Part 2
Todas estas cosas discurrió Quilino, á su manera y en un periquete, en cuanto llegó á su oído la última frase del período copiado, con lo que se puso hecho un veneno; y dando un talegazo furibundo en la basa, pidió cuentas del dicho al mozalbete que se le había endosado, el cual respondió que como se le entregaron le había hecho correr; reclamó entonces á la estafeta inmediata, saliéndose ya para esto de la canal; mas como por allá arriba no se había dicho ni oído cosa semejante á lo que producía la protesta de Quilino, que bailaba de coraje encima de la basa, los treinta de la red le armaron una de risotadas y chiflidos, que temblaba la junquera. Cegóse con ello Quilino, y fuése en derechura hacia el Josco, que era el que más le ofendía allí, no por lo que dijera ni silbara, pues ni desplegó los labios el infeliz, ni con una mala arruga en ellos dió á entender que deseaba reirse de lo que estaba pasando; sino por ser quien era: el mozo de cuya lengua dependía que Pilarona le diera á él ó no le diera «con la puerta en los bocicos.» Pedro Juan podría ser corto para decir á una moza «por ahí te pudras;» pero á dar pronto, bien y á tiempo una castaña á un provocador, y provocador tan mal visto de él como Quilino, que podría ó no podría salirse con la suya en el empeño en que estaba metido, no había maestro que le ganara. De modo que en cuanto vió la actitud de Quilino y sintió que le temblaba un poco la mejilla izquierda, único síntoma que anunciaba en él que se había colmado la medida de su aguante, largó el retuelle y dió el primer avance para salir de la canal; pero lo observó su padre, le cortó el paso con la ayuda de unos cuantos concurrentes, y entre todos ellos le volvieron á su sitio, mientras los restantes de la red daban otra grita al desconcertado retador y le echaban hacia abajo.
Y á esto debió Quilino la fortuna de conservar por entonces todos sus dientes en la boca, y de no haber dejado aquella tarde bien estampada su persona en la basa del estero.
Del cual salió sin detenerse más tiempo que el indispensable para apañar la talega, echando espumas de rabia por la boca, y sacudiendo tan fieros talegazos contra el suelo y hasta contra sus propias zancas cuando no estaban hundidas en él, que al intentar un recuento de sus cámbaros mientras gateaba la sierra, los halló en las honduras del saco hechos una pura papilla. Esto, y el antojársele que ciertos rumores con que de rato en rato le escarbaba los oídos el espirante nordeste (que, por ser de buena casta, había de morir antes que el sol acabara de caer) eran los de la rechifla con que le despedían á él, á Quilino, los de la red, encendió nuevas iras en su pecho; trocó en desatada carrera el paso acelerado que llevaba, y buscó por el callejo más hondo el camino más breve del barrio, decidido á verse con Pilarona y á decirla cuanto antes que, «saliérale pez ú rana, _aquello_ no podía seguir así.»
Entre tanto, los de la Arcillosa, olvidados bien pronto de Quilino con los lances de la pesca y las cosas del Lebrato, continuaban detrás de éste y su familia arrastrando el retuelle, casi siempre vacío; pero con la esperanza de mejorar de suerte _más allá_. Y así fué, para algunos, al llegar al remate de la canal, punto menos que en seco ya, donde los cautivos peces se habían ido refugiando al buscar una salida que sólo hallaban los que tenían la suerte de caber por las estrechas mallas de la red. Para todos los pescadores hubo algo en aquel sitio; pero tan poca cosa para los más de ellos, que sin las cuchufletas del Lebrato, el lance de Quilino y otras «deversiones de palabra» que allí encontraron, no alcanzara á consolarlos del tiempo que habían perdido, ni del dolor de riñones que les hacía renquear, de vuelta á casa.
[Ilustración]
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II
EL CONFLICTO DE PEDRO JUAN
Mejor aprovechá pudo haber sido la tarde—decía Juan Pedro á su hijo mientras los dos refrescaban el pescado de los respectivos morrales zambulléndole en el agua limpia de la caldera, que para eso habían colocado sobre el poyo del soportal de su casa;—pero otras redes han dado menos, y quizaes la de mañana no dé ni tanto. ¿Te paece que habrá aquí veinte libras?
Pedro Juan dijo con la cabeza que no.
—Ya estaba yo en eso, como lo estoy en que pasan de quince.
Pedro Juan hizo un signo afirmativo.
—Y de deciséis.
Otra afirmación muda del Josco.
—Y de decisiete.
Nueva afirmación muda del susodicho.
—Y de deciocho.
Pedro Juan hizo un gesto que quería decir: «por ahí le andará, sobre poco más ó menos.»
—Esa es la cosa; pero con la ventaja de que las piezas son, por el respetive, de locimiento pa la salida... y abunda más la _llubina_ que el _muble_, con buen qué de rodaballos... Quiere decirse que, motivao á este particular, no hay que ablandarse en el precio tanto como solemos: bien se puede pedir, uno con otro, á tres reales la libra; y casa por casa y escogido, á treinta cuartos lo que menos.
Pedro Juan hizo otro gesto que significaba: «podrá que sí, ú podrá que no.»
—Hombre, si te encoges tanto, visto está que no; pero como yo creo que no hay razón pa encogerse cuando se hace la cosa en buena concencia y en ley de Dios, como ésta... Más caro vende Perrenques pura metralla, y no falta quien se lo tome; y los demás rederos, allá se le van en humos cuando el caso les llega... y toos lo nesecitan menos que tú y que yo... ¡y con ser quien soy!: el único matriculao que anda en la ría, y más afuera tamién, y con derecho bien notorio de que no anduvieran otros por onde yo ando. Sólo que es uno de esa condición y no quiere guerra con sus convecinos, ni hacer mal á naide no más que por hacerlo... Dirás tú que éstas son coplas, y que más valiera, en ciertos casos, vista la mala ley de otras gentes, hacer con tales y con cuales lo que el de más allá hace con uno... Podrás estar en lo firme; pero yo estoy más á gusto con hacer lo que hago. Cierto que no se engorda con ello; pero se duerme tan guapamente, y no hay ujano que roa en los prefundos cuando más devertío está el hombre, ni pentasma que le espante ni le engurruñe los hígados cuando la triste nesecidá le pone en riesgo de jugarse la vida allá afuera, contra un zoquete de borona... Tú, Pedro Juan, hazte la cuenta de que no hay bien ni mal que cien años dure... y hala pa lante hasta caer de veras; que de caer hemos, igual tú y yo, que semos la miseria andando, que el que tenga los mesmos tesoros del _Pirata_... ¿Metistes la camá de juncos en el cesto?
Pedro Juan respondió que sí.
—Pos échale haza acá, y trae tamién la triguera pa desapartar lo de costumbre.
Pedro Juan hizo lo que le mandaba su padre; y fué de notarse que al paso que colocó el cesto muy sosegadamente arrimado al poyo, arrojó encima de él la triguera de muy mala gana.
—Convenido, hijo, convenido. Pecao mortal es que aquella boca se los zampe; pero á mal tiempo buena cara: á más de que á eso le tenemos avezao mucho hace, y sabe Dios lo que sería de otro modo.
Casi á tientas, porque era ya de noche y no había otra luz que la que reflejaba la tenue claridad del cielo, comenzó el Lebrato á sacar de la caldera los peces que contenía, para colocarlos uno á uno sobre la carnada del cesto. De paso, y valiéndose para ello, más que de la blancura reluciente del pescado, de la experta sutileza de su tacto de pescador, separaba en la triguera los peces que habían de servir para los fines que se proponía. Cuando Pedro Juan volvió con dos mimbres, que fué á coger de un haz de ellos que guardaba encima de una barrotera del estragal, su padre había apartado las tres lobinas, los cuatro mubles y los dos rodaballos mayores y más lucidos que había en la caldera.
El Josco, sin decir una palabra, se quedó mirando, con muy duro ceño, las nueve hermosas piezas; después eligió las tres más grandes, y las fué ensartando por las agallas en uno de los mimbres, cuyos extremos sobrantes unió muy curiosamente en forma de estrovo. Dió otra zambullida en la caldera á los peces ensartados así, y los dejó blandamente sobre los que había en el cesto. También fué de notar que al ensartar los otros seis escogidos, parecía que los daba de puñaladas con el mimbre cuando le pasaba de las agallas á la boca; que se limitó á dar un nudo muy tosco á las puntas de la vara, y que arrojó la sarta en la triguera sin cansarse en meter antes los peces en el agua. Hecho esto, rascó con las uñas lo mayor del barro seco que aún conservaba pegado á las zancas; se bajó las perneras que tenía arremangadas; las dió unos manotazos hacia los pies; frotó luégo ambas palmas contra las respectivas caderas; lió un pito, echó una yesca, y le encendió; y como quien se dispone á tomar una resolución heróica, restregóse las manos y cogió con cada una de ellas una sarta de pescado.
El Lebrato le miraba de hito en hito y le dejaba hacer sin decirle una palabra. Cuando notó que se iba á largar sin más explicaciones, le habló así:
—¿Por las trazas, lo vas á llevar esta noche? Pensé que lo dejarías pa mañana, de paso que corríamos lo demás, si antes no vienen por ello.
—Es mejor así, ya que hay tiempo y ná que hacer en casa.
—Cierto: las vacas van ya camino del puerto, si es que no han llegado á él; el llar está en punto, y la torta la echaré yo pa cenar cuando güelvas... Pero...
Y como el Lebrato no apartara los ojos de las dos sartas de peces, adivinándole los deseos Pedro Juan, díjole, alzando respectivamente la mano en que estaba la sarta grande y la en que estaba la sarta chica:
—Éstos son pa él, y éstos... pa ella.
—¡Pa ella!... ¡Ah, vamos!... Pero nunca otro tanto hicistes, Pedro Juan. ¿Cómo tan ocurrío por parte de noche?
—Porque los merece... Por eso.
—Bien está; pero la novedá es lo que me pasma. Con ello y con que se te atragante la voluntá...
—Es que he pensao que pué que me atriva mejor así.
—¡Hombre! pues si en unos cuantos peces está y no te fías bastante en esos pocos, llévate el canasto entero y verdadero. Con tal que ello sea...
El Josco, sin aguardar á que su padre acabara de hablar, cogió con una sola mano las dos sartas, salió del portal, y á buen paso tomó la misma senda que había llevado Quilino al caer de la tarde; y también, al llegar á lo alto de la sierra, buscó por el callejo más hondo el camino más breve para ir adonde iba.
Comenzaba á lucir la luna, en el cielo no había una sola nube, y la noche picaba un poco en calurosa; por todo lo cual la gente del barrio andaba á aquellas horas solazándose, tendida sobre las _mullidas_ del corral, murmurando á la puerta de casa, ó de tertulia en la solana, según los gustos ó los medios de cada familia: en cualquiera parte menos en la cocina y en la cama.
Pedro Juan, que al asomar al barrio comenzaba á temer que le faltara resolución para entrar en casa de Pilara con el regalo, por lo mismo que jamás le había hecho otro, tuvo la fortuna de encontrarla junto al goterial, al pasar por allí como pudo pasar otro cualquiera, pues que era camino para ir adonde iba él. Las «buenas noches» se podían dar sin segunda intención al mayor enemigo, cuanto más á una buena moza; y él se las dió á Pilara, casi sin cortarse, y pensando al mismo tiempo que después de dar, por casualidad, las buenas noches á cualquiera, se le puede brindar con todo ó con parte de lo que se lleve en la mano, sin que esto quiera decir más que «lo que de por sí dice ello mesmo.»
Y eso iba á hacer Pedro Juan, cuando notó que en el fondo del soportal había gente; y, por de pronto, se le atascó el brindis en los gañotes. Y uno de los del soportal era «por casualidad» Quilino; Quilino, que no había hallado en casa á Pilara cuando, de vuelta de la ría, con tanto empeño fué buscándola, y acababa de llegar entonces, por tercera vez, y sólo esperaba á tomar resuello sentado sobre el cocino de picar escajos, para saldar sus cuentas con ella delante de toda la familia; porque él era mozo que no se paraba en barras de poco más ó menos, y el saldar cuentas de aquella traza, la comezón que se lo echaba todo á perder. En cuanto vió que la moza daba cara, y cara de risa, á Pedro Juan, que se había plantado delante de ella como caído de las goteras, se levantó del cocino de repente, se dió sendos puñetazos en las nalgas, golpeó la pared con el pajero que se quitó de la cabeza; y después de mirar torcido á la pareja del goterial y de batir mucho las mandíbulas, salió disparado á la corralada, bufando más bien que diciendo, pero de modo que todos lo oyeran:
—¡Recongrio! ¡Esto no se puede aguantar, y aquí va á haber una barbaridá de espanto el día que menos!
El Josco no le hizo caso; pero los demás, incluso Pilara, le rieron de firme la corajina. Lo mismo que en la red; y con sólo caer en ello, iba Quilino que ahumaba por aquellos bardales afuera.
Pedro Juan, escondiéndose, digámoslo así, en aquel poco de algazara que se armó en el portal, atrevióse á decir á la moza, que no le quitaba ojo:
—Paece que se toma la luna, ¿eh?
—Ya se ve que sí—respondió Pilara.—De lo que no cuesta, llenemos la cesta. Y con eso y sin eso se sale una á cielo raso muchas veces, por no ver de cerca lo que hay á subio en el portal.
Que esta saeta iba á Quilino, puede afirmarse; mas que la pescara Pedro Juan, ya es más dudoso, porque lejos de darse por entendido, se quedó hecho un madero. Viéndole así, añadió Pilara partiendo con los dientes pedacitos de un junco de la mullida del corral:
—Muy tarde andas tú por estos barrios. ¿Qué tripa se te ha roto en ellos?
—Pos yo vengo—dijo Pedro Juan,—al auto de llevar esto á ese hombre.
Y señalaba con la mano libre á la mayor sarta de peces.
Pilara se agachó un poco para verlos mejor; y entonces, libre él de los ojos de ella, que tanto le _avergonzaban_, atrevióse á echarla encima del cogote estas palabras:
—Si tú quisieras quedarte con esto otro... digo, no ofendiendo.
Y señalaba con el dedo á la sarta chica, mientras el corazón le daba en el pechazo cada golpe que le atolondraba.
Palpó la mocetona los peces, que le parecieron de perlas, y estimó la cortesía en mucho más. En prueba de ello, no aguardó á que él le diera la velorta, pues se la quitó de la mano.
—¡Vaya que son cosa güeña!—exclamó Pilara levantando la sarta hasta los ojos.
—Lo mejor que hubo en la ré,—se atrevió á decir Pedro Juan, con un poco de entusiasmo.
Hasta aquí, iba saliéndole á éste tal cual el empeño, y aun entreveía la posibilidad de que, enredándose el tiroteo, llegara él á cantar de plano; pero acertó Pilara á llamar la atención de la gente de su casa, que estaba en el fondo del portal riendo todavía y comentando el berrinche de Quilino; y aquí fué el desmoronarse de golpe el valor de Pedro Juan, el ponerse colorado de vergüenza, el tronarle los oídos y hasta el temblarle las piernas.
—Vaya—dijo resuelto á salvarse en la huida:—á más ver.
Le llamaron desde adentro, le brindaron con un cigarro y un poco de conversación, en muestra siquiera de la estima del regalo, que le pusieron en las nubes... «pior que pior.»
—¡Coles!—pensaba el Josco mientras se apartaba del goterial.—Si entrara, tendría que decir algo, y por ello me lo conocerían; y conociéndomelo entre tantos, me moriría allí mesmo de repente.
Y se alejó algunos pasos de aquella casa en dirección á la otra. Pero iba avergonzado de su propia cobardía y remordido por la pérdida de una ocasión como no volvería á cogerla; y tanto le abrumaron la vergüenza y los remordimientos, que retrocedió decidido á hacer una valentía, costárale lo que le costara.
De dos zancadas se plantó otra vez en el corral, que era abierto; y cubriéndose todo el cuerpo con la esquina de la casa, asomó un poco la cabeza dentro del portal y llamó con voz apagada y algo temblona:
—¡Pilara!
Conocióle ésta y salió corriendo al goterial.
—¿Me llamabas, Pedro Juan?—le preguntó muy afable.
—Pienso que sí,—respondió el Josco atarugado otra vez y empezando á arrepentirse de su valentía.
—Bueno... Pus aquí me tienes.
—Échate un poquitín más á esta banda del esquinazo... ¡Así!... Digo, si no emportuno...
—¿Qué has de emportunar, hombre? ¿Pus á qué estamos unos y otros?
—Eso me paece á mí.
Y como después de estas palabras no rompiera á hablar en un buen rato, le echó un remolque Pilara con estas otras:
—Ahora, tú dirás.
Pero ni por esas se dejaba llevar el mocetón hacia donde sus deseos le empujaban y la misma Pilara pretendía. Juzgaba perdida la ocasión en el último paréntesis de silencio, y sospechaba que había de tomarse á risa su retrasada declaración. Hay hombres así en aquel rústico lugar y en otros harto más cultos, porque en una y otra parte, con calzones de paño pardo ó con levita de sedán, el puntillo exagerado toma á menudo trazas de cobardía; y luégo sucede que al querer conducirse como prudente, es cuando resulta ridículo.
—Conque tú dirás,—repitió Pilara observando que Pedro Juan continuaba callado, pero no en sosiego.
—Pos quería preguntarte—dijo al fin el Josco,—si por casualidá sabes tú... si estará en casa ese hombre.
Sonrióse Pilara y respondió:
—Pienso que sí, porque en la solana le ví endenantes.
—Enestonces... voy pa-llá.
—¿Y eso era todo lo que tenías que decirme, hombre de Dios?—preguntóle la moza con cierto retintín que encendió algo la sangre del encogido redero.
—No, ¡recoles!—contestó éste en el calor del arrechucho, y azotando la esquina de la casa con la sarta de peces.—¡Yo tenía que decirte mucho más!
—Y ¿por qué no lo dices? ¿pa cuándo lo dejas?
—Lo dejo, Pilara... pa cuando me atriva; pa cuando me atriva, ¡coles! ¡Y mira que á la mesma punta de la lengua lo tengo!
—Pos atrívete hombre; atrívete ahora. ¿Qué mejor ocasión?
—¡Que me atriva! ¡Recoles! ¿En qué consiste esto? Yo he mirao treinta veces la muerte cara á cara sin que se me acelere tan siquiera el pulso, ni la color se me cambie, ¡y en esto me desmayo y acongojo! ¡Mal rayo me parta por encogío y por... coles!
Y por no atreverse y por conocerlo y por renegar de sí propio, salió ahumando de la corralada, igual que Quilino, sin despedirse siquiera.
Y era lo más negro para Pedro Juan, que, huyendo de lo que más le atraía, lo llevaba estampado en las mismas niñas de sus ojos. Allí estaba la moza en cuerpo y alma, y allí la veía él con su cara redonda, colorada y fresca; con su mirar parletero y su boca risueña; con sus caderas macizas que retemblaban al andar; con su seno profuso y sus hombros anchos y fornidos; limpia como los oros, y un brazo de mar para el trabajo. Por eso, y no más que por eso, la tenía él pintiparada en los ojos, y más adentro también, y no por el cuarto de casa y la media res y los seis carrucos de tierra que pudieran tocarla «en el día de mañana,» porque su padre lo tenía y era hombre de arreglo que sabría mirar por ello, como había mirado hasta entonces; por eso, por limpia y maja y trabajadora la quería él. ¡No más que por eso! Él no era _cubicioso_ ni cosa alguna que lo pareciera; y por estar bien á la vista, y por no tener vicios y aborrecer el aguardiente y ser apegado al trabajo y fiel de palabra y obra, y algo por ser hijo de quien era, se le abrían las puertas de aquella casa, que estaban cerradas para otros; y el padre le miraba «de buen aquel;» y Pilara no digamos, que «hasta le jalaba de la lengua;» y la madre, poco menos, y los demás, «cuasi pa el cuasi.»
Todos eran á estimarle allí, y hasta su padre le empujaba hacia ello; y él conocía estas cosas, porque ciego había que ser para no verlas, y _lo_ deseaba más que nadie... ¡Coles, si lo deseaba! ¡Y «con todo y con eso,» llegado el caso de hablar... «lo mesmo que un _murio de paré!_;» y para ayuda de males, mientras no hablara, aun con saber lo que sabía, hasta las botaratadas de Quilino le amargaban la borona y le quitaban el dormir. Su padre había querido sacarle del ahogo más de dos veces hablando por él; pero él no lo consintió, porque no era «de hombres como Dios manda, consentir que otros arreglen esas cosas.» Y al ver cómo se iban poniendo las suyas y que la paciencia se le acababa, llegaría pronto la necesidad de decidirse á renunciar á ellas, ó de ponerlas en manos de su padre. Y entonces... «¡coles, recoles! ¡otro que tal no se habría visto ni se veía en jamás de los jamases!»
Cavilando de esta suerte y andando á buen andar por los callejos del barrio, llegó á la portalada de «ese hombre.»
[Ilustración]
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III
ADÓNDE FUÉ Á PARAR LA SEGUNDA SARTA DE PECES
Porque la casa de «ese hombre» tenía portalada, y de alto y bien volado tejadillo; y corral con cerca de cal y canto, casi tan alta como la portalada. No era nueva la casa ni tampoco muy vieja, ni tenía escudo de armas sobre el cuadrante incrustado en uno de los _esquinales_ del mediodía, ni en parte alguna de sus fachadas; pero era grande, de dos solanas bien extensas, con buenas cuadras, pajares y graneros; pozo, pila y horno en el corral, y mucho rumor y tufo de ganado al pesebre, que se percibían en cuanto se penetraba en el hondo soportal.
Hasta él llegó el Josco sin detenerse, porque á aquellas horas la portalada no estaba aún cerrada más que con el pestillo, y en la solana que daba al corral no había nadie.
Acercóse á la puerta del estragal, que tenía cerrada la mitad de medio abajo; metió en el vano la cabeza y buena parte del busto, y gritó allí con toda su voz, que no pecaba de suave:
—¡Deo gracias!
—¿Quién llama?—le respondió al momento desde arriba otra voz, por cuyo timbre desagradable no hubiera conocido un extraño si era de hombre ó de mujer.
—¡Gente de paz!—replicó el Josco maquinalmente, y no de muy buena gana, á juzgar por la cara que puso.
—¿Quién es?—volvió á decir la voz de arriba acercándose hasta lo alto de la escalera.
—Yo... Pedro Juan,—respondió la de éste.
—¡Ah... eres tú!—exclamó entonces la otra voz.—Y ¿qué traes, qué traes á estas horas?
—Esto traigo,—respondió ásperamente el Josco, como si desde allá dentro pudiera verse lo que él zarandeaba en la mano.
—Pues ¿qué haces ahí parado? Desdá la _estorneja_ si está echada, y ¡sube, hombre, sube!
—Es que—replicó Pedro Juan,—si me lo tomaran aquí, sería mejor, porque vengo deprisuca y se va hiciendo tarde.
—¡Te digo que subas, y no seas meleno!
Acogió el mozo con un reniego el mandato; y después de golpear la media puerta con los peces, metió el brazo derecho por encima de ella, volvió la estorneja (taravilla) que la mantenía cerrada, y entró. No se veía chispa en el estragal ni en la escalera; subióla á tientas, porque ya la conocía, y en lo alto de ella le esperaba un bulto negro, más negro que la obscuridad, con una mancha blanca á cada lado; el cual bulto le dijo, con la voz de antes:
—Sube, sube... y vente á la cocina á dejar eso... que ya presumo lo que será.
Al llegar Pedro Juan arriba, el bulto negro con las dos manchas blancas se internó en un carrejo obscuro, á cuyo extremo y á la mano derecha se veía un rayo de luz que salía por una puerta. El Josco siguió al bulto, con los brazos extendidos y pisando á plomo por precaución muy cuerda, y así llegaron los dos á la cocina, cuya era la puerta por donde salía el rayo de luz, y en ella entraron.
El bulto negro con manchas blancas resultó ser (no para Pedro Juan, que bien conocido le tenía desde que le oyó hablar, sino para el lector, que se halla en muy distinto caso que el hijo de Juan Pedro); resultó ser, repito, «ese hombre,» el cual estaba en mangas de camisa, como siempre que apretaban un poco los calores; y eso que no era robusto ni joven, sino todo lo contrario, amojamado y sesentón, de poca talla además y algo encorvado; pero como decía Juan Pedro hablando de la madera de este sujeto: «es de la veta del tejo, que una vez que medró, ya no la parte un rayo.» Tenía la boca grande y los ojos chicos, los labios delgados y la mirada sutil y algo truhanesca, lo cual daba al conjunto de su fisonomía una expresión que no resultaba antipática. Entonces llevaba una badila en la mano.