La Puchera

Part 20

Chapter 204,089 wordsPublic domain

Con esto, el de Lumiacos, no pudiendo ya alegar decorosamente la sutileza con que pensaba eludir el compromiso en que le ponía el indiano, á quien detestaba y maldecía en sus adentros, levantó también, aunque algo á rastras, su correspondiente vaso. Bebieron los tres comensales: Marcones, como si bebiera solimán. Y ¿cómo no, si conocía la treta del pícaro indianete para hacer por recodo aquella fineza á Inés, y estaba viendo que, aunque entre congojas y trasudores, la aceptaba la pícara y le acusaba el recibo con los ojos! Y su padre, ¿por qué se había quedado hecho un papanatas y como quien ve visiones? ¿Cómo toleraba aquel escándalo? ¿Para cuándo guardaba sus despachaderas? ¿Por qué tan groserote y desengañado con él, y tan complaciente y baldragas con el bribón de Nubloso?

Como si el indiano hubiera leído al seminarista estos endiablados pensamientos, le saludó muy risueño con el vaso después de apurarle; y en seguida, lo mismo que si nada hubiera ocurrido, se volvió hacia el médico para preguntarle por las condiciones higiénicas de Robleces, y qué dolencias eran las que se padecían de ordinario en el partido.

Á lo que proveyó don Elías cumplidamente, después de carraspear un poco y de contonearse en la silla, buscando la requerida actitud. Sobre lo primero, afirmó que no había en la tierra punto más sano que Robleces; y á lo segundo, respondió que las enfermedades más comunes allí eran la _lijadura_, el _padrejón_, el _paralís_ y las del _arca_.

—Veo con placer—dijo el indiano, sin intención aparente de burlarse de don Elías,—que la ciencia ha adoptado al fin la nomenclatura vulgar de estas buenas y sencillas gentes.

—No, señor—respondió el candoroso médico:—somos nosotros los que nos hemos acomodado á ella, en la necesidad de tratar á estos enfermos á su gusto.

En esto llegó á la mesa el gallo en pepitoria; y mientras Inés le repartía entre los comensales, don Baltasar cantó la vida y altos merecimientos de aquel animalejo, que dejaba en el corral cinco generaciones de su ilustre casta. ¡Así estaban de negros y correosos sus venerables pedazos!

Después comenzó el indiano, que tenía buena memoria, á preguntar por ciertos sujetos que él había conocido allí siendo niño, y también fué don Elías el que llevó el peso de las respuestas, porque, con ser forastero, sabía de las cosas y personas de Robleces, presentes y pasadas, mucho más que todos los que le acompañaban á la mesa. Por ejemplo:

—Y ¿qué fué de aquel tío _Carrancas_, muy devoto, que rezaba por delante el Calvario alrededor de la iglesia?

—Á ese tío Carrancas no le alcancé yo, ni á su mujer, que le pegaba á menudo; pero sí á su hijo Manuelón, que casó con la _Silguera_... Tuvieron tres ó cuatro de familia, y por ahí andan padres é hijos matando el hambre como Dios les da á entender.

—¿Y en qué vino á parar la famosa _Murciégala_, que era tenida aquí por bruja? ¡Qué miedos me hizo pasar á mí, la condenada de ella, con aquel refajo negro sobre la cabeza y aquellos ojos chiquitines y relucientes, hundidos allá dentro!

—Esa pagó lo que debía, aunque un poco tarde—dijo don Baltasar, quitando la vez á don Elías, porque en materia de brujas era creyente á puño cerrado.—La muy arrastrada, ¡cuántos daños hizo en el lugar!...

—¿La Murciégala, eh?—añadió el médico inmediatamente á lo dicho por el Berrugo.—¡Buena alhaja! ¡buena de veras! Estas manos la extendieron el pasaporte.

—Pero, hombre—exclamó el indiano,—¿cómo puede ser eso, si la dejé yo hecha un carcamal cuando me fuí de Robleces?

—Pues ese carcamal fué tirando hasta los noventa y tantos años, y hubiera tirado hasta los noventa mil, por no haber enfermedad conocida capaz de acabar con él.

—¿Cómo acabó entonces?

—De una tunda de órdago que la dieron una noche.

—¿Quién?

—Jamás se puso en claro que fueran manos mortales, por lo que se cree que el negocio fuera cosa de entre ellas.

—¿Entre quiénes?

—Entre las del unto y la escoba, por piques del oficio, ¡ó vaya usted á saber! Lo cierto es que mano de hombre no es capaz de poner un cuerpo en el estado de molienda en que yo ví el de aquel demonio cuando fuí llamado á eso por la autoridad. Debajo de la cama estaba, como una pila de basura.

—¡Qué barbaridad!

—No habiendo amaño posible para aquel saco de huesos en polvo, se le dió la Extrema, y _laus Deo_. Le aseguro á usted, señor de Quicanes, que si no acaba de aquel modo ó de otro parecido, hoy se encuentra usted á la Murciégala en Robleces, tan campante y tan bruja como en sus mejores tiempos. ¡Qué pelleja de los demonios la suya! ¡Y el benditón de don Alejo que todavía se sulfura cuando se le menciona el caso, y truena contra la Justicia, porque dice que no cumplió entonces con su deber... ni yo tampoco, por no haber dado cuenta del estropicio al juzgado correspondiente! ¡Me asan, señor de Quicanes; me asan vivo estos inocentes de Dios, si me propaso á semejante cosa!

—¡Pues vaya, señor don Elías—dijo alzando el vaso el indiano, quizá por no exponerse á que le asaran á él allí si predicaba cuanto se le estaba ocurriendo sobre el particular,—un trago al descanso y sosiego perdurables de esa infeliz pecadora, que tan molida acabó!

—¡Eso sí, voto al chápiro!—respondió el médico, á quien ya le chispeaban los ojos,—que yo no soy hombre de llevar los rencores más allá de la sepultura.

Bebieron los dos mirándose cara á cara, y dijo en seguida el de Nubloso:

—Y ahora, para concluir de molestarle con preguntas, respóndame á la que se me pone entre los labios. Cuando me marché de aquí, comenzaba á cobrar el barato en el pueblo y á bullir mucho en el ayuntamiento, un tal _Planchetas_. ¿Qué ha sido de él?

—Pues el Planchetas—respondió don Elías muy hueco, porque cuanto más le preguntaba el otro, más le regalaba el gusto,—acabó como debía: en punta. ¿No es así, señor don Baltasar? El Planchetas, realmente era hombre bien acomodado, para lo que aquí se usa. Tenía sus tierras, su casa, sus ganados... todo propio. Era fachendoso de suyo; pensó que aquel pasar daba para los imposibles, y ahí le tenía usted luciendo la persona en todas partes... Feria va, mercado viene, petulancia por aquí, mangoneo por allá; y lo que era peor: comiendo á menudo fuera de casa, ¡y qué comer! Á lo príncipe: en las mejores tabernas, y échese y no se derrame; ¡y vengan chorizos á todas horas, y demonios colorados! En fin, hasta que se arruinó. Si no mienten mis informes, el señor don Baltasar le sacó de los últimos apuros... ¿Me equivoco, señor don Baltasar?

El cual no respondió á la pregunta del médico, porque llegaron en aquel instante, conducidos por la Galusa y la otra criada, la media fuente y los tres platos hondos repletos de arroz con leche; y en cuanto los vió en la mesa el indiano, exclamó, sin poderse contener:

—¡Dichosa edad y tiempos dichosos aquéllos en que este dulce manjar era mi mayor deleite!... Y perdone el señor estudiante de Lumiacos que yo me permita aplicar aquí este mal zurcido remiendo de mi erudición profana. He gastado muchísimo dinero en libros españoles de ameno y provechoso entretenimiento, y me sé el _Quijote_ de memoria. Usted, que le conocerá tan bien como yo, sabrá con qué frecuencia ve uno reflejados sus propios actos y sentimientos en aquel fiel espejo de la vida humana.

—Yo no gasto el tiempo en leer paparruchas—respondió el seminarista, que verdeaba.—Le necesito para estudios de más fuste y de mayor alcance moral...

—Pues hace usted bien,—respondió muy fresco el indiano.

—Sobre todo, por lo que le engorda,—añadió el Berrugo, que indudablemente tenía algo de tirria al sobrino de su criada...

Inés se condolía mucho del mal trato que se daba allí á su profesor, cuyas amarguras adivinaba; pero don Elías se frotaba las manos debajo de la mesa á cada apabullo que sufría el pedantón.

Mientras el arroz se repartía, dijo el Berrugo:

—Aplíquense á esto todos los convidados, porque es lo último; y Dios sabe cuándo volverán á verse en otra: á lo menos en mi casa.

—Pues por lo que á mí toca—dijo el perfumado Quicanes, que dominaba ya, á su discreción, el concurso con Berrugo y todo, dirigiéndose á Inés, que le servía,—cargue usted sin duelo... y sin perjuicio de los demás, se entiende; pero á condición de que de lo que me sirva, ha de aceptar después la primera cucharada, que yo le ofreceré como tributo de mi reconocimiento y de mi admiración.

Inés, que le servía del arroz de la media fuente, en cuanto oyó las primeras palabras del apóstrofe, dejó á medio llenar el plato que tenía en la mano izquierda, y tomó uno de los hondos que vinieron llenos de la cocina. Á entregársele iba al afable convidado, cuando éste la espetó la condición de la cucharada como tributo. ¡Y allí fué el apuro de la infeliz! Vaciló unos momentos, roja de vergüenza y temblándole la mano; pero al fin, echando también á broma el lance, alargó muy risueña el plato al otro, que le esperaba afilándose las guías del bigote y con los ojos muy parleteros, y le salió al encuentro alzándose de la silla. La de Marcones crujió en el mismo instante, como si la estuvieran haciendo polvo. Don Elías aplaudió á grito pelado, y el Berrugo ya no sabía qué pensar de aquellas cosas.

Concluído el reparto del arroz con leche, Inés y el indiano cumplieron honradamente sus mutuos compromisos: ella entre congojas de cortedad, pero sin repugnancia maldita, y él... ¡figúrenselo ustedes!

Por remate de todo ello, sacó el tal una vistosa petaca de piel de Rusia con grandes cifras de plata, llena de puros de gran vitola, con los cuales brindó á cada uno de los tres comensales; pero ni don Baltasar ni el médico fumaban; y en cuanto á Marcones, rechazando con irónica modestia la petaca del indiano, sacó él otra de suela, muy resobada y con mugre, y le dijo, eructando, y mientras la abría y asomaban dentro de ella unos papelillos arrugados:

—Gracias, yo no lo gasto tan fino.

Y se puso á liar un cigarro, con el relativo consuelo de pensar que con aquel último trámite de la comida, acabarían las estomagadas de bilis que estaban martirizándole. Pero tampoco le salió la cuenta por allí; porque el diablejo del indiano, ayudado de don Elías, consiguió que Inés los aceptara por acompañantes para asistir á la procesión de la tarde y después á la romería. ¡Y el Berrugo que lo toleraba en paz y hasta se había brindado á ir con ellos!

Acordado así, don Baltasar, para hacer tiempo, se fué á sus rondas de costumbre por cuadras y corrales; Inés á sus quehaceres, y Marcones, por de pronto, á desfogar con su tía, ¡que también tenía que oir! las bilis acumuladas.

El indiano y el médico permanecieron solos unos instantes en la mesa, apurando los restos del blanquillo que quedaba en el fondo del botellón.

—Y ¿qué nos hacemos nosotros dos ahora, señor don Elías?—le preguntó el indiano mientras se lavaba las puntas de los dedos en el agua de su vaso, y después de limpiarse esmeradamente los labios con la servilleta,—¿Adónde iremos, sin estorbar á nadie?

—Sospecho—respondió don Elías,—que en el balcón del saliente debe de correr ahora un vientecillo muy agradable y hasta digestivo... Podemos ir allá si le parece.

—¡Gran idea, señor don Elías!

Andando los dos hacia el balcón y guiando el médico, que conocía bien el camino, dijo al otro, arrimando mucho la boca á su oreja:

—¡Menudos revolcones ha llevado hoy, señor de Quicanes, el pedantón ese! ¡Buenos fueron los que le dió en seco don Baltasar; pero los de usted por lo fino!... La Inés se bañaba en agua de rosas... Es natural...

—¿Por qué?

—Porque no le puede ver... casi me lo ha dicho á mí ella misma... ¡Pues podía no ser así! ¡Una moza de órdago como la Inés!... ¡Para el zoquete de Lumiacos estaba!

—¿Cómo es eso, cómo es eso?—preguntó aquí con viveza y gran interés el indiano.

—Verdad que usted no está en autos—dijo el médico, muy satisfecho y orondo.—Pero esto no es para hablado aquí.

Apretaron el paso; llegaron al balcón, donde, en efecto, corría un nordeste muy delicioso; sentáronse, y continuó de esta suerte el médico, mientras el indiano, sin apartar la atención de las palabras de don Elías, recorría con los ojos el hermoso panorama que se descubría desde allí:

—Pues el pedantón ese anda tras el gato del Berrugo.

—¿Y quién es el Berrugo?—preguntó el de Nubloso, después de arrojar de su boca una espesa nube del humo de su aromático cigarro.

—El Berrugo es don Baltasar—respondió muy bajito el médico.—Le dan ese mote por lo hebra que es y lo... Pues bueno: el Berrugo es riquísimo, señor de Quicanes.

—¿Lo cree usted así?

—Le digo á usted que poderoso.

—Y ¿de qué modo trata de heredarle el seminarista?

—Casándose con Inés.

—¡Casándose con Inés! ¿Pues no estudia para cura?

—Estudiaba, señor de Quicanes, estudiaba; pero hace meses lo dejó... ó le dejaron. Con la disculpa de dar lecciones de primera enseñanza á Inés, viene aquí todos los días, para ver si se va colando poco á poco... Amaños del zanguango con la pícara de su tía, la Galusa... El Berrugo no sabe jota de ello; y por el trato que le da hoy, puede usted calcular lo que ocurriría si el gandulote se llegara á explicar más claro... ¡Y el pedantón no cae en la cuenta ni en la mala voluntad que le tiene la Inés, y sigue erre que erre!... Pues ¿por qué se le figura á usted que fué el estampido suyo cuando aquello de los Estados Unidos? ¡Bastante se le da al hijo de su padre porque haya herejes allá ó deje de haberlos!... Con el zancarrón de la Meca apechugaría él si, haciéndose moro, aseguraba la puchera.

—Pues ¿qué mosca le picó entonces?

—El estar usted llevándose las preferencias de todos, y en particular las de Inés. Las cosas claras, señor de Quicanes.

—¡Bah!—respondió éste aparentando dar poca importancia á las noticias y pareceres de don Elías.—Cosucas de aldea.

—Hombre—dijo el médico, cambiando súbitamente de actitud, de tono y de temperatura,—y á propósito de esos Estados Unidos y de esas otras tierras lejanas de que nos hablaba usted: ¿conque tan bonitas son esas mujeres de por allá?

—De primera, señor don Elías, ¡de primera!—respondió el interpelado, después de mirar al médico con cierta extrañeza maliciosa.

—Pues vamos á echar un párrafo sobre ese particular, señor de Quicanes, para hacer tiempo.

—¡Hola, hola!—exclamó Quicanes, mirando con socarronería al médico.—¿Esas tenemos también?

—¡Juego limpio, señor de Quicanes, gracias á Dios!—dijo don Elías humildemente.—Pero, créame usted: aquí vivimos en pura tiniebla sobre las cosas del mundo, y no disgusta un recreillo de palabra de vez en cuando. Por lo demás, ¡á buena parte viene usted, señor de Quicanes!

—Pues vaya el párrafo,—dijo éste, acomodándose mejor en la silla en que estaba meciéndose.

Y hablando él y mintiendo á más y mejor, hecho ojos y oídos, don Elías, y sonando sin cesar el repiqueteo de las campanas de la iglesia, fué pasando el tiempo, y llegó el Berrugo á advertirles que Inés estaba pronta y esperando para ir á la procesión.

En lo más obscuro del pasadizo tocó don Baltasar al médico en el hombro; detúvose allí unos instantes con él, y le preguntó en son de chunga:

—¿Y cómo va el negocio de los molinos?

—¡Ya pareció el dinero!—pensó don Elías, vuelto de pronto á la realidad de sus estrecheces.—Para eso me convidó á comer. No es tan malo este hombre como se le cree.—Pues el negocio de los molinos—respondió en voz alta,—en el estado en que le dejamos aquel día, señor don Baltasar. Ya usted ve: falta la guita...

—Pues yo—le añadió el Berrugo,—sigo en mis trece: en cuanto descubra el tesoro, con las señas que usted me dió, le pongo en la mano los cuatro mil duros... ¿No son cuatro mil?...

—Sesenta y dos mil reales solamente, según mis cálculos,—respondió el médico, de mala gana ya.

—En fin, lo que sea—añadió el Berrugo.—Hombre, y á propósito: ¿ha vuelto usted á ver á la fantasma de la linterna?

—He visto la fantasma—respondió el médico algo crispado;—pero sin linterna y á media tarde, en el callejo de los Mulos; y nada me dijo sobre ese particular ni sobre ningún otro.

Soltóle el Berrugo una risotada que era para el pobre médico una zambullida en agua de diciembre, y se largó detrás del indiano, que aguardaba en el crucero de los dos pasadizos. Don Elías le siguió algo cabizbajo y diciendo para sí:

—Verdaderamente es incurable la indecencia de este hombre.

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XXII

EXAMEN DE CONCIENCIA

Corta de genio Inés y modestísima como era, no estaba pesarosa de que la gente la viera en público acompañada del caballero del altar mayor, norte de todas las miradas y tema de todas las conversaciones de aquel día en Robleces, por la mañana y por la tarde; particularmente por la tarde, cuando se vió al caballero que tanto había llamado la atención en el presbiterio, cosido á las faldas de la hija de don Baltasar, y á don Baltasar detrás de los dos, y con don Baltasar, el médico. ¡Cosas más raras!

Así fueron á visitar al santo, que estaba en el cuerpo de la iglesia con todos los perifollos de por la mañana, y á echar unas monedas de cobre en el platillo que había sobre las andas, y después á la procesión, mucho más larga que la otra, pero con las mismas cantadoras y los propios danzantes, hechos ya una porquería de polvo y de sudor, mas no rendidos; y el campaneo y los cohetes y la muchedumbre fervorosa de por la mañana, y otro tercio más de la gente forastera que había venido á la romería. Los curas de Piñales y de Campizas, que habían comido con don Alejo, le acompañaban en la procesión, y Quilino, con un librón abierto entre manos, les hacía el tiple en sus cánticos, á los que contestaba el público á cada instante con un clamoroso «_ora pro nobis_.» Al predicador de Pandos, después de comer también con don Alejo, se le había visto salir de Robleces, á medio galope del tordillo que montaba, en dirección á su pueblo.

Si á don Elías se le hubiera permitido satisfacer su gusto en toda regla, mientras la procesión iba por lo más hondo de la carrera que seguía, se hubiera encaramado él en el tejadillo del porche de la iglesia; y después de mandar que cesara el ruido de las campanas y el de los cantores y el de los cohetes y hasta el de las hojas que removía el nordeste en bardales y cajigas, habría referido á voces, á la muchedumbre detenida allá abajo, la historia del caballero del altar mayor, teniendo buen cuidado de añadir que aquella historia no la habían sabido hasta entonces más que él y la familia de don Baltasar.

Pero nada de esto le era permitido al oficioso médico; y, bien á su pesar, se conformaba con decir, á hurtadillas del Berrugo, que iba á su derecha, á cada conocido que pasaba por su izquierda, y aludiendo al indiano que le precedía departiendo con Inés:

—Es natural de Nubloso, y está riquísimo. He comido hoy con él.

La romería se celebraba cerca de la iglesia en una gran pradera, lindante por un lado con un espeso cajigal. En este cajigal humeaban los merenderos y resonaban los cantares, las panderetas y las tarrañuelas de dos ó tres corros de baile; y bailes, hasta de tambor, había también en la pradera, con sus respectivos cercos de espectadores; y por entre estos corros de baile y los del cajigal, el «agua de limón fría como la nieve,» las banastucas clásicas con perojos roderos, rosquillas duras y avellanas tostás; las bandadas de muchachos oliéndolo y curioséandolo todo, pero sin catar gran cosa de ello, por la pícara contra de lo caro que andaba; el mozón pretendiente colmando de _perdones_ el moquero de la moza... y en fin, lo de costumbre, por no apestar al lector con pinturas de que ya le tengo harto.

Por allí andaban, alegres y peripuestos y en amoroso grupo, la repolluda Pilara con toda su familia, y Pedro Juan y su padre; éste con las botas de agua, la medalla de Cochinchina y una corbata de seda, lacia y descolorida, anudada á la marinera. En cuanto Pilara vió á Inés y el Lebrato á su padre, se arrimó toda la comparsa á saludarlos... Ya estaba arreglado aquello. Pedro Juan y su padre habían comido aquel día en casa de Pilara, como si todos fueran ya unos. «La cosa sería allá pa la cogedera de los fisanes, al apuntar la toñá.» _Comenencias_ de cada cual lo pedían así. Todos estaban muy contentos; y ya contaba Juan Pedro con darse una vuelta «por ca su amo, pa ponerle en los autos al respetive, como era debido.» También Pilara tenía pensamiento de avistarse con Inés para pedirla cierto favor que estimaría Pedro Juan en tanto ó más que ella. Era «cosa de los dos en concierto.» Inés, que quería mucho á la noble Pilarona, dió el favor por otorgado, si cabía en sus posibles. El Berrugo se hizo de nuevas, y preguntó á Juan Pedro si su hijo era para en casa de la novia, ó la novia para en casa de él.

—Es ella pa en mi casa,—respondió el Lebrato.

—Más vale así para _nosotros_,—dijo entonces el Berrugo, que, por apego á sus haciendas, parecía muy dispuesto á no haber consentido lo contrario.

Poco después se separaron los dos grupos; y me consta que de la historia de los amores de Pedro Juan y de Pilara, que á instancias del indiano le refirió Inés, tomó pie el placentero acompañante para improvisar una plática que no tenía comparación con aquellas homilías que espetaba Marcones á la hija del Berrugo en los comienzos de su trato con ella. Marcones hablaba y hablaba, tomando los puntos al estilo de predicador, llenando de latines las parrafadas y vomitando tempestades contra gentes que ningún daño le habían hecho. Oyendo á Marcos se podía bostezar y hasta dormirse, y entraban como deseos de santiguarse cuando acababa, y de decir «amén» por remate.

El «predique» del otro fué más dulce, más insinuante y persuasivo: nada de latines ni de Santos Padres; las palabras eran de las más usuales y corrientes y sin adobo de rencores contra nadie; el tema, claro y sencillísimo: parecía que hablaba por boca del oyente; y por eso, con lo que decía á Inés no la daba ganas de bostezar, sino que la llevaba prendida la voluntad; y como si ello fuera gancho con que la sacara de allá dentro lo que más quisiera ocultar ella, la obligó más de dos veces á decir su parecer, sofocada de calor y temblando como una hoja. No había modo de permanecer serena ni enteramente callada, oyendo peroraciones como aquélla en boca de un hombre tan elegante, tan cortés, tan afectuoso y perfumado como el caballero del altar mayor. Después de la predicación para ella sola, se volvió hacia don Baltasar y el médico que los seguían, con trazas de ir algo aburridos, y también tuvo ingeniosas ocurrencias con que entretenerlos un buen rato. Luégo sacó un pañuelo blanco, de finísima batista, limpio y sin estrenar, y le llenó de cuanto se vendía en los puestos inmediatos; pagó rumbosamente, y ofreció aquellos _perdones_ á Inés, que no se atrevió á rehusarlos, después de haber tomado el médico, por cortesía, un puñadito de avellanas y dos perojos; don Baltasar no tomó cosa alguna, porque «no lo usaba jamás... ni de balde.» Pero verdaderamente estaba como algo fascinado con el rumbo y la charla y el atalaje y la conducta de aquel mozo.

El cual, después de bien corrida la media tarde, con el pretexto de que había una hora de camino hasta Nubloso, se despidió afabilísimo de don Baltasar, prometiéndole, y bien recio, no sé si para que Inés lo oyera, volver muy pronto á tratar «del consabido asunto pendiente;» de Inés, con intachable cortesía, y del médico, con la más campechana franqueza. Fuése... y desde aquel momento ya no supieron qué hacerse en la romería ni don Baltasar ni su hija, ni el médico que los acompañaba bostezando.

Dijo Inés, á poco rato, que se encontraba rendida y con ganas de volver á casa; aplaudióla el gusto su padre, y se alegró de ello don Elías que ya estaba impaciente por quedarse solo y en completa libertad de echarse por aquellas espesuras de curiosos, para referir á sus anchas la historia, bien comentada, del caballero del altar mayor.