La Puchera

Part 24

Chapter 244,135 wordsPublic domain

Pero ¿por qué había de haber esa nube negra en un cielo tan limpio, tan puro, tan lleno de luz, como el de sus recién forjadas ilusiones? Y si bastaba un soplo de _él_ para deshacerla, ¿por qué no soplaba? Y entre tanto, aquella nube podía ir extendiéndose y espesando y cubriéndolo todo, hasta el mismo sol; y entonces ¡Virgen María! no quería pensar en ello. Era imposible que las cosas llegaran á un extremo tan espantoso. «¡La nube! ¡el misterio!» ¿De qué se trataba, al fin y al cabo? De que ella no revelara á nadie lo que estaba pasando entre los dos. Sin necesidad del encargo, hubiera quedado el secreto guardado en lo más hondo de su corazón, mientras lo guardado «no diera más de sí.» Pero ¿por qué se le hacía el encargo? Aquí estaba la malicia. ¿Era un pecado lo sucedido? ¡Imposible! Y si no lo era, ¿por qué tenía él tanto empeño en que no se descubriera? Podía haber en este empeño un fin de casta más noble que la del misterio que á ella la alarmaba; por ejemplo: el de probar su fe ó su discreción, atormentando un poco su curiosidad; pero en este caso, ¿por qué andaba él tan preocupado, tan receloso, tan vacilante? Esto, esto solo era lo grave, lo extraño. Á veces la asaltaban recelos espantosos. ¿Habría otra mujer en alguna parte del mundo, que pudiera pedirle cuentas de «lo que estaba pasando entre los dos?...» ¿Estaría...? ¡Qué enormidad! Eso, honradamente, no podía imaginarse: no cabía en lo posible. De todas suertes, la tentación de sospecharlo solamente, la arrastraba á considerar si no habría pecado ella de ligereza al entregarse tan pronto, tan irreflexivamente y tan confiada, á una pasión así, inspirada por un hombre de cuya lealtad no tenía otras pruebas que las de su palabra, que podía muy bien no ser honrada... Tampoco era posible esto; también caía fuera de los límites que la perversidad humana tenía, en el concepto inexperimentado y naturalmente bondadoso de Inés... De cualquier modo, ella no comprendía aquella reserva sospechosa que tan malos ratos la daba y no podían pasar inadvertidos para él. ¡De qué distinto modo se conduciría ella en el caso contrario! Sin haber ocurrido, y sólo por el placer desinteresado de confiarle hasta el último secreto de su conciencia de mujer y de enamorada, le había referido la historia de la resurrección de su espíritu, con todos sus pormenores; y lejos de intimidarse al sacar á relucir los graves episodios de la explosión amorosa de su profesor, los relató con especial parsimonia, porque hasta se recreaba en traer con ellos á la memoria lo abominables qué le parecieron en cuanto pudo considerarlos con serenidad; amén de que, cotejando y comparando tiempos con tiempos, hombre con hombre y sentimientos con sentimientos, los que le había infundido el absorto escuchante adquirían doblada consistencia y mayor intensidad. ¡Y él, que, con trabajo menos escrupuloso, podía proporcionarla á ella un placer más regalado, la dejaba penar y consumirse entre dudas y confusiones! ¡Qué mal hecho estaba eso! ¡Ah! si ella fuera un poco más atrevida ó un poco menos compasiva y tolerante, ¡cuántas veces le hubiera puesto, con una pregunta, en la necesidad de descubrirla el misterio!... ¿Qué harían las demás mujeres en casos parecidos al suyo? Porque ella no sabía nada, nada absolutamente, en materia de amores, sino lo que había leído en las novelejas prestadas por Marcos, y lo que estaba observando en sí misma, lo cual no se parecía en lo más mínimo á lo que ocurría en las novelas.

Entre tanto, la situación de las cosas, en general, no podía ser más embarazosa para todos allí. Su padre, aunque parecía andar siempre á su cuento y no reparar en nada, veía con el rabillo del ojo cuanto pasaba á su alrededor, por lo menos desde que entraba tan de continuo en la casa el indiano de Nubloso. Un día la dijo deteniéndola en lo más obscuro del carrejo, como por casualidad:

—Mujer, ¿sabes tú lo que anda buscando por aquí ese sujeto?

Inés comprendió desde luégo á qué sujeto se refería su padre, y se puso roja y sofocada; pero, por fortuna, no se veía la mano delante en aquel esófago tenebroso, ni se vió, por consiguiente, la turbación con que respondió para salir del paso:

—Á mí nada me ha dicho.

Tosió el hombre, y se marchó golpeando el suelo con algo que llevaba en la mano.

Otro día se encaró con ella á la puerta de la sala; y como si replicara á la respuesta que se le había dado en lo más obscuro del carrejo días atrás, dijo esto solo y sin mirar á su hija de frente:

—Pues á mí tampoco me ha dicho una mala palabra hasta la hora en que estamos, sobre lo que desea y busca por aquí... Y no quisiera tomarle yo la delantera para preguntárselo... ¡Y, cuidado, que motivos no faltan ya!...

Y se fué.

Esta nueva embestida puso á Inés en el colmo de la angustia; porque lo que su boca no decía sobre lo que la estaba pasando, lo publicaban á gritos su raro y nuevo modo de ser, y las idas y venidas del otro, desconcertado y receloso, y sus apartes con él. ¡Y era tonto y ciego don Baltasar para no caer en la cuenta de lo que tan á la vista estaba! ¡Y era, mudo, gracias á Dios, para no explicarse á las claras con el otro, si llegaba á «tomarle la delantera!»

Pues ¿y la Galusa? ¡Válgame Dios, cómo rastreaba por escondrijos y rincones la pista del «fregado indecente,» en cuanto asomaba el tunante por las puertas de la casa! ¡Qué zumbar el suyo mientras iba y venía, como moscardón aprisionado, y qué zaherir con indirectas envenenadas á la pobre Inés, cada vez que se topaba con ella, ó la veía, medio alelada, torpe y desmañada, acercarse á todo para no hacer luégo cosa con cosa! ¡Qué aborrecimiento la tenía y qué poco le disimulaba! ¡Y ella conociéndolo todo, y hasta que había razones aparentes para mucho de ello, y no pudiendo desplegar los labios para defenderse en lo defendible, ni siquiera para decirle á él: «habla tú, que con una palabra puedes hacer que se concluya pronto, y todo esto!»

Y aún fueron más allá los conflictos de la pobre muchacha. Días andando, y en uno de labor, al ir ella á misa, porque las oía muy á menudo, especialmente desde el de San Roque, la esperaba don Alejo paseándose en el portal de la iglesia, de levita y con bonete.

—Vaya, Inesuca—la dijo,—aquí te cojo y aquí te mato; y te cojo, porque te esperaba; y te esperaba, porque, si no te cojo aquí y antes de misa, no te cojo en ninguna parte. ¿Estás? Bueno; pues ahora te advierto qué no se trata de robarte la mantilla, ni de sacarte ninguna tira del pellejo. Esto te lo digo para que te cures del susto que te ha hecho perder de repente los colores de la cara. ¡Valiente foragido soy yo para dar disgustos á nadie, y menos á tí, corderuca de Dios!... En fin, que se trata de que me consume una curiosidad, y de que quiero que tú me saques de ella. ¿Querrás?

De algunos días á aquella parte, todos los ruidos le sonaban á Inés de un mismo modo, y todos los golpes iban á parar á su dedo malo. Por esta triste experiencia, barruntó que lo que pensaba preguntarla don Alejo tenía que ver, por más acá ó por más allá, con lo que «á ella la estaba pasando.» Y dicho y hecho.

Apenas prometió al cura complacerle, si le era posible, en lo que la pedía, cátale metido de hoz y de coz en el asunto, de la siguiente manera:

—Pues has de saberte que el día de San Roque, al anochecer, supe que aquel caballero tan majo que oyó la misa en el altar mayor y tanto me había llamado la atención, resultó ser Tomasín; Tomás Quicanes, el sobrinuco huérfano del Mayorazgo, que vivía con él y me ayudaba las misas con una inteligencia, una gracia y una compostura, que me daban gloria. Te aseguro que no lo quise creer cuando don Elías fué á mi casa á contármelo y á hacerse lenguas de lo campechano que era y de lo mucho que sabía; y no lo quise creer, porque tras de no haberle yo sacado en la iglesia por la pinta, cosa que, bien mirada, no tenía nada de particular, me parecía mentira que hallándose en Robleces y tan cerca de mí ese caballerete tan espetado, no hubiera corrido á darme un abrazo y á decirme: «aquí tiene usted, con barbas ya y cargado de perendengues, á Tomasín Quicanes, el sacristanuco tan querido de usted.» Algo me explicó don Elías de las intenciones del tal sobre el caso, y de las buenas ausencias que había hecho de mí entre él y vosotros aquella tarde; pero, vamos, no me conformaba con eso. Á los pocos días ya vino él en persona á verme á mi casa... por supuesto, después de haber estado en la tuya... ¡Bah!... ¡y se me pone coloradita, lo mismo que si ello fuera un pecado! Á ver si se te bajan esos colores y me escuchas como es debido... Pues, señor, que vino; que se me dió á conocer, y que le conocí hasta en el modo de mirar y en cada una de las facciones de su cara; y que pasé con él, hasta que empezaba á cerrar la noche, el rato más agradable que creo haber pasado en todos los días de mi vida. ¡Qué guapo está, qué bien habla, qué cariñoso es y qué finamente siente y observa y compara lo que aquí dejó, lo que halla al volver... y qué sé yo qué otro tanto más! El arrastrado de él, de recién llegado á la Habana me escribió algunas veces; pero después lo fué dejando, dejando... ¡Y si vieras, Inesuca, qué majamente me pintó él este modo de ir olvidándose, no de mí, sino de escribirme de vez en cuando! ¡Qué fantasía de chico! Daban ganas de decirle que se volviera á marchar para dejar de escribirme, por sólo el gusto de oirle disculparse á la vuelta. Extrañándome yo de estas cosas, le pregunté sobre el particular; y supe, con el contento que puedes suponerte, que había gastado más de la mitad de lo que había ido ganando en sus negocios, en instruirse y en despabilarse, aunque despabilado lo fué él siempre de suyo... y esta opinión es cosa mía; que había cultivado más el trato de las personas letradas, que el de las adineradas; que tenía hasta pasión por los buenos libros; que había viajado mucho... en fin, que no acabaría yo, Inesuca, si te fuera relatando lo que entonces le oí, lo que le he podido sacar después acá; porque te advierto que rara es la visita que te hace á tí... digo, que os hace á vosotros, sin que antes ó después no me haga á mí otra; y lo que de todo ello he ido coligiendo yo á mi manera, aunque lego... ¿Te vas enterando, Inesuca?

¡Si se iba enterando Inés! Sin perder punto ni coma, y con una codicia de ello, que bien se pintaba en sus ojos radiantes de luz y de regocijo.

—Me entero,—respondió, sonriéndose, á la pregunta del cura.

—¡Pues podías no!—replicó éste; y añadió en seguida:—Y ahora va lo bueno, quiero decir, el golpe con que te amenacé al cogerte aquí. Córrese entre las gentes, que Tomasuco el de Nubloso, con haber rodado tanto mundo, no ha podido hallar en todo él lo que, cuando menos se esperaba, tuvo la suerte de encontrar en Robleces; ó séase, hablando claro, una mujer que le llene por entero para casarse con ella y acabar la vida, en santa paz los dos, en la tierruca. Gran pensamiento... y gran ojo, sobre todo; porque resulta, también según los dichos de las gentes, que esta mujer, Inesuca, eres tú... ¿Es verdad eso? Pues cata el golpe que te prometí, y venga la respuesta; pero tal como yo la deseo... Te advierto de antemano que el sujeto ese no me ha dicho nada de por sí, aunque no tiene boca bastante para ponderarte cuando de tí me habla; y cuenta también que esto ocurre en cada visita que me hace.

Inés recibió «el golpe» de don Alejo con mayor serenidad de lo que esperaba, y pudo responder á él con gran firmeza; porque la última noticia, y la única desagradable de cuantas le había dado de carretilla el buen señor, le ofrecía una salida de soslayo, que era al mismo tiempo la verdad fiel de lo que estaba sintiendo; y la salida fué la siguiente:

—Pues si él no le ha dicho á usted una palabra de eso, ¿qué quiere usted que le diga yo?

—Eso no es responderme á derechas, Inesuca,—añadió don Alejo algo contrariado.

—Pues le juro á usted—repuso ella muy serenamente, como que juraba verdad,—que no le puedo decir otra cosa.

Se quedó con esto algo suspenso el cura, y la dijo en seguida:

—Te creo, porque basta que así me lo afirmes aunque no me lo juraras; pero te aseguro que lo siento como si hubiera perdido algo de á cuanto... Pues, mira, Inesuca—añadió de pronto con gran encarecimiento,—si no hay nada de lo dicho, debiera haberlo. Las gentes tienen razón. Voz del pueblo, voz de Dios. Marcones te lo hubiera entonado en latín, por pintar la cigüeña; yo te lo digo en castellano neto para que me entiendas mejor. Y ahora, hija mía, dame palabra de que, si llega á suceder algo de lo supuesto, no se lo dirás á nadie fuera de tu casa antes que á mí; perdona el plante que te he dado, y quédate bendita de Dios, como yo te bendigo, por lo buena que eres, que me voy á decirte la misa.

¡Oh, qué tentaciones tan fuertes tuvo Inés entonces de detener á don Alejo para decirle que quería confesarse con él! ¡Qué mejor confidente, qué mejor consejero que aquel santo varón, para confiarle, en el secreto del confesonario, una tribulación como la suya? Y en ello no faltaría á su compromiso empeñado. Como en el secreto de la confesión estaba obligada á guardar «lo que había pasado entre los dos,» y así quedaría guardado, confiándoselo, como penitente, á su confesor.

Pero mientras dudaba, se perdió la oportunidad, y con ello se calmaron las tentaciones. Entró en la iglesia, y á poco empezó la misa. ¡Con qué fervor la oyó, y con qué fe le pidió á la Virgen que la amparara en el trance en que se veía!

Después se encontró más fortalecida; y al volver á casa pensando en todo lo que don Alejo la había dicho, sólo quería acordarse de lo mucho bueno que le había contado de él. Así le veía ella más engrandecido á sus ojos; y así quería verle, «porque él no podía ser de otra manera.»

Y, entre tanto, y como si tratara de desmentirla con su comportamiento, ni en todo aquel día ni en los dos que le siguieron, apareció por Robleces el indiano de Nubloso.

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XXVI

LA PUCHERA DEL LEBRATO

El «negocio de la ostra» le tenía el Lebrato á la puerta de casa, como quien dice; y por «llanuco y hacedero de por sí,» no era cosa para quebrantar huesos tan duros como los suyos y los de Pedro Juan. Plantarse con la chalana en la primera revuelta y la más grande de las dos de la ría, á la bajamar; fondearse allí, ó no fondearse, sobre la misma canal; una especie de rastrillo de hierro, de púas fuertes, largas y algo encorvadas, con mango de palo: un instrumento así para cada uno, y á sacar con él cantos sueltos del fondo; cantos que, según la suerte soplara, unas veces salían en _blanco_, y otras veces más ó menos sarpullidos de ostras de todos tamaños; arrancar las grandes, dejar las de _cría_, y volver el canto al agua. Y al sol. No tenía ni tiene más intríngulis la explotación de aquel rico ostrero natural. La venta era siempre segura y pronta, porque andaban los especuladores disputándose la mercancía para revenderla á escape en los quintos infiernos. El oficio, pues, no tenía otras quiebras que los fríos y las celliscas de los meses invernales. Había en ellos horas de chuparse un hombre las uñas amoratadas, y de quedársele el cuerpo entumecido, y helada la saliva en la boca. Pero de estos días no abundaban; y en la ocasión de que se trata, mucho menos. Comenzaba septiembre, primer mes de _erre_ después de la veda del verano; el tiempo al nordeste, claro, suave y noble como él solo, y «pa largo» por las trazas, y el trabajo se hacía en mangas de camisa; de modo que más que fatiga, resultaba entretenimiento agradable. Porque no era sola la chalana del Lebrato la que andaba á la ostra allí, aunque podía, y en buena ley debiera serlo, por no haber en el pueblo otro matriculado que él; pero ya se ha dicho que Juan Pedro no era hombre de usar de sus privilegios en perjuicio de nadie, y toleraba la media docena larga de chalanas que acompañaban en el ostrero á la suya; y hasta se alegraba de ello, porque, de ese modo, el campechano pescador no cerraba boca, y era la escuadrilla un hervidero de conversaciones, que tenían que oir.

Como el tiempo estaba tan hermoso, no se conformó con aquel solo recurso, que no dejaba de rendirle su buen por qué; y según se lo había anunciado «al señor don Baltasar,» teniendo la barquía bien recorrida y preparada, probó de noche «á lo de afuera;» ¡y esto sí que ya era harina de otro costal! Solamente el viaje hasta la barra, era trabajo de hora y media de rema incesante. Por el primer tramo, es decir, por lo que se podía llamar valle de la ría, menos mal: era ir como á cielo abierto, con anchos horizontes de Sur á Oeste, y en toda aquella línea, á no ser la noche brumosa y cerrada, siempre había celajes luminosos que alegraban la vista y entonaban un poco el ánimo; pero por el segundo tramo, desenvuelto en curvas desorientadas y caprichosas, con sus taludes altísimos y casi á plomo, como una _hoz_ abierta entre montañas, ya era más triste la boga. No había otra luz que la que sacaban las palas de los remos, en gotas fosforescentes, al remover el agua, ni más cielo que el que se veía por entre los dos bordes de la rendija aquélla. El chapoteo que de esta faena resultaba, muy á menudo repercutía y se multiplicaba en las cuencas de los peñascos coronados por una greña de carrascas y zarzales, cuya espesura hacía la obscuridad mucho más negra de lo que era. Algunas veces se oía un ligero chasquido no lejos de la barquía, como el que produciría una pedrezuela arrojada en el agua: era el salto de un muble de un rebaño de los que volvían á la mar con la vaciante; y hasta este leve sonido hallaba eco que le repitiera y le propagara. Ni el Lebrato ni su hijo hablaban en todo aquel trayecto otras palabras que las puramente precisas: la solemnidad pavorosa de la naturaleza se impone á los espíritus más valientes y despreocupados; donde quiera que el hombre se ve gusano por la fuerza del contraste, allí se esconde ó se arrastra tímido y silencioso, como si realmente lo fuera. Es muy común la observación, y muy exacta, de que cesan de repente las conversaciones de todos los viajeros de un tren cuando éste atraviesa un túnel. Se ve gusano mísero allí. Y es de advertir también, que los miedos de esta clase son de los que no se vencen con la costumbre de sentirlos. Pedro Juan y su padre conocían aquel trayecto, que habían recorrido cien veces, lo mismo á pleno sol que entre tinieblas, como los caminos de su barrio; y, sin embargo, nunca le pasaban de noche, hacia la mar, sin verse dominados por aquel sentimiento que no tenían ellos por medroso, y que en el fondo lo era. Distingo el viaje «_hacia la mar_,» porque cuando, de vuelta de ella, recorrían el mismo esófago negro, sin ser mucho más locuaces se sentían más animosos; lo cual prueba que si el paso es triste é imponente de noche por sí mismo, lo es todavía en más alto grado como camino de una región mucho más pavorosa y de mayores riesgos de muerte.

Volviendo al asunto y dejando á un lado enojosas filosofías, digo que remando sin cesar los dos hombres y adelantando la barquía entre espesas tinieblas y fantásticos ruidos, llegaba á percibirse el de la mar, que, por dormida que esté, siempre sueña lo bastante recio sobre los duros cabezales de la costa, para que la sientan los más torpes de oído, durante el silencio y la quietud de la noche. El espacio se iba también ensanchando, aunque no aclarándose, delante de la pobre embarcación; comenzaba ésta, que hasta entonces se había deslizado como por encima de un cristal, á cabecear lentamente; avanzaba otro buen tramo; se acentuaban más los ruidos de la mar y también los cabeceos; aparecía por la proa, á la vista de los remeros, la masa de espesas sombras interrumpida en un espacio que para un ojo inexperto se abarcaba con los brazos extendidos... y aquel espacio era la barra, la boca del puerto; se bogaba un poco más; descubríanse la cabeza y rezaban fervorosamente un _credo_ el Lebrato y su hijo; y como conocían aquella puerta tenebrosa lo mismo que la puerta de su casa, la enfilaban diestramente... y ya estaban en la mar: una línea negra, negrísima hacia tierra: la costa; y otra enfrente, pero lejos, muy lejos, un poco más fina y algo más clara: el horizonte. En derredor de la barquía, un breve espacio ondulante y con intermitencias fosforescentes.

En medio de esta obscuridad, había que buscar en las peñas de la costa ciertas cuevas que deja al descubierto la marea cuando baja; y no habían de ser las primeras que se descubrieran á la casualidad acercándose á los peñascos, sino las cuevas tales y cuales; porque el pescado en cuya busca iban el Lebrato y su hijo á aquellas horas, tiene sus preferencias de refugio, muy marcadas, y sólo en esos refugios, y no en otros muy parecidos, hay que buscarle.

Los pescadores los conocían perfectamente, y los tenían bien registrados uno por uno en la memoria; y aunque á obscuras, ó casi casi, sin titubear un instante, iban explorándolos todos, atracando la barquía hasta la misma boca de la sima, ó, cuando menos, á la peña en que estuviere. Una vez allí, se hundía en el pozo, que había dejado lleno la marea, un palo, de la largura necesaria para alcanzar hasta el fondo con un anzuelo que llevaba á la punta, fijo en un _reñal_ muy corto; y si había anguilo adentro, es decir, congrio pequeño, iba al cebo traidor, le mordía y fuera con él. Y para todo esto, mucho silencio y ni chispa de claridad. Si el estado de la mar no permitía acercar la embarcación á la costa, se apartaba de ella cosa de una milla, y se probaba fortuna calando allí un aparejo de cordel, de muchas brazas. Pero siempre á obscuras. Si no se trababa congrio, se trababa un durdo regular, ó una mojarra de buen tamaño; y allá salía la cuenta, cuando mordían; porque si daban en no morder, ni mojarra, ni durdo, ni anguilo, ni nada; y noche y trabajo perdidos.

Y esto al comenzar la temporada de otoño, que, si venía noble, era un verano que daba gusto; pero en la de primavera (la mejor de las dos para el anguilo, por la abundancia y por la clase), con sus destemplanzas repentinas, con la crudeza de sus borrascas... ¡ya te quiero un cuento! ¡Qué noches había pasado el Lebrato en esas rudas campañas! ¡Qué riesgos había corrido, y de qué apuros le había sacado la divina Providencia!

Porque es de saberse que antes de tener un hijo, primero muchacho animoso y decidido, y después mozo robusto y fuerte, hacía él solo la tarea de los dos; solo se iba en su barquía, y solo se pasaba en la mar la mayor parte de la noche, registrando cuevas con el palo, ó calando el aparejo á larga distancia de la costa; solo iba también de día á la dorada, al barbo, ó á la lobina grande; y lo mismo le daba quedarse de la barra para dentro, si mordía algo de á cuanto, que salir de la barra para fuera en caso contrario. No tenían cuenta sus zambullidas en la mar, por _desborregarse_ á obscuras entre las rocas; pasaban de seis sus embestidas á la barra, á media vela y á la desesperada, por haberle sorprendido otros tantos temporales afuera; y en ninguno de éstos ni de otros lances parecidos, llegó á faltarle la serenidad, ni se marcó en su frente una arruga más de las que de ordinario tenía. Por dentro le andaría la procesión; pero sutil había de ser de ojo el que se la descubriera mirándole de arriba á abajo.