Part 14
Esto lo soltó Marcones en un rasgo declamatorio con dejos de amargura; pero como Inés no estaba todavía en aptitud de estimar por toques y matices de artificio las segundas intenciones, respetando á la buena de Dios el gusto que se encerraba en aquellas palabras, las dejó pasar sin meterse para nada con ellas.
—Pero aunque no he tenido historias divertidas que leer—dijo en cambio y siguiendo puntualmente, eslabón por eslabón, el encadenamiento de sus ideas,—y me han faltado las lecciones de usted, no por eso he dejado de aprovechar el tiempo. ¡Vea usted, vea usted si he trabajado!
Y alegre como unas pascuas, comenzó á tender, una á una, sobre la mesa, todas las planas que había escrito; después abrió el cuaderno de cuentas por las hojas en que estaban las que no conocía su profesor, y, por último, le señaló en los respectivos libros lo que de gramática, de historia y de geografía se había aprendido de memoria.
Marcones sacó perezosamente las manos de los bolsillos, cogió unas cuantas planas, las miró un instante con ojos desanimados, y las arrojó en seguida sobre la mesa.
—¡Y para qué?—murmuró al mismo tiempo en tono lúgubre y como si hablara para que nadie le oyera.—¡Si esto, que era antes mi orgullo, ha venido á ser mi martirio!...
Y se puso á dar vueltas por el cuarto, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.
Como estos matices eran bastante más expresivos que los de antes, pescólos Inés; asombróse, y se quedó muy suspensa, mirando sin pestañear al mocetón.
El cual, sorprendiendo en una mirada torcida el efecto causado en la hija de don Baltasar por sus dichos y por sus hechos, se detuvo de pronto delante de ella y la dijo, tétrico y medio espeluznado:
—Inés... yo necesito hablar con usted cuatro palabras... ¿Me las quiere usted oir?
Inés, con aquella salida del seminarista, cuyo rostro estaba cárdeno, sintió una impresión, como de frío, que la invadía de pies á cabeza; y sin saber por qué, tuvo miedo. Instintivamente miró hacia la puerta; y el ver que no estaba cerrada, la tranquilizó mucho. Entre tanto, como no contestaba á la pregunta de Marcones, éste se la repitió:
—¿Me quiere usted oir esas cuatro palabras?
—Dígalas usted,—contestó al fin la pobre chica, con un nudo en la garganta.
Marcones arrimó una silla y se sentó enfrente de Inés. Puso los codos sobre la mesa, se pasó por la cabeza medio rapada ambas manos, entrelazólas después; y acabando por resobadas una con otra, rompió á hablar de esta manera, con largas pausas y muy cavernosa la voz:
—¡Yo no he estado enfermo!... ¡No ha habido tal enfermedad!
Inés, pensando que se la reñía por haberlo creído, se apresuró á responder:
—Me alegro; pero usted fué quien nos lo dijo.
—Sí que lo dije... y, sin embargo, no mentí.
La pobre muchacha pintó en un gesto y en un ademán, la nueva confusión en que se la ponía con aquellas afirmaciones que la parecían contradictorias.
—Aquí se ha comprendido—prosiguió Marcones,—que mi enfermedad era del cuerpo; y en esta inteligencia digo yo que no ha habido tal enfermedad... Pero estuve enfermo, lo estoy todavía, y, sin la ayuda de Dios, continuaré estándolo... del espíritu, que es la enfermedad más cruel que puede afligir á un hombre de sano corazón y mente luminosa... ¿Se acuerda usted de lo que le tengo explicado acerca del particular de los hombres de mente luminosa y sano corazón? Vea usted, pues, cómo es posible eso que á usted le ha parecido tan contradictorio. Sí, Inés, mi enfermedad está en el alma... ¡en el alma! ¡Estoy enfermo del alma!
Y al decir esto, Marcones dió un puñetazo brutal sobre la mesa, y una expresión de amargo desconsuelo á su caraza biliosa.
Inés se estremeció con aquel golpe que no esperaba, tomó en serio lo del dolor que tanto afligía al seminarista, y hasta se compadeció de él; pero no supo qué decirle. Después del puñetazo y la mirada triste y casi llorosa, Marcones dió otras dos vueltas por el cuarto. De pronto se detuvo, sacó el moquero, le arrimó con las dos manos á sus narices, lanzó con ellas una trompetada vibrante y clamorosa, mientras sacudía la cabeza á uno y á otro lado; y cuando concluyó la sonata con tres notas secas, embolsó el pañuelo y volvió á sentarse enfrente de Inés.
—En la última lección—comenzó á decirla,—hablé á usted algo sobre el destino de las criaturas en el mundo. ¿Se acuerda usted?
Inés dijo que sí.
—Con ese motivo—continuó Marcones,—expuse los recelos que yo tenía de que á la hora menos pensada se me apareciera en el camino que llevo, marchando en busca de lo que creo mi destino, un estorbo que no me dejara pasar y si es que no me extraviaba; estorbo que lo mismo podía proceder de la voluntad de Dios, que de las malas artes del demonio... pero estorbo al fin. ¿Lo recuerda usted?
—Lo recuerdo,—respondió Inés fascinada por la novedad de aquella escena.
—Pues bien—continuó el seminarista, revolviéndose en la silla y sin apartar de los de Inés sus voraces ojos.—Mis recelos se han confirmado... ó mejor dicho, había graves causas para que yo los tuviera; causas que yo llevaba dentro de mí sin conocerlo, pero que se dejaban sentir haciéndome pensar como pensaba. Por una inspiración de Dios, ó por un artificio del demonio, que quiere perderme encendiéndome la codicia de cosas imposibles, aquella misma noche ví en mis adentros, tan claro como la luz del día, que mi vocación de sacerdote no era tan firme como yo había creído; que había otra que me tiraba mucho más; que he sido un temerario en brindarla á usted con lo que no puedo llevar á buen remate, y, por último, que en conciencia de hombre honrado, no debo continuar dándola á usted las lecciones que le daba... ¡Todo esto llegué á leer y á sentir dentro de mí mismo! ¡Todo esto, Inés! ¿Comprende usted mejor ahora cómo se puede enfermar hasta la agonía, sin que en el cuerpo se sienta el más pequeño dolor?
Inés, que cada vez entendía menos lo que la quería decir Marcones, y se sentía más deseosa de entenderlo, se atrevió á preguntarle en cuanto él cesó de hablar:
—Pero ¿por qué vió usted todas esas cosas tan de repente, y qué tienen que ver con ellas las lecciones que usted me da?
Demasiado sabía el de Lumiacos, desde el caso del obispo, que no estaba Inés en disposición de comprenderle con metáforas de enamorado llorón, y por eso no le exacerbó la bilis esta nueva candidez de la desapercibida muchacha; pero no queriendo exponer el éxito de su negocio al azar de una embestida en crudo, la iba preparando con toda la exornación atenuante que llevaba bien estudiada.
—Pues si usted comprendiera todas esas cosas de repente, con lo poco que la he dicho—exclamó,—ya estaba resuelta para mí la dificultad... Si usted me hubiera comprendido— insistió, compungiéndose,—no necesitaba yo decir en este momento, ni nunca, por qué me retiraba de esta casa... ¡para siempre! como necesito decirlo para que no se me tenga por un hombre informal y desagradecido... Y esta explicación, ¡ésta!, es la que me duele tanto como la misma enfermedad.
El pasmo de Inés iba creciendo á medida que se acentuaba el aspecto patético de Marcones; el cual estudiaba con ojo sutil el cuadro de síntomas que ofrecían los movimientos del ánimo de la inexperta moza.
—Sepa usted—prosiguió el seminarista dando nuevos tintes sombríos á su mirada y á su voz,—que el tropiezo que yo temía, ó hablando más propiamente, que el imán poderoso, la fuerza sobrenatural que me detiene... ¡tampoco es esto lo exacto!... que me arrastra fuera de mi camino, está aquí, ¡aquí! en esta misma casa... ¿Me va comprendiendo usted?
Tampoco le comprendía Inés por estas señas; y así se lo dió á entender en su expresivo ademán, y sin apartar sus compasivos ojos de los sanguinolentos de Marcones.
Éste hizo otro envite en el juego en que estaba tan empeñado, de la siguiente manera:
—¡Estará decretado también que yo apure gota á gota las hieles de mi amargura! ¡Cúmplase la dura ley! En castellano corriente, Inés: desde que ando en esta casa, se han despertado en mí sentimientos y fervores que son incompatibles con la serenidad de espíritu y con la castidad de pensamientos que se requieren para el estado eclesiástico. En una palabra: yo no sirvo ya para sacerdote; repito que la causa de ello reside aquí, y añado que la conozco y que mi voluntad no ha tenido la menor parte en la caída... ¡Puedo jurarlo, Inés, puedo jurarlo si á jurarlo se me llamara! Sin embargo, á nadie culpo, nada pido, de nadie me quejo. Barro frágil era: tropecé á obscuras en mi camino, y barro despedazado soy en este momento. Nada más natural en los azares de la miseria humana... ¿Acabó usted de comprenderme?
—No, señor,—respondió Inés muy resuelta, después de unos momentos de indecisión.
Esta entereza por remate de lo que él había ido leyendo de nuevo en la cara de su discípula mientras la enderezaba las últimas indirectas, no le dejó la menor duda de que Inés deseaba y quería entenderle cuanto más pronto. El por qué del deseo, ya no estaba tan claro para Marcones.
Arriesgóse éste, y jugó su última carta de la siguiente manera:
—Puesto que es preciso, lo diré más claro todavía. El tropiezo que he hallado en mi camino; el imán, la fuerza que me ha sacado de él; el hechizo que ha despertado en mí sentimientos incompatibles con el estado eclesiástico, y la luz que me ha hecho ver á las claras que mi primera vocación no era perfecta... todo esto junto, Inés, todo esto junto... es usted. ¿Me he explicado bastante ahora?
Inés se estremeció al oirlo, aunque quizá lo esperaba desde muy poco antes. Púsose pálida; en seguida roja; se le acobardó la mirada; cerró los ojos, y concluyó por esconderlos detrás de las manos, sobre las cuales apoyó la frente.
Marcones, en tanto, estaba lívido, le temblaban los párpados y la barbilla, y se le podían contar los latidos del corazón en el paño de su chaleco. Aun sin estimar lo que hubiera de carnal en su intentona, se jugaba en ella la puchera. Era, pues, muy natural aquel desconcierto del seminarista; desconcierto que, con ser tan grande, no le impidió ver que urgía aprovechar la situación moral de Inés para rematar la obra, y, si no vencer, salir de la batalla con el intento bien justificado. Con este propósito añadió á lo dicho, después de un rato de silencio y mientras Inés continuaba con la frente sobre las manos:
—Esto que he tenido que declarar á usted, obligado por las razones que la dí, ha de quedar entre nosotros como en el fondo de una sepultura. Así lo pido, porque tengo derecho á ello; y le tengo, porque, como ya lo declaré, á nadie culpo de lo que me pasa, nada reclamo; y por lo que á mí solo importa, tengo tomada una resolución bien firme. Usted está muy alta: yo estoy muy bajo; usted es hermosa: yo soy una persona insignificante y mísera en quien, por el ropaje que viste y las ciencias que ha cursado, hasta parecen crímenes estos sentimientos; no tengo un solo título para merecerla á usted, al paso que no me parece bastante todo el corazón para adorarla. En este conflicto, ¿qué le toca hacer á un hombre honrado como yo? Alejarse de aquí, y alejarse para siempre. Pero tengo en esta casa deberes que cumplir, y no puedo salir de ella sin dejar bien demostrado que, si no los cumplo, es porque me lo impiden motivos muy poderosos. Ya conoce usted estos motivos, porque solamente para que los conozca usted me he atrevido á arrancar del fondo de mi corazón este secreto. Ahora, olvídele usted, discúlpeme como mejor pueda con su señor padre, concédame el perdón que la pido de rodillas, y déme su permiso para retirarme.
Inés estaba en este momento lo mismo que si de pronto hubiera oído crujir los techos y removerse las paredes de la casa: tiritaba de pies á cabeza, y no sabía qué hacer ni qué decir, ni adónde mirar en busca de un resquicio para huir de aquella situación que la amedretaba.
Marcones, entre tanto, convulso y anhelante, la devoraba con los ojos; y como pasaba el tiempo sin que ella descubriera los suyos ni dijera una palabra, el fogoso mocetón se levantó de la silla, avanzó el busto sobre la mesa, y, casi á la oreja, la disparó estas palabras:
—¡Dígame usted siquiera que me ha oído, ya que no sea bastante compasiva para perdonarme!
Al mismo tiempo le tocó un brazo con su manaza, quizás para descubrirle la cara tirando de él; pero no sé cuál fué primero, si el llegar la mano al brazo, ó el incorporarse de un brinco Inés y dar un paso hacia atrás. Marcones retrocedió á su vez otro paso.
—No he querido ofenderla á usted—la dijo entonces, viéndola con la faz angustiada y los ojos empañados;—y en cuanto al favor que acabo de pedirla...
—Todo lo he oído—respondió al fin Inés trémula y desconcertada;—de todo me he hecho cargo... pero yo no sé... yo no entiendo... yo no esperaba eso... Se quiere usted marchar y no darme más lecciones... puede que tenga razón... y puede que no la tenga: ¡qué sé yo? Para hablar de estas cosas, hay que estar muy serena... Puede que lo esté yo mañana... En fin, si quiere usted que le diga lo que siento sobre todo lo que me ha contado, déjeme que sea capaz de saberlo, porque ahora no lo sé... Conque hasta mañana, ¿verdad?
Y como quien sale de un atolladero abriéndose camino á ciegas con las manos, salió Inés de su apuro entre el laberinto de estas frases descosidas, y en seguida del cuarto, en el cual quedó un instante Marcones bañándose el alma en un golfo de dulzuras, por traducir á su gusto aquellos desordenados aleteos de un corazón que jamás se había visto en apreturas semejantes.
[Ilustración]
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XVI
EL FALLO DE LA EDUCANDA
La pobre Inés se pasó aquella noche en claro, y aún no la alcanzó para desembrollar el lío de pensamientos que la llenaban la cabeza. ¿Cómo pudo ella imaginarse que la exquisita diligencia de aquel mozo para acudir á su casa y enseñarla lo que no sabía, pudiera terminar en lo que había terminado? Cierto que se la venían á la memoria casos y pequeñeces que, examinados desde allí, parecían señales de lo que luégo se descubrió; pero para haberlos dado entonces la importancia que aparentaban desde lejos, se necesitaban una malicia y una experiencia que ella no tenía. De todas suertes, ya no era ocasión de ventilar ese punto. Había que tomar las cosas en el estado en que fatalmente acababan de ponerse; y tomándolas así, ¿qué hacer? Esta era la cuestión: sobre esto había que meditar, y nada más que sobre esto.
Ordenando lo mejor que pudo sus alborotados pensamientos, se halló con que no sabía á punto fijo si la explosión amorosa de su maestro, después de pasada la primera impresión, que fué de asombro, la mortificaba ó la complacía. De lo que estaba bien segura, era de no haber contribuído, á sabiendas, ni con el más ligero soplo, á encender la hoguera en que Marcos parecía consumirse. ¡Y qué hoguera, á juzgar por el fuego de las palabras con que el desdichado se la pintaba! Y con abrasarse tanto, el pobre mozo se resignaba heróicamente á su martirio, sin culpar á nadie, y hasta creyéndose indigno del menor consuelo que pudiera darle quien, en rigor, era la causa de sus dolores. Por este lado no hallaba Inés motivos para sentirse mortificada con aquellas fogosidades tan honradamente declaradas; al contrario: hasta en conciencia se creía obligada á compadecerse de Marcos.
Pero descartadas de la cuestión estas consideraciones que tan directamente se rozaban con su amor propio halagado y con la natural blandura de su corazón; consideradas las cosas en su valor absoluto y con entera independencia de todo sentimiento vanidoso y caritativo, ¿de qué casta era la huella que en los profundos de Inés habían dejado las apasionadas confesiones del estudiante? Aquí estaba el lado más obscuro de la cuestión, y éste era el que reclamaba toda la fuerza de su discurso. Nada la había dicho Marcos que la sorprendiera por nuevo, aunque la asombrara por inesperado; porque el adormecimiento de sus deseos y de sus pasiones nunca fué tan grande que la impidiera sentir, á su modo, esas hermosas revelaciones que suele hacer el corazón humano en la primavera de la vida. El caso, pues, del estudiante, era, en lo esencial, la realidad de muchos sueños que ella había tenido, particularmente desde que la dominaba la afición al aseo y al trabajo. Pero estos sueños y aquella realidad, que tanto se parecían en el fondo, en todo lo demás eran muy distintos. La propensión de Inés á trasponer en sus meditaciones las montañas fronteras con la imaginación cuando se la ocupaban ideas de este linaje, no nacía de un temperamento caprichoso y visionario, sino de una convicción racional y práctica de que no había al alcance de sus ojos realidades de carne y hueso capaces de satisfacer las nativas delicadezas de sus dormidos afectos. No por esto salían sus exigencias de los límites racionales: no soñaba con un príncipe vagabundo de los que andan de puerta en puerta en busca de ignoradas hermosuras para llevarlas á ser reinas en palacios de plata y oro, como los príncipes de los cuentos con que la entretenía muchas veces su pobre madre. Se conformaba con muchísimo menos; pero con ser ello tan poco, ¡era tan distinto de Marcos! Podía ser el galán confuso de sus imaginaciones más bajo ó más alto, más rubio ó más moreno, más triste ó más alegre, dentro del tipo común de los galanes apasionados y corteses; pero gordo, grasiento, mofletudo, con la cabeza rapada, vestido de negro sucio, teólogo de balandrán y casi cura como Marcos, jamás le había soñado. Á Marcos le consagraba ella un afecto de otra especie: le admiraba por sabio, le profesaba un cariño respetuoso por la paciencia y la perseverancia con que la instruía y la aconsejaba, le besaría con gusto la mano y hasta se confesaría con él en cuanto cantara misa... De pronto este hombre, este teólogo y casi cura, con la cabeza rapada, el vestido negro y el cerviguillo poroso, la descubre que arde en amor por ella, y se lo dice en un lenguaje como nunca le igualaron, por fogoso, los galanes de sus sueños, más elocuentes, á su parecer, por lo mucho que se callaban, que por lo poco que la decían... ¡Oh! ¿por qué era tan gordo Marcos? ¿por qué había estudiado para cura? ¿por qué se afeitaba tanto y no gastaba el pelo con raya y el vestido de color? ¿por qué era sobrino de Romana, y por qué, en fin, era de Lumiacos?... Pero ¿sería posible que estas cualidades accesorias bastaran á desprestigiar, en el concepto de Inés, el altísimo valer de aquel profundo y ardoroso sentimiento que el estudiante la había confesado de tan hidalga manera?
Y esto era lo que la inexperta muchacha no acertaba á poner en claro. Á veces consideraba, «por un momento,» que se le acercaba Marcos, que la pedía la respuesta prometida, y que ella se disponía á dársela enteramente ajustada á los deseos del enamorado mozo. Y entonces sudaba Inés de congoja, porque no hallaba modo de que las palabras salieran de sus labios; y no por cortedad de mujer ruborosa, sino por algo como repugnancia instintiva: le parecía estar hablando con su padre ó con el cura de Robleces. Y por este camino lo ponía peor y se sumía en más hondas confusiones, supuesto que Marcos sería todo lo gordo, todo lo negro y todo lo teólogo que se quisiera; pero, en rigor de verdad, era un hombre en la fuerza de la mocedad, sin votos y sin trabas de ninguna especie, libre y casadero como otro cualquiera, y en nada se parecía, para el caso que se ventilaba, ni á don Baltasar Gómez ni al cura de Robleces. Podían ser, por consiguiente, impresiones pasajeras estas repugnancias del ejemplo. Había que averiguarlo.
Y vuelta al torno, y más tumbos en la cama. Y así toda la noche, sin sacar otra cosa en limpio que un medio convencimiento de que por el solo _delito_ confesado por el estudiante, no merecía éste la pena que voluntariamente se había impuesto; que era de necesidad, y hasta de conciencia, disuadirle de su empeño y reducirle á que continuara las interrumpidas tareas, como si nada hubiera pasado entre el maestro y la discípula, y dejar al tiempo la obra de poner en claro aquellas nebulosidades que no podía despejar ella por sí sola.
Entre tanto, no pedía Marcones mucho más que esto en las cuentas que se echaba revolcándose á obscuras en su camaranchón de Lumiacos. Estaba muy satisfecho del resultado de su embestida. Había visto en el azoramiento de Inés revelaciones terminantes de impresiones hondas y de batallas rudas, y á eso solo tiraba él. Lo demás sería obra de la prudencia y del tiempo. Contaba con que Inés, en la situación de ánimo en que había quedado, le instaría, aunque fuera de cumplido, para que renunciara á su propósito de no volver á Robleces; y él entonces pondría el colmo á su abnegación heróica, aceptando el nuevo suplicio, mil veces más cruel que el de Tántalo... así, con Tántalo y todo: conocía un poco la Mitología, y pensaba que no caería mal en aquel trance este arranque erudito que él tenía en mucho, ignorando lo corrido que andaba por la tierra. Si, como también era posible, Inés no le hacía el ruego «que era de esperar,» él sabría trocar la concesión en oferta, resultando siempre el sacrificio heróico, y hasta con la exornación, por remate, del supradicho símil mitológico. Todo menos cumplir neciamente su amenaza de no volver á Robleces. ¡Tendría que ver la simpleza! Inés era de las tajadas que no se abandonan sin dejar los dientes en ellas. Esto, extremando las suposiciones; porque bien saltaba á la vista, por lo sucedido aquella tarde, que Inés era cera dócil á la mano que se empeñara en reblandecerla. Y ¿en qué otra mano que la suya había caído la cera? Tiempo, tiempo, astucia y perseverancia, era lo único que él necesitaba para salir triunfante de su empeño; y triunfaría... ¡por buenas ó por malas!
Con estas inofensivas intenciones, algo lacio de cuerpo, tristón de mirada y cetrino de color, entró la tarde siguiente en casa de Inés.
Aguardábale ésta en el cuarto de las lecciones, garrapateando maquinalmente números en un papel, pero sin plana nueva. También estaba algo lacia y muy ojerosa. Al llegar Marcones, se aturdió mucho y se puso colorada. Tomólo á buen agüero el mozón, y se quedó plantado delante de la mesa sin decir más palabras que las precisas para dar, á media voz, las buenas tardes á Inés; en la cual se reavivaron sus caritativos sentimientos, al tomar la palidez y la tristeza de Marcones por señales de sus rudas batallas interiores.
—He venido—dijo el de Lumiacos, viendo que Inés nada le decía á él,—porque, ó la ilusión me engañó, ó usted me dijo ayer tarde que volviera.
—Es cierto,—tartamudeó la pobre muchacha.
Marcones continuó, después de una pausa de silencio, durante la cual no supo Inés qué hacer de las manos ni de los ojos:
—Y... ¿recuerda usted por qué y para qué me mandó que volviera?
—Creo... que sí,—respondió Inés á trompicones.
—Pues aquí estoy para recibir las órdenes que tenga usted la bondad de darme,—añadió el estudiantón sin moverse de su sitio y con el hongo mugriento entre las manos.
Pero Inés, que todavía continuaba tomando, muy á menudo, ciertos dichos hueros al pie de la letra, contestó con la mayor sinceridad, después de repasar un poco su memoria:
—Yo no recuerdo que tenga que darle á usted ninguna orden.
—Si no es orden—repuso el de Lumiacos fingiéndose más apurado de lo que estaba,—será otra cosa: verbigracia, una respuesta que quedara pendiente ayer, por ciertos motivos de... de cortedad, supongamos.
—Eso ya es distinto,—dijo Inés entonces, cobrando alientos en las apreturas mismas del trance en que se la ponía.
—Pues usted me dirá,—concluyó Marcones, cambiando de pie para descansar, y humillando más la cabeza.
Y con esto llegó el apuro gordo para Inés; apuro que consistía en decir de memoria el párrafo que para eso había discurrido por la noche, después de meditar tantísimo como había meditado.