Part 18
Pues sépase ahora que con estar tan lucida la fiesta, no fué ninguna de sus particularidades, predicador inclusive, lo que más llamó la atención de los concurrentes, sino otra cosa harto más profana, y, sobre todo, bien inesperada: un caballero que estuvo en el presbiterio durante la función entera y verdadera, junto á las mismas andas del santo. Era hombre joven, de los de treinta bien corridos; de buena estatura, gran aire y elegante atavío; llevaba los bigotes engomados, y el pelo cortado á media tijera; el pelo y los bigotes eran castaños, la cara de buen color y las facciones muy regulares. En conjunto, podía llamarse un buen mozo bastante guapo. Cuando los demás se sentaban, él se ponía de pie y algo más vuelto hacía el público que al altar mayor, y entonces se le podían contar hasta los botones de su blanca pechera y los gruesos eslabones de su leontina de oro; y cuando, bastante á menudo, sacaba su reló y le hacía saltar la cincelada tapa, relampagueaban en ella, lo mismo que en la piedra del anillo que ostentaba en su diestra, la luz que penetraba por las vidrieras de enfrente y hasta la de las velas que alumbraban al santo desde la meseta que sostenía las andas.
Mientras el orador de Pandos permaneció en el púlpito, el caballero, plantificado junto á la barandilla y de cara al público, le recorría minuciosamente con la mirada. Inés hubiera jurado que esta mirada del caballero elegante se detenía algunas veces en ella. Marcones hubiera jurado lo mismo. Por sí ó por no, la hija de don Baltasar no miraba al caballero sino cuando estaba segura de que el caballero no la miraba á ella. Marcones, en tanto, soltaba cada carraspeo que hacía retemblar las bóvedas. Pero ¿quién era «el caballero del altar mayor?» ¿Por qué se había plantificado allí, en día tan solemne, á la par del mismo San Roque y haciendo juego con los tres señores curas cuando éstos se sentaban en el banco de la Epístola? ¿Por qué miraba con aquel descaro á la gente, y no se sentaba jamás? Cierto que se arrodillaba á tiempo y no escandalizaba á nadie con actos de irreverencia; pero ¿por qué sacaba tan á menudo el reló, y le relucían tanto la cadena y las sortijas? y sobre todo, ¿por qué estaba allí y no en otro sitio más retirado de la iglesia, y tenía aquellos pinchos en los bigotes?
Éstas y otras preguntas semejantes se leían en las caras de los feligreses de don Alejo durante la función, y se oyeron en multitud de bocas después en el portal de la iglesia; y en la carnicería inmediata, donde se despedazaban los restos de la vaca sacrificada la víspera por la tarde; y en la taberna contigua, en la que mataban el _sefoco_ de la iglesia muchos que de ella salían ardorosos y sedientos; y en el corro de bolos, y en cualquiera parte donde hubiera dos personas procedentes de la función.
Pero el que estaba sobrexcitado y nervioso, era el médico don Elías, que había atisbado al forastero desde la puerta trasera de la iglesia, por encima de la masa de cabezas, al ponerse de puntillas para ver un poco al predicador. Don Elías no sabía más sobre el caso que los restantes vecinos de Robleces; pero como á él iba una gran parte de las preguntas, por razón de su porte de caballero, y tenía el prurito de no ignorar en absoluto nada de cuanto le fuese preguntado, y por añadidura le roía como á nadie la curiosidad, el hombre se volvía tarumba para responder á tantos sin decir que no sabía una palabra.
—Yo he visto esa cara—respondía, sobre poco más ó menos, para salir del paso, dándose aires de saberlo casi todo;—más: sé quién es ese caballero; sólo que en este momento no me acuerdo bien. Tengo como una idea de que me ha consultado alguna vez cierta enfermedad, y hasta sospecho—aquí bajaba la voz y la daba una entonación misteriosa, acompañándose con los correspondientes ademanes y miradas,—y hasta sospecho que ha de ser uno de esos personajes de la masonería, de quienes hablaba el predicador... Aquellas ojeadas acá y allá; aquel tecleo de manos en la cadena del reló... masonismo puro... Así se entienden desde lejos, unos con otros, esos pajarracos... Y como donde menos se piensa... En fin, no quiero hablar, por si me equivoco; y lo mejor será que no me tiréis de la lengua... De seguro le han conocido mis chicas, y ellas me sacarán de la duda.
Entre tanto, Inés llegaba á su casa preocupada con las mismas de todo el vecindario y otra más; pero sin afanarse tanto como don Elías por resolverlas. Á lo sumo, se decía mientras andaba, como se había dicho en la iglesia mientras miraba al forastero, y aun después de mirarle:
—No es enteramente como Isidoro; pero es del corte de algunos que yo conocí de vista en San Martín. ¿Y por qué se habrá fijado tanto en mí?
Ésta era la duda que Inés sacaba de ventaja á todos los concurrentes á la función, exceptuando á Marcones, que estaba más picado de ella que la misma Inés.
Cuando llegó á casa, andaba la Galusa, que no había ido á la fiesta religiosa por cuidar de la cocina, vertiendo en una media fuente y tres platos hondos el arroz con leche que había preparado en un calderillo. Era el postre de la comida de aquella solemnidad clásica. El Berrugo se permitía, en honor de ella, ese lujo, más el de un gallo en pepitoria y dos libras de peces que había _comprado_ al Lebrato, amén de la puchera bien pertrechada de embutidos y carne fresca, y vino abundante de lo poco puro que había en su bodega.
Aún aguardaba á su hija otra sorpresa tan grande como la que tuvo al ver al caballero de marras en el altar mayor; la cual sorpresa se la dió su padre recién llegado á casa, preguntándola:
—¿Qué cara pondría el médico si yo le convidara á comer hoy?
¡En la vida se le había ocurrido otro tanto! Por de pronto, Inés aplaudió la ocurrencia de todo corazón, y su padre mandó á escape con el recado á casa de don Elías.
—Me ha dado esa corazonada—la dijo en seguida,—al verle en el portal de la iglesia con cara de hambre y hablando por los codos.
—Ha hecho usted muy bien—dijo la bondadosa muchacha,—porque es un bendito de Dios...
—El otro convidado—añadió el Berrugo, mientras Inés se ponía de codos sobre la baranda del balcón, porque este diálogo ocurría entre puertas,—el gandulote de Lumiacos, en el pasadizo queda cuchicheando con su tía... Pero, mujer, ahora que me acuerdo, ¿quién sería aquel caballerete fachendoso que estaba oyendo misa encaramado junto al altar mayor?
—¡Ahí le tiene usted!—respondió Inés al punto, enderezándose repentinamente.
—¿En dónde?
—Por la calleja de la iglesia viene hacia acá.
—Efectivamente,—dijo el Berrugo acercándose á la baranda.
La pared del corral, que era alta, ocultó en aquel instante al forastero.
—¿Adónde demonios irá por ahí?—preguntó don Baltasar.
Iba á responder Inés que no lo sabía, cuando oyó un carraspeo muy cerca de la portalada, y por debajo de ella vió asomar unos pies muy bien calzados, mientras el pestillo se movía, levantado desde afuera.
—¡Á nuestra casa viene!—exclamó entonces en el colmo de la sorpresa.
—¡Toma, y es verdad!—dijo el Berrugo, viendo asomar medio cuerpo del personaje dentro de la corralada.
El padre y la hija se retiraron muy á prisa del balcón, precisamente en el instante en que entraba en la sala, por la puerta del carrejo, haciendo una pesada reverencia, Marcones, con la boca muy risueña y los ojos muy fruncidos.
Inés estuvo á pique de descubrir el detestable efecto que la produjo la repentina aparición de aquella nube tan negra.
[Ilustración]
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XX
QUIÉN ERA ÉL
El caballero, después de llamar abajo y de recibir del mismo don Baltasar, desde lo alto de la escalera, el permiso para subir, subió.
—¿El señor don Baltasar Gómez de la Tejera?—preguntó muy cortés, apenas hubo llegado al descanso.
—Servidor de usted,—respondió don Baltasar descubriéndose la cabeza, porque descubierta la tenía ya el otro.
El cual le tendió en seguida la mano y le dijo, á vueltas de las palabras usuales del saludo corriente entre personas bien educadas:
—Mil perdones, ante todo, por lo intempestivo de la hora, señor don Baltasar.
—Pase usted más adentro, y cúbrase—dijo el Berrugo interrumpiendo al visitante y cubriéndose él.—Se entiende—añadió deteniéndose y deteniendo al otro, que le seguía,—si lo que tiene que decirme no es asunto reservado; porque, en este caso, hablaríamos en otra parte.
—¡Nada de eso, mi señor don Baltasar!—respondió el personaje,—¡nada de eso! Todo cuanto aquí me trae es claro, natural y sencillo, y puede publicarse á voces á la puerta de la iglesia.
—Pues pasemos adelante entonces... y usted dirá,—repuso don Baltasar andando hacia la sala, en la cual se hallaban Inés y Marcones en silencio y de bien distinta manera impresionados con lo que estaba sucediendo á pocos pasos de allí.
Al ver entrar al elegante caballero del altar mayor haciendo reverencias y derramando fragancias de perfumería, Inés, después de responderle con medias palabras, muy mal articuladas, y entre corrientes de fuego que la pusieron rojas las mejillas, manifestó intenciones de retirarse, conducta á que la tenía acostumbrada su padre en parecidas ocasiones.
—¡Oh, de ninguna manera, señorita!—se apresuró á decir el visitante, conociendo las intenciones de Inés.—De ninguna manera consentiré que usted se retire porque yo entre. ¡Pues no faltaría más! Supongo—añadió dirigiéndose á don Baltasar,—que esta hermosa señorita es hija de usted.
El Berrugo respondió que sí lo era.
—Pues le felicito á usted de todo corazón, señor don Baltasar, por ser padre venturoso de tan bella criatura... Lo digo sin el menor asomo de lisonja—añadió el expansivo y galante caballero, al ver que la pobre Inés no sabía dónde esconder la cara hecha una lumbre.—¿Y se llama?
—Inés,—respondió el Berrugo, no sé si complacido ó molesto con aquellas cortesías á que él no estaba avezado.
—¡Inés!—repitió el otro.—¡Bonito nombre!
Y como después de esto, y aun algo antes de ello, echara ciertas ojeadas á Marcones, adivinándole la curiosidad le dijo el Berrugo:
—Este sujeto es Marcos, el sobrino de mi criada Romana. Es de Lumiacos, y va para cura. Ahora está de vacaciones, y hoy viene á comer con nosotros.
No ya verde, amarillo y azul se puso Marcones al oir estas señas que de él daba, en el tono más fríamente burlón que pudiera imaginarse, el padre de su discípula, que quizás estuviera en aquel instante comparando su corte, medio eclesiástico, con la vistosa y elegante traza del impertinente caballero del altar mayor. Así fué que, temiendo dar un estallido más gordo, que se lo echara todo á perder, pagó con una cabezada y un gruñido el amago de reverencia que le hizo el forastero, y salió de la sala sin que tratara nadie de detenerle, con lo cual acabó de enfurruñarse.
Solos los tres, y como en familia, sentóse en medio el visitante, por invitación de don Baltasar, y dijo así, con el pulgar de la izquierda en el bolsillo correspondiente de su chaleco, y la diestra en el ala de su sombrero de cazo, puesto de canto sobre el muslo derecho:
—Le considero á usted, señor don Baltasar, y á usted, señorita Inés, y hasta al pueblo entero de Robleces, en la mayor curiosidad por saber de qué nube se ha caído este personaje extraño que se plantifica durante la fiesta de San Roque en mitad del presbiterio, y se cuela ahora por las puertas de esta casa. Lo que menos se han figurado las honradas y sencillas gentes que me han visto allí, es que yo había elegido lugar tan alto y ocasión tan solemne para lucir mi cadena de oro y mi pechera con brillantes... ¿Presumo mal, señorita Inés? Vamos, dígamelo usted francamente. ¿No le pasó á usted por la cabeza la aprensión de que yo era un farsante presuntuoso, que elegía aquel sitio para lucir la persona, como los jándalos de otros tiempos?
—No se me ocurrió semejante cosa,—respondió Inés muy acobardada, pero con toda sinceridad.
—No es extraño, si bien se mira—dijo el apuesto galán con el acento meloso que suavizaba todas sus palabras,—porque á la edad de usted y con su honrado candor, no caben ciertas malicias... Pero ¿á que se le ocurrió al señor don Baltasar, que ha vivido más años y corrido más mundo y experimentado más gentes?
—Efectivamente—respondió el aludido, sin pararse en barras:—eso fué lo primero que se me ocurrió al verle á usted tan empingorotado allá arriba, y tan peripuesto: que era usted un farsante. Las cosas claras.
—Ya comprenderá usted que no he de ofenderme con esa claridad, cuando me ha visto anticiparme con el supuesto, dándole por bien fundado. Y hablando ahora en pura verdad, ¡si supieran ustedes lo lejos que iban de ella los que me juzgaban de ese modo! ¡Si supieran todos cuán diferentes de esa disculpable flaqueza eran las causas por que he venido hoy á Robleces, y me he puesto á oir misa en el altar mayor, y estoy ahora bajo los techos de esta casa! ¡Si pudieran imaginárselo que pasaba por mí cuando oía la voz cascada del buenísimo don Alejo, y lo que hubiera dado yo por sustituir, siquiera con la campanilla en la mano, á cualquiera de los muchachuelos que tenían la fortuna de ayudarle! ¡Si supieran lo que yo sentía cuando paseaba los ojos por cada rincón de la iglesia, y por la barandilla del coro, y por la escalera del campanario! ¡Si supieran que no hay un retablo, una imagen, una piedra, un adorno en ese templo, que me sea desconocido! Y sobre todo, señor don Baltasar y señorita Inés, si supieran ustedes lo que pasa por mí al hallarme donde me hallo en este instante, no me tendrían por descortés al declararles, como les declaro, que, al venir á esta casa, dudo si me arrastra más el amor que la tengo, que la estima que me merecen las personas que la habitan.
El extraño personaje parecía muy conmovido al terminar esta parrafada, que escucharon el Berrugo y su hija con profundísima atención; y viendo don Baltasar que el visitante se detenía después de las últimas palabras, precisamente las que más le habían avivado la curiosidad, preguntóle con la llaneza que él usaba con todo el mundo:
—Pero ¿quién demonios es usted?
Sonrióse afablemente el interpelado; miró de pasada á Inés, cuya fuerza de atención rayaba en el pasmo, y respondió á don Baltasar de este modo:
—Es posible que no tenga usted noticias de un sobrinillo que embarcó para la Habana el famoso Mayorazgo de Robleces, muy poco antes de venderle á usted esta casa.
—Tengo—dijo el Berrugo,—así como un recuerdo confuso de haber oído hablar...
—Pues ese sobrino, señor don Baltasar, soy yo. Tomás Quicanes, natural de Nubloso, pero criado y educado en Robleces al lado de mi tío.
—¡Qué me cuenta usted?—exclamó aquí el Berrugo muy asombrado, ó aparentando que lo estaba de firme.—¡Conque sobrino del Mayorazgo! Pero, hombre, ¡si parece mentira!
—Pues es la pura verdad, señor don Baltasar—repuso el elegante mozo,—y un desengaño bien triste para los que me hayan tomado por un Archipámpano del otro mundo, al verme hoy tan soplado junto á las andas mismas de San Roque. ¿No lo cree usted lo mismo, Inés?—añadió mirando á la guapa chica con la mayor naturalidad.
Pero Inés sólo respondió sonriéndose y volviendo á ponerse colorada, bajando los ojos al mismo tiempo y pellizcándose con una mano la falda de su vestido por cerca de las rodillas.
—Porque las gentes son así—continuó el de Nubloso,—ó, mejor dicho, somos así todos, grandes y chicos, cultos é ignorantes. Vivimos de impresiones, y nos merece mayor devoción el santo de más lejos... El caso es, para acabar pronto, que soy Tomás Quicanes, el sobrino del Mayorazgo de Robleces. Fui á la Habana; trabajé veinte años allí, procurando repartir bien lo que ganaba entre el regalo del cuerpo y el del espíritu, á lo cual debo esta poca luz que traigo en la cabeza; es decir, porque no se tome á tonta vanidad, el no volver tan á obscuras y tan romo como salí de aquí. Agenciéme honradamente un capitalito; un pasar: vamos, para la puchera, como se dice por acá, y víneme resuelto á comerla sosegadamente en la tierruca, después de haber corrido una buena porción del mundo que no conocía. Un mes hace que llegué á la Montaña, y dos días que vine á Nubloso, donde no me queda otra familia que un primo lejano, más rico que yo, puesto que es enteramente feliz con los cuatro terrones que labra y la fecunda mujer que le da un hijo cada año. Con esa familia vivo mientras otra cosa resuelvo: tirábame mucho Robleces, por ser mi pueblo adoptivo; era hoy la fiesta de su patrono, á cuya imagen tantas veces quité el polvo y canté coplas de su novena ayudando á don Alejo, como ahora le ayudan los dos acólitos, y, por cierto, con atalajes que no me pusieron á mí nunca, porque entonces no se usaban esos lujos en iglesias como las de este lugar; vine á la fiesta, ocurrió lo que ustedes saben; y dejando para otra ocasión el regalo de darme á conocer á don Alejo, lleguéme á esta casa, donde he tenido el honor de referir lo que en el pueblo no sabe á estas horas nadie más que ustedes.
—Pues vea usted, señor mío—dijo el Berrugo después de unos instantes de silencio:—no me pesa que el caballerete del altar mayor haya resultado sobrino de mi amigo el Mayorazgo, ni que haya sido afortunado en sus negocios en la otra banda; porque de ser cierto que hay dinero por el mundo, cosa que nos parece cuento aquí por la miseria en que vivimos, más vale que caiga algo de ello en manos conocidas. Así lo siento y así lo digo.
—Y yo acepto ese sentir con todo el aprecio que se merece, señor don Baltasar.
—Eso me es enteramente igual, amiguito, con franqueza; quiero decir, el que me aprecie ó no me aprecie lo que le he dicho. Á mí me basta para galardón de mis sentimientos, el gusto de no atragantarme con ellos. Y dejando estas coplas á un lado, ¿qué otra cosa se le ofrece á usted por aquí, en que podamos servirle?
Á esta pregunta se sonrió el indiano; bajó un poquito la cabeza y se golpeó varias veces el muslo con el sombrero. Después le cogió con ambas manos, cruzó los pies; y volviendo á mirar, siempre muy risueño y oloroso, á don Baltasar, le dijo:
—Si le contestara á usted que nada se me ocurre, señor don Baltasar, más que satisfacer el gusto, medio satisfecho ya, de respirar el aire de esta casa, tan llena de recuerdos para mí, y de ponerme á las órdenes de sus afortunados dueños, no contestaría toda la verdad.
—Pues, por si acaso era así—repuso el Berrugo,—le he preguntado á usted que en qué otra cosa podíamos servirle.
—Hay otra cosa, en efecto—replicó el indiano, tomando nueva postura en la silla, no menos airosa que las anteriores,—en que usted podría hacerme un servicio superior á todo encarecimiento; pero de esa cosa no venía enteramente resuelto á tratar hoy, porque ni es de urgencia inmediata, ni el momento que he aprovechado para saludar á ustedes da para ello.
—Pues yo le voy á dar á usted—dijo el Berrugo,—otra prueba de lo netas que las gasto, declarándole que con eso que acaba de decirme me ha metido en grandes ganas de conocer esa cosa que usted desea.
Rióse aquí de todas veras el indiano, volviendo un instante los ojos hacia Inés, que no estaba menos picada de la curiosidad que su padre, y respondió:
—Ese declarado deseo de usted, señor don Baltasar, me obliga á romper las consideraciones que me detenían, y voy á satisfacérsele inmediatamente; pero á condición de que, por anticipado, me perdone usted, si tengo la desgracia de mortificarle algo el puntillo que tan sensible es en todas partes, y singularmente en esta tierra; yo, por de pronto, le aseguro que si creyera que en lo que voy á proponerle había motivos racionales de mortificación para usted, no se lo propondría...
—¿Quiere usted—saltó el Berrugo muy impacientado ya,—dejarse de jarabes de confitería, y decirme en las menos palabras que pueda, y á la pata-la-llana, lo que pretende de mí?
—Pues pretendo—respondió el sobrino del Mayorazgo, sorteando con soltura y gracia aquellas impetuosidades de su interlocutor,—y por supuesto, señor don Baltasar, pura y simplemente como por ansias del corazón, como por antojo de enamorado sensible...
—¿Otra vez á la confitería?—exclamó el Berrugo, casi levantándose de la media silla que ocupaba.
—Ayúdeme usted, Inesita, por caridad—dijo el indiano entonces, envolviendo á la suspensa joven en una mirada muy risueña y en una nueva onda de fragancias;—ayúdeme usted á contener la noble sinceridad de su señor padre, que no me deja ser tan cortés y respetuoso como yo quisiera y él se merece...
Pero como Inés no le respondía más que con sonrisas, muy dulces, eso sí, y con pellizcos á la falda del vestido, y las impaciencias de su padre crecían por momentos, el indiano añadió en seguida volviéndose hacia don Baltasar:
—Puesto que usted lo pide neto y sin repulgos, allá va tan neto y claro como la luz del sol: deseo comprar esta casa. ¿Me la quiere usted vender?
—¡Demonio!—exclamó el Berrugo alzándose media cuarta sobre el asiento, mientras Inés le miraba con el asombro pintado en los ojos.—¡Venderle yo esta casa!
—Es una proposición como otra cualquiera, señor don Baltasar—dijo el indiano, dominando perfectamente la escena con sus aires de gran personaje.—La quería usted clara, y clara se la he expuesto... Los motivos, ya le he indicado á usted cuáles son... motivos que llama usted, con suma gracia, de confitería; pero que en un hombre de mis ideas y de mis sentimientos, pueden mil veces más que todas las pompas de la tierra... En cuanto al precio, el que usted fijara. No creo que fuera tan alto que pasara de ciertos límites, ni yo me considero tan pobre que no pudiera pagarle á usted, hasta con réditos, las ganas, como sería justo. ¿Es esto hablar claro también, señor don Baltasar? Creo que sí. Pues ahora, si en ello hay algo que pueda mortificarle á usted, bórrese, olvídese... y como si no hubiera dicho nada.
—¡Qué demonio he de ofenderme yo por esas cosas!—respondió el Berrugo, que estaba entonces en sus glorias.—¡Á buena parte viene usted, hombre! ¡Ni que se tratara de una puñalada por la espalda!... Sépase usted, para en adelante, que yo soy de los que creen que hay derecho para proponer la compra de cuanto se le ponga á uno por delante; más creo: creo que el comprar ó no comprar lo que se desea, sólo es cuestión de precio. Y esto no lo digo por empezar á subirle el de mi casa, sino como regla que profeso en la materia, por razón de lo que llevo visto y observado.
—Sin decirle ahora, señor don Baltasar—replicó el indiano, que andaba tan atento á las impresiones reveladas en Inés, como á las palabras de su padre,—hasta qué punto estoy de acuerdo con esa regla de usted, yo me felicito, por lo pronto, de que la proposición que he tenido el honor de hacerle no le haya mortificado lo más mínimo. Y esto declarado, me atrevo á pedirle á usted permiso para dirigirle otra pregunta.
—Ya está usted haciéndomela,—contestó el Berrugo.
—Lo que usted me ha dicho respondiendo á mi proposición, ¿significa que queda aceptada en principio?
—¡En principio! ¡en principio!—recalcó el Berrugo en tono desdeñoso.—En principio están en venta, bien dicho se lo tengo, todas las cosas de este mundo, hasta la honra de las gentes; ¡y no había de estarlo esta humilde casa, aun sin los deseos que usted tiene de ella? ¡Pues, hombre!...
—Entendido, y muchas gracias, señor don Baltasar. Y ahora, siquiera por lo que el asunto parece disgustar á esta señorita, le pido á usted el favor de que no se hable más de él hasta que las circunstancias lo reclamen; pero con la advertencia, entiéndalo usted bien, Inesita, de que ni ese gusto ni otro alguno mío, daré yo por satisfecho á costa de la menor pesadumbre para usted.
—Mi hija—replicó el Berrugo mirando brutalmente á Inés,—no suele permitirse los lujos de apesadumbrarse por cosas que son del gusto de su padre. ¿No es cierto, Inés?...
Y la pobre, perdiendo de repente todos los colores de su cara, respondió tímidamente que sí.