La Puchera

Part 16

Chapter 164,156 wordsPublic domain

Y llegaron los días esperados, y llegó la hora de entrar el Josco con el primer carro vacío en la pradera. El corazón le dió media docena de golpes en el pecho. Allí estaba Pilara hecha un brazo de mar, atropando con la rastrilla el heno fragante que _cascabeleaba_ de puro seco. ¡Qué bien le «agolía» á él entonces todo aquello, y qué grandona le parecía la mies, y qué alegre el sol que le tostaba, y qué bien entonados los cantares que _echaban_ las obreras, y qué poca cosa todas ellas, desmedradas y sin arte, al lado de Pilara, que sacaba á la más jampuda medio palmo en altura y en redondez!

Pedro Juan _enrabó_, y echó al suelo las cuerdas y el horcón que estaban en la pértiga. Iba á comenzar la carga. ¿Subiría Pilara al carro? ¿Subiría otra obrera? Esta duda molestó al Josco unos momentos, por más que la costumbre de otros años debiera tranquilizarle. ¡Pero estaba el mozo tan querenciosote y amarteladón de un tiempo á aquella fecha!...

Poco le duró la duda; porque Pilara, leyéndosela en la cara, ó sin leérsela, en cuanto vió el carro dispuesto, soltó la rastrilla y se encaramó en él por la rabera, después de haber mirado á Pedro Juan de un modo que parecía decirle: «¿Cómo pudistes tú pensar cosa diferente, inocentón?» Y empezó la carga.

Es cosa de repetir aquí lo que ya se ha dicho; nunca como en aquellas ocasiones eran tan de ver Pedro Juan y Pilara: ella arriba, con su refajo corto de bayeta encarnada; el talle mal encerrado en un justillo de rayas azules; sobre los anchos hombros, un pañuelo de mil colores, cuyos picos, cruzados bajo el robusto seno, recogía la jareta del delantal; y á la sombra de un pajero con cintas coloradas, la cara frescachona, espejo fidelísimo del espíritu más satisfecho del envase que le cupo en suerte, entre todos los espíritus que andan por el mundo encarnados en criaturas humanas. Abajo él y Pedro Juan, con la tabla del abovedado pecho y la cerviz hercúlea, tan blanca como el pecho, al sol, lo mismo que la cabeza y los brazos hasta el codo, porque de cintura arriba no llevaba otro atavío que la camisa con las mangas recogidas y la pechera abierta de par en par; de cintura abajo, unos pantalones de mahón y una faja negra para sujetarlos sobre las caderas. Ella recibía arriba las horconadas que él la enviaba desde abajo; y al ver cómo Pilara las cogía casi al vuelo y las iba acaldando en dos meneos, picábase Pedro Juan y doblaba la carga del horcón; pero ella la recibía lo mismo que las otras, sin que volara un pelo de yerba por los aires; y por mucha prisa que se diera el cargador, siempre hallaba á la acaldadora esperándole con los brazos abiertos y retozándole la risa placentera en los alegres ojos y entre los menudos dientes blanquísimos. Pedro Juan se iba animando más y más... por dentro se entiende, pues ni á su cara seriona ni á sus labios entreabiertos asomaba la menor señal de sonrisa ni de palabra; y allá va media hacina de un golpe sobre la regocijada moza, que aparecía al momento sobre la nube, escupiendo yerbas, sacándose otras del seno y riendo á carcajadas. Otras veces Pedro Juan la aliviaba el trabajo poniéndole la horconada donde más falta la hacía; y también entonces se le pagaba la fineza en aquella moneda de miradas alegres y de sonrisas dulces que tanto apetecía él, porque verdaderamente le caían como un cielo estrellado, en las obscuridades de sus adentros.

Á todo esto, la carga subía y subía, y la balumba se desbordaba de la armadura de la pértiga por todos sus cuatro costados; y cuando ya no cabía una horconada más sin riesgo de que se desmoronara todo ello, Pedro Juan echaba las _cordadas_ de un lado á otro y de atrás á delante, por encima de la balumba; y él solo, sufriendo con una mano y atesando con la otra con tal firmeza que hacía oscilar la mole y hasta cabecear á los bueyes medio ocultos debajo de ella, dejábala hecha una pieza, en la mitad de tiempo que emplean dos hombres forzudos para la misma labor. Después peinaba lo más saliente de la carga con la rastrilla; y, por último, sin bajarse Pilara del carro, conducíale con gran tiento á casa, entre los chirridos del eje y los cánticos de los obreros que le seguían y, en caso de necesidad, le apuntalaban con horcones y rastrillas. Como si la carga fuera de onzas de oro, atendía Pedro Juan al menor vaivén de su balumba que podía dar en el suelo, no con la yerba, sino con lo que iba sobre ella y valía, en opinión del Josco, más que toda la yerba de la mies y que todas las mieses del lugar, aunque estuvieran sembradas de ochentines.

Así, hasta que llegaba el carro á la portalada del corral trasero de la casona. Entonces se corría Pilara hacia la rabera, se recogía con ambas manos las faldas alrededor de los tobillos, y se dejaba _desborregar_ por allí abajo hasta el suelo, donde caía blandamente y medio acurrucada. Pedro Juan arreaba en seguida; pasaba el carro, á duras penas, por debajo del tosco dintel de roble que le prensaba la carga y se la mordía con sus asperezas, y le dejaba arrimado á la payeta y enfrente del boquerón. Y allí se separaban Pedro Juan y Pilara. Él saltaba desde la payeta al carro para descargarle, y ella entraba en el pajar y subía á la pila para acaldar la yerba que el otro fuera descargando.

Á lo mejor de éstas y de las otras faenas, solía aparecer Quilino: en el prado, para hacer que hacemos atropando un poco y revolviendo mucho; en los empayes, para irse derecho á la pila con los que acaldaban, sobre todo si el carro era el de Pedro Juan, señal de que Pilara estaría adentro.

En opinión del Josco, Quilino no tenía pizca de vergüenza. Otro que él, con lo que se le había dicho, y mayormente con la _guantá_ que había llevado aquel domingo, no se le hubiera vuelto á poner delante sino para tomar venganza ó para despedirse para siempre... Pues donde estaba Pilara, allí estaba Quilino luciendo la persona, sin importarle un comino la cara que pusiera Pedro Juan si se hallaba presente también. La guantada aquélla no le había servido de escarmiento. «¿Y qué hacer con un chafandín así, coles?» ¿Había de arrancarle Pedro Juan un par de muelas cada día? ¿No era esto aventurarse á que una vez se le corriera la mano un poco más arriba y le dejara seco?... Y ¿por qué Pilara no le curaba el hipo, de un escobazo? ¡Coles, esto es lo que debía de hacerse... y de haberse hecho ya! ¿Y por qué no se había hecho?... Porque no había él, Pedro Juan, «hablao» lo que le correspondía. Por eso. Si hubiera hablado, todo se habría dicho; y entre ello, que le quitaran estorbos de la vista... No tenía derecho á quejarse... Corriente. Pero con esto no se curaba él del resquemor que ciertas cosas le producían: bueno que en la mies, bueno que en el corro, bueno que aquí ó allá y á cielo abierto; pero ¡coles! ¿á qué iba Quilino al pajar en cuanto Pilara estaba adentro? Allí se andaba á tientas y nunca se hacía buen pie... Y Quilino podría ser poca persona; ¡pero lo que es pegajoso y atrevido!... Verdad que Pilara era moza que no dejaba pasar las cosas de cierto punto; pero ¿por qué las cosas habían de llegar allí, ni siquiera á que el sinvergüenza, con la disculpa del barullo de los demás, le pusiera la pata delante, por el gusto de verla caer muerta de risa?... Hacía bien, muy bien, el amo en vigilar á menudo á la tropa de la pila; pero haría mucho mejor en no apartarse un momento de la ventanuca del desván. ¡Por allí, por allí, coles, había que estar alerta con el ojo y con el oído!

Y por éstas y otras reflexiones tales, Pedro Juan no sosegaba un punto, mientras descargaba el carro, si Quilino estaba en el pajar. Atascaba el boquerón lanzando contra él horconadas enormes para acabar primero; pero así lo ponía peor, pues con el boquerón tapado no oía pizca á las gentes de la pila, y él necesitaba estar oyendo sin cesar á Pilara... porque él se entendía. Una tarde le encalabrinaron de tal modo estas aprensiones, que se atrevió á gritar desde el carro:

—¡Pilara!

—¡Quéeee!—le respondió en seguida la voz de ésta, allá dentro de todo, en lo más hondo del pajar.

—¡Ná!—tuvo que decir, medio cortado, Pedro Juan.—Que pensé que llamabas... Pero ya que estamos en esto, ¡habla, habla! ¡no pares de hablar!... ¡que te sienta yo á toa hora!... ¡coles, que me gusta mucho oirvos!...

Y pareciéndole que había dicho demasiado, se comía la figura de vergüenza y atacaba furioso al heno con el horcón, ya que no podía largar otra castaña á Quilino; de modo que en un periquete dejó el carro vacío, con aplauso expreso del Berrugo, que andaba por los alrededores haciendo de las suyas.

—Primero se acabara y de mejor arte—le dijo Pedro Juan, limpiándose con su pañuelo de percal los regatos de sudor con yerbas que le corrían por pescuezo y pecho abajo,—si ese chafandín no estorbara á la gente de la pila.

—¿Quién es el chafandín?—preguntó el Berrugo parándose en firme.

—Quilino.

El hombre dejó de hacer lo que hacía, y tomó á escape la escalera del pajar; pero ya salían los empayadores, empapados en sudor, rojos como tomates y sacudiéndose las yerbas agarradas al pescuezo. Pilara ardía, de puro sofocadona y saludable. El único que no coloreaba y que hasta parecía venir en remojo, con los pelos pegados á la cara imberbe y descolorida, era Quilino. Retrocedió el Berrugo; y en cuanto bajó el mozuelo, le agarró por un brazo y le dijo:

—Oye tú, Milhombres: ya que vengas sin que nadie te llame, que sea para servir de algo, y no de estorbo. ¡Cuidado con que te me vuelvas á subir á la pila!... ¿Lo entiendes?

Quilino se quedó de pronto suspenso; pero en seguida se encrespó, y revirando un poco los ojuelos y la boca lacia, contestó al Berrugo:

—¡Recongrio!... Por si eso lo ha dicho usté por mí, sépase usté que Quilino no estorba en nenguna parte... ¡en nenguna, recongrio! Y sépase usté tamién, que en venir á servile á usté de balde, le hago más honra de la que... angunos merecen, ¡recongrio!

Y se fué, zarandeando la calzonada, para no volver más á aquel agosto.

¡Cómo le saboreaba Pedro Juan día por día y hora por hora, en la mies, en el empaye y hasta en aquellos festines infernales con que el Berrugo envenenaba el hambre de los que reventaban el cuerpo por servirle! No cataba gran cosa, es la verdad, de todo ello, y mucho menos aún cataba Pilara, que sólo por cortesía se sentaba á la mesa por las noches; pero estaba allí frente á frente con él; y teniéndola allí y atreviéndose á mirarla de reojo algunas veces, y oyéndola sus incesantes risotadas, con eso solo restauraba las fuerzas de su cuerpo... y hasta le parecía menos abominable el Berrugo, que tan grande beneficio le proporcionaba.

Lo peor era que aquello se iba acabando poco á poco, y las cosas no habían adelantado un paso; y al día siguiente del agosto del Berrugo, tan abundante y alegre, empezaría el agosto de ellos en Las Pozas. Él y su padre, solos, enteramente solos, á segar; y á ratos perdidos, y como por obra de misericordia, su hermana y la familia de su hermana y el carro de su hermana, ayudándolos á meter en el pajar la pobreza segada. ¡Y todo este cariz tan triste, por no haber orillado él las arrastradas dificultades! Porque sin ellas delante de los ojos, seguro estaba de que no había de parecerle el agosto de su casa menos risueño que el agosto de «ese hombre.» Pilara ausente ó Pilara presente, ¿qué le importaría á Pedro Juan, si la llevaría ya «apalabrada» y como cosa de su pertenencia, en las honduras del pechazo?

Y así llegó el último día, y el Josco á sospechar que muy bien pudiera acabar la temporada sin haber salido él de su apuro; y este temor ¡coles! le desconcertaba. Pilara no faltó tampoco aquella tarde: llegó cantando, con la rastrilla al hombro y mordiscando el último zoquete de la comida de su casa; porque no iba á las labores de la mañana... Y se cargó el primer carro del Josco; y el Josco hizo desde abajo prodigios de soltura y de fortaleza, y Pilara maravillas de habilidad arriba; y él la persiguió á horconadas con mayor empeño que nunca, y ella le celebró las gracias, risotera y cariñosona, como jamás le había celebrado otras tales... y anduvo el carro cargado, y llegó á la portalada, y Pedro Juan le paró allí, y Pilara se _desborregó_, como siempre, por la rabera... y el carro anduvo de nuevo, y se arrimó á la payeta, y le descargó Pedro Juan; y bajó Pilara del pajar, coloradona y reluciente, que daba gloria; y se sentó con otras obreras en el carro vacío; y el Josco las condujo á la mies, como tantas veces las había conducido: ellas cantando y riendo, y él delante de los bueyes, taciturno y con la ahijada al hombro... «y de aquello, ná...» Y se cargó de nuevo el carro, lo mismo que siempre; y de igual modo salió de la mies y llegó á la portalada, y se desborregó por la rabera la mocetona, y se empayó después aquella balumba de yerba... «y de lo otro, ná...» En fin, que llegó la hora de cargar Pedro Juan el último carro que le correspondía en aquel agosto de «ese hombre;» y le cargó, y le sacó de la mies, y le condujo hasta la portalada, y los obreros y el Berrugo que le seguían entraron en el corralón, como de costumbre; y el carro parado y Pilara encima y Pedro Juan abajo, se quedaron solos en la calleja... «y de aquello otro, ná... ¡coles, lo que se llama ná!»

Reconcomiéndose el Josco al considerarlo, arreó un palo á cada buey sobre la espalda para que alzaran más la cabeza, y de ese modo hiciera Pilara con mayor facilidad su bajada de costumbre, cuando oyó que la moza le llamaba:

—¡Pedro Juan!

—¿Qué quieres?—respondió el mozo.

—Ponte por este lao,—le dijo Pilara.

Pedro Juan se puso donde Pilara quería: junto á la rueda derecha del carro. Allá arriba, enfrente de él, estaba Pilara recogiéndose las faldas contra los tobillos y mirándole con los ojos llenos de travesuras inocentonas.

—¿Qué vas á hacer?—la preguntó Pedro Juan.

—Voy á bajar por aquí,—respondió Pilara acurrucándose junto al borde de aquella montaña de yerba.

—¿Por qué no abajas por la rabera, como siempre?

—Porque me da la gana de abajar por aquí hoy...

—Güeno. ¿Y qué quieres que haga yo?

—Que me aguantes... si eres quién pa ello.

—¡Eso sí, coles!—exclamó Pedro Juan largando á escape la ahijada.

Temblaba por adentro de puro gusto y de sorpresa el hijo del Lebrato. Jamás habían tocado sus manos ni el pelo de la ropa de Pilara, y ahora se le iba á ir encima Pilara en carne y hueso, entera y verdadera. «¡Coles, qué barbaridá de suerte!» No se paró á considerar si sería ó no capaz de resistir en el aire aquella mole. Se creía con fuerzas para mucho más... Esparrancóse y se afirmó bien sobre los pies, escupióse las manos, levantó los brazos y los ojos hacia Pilara, y la dijo, pálido de entusiasmos:

—¡Échate sin miedo, recoles!

Pilara se reía como una boba, y no sabía de qué modo lanzarse por aquel precipicio abajo.

—¡Mira que peso mucho, Pedro Juan!—le decía.

—¡Anque pesaras más de otro tanto, Pilara!... Con tal de ser tú lo que me caiga encima, aquí hay aguante pa ello... Échate de cualisquier modo, ¡pero échate, recoles!

—¡Pos allá voy!

Y Pilara se lanzó... no sé cómo; pero sé que cayó en brazos de Pedro Juan, sin que los brazos se doblaran, ni los pies se movieran del sitio en que parecían clavados; que un moflete de Pilara resbaló por un carrillo del atleta; que éste cerró los ojos como si en aquel instante relampagueara; que el roce y el calorcillo y el olor de la moza le emborracharon, y que en medio de aquella borrachera fulminante, en los breves momentos en que estuvo su boca tan cerca del oído de Pilara, introdujo en él estas palabras, encanecidas ya en la punta de su lengua:

—¡Pilara!... ¡Dende aquí á la iglesia á que mos case el señor cura!... ¿Consentirás en ello?

Y Pilara, que se vino al suelo, pero á pie firme, en el instante de recibir este disparo á la oreja, contestó á Pedro Juan, mientras con un dedo meñique mataba las cosquillas que le habían hecho las palabras en el oído:

—¡Cuánto hace ya, hijo de mi alma, que podíamos estar de güelta, á no ser tú tan como eres!

—¿Eso es decirme que sí, Pilara?—se atrevió á preguntar Pedro Juan, temblando de gusto.

—¡Y con alma y vida, bobón!—le respondió ella mirándole mimosona.

Todo esto ocurrió en brevísimo tiempo, y en muy poco más descargó el carro Pedro Juan. ¡En un tris estuvo que no ahogara á su padre, que estaba al boquerón, bajo las tremendas horconadas de yerba que le mandaba sin cesar!

Por la noche no probó bocado en la cocina; y cada vez que sus ojos se encontraban con los de Pilara, se estremecía de arriba abajo, y á veces se reía solo. Ponderó mucho el Berrugo delante de la obrerada sus valentías de descargador, y estuvo á pique de abrazar á «ese hombre,» no por el elogio, sino porque ya nadie ni nada le parecía allí malo ni feo. Entró Inés á dar un vistazo á la mesa, como solía; la halló el Josco pintiparada para madrina, y tuvo tentaciones de proponérselo á voces allí mismo.

Afortunadamente para Pedro Juan, todo era bulla y algazara en la cocina, y nadie reparaba en sus vehementes obsesiones. Hasta el Berrugo estaba menos incisivo y cruel que de costumbre: le habían salido dos carros más de yerba que otros años, y se había recogido el agosto en un día menos.

Por todo lo cual había en la mesa una tartera de plus con el sobrante de la cabra laceriosa, y se remató el festín con una rueda extraordinaria de un blanquillo averiado que el anfitrión pensaba arrojar á la pila del estiércol.

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XVIII

VUELTA AL PLEITO DE MARCONES

Y aconteció que Inés, apenas hecha aquel tratado de paz con su maestro, se vió obligada á poner á prueba el buen andar de aquella máquina de su cerebro, que poco antes había comenzado á moverse segura, pero lentamente; porque llegó á encontrarse muy mal á gusto en la escuela, desempeñando el papel de simple receptáculo pasivo de las enseñanzas de Marcones, y quiso tener allí su iniciativa propia, de modo que, sin dejar de ser discípula, pudiera dirigir á su profesor.

Parecerá esto algo contradictorio, y aun muestra de inverosímiles atrevimientos en la dócil y modestísima educanda. Pues no hay semejante cosa. Inés seguía admirando el saber y hasta el método de enseñanza de su maestro, y ni remotamente creía que el que ella trataba en imponer allí valiera ni siquiera tanto como el otro; pero ocurría que entre las aprensiones de Inés se había enmarañado de pronto el concepto personal, la idea cristalizada de Marcos vivo y efectivo, de tal suerte, que no se puede explicar sino con el ejemplo de lo que pasa á ciertas personas aprensivas, con la forzosa y continua presencia de un arma de fuego, cargada: temiendo hasta que se dispare sola, la penen á cubierto de cualquier imprudencia temeraria y de todo golpe casual. Pues bueno: Marcones, desde el estallido de marras, era para Inés un escopetón cargado de metralla hasta la boca, que podía volver á dispararse solo á la hora menos pensada; y para aislarle, para mantenerle en la posición menos peligrosa, para evitar y aun para conjurar los golpes casuales, ó, viniendo á lo concreto, para prevenirse contra sus ímpetus fogosos, para conjurarlos y para dirigirlos, no había encontrado otro medio que _llevar la voz cantante_ en la escuela. Esto no había de conseguirse ventilando allí asuntos de cecina ni chismecillos de vecindad, sino temas de mayor fuste; puntos pertinentes á las materias de su enseñanza, y atrincherarse con ellos; atiborrarse el magín de teorías, de dudas y de reparos, y acosar al profesor incesantemente con estas armas; obligarle á estar atento siempre y amarrado á esas escaramuzas de la discípula; y en cada intento de escapada por el portillo abierto ó por la brecha desatendida, acudir allá con nuevos pertrechos que le distrajeran y hasta le abrumaran.

Todo esto había intentado Inés, y lo que es más de admirar, todo esto había conseguido en pocos días, sometiendo con heróica voluntad su buena inteligencia á una gimnasia desesperada. No eran ciertamente campo adecuado al ejercicio de tan hermosos elementos de investigación y de análisis, los cuatro libracos de texto que Marcones la había prestado, y algunos más, por el estilo, que conservaba de su madre; pero lo que á la labor le faltara de ancho, lo tendría de hondo; y si no hallaba al cabo grandes cosas, aprendía la manera de buscarlas, lo cual, apurando bien su tesis, era lo que más falta la hacía por de pronto.

Procediendo de este modo, buscando el por qué de aquellas materias mal esbozadas, y supliendo con el buen sentido lo que en ellas no se columbraba, se halló de manos á boca con que en lo que iba dejando atrás, después de sometido á nuevo análisis, veía ella mucho más de lo que la había enseñado su maestro; y con esto, y con lo que no traslucía bastante claro, y con lo que de intento enturbiaba para dar que hacer con la supuesta duda á Marcos, no solamente le tuvo durante una semana pendiente de su capricho, sino vencido casi siempre, y muy á menudo estupefacto.

Pero ¿qué mosca había picado á Inés para lanzarla tan de repente por aquellos trigos de Dios?

La mosca esa daría motivo para que se luciera aquí de firme una pluma diestra en anatomías psicológicas y en disquisiciones fantasmagóricas, por los profundos de las más recónditas obscuridades del espíritu humano, cuando encarna en naturalezas tan sensibles, dóciles y bien equilibradas como la de Inés; pero la mía, quiero decir mi pluma, torpe y desmazalada de por sí, que á la luz del mediodía y por caminos muy trillados se ve y se desea para no andar á tropezones, renunciando hasta al intento de echar una suerte entre los, para ella, inextricables laberintos de esos perifollos del arte, dirá á la buena de Dios que el miedo á los tiros escapados del escopetón de mi ejemplo, se le habían infundido á Inés, primeramente su buen instinto y excelente gusto natural, que de hora en hora la iban aclarando aquel lado obscuro que tanto la preocupó durante la noche que siguió al estampido del seminarista; y en segundo lugar, la lectura de aquellos librejos recreativos que la había prestado Marcones «para educarla el sentimiento.»

Los tales librejos eran novelas de las llamadas _ejemplares_, obras de propaganda, pensadas y escritas con las intenciones más honradas del mundo, pero que, con excepciones contadísimas, hacen bostezar á los niños que sólo apetecen lo maravilloso, y se les caen de las manos á las mozas casaderas que ya no se deleitan con austeridades candorosas ni con inocentadas insípidas. Y conste ante todo que no me burlo de esta clase de lecturas, aunque me lamente de que no sean más entretenidas y pegajosas, como lo son las muy contadas que, precisamente por ser así y hasta magistrales, no pasan por el tamiz de las _almas pías_, que tampoco apechugan con aquéllas... ni con las otras. Va todo ello á cuento y en demostración de las buenas tragaderas de Inés, que se envasó tres obras ejemplares en día y medio; hazaña que casi iguala, si no obscurece, á la que yo rematé, siendo niño, leyéndome en igual tiempo á _Misseno_, ó _El Hombre feliz_, la obra más de bien que se ha escrito en el mundo, indudablemente, pero cuya lectura han terminado muy pocos cristianos y no ha repetido ninguno, yo inclusive.

No tenían los alcances filosóficos de esta novela patriarcal las devoradas por Inés; pero, en cambio, eran los primeros libros de imaginación que ella leía; y por esto, y por tratarse allí de cosas muy hacederas en la práctica de la vida entre personajes de carne y hueso, no tomó los asuntos de los libros como ficciones de una fantasía más ó menos gallarda, sino como relatos fieles de aventuras reales y verdaderas. Por feliz casualidad, uno de los tres libros leídos era el mejor de la colección, el menos ñoño, el de más arte y de mayores atrevimientos de pasión y de colorido. Esta novela la cautivó verdaderamente. Reducíase en substancia el asunto de ella á lo siguiente, según resultaba de la lectura, entiéndase bien, no de lo que se proponía el fervoroso novelista: