Part 17
Cierto don Zacarías Hernández, hombre muy acaudalado, honradote á su modo, receloso y muy escogido en el trato de las gentes, reglamentado en su vida, devoto hasta cierto punto, menguado de mollera, y, por abominación instintiva, al rape en letras de molde, tenía una hija, llamada Amparo, educada con grandes precauciones, recién salida del colegio, hermosa como unas perlas, muy humildita por régimen, y con unos ojos gachos que, cuando los levantaba, eran dos soles que derretían las piedras. El tal don Zacarías era íntimo amigo de un don Justiniano Costales, letrado severo y docto, nacido para la profesión como la hiedra para el muro: á ella se agarraba, de ella se nutría, con ella se deleitaba, y de ella tomaba, con los jugos y el arrimo, las líneas del cuerpo, la expresión de la cara, el corte de su ropaje y hasta los contados chistes con que se permitía, muy de tarde en tarde, despejar un poco los celajes sombríos de su frontispicio austero. Estos chistes, aunque eran de los que dan ganas de llorar, se los celebraban mucho los canónigos, tres, con quienes se acompañaba en sus metódicos paseos, amén, entre otros tales, de don Zacarías, que los reía á carcajadas sin entenderlos, porque estaban, los más de ellos, en latín de las Pandectas.
Este don Justiniano, letrado viejo, era padre venturoso de Justino, que ya oficiaba en estrados, mozo de mirar severo, de patillas lacias y de rostro pálido, de luengos faldones, sombrero de copa y botas relucientes, bastón de ballena y guantes de medio color. Según el novelista, que parecía estimarle mucho, así se presentaba siempre en público este joven, que «era solemne sin arrogancia, digno con los altaneros, y dócil y sumiso siempre á la autoridad de sus señores padres.» Además, hacía versos en latín y cerraba los ojos cuando se encontraba con una chica guapa en sus cotidianos paseos en la amena compañía de ciertos señores graves, que sólo hablaban de derecho político, de filosofía tomística ó de la corrupción de los tiempos. Su mejor entretenimiento era el estudio continuo de la ciencia que profesaba, y no leía libro de imaginación sin someterle previamente «á la censura de su padre espiritual.» Este gran muchacho andaba ya rayando con los treinta, y no fumaba todavía delante de las personas mayores, ni había entrado jamás en un café. Abominaba del teatro, sin conocerle, y no reía otros chistes que los de su padre y las agudezas de los tres canónigos, en latín también, aunque no forense: más bien era de refectorio.
El cuarto personaje de los principales de la novela, era Isidoro, galancete listo y guapo; jurisperito ya igualmente; pero calabaceado varias veces en la Universidad, por andar más atento á las seducciones del mundo que á los libros de la carrera.
Y sucedió que mientras el don Zacarías Hernández pedía al cielo un marido como Justino para su hija, el don Justiniano Costales suspiraba por una mujer como Amparo Hernández para su Justino, que, á su vez, se regocijaba en la contemplación mental de las dotes, y aun de la dote, de que estaba adornada la hija de don Zacarías. De esta mancomunidad de lícitos y honrados deseos, nació, por decreto de la divina Providencia, según el novelista, el declarado propósito entre los dos padres, de que los respectivos hijos se fueran aproximando honestamente, y tratándose y conociéndose poco á poco, de manera que sin esfuerzo se manifestara el afectuoso vínculo que, por necesidad, había de manifestarse entre dos criaturas tan semejantes en la honestidad de sus inclinaciones y en la santidad de sus miras. Y así se hizo. Don Justiniano y Justino dieron en menudear las visitas á don Zacarías; y en cada una de ellas, mientras los dos señores padres departían en un extremo de la estancia, cerca del opuesto, Justino, con las piernas formando dos escuadras rigurosamente paralelas entre sí, dándose golpecitos en la barbilla con el puño de su bastón, cogido por el medio con su diestra enguantada, y la siniestra sobre el muslo correspondiente; Justino, digo, en esta postura, muy recomendada por el autor de la novela, y colgándole los faldones de su ceñido levitón hasta cerca del suelo, recitaba á la hermosa Amparo versos en latín, ó disertaba sobre una ley de Partida, ó acerca de la política dominante «en sus relaciones con los sagrados intereses de la familia y de la sociedad.»
Yendo encarriladas las cosas de esta manera, aparece en escena Isodoro, recién hecho abogado, y conoce á Amparo en casa de unas amigas, cuyo trato frecuentaba bastante la hija de don Zacarías. Isidoro, como se ha dicho, era guapo y despierto; y hay que añadir que era además apasionado, fogoso, algo poeta, ingenuo, franco y alegre como un cascabel. Le parece monísima la hija del ricacho Hernández, y como lo siente se lo espeta. Era la primera declaración terminante y apasionada que Amparo había oído, porque hasta aquella fecha el otro no se había apeado de sus infolios jurídicos: súpole bien, gustóle el mozo, y continuó la intriguilla; hasta que se olió desde la otra casa, y se ató corto en ella á Amparo, sin decirla por qué, lo cual no era de necesidad para la recluída, porque bien á la vista lo tenía. Isidoro no pecaba de encogido; ella se dejaba caer muy guapamente hacia el lado de su gusto, y continuó el galán pintándola su pasión fogosa en cartitas que la entregaba la sobornada doncella, ó en versos alegóricos que le publicaba un semanario de la localidad. Á todo esto, continuaba Justino con sus luengos faldones y su aire de magistrado precoz, haciéndola disertaciones sobre derecho político, después de haber agotado la materia del romano; y en vista de que aún tenía tela cortada para buen rato, y de que al otro se le había descubierto también el juego de las cartitas y de los versos alegóricos, pusiéronse de acuerdo los señores padres; habló don Zacarías á su hija terminantemente de lo que no le había dicho Justino una palabra todavía; ponderó los merecimientos y las altas prendas personales del hijo de don Justiniano; excomulgó á Isidoro por calavera y mundano corrompido; aseguróla que no consentiría la menor duda en la elección; atrevióse la pobre Amparo á establecer algunas diferencias muy salientes entre los dos aspirantes; tomó don Zacarías á descarada rebelión estos reparos; creyó ver ya al demonio metido en su casa y sugiriendo aquellas perversas inclinaciones á su hija; entregó el conflicto al docto discernimiento de los tres canónigos; tomáronle éstos bajo su celosa protección; y con tan buen tino se condujeron, que á los pocos días, según afirmaba en conclusión el novelista, la divina Providencia _recompensaba_ las virtudes ejemplares de Justino casándole con Amparo, desengañada de su error, y _castigaba_ al pícaro Isidoro con la pérdida de aquel tesoro, tan indebida y ansiosamente codiciado por él.
Tal era, á grandes rasgos, lo principal del asunto de aquella novela.
En opinión de Inés, bien estaría este desenlace cuando por bueno le daba el novelista; pero, salvo el respeto debido á un hombre que tan bien plumeaba, y á los tres sabios varones que habían convencido á Amparo, si ella, Inés, hubiera sido llamada á entender en aquel pleito y á sentenciarle en conciencia, condena á Justino y casa á Isidoro con Amparo. ¡Lo que es la inexperiencia en las cosas del mundo y en los achaques de la vida humana! Á ella le parecía que Justino el estudioso, con aquella levita tan larga, y aquella cara tan seria, y aquellos versos en latín por todo recreo, y aquellos discursos tan sabios, que la recordaban las homilías de Marcones, no resultaba de lo más al caso para marido de una muchacha tan alegre y tan linda como Amparo; mientras que Isidoro... ¿Y por qué se llamaba malo y corrompido á Isidoro, que, como estampa, valía cien veces más que Justino, ó mentían las señas que daba de él el novelista? ¿Qué maldades suyas se referían en el libro? Que era aficionado á danzas y espectáculos; que con una mano cogía el dinero que le enviaban de su casa, y con la otra lo gastaba en divertirse y en engalanarse; que se perecía por las chicas guapas; que las requebraba siempre que podía; que leía muchas novelas y demasiados periódicos; que conocía á muchos periodistas y copleros, y se tuteaba con un cómico; que en una ocasión había empeñado la capa para prestar á un amigo menesteroso siete duros, y que era muy alegre y muy chancero... Corriente. ¿Y qué edad tenía Isidoro? Veinticuatro años, y además era fuerte, ágil, no de mucha altura, pero muy gallardo, morenito, de ojos y bigote negros... en fin, que era una golosina para muchos paladares de buen gusto, y él no hacía por su parte todo lo que debía para no dejarse tentar del demonio, que, en forma de chica guapa, le tentaba de continuo.
—Pues, señor—concluía Inés,—con el respeto debido al saber de los tres señores canónigos, paréceme á mí que con estas prendas y á los veinticuatro años de edad, lo menos malo que puede hacer un hombre es lo que hacía el pobre Isidoro. Si robara ó matara ó escandalizara con sus vicios... Pero ser un poco alegre de genio, bastante desaplicado en el estudio, algo coplero y muy aficionado al trato de las muchachas bonitas... Más raro me parece á mí lo del otro: á su edad y con su carrera, no fumar todavía delante de las personas mayores, y entretener á su novia con aquellos sermones tan enrevesados y con aquellas coplas en latín. Además, cuando á Amparo la aconsejaban que se decidiera por Justino, ya Isidoro había concluído su carrera y tenía juicio y era hombre tan capaz como el que más... Vamos, que si yo soy Amparo y no se mete la Providencia por medio, me quedo con Isidoro, como tres y dos son cinco. ¡Lo que es no entenderlo! ¡Qué cosas diría á las chicas el diablo de él, con aquella viveza de sangre y aquellos ojos negros y aquella gracia para las coplas! Debe de dar mucho gusto eso...
Aquí la máquina consabida hizo por sí misma un cambio de engranajes, y llevó los recuerdos de Inés á aquellas largas temporadas que, de niña, pasaba en San Martín de la Barra. Allí había visto ella, entre las diversas y extrañas gentes que veraneaban, hombres que se daban un aire á ciertos personajes de las novelas que acababa de leer; pero ninguno de ellos era tan guapo como Isidoro, aunque se le pareciera un poquito.
Juraría que aquélla era la primera vez que los veía en el espejo de su memoria, y tal como los había visto entonces sin fijarse en ellos. Se atrevería á contarlos uno á uno. Y ¿por qué le asaltaban ahora estos recuerdes y antes no? ¡Cosa más rara!... Y ¿de dónde serían aquellos forasteros? ¿Vendrían todos los años á San Martín? ¿Tendría cada uno de ellos una historia parecida á las que ella acababa de leer? ¿Harían versos? ¿Hablarían como Isidoro? De todas maneras, los hombres de aquella traza no eran tan raros ni tan escasos, cuando en un lugar tan pequeño como San Martín, se reunían tantos, tan distintos y en tan poco tiempo. Desde entonces no había salido ella de Robleces (donde las únicas levitas eran la del cura y la del médico) en media docena de ocasiones, á otras tantas romerías cercanas; y esas veces, á la fuerza y con los ojos velados por la negrura de su tedio, la había llevado Romana por hacer público alarde de su imperio en la casa, ó de un celo cariñoso de madre postiza, en que nadie creía. No recordaba haber visto en esas salidas hombres de la traza de los bañistas de San Martín, ó de los personajes de las novelas. Solamente Marcos... ¡Marcos!... Otro cambio repentino de la máquina. No ya Isidoro, tan guapo y tan elegante y tan donoso de palabra; Justino el de los latines, cualquiera de los bañistas de San Martín que hubiera visto y oído á Marcos, gordinflón, negrote, puerco de uñas y de ropa, poroso y medio eclesiástico, decirle á ella las cosas que la había dicho, ¿qué hubiera pensado del suceso? ¿Qué rechifla no hubiera hecho de los dos?
Y aquí se tapaba Inés la cara con las manos, y se asombraba de no haber caído mucho antes en la cuenta de aquellas enormidades. En fin, que las cosas no podían seguir de ese modo, y había que cortar por lo sano. No le plantaría en la calle sin más ni más, porque, al cabo, á tuertas ó á derechas, le debía un gran beneficio; pero iría desprendiéndose de él poco á poco, y, entre tanto, le mantendría á raya.
Tal fué el camino por donde llegó Inés, en pocas horas, á encontrar abominable aquel escopetón que en otras pocas más se le había hecho temible.
Marcones, á todo esto, no sabía qué pensar de aquella táctica sutil, de aquellas estratagemas diabólicas con que la discípula le perseguía y le acorralaba y le tapaba los resquicios por donde se le escapaban á él los humos y las chispas del volcán que estaba devorándole por dentro, particularmente desde que había comenzado el agosto del Berrugo y no se oía una mosca ni se veía alma viviente hacia aquella parte de la casa donde estaba el cuarto de la escuela. Andaba el mozón desasosegado y mohíno; y con cada varapalo que recibía de Inés, se ponía más bravo y sospechoso. ¿De dónde habría sacado aquella trasta tantos recursos y tan de repente? ¿Por qué andaba tan sobre sí y le tenía en perpetua batalla y le ponía en tan graves aprietos? ¿Qué diablejo la había infundido tanto valor, tanta travesura y tanto saber?... De las novelas, nada le decía por más que la preguntaba.
—No he empezado á leerlas,—le contestaba siempre que el otro le hacía la pregunta, para buscar una callejuela por donde sacarla al terreno en que la esperaba él.
Al fin, una tarde se le anticipó ella diciéndole:
—Ya he leído tres.
—¡Hola, hola!—exclamó Marcones sobándose las manos.—Y ¿qué tal, qué tal? ¿Cosa buena, eh?
Inés le ponderó mucho la de Amparo y Justino. Estaba entusiasmada con ella.
—Naturalmente—dijo el seminarista entusiasmado también.—Aquello es la verdad pura: un ejemplo de la más alta y cristiana moralidad. ¡Y cómo está escrito! ¡Con qué arte y con qué!... ¡Cómo viene por sus pasos contados, y qué á tiempo, la Justicia de Dios para dar á cada cual su merecido!
Sobre este punto se permitió Inés algunos reparos, ya conocidos del lector.
—¡Cómo!—saltó Marcones muy contrariado al oírla.—¡Es posible que no encuentre usted muy arreglada á justicia aquella conclusión?
—Ya le he dicho á usted—repuso Inés,—que lo estará, cuando aquellos señores, que tanto sabían, lo arreglaron así; pero...
—Pero—añadió Marcones interrumpiéndola,—usted lo hubiera arreglado de otro modo, si lo ponen en sus manos. ¿No es eso?
—Justamente—respondió Inés.—¡Vea usted lo que es la ignorancia y la!...
—¡Un joven—prosiguió el de Lumiacos, casi indignado con la ocurrencia de Inés,—un joven como Justino, con el discurso y la formalidad de un hombre maduro! ¡Un muchacho que habla y hace versos en latín, como agua, y maneja los clásicos por debajo de la pata, y se sabe de memoria el Fuero Juzgo y las Partidas y todo el Derecho romano, y es humilde y temeroso de Dios, y dócil y sumiso á la autoridad de sus señores padres, y ni siquiera fuma delante de las personas mayores!...
—Pues por todo eso,—dijo Inés.
—Por todo eso ¿qué?—preguntó Marcones mirándola fieramente.
—Por todo eso—insistió ella,—no le hubiera yo casado con Amparo, que era tan guapa y tan joven, y tan alegre y tan rica. Me parecía Isidoro más á propósito para ella.
—¡Isidoro!—exclamó escandalizado Marcones.—¡Un danzarín desjuiciado! ¡Un títere que no sabe hacer una oración primera de activa; que recibe el título de abogado por misericordia; que corteja á las chicas casquivanas y publica versos profanos en los periódicos, y empeña la capa y se tutea con un comediante! ¡Casar una peste así con una criatura como Amparo! ¿En qué cabeza cabe? ¿Con qué lógica, Inés; con qué moral? ¡El saber, las virtudes, á los pies de la corrupción mundana! ¡El juicio y el entendimiento, pisoteados por la locura impía! ¡Qué sería de _nosotros_, los buenos, con unas leyes de moral así? Usted no ha reflexionado bastante, Inés; usted está alucinada... Usted no puede pensar de ese modo... ó está contaminada también del virus ponzoñoso.
Mucho, muchísimo se alegraba Inés de ver á Marcones tan irracional y tan bruto en aquella cuestión. Así le resultaba más antipático, y con ello la costaría menos trabajo llegar hasta donde se proponía aquella tarde. Dióle cuerda de intento para que despotricara más; y cuando ya el pedazo de bárbaro no tuvo dicterios que proferir ni excomuniones que lanzar contra los mozos mundanos, y las mozuelas extraviadas, y las ideas disolventes, y «los gusanos viles,» y «el liberalismo diabólico,» y «la masonería de Satanás,» porque todo esto atropó allí abogando por la causa de Justino el estudioso, contra el infeliz Isidoro y los «corazoncitos piadosos» que se compadecieran de él; cuando á tales extremos, repito, hubo llegado el energúmeno, y rendido y fatigoso, viendo que daban en duro sus desatinados machaqueos, dijo á Inés que era ya hora de dar principio á las ordinarias tareas, Inés, que no se había sentado todavía ni en sentarse pensaba, acabó de atolondrarle con estas sencillísimas palabras, dichas con la mayor serenidad:
—He resuelto suspender las lecciones.
—¡Cómo!—exclamó Marcones estupefacto.
—¡Suspender las lecciones ahora!... Y ¿hasta cuándo? ¿Por qué?
—Porque—dijo Inés respondiendo á la segunda pregunta, sin querer hacerse cargo de la primera,—porque está la casa muy revuelta con el trajín de estos días; y además, he comenzado hoy la novena de San Roque.
—¡Vaya una oportunidad!—replicó Marcones después de permanecer unos instantes muy pensativo y contrariado; y en seguida añadió, descubriendo, sin poderlo remediar, la grosera hilaza de sus malos pensamientos:—¡Suspender las lecciones!... ¡y ahora, cuando en esta parte de la casa se vive como en un desierto, y no se siente una mosca que nos pueda interrumpir!
—Pues también por eso,—dijo al punto Inés, muy intranquila al ver lo que se leía en los ojos chispeantes de aquel zángano.
Y con muy poco más que esto, se despidió.
—Pero ¿hasta cuándo?—la preguntó él desde la escuela, donde se había quedado á pie firme, azorradón y mascando hieles corrompidas.
—Ya veremos,—respondió Inés desde allá afuera, sin volver la cara atrás y andando á buen paso hacia el otro extremo de la casa, donde resonaba la bulla del trajín de aquellos días.
[Ilustración]
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XIX
EL CABALLERO DEL ALTAR MAYOR
La fiesta religiosa fué tan solemne como todas las que disponía don Alejo en honor del santo patrono de Robleces. No la describo, porque me asusta el riesgo de cansar al lector copiándome á mí propio. ¡He hablado de tantas otras semejantes á ella!
Predicó el cura de Pandos, la mejor palabra que se conocía en los pueblos de tres leguas en contorno, salvo la opinión de don Alejo, que le tenía, quizás por un resabio de casta, por orador más atento á pasmar con sus sabidurías, que á conmover hiriendo á puño cerrado las flaquezas vulgares del rústico auditorio; pero era hombre de fama y el predicador más caro de todos los conocidos por allí, y como famoso y caro le eligió para mayor lustre de la fiesta; lustre que no se empañó porque tres ó cuatro docenas de ignorantes mujerucas se durmieron aquel día, mientras el de Pandos, después de ensalzar las virtudes y méritos del santo «abogado de la peste,» tronaba contra las pestes actuales, y se enredó á brazo partido con la peste del espiritismo, la peste del liberalismo y la peste de la masonería. ¿Qué culpa tenían, ni el santo ni su panegirista, de que ni las durmientes ni los hombrones que bostezaban desperezándose, hubieran oído hablar de aquellas cosas en todos los días de su vida, ni de los libros y papeles en los cuales había bebido la materia el orador? Algo así dijo el cura de Piñales, revestido de diácono, gran admirador del perorante, cuando oyó á don Alejo que, con la cabeza inclinada y las manos debajo de la casulla, pero con el ojo y el oído muy atentos á lo que pasaba entre sus feligreses y se predicaba en el púlpito, decía, dando con el codo al subdiácono, gran apologista del Eusebio: «Ahí lo tienes: ¿ves lo que es echar margaritas, y margaritas de pega, á animalucos como éstos? ¡Y tómate seis duros! De á cuatro los conozco yo que á estas horas tendrían al auditorio llorando á moco tendido... Pero así lo quieren, buen provecho les haga.» Hablara ó no con razón el apasionado don Alejo, el hecho es que el sermón fué del cura de Pandos, lo que equivale á decir que fué «de primera.»
Quilino se desgañitó en dos solos muy regorjeados, uno en los _Kyries_ y otro en el _Sanctus_ habilidad que no lucía él más que en las grandes ocasiones. _Pelusa y Gómitos_, los dos acólitos de don Alejo, vestidos de roquete blanco con ancho cuello azul, y sotana encarnada, bajo la cual asomaban las perneras de mahón remendado y las alpargatas sucias, zarandearon á más y mejor el incensario, aunque así y todo predominaba en la iglesia el olor á pólvora quemada; porque no tenían número los cohetes que reventaban á la puerta misma del templo, para que de este modo las salvas fueran más sonadas y bien vistas. De la procesión, no digamos: tardó media hora en dar la vuelta alrededor de la iglesia; porque hubo cantadoras y danzantes que precedían al santo: aquéllas, con sendas panderetas muy emperifolladas, y éstos, tres solamente, con tarrañuelas y vestidos de blanco, con muchos pañuelos de seda y sartas de cascabeles hasta en las alpargatas Parecían enormes sonajeros de goma elástica cuando, al lento compás de las panderetas, piafaban, se erguían, doblábanse, saltaban, iban y venían, y marcaban las mudanzas y corcovos y las cadencias de los cantares de las mozas, con golpes de las tarrañuelas. Por lo que hace al santo, nunca más adornado de relicarios y pañuelos se le vió sobre las andas. Hasta el perruco tuvo su collar de cintas coloradas, honor jamás tributado hasta entonces al caritativo animal. Dicen que fué ocurrencia de Marta, la hija del mayordomo de San Roque, y ocurrencia consultada con Quilino, que había ayudado la víspera á bajar de la urna al santo.
De concurso, el pueblo entero con los trapillos de cristianar. Ni el Berrugo faltó, con su aparejo fino de hombre acomodado, pero no rico. El Lebrato lucía las famosas botas de agua, conservadas como una reliquia á través de los años, á fuerza de no ponerlas y de fricciones de grasa; y el Josco su «vestido bueno,» con el cual no estaba tan airoso como con el trabajado y simplicísimo de todos los días, que le dejaba al descubierto una buena parte de su rica escultura. Pilara no cabía en la iglesia de maja, de contenta y de grandona. Don Elías, que no llegó á entrar en ella por estar ya de bote en bote, con camisa limpia y el sombrero bueno; y sus dos hijas, con los únicos arreos, marchitos y anticuados, que había en la casa para la pareja que estuviera de turno en tan señaladas ocasiones. Quilino, cantando en el coro, parecía un muestrario de galones y trencillas: los llevaba hasta en las costuras laterales del pantalón. También anduvo en la fiesta Marcones, convidado á comer aquel día en casa del Berrugo por condescendencia de éste á las instancias de la Galusa apoyadas de mala gana por Inés. Iba vestido de negro limpio; y, como medio _pieza eclesiástica_, se situó á la puerta de la sacristía, en línea diagonal con su discípula, casualmente, por supuesto; la cual ocupaba su sitio acostumbrado cerca del coro, muy arrimada á la pared y enfrente de la puerta principal. ¡Y qué guapísima estaba! con su vestidillo flamante de muselina color de barquillo, liso y modesto como el de una colegiala, y su mantilla negra, entre cuyos pliegues, como si fueran molduras de un marco de ébano, asomaba el óvalo gracioso de su cara, de la que hubiera podido decirse, hablando en culto, que parecía una leyenda en que se confundían, con arte maravilloso, lo dulce y lo picante; cara, en suma, para todos gustos y temperamentos, y muy particularmente desde que se asomaban á sus negros ojos las revoltosas ideas que se le habían despertado detrás de ellos.