Part 11
—Le digo á usté, don Elías, que es pa perdese un hombre, ¡pa perdese, congrio!—exclamó hecho una pólvora Quilino;—y eso es lo que me ha pasao á mí... ¡Y luégo le dicen á uno que si va por esto ú por lo otro, y no por el puro personal de ella! ¿De qué será la sangre de esas gentes, recongrio? ¿De qué pensarán que es la mía?... Pos á lo que voy: estando en esto, ahí viene el Josco, que de pascuas en San Juan se le ve una vez en el corro de este barrio; y viniendo el Josco, bien portao de ropa, porque la tiene pa esos casos; pero más jarisco y resecón que lo jué nunca, ¡sacabó el mundo pa Pilara, que ya no tuvo ojos pa mirar si no era al jabalín de Las Pozas! ¡Y Quilino, señor don Elías; Quilino, ¡recongrio! rumiando venenos y amargores, y amarrando las iras pa no abrir en canal á aquel hombre y perdese con él pa sinfinito! ¡Recongrio, qué ratos pasé! Dempués bailó el Josco con ella... cosa que en los jamases había hecho... ¡en los jamases, congrio! Esto acabó de cegame. Quise echale ajuera en una güelta á lo alto, cosa curriente en toas partes... ¡y no se salió, recongrio! ¡no se salió ni por esas! Híceme el tonto al agravio, por no perdeme allí y á medio pueblo conmigo... y hartéme de bailar con las otras mozas.
—Bien hecho, Quilino, bien hecho. ¡Eso es ser prudente de veras!
—¡Si yo soy así, don Elías!... ¡Le digo á usté que soy así, anque paezca mentira con estas agallas que tengo, recongrio! Pos, señor, que sacabó el corro; y acabándose el corro y viendo yo que Pedro Juan iba á tomar ruta á Las Pozas, atajéle el camino por un arrodeo; y en el callejo del Hisuco, híceme el alcontraizo con él. «¿Se va pa casa, eh?» díjele yo. «¿Y cai con eso?» me arrespondió parándose de plonto. «Pos ná, hombre,» díjele yo otra vez, «hablar por hablar como entre güenos amigos.» Así escomencemos, don Elías; y hablando, hablando, el hombre jué templándose; y al ver yo que la cosa estaba en punto, díjele: «Pos yo tenía que decite dos palabras respetive á esto y á lo otro.» Y se lo estipulé finamente; sin faltale, vamos... ¡sin faltale ni en tanto así, recongrio! El hombre se quedó algo cortao en primeramente; dempués golvió á decime: «¿Y cai con eso?» Y yo arrespondí: «Pos tal y cual,» ¡siempre finamente, recongrio, y sin faltale en cosa anguna! Al último me dijo: «Que la haiga hablao ú que no, no es cuenta tuya.» «¡Hombre!» le dije yo otra vez; «que mira esto, que considera lo otro... que por aquí, que por allá,» y él que: «Déjame en paz,» y «que arriba y que abajo.» Y por este orden jué tomando auge la cosa. «Te digo por tu bien,» me dijo en remate, «que sigas tu camino en paz.» «Pos ahora es cuando hay que apretar,» díjeme yo, pensando que el hombre se encogía... Sí que arreparé que se le abajaba la color y le temblaba mucho un carrillo por arrimao á la ojalera; pero tomé el caso á favor mío; arrastróme esta fortaleza y esta entraña que tengo, y pensando aturdile, le llamé cobardón y sinvergüenza, echando al mesmo tiempo centellas por los ojos... ¡Recongrio!...
—¡Valentía fué de veras la tuya, Quilino!—exclamó el médico.
—¡Valentía?...—respondió Quilino creciéndose medio palmo.—Le digo á usté que á mí no se me conoce hasta la presente, ¡recongrio!
—¿Y qué respondió él á esa provocación tuya?
—Lo que no hubiera respondío á estar yo más sobre mí de lo que estaba. Porque yo, señor don Elías, no me alcordé en aquellos momentos de que el Josco es hombre de lunas, y que en aquel estonces podía muy bien estar con ella; y á los valientes así, el valiente que se les cuadre debe cogerlos siempre la delantera... Si yo doy en el ite, don Elías; si yo doy en el ite, ¡recongrio! detrás de las palabras va la mano, y tiene que dir la josticia á levantale esta noche en el callejo. Pero no jué así por un olvido mío, y se me adelantó él á mí, como era de esperar.
—Bien; pero ¿de qué modo se adelantó?
—Pos... con la guantá de que hablé endenantes.
—¿Sin prevenirte con una mala palabra?
—¡Ni una, recongrio! Y esa es la traición que ha de pagame sin tardar mucho.
—Y tú ¿qué hiciste?
—¿Qué había de hacer, recongrio? ¿Dióme él tiempo pa ná? ¡Si aquello jué un rayo que vino sobre mí! Sentí el golpe; resonóme aentro como si me hubieran espatarrao la cabeza con un mazo de encambar; dí cosa de tres güeltas alreguedor; y cuando vine en conocimiento, me ví solo en el callejo y sangrando por la boca. Como no sabía de qué era ni lo que podía salir por allí, apretando mucho las quijás y cerrando bien los labios, víneme de una correndera á que me reconociera usté... Pero ¡recongrio! si cuando golví en mis cabales me alcuentro cara á cara con el traidor, me pierdo, señor don Elías, ¡me pierdo, recongrio, por éstas que son cruces!...
—Pues mira, Quilino—díjole el médico, y creo que sin poner en duda las valentonadas del mozalbete,—más vale que no te encontraras con él. Es hombre el Josco de mucho puño y malas moscas; y una buena dentadura, como la que á tí te queda, no tiene precio.
—¿Y cree usté—le preguntó Quilino señalando al carrillo, que seguía hinchándose,—que esto no pasará á cosas mayores?
—Lo creo, como creo también que Pilara está muy enamorada de Pedro Juan; y lo creo porque lo sé, ¿entiendes? porque lo sé; y habiendo esto por medio, no debes tú empeñarte más en ese imposible en que estás enredado.
—¡No empeñame más!... ¡Recongrio! Primero que yo eche pie atrás sin que esto sea con su cuenta y razón, acaba medio Robleces entre mis manos... ¡Si le güelvo á decir á usté que á Quilino no se le conoce aquí entoavía, recongrio!
—¡Bah!... todo eso es pólvora de los pocos años—dijo don Elías levantándose y llevando en seguida á Quilino hacia la puerta de la sala, donde le añadió al oído y con mucho misterio estas palabras:—Mira, hombre: si quieres consolarte del fracaso de tu negocio con Pilara, yo te citaré otro de mucho más bulto. ¿Conoces á Marcones el de Lumiacos?
—¿El estudiante que ha dao en venir á Robleces toas las tardes?
—Ese mismo.
—Sí que le conozco.
—Pues ese pedantón sin vergüenza ha ahorcado los libros que estudiaba, y anda ahora á caza del gato del Berrugo, casándose con su hija, Pero ¡morruda castaña le van á dar!... Porque Inés no le traga ni á palos. Me lo ha confesado ella misma. ¡Eso es lo que se llama una calabacera de órdago! Puedes correrlo por ahí si te da la gana.
Con esto despidió á Quilino, enterándole antes de lo que debía hacer en el caso de que se le enconaran las heridas del carrillo; y en seguida llamó á sus hijas á la sala para contarlas, á su modo, quiero decir, aumentándole en más de la mitad, el suceso de Quilino con todos sus precedentes y consecuencias. Estas comidillas suplían en aquella casa por la mejor de las cenas; y cabalmente la de aquella noche fué de las más frugales de todo el año.
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XII
EN QUÉ MANOS ANDABA INÉS
Jamás se supo qué hizo don Baltasar en lo del asunto que motivó el paseo marítimo recién historiado, en los días siguientes á él, ni si hizo algo siquiera; pues si lo hizo, fué por sí solo y sin que nadie se enterara de ello. Lo que no puede negarse es que faltó de casa en la primera semana más veces que las de costumbre, y que á la preocupación que le distraía, siempre que no necesitaba los cinco sentidos para consagrarlos á sus habituales tareas, se debió el que no reparara lo que sin aquel motivo hubiera reparado: en lo pegajoso que se iba haciendo allí Marcones, y en el calor con que se tomaba entre el sobrino y la tía la educación primaria de Inés.
Sólo cuando los días corrieron y tras de la sorpresa de ver á su hija muy peripuesta y repeinada, fué recibiendo otras no menos chocantes, como las de hallar su cama muy curiosa y bien mullida, sin mugre y con toalla limpia el palanganero, su ropa de uso con los botones completos y sin manchas ni descosidos, el techo sin una sola telaraña, y muy fregoteado el suelo, la mesa puesta con orden y limpieza á las horas de comer, y cada mueble de la casa en su sitio; sólo, repito, cuando todo esto y algo más á su semejanza aconteció, por la fuerza misma de las cosas volvió la atención hacia ello. Examinólo más despacio entonces; y cuando su curiosidad andaba rayando con el asombro, llamó aparte á la Galusa, que seguía con el gobierno de la casa, y la preguntó:
—¿Qué mil demonios pasa aquí? ¿Con qué se ha curado Inés tan de repente de aquella galbana que la tenía siempre como perro á la sombra? ¿Por qué se peripone y se lavotea? ¿Por qué está mi cuarto hecho unos soles, y no se ve en toda la casa un lamparón, ni una silla con polvo ni fuera de su lugar?
Toda esta descarga de preguntas recibió la pelindrusca aquélla sonriéndose con toda su bocaza, rascándose los brazos desnudos y mirando á su amo con una pascua en cada ojo; y después de hacerle desear un poco la respuesta, se la dió en estos términos, encareciéndolos mucho con el tono y los ademanes:
—Todo eso que se ve y más de otro tanto como ello, que no está tan á la vista, es obra de ese dimoño de muchacho.
—¿De tu sobrino?
—Del mesmo... ¡Le digo que paece mentira! Si tuviera los mengues en el cuerpo, no hiciera más milagros de los que ha hecho en tan pocos días... Está Inés que no se la conoce... ¿Ve usté cómo limpia? Pos lo mesmo escribe ya y saca cuentas y va aprendiendo las miles cosas que Marcos la enseña en libros. ¡Lo que sabe el mal demónchicos de él! ¡Y cómo lo cierne y lo habla y sabe ponerlo en la palma de la mano para que se vea como es debido! No, y ella no es de las que tienen por fantesía los ojos en la cara: la verdá hay que decirla siempre; y le aseguro, porque lo he visto, que en el aire pesca la endina las enseñanzas... ¡en el aire, vamos! Como que no paece sino que son nacíos pa entenderse los dos en esos particulares... y en otros muchos.
—Que tu sobrino—replicó el Berrugo en el tono de burla fría que le era propio,—la enseñe á escribir y contar y algunas cosas más de las que él sabe... á costa de quien yo me sé, no me pasma; ¡pero á ser limpia?...
—¡Pos hasta eso!... Y ¿por qué no ha de enseñárselo igualmente?
—Porque nadie puede dar lo que no tiene; y ó yo no le he mirado bien, ó tu sobrino Marcos puede llevar un plantío de berzas en cada mano.
—¡Qué cosas que tiene este hombre!—dijo aquí la Galusa algo picada.—El mi sobrino Marcos tiene más limpieza que todo eso... Y aunque no la tuviera, si sabe enseñar el modo de que otro la tenga, ¿qué más da?... ¡Vaya que se le paga al enfeliz con buen rumbo el trabajo que se toma por puro antusiasmo y pujos naturales de hacer el bien!
—Poco á poco sobre eso—dijo el Berrugo amoscándose.—En decir que tu sobrino es puerco, no falto á la justicia, porque á la vista lo lleva; pero el meterme tú por los ojos las enseñanzas que da á Inés como un favor del otro jueves, ya va por caminos muy diferentes. En primer lugar, yo no le llamé para que se tomara ese trabajo: él y tú lo barajásteis con Inés, sabe Dios cómo; en segundo lugar, si tu sobrino tiene vergüenza, á más que á eso le obliga el dineral que aflojé yo para ayudar á que aprendiera lo que sabe, por ceguedades con que le atolondran á uno los demonios, y por arrastrados miramientos que nunca lloraré bastante... ¿Lo entiendes?... Pues ahora le puedes ir con el cuento si te acomoda; y si le parecen mucho las Indias que me da con sus enseñanzas á Inés, que la deje sin ellas: al fin y al cabo, para hembra, le sobraba la mitad de lo poco que sabía, y yo bien hecho estoy á vivir entre roñas... como tú; y si me apuras un poco, hasta me engordan; pero si quiere seguir, y no haría nada de más, ni tú tampoco en aconsejárselo, que no espere que yo se lo agradezca tanto así (y marcó lo negro de la uña del dedo meñique); porque, como ya te he dicho, bien pagado se lo tengo... ¿Te vas enterando? Pues contigo va también la solfa, por si acaso quieres entonar con ella la letanía de alabanzas á tu sobrino... Y en seguida, vuelve por otra: ya ves que aquí se sabe corresponder como es debido... Y mírame los colmillos. ¿Ves qué retorcidos están?... Por si habías soñado con jincarme los tuyos en parte blanda con el memorial de sabidurías del zanguango...
Aunque la Galusa estaba bien acostumbrada á las genialidades de su amo, y solía reirse de muchas de ellas porque eran chisporroteos que no podían quemarla ni el pelo de su ropón de ama y señora inamovible de la casa, las de esta vez ya le penetraron más hondo, no solamente por las especies apuntadas en ellas, el tonillo chocarrero de que iban acompañadas y lo grave del asunto con que podían ligarse en definitiva, sino porque esa vez no era la primera, ni siquiera la cuarta, que, en poco tiempo, la domada bestia se atrevía á enseñar los dientes y las garras á la domadora.
—¿Qué es lo que _se quiere_ decir con eso?—preguntó de repente la ofendida, poniéndose en jarras, un poco doblada por los ríñones, con el pescuezo rígido y los ojos clavados en los del Berrugo.
Sabía éste, por una larga experiencia, que las grandes cóleras de su criada comenzaban á estallar suprimiéndole á él la personalidad en sus invectivas, para eludir todo tratamiento; pero más valiente en esta ocasión que en otras semejantes, cuadróse á su vez delante de la retadora, y la contestó remedándola el estilo:
—Se quiere decir con eso, lo que nos da la real gana. ¿_Quedamos_ enterados?
—¡No... mal hombre!—repuso la cotorrona hecha un basilisco;—¡no quedo enterada!... ¡Porque yo no hice qué pa merecer eso! ¡Y aquí pasa algo de un tiempo acá, que quiero saber!... ¡Yo no soy ya lo que era!
—Eso bien salta á los ojos—dijo el Berrugo con una calma incisiva que acabó de exasperar á la Galusa.—No hay más que vernos la estampa.
—¡Miren por onde se descuelga el grandísimo... pendejo, que tamién tiene que ver! La culpa tuvo quien no se dió á valer más cuando lo valía, y puso manjar de reyes en boca que merecía carrancas... Ahora viene el pago en la moneda de todos los desalmaos: dispués de comernos la hebra...
—Justo—interrumpió don Baltasar,—arrojamos los huesos. Nada más puesto en razón... Pero entiéndase que no se va por ese camino ahora, ni hay para qué llorar golpes que no se han recibido... Y ya se ha dicho lo bastante y hasta de sobra, para que se nos entienda... y lo dicho se repite... y de lo dicho se responde... y si se quiere más claro, se pone al sol... y si pica, rascarse... y si duele, que duela... ¿Lo vamos entendiendo mejor?... Pues nos alegramos... y hasta otra.
Con esto, chasqueó los dedos don Baltasar; hizo una zapateta delante de la criada, trémula de ira, y se largó de allí arrastrando la escoba que llevaba en la mano.
No le contó la Galusa todo esto á su sobrino; pero le dijo sobre ello algo que debía saber, para tenerlo muy en cuenta.
—Yo no sé—le dijo entre otras cosas,—qué es lo que le pasa á ese pícaro de hombre de un tiempo acá. Antes era un borrego para mí; y sin dejarse llevar en todo por onde yo quesiera llevarle, tampoco se empeñaba en arrastrarme consigo contra mi gusto... Pero ahora, hijo del alma, ¡ya te quiero un cuento! Se da á la burla y al chungue cuando le hablo de lo que no quiere oir... y gracias que se conforma con eso... ¡Ay, Marcos, qué otra era yo en esta casa en aquellos días de la difunta, y hasta en algunos más cercanos! ¡Cómo me contemplaba el endino y me buscaba el buen gesto, y qué recio tosía yo delante de él!... Pero, hombre, ¡si fué ayer, como quien dice, cuando entoavía supe arrancarle esos cuartos pa la tu carrera, que era punto más que tocar el cielo con las uñas! Cierto que ya por entonces me costaba un triunfo lo que antes conseguía yo con sólo un mirar de los ojos; pero ¡tanto como esto de ahora!... Porque la cosa va empiorando de día en día... ¡Y tengo que andar con un tiento!... Á veces pruebo á enfadarme: pior que pior... ¡Cristo del alma! no digo yo que enfadarme, con sólo ponerme josca en tiempos de la difunta... y algunos de más acá, ¡cómo le abajaba los humos al arrastrao, y qué blando me miraba... y qué!... Pero, hombre, ¿en qué consisten estas cosas?
Marcones, que escuchaba á su tía con mal ceño y mucha atención, la respondió al punto:
—En que desde esa difunta acá, han pasado muchos años, tía; y con los años, que todo lo consumen, van cambiando las personas hasta en estampa; y con las personas y las estampas, los pareceres y los gustos y los deseos; y lo que ayer se apetecía por sabroso, hoy se aborrece por insípido; y el que antaño era mozo de correa, ogaño es un vejancón que no puede con las bragas...
—Y mira que bien puedes estar en lo cierto, Marcos; que ya me iba yo barruntando algo de ello por más de cuatro señales... Pero á lo que te voy: por éstas y otras, no hay que fiar cosa alguna de ese hombre pa el asunto que traes entre manos.
—Que traemos.
—Sea como mejor te paezca. Y dígote, Marcos, que te andes con mucho tiento en el particular; que no rastree ese... mal alma, ni una pizca de cubicia en tí... Tú no eres pa él más que un mozo agradecío que paga parte de lo que debe al padre, con el beneficio que hace á la hija. ¿Te vas enterando?... ¡Y golpe á la hija... que quiera que no! Porque si de ella no sale, no hay otra puerta á que llamar.
—¿Responde usted de que no se me cierren las de esta casa?
—De eso creo que sí, si tú te mantienes en el ten con ten que te he dicho; porque él es gustoso de que sigas desasnando á Inés.
—Pues todo lo demás corre de mi cuenta.
—¿Y qué tal marcha la cosa, qué tal?
—Como una seda, tía... ¡como una seda!... ¡le digo á usted que como una seda! Inés ve por mis ojos, discurre con mi entendimiento, y no pisa otro camino que aquél por donde yo quiero llevarla.
—¿Y la has dicho ya algo por onde pueda leerte la voluntá?
—Me voy dejando caer siempre que lo pide el caso.
—Y ¿qué tal, qué tal lo recibe?
—Como una seda, tía... ¡lo mismo que una seda!
—Pos eso es lo prencipal... Yo, bien lo irás notando, poco vos estorbo con la presencia...
—Sí; pero eso no basta: hay que seguir avivando el fuego que queda encendido en ella cuando yo me marcho.
—En eso estoy, Marcos; y bien sabes que lo hago los más de los días, y que si no lo hago en todos, es porque no la suspenda el machaqueo. Ayer, sin ir más allá, ¡qué cosas la dije en un ratuco que se me vino á las manos! «¡Vaya, que buena estrella te alumbró,» la dije yo así, «el día en que el mi sobrino se nos coló por esas puertas! Estabas hecha una venturá y como un palomino á oscuras, y en un quítame esas pajas te güelve ese Merlín de Satanás lo de arriba abajo, como el otro que dice, y te hace otra mujer de la que eras, y toda una señora como lo debías de ser... ¿No paece que hablan ángeles por su boca cuando te pedrica lo que quiere enseñarte, y que lleva un hechizo en la mano cuando pinta aquellas escrituras que imitas tú tan guapamente? Pos esto, hijuca, se puede estimar en lo que vale, porque á la vista está; pero ¿qué te diré yo de lo que anda enculto y en los adrentos de la persona? ¿Cómo te emponderaré lo que no has podío ver entoavía? ¿Qué alabanzas serían bastantes pa poner onde se debe aquel sentir cariñoso; aquel corazón de perlas, que de tan grande como es no le cabe entre pecho y espalda, y aquella santidá de prencipios que le consume y desmejora apurándose lo que no debe por el bien de los demás?... ¡Si te digo, Inés, que en ocasiones miles me entran como pesaumbres de verle tan tirao por la Iglesia, al hacerme el cargo de lo mucho que escasean en estos tiempos los buenos mandos y los padres de familia como debieran de ser! ¡Dios sabe lo que se hace; pero á mí no hay quien me saque de la cabeza que no tendría que envidiar cosa anguna á la princesa más relumbrante, la mujer que alcanzara la suerte de un hombre como el mi sobrino!...» Y así, por este arte, fuí pedricando y pedricando...
—Y ¿qué respondía ella?—preguntó aquí Marcones, en cuya caraza estaba pintada la convicción de que él valía todo aquello y mucho más.
—Aticuenta que ná, y aticuenta que mucho—dijo la Galusa.—Ná, porque fueron pocas sus palabras; y mucho, porque toas ellas fueron un puro _amén_; y más entoavía que por esto, por aquel mirar de ojos dulces, y aquel reir de boca placentera... y hasta aquel sospiro temblón con que escuchaba sin perder tilde todo lo que yo la iba pedricando.
—¿Sabe usted una cosa, tía?—volvió á preguntarla Marcones, después de permanecer un rato en silencio con la cabeza medio inclinada, una mano en la sobarba y los ojos muy abiertos.
—Tú dirás, Marcos,—respondió la Galusa arrimándose más á él.
—Pues digo que, á veces, tengo algo de miedo á mi propia obra.
—¿Por qué, hijo?
—Porque usted no sabe los peligros que se corren en meter de repente en una cabeza tantas luces como he metido yo en la de Inés, cuando se quiere que esa cabeza no suelte el freno que uno le pone para gobernarla.
—No te entiendo.
—Quiero decir que cuando más se espabila un entendimiento, más se aficiona á discurrir por su cuenta propia; y discurriendo mucho de este modo, más deseos hay; y habiendo más deseos, más se comparan las cosas; y comparándolas, no se toma lo que se nos da, sino lo que escogemos nosotros... En fin, yo me entiendo. Pero no quiere esto decir que hasta la fecha tenga yo el menor motivo para temer que se me quede la obra entre las manos, hecha trizas; ya le he dicho á usted que no puede ir el asunto mejor de lo que va. Lo que temo es por el día de mañana, si no conjuro los peligros hoy.
—¡Pues conjúralos, hombre!
—¿Qué más quisiera yo, rayos y centellas!... Pero ¿cómo? ¿No sabe usted que yo no soy un mozo soltero como todos los demás? ¿que entro en esta casa como un seminarista en vacantes, á enseñar á la hija de su padre lo mucho que ignoraba?... ¿que con este ropaje que visto no puedo llamar á las cosas por sus nombres, y necesito una eternidad de tiempo para no echar á perder lo que, en otras condiciones, daría yo por acabado en pocos días? ¡Ah, si yo pudiera vestirme de colores y echar á la lumbre el medio balandrán que tanto me pesa!
—¡Pues échale, alma de Dios!
—Tras de ello ando; pero muy poco á poco, para no dar el golpe en falso. Á veces creo que ya es hora, por ciertas señales; pero luégo pienso de otro modo; y para asegurarme más, lo aplazo para otro día. Y así estoy consumiéndome la sangre, asándomela, mejor dicho; porque ha de saber usted también, que desde que veo á esa muchacha tan limpia, tan peripuesta, tan alegre... tan realísima moza, me llevan los demonios hasta con el aire que se le enreda en el pelo y las moscas que se la ponen encima... ¿Me va usted entendiendo ahora mejor?
—¡Vaya si te voy entendiendo!... Sólo que no tengo los recelos que tú, porque la cosa marcha en el aire. Pero, por si acaso, no eches en olvido lo que te dije. Espéralo todo de ella... ¡y aprieta de firme ahí! Por lo demás, y si á recelos fuéramos, uno bien gordo podía yo tener...
—¿Cuál?
—Pos el de que tú no pescaras la breva que buscas, y perdiera yo la que tengo bien ganá.
—¿Cómo, cómo?
—¿Cómo? Llegando Inés á crecerse tanto, que tú le paecieras poco, y quisiera ser ama de su casa. ¡Y mira que ya no puedo contar con aquel arrimo que en otros tiempos me puso aquí por encima de la madre que la parió! Tú lo has dicho, Marcos: dende estonces acá, han corrió muchos años, y con los años cambian las gentes y se mudan los gustos... ¡Pos mira que tendría que ver!
—¡Bah, bah, bah!... No hay que hablar de eso—concluyó Marcones bamboleando el corpazo y revolviendo el aire con las manos abiertas.—Las cosas van como una seda, y esa es la que vale... Hoy por hoy, Inés es prenda mía... ¡mía!... ¿lo entiende usted bien? y en buenas manos está.
—¡Dios te oiga, hijo; Dios te oiga, porque güeña falta nos hace!
Y con esto se fué la Galusa hacia la cocina, mientras su sobrino enderezaba los pasos á la escalera.
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XIII
LA OBRA DE MARCONES