La Puchera

Part 19

Chapter 194,064 wordsPublic domain

Á este incidente siguieron frases muy superfinas y corteses del indiano, enderezadas, tanto como á templar las crudezas del padre, á quedar él bien acreditado en el concepto de la hija; hasta que al cabo de otra buena ración de palabras sin substancia, cambiadas con el Berrugo, sacó el deslumbrante reló, miróle, púsose de pie y dijo:

—Estoy abusando de la bondad de ustedes hace rato: es más tarde de lo que yo creía... quizás iban ustedes ya á comer...

—Pues á propósito—interrumpióle el Berrugo, que aquel día estaba en vena de despilfarros,—¿por qué no come usted con nosotros? Es ya tarde: desde aquí á Nubloso hay una buena tirada; y además, ó somos ó no somos de la casa, como quien dice...

—¡Oh, señor don Baltasar!—respondió el sobrino del Mayorazgo, haciéndose una pura miel.—¡Tanto favor para mí!... ¡Tanta molestia para ustedes!... Yo no sé si debo...

Y en esto miraba á Inés, la cual parecía decirle con la expresión de sus ojos dulces: «quédese usted, sin cumplidos.» Al mismo tiempo le soltaba el Berrugo estas claridades:

—Ya sabe usted que yo no entiendo de dulzainas. De verdad ofrezco. Diga claro y pronto lo que más desee. Comida hay abundante, porque es día de repique gordo, y ningún perjuicio nos causa con quedarse. Si nos le causara, me hubiera librado muy bien de convidarle, por si me cogía por la palabra... En resumen, ¿acepta ó no?

El indiano, que parecía gustar mucho de las genialidades de don Baltasar, se reía mientras le escuchaba; y en cuanto éste acabó de hablar, le respondió:

—Pues acepto... y con muchísimo gusto.

No bien lo dijo, salió Inés de la sala apresuradamente, al tiempo mismo que entraba en ella, muy sofocado, don Elías.

—Aquí tiene usted otro convidado,—dijo el Berrugo al indiano, señalando al médico.

El cual se quedó estupefacto al hallarse, cara á cara, con el caballero del altar mayor. ¡Venturoso y bien singular para él aquel día de San Roque! ¡Convidado á comer por el Berrugo, quizás para ofrecerle los sesenta y dos mil reales del molino, y verse allí mismo en ocasión de averiguar lo que á la sazón ignoraba todo el pueblo!

—Sentiría—dijo después de hacer una reverencia al forastero,—haber hecho esperar á ustedes. Camino de mi casa me alcanzó el recado que usted, señor don Baltasar, se sirvió mandarme; desde la puerta de la calle, por tardar menos, dije á la familia que no me aguardara hoy á comer, y á escape retrocedí para acá... Pero ¡qué calor el de hoy y qué sudar en aquella iglesia!

Y sudaba todavía, aunque no había entrado en ella, el santo varón; pero sudaba de emociones súbitas, inesperadas... de puro gusto, en fin.

—El señor—dijo el Berrugo al indiano,—es don Elías, el médico de Robleces.

—Para servir á usted, caballero—díjole á su vez don Elías,—aunque no tengo el gusto de...

—Tomás Quicanes—respondió muy cortésmente el forastero, tendiéndole la mano,—y muy servidor de usted.

Estrechósela con ansia el médico; y mientras le miraba anheloso y hasta conmovido, le decía:

—Tomás Quicanes... Tomás Quicanes... Creo recordar... Sí: esa cara... y ese porte... Sólo que no caigo...

—¡Qué ha de caer usted, hombre, qué ha de caer usted?—saltó don Baltasar, que observaba muy atentamente la escena;—¡si en la vida de Dios ha visto á este caballero hasta que le vió esta mañana en el altar mayor! ¡Cuidado que es gana... de confitear!

—¿Quién sabe?—terció Quicanes, apiadado de don Elías.—Aunque es poco el tiempo que llevo en España, puede el señor haberme visto...

—¡Qué ha de ver, hombre, qué ha de ver este infeliz, que no ha salido de Robleces hace trece ó catorce años! Y si no, á la prueba. El señor es—añadió mirando á don Elías y apuntando al indiano,—natural de Nubloso, sobrino del Mayorazgo á quien yo compré esta casa. Hace veinte años que se fué á América, y dos días que llegó á su pueblo. Vamos á ver, ¿sabía usted algo de esto? ¿Dónde le ha conocido usted, visto siquiera, hasta hoy?

Bendijo don Elías la desvergüenza del Berrugo, gracias á la cual averiguaba él de un golpe todo lo que necesitaba saber; pero humilló la cabeza y respondió mansamente:

—En efecto: estaba yo equivocado. Sin duda le he confundido con otra persona... Y ¿viene usted—añadió irguiéndose de pronto, quizás por atajar con la pregunta alguna otra salida genial del Berrugo,—para volver á marcharse, como hacen tantos, ó para dejar los huesos en la tierruca?

—Ese es mi propósito, señor don Elías—respondió afablemente el indiano:—dejar aquí los huesos...

Pero el Berrugo no estaba ya para meter la cuchara en las cosas de don Elías: le preocupaba más lo que pasaría en la cocina en aquellos momentos críticos; y dejando solos á los dos convidados, salió de la sala, advirtiéndoles, y era la verdad, que iba á ver á cuántos se estaba de comida.

Y hablando, hablando, el indiano y don Elías, acertó el primero á preguntar al segundo cuántos años llevaba de médico en Robleces, de dónde era nativo y qué familia tenía.

¡Tú que tal dijiste! Si con pretextos mucho más remotos largaba don Elías la historia de sus soñadas grandezas, tan pronto nacidas como acabadas, ¿cómo no soltarla en aquella gran ocasión, á solas con un personaje que no le conocía más que por los informes cáusticos de don Baltasar, y quizás era otro millonario, pero millonario de verdad? ¡Oh, qué día, que día aquél para el médico de Robleces! Todo, todo se lo dijo; todo se lo refirió al indiano. Lo de sus graneles partidos, lo de las sedas á montones, y la plata por los suelos... lo de la millonada, en fin. ¡Y con qué lujo de pormenores, y con qué emoción tan profunda y conmovedora! Como si lo contara por primera vez. El de Nubloso le escuchó estupefacto.

Cuando, recién acabada la historia, entró don Baltasar avisando que iba ya la sopa á la mesa, aún tenía el médico las mejillas ardiendo, los pelos de punta y los ojos arrasados en lágrimas, las cuales enjugaba con el pañuelo.

—Vamos—dijo el Berrugo al notarlo y dirigiéndose al otro,—ya le echó á usted la millonada encima.

—¿Por qué lo dice usted?—preguntó el indiano, que indudablemente estaba un poco conmovido.

—Por las señales—respondió el Berrugo apuntando á la cara de don Elías,—y porque ya contaba yo con ello.

—¡Ay, señor don Baltasar!—exclamó don Elías, plegando en tres dobleces el pañuelo:—cada cual se queja de lo que le duele...

—Verdaderamente—añadió el indiano,—es historia interesante la del señor.

—¿Interesante, eh?—dijo en el tono burlón de costumbre don Baltasar:—no lo sabe usted bien todavía; pero ya lo irá sabiendo poco á poco... Ahora, señor don Elías, vamos á matar las pesadumbres en la mesa, que ya nos esperan allá; y con buen apetito, si hemos de juzgar por la cara de tigre enciscado que tiene el seminarista.

—¡Hombre!—exclamó don Elías, muy aliviado ya de sus tristezas con aquella noticia.—¡Conque Marcones... digo, conque Marcos también está hoy por acá? ¡Cuánto me alegro!... Pase usted, señor de Quicanes.

—¡Oh, eso no, señor don Elías!... Primero usted...

—¡De ningún modo!

—¡De ninguna manera!

—¡Canario!—dijo entonces el Berrugo que lo presenciaba.—¿Esas tenemos también y á tales horas? ¡Á ver si pasan de una vez juntos ó separados, ó los paso yo de parte á parte!

Echólos por delante, y se fueron los tres al comedor.

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XXI

ARROZ Y GALLO MUERTO

En opinión de Inés, desde el momento en que se quedaba á comer el peripuesto indiano de Nubloso, el asunto de la comida aquélla adquiría una gravedad excepcional. Con Marcos y con el médico, todo podía pasar, porque eran personas de confianza y no estaban hechos ni á tanto siquiera; pero ¡con aquel caballero tan planchado y oloroso, que había corrido tanto mundo!...

Y por eso salió de la sala del modo que se dijo. Del tirón, fué á la cocina á advertir lo que ocurría, y sin reparar en la caraza fosca que tenía Marcones, á quien halló paseándose en el carrejo, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Examinando los manjares, catando las salsas y reparando en la vasija, ¡qué poco, qué malo, qué sucio y qué viejo le pareció todo! Limpió cuidadosamente los careles de los platos y de la media fuente en que se había cuajado el arroz con leche, que ya tenía su buena costra de canela en polvo: bajó la poca y mala loza que había en el vasar, y escogió los platos menos deslucidos por el uso, para reemplazar con ellos los que aún fueran peores de los que estaban ya en la mesa; encargó mucho que se _barciaran_ con gran curiosidad en las fuentes los cocidos y el gallo en pepitoria, y hasta se atrevió á lamentarse de que estuviera un poco salada la sopa de fideos. La Galusa la veía hacer y mangonear, con un despecho muy mal disimulado, y la oía sin responderla más que con un borboteo de colmena, que no cesaba un punto, y algún cucharetazo que otro, bien sonado, ó tal cual rabonada en corto; pero cuando oyó lo de la sopa salada, se picó de veras y cantó claro.

—¡Ni anque viniera el obispo á comerla!—comenzó á decir, andando de acá para allá y subiendo el tono á medida que trasteaba y removía mesas y cachivaches.—¡Ni anque por ello juéramos á perder casorio con el marqués de la fanfarria!... ¡Bah, que te quiero un cuento con el fachendas, que está bien hecho á comer borona fría!...

—Y tú ¿qué sabes de eso... ni qué te importa?—dijo Inés, á quien indignó la grosera reticencia de la criada.

—¡En gracia de Dios—continuó ésta,—habla bajo el piojo resucitao, pa que no le oyeran los que no son sordos y andaban por los carrejos, por haber sido echaos de las salas! ¡Vaya con el sobrino del borrachón de Robleces, que ahora no coge en ellas de puro inflante, y antayer salió de aquí muerto de hambre y en carnitas!... ¡Y too nos paece poco pa regalale el gusto al gran señor de morondanga!... Pos un rato hace, ni la sopa estaba salá ni los platos negreaban... ni por aquí asomó naide pa alvertir que si esto arriba y que si lo otro abajo... Y me paece á mí que con lo que era mucho y güeno pa unos, bien puede regalase, sin que se le caiga la venera, el hijo de su madre, que no es de mejor casta que el nieto de la mía. ¡Ya lo quisiera el grandísimo... que con ser tanto y un poco menos, se vería muy honrao! ¡Á qué vienen las cosas á parar, María Madre de Dios, y de tan de súpito y contino! Y gracias que paran en esto solo; que al paso que vamos, día vendrá de echanos á comer al estragal, y en una escudilluca, como á los probes de la puerta... ¡Bah, que eso y más merecemos!... Y vete y vente, tonto de tí; y rompe zapatos y enseña lo que no se sabe; y acábate tú, desventurá del jinojo, y gasta los años olvidá de tu hacienda por mejorar la del vecino...

Marcones, que lo oía desde el carrejo, apareció de pronto á la puerta de la cocina, mustio de continente; y con voz enronquecida y lenta, dijo á la Galusa, mirando de reojo á Inés:

—Hace usted muy mal, tía, en tomar tan á pecho cosas que no lo merecen... ó que deben perdonarse, como las perdono yo en la parte que me alcanzan. Obrar bien es lo que me importa; que Dios está en los cielos, y en la tierra no se mueve la hoja de un árbol sin su santa voluntad.

Sin darse Inés por más entendida de las palabras del sobrino que de las últimas de la tía, aunque todas ellas la habían mortificado mucho, salió de la cocina sin desplegar los labios ni mirar á nadie, y se fué en derechura al comedor, pieza triste y destartalada. Allí estaba la mesa puesta para cuatro comensales: faltaba el cubierto del indiano... ¡y qué basto era el mantel y qué mal lavado estaba! Afortunadamente había otro más fino en la alacena... Pero aquellos vasos de vidrio, viejos y con roña indeleble en el fondo... Y de eso sí que no había cosa mejor de reserva... ¡Qué mal, qué mal provista estaba la casa para un lance inesperado como el de aquel día! Y lo peor era que el forastero, al notarlo, pensaría que la culpa de todo la tenía ella, por descuidada é indolente y no su padre, por ahorrativo y hasta roñoso. Después, Romana, á cuyo cargo andaban todavía allí todas esas cosas, estaba tan encariñada como su amo con la suciedad y la miseria... ¡Oh, era preciso que aquello cambiara ya!... y cambiaría, pronto, ¡muy pronto! De nada la servía á ella ser limpia y esmerada y rumbosa, si la otra no la dejaba terreno en que emplearse, ni medios para lucirse, ni ocasión siquiera de pelear contra ciertos resabios de su padre. Pero ¡qué indirectas tan brutales la acababa de echar! ¡Bien las había entendido ella! Lo del casorio, ¡qué barbaridad!... Lo de enseñar lo que no se sabía... lo dijo por el otro, que estaría resentido con las bromas de su padre... Pues también el tal, con aquel aire gazmoño con que habló á su tía desde la puerta tapándola toda... ¡Qué grande y qué negro le pareció allí! ¡Qué diferencia con el de la sala! ¡Y se extrañaba Romana de que ella se tomara por él cuidados que no se había tomado por los demás! ¡Qué falta de sentido común, y qué sobras de malas intenciones!... Bueno. Ya estaba cambiado el mantel, y Luca, la otra criada, había puesto encima de la mesa el montón de platos escogidos. Bien poco más lucían que los retirados. Él se colocaría allí, su padre aquí, ella acá y _los otros enfrente_... No, porque, de este modo, estaría cara á cara con Marcos... Mejor sería poner á Marcos acá y ponerse ella á esta otra parte... Pero entonces tendría de frente al otro... En fin, ya se arreglaría ese punto cuando llegara el caso.

Vino en esto su padre; encargóse de activar las faenas de la cocina, y se fué ella á su cuarto. Allí se lavó las manos; se limpió escrupulosamente las uñas; se refrescó un poquito la cara, que tenía algo ardorosa; se arregló el pelo y los pliegues de la falda; se encajó bien el talle, y pasó repetidas veces las manos abiertas por todas las graciosas hondonadas y gallardas altitudes de su cuerpo, para estirar las arrugas del vestido. Después se miró al espejo, que era bien mezquino ciertamente; y no sé qué juicio formaría de su propia estampa reflejada á pedazos en él; pero aseguro, de mi cuenta y riesgo, que estaba guapísima entonces y hecha una real moza, de los pies á la cabeza, la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera.

Oyó, en esto, que la gente se rebullía hacia el comedor; fuése hacia allá, y encontróla arrastrando las sillas para sentarse á la mesa, por mandato imperioso y terminante del amo de la casa. El sitio que la habían dejado á ella libre, estaba enfrente del que ocupaba el forastero... La casualidad, ó quien allí mandaba, lo había dispuesto así... ¿Qué remedio tenía?

Sentáronse todos, y llegó la Galusa con una enorme sopera entre manos. Dejóla sobre la mesa, y se largó en seguida dando rabonadas; y con tales humos en la jeta, que parecía ir diciendo: «¡así reventéis con ello!» Don Baltasar encomendó á su hija la delicada tarea de hacer plato á los comensales porque á él «no se le amañaba cosa mayor;» y con este motivo, Inés se puso de pie para dominar mejor las alturas de la sopera, y tuvo ocasión el indiano de Nubloso, que indudablemente era mozo de gusto, de admirar un buen rato la corrección de líneas y la escultural riqueza del cuerpo de la joven, destacado sobre la mesa como torso griego sobre su pedestal. Ocurriósele á Inés, muy atinadamente, que el primer plato debía ser para el indiano, por forastero y más extraño á la casa que los otros convidados; y así lo hizo, con aprobación de su padre, para quien fué el segundo; el tercero se le llevó don Elías, por razón de edad, y aun por ser la primera vez que comía allí; después, ya no había que dudar: el cuarto, es decir, el último, para Marcones. ¡Con qué tripas le dió las gracias por la _atención_ el seminarista de Lumiacos!

Servida Inés y vuelta á sentar, comenzó la comida, y con ella el obligado tiroteo de palabras entre los comensales. El de Nubloso la tenía fácil y amena: don Baltasar le tentó sin ambajes; y el mozo, nada pesaroso de ello, rompió á hablar (muy al caso siempre y trayéndolo todo bien traído, con agudas salidas del carril, de vez en cuando, hacia éste y hacia el otro comensal, y particularmente hacia Inés, que le oía embelesada) de sus cosas y de sus peregrinaciones. Las había hecho repetidas veces por los Estados Unidos, conocía á Inglaterra y á Francia, y singularmente á sus capitales. Y no siempre fué el vicio de ver y de admirar, la fuerza que le arrastró á los viajes. Á la mayor parte de ellos fué impulsado por sus negocios. Desenvolviendo este tema, dejó traslucir, bien á las claras, que tenía caudales depositados en los Bancos de Londres, de París y de Nueva York. El era español en cuerpo y alma, por lo que toca á su amor á la patria como suelo y como madre; pero como nación, como estado político, ya no tanto. En este concepto, España le parecía una matrona, muy hermosa sí, pero á la que no se le podía fiar media peseta. Por eso había tenido él buen cuidado de dejar el puñado de ellas que le habían producido veinte años de desvelos, á buen recaudo, antes de entrarse por las puertas de aquella gran señora, tan ligera de cascos.

Puestas aquí las cosas, hizo animadas pinturas, verdaderas ó fantásticas, de las gentes y costumbres de por allá, tan distintas de las españolas; pero las que le merecieron grandes preferencias fueron las norte-americanas. Sobre estas gentes y costumbres habló largo y tendido, y sacó á relucir todo el catálogo convencional que existe ya consagrado por el uso, de las enormidades, en lo malo y en lo bueno, de los supuestos «bárbaros de la civilización:» lo de los ferrocarriles tendidos sobre cuatro estacas podridas encima de un abismo horroroso; lo de las casas con ruedas; lo de las cuadrillas de foragidos europeos convertidos allí, en un par de meses, en hombres honrados y poderosos; lo de las ciudades de cien mil almas con monumentos grandiosos, creadas en año y medio donde antes no había más que un bosque virgen plagado de _Pieles rojas_; lo de las señoritas que viajan sin otra compañía que el revólver, á quienes todo el mundo respeta mientras ellas se mantengan dentro de las leyes de esa nueva orden de caballería de doncellas andantes, etc., etc., etc., para venir á parar á que el pueblo _yankee_, dijérase lo que de él se dijera, y casi siempre por censores que no le conocían, era un gran pueblo...

—¡Niégolo en redondo!—dijo de repente la voz iracunda y retumbante de Marcones, que ya estaba hasta la coronilla de la charla del de Nubloso, de sus miradas á Inés, de la fascinación con que ésta le atendía, y de la importancia que daban al charlatán los otros dos papanatas que le tiraban de la lengua.

El indiano se quedó suspenso ante la embestida feroz del seminarista; don Baltasar estuvo á pique de tirarle con un vaso; don Elías se hacía cruces mentalmente, y á Inés se le bajaron los colores de la cara.

Más sereno que todos ellos el indiano, preguntó muy fino, y hasta risueño, al de Lumiacos:

—Y ¿por qué lo niega usted?

—Lo niego—respondió Marcones, verde y convulso, á causa de no haber en derredor suyo dos ojos que le miraran bien,—porque tengo razones para negarlo.

—Y ¿cuáles son esas razones?—volvió á preguntar el otro.

—La primera y la principal... la única, si usted quiere, es que no merece el nombre de grande, por rico y poderoso que sea, un pueblo de masones sin religión.

—Y ¿quién le ha dicho á usted que ese pueblo es así?

—Todo el mundo lo sabe.

—No basta esa razón, porque con la misma puedo replicarle yo á usted que todo el mundo se equivoca. En los Estados Unidos hay religión, y muy bien observada, aunque no sea la nuestra, que también abunda; y en cuanto á lo de la masonería, podrá haberla allí como en cualquiera otra parte; pero eso ¿qué? También por acá abunda, á juzgar por lo que nos dijo hoy el predicador; y, sin embargo, bien cacareó la grandeza de España, sin que protestara usted.

—¡Es muy distinto el caso, señor mío! España siempre será España, ¡la patria de Pelayo y de Recaredo!; y si nos aflige también esa peste, cuénteselo usted á los escocidos con el sermón de nuestro gran orador, que tanto la defienden, porque... ellos se entenderán.

—No conozco á esos escocidos ni á esos defensores de esa peste, ni aunque los conociera les iría con el cuento: no por ser de usted, sino porque no vendría muy al caso; pero ciñéndonos al que usted ha sacado á relucir, ¿por qué ha de poder llamarse grande á España con masones, y no á los Estados Unidos con masones también?

—Porque esos Estados Unidos son unos herejes dejados de la mano de Dios.

—¡Dejados de la mano de Dios!... Y ¿cómo se explica entonces su gran riqueza y su gran prosperidad?

Aquí se infló Marcones y se bañó toda la caraza en una sonrisa triunfal: le había venido á la memoria un latinajo contundente, y le iba á lanzar sobre el indiano, como pudo lanzarle el plato recién desocupado de garbanzos con verdura, que tenía entre las manos:

—Porque—gritó desaforadamente,—_Oportet heresses esse._

—¿Lo cuál quiere decir?...—preguntó el de Nubloso muy tranquilamente.—Porque le confieso á usted, sin rubor, que no entiendo jota de latín.

—Ya, ya me he ido haciendo cargo—replicó en tono burlesco Marcones.—¡Así va ello!

—¿Quiere usted decirme—preguntó el indiano, con cierta sorna,—que sin saber latín no se puede hablar de lo que se ha visto en el mundo?

—Lo que yo digo y repito—añadió Marcones con voz retumbante y ademán airado,—es que los Estados Unidos son un pueblo de herejes y de masones, y que, en buena conciencia católica, no puede tomarse la defensa de él sin incurrir en gravísimo pecado.

El de Nubloso soltó la carcajada, y don Elías poco menos; Inés estaba disgustadísima, mirando tan pronto al uno como al otro contrincante. Afortunadamente enfrió don Baltasar en aquel momento los ímpetus del pedantón, con una entrada de las suyas.

—El pecado gordo, zanguangón de los demonios, será el del obispo que te ordene á tí, si piensas oficiar de predicador de esa manera. ¡Pues dígote que habrá que oirte con paraguas!...

—Yo acepto la reprensión, señor don Baltasar—respondió Marcones, lívido de ira reconcentrada, de rencor y de despecho comprimidos,—por ser de usted; pero no porque sea justa ni haya venido por los trámites exigidos en buenas reglas de moral. Y ahora, conste que quedo maniatado, pero no vencido.

—Y ¿no te queda en el morral—preguntóle el Berrugo con una voz y un gesto que eran dos cuchillos,—algún latinajo sobrante para acabar de tendernos boca arriba?... ¡Vaya con los sacristanes de Lumiacos, que van á matar moros á hisopadas!

—Yo reconozco, don Baltasar—dijo el indiano interviniendo de muy buen humor en esta pelea á sartenazos,—que el señor estuvo en su derecho al ponérseme de frente del modo que lo hizo. Túvome, quizás, por uno de los apestados á que se refería el sermón de esta mañana, y ha cumplido con su deber saliéndome al encuentro con los puños cerrados. Porque, si yo no era el masón y el espiritista, ¿quién había de serlo en aquel montón de fervorosos aldeanos, hartos de majar terrones? Y si no lo dijo para que se le entendiera, ¿para qué lo dijo? ¿No es así, señor seminarista? Pues pelillos á la mar de todas suertes; y vamos á firmar las paces ahora mismo bebiendo los dos á la salud de esta hermosa señorita, á quien hemos respetado bien poco haciéndola testigo de una porfía sobre puntos que no valen junto á ella dos cominos... Conque arriba el vaso, señor teólogo...

—¡Y el mío también, aunque por él no se pregunte!—exclamó entonces don Elías, entusiasmado y nervioso, alzando el suyo, que le temblaba en la mano.