La Puchera

Part 15

Chapter 154,242 wordsPublic domain

Por no cansar al lector con la copia fiel de aquellas descosidas frases que al fin tuvo que decir la hija de don Baltasar, parrafada la más larga de cuantas había _echado_ de una sentada en todos los días de su vida, le diré yo que sudando á ratos, animándose en otros, cayendo aquí y levantándose allá, vino á declarar á Marcones, en substancia y en castellano corriente: que recordaba muy bien cuanto él la había confesado el día antes; que se lo agradecía mucho por la parte que la tocaba; que no veía en todo ello el menor motivo para huir de Robleces, como si hubiera hecho allí algo que mereciera persecución de la Justicia; que le parecía mejor y hasta de necesidad, por no dar en qué entender á las gentes de casa y de fuera de ella, que las lecciones siguieran como hasta allí, él de maestro y ella de discípula, guardando cada cual su alma en su almario; y que se dejara el tiempo correr hasta que Dios, que estaba en los cielos, dispusiera las cosas... como más conviniera.

Marcones quedó muy satisfecho de este dictamen, y más que del dictamen, de la emoción interna revelada en el extraño modo de exponerle; pero no lo dió á entender así: al contrario, bajó más la cabezona y respondió tristemente:

—Lo que usted me propone, sería para mí un suplicio superior á mis fuerzas. En la situación en que se han puesto las cosas, me sería imposible la vida sujetándola á esa violencia continuada.

Inés se atrevió á replicar muy entera:

—¿Y qué sabe usted lo que se violentarían _los demás_? ¡Si sólo se hiciera en la vida lo que le conviene á cada uno!...

Marcones miró fijamente á su discípula, asombrado de su arranque, que lo mismo podía significar mucha frescura de espíritu, que un alarde de obligada fortaleza. De cualquier modo, era ya temerario insistir en el empeño, y parecía llegada la hora de soltar el símil mitológico.

Dispuesto á ello, Marcones, después de fingir con ademanes y contorsiones una encarnizada lucha en sus adentros, habló así:

—Pues la voy á dar á usted la mayor prueba que puede pedírseme de la honradez y grandeza de la pasión que me devora... Estoy dispuesto á padecer ese horroroso suplicio de Tántalo, sólo porque usted lo desea.

Como debía esperarse, Inés, que no conocía, ni de nombre, á aquel sujeto, preguntó con los ojos á Marcos quién era y qué suplicio había padecido.

Marcos se apresuró á responderla:

—Tántalo era un rey, hijo de dioses, que por sus maldades fué condenado al tormento de la sed, teniendo el agua junto á los labios. ¿Se entera usted? Pues yo voy á padecer como Tántalo... ¡más que Tántalo! Porque mi sed será mayor que la suya, y más fresca y más sabrosa el agua que junto á mí tenga... Y yo no he pecado nunca contra usted de propio intento; y además, me presto voluntario á padecer el martirio... Voy, pues, á ser Tántalo... ¡más grande que Tántalo!... porque usted me lo manda y así lo quiere.

Y como si intentara poner ya de manifiesto su grandura, al exclamar así alzaba los dos brazos con el hongo en una mano. Da suerte que, en la relativa pequeñez de aquella habitación, parecía un espantajo colosal teñido con hollín de la chimenea.

Á Inés le pareció tal cual el símil, pero no tanto el _dibujo_ con que Marcos le exornó. Díjole lo que mejor pudo y supo para dar por terminado aquel gravísimo incidente, en los términos convenidos poco antes, es decir, guardando cada cual su alma en su almario y encomendando á la providencia de Dios la marcha y el término y remate del amoroso pleito; y volvieron el maestro y la discípula á sus habituales tareas, tomándolas en el punto en que tan bruscamente las había dejado Marcones el día anterior.

Al despedirse aquella tarde el mocetón de Lumiacos, entregó á Inés unos librejos.

—Los traía—la dijo,—para dejárselos á usted como recuerdo de un desventurado, en la cuenta de que fuera ésta mi última visita. De todas maneras, ya está usted en disposición de sacar la debida substancia de esta clase de lecturas. Son las novelas ejemplares que la había prometido. Léalas usted despacio; y ¡ojalá la entretengan y la enseñen todo cuanto yo deseo!

Inés y Marcones se separaron con los suyos respectivos enteramente satisfechos: ella, porque, visto de cerca el peligro, le había parecido menos imponente que de lejos; él, porque sus fogosas declaraciones habían sido aceptadas en principio, y se le dejaban las puertas de aquella casa abiertas de par en par, lo cual era un paso de gigante en la marcha de su pleito.

Á Inés la había parecido el peligro menos, imponente de cerca que de lejos, no sólo por haber hallado á Marcos dócil á sus dictámenes y deseos, sino porque, mirado éste con el interés con que acababa de mirarle y no le había mirado jamás, aún le halló mucho más gordo, más obscuro, más poroso... y más cura que hasta allí; con lo cual se aclaraba bastante aquel lado de la cuestión, que tan negro la había parecido á ella la noche antes.

Entre tanto, la Galusa se bebía los vientos para averiguar con certeza lo que ocurría. Con certeza digo, porque barruntos de algo serio y no desagradable, los tenía por lo que había escuchado desde la sala y por lo que había leído en las caras y en los continentes de los dos interesados principales. Su sobrino, como si se gozara en atormentarle la curiosidad, nada había querido contarla al despedirse la víspera; y eso que le retozaba la alegría en los ojos, mientras Inés no sabía adónde mirar con los suyos, ni poner la mano en cosa que no se le cayera de ella. Sólo la había dicho al pasar: «mañana hablaremos.»

Pero, felizmente para la fisgona, Marcones, después de la lección de aquella tarde, se encerró con ella, que ya le esperaba, y comenzó á cumplirle su promesa, diciéndole al mismo tiempo que se frotaba las manos:

—¡Como una seda, tía!... ¡como una seda! ¡Le repito á usted que como una seda!

—Bien está—respondió la Galusa hecha toda ojos y oídos;—pero eso ya lo teníamos días atrás, hijo del alma.

—Cierto—repuso Marcones;—pero lo teníamos en hipótesis, quiero decir, lo dábamos por seguro; al paso que hoy es ya un hecho notorio y comprobado.

—¡Benditas sean las horas del Señor!—exclamó la pelindrusca levantando hasta la boca las manos entrelazadas.—¿Y cómo te arreglaste para saberlo? ¿Qué la dijistes, hijo del mismo dimoño?

—¡Todo, todo, tía! Todo se lo dije, como si me abrasara en fuego de amor por ella... ¡y creo que es la pura verdad!; y cada dicho salió á su tiempo y cayó como y cuando debía caer... ¡Oh, estaba el plan bien arreglado, aquí, aquí, en esta cabeza atestada de filosofías!...

—Y ella ¿qué te dijo?—preguntó trémula de curiosidad la Galusa.

—¡Ella!—respondió Marcones con aire de triunfador.—Con la boca, muy poco, por de pronto; pero ¡con los ojos!... ¡pero con el estremecerse de todo su cuerpo!... ¡pero con el ponerse descolorida ahora y muy encarnada después!... ¡Todo, todo me lo dijo, tía; todo cuanto yo necesitaba saber!... ¡Qué al alma fué el golpe, y qué bien meditado estaba! Haciéndome el chiquito, conseguí parecerla grande; y despidiéndome de ella para siempre, logré que me detuviera á su lado. ¡Esto es saber entenderlo y poner los recursos á la altura de las ocasiones!

—¿Y todo ello—insistió la Galusa, que era desconfiada de suyo,—lo leístes por esas señales que dices de la color baja y del temblor del cuerpo, sin palabra anguna que lo aclarara más?

—Aunque las señales eran de sobra—respondió desdeñosamente Marcones,—para un entendedor como yo, esas señales fueron ayer como primer fruto de mis ternezas amorosas y de mis razonamientos de hombre honrado. Después acá, ha pasado una noche: la meditación y el sosiego han hecho su oficio; y esta misma tarde se ha atrevido Inés á confirmarme de palabra lo que yo había leído en las señales que á usted le han parecido tan poca cosa. En conclusión, tía: Inés, sabiendo que la adoro (así se lo dije), quiere que yo continúe dándola lecciones como hasta aquí, con la sola condición de que cada uno de los dos guarde en sus adentros lo que sienta sobre ese particular, hasta que Dios disponga lo que crea más conveniente para nosotros. ¿Le parecen á usted pocas también estas señales? ¿Cree usted que en un asunto como el mío se puede dar un paso más grande, ni en un terreno más firme?... Ahora, mucha prudencia hasta dar el segundo, y, por lo tanto, no se dé usted por entendida con Inés de esto que la he contado. Usted no sabe nada, ¡ni una palabra de ello! ¿Estamos?

—Por la cuenta que me tiene—respondió la Galusa muy satisfecha; y en seguida añadió:—¡Vaya, que sospensa me dejas y cuento me paece, por lo pronto y lo bien que la cosa te ha salido! ¡Te digo que si no se tuerce!...

—Por el lado de Inés, respondo de que no—dijo Marcones.—Algo más me apura ahora el caso por el otro lado: el lado de ese hombre, que tiene los demonios en el cuerpo.

—Y ¿qué te espanta de nuevo en él—objetó la Galusa,—que no te haya espantado antes de ahora?

—Tanto como espantarme—replicó el sobrino,—ni ahora me espanta ni antes me espantó cosa mayor. En teniendo asegurada la hija, en un extremo apurado nada viene á valer la voluntad del padre. Pero por lo mismo que estoy á punto de lo primero, me entran temores de que pueda hacer don Baltasar una de las suyas á la hora menos pensada y cogiéndome desprevenido... Y dígame usted, ya que de esto se trata: ¿no es bien raro que ese hombre no haya maliciado algo hasta la fecha?

—Ese hombre—dijo la Galusa,—bien repetido te lo tengo: mientres no le pidan dinero ó cosa que lo valga, tanto se le da que la hija se pase las horas en conversación contigo, como con uno de la Guardia cevil. Además, está en la cuenta de que á tí lo que te tira es la Iglesia, y no más que la Iglesia; y con sólo pensar que te cobra en enseñanzas algo de lo que te ha prestao para tus estudios, se goza en que se las des á su hija. Esto me lo ha dicho á mí, ¡pa que lo entiendas!... que por lo restante, poco le importa que Inés no sepa deletrear. Lo que le gusta, y mucho, es verla como la ve, de un mes largo acá, tan frescachona y recompuesta; y no por lo que campa así, sino por lo que al mesmo tiempo tiene de trabajadora y de remango pa el avío del cuarto de él y limpieza de toa la casa. Por otra parte, de semanas á hoy, yo no sé qué mil demonios trae entre cejas, que anda á ratos muy caviloso, y se marcha por esos campos, tan aína por este lao como por el de acullá, muchas más veces que antes. ¡Como tiene tantas trapisondas de intereses con unos y con otros! Pos ajunta á todo esto que ya está pensando en la siega, que ha de acabarse, como siempre, antes del Santo, y el Santo es el deciséis. ¿Sabes tú lo que se arregüelve en esta casa cuando llega esa labor, con un agosto tan grande como el que aquí se hace pa tanto ganao como hay al pesebre? Miedo me da el pensarlo, hijo; que en esos días no bastamos la otra moza y yo pa dar abasto en la cocina al laberiento de la obrerá, que come... ¡Virgen María, lo que ella come! Eso sin contar la fatiga del empaye, y hasta de la mies, de que tampoco se libra la otra enfeliz. Y dame segadores; y dame carros ajenos porque no bastan los dos de casa; y dame la flor de la mocedá del barrio pa el timeneje restante, y fegúrate cómo andará ese hombre en esos días, con el hipo que tiene de que aquí no se dé golpe ni se coma bocao sin que la su mano y los sus ojos entiendan en ello. Así es, hijo del alma, que bien le puedes soltar un cañonazo á la oreja en los días que vienen por delante, sin recelo de que él se dé por alvertío; y como tamién el laberiento de la cocina me obligará á mí á ser ciega y sorda pa cuanto ocurra en esos mesmos días hacia la sala, aprovéchate bien y no seas tonto, que, en casos tales, pasar un punto es pasar un mundo... Quiero decirte, que no te andes con desimulos, receloso de que te pesquen en el aire este ademán ó aquella palabra...

—Ya está esa siembra hecha, tía—dijo Marcones interrumpiendo á la Galusa,—y en buen terreno, como se lo tengo referido á usted, sin que ello impida que aproveche yo las buenas ocasiones que se me presenten para cosechar el fruto antes con antes. Por de pronto, unos librejos la he dado que la enseñarán á sentir como se debe y en beneficio mío, esas cosas que yo la he hecho almacenar de pronto en la cabeza y en el corazón. Leyéndolos bien, se empapará en la materia, me consultará su pensar, un caso sacará otro á relucir... y, en fin, yo sé lo que me hago.

—¿De modo que ya te salistes con la tuya; que ya quemastes el medio balandrán que tanto te pesaba?

—Para ella, sí; pero aún me queda, por respeto á su padre, la sotanilla entera... ¡Y si viera usted cómo me han crecido desde ayer acá los deseos de vestirme de color y dejarme los bigotes, para ser el mejor mozo de la Ribera! ¡Ay, tía!—añadió el estudiante con hondo desconsuelo,—¡de qué otro modo tan distinto marcharan estas cosas si yo pudiera quitarme de encima hasta el último jirón de paño negro! ¡Mal rayo le parta!... Y con esto me voy, que se va haciendo tarde.

Y se fué, despedido por su tía con esta fervorosa imprecación:

—¡La Magalena te guíe, serafín de la cencia, y la fortuna ponga luégo en tus manos lo que buscas... que güeña falta _nos_ hace!

[Ilustración]

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XVII

EL AGOSTO DEL BERRUGO

Tenía razón la Galusa: el agosto de aquella casa era un reventadero. Duraba cerca de dos semanas, porque no entraban, un año con otro, menos de sesenta carros de yerba curada en el pajar; y la tarea se llevaba en vilo, sin otra interrupción que la del día festivo intermedio. Cada tarde se _empayaban_ seis ó siete carros, y á esta norma se acomodaban las siegas de cada día. Toda la gente que andaba en la brega era de la casa: colonos y deudos de colonos, de los más trabajadores y entendidos entre todos los colonos y deudos de colonos del Berrugo, con las únicas excepciones, últimamente, de Pilara, por ser la mejor _acaldadora_ de yerba que se conocía en Robleces, y de Quilino, á ratos, que se colaba en el bureo de aquellos agostos sin que nadie le llamara, como se colaba en todas partes. Desde que Pedro Juan fué mozo, él y su padre eran siempre los segadores de cabecera: aunque viejo el uno y muy hechos los dos á las fatigas del mar, tan diferentes de las de tierra firme, no había miedo que dalle alguno les picara los talones. Como rapado con navaja de afeitar quedaba el suelo en cada _cambá_ de las que ellos _tiraban_, acompañándose con sendos crujidos del resuello. El Josco tenía además la gracia de conducir la enorme balumba de un carro de yerba por un despeñadero, sin que _entornara_, y la de cargarle y descargarle en la mitad de tiempo que el labrador más ágil y forzudo. Desde la primera vez que lo notó el Berrugo, le encomendó el mejor carro de los dos de su casa, y le puso á Pilara por acaldadora. Hay quien afirma que de este modo nació, dos agostos antes del que aquí se menciona, la buena ley que se tenían Pilara y el hijo del Lebrato. Y en verdad que nunca como en aquellas ocasiones eran tan de ver los dos, ni parecían mejor cortados el uno para el otro.

Tampoco mentía la Galusa al afirmar á su sobrino que en el agosto, como en todo lo de su casa, «ese hombre tenía el hipo de que no se diera golpe ni se comiera bocao sin que la su mano y los sus ojos entendieran en ello.» Verdaderamente era en aquellos días un argadillo que mareaba. Comenzaba el ajetreo por el acopio del «boquible,» como él decía, para la «obrerada:» bacalao de desecho, medio podrido, y una oveja sarnosa de su rebaño en aparcería; y si no había oveja de estas condiciones, una becerruca _azurronada_ y á punto de morirse de ruinera, que nunca faltaba en casa de un aparcero ó en la suya propia. El vino, de lo tinto picado de su bodega. Para matar el dejo de la carne enferma ó del bacalao podrido, sabía él hacer unos adobos cáusticos que levantaban ampollas y escaldaban el paladar, de modo que el más sutil de suyo no advertía la acritud que pudiera quedarle al vino después del agua de fregar con que le había _mejorado_ el inocente. Y nada de pan blanco para las comidas: boronas como ruedas de molino. De esto, hasta llenarles la andorga. Gracias á Dios, había maíz sobrante en el desván, y aquello de menos le comerían los ratones. Para el ollón del mediodía, las berzas de _posarmo_, las alubias con gorgojo, el tocino avenado... ¡y agua que te crió! La _parva_, de una bebida alcohólica, cuyos componentes, tan baratos como corrosivos, fueron siempre un secreto suyo, y un zoquete de pan duro y mohoso por persona.

Pagando de este modo á los obreros, no le salían, uno con otro, amén de los carros, á tres reales y cuartillo de jornal. Costumbre era en otras casas pagar, por iguales trabajos, media peseta además de la comida; pero el Berrugo tenía leyes especiales y colonos que las sufrían y acataban, porque les salía peor la cuenta rebelándose.

Avisada y dispuesta la gente, don Baltasar llamaba al Lebrato: le decía qué prados se habían de _tumbar_ los primeros; y antes de salir el sol, ya estaba él, con una rastrilla en la mano, esperando en la mies á los segadores. Por sí mismo reconocía los hisos y los linderos; y al marcarlos hollando la yerba con los pies, siempre metía las marcas más de un palmo en los prados colindantes.

—¡Hala por derecho—decía inmediatamente á los segadores,—y apretar de firme ahora que está la yerba en buen temple de rocío!

Consumiéndole la impaciencia y por ganar algo, aunque sólo fuera un poco tiempo, sin esperar á que se formara un _lombío_ de dos varas de largo, ya estaba él esparciéndole con el mango de la rastrilla y hurgando casi los talones del último segador de la tanda.

Así, hasta que llegaba una criadona con la parva en una cesta. Quedábase la moza para esparcir los lombíos, y se volvía él á casa. Á la despensa lo primero. El tocino, las alubias... Del tocino, lo que oliera peor entre lo apartado por rancio; de las alubias, las más vacías y agorgojadas.

—¡Hospa!—le decía á la Galusa, que recibía de sus manos aquellas porquerías en el delantal.—Y para ellos, sobra.

En seguida abajo: á preparar el vino tinto. Después al estragal: los aperos; si están listos y corrientes. Al corral de atrás: los carros, las armaduras altas... Llamadas, advertencias y preguntas al criado. Al pajar, para ver si está bien barrido el suelo y bien apartada la yerba vieja, trepando á escape la escalera que arranca de allí, pegada á la pared. Antes, un alto en la _payeta_ para sentar las tablas desclavadas que estén fuera de su sitio... Abajo otra vez: á la cuadra: las telarañas, los boquerones, la ceba sobrante. Arriba de nuevo: vistazo y olisqueo á la carne y al bacalao, que están empapándose en el adobo que él manipuló. Á la cocina después: á destapar el ollón en que hierven ya las berzas, el tocino y las alubias. Le parece el condumio _bajo_: ¡más agua! Antes del mediodía, otro viaje á la mies, por si está ó no está dada la vuelta á toda la yerba esparcida según la han ido segando... Y á casa con tiempo para ver cómo se prepara en la cesta grande la comida que ha de llevarse al prado á los segadores, y medir el vino correspondiente, que irá en una botija de barro empedernido, con tapón de _garojo_... Por la tarde, á la mies todos los criados y él con ellos: á virar toda la yerba segada, y hacinarla después, antes que caiga el relente. Por la noche, toda la obrerada en la cocina alrededor de la mesa grande; y en medio de la mesa, dos tarterones con la carne sarnosa ó el bacalao manido, nadando en una charca de salsa fulminante; un botellón negro, cargado hasta el gollete de agua de fregar con el Rioja avinagrado, y una borona partida en dos mitades. Mucho eructo, mucho carraspeo, mucho restregón de pies, mucho vocerío y grandes risotadas, y el Berrugo entrando y saliendo y llevando á cada comensal una cuenta exacta en la memoria, de lo que mojaba, de lo que mascaba y de lo que bebía; y dicharacho va y pulla viene contra el que se pasaba «de lo justo,» ¡como si no fuera un acto meritísimo en los infelices, no ya engullir, sino catar solamente aquellos fementidos brebajes con que se les estaba envenenando allí!

Al otro día se duplicaban las faenas: recoger por la tarde lo segado la víspera, y segar y curar otro tanto para recogerlo el día siguiente; y con este motivo, más obreros y más impedimenta y doblada actividad en el Berrugo, cuya correa daba para cuanto fuera menester. Con la comida en la boca y la rastrilla al hombro, tras una mañana sin sosiego, á la mies con el primer carro, que era uno de los suyos; y allí, mientras se cargaba este carro y llegaba el segundo y comenzaba á cargar, atropa y fisgonea y punza y acribilla al lucero del alba. Cargado el primer carro, á casa detrás de él aguantando sus bamboleos con la rastrilla y recogiendo las yerbas que se caen ó quedan enredadas en los bardales. Ya en el corralón y descargándose el carro, á ratos atropaba también la yerba desparramada en el suelo; á ratos gateaba por la escalera del pajar para ayudar al de adentro á desatascar el boquerón que atascaba el descargador del carro; á reñir al «gandul» que se dejaba ahogar de aquel modo; y por último, y con un rodeo fatigoso por cuadras, escaleras y pasadizos, á atisbar por un ventanillo del granero, que comunicaba con el pajar, á la gente moza que acaldaba la gran pila, medio á obscuras, porque no había allí otra luz que la que se filtraba por las tejas y la lata podrida del tejado, y la intermitente y baja que se colaba por el boquerón de la payeta, casi siempre obstruído. Y si columbraba retozos, y si descubría zancadillas, ¡Cristo mío, qué cuchilladas de lengua tiraba desde aquel escondrijo, y cómo le temblaban de frío las carnes al mozo que más sudara en aquel oloroso y blando quemadero!

Y así toda la tarde. Por la noche, lo mismo que en la anterior, con la sola diferencia de haberse alargado la mesa y añadido una tartera más de bacalao podrido ó de carne corrompida, en virtud del aumento de comensales: igual entraba y salía y rondaba la mesa, y ponderaba los manjares y zahería al más voraz ó al menos escrupuloso.

¡Y con llevarse semana y media de este modo, es decir, sin cerrar boca ni parar un punto, comiendo mal y durmiendo peor, no se rendía aquel cuerpo que parecía nutrirse de la fatiga y del hambre y del cansancio de los demás! Y si por remate del ajetreo le resultaba un carro de yerba más de los calculados antes de la siega, hasta se remozaba el indino.

Pues á lo que íbamos rato hace: el «boquible» de aquel año se compuso del bacalao de siempre y de una cabra con úlceras y papera.

Pedro Juan había dicho á Pilara, dos días antes de empezarse la labor:

—Estoy avisao pa la siega de ese hombre.

Y ella le había respondido, con «un mirar de ojos» de mayor alcance que las palabras:

—Tamién yo, Pedro Juan.

—Estonces voy,—había añadido él.

—¿No pensabas dir si no?

—¡Qué sé yo lo que pensaba, coles! De un tiempo acá, no pienso cosa con arte, si no es una cosa mesma... y dale que dale, y arriba y abajo y de día y de noche.

Esto se había hablado en el corral de Pilara, pasando por allí el Josco «por casualidad» y muy de prisa; lo que demuestra, y es lo cierto, que el pleito de Pedro Juan no había adelantado un paso, con ser muchos los días corridos desde las últimas intimaciones del Lebrato y la subsiguiente _guantá_ al temerario Quilino.

—¡Déjeme tan siquiera hasta el agosto... de ese hombre!—había suplicado Pedro Juan á su padre ante las nuevas amenazas de éste.—Si allí no lo arreglo de por mí mesmo, hágalo usté como quiere... ú haga de mí carná de sereña, que sería lo mejor, ¡coles!

El Lebrato había accedido á la súplica; y por eso Pedro Juan esperaba la siega del Berrugo, con tales ansias, que las piernas solas, y contra el mandato de él, le habían arrastrado á pasar _casualmente_ y muy de prisa por el corral de Pilara, para preguntarla aquello poquitín que la había preguntado.