligiendo, premeditadamente también, el día del santo patrono de este pueblo y el presbiterio de la iglesia, para que siendo el concurso más abundante resultara la exhibición más señalada, vine y plantéme donde me viste, en la persuasión bien fundada de que, entre estas gentes sencillas, cuanto mayor fuera mi estruendo, mayor sería su admiración... y la tuya por consiguiente. Y perdóname el agravio que entonces te inferí con el supuesto, por no tener cabal idea de lo que eres. Que no faltarías á la misa en fiesta tan solemne, no podía dudarlo yo, ni tampoco que me sería fácil hallarte con los ojos entre un concurso de toscos labradores, para ayudar con la mirada á la obra que yo me prometía de mi equipaje ostentoso. De manera, Inés, que persiguiendo estos fines innobles, me planté aquel día en el altar mayor, y sacaba el reló tan á menudo, y me movía de manera que brillaran en todo su esplendor las tapas y la cadena de oro, y las piedras de mis anillos y botones, y te miraba á cada instante después que te descubrí entre la muchedumbre; farsa fué igualmente mi inmediata visita á vosotros, en la que, de propio intento también, estuve estrepitosamente locuaz y charramente cortés: farsa, y farsa innoble y grosera, la del pretexto que alegué de la compra de la casa, para tener por mucho tiempo abiertas las puertas de ella; farsa ciertas exageraciones de efecto en la relación que hice en la mesa, de mis viajes; farsa, y farsa no ya grosera, sino infame, las insinuaciones pérfidas sobre capitales míos depositados en los más famosos bancos del mundo; y farsa sostenida ya á aquellas horas, no sólo por el propósito concebido en Nubloso, sino por el estímulo de tu belleza, que me estaba llamando grandemente la atención.
Hablando contigo en la romería por la tarde, este interés fué creciendo extraordinariamente; y cuando tratamos del caso del huertuco pobre y la rosa colorada, y, sobre todo, cuando vine á continuarle aquí, ya no podía decidir yo si me empujaba el empeño de triunfar en la innoble empresa acometida, ó la curiosidad desinteresada de ver lo que se descubría escarbando en tus pensamientos. Pero aún no me remordía la conciencia; aún me tenía cegado el demonio para que no viera lo bajo y lo abominable del empeño en que estaba metido. Esto me lo reservaba Dios para que lo sintiera de un golpe súbito y tremendo, en el instante en que, después de aclararte yo aquí, en este mismo sitio, á tu lado, contemplándote y sintiéndote y observándote á mi gusto, sensación por sensación y latido por latido, lo que te faltaba conocer del cuento comenzado en la romería, ví tu alma, cándida y pura como los ampos de la nieve. Ese fué el espejo, Inés, que Dios me puso delante de los ojos para que se reflejara en él cuanto había de miserable en mi proceder de canalla. Y tanto me avergonzó el espectáculo, que, te lo juro, en aquel instante deseaba haberme equivocado en lo que había leído en el elocuente silencio con que me respondiste. Me hubiera dolido el desengaño; pero era mucho más doloroso lo que temía y ha sucedido ya: que á medida que fuera conociéndote, había de ir avivándose mi llama y cerrándose la salida del conflicto en que me veo. Vil y atormentado callando, aunque posible me fuera callar, y despreciable á tus ojos refiriéndote abochornado lo que me acabas de oir... Porque, por más vueltas que á mi pecado se dé, no hay modo de tapar lo que tiene de canallesco, de ridículo, de chocarrero y de mal gusto... En fin, que me parece menos aborrecible que yo, el hombre que da á otro una puñalada para robarle una onza. Aquí, cuando menos, hay el mérito de arriesgar la vida.
Otra equivocación de juicio de Tomás Quicanes: Inés, en lugar de apedrearle y de escupirle después de escucharle el relato, se rió de él con las mejores ganas.
—¡Y por esa bobería—exclamó al mismo tiempo, llena su hermosa faz de regocijo,—me has hecho pasar lo que yo he estado pasando!
—¡Bobería?—repitió el otro, asombrado.
—Bobería, sí—insistió Inés.—¿Qué quieres! Cada uno tiene su modo de ver las cosas: yo veo esas tuyas así.
—No es posible, Inés—replicó el otro, no muy satisfecho con aquellas anchuras de manga en puntos tan delicados, á su entender.—No es posible que con tu buen entendimiento desconozcas...
—Yo no sé—le interrumpió Inés muy decidida,—si mi entendimiento es bueno ó es malo: lo que sé es que, arreglando acá dentro, á mi modo, todas esas cosas que me has contado, no solamente te las perdono, sino que hasta me alegro de que hayan sucedido.
—¡De que hayan sucedido?
—Sí. ¿Pues no es el apuro en que te has visto la mejor señal del chasco que te llevaste en la burla que querías hacer de mí? ¿No fué chasco el parecerte, cuando menos lo esperabas, que valía yo, por mí sola, mucho más que el dinero que tenía? ¿No te remordió entonces la conciencia por haber querido engañarme? Pues ¿qué más puedo pedir yo para probar la buena ley de ese cariño que me tienes, ni cómo, después de haberte escuchado, puedo dejar de quererte... mucho más de lo que te quería?
Quicanes recibía aquellas generosas declaraciones, como suave rocío que le refrigeraba la vida; pero esos refrigerantes tan gustosos, no alcanzaban con su benéfico influjo á la seca é inaccesible región de sus pensamientos, donde mandaba la lógica inexorable, con una altivez de gran señora. Se empeñó en demostrar á Inés, con nuevas razones, el sólido fundamento que tenían sus escrúpulos, ya incurables.
—Si á escrúpulos fuéramos—llegó á decirle Inés de muy buen humor,—empezaría yo por pintarte los míos, y no acabaríamos nunca.
—¡Escrúpulos tú!
—Y allá va uno de muestra, y de la misma casta que otro tuyo—repuso Inés con gran donaire.—Me has creído rica, y tampoco lo soy. Á cada instante me lo está diciendo mi padre, que debe saberlo bien.
—¡Ojalá fuera verdad eso, Inés!—exclamó arrebatado el de Nubloso.—Con lo que tengo, que es poco para vivir de caballero, habría lo suficiente para adquirir aquí la hacienda de un labrador acomodado... Esto lo resolvería todo, y me abriría una brecha en el encierro sin salida que...
Y no dijo más; porque le cortó la palabra, y hasta la respiración, un tremendo golpetazo en el suelo, que hizo salir nubes de polvo por las rendijas de las tablas.
Le había dado don Baltasar, que se apareció en la solana de repente, con el cabo de un rastrillón que llevaba en la mano derecha. Mientras con la izquierda hacía una señal de llamada á Tomás Quicanes, le dijo:
—Una palabra, caballerito.
Levantóse Quicanes al punto, y se acercó á don Baltasar que le introdujo en la sala. Inés, helada de susto y latiéndole el corazón aceleradamente, también se levantó, pero sin saber para qué.
—He resuelto—dijo el Berrugo arrimándose mucho á Quicanes, pero de costado y sin mirarle á la cara,—no venderle á usted la casa; entre otras razones, por no ponerle en el negro apuro de no podérmela pagar. Y como este asunto era el único que había pendiente entre los dos, y aquí no puede haber otros asuntos que los míos, nada tiene usted ya que hacer aquí desde este instante y por todos los días de su vida... ¿Queda usted enterado?
El pobre Tomás Quicanes se ahogaba bajo el peso de aquel cinismo con que se le despedía, y sin atreverse á responder una palabra; porque, en el fondo, aquel hombre grosero tenía mucha razón para tratarle como le trataba. Intentó, no obstante, alegar algunas excusas.
—Aquí no hay disculpas ni reflexiones que valgan—le interrumpió el Berrugo dando un rastrillazo en el suelo.—Á todo tirar, una sola: el comprobante, bien claro, de que tiene usted todos esos caudalazos que aparenta. ¿Le tiene usted?... Esa agachada de cabeza es la mejor confirmación de lo que yo me sabía... Pues lo dicho, y á la calle; y agradézcame que me conforme con esto poco y no le diga todo lo que siento, por considerar que no ha sido la culpa de usted solo.
Y hablando y empujándole y sin querer oirle una palabra, le llevó hasta la escalera, desde donde volvió á la sala á todo andar. Inés, que lo había oído todo, se hallaba, temblando y descolorida, á la puerta del balcón.
—Óyeme tú ahora, gatuca mansa—la dijo su padre llevándola de un brazo hasta el medio de la sala:—¿sabías tú que ese granuja no tiene sobre qué caerse muerto?
—Cuando usted entró en el balcón—respondió tiritando Inés,—estábamos hablando de eso.
—¿De que no tenía un cuarto?
—De los pocos que tiene, y de los bochornos que ha pasado por querer aparentar otra cosa.
—¡Y tenía desvergüenza para irte á tí con esas coplas? ¡Ah, tunante! ¿De modo que tú le llenarías los oídos de insolencias?
—No, señor,—respondió Inés bajando la cabeza, pero con acento firme.
—Y puede que hayas sido capaz hasta de perdonarle la gracia... si es que no se la has ponderado también.
—Sí, señor,—volvió á responder Inés, con igual firmeza y la misma actitud que antes.
—¡Alma de los demonios!—exclamó entonces su padre, punzándola con su mirada de saeta.—Pero ¿qué sangre es la tuya? ¿Á quién sales? ¡Digo!... á los blandengues de San Martín de la Barra... ¡Mal rayo para la casta esa!... Pues vas á ver ahora quién te perdona á tí, corazón de palomita blanca... Porque yo soy ya perro viejo, y con los ojos cerrados sé por dónde va el aire de ciertos fregados de mala jeta, entre lobos corridos y corderillas sin hiel...
Se acercó á la puerta del carrejo, y llamó desde allí á Romana. Y vino la Galusa, que, por lo pronto que llegó, debía de estar bien cerca. ¡Y qué resplandeciente de iras satisfechas traía la cara de merluza podrida! En cuanto su amo la vió entrar, la dijo:
—Ese pillete de Nubloso, á quien acabo de plantar en la calleja, se ha dejado aquí algo que puede ser cebo que le tiente á volver... sobre todo, si hay quien se le meta á menudo por los ojos. De tu cuenta corre, desde ahora mismo, que eso no suceda; y para que no te excuses, en una falta, con no tener atribuciones bastantes, da por recibidas todas las que necesites... Y no hay que hablar más, porque de antiguo nos conocemos. Y ahora, escucha tú—añadió dirigiéndose á su hija:—hazte la cuenta, y no te equivocarás, de que estás encarcelada, y que ésta—señalando á la Galusa,—ha de ser tu carcelera... ¡Ni á misa los domingos! ¡Ni á que te dé siquiera el aire de la solana!
La infeliz creyó morirse de espanto y de indignación; y á tal punto llegó ésta, que la dió fuerzas y valor bastantes para responder á su padre:
—Pues si esa mujer ha de ser mi carcelera, busque usted otra que me guarde de su sobrino... y de ella misma, que le ayuda.
—¡Falso, embusterona!—chilló iracunda la criada.
El Berrugo pareció sorprenderse con la advertencia de su hija; pero en seguida se encogió de hombros y respondió cínica y fríamente:
—¡Bah! De las uñas de esos dos enemigos, ya te guardará el aborrecimiento que los tienes.
Y se largó de allí chasqueando los dedos de la mano izquierda y arrastrando el cabo del rastrillo con la derecha. La Galusa, después de echar á Inés una mirada que era un látigo empapado en vinagre, se largó también.
La desdichada Inés fué la única que se quedó allí: fría, espantada, sin alientos para moverse, ni lágrimas en sus ojos para desahogar las angustias que no la cabían en el pecho.
[Ilustración]
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XXVIII
EN EL FONDO DEL ABISMO
Ocurrió del modo siguiente: llegó á Lumiacos un indiano de aquel pueblo. Era joven todavía, no muy hablador, y poco apegado á la tierra, porque la tachaba de miserable. Á los ocho días de haber venido, ya estaba deseando marcharse. Quejábase de que le saqueaban vivo aquellas gentes «hambronas,» empezando por las de su casa. Fuera de este achaque, no parecía mala persona. Hablando de estas cosas una vez con Marcones, que era el único ocioso del lugar, le preguntó el seminarista si conocía «por casualidad» á Tomás Quicanes el de Nubloso. Á lo que respondió en seguida el de Lumiacos:
—¡Pues no he de conocerle, camará?... Y remuchísimo que le conozco.
—¡Hola, hola!—exclamó al oirlo Marcones, ávido de noticias del hombre á quien más detestaba en el mundo.—Y ¿qué tal, qué tal sujeto es?
—De primera—respondió el otro.—Es mozo que sabe de todo; que habla como un libro, y además, tres lenguas; que plumea como nadie; que en Cuba se codeaba con lo más curro y más letrado... y que ha visto mucho mundo. Es sujeto de cuenta, créame, camará. Y todo se lo debe á sí propio. No le conozco más que un pero.
—¿Cuál es, cuál es?—saltó Marcones como si quisiera quitar al preopinante aquel pero de la boca para saborearle pronto.
—Pues, camará—respondió el indiano,—el pero de que no tiene un cuarto, que no es chico pero.
—¡Qué me cuenta usted?—exclamó Marcones, no sabiendo contener su alegría.—¡Conque sin un cuarto!... Á esquina, que decimos acá; _paupérrimus_, que diríamos en la gran lengua madre. Pues, hombre, bien se pavonea por ahí, cargado de perendengues, y bien de millonadas echa por la boca cuando llega el caso.
—Tiene buenos equipajes; no es tan pobre como para morirse de hambre en cuatro días, y puede que alguna vez le haya dado por esas bromas, aunque nunca oí que por ahí le diera.
Y no pasó más. Con ello en el buche, picó Marcones para Robleces; entró en la casona por la portalada del corralón de atrás, cerca de la que arrancaba una escalera que iba á descargar enfrente de la cocina; atisbó desde la puerta, oyó á su tía, tosió de cierto modo, oyóle ella, salió, entendióle que no quería ser visto, bajaron los dos la escalera, salieron del corralón; y arrimaditos á la portalada, ella hecha toda oídos y moquita, y él todo mugre y veneno, dijo el sobrinazo gandul á la bribona de su tía:
—Ha llegado á Lumiacos un indiano que conoce mucho al de Nubloso; y resulta de sus informes, que el caballero relumbrante del altar mayor es un tuno como una loma, sin un cuarto y muy desacreditado en Cuba... ¡Si me lo daba á mí el corazón el otro día! Conque ya lo sabe usted; y ahora, en seguida, el golpe bien aplomado y donde deba darse. Después, ya me dirá lo que vaya resultando, porque yo me vuelvo sin parar por donde he venido.
Y no pasó más que esto entre el sobrino y la tía. Subió ésta á escape la escalera, sabiendo que estaba en casa en aquel momento «el fachendoso,» porque le había sentido entrar media hora antes de que llegara su sobrino; husmeó el aire como perra golosa, averiguó dónde trajinaba su amo, corrió allá, apartóse con él á un lado, y le embutió en los oídos las noticias recibidas de Marcones, con toda esta fidelidad:
—Acabo de saber por boca que nunca miente y lo tomó de otra que tal, que el caballerazo ese que tanto se despepita por Inés y le hace á usté la rosca en toas partes, es un pillo de primera; que no tiene un ochavo, ni crédito ni vergüenza; que ha estado en la cárcel por tramposo, y viene ajuyendo de allá, por temor de que le manden á presidio. Tiene á Inés por rica, y eso anda buscando él con el deslumbre de unos ropajes que debe al que se los vendió.
—¿Quién ha dicho eso?—la preguntó el Berrugo en seguida, pero sin mirarla á la cara, por no vérsela.
—Otro indiano más honrao que él, que acaba de llegar de la otra banda, y le conoce mucho. Yo ni entro ni salgo en cosas que no son mías; pero tengo ley al pan que como; soy mujer de concencia, y, por lo que valga, ahí le queda á usté eso que le he dicho.
Y se fué, sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.
Al Berrugo le sobraba todo lo de la cárcel y lo del presidio. Con saber que no tenía un cuarto y era muy listo y algo despilfarrado el caballerete del altar mayor, le bastaba. Este era su gran delito. Hasta qué punto serían ciertas las noticias de ello, lo averiguaría él del mismo interesado, porque sabría ponerle en ocasión bien apretada. Con noticias y sin noticias, estaba ya resuelto á echarle el «alto» de un momento á otro.
Conque dejó lo que estaba haciendo, que era poco más de nada, y se fué en derechura á la solana, donde sabía él que estaban «de palique» los dos, y ocurrió lo que el lector ha visto al final del capítulo antecedente.
Ni en aquel día ni en aquella noche consiguió Inés darse cuenta bien arreglada de lo que la estaba pasando. Eran sus pensamientos como un oleaje de mar brava que hubiera invadido de repente su cerebro. No podía traducir en ideas coordinadas los sucesos. Teníala del estruendo, del desastre, de los celajes pavorosos, del huracán desatado, del desconsuelo, del abandono, de los grandes dolores, de la soledad del alma, de las angustias de la agonía; porque de todo esto había algo dentro de su corazón y de su cabeza, pero revuelto y agitado. Sabía que todo aquel conjunto era un martirio; pero no atinaba á distinguir cuál de ello la mortificaba más, ni en dónde ni por qué. Su discurso estaba á obscuras y perturbado, por exceso de ideas tristes y de impresiones dolorosas.
Á la madrugada la rindió el sueño, que fué bien poco benéfico con ella, como todos los sueños que caen en cerebros tempestuosos; porque al despertar de él fué cuando empezó su verdadero martirio. Con aquel reposo no había logrado más que la triste ganancia de que cada elemento de la tempestad se disgregara por su lado; pero la tempestad allá le quedaba, en pedazos, si pudiera decirse así, que la batían con diabólica estrategia y á cielo sereno, para que mejor se viera y se estimara su destructora labor. ¡Tantos y tan largos días de recelos mortificantes; desaparecer éstos de pronto; disiparse aquella nube negra, que era la única mancha del cielo de sus ilusiones; volver á ver la luz risueña y el alma en reposo; y en otro instante caer en las tinieblas de un abismo, y verse prisionera allí! ¡y con qué carcelera, Virgen de la Soledad!
Á las brusquedades de su padre, á la sequedad de su alma, ya estaba bien acostumbrada; á la excomunión lanzada por él sobre sus amores, era posible acostumbrarse á fuerza de meditar en ella buscando el modo de conjurarla y con la esperanza de encontrarle; pero ¡á aquel nuevo género de tiranía!...
Se podía haber arrojado de casa al otro, como se le arrojó, por tenerle en poco: esto hasta era de esperarse después de visto que el caballero ostentoso del día de San Roque, era pobre; se podía haberla reprendido por pensar como pensaba en este delicado punto; haberla amenazado... hasta castigado á golpes, porque todo ello cabía en la especial naturaleza de su padre, y, aunque injusto y cruel, no la afrentaba; pero ¡entregarla de una manera tan humillante, bárbara é injuriosa, al arbitrio de aquella mujer desalmada y grosera, que la detestaba y tenía rencores que desahogar sobre ella!...
Jamás hubiera creído á un padre capaz de tan despiadados rigores con un hijo... y por primera vez; porque aquel disgusto era el primero que ella daba á su padre, y aquel castigo el primero que de él recibía, y por una falta bien disculpable... ¿No la había animado él mismo á que pusiera buena cara al otro, cuando le consideraba rico? ¿Y así, con esa facilidad, dejaban de ser buenos los hombres que lo habían sido?... ¿Y era todo ello un juego de chanza, para tomarle y dejarle con la frescura que su padre quería? ¡Imposible que no llegara á tener estas cosas en consideración! La misma enormidad del castigo la hacía creer que era obra de un arrebato que pasaría, más ó menos pronto; pero que pasaría... Al fin, era su padre el juez.
Entre tanto, de tal modo la espantaba la condición singular de su cautiverio, que por huir del bochorno de que la abominable carcelera extremara en daño suyo las amplias atribuciones que la habían dado, huía hasta de los resquicios de las puertas por donde se filtraran el aire y la luz, y deseaba la noche, martirio de los atribulados que no duermen; porque, siquiera, aunque velando y padeciendo, encerrada en su cuarto durante aquellas negras horas, estaba libre de los asedios y de la presencia de la aborrecible mujer.
El primer día, menos mal, porque la Galusa se satisfizo con pasar y repasar á su lado para gozarse en la contemplación de su angustia, y en lanzarla miradas torcidas como para darla á entender: «por aquí ando, y ya sabes para qué.» Al segundo día, ya comenzó la mortificación directa: si estaba sentada Inés, porque no se movía ni trabajaba como era debido; si, por distraerse, trabajaba, porque aquello no era trabajar, ni arte, ni remango, ni cosa que se le pareciera; porque la vió despeinada una hora después de levantarse, que «dejadona» y que «puerca» y que «á aviarse pronto, porque en la casa está todo por hacer;» porque salió muy peinada más tarde y bien ceñida de ropa, que «la marimoños, y la relambida, y la piripuesta, y la señoría de cuerno,» y que en «esas morondangas mos pasamos las horas,» y que «así sale ello dispués y vienen las desazones á los padres de bien que no merecen hijas tan deshacendás y correntonas,» y que «ya te lo dirán de misas y las irás pagando poco á poco, que güeña falta mos hace.» Y así todo el día. Á su padre, solamente le veía en la mesa; pero, como lo tuvo siempre por costumbre, devoraba en tres ó cuatro embestidas la bazofia que le ponían delante, y se largaba de allí sin hablar palabra, tan fresco y despreocupado como si nada hubiera ocurrido que mereciera la pena de hacerle cavilar un poco.
Al tercer día dieron los atrevimientos de la Galusa un avance de mucha importancia. Al volver Inés á su cuarto para peinarse, notó la falta del espejo, que media hora antes estaba colgado en su sitio. Sin sospechar lo que ocurría y como la cosa más natural del mundo, fué á preguntar á la Galusa por él.
—Ese trampantojo, tentación de las holganzas de tontas y presomías—respondió la fregona con desgarro,—le ha sacao de allí quien tiene poderes pa ello: le he sacao yo, yo. ¿Lo quieres más claro?
—No se trata—dijo Inés con repugnancia,—de saber quién le ha sacado, sino de saber en dónde está, porque le necesito yo ahora.
—Ese espejo—insistió la Galusa con chocarrero retintín,—se ha sacao de onde estaba, porque no hacía falta allí; y como se ha sacao por eso, no tienes pa qué preguntar por él. ¿Lo entiendes? Á tientas me peino yo, que soy tan güena como la que más... Conque aplícate el cuento; y si te paece poco ese espejo pa verte los moños de cuchiflito, mírate en la sartén de la cocina; que, al último, pa los galanes que han de arreparar en tí... ¡Á la escoba, á la escoba y al remiendo, que eso hace más falta en la casa que rizos y perendengues!